logoAR http://www.ucm.es/info/angulo cabeceraAR
feediconRSS Vol.7, núm.1grisAR2015 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

artículos varia textos reseñas noticias
bibliografia

todoslosnumerosAR

Mauricio Wiesenthal: en busca del Santo Grial (PDF)

Iván Moure Pazos

Istituto di Studi Superiori
Università di Bologna
ivan.menes@yahoo.es

 

¿Cómo habríamos de poder olvidar esos antiguos mitos que están en el comienzo de todos los
pueblos, los mitos de los dragones que, en el momento supremo, se transforman en princesas?

(Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta, 1929)

A mi fiel amigo Mauricio Wiesenthal


Mauricio Wiesenthal y el dandismo de la “vieja luz”
El dandismo –probablemente, la primera tribu urbana de la era industrial– ha sido reducido a un producto bursátil. Hace tiempo que el engranaje tardocapitalista se le echó encima convirtiéndolo en un mero juguete desprovisto de toda esencia. Podemos rastrearlo en el bigote daliniano de un hipster, o avizorarlo en la magnífica colección otoño-invierno de Galliano (2010), pero lo cierto es que el dandismo, tal y como lo definió W. Thackeray en The book of snobs (1846), está muerto. Los que salen en el Sartoria List no son dandis, y si no fuera por Antonio Gala, incluso pudiéramos llegar a afirmar que el dandismo en España nunca existió. Es evidente que no somos un país sensible a los modismos dandis. Es más, parece no tener ningún sentido serlo con los tiempos que corren. Resulta cansino ser dandi cuando se trabaja a diario, y se come con la suegra los domingos. Estar ahí, perfilándote, siempre ágil en el aforismo, realzando tu sombra ante los burdos juegos de una masa “mediocrizada”. Y es que hace tiempo que los astros no le son propicios al dandismo. De hecho, en España, nunca nos ha gustado esa concepción inglesa –tan amable– de lo dandi. Nuestros dandis fueron otros. Ebrios de un acusado temperamento varonil, no fabricaban perfumes, disparaban con pistola e iban a los toros. En palabras de Mauricio Wiesenthal (en adelante MW), “Baroja era un dandi con boina”. Digamos que, por parecidas razones, Cela no coleccionaba ánforas azules porque prefería almacenar orinales, casi con el mismo empeño que Buñuel –que se vestía como un auténtico señor– acumulaba armas. Picasso nunca iba a los torneos de Wimbledon porque estaba en los toros. Y si Hemingway hubiese sido español, lo hubiéramos adorado. Quizás, de este fuerte temperamento de la raza española nazca el enigmático vitalismo que desprende la obra de Cela o la exaltación “creacionista” de las pinturas de Picasso pero, desde luego, poco tienen que ver estos dandis con los del Norte. Llamémosle dandismo periférico o íbero. El dandismo español siempre estuvo hibridado de testosterona: “En España –ha escrito MW– el dandi no tiene una propuesta distante y estética sino indignada y ácrata. Por eso no tiene esa cara larga de caballo que distingue al dandi inglés, sino cara de puma, como Don Pío Baroja”. Lo otro, más aristocrático y aterciopelado, era cosa de ingleses y franceses.
La irrupción de MW en el panorama literario español obligó a una relectura de esta tradición española de lo dandi. En 2004, Edhasa tuvo a bien editar una de las obras testimoniales más interesantes de las últimas décadas: Libro de Réquiems. A ésta siguieron dos más, El Esnobismo de las golondrinas (2007) y Luz de Vísperas (2008), conformando su llamada trilogía europea. Se trataba de un proyecto de vida cimentado a lo largo de más de cuarenta años de escritura en la sombra –quizás, a sabiendas de que en España no gustaban los dandis. ¿Quién espera cuarenta años para publicar su novela? Sólo un esnob ajeno al mundo editorial y los circuitos comerciales. Estamos ante una obra decimonónica, vastísima en extensión y riquísima en contenido; una auténtica Biblia del dandismo europeo de producción española. Pero no es mi propósito deconstruir la obra de Don Mauricio Wiesenthal, conocido en su círculo iniciático como Mauricio de la Sainte-Chandelle. ¿Puede existir un nombre más dandi? Antes bien, quisiera realizar algunas reflexiones sobre el extraño fenómeno de su aparición en el mundo literario español y lo que esto supuso.
Es evidente que MW no es un posmoderno, es un dandi del siglo XIX, algo más parecido a un sillón lacado Luis XV que a una silla de diseño P. Grass. De hecho, y para definirlo a través del juego de la antítesis, pudiéramos llegar a afirmar que la literatura de MW se sitúa en las antípodas de la joven literatura calificada por Vicente Luís Mora como “Luz Nueva” o Afterpop en España. Su “luz vieja” es, enteramente, la de Zweig, Heine, Wilde, Rilke, D’Anunnzio, Valle y Casanova. Y, tanto la extensión de sus novelas, como su talante vital, asemejan también a la de sus viejos maestros.
Ya Ramón Menéndez Pidal, en Los Españoles en la Historia y en la Literatura (1951), observó que la gran literatura española se había distinguido siempre por lo que él llamaba “frutos tardíos”. Y ponía como ejemplo El Quijote, el Romancero o la poesía de San Juan de la Cruz, que fueron grandes aportaciones hispánicas en una época en que, en muchos países europeos, se consideraban olvidados los libros de caballería, las baladas célticas y la literatura mística medieval. Así, MW se aleja intencionadamente de los experimentos estéticos más de moda para buscar su posición intelectual en una corriente iniciática “antimoderna” que podríamos rastrear desde el erasmista Cervantes hasta Chateaubriand. Sin embargo, y pese a esto, no deja de sorprender que el dardo de la literatura wiesenthaliana haya hecho diana, principalmente, en el lector joven.
Muchas veces me he preguntado por qué MW decidió publicar su obra tardíamente. Cuando se le pregunta por esta cuestión, rápidamente alude a un problema de salud y al subsecuente miedo a que sus escritos desapareciesen. Una respuesta oficializada, pero poco convincente. Nada en la vida del autor es casual, y mucho menos la aparición de su obra literaria: su gran legado vital, su carta sellada.
Cuando en 2004 decide publicar su Libro de Requiems –una especie de autobiografía dandificada fuertemente literaturizada– no lo hace para mofarse de la muerte a través del conjuro inmortal de la literatura. Tampoco creo que fuese la revelación tardía de una exaltación del ego y, mucho me temo, que nunca se le apareció Dios en el espejo retrovisor de un coche, ni tampoco que le visitaran los extraterrestres desde aquella última colonia española llamada Ganímides. Entonces, cuál es la razón de que MW publicase su primera entrega en los albores del siglo XXI. Básicamente, para recordarnos que nuestros viejos valores europeos –éticos, morales, culturales, sociales y políticos– se estaban diluyendo entre los fastos de una inclemente orgía materialista –idea recurrente en sus obras siguientes. Vivir de espaldas a nuestra memoria humana y humanista suponía una condena y, para no olvidarlo, fue necesaria la aparición de un libro tan clásico como dandi, un libro extraño que, manifiestamente, desdeñaba los ecos de la modernidad para hablarnos del presente a través de las voces del pasado.
El enorme páramo cultural y moral que parecía sobrevolar Europa a principios del siglo XXI anticipaba la catástrofe económica a la que estábamos abocados. Esto no tardaría en evidenciarse y, tres años después, se constató toda sospecha. MW, proféticamente, vaticinó esta hecatombe en su monumental trilogía europea y nos advirtió, con diáfana claridad, del enorme peligro que suponía obviar nuestro pasado renunciando a valores intrínsecamente europeos y humanistas. El mensaje, su carta sellada, estaba especialmente dirigida a los jóvenes. Sin embargo, para un joven, no dejaba de ser extraño que un señor que se viste como MW, habla como MW y escribe como MW –al margen de toda moda– se erigiese en autoridad moral de una generación a la deriva, pues, por un simple mecanismo de exclusión temporal, es fácil presuponerle ajeno a la más inmediata realidad generacional. “Me visto en el mismo sastre de mis maestros: llevo el lazo de Thomas Mann, los guantes de Proust, el sombrero de Puccini y el abrigo largo de Rilke. El último corte de pelo me lo aconsejó Liszt”. Lejos de esto, la obra wiesenthaliana, sirviéndose de recursos propiamente clásicos, proporcionó las claves necesarias para la solución de vigentes problemáticas humanas. Esto es, principalmente, la pérdida de todo valor en nombre de insidiosas proclamas economicistas. En Europa, el fin nunca ha justificado los medios, y obviarlo ha supuesto el final de nuestra civilización como continente generador de pensamiento y cultura. Reflexionar sobre ello es, quizás, el propósito principal que subyace a la literatura wiesenthaliana. Su “vieja luz” realza las imperfecciones del mundo, al mismo tiempo que revela pretéritas fórmulas para conjurar el desencanto presente.
Para los que sentenciamos que el clasicismo literario, por su derecho de pernada secular, no debía de volver a invocarse, al grito de “ellos han inventado su siglo ahora nos toca a nosotros reinventar el nuestro”, la anacrónica aparición de la figura de MW supuso una auténtica epojé literaria. Lo clásico es como el pesado vecino del primero, lo creemos desaparecido y, sorpresivamente, reaparece. A lo largo de los siglos, hemos sido testigos de sus fechorías: erigiendo un panteón romano en el corazón de París, o asomando en las acertadas volutas minimal baroque de las últimas gafas de Prada. Lo clásico es así porque se sabe perenne, y se manifiesta a través de su ciclotimia clásica. Su última broma ha sido, sin duda, la aparición dandificada de MW en el mundo literario español. Algo sobre lo que me parece interesante reflexionar y que obliga, nuevamente, a un replanteamiento de lo clásico y sus potencialidades en pleno siglo XXI.
La obra de MW, más allá de su evidente valor literario, es un auténtico testamento de vida que incide en las señas identitarias de la vieja cultura europea. Un testamento que el autor, premeditada y desinteresadamente, ha legado a futuras generaciones en forma de escritura. Y todo hace sospechar que su última novela –de reciente aparición en Acantilado–, bajo la rúbrica de Siguiendo mi camino (2014), convertirá su trilogía europea en tetralogía. Encontraremos, entonces, entre las pegajosas telarañas del pesimismo, el camino de la “vieja luz” wiesenthaliana. A través de preteridas pócimas milenarias, su luz agujereará los siglos para clavarse en nuestro presente. Porque la memoria sigue siendo un eficaz viático para el recuerdo, pero sobre todo porque lo clásico, con su manía insolente de inmortalidad, siempre reaparece, aunque sólo sea para saludarnos en el ocaso.


Correspondencia con MW: por el camino de Monsalvat
Cabe apuntar que MW es, quizás, uno de los últimos supervivientes de esa antigua tradición humanista que hibrida a la perfección aprendizaje intelectual, conocimiento vital y autoridad moral. Se trata de una formación que mucho tiene que ver con el Bildungsroman alemán de Goethe y Heine, de corte, como veremos, gremial, medievalizante y romántica. Y es en este tipo de formación y aprendizaje donde el autor “ahogó” sus años de juventud, siguiendo el patrón maestro-discípulo y recibiendo las enseñanzas de afamados intelectuales como Ionesco, Cocteau, Kazantzakis o Morand. Por tanto, es fácilmente deducible que, para MW, asegurar la pervivencia de sus enseñanzas a través del diálogo de un regenerado trasvase intelectual, es el fin último de su proyecto vital y testamentario así como trasunto fundamental de su obra literaria.
Muchas de estas enseñanzas icónicamente wiesenthalianas fueron recogidas en la correspondencia que he mantenido con el escritor en los últimos años. A continuación, intentaré ofrecer una síntesis de aquellas más representativas que nutren su filosofía.
Conocí a Mauricio en el 2010, justo después de finalizar mi tesis doctoral sobre Lautréamont y Dalí. Un gran amigo me había hablado de él: “un Stefan Zweig español”. Después de leer su magistral trilogía europea, escribí para la revista Turia (núm. 105) un artículo sobre su obra. Me puse en contacto con él a propósito de una serie de problemas metodológicos que afectaban al ensayo en cuestión. Su respuesta, fue sorprendente:

Querido amigo Iván:
Le agradezco de corazón el afecto que pone en mi obra y el interés que muestra por conocerme mejor. Mi camino ya es largo y, afortunadamente, creo que también ha sido coherente. No me faltó el valor para el combate y he dejado muchas horas en la Resistencia, laborando, ganándome la vida en mil trabajos para mantener así mi literatura independiente y luchando por mis ideales. Supongo que leyendo mi obra se ha dado cuenta de que, fundamentalmente, he vivido este tiempo con la misma conciencia que Chateaubriand vio desaparecer –entre excesos y fraudes– su “época”. Para decirlo con las palabras del viejo maestro: “pensamos que estamos viviendo acontecimientos hasta que un día –¡ay!– nos damos cuenta de que estábamos viviendo una época”. Creo que todos los románticos somos así, querido Iván. Y, por su carta, sospecho que usted también busca Ítaca en la luz del Océano; o quizás América donde estuvo siempre el amor de los gallegos. Me gustará mucho compartir charlas y momentos con usted. Si un día puede visitarme en Barcelona le recibiré con mucho gusto en casa para que vea el nido sencillo donde ahora vivo –siempre de alquiler–, entre libros, recuerdos, fotos, y muchos papeles escritos. Sería lo más fácil para charlar. Luego ya podríamos encontrarnos a mitad de camino en algún lugar tranquilo. O yo podría visitarle en Galicia, tierra que amo hasta en el perfume de sus vinos. Valga esta carta como primera aproximación a nuestro encuentro. No me tienta la idea de ser objeto de estudio, pero adivino que usted me busca más como amigo. Yo busqué mucho, cuando era joven, a los mayores que podían darme el tesoro de su fe y de su obra. Creo que de jóvenes pensamos siempre en el amor –nuestro sueño romántico–, pero para llegar al Grial necesitamos escuchar a los viejos peregrinos que guardan la fe y la esperanza. He cantado mucho con mi laúd, de castillo en castillo, de morada en morada, de nube en nube. Ahora estoy escribiendo un libro en el que incluyo también las canciones que cantaba cuando me ganaba una ayuda cantando en cafés y cabarets. Desde jovencitos poseemos el sentimiento, pero tenemos que ir fabricando el recuerdo. Yo ya lo hice, mi querido amigo. Si puedo enseñarle mi camino en el mapa de Montsalvat, lo haré con emoción. Enciendo esa vela al enviarle estas palabras.
Un fuerte abrazo,
Mauricio
Puede tutearme si lo prefiere. Lo único que me importa en la vida es la claridad del afecto. Y si quiere algún dato por carta, me lo pide.

Esta fue la primera epístola de otras tantas que me recordaban siempre a San Juan, Heine, Zweig, Rolland e incluso Tolstoi.
Le respondí con una carta donde le hablaba de mis búsquedas, de mi peregrinaje existencial por los senderos del alma, de Rilke, de Keats, y de los vinos de Colares en Sintra “donde Byron destilaba su corazón”: “Le siento  próximo en su aura idealista”, me decía, y me rebautizó con su peculiar sentido del humor con el sobrenombre de “aquel que ve lo oculto”.
Todo este aliento vital se entreveraba, por lo común, de chanzas e historietas humorísticas, que, en ocasiones, derivaban en reflexiones gastronómicas de lo más delirantes y simpáticas:

Si nos vemos en Venecia les haré probar el Picolit que es una joya dorada que acompañó momentos bellos de mi vida en la laguna. No hay mucha gente que lo conozca. Y es un vino fronterizo, como Venecia. Es algo dulce, como mis vinos secretos. Me encantan los grandes vinos de postre (desde el oporto hasta los trockenbeerenauslesen). Detesto la sequedad que han puesto de moda los norteamericanos. Es un delirio gringo, porque ellos consumen el azúcar donde podría eliminarse perfectamente: en el ketchup, en los helados llenos de caramelo y en los alcoholes que trasiegan hasta la extenuación. El Picolit tiene algo austrohúngaro, detalle que no puede recordarse a los buenos venecianos. Una noche estaba bebiendo Picolit en el hotel de Asolo –donde voy alguna vez a encontrarme con el fantasma de Eleonora Duse– y se me apareció D’Annunzio, celoso y gritando: “Patria o Morte”...
Un día hablaremos de este complejo de los azúcares que tienen los norteamericanos. La conquista del Oeste con sus rebaños les hizo comer demasiada proteína. Pero –como hacen todos los puritanos– desviaron el malestar del pecado, culpando a inocentes: los glúcidos... Olvidaron que el gasto intelectual necesita azúcares, más que lípidos. Están “grassi e cicciotti da morire”, pero tienen la obsesión de los azúcares, mientras se rellenan de grasas. La burguesía de Viena imaginaba siempre delirios sexuales (tenían una imaginación deliciosa para estos temas); pero la consulta del nuevo  Dr. Freud (un yanqui en la corte de Viena) estaría llena de gente diciendo:
“–Doctor, he soñado con una tarta de chocolate...
–¿Tenía crema por encima, como encajes de lencería, hijo?
–No, doctor; sólo chocolate con avellanas...”.

De esta manera, se fue fraguando una extraña y perdurable amistad, “encendida” por esa virtud wiesenthaliana –casi parapsicológica– de comprender a las personas al punto de la inmediatez. Sin embargo, el motivo último de la correspondencia con MW no estribaba en el mero intercambio de anécdotas más o menos graciosas, sino que, por alguna razón y de modo aleatorio, pasé a formar parte de su gran proyecto vital, de su gran legado testamentario e intelectual:

Sé que usted ha buscado esa “altura” porque ha oído la música del Grial. Cuando se oye un día –no sé cómo, no sé por qué– ya nunca nos abandona; la buscamos como el aire porque es mejor morir volando que vivir postrado. Y, en el camino, Alguien va disponiendo los azares sin que nuestra voluntad necesite violar el orden de la vida. Más bien, debemos evitar que nuestra voluntad se imponga. En la elección de dos caminos –¡tantas encrucijadas!– hay siempre un pájaro que canta en un árbol. Y su canto nos entra en el corazón. Es importante escuchar porque canta suave pero se le oye. Jamás es confuso ni ambiguo. Canta claro. Pero lo terrible –se lo aseguro, Iván– es que siempre nos indica el camino difícil, la vía ardua, la cara norte... la ruta escarpada pero hermosa y elegante; atravesando neveros y ventisqueros batidos por el aire puro, traspasando aristas, reposando en laderas heladas –al abrigo de los aludes– que parecen las faldas de la diosa del algodón...

Este es el punto nodal de la filosofía wiesenthaliana: lo difícil transmutado en intensificador vital. La búsqueda del Grial se nutre, pues, de sacrificio, de esfuerzo, y privaciones: “[…] el camino arduo merece la pena –dice MW–, siempre que nos acompañe el pájaro que canta en las encrucijadas, la libertad y las tres estrellas del Ángel: la fe, la esperanza y el amor”. El sendero tortuoso lima las asperezas del hombre afianzando sus valores y creencias. No se trata, por tanto, de aquella autoflagelación hedónica proclamada por Wilde en su De Profundis (1905), donde se invocaba –con más autoengaño que convicción– la belleza del dolor. No hay placer en el sufrimiento, sino que éste es el contrapunto del placer; un mal inevitable que intensifica –como seres estésicos– nuestras vidas. La disonancia vital humaniza. A lo lejos, pasado por el apagador filtro del tiempo, resonaban los ecos pretéritos de Rilke al joven Kappus: “[…] lo difícil es una seguridad que no nos abandonará […] que algo sea difícil debe de ser una razón más para que lo hagamos”. La dificultad, vencida por una voluntad de vida casi marcial.
En ocasiones, me hablaba de sus “estrellas antiguas”, de estrellas milenarias que le habían guiado tanto en su incursión bohemia, como en su peregrinar por las escuelas más prestigiosas de Europa:

Un día le contaré la historia de aquellos años –refiriéndose a su gran amigo Toni Pascual–. Le llevé hasta Sils María, para que conociese el claustro escondido de Nietzsche y le llevé también hasta los paisajes de Rilke desde Ronda hasta el Valais. Nos llevábamos bien, quizás por nuestras propias diferencias; porque él tenía una formación buena como jesuita y yo provenía de una tradición liberal. Compartimos muchas noches de tertulia y reconocíamos en el firmamento estrellas antiguas que nos acompañaron en el camino, hace muchísimos años; miles de años...

Fruto de este vagabundear por el corazón del hombre, que le llevaría a interesarse por gente de todo espectro social, nace uno de los principios wiesenthalianos más icónicos y reconocibles: el deseo como motor fundamental de toda experiencia vital. “La saciedad sin deseo” es para MW uno de los grandes males de las sociedades capitalistas; es decir, “tener una satisfacción de algo para lo que no se ha tenido un deseo previo” coagula el alma y encallece el espíritu pero, sobre todo, anula el deseo: “me alimentaba del deseo –refiriéndose a sus años de bohemia–, me alimentaba del humo como el diablo del incienso, me alimentaba de la pasión […]”. Esto le lleva a proclamar su mayor virtud: “Sé resistir. Y eso tiene sus ventajas, porque me permite mantenerme mucho tiempo en la tentación”. En la filosofía wiesenthaliana, el deseo nace de la dificultad, y la satisfacción de conseguir las cosas es inversamente proporcional a la intensidad con que se ha deseado. No hay satisfacción sin deseo, quizás por ello, arguye que “los vencedores y los ricos acaban siempre pareciéndose. Me parecen más apasionantes las vidas que nacen al margen del éxito, porque cada tragedia es distinta. Sólo la necesidad estimula el deseo”. Mauricio Wiesenthal dixit.


MOURE PAZOS, Iván (2015): "Mauricio Wiesenthal: en busca del Santo Grial" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 7, núm. 1, pp. 103-110. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen07-1/textos03.htm. ISSN: 1989-4015

papers
articles
texts
bookreviews
news
bibliography

allissuesAR

Síguenos enfacebookCC

w3cvcss
Grupo de investigación:
"La aventura de viajar y sus escrituras"
presentación - normas de edición - proceso editorial - código ético -mapa web - consejo - estadísticas
introduction - submission rules - editorial process - publication ethics - web map - board - statistics
e-mail