ESTUDIO PRELIMINAR

¡Pobre Henry Thoreau: hacerle, a estas alturas del siglo XX, una introducción «convencional»! Henry Thoreau, el más anticonvencional -junto con Whitman- de todos los escritores norteamericanos del siglo pasado, sometido al convencionalismo... Escribir una introducción convencional para este entrañable personaje puede parecer ejercicio intelectual «intrínsecamente perverso». Es posible que lo fuera si uno se contentara con semejante futilidad. Pero ya sabemos que las exigencias editoriales van por sus caminos consabidos, y las preferencias personales, con frecuencia, por sus antípodas. La contradicción -hasta la felonía- queda superada, al menos hasta cierto punto, si se tiene en cuenta el hecho de que estas páginas, efectivamente, «convencionales» y más que limitadas, no constituyen sino un brevísimo resumen de un trabajo mucho más amplio, de publicación íntegra uno espera que en ocasión próxima, más personal y más libre, sin limitaciones ni cortapisas extrínsecas, que quien esto escribe tiene ya confeccionado en su integridad.

Decía un novelista de cierta notoriedad hace ya bastantes años que «es más fácil hacer algo que rehacerlo; como fue más fácil engendrar a Lázaro que resucitarlo». La- metáfora viene al caso en más de una ocasión. El tijeretazo inevitable de más de sesenta páginas que por exigencias editoriales aquí ha sido «necesario» constituye una operación limpia: nada de suavizar nada, ni de «sintetizar», ni mucho menos censurar. Se elimina, en bloque, lo sustancial de un trabajo determinado, se acomodan ligeramente algunos elementos más que secundarios y se conserva en su integridad el espíritu, ya que no la letra, de lo anterior.

El lector de estas páginas, por ejemplo, puede comprobar una desproporción evidente entre la bibliografía mencionada y la que aparentemente se utiliza. Bien, es cierto que esta desproporción existe en apariencia: pero se comprende cuando se tiene en cuenta el hecho recién mencionado. Y al César lo que es del César, y al autor lo que le corresponde.

En uno de los ensayos aquí agrupados, Henry Thoreau dice expresamente algo que muchos años más tarde iba casi a repetir Dürrenmat: Resulta extraño que haya que formular verdades tan simples.» Una introducción convencional para un anticonvencional: vivir para ver.

Henry Thoreau nació en el pueblecillo de Concord, en el Estado de Massachusetts, el 12 de julio de 1817. Su infancia y adolescencia transcurre en el mismo marco, el de su pueblo natal, en el que habría de discurrir hasta el final de sus días su vida entera. El propio Henry Thoreau resumía con humor su «experiencia viajera», diciendo sencillamente: «He viajado mucho en Concord.»

En 1833, a los dieciséis años, ingresa en Harvard. Y allí se graduó, sin pena ni gloria, cuatro años más tarde. De su estancia en Harvard, de la constancia en sus Diarios, comenzados justamente a su salida de la docta Institución. Lo mejor que Harvard tuvo que ofrecerle fue su Biblioteca, y en verdad que hizo buen uso de ella. Luego, ya graduado, siguió visitando esta Biblioteca, y contra todas las normas entonces establecidas, y después de una pequeña batalla burocrático-administrativa por conseguirlo, obtuvo el permiso oficial para poder seguir sacando libros. Por cierto que su desapego por su alma mater -como algunos dicen- fue tal que hasta se negó a pagar un dólar por el Diploma oficial que le acreditaba como tal. Bástale a cada oveja su propia piel», consignó en su Diario al comentar este pequeño desprecio por un cartón medio. ridículo al que ni él mismo le concedía apenas importancia alguna.

Para cuando Thoreau se graduó en Harvard, ya se había trasladado a vivir a Concord la familia Emerson. La amistad de Ralph Waldo Emerson y Henry Thoreau constituye uno de los hitos más significativos en la vida de ambos. En un comienzo, Thoreau encuentra en Emerson a un mentor y guía comprensivo, un poco paternal, pero para el joven Henry, catorce años más joven que «el maestro», aquello tuvo importancia.

En este contexto hay que tener en cuenta un dato significativo. En la ceremonia de graduación en Harvard, de la que se conservan «programas de mano», nos encontramos, en cuarto lugar, con la intervención al alimón de Charles Wyatt Rice, de Brookfield; de Henry Vose, de Dorchester, y de Henry Thoreau, de Concord. El título de la conferencia compartida fue el de «El espíritu comercial de los tiempos modernos, desde la perspectiva de su influencia en el carácter político, moral y literario de una nación». Los tres conceptos enunciados los desarrollaron, por ese orden los tres personajes mencionados. Los espectadores y oyentes se debieron quedar algo estupefactos cuando Henry Thoreau, al hacer uso de la palabra, propugnó sin ambages el axioma de que todos sus conciudadanos deberían, por lo pronto, invertir el precepto divino, «trabajando tan sólo un día a la semana y descansando los otros seis».

En este sentido, al graduarse e iniciar su vida «activa», Henry Thoreau se inclina más bien por la «pasiva». Ante su falta de interés en los negocios, y el «espíritu emprendedor esperables de todo joven de pro, dadas las circunstancias, Ralph Waldo Emerson le ofrece a Thoreau un arreglo de más o menos mecenazgo: a cambio de ocuparse de su casa, de pequeñas chapuzas en el jardín y el mantenimiento de los desperfectos, tendría allí vivienda y manutención. Henry Thoreau aceptó encantado la oferta, no sólo por venir de su admirado Emerson, sino porque, con semejante trato, el joven y ávido lector tenía acceso a la biblioteca del propio Emerson, una de las más extensas en aquellos momentos en los Estados Unidos. Allí vivió durante dos años, a partir de 1841.

Y el día 4 de julio de 1845, memorable fecha ya en los anales oficiales de la Historia oficial norteamericana, Henry Thoreau se recluye en una cabaña, construida por él mismo desde la primavera anterior, en Walden Pond. En un extremo alejado de una propiedad, también de Emerson, Thoreau inicia una experiencia de vida relativamente solitaria: y se dice que «relativamente» porque también para Thoreau, como para ese entrañable personaje camusiano de «Jonás o el artista en el trabajo», Asomarlo» es sinónimo de «solidario». Allí permanecerá Thoreau, ojo avizor siempre, durante dos años, dos meses y dos días, y concluye con su experimento cuando cree haber conseguido los objetivos que se había autopropuesto al iniciar esta especie de aventura, proyectada al interior, que intenta desde el comienzo.

Al salir de Harvard, Thoreau había comenzado la redacción de su Diario. Y en esta época lo continúa, al mismo tiempo que redacta las dos únicas obras que habría de ver publicadas en vida: Una semana en los ríos Concord, Merrimack, consecuencia de una excursión con su hermano John en 1839; y el clásico Walden o la vida en los bosques, publicada en 1854 tras un laborioso proceso de redacción y correcciones sucesivas. Hasta siete borradores de Walden van siendo elaborados sucesivamente antes de que la obra final vea la luz.

Desde luego, la obra más importante de Thoreau son sus Diarios, Publicados en 1906 en dieciséis volúmenes. De ahí procede todo lo demás: sus reflexiones, sus ensayos, sus obras más extensas, sus conferencias, su observación de la naturaleza, sus pensamientos más personales y sus juegos de palabras. Desde el otoño de 1837, recién graduado en Harvard, hasta muy pocas semanas antes de su muerte, Thoreau ahí consigna, día a día, el germen de la construcción de sí mismo y de la construcción, en consecuencia, de toda su obra literaria.

La ideología política de Thoreau queda perfectamente al descubierto en todas sus obras, en general, y en los cuatro ensayos ahora agrupados en este volumen en particular. Su talante radical-liberal -por etiquetarlo de alguna manera, un hombre que como Thoreau resulta inclasificable e irreductible a fórmulas simplistas o etiquetas empobrecedoras-, su talante libertario y a un tiempo solidario, resulta de una extraordinaria actualidad. Antiimperialista, en el apogeo del imperialismo norteamericano de la primera mitad del siglo XIX; defensor del derecho a pensar por uno mismo, como defensa irreductible ante la avalancha de oportunismo político y compromisos ideológicos; ecologista convencido, en contacto con la naturaleza, cien años antes de los «verdes»; defensor acérrimo de las minorías indias, en proceso de exterminio; antiesclavista convicto y confeso, en plena efervescencia racial que había de culminar muy poco antes de su muerte en el estallido de la guerra civil; defensor del derecho a la pereza, o reivindicador de aspectos creativos del ocio con dignidad, mucho antes de la formulación de Paul Lafargue. Y todo esto hasta límites de un radicalismo que lejos de disminuir con los años, se fue agudizando conforme éstos pasaban. Defensor ardiente y convencido de causas perdidas. No por perdidas menos justas.

Poniendo al descubierto estas terribles Y sangrantes contradicciones del sistema, Thoreau lleva a cabo efectivamente un acto revolucionario constante. En 1908 iba a estrenarse en Nueva York una obrilla de teatro sin apenas sustancia literaria, pero que tuvo la fortuna de acufiar, con su título, una de las hermosas teorías del American Dream siempre desmentidas por la realidad: el mito del Melting Poi, el crisol en el que se funden, como decía Crévecoeur ya en el siglo XVIII, las oleadas sucesivas de inmigrantes que llegan a América en busca del paraíso ya en Europa perdido. Hasta tomar consistencia progresivamente, con el paso de los años, la denominada anglo-conformity: los que se adaptan, los que pierden sus propias señas de identidad nacionales y raciales o culturales o lingüísticas: negros, judíos, italianos, irlandeses, balcánicos, griegos, hispanos latinoamericanos de toda procedencia... Todos estos «marginales» deberán «reconvertirse» y dejarse asimilar, en cierto sentido «blanquearse» y conformarse a los denominados Yankees de viejo cuño -old-times Yankees- que dictan la norma de lo que es o no es «americano». El lema fundacional, recogido más tarde por las monedas de centavo -e pluribus, unum-, encierra unos riesgos de uniformismo, por las buenas o por las malas, que Thoreau supo muy bien entrever. Y resulta significativo que los tres personajes más admirados por Henry Thoreau a lo largo de su vida fueran, precisamente, un poeta marginal y maldito como Whitman; un guía indio que le acompañó en su excursión por Maine en 1857, Joe Polis, y el personaje medio héroe medio bandolero -pero siempre mito-, antiesclavista por excelencia, el capitán John Brown.

En consecuencia, otra de las características sobresalientes de Henry Thoreau, a lo largo de su vida y de su obra, es el rechazo de lo establecido y sus actitudes de resistencia no violenta pero contumaz en busca de su propia libertad de pensamiento, palabra y obra. Esto exige un renunciamiento constante, es cierto. El resumen de esta actitud de libertad y de pobreza, de escasas necesidades a las que atender, de auténtica ascesis liberadora, lo encontramos en la frase que consigna en la página 162 del tomo cuarto de su Diario y que más tarde reproduce, tal cual, en uno de sus ensayos: «De acuerdo con mi experiencia, nada se opone tanto a la poesía como los negocios, ni siquiera el crimen.»

Max Lerner, en un breve pero atinadísimo comentario, con respecto al significado de Thorcau, lo ha sabido comprender con clarividencia: «Rechazó el sistema de las fábricas porque significaba la explotación de los demás; rechazó igualmente el culto al éxito y el credo puritano del trabajo constante porque ello significaba la explotación de uno mismo.» Y por ello Thoreau prescribe la siguiente cura a las amenazas del industrialismo en expansión de su época: «La renuncia total a lo tradicional, lo convencional, lo socialmente aceptable; el rechazo de los caminos o normas de conducta ya trillados, y la inmersión total en la naturaleza.», Como no puede extrañar, esta segunda opinión procede de Lewis a propósito de su tipología sobre el Adán americano.

Teniendo en cuenta estos antecedentes, ¿cómo extrañarnos de los cuatro ensayos seleccionados en este volumen? El primero de ellos constituye una especie de «declaración de principios». Los otros tres, coyunturales, expresan el pensamiento de Thoreau en una gradación progresiva que Walter Harding ha sabido poner de manifiesto: «Existe incuestionablemente una progresión perfectamente definida en las tres principales declaraciones de Thoreau con respecto al asunto antiesclavista, desde Desobediencia civil hasta la Apología del Capitán John Brown, pasando por la Esclavitud en Massachusetts. Se trata de una progresión de resistencia al Estado como Institución. En primer lugar, tenemos la resistencia »civil" o "moderada" rehusando pagar impuestos. En segundo lugar, en la Esclavitud en Massachusetts nos encontramos con la arenga o la exhortación a violar una ley específica y concreta. La tercera instancia de este proceso aconseja la rebeldía abierta no ante una ley específica, sino contra el Estado como tal.»

Lo cierto es que los tres últimos ensayos no constituyen sino una manifestación concreta, lógica y escalonada, como consecuencia de una serie de «principios, o actitudes éticas incuestionables que aparecen como meollo de la cuestión en el primero de los cuatro ensayos, y que por eso aquí se considera como clave o piedra angular. Este es el orden lógico adoptado en la selección, y en la ordenación, de lo que constituye este volumen.

«UNA VIDA SIN PRINCIPIOS»

Desde los primeros años de la década de los 1850, en el Diario hay ya fragmentos de este texto. Los sucesivos títulos que Thoreau le fue dando a su reflexión revelan perfectamente cuáles eran sus intenciones. «Ganarse la vida» «Vidas malgastadas», «De qué le aprovecha al hombre», en evidente alusión al pasaje evangélico de Marcos 8, 36. «The Higher Law» fue otro de los títulos utilizados. En marzo de 1862 el ensayo como tal fue aceptado para su publicación en el Atlantic Monthly. A los editores no les gustó demasiado ese título y sugirieron un cambio. Thoreau, que ya por entonces estaba muy gravemente enfermo y sin fuerzas ni para escribir, dictó la respuesta: «Life wlthout principle». La traducción, a gusto de cada cual. Hasta octubre de 1863 no apareció el ensayo, año y medio después de haber muerto Thoreau. Una especie de anticipo y testamento.

El día 6 de diciembre de 1854, a propósito de una conferencia que acababa de dar en Providence, reflexiona Thoreau sobre esta cuestión de hablar en público. Lo primero es estar convencido plenamente de lo que se dice y de la forma de decirlo. El «gustar» o no gustar al público es asunto más que secundario. Las reflexiones las integra Thoreau en su charla, y de hecho se trata en definitiva de «reflexiones en voz alta». Ya resulta que esta conferencia de Providence, pronunciada en el Rallroad Hall, es la que ahora nos ocupa. Y, por cierto, fue un fracaso completo por lo que a la reacción del público se refiere.

Significativamente, como el propio Thoreau consigna también en el Diario, aprovecha la ocasión para visitar los «santos lugares» de Roger Williams, el disidente puritano que tuvo la osadía, ya en su tiempo, de luchar denodadamente por la separación de la Iglesia y del Estado, por reivindicar hasta sus últimas consecuencias el derecho inalienable del individuo a su libertad de conciencia, y que puso en tela de juicio el derecho del blanco a expoliar al indio de sus tierras y propiedades.

«Pensemos de qué forma se nos va la vida.» A partir de esta invitación a la autorreflexión, Thoreau construye su obra ensayística más significativa. Con un juego de palabras, muy característico suyo, nos aconseja: «Read not the Times, read the Eternities», no leáis los tiempos sino atentos a la Eternidad. Y de acuerdo con su teoría del ensayo, de la que mucho se podría decir, en la página 167 del tomo III del Diario también dice exactamente: «No trato de apresurarme para detectar la ley universal,- permítaseme más bien comprender con más claridad una instancia particular de ella.» El juego dialéctico, continuo en Thoreau, reaparece en estos cuatro ensayos de modo evidente: y bien se podría afirmar que el primero de los que ahora nos ocupan, «Vidas sin fundamento», constituye el punto de partida, la preocupación por lo universal, pero sin prisas; a modo de testamento, cuando apareció en octubre de 1863, se comprendía ya en toda su extensión el largo viaje desde la noche más cerrada a la plena luz del día del conocimiento. Este conocimiento pasa por lo particular y lo que de universal encierra; y por lo universal, a la luz de lo cual se puede comprender cualquier fenómeno aislado o «pequeño» de la vida humana. «Vidas sin fundamento», sin duda, nos da la clave.

El contexto del que surge este ensayo se ha estudiado por extenso en otra ocasión, y a él hay que referirse necesariamente al tratar de valorar lo original, lo irreductibleme'nte personal, de la reflexión de Thoreau (40, 41 y 42). Es toda esa efervescente segunda mitad del siglo xix americano en la que se está empezando a comprobar en qué se han quedado los viejos ideales de los Padres Peregrinos, de los Padres Fundadores y de los Padres de la Patria redactores de la Constitución norteamericana. Al sumidero van tantas y tantas esperanzas de una sociedad más justa, más libre, más igualitario, en la que el hombre no sea lobo para el hombre ni los capitanes de empresa y reyes de la industria sigan explotando al amparo de un sistema, económico y político, que Thoreau detesta y contra el que se rebela.

Este elogio a la pereza que lleva a cabo Thoreau en su ensayo, como mecanismo de defensa, como táctica de resistencia civil y pacífica, pretende llegar a la preservación interior, a no dejarse contaminar ni convencer por las doctrinas económicas y sociales «liberales» al uso, de las que se convierten en portavoces interesados -es decir, beneficiarlos de la corrupción- los políticos.

Henry Thoreau fue dándole vueltas a su propia experiencia a lo largo de muchos años. De hecho, incluso, el capítulo undécimo de Walden se titula «Higher Laws», más altas leyes: por encima siempre de lo legal, pura y simplemente considerado, está lo moral. Y su primer capítulo, «Economía», es igualmente rigurosamente paralelo, en su formulación de «valores», a este ensayo de comienzos de su vida, de mediada su vida y de legado póstumo.

Lo curioso del caso es que para el estudiante de la literatura norteamericana este ensayo con frecuencia pasa desapercibido, oscurecida su trascendencia por otras obras más «famosas», no menos pero tampoco más significativas, básicamente Walden y Desobediencia civil. Y el conocimiento, digamos «popular», de Thoreau se debe simplemente, en muchos casos, a las dos anécdotas más significativas de su vida: su ingreso en prisión por negarse a pagar unos impuestos que él consideraba injustos y su vida retirada en una cabaña en mitad del bosque. The American Tradition in Literalure, de Bradley, Beatty, Long y Perkins, ni lo menciona. La Antología de Macmillan no lo recoge, así como tampoco la de Poirler y Vance. Y una de las mejores y más recientes antologías, la de Cleanth Brooks, R. W. B. Lewis y Robert Penn Warren, American Literature:- The Makers and the Making, Book B. 1826-1861, tampoco recogen, en su selección de Thoreau, este texto fundamental. De las antologías más conocidas o de mayor uso, la única que recoge todos estos ensayos, con buenas introducciones y notas, es la Norton Anthology of American Literature, a cargo de siete profesores de literatura norteamericana, relativamente desconocidos: quiérese decir, no consagrados del calibre de algunos de los anteriormente mencionados. Quizá por eso precisamente sí se hacen más eco de un Thoreau esencialmente contestatario, marginal, pero de cuya importancia en el contexto de la literatura de los Estados Unidos ya no hay nadie en su sano juicio que dude.

«SOBRE EL DEBER DE LA DESOBEDIENCIA CIVIL»

Este texto, sí; naturalmente, éste aparece en todas esas antologías, con selecciones de Walden y algo de la poesía de Thoreau. Y es que este ensayo ha tenido de hecho una difusión mundial incuestionable y una influencia decisiva en personajes de la significación de Gandhi o Lanza del Vasto. En una carta al presidente F. D. Roosevelt, el propio Gandhi le confesaba que dos de los pensadores que más influencia habían ejercido sobre su pensamiento habían sido Emerson y Thoreau. Se supone que estas afirmaciones sí aparecerán en todos los libros escolares para americanos probos.

Lo que ocurre es lo de siempre, y tampoco hay para qué extrañarse demasiado: a un personaje contestatario o marginal en su época, más tarde se le asimila, el sistema le canoniza, y sus teorías se someten al escrutinio de los «académicos» Ya lo tenemos disecado. A fuerza de minuciosidad en el análisis se pierde de vista, sin imaginación, que aquello marginal de entonces lo sigue siendo, que aquella sociedad de entonces muy poco más o menos es la de ahora, que las personas de allí las tenemos aquí, que los cambios tan enormes que la Declaración de la Independencia y la Constitución anticipaban siguen en buena medida sin realizarse. Y que a Henry Thoreau, »decimonónico y anticuado», «utópico e idealista», sin pragmatismo ni sentido de la realidad, visionario y medio excéntrico -es decir, apartado del centrose le puede estudiar sin peligro, porque se le tiene ya controlado, clasificado y neutralizado. La Academia es la especialista en estos menesteres: la «academia» hay que decir, por supuesto. Como tan certeramente nos cuenta Marcuse, ésta es la «pseudo-neutralidad de la academia, Muy poco neutral, después de todo.

Si el trasfondo de «Vida sin principios» es el panorama general de los Estados Unidos de la época, el de «Desobediencia civil» es más concretamente el de la guerra de México (1846-1848). Pretextando ridículas y supuestas ofensas por parte de los mexicanos, los Estados Unidos le declaran la guerra, toman Veracruz, le roban la mitad de su territorio al país vecino y firman la paz de Guadalupe Hidalgo. Todo así de sencillo. La guerra de México es, probablemente, el primer acto de jingoísmo clamoroso en la historia de los Estados Unidos. Noam Chomsky acaba de desempolvar el término en diciembre de 1986, a propósito de la venta engañosa de armas a Irán y del desvío de fondos para la «contra» nicaragüense. Pero el escándalo es uno más de tantos. Thoreau se indigna ante la prepotencia, la agresividad y la marrullería de la acción norteamericana contra su país vecino. No le faltó más que acuñar la expresión. En una cancioncilla de music hall londinense de 1878 se decía: «We don't want to fight, but by Jlngo if we do/We've got the ships, we've got the men/We've got the money, too!»No queremos luchar pero, por Jingo, si lo hacemos, disponemos de los barcos, disponemos de los hombres y disponemos también del dinero. Se les empezó a llamar jingoístas a los defensores de la política de lord Beaconsfield, que propugnaba el envío de la flota británica a Turquía para impedir el alegado avance ruso sobre aquella zona. Por extensión, jingoísta fue, desde entonces, sinónimo de «patriotero vocinglero, chauvinista»,. En los Estados Unidos el primero, que se sepa, que utilizó el término fue el presidente de la Universidad de Harvard para descalificar las pretensiones agresivas de Teddy Roosevelt en 1895, por aquel entonces comisionado de la Policía de Nueva York, y que propugnaba sin más ni más la anexión inmediata del Canadá. Charles W. Eliot, entonces, no dudó en tachar de «jingoísta», al propio Roosevelt y a su ilustre amigo Henry Cabot Lodge, de luenga descendencia, y que sostenía la pintoresca teoría de que «lo que este país necesita es una guerra». Muy poco más tarde, en 1898, los Estados Unidos ya tenían su «pequeña gloriosa guerra» en la isla de Cuba. Como hoy la tiene en Nicaragua, como ya la tuvo en Chile, o en Granada, o en Guatemala... La excepción a la regia fue Vietnam. A los ardientes defensores de la «liberación», de Cuba se les aplicó el mismo término de «jlngoístas», aceptado, por cierto, por la Real Academia y definido como «del inglésjingo, partidario de una política exterior agresiva. Patriotería exaltada que propugna la agresión contra las demás naciones». Por una vez, vale.

El jingoísmo norteamericano empieza de hecho antes que de palabra: Thoreau denuncia la agresión, critica los procedimientos, desvela los trucos y va a la cárcel, tan sólo una noche, pero se pasa seis asíos sin pagar impuestos que alimentan esa política gubernamental con la que él no está de acuerdo. Este nuevo escrito de Thoreau sigue la misma génesis y evolución que el resto de sus escritos y que el propio Thoreau resume en el tomo I de su Diario, página 413: «Desde todos los puntos cardinales, desde la tierra y desde el cielo, desde abajo y desde arriba, me han llegado estas inspiraciones y han quedado consignadas en su debido orden en mi diario. Después, a su debido tiempo, fueron aventadas en forma de conferencias, y de nuevo, oportunamente, pasaron de conferencias a ensayos.» Este es también el caso de su famosa exhortación a la desobediencia civil.

El ensayo apareció impreso por primera vez en mayo de 1849, en una revista que se llamaba un poco pretenciosamente Aesthetic Papers y de la que era mentora la cuñada de Hawthorne, Elizabeth Peabody, hermana de Sophia. La revista duró poco, porque aquel primer número fue, al mismo tiempo, el último. En enero y febrero de 1848, Henry Thoreau ya había soltado su soflama al menos en dos ocasiones, ambas en el famoso Liceo de Concord. Si Thoreau se descuida un poco no le da tiempo, porque la guerra concluyó en ese mismo mes de febrero de 1848, aunque, desde luego, no como consecuencia del activismo de Thoreau. Todo hay que decirlo, porque pensar que al jingoísmo pueda detenerlo y eliminarlo una conferencia más o menos, un panfleto de más o menos, un libro más o menos, sería ilusión desmedida y más que vana esperanza depositada en la fuerza de la razón. Los jingoístas, no es necesario decirlo -y tantos otros-, vencen pero no convencen, sin más dialéctica ni más razón que la de la fuerza.

Cuando en la tarde del 23 de julio de 1846 Thoreau abandonó momentáneamente su retiro de Walden Pond para acudir al zapatero, el carcelero de Concord le recordó que llevaba tiempo sin pagar impuestos. Thoreau se negó por principio a hacerlo, y Sam Staples, con toda consideración, le dijo que le ponía en el brete de teiierle que encerrar. Thoreau contestó que muy bien: y en un apartado significativo de su ensayo nos relata Thoreau su noche en la cárcel y las retlexiones que aquello le suscitó. Más tarde incorporó este fragmento al ensayo con una erudita alusión a Silvio Pellico, porque su experiencia la tituló Mis «prisiones» Realmente, en un país que encarcela injustificadamente, el único sitio digno para las gentes decentes es la cárcel.

LA ESCLAVITUD EN MASSACHUSETTS

Por lo que al tema de la esclavitud se refiere, la historia de los Estados Unidos está jalonada de «compromisos». Es cierto que, con frecuencia, en los «Compromisos» interviene siempre un elemento innegable de buenas intenciones: pero tampoco hay para qué olvidar, sin más, que «de buenas intenciones está empedrado el camino que conduce al infierno». El primer compromiso grave con respecto a la esclavitud lo encontramos ya en la mismísima Declaración de Independencia: el compromiso, evidentemente, estriba en que no lo encontremos. Ni la más mínima referencia al asunto de la «institución peculiar», según reza el eufemismo consagrado. «Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad: que, para garantizar esos derechos, los hombres instituyen gobiernos que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados... etc. ¿Los negros o los indios no son hombres? Eso debe ser.

Un segundo «compromiso» lo encontramos en la mismísima Constitución de los Estados Unidos: por mor de la Unión, que la esclavitud siga donde está, y no se instaure donde ya no exista. Un nuevo «compromiso» es el de Missouri de 1820 -ya nos acercamos a Thoreau-. Para admitir en la Unión a este nuevo Estado de Missouri se desgaja de la Commonwealth de Massachusetts el actual Estado de Maine. El empate de once Estados libres y once Estados esclavistas se mantenía, esta vez a doce. Después de la compra de la Louisiana, la esclavitud en los eventuales nuevos territorios o Estados se proscribía al norte del paralelo 360 30' excepto el territorio mismo de Missouri, en el que se admitía la esclavitud.

Todavía un nuevo compromiso, el de 1850. Verdaderamente se estaba empezando a cumplir la predicción de Emerson cuando la guerra de México: «Puede que los Estados Unidos conquisten México, pero si ello sucede le acontecerá lo que al hombre que ingiere arsénico y muere. México nos envenenará.» Realmente, la cuestión del atropello y el robo descarado a México, con su anexión de inmensos territorios nuevos, proyectó mucho más allá de Missouri el problema de la esclavitud. La evasión de negros hacia el norte, preferentemente a Canadá, ya había comenzado. Y entonces Henry Clay, como nuevo compromiso ante la Unión de nuevo amenazada, introdujo en el Congreso una propuesta de resolución de ocho puntos fundamentales. Cuatro de estos puntos se referían al tema del comercio de esclavos, y uno de ellos específicamente, la ,Fugitive Slave Act» reforzaba las medidas de fuerza para que los negros evadidos, y aun refugiados en Estados libres, fueran devueltos a sus legítimos «propietarios». Sobre esta Ley de Esclavos Fugitivos el propio Emerson reflexionaba en su Diario: Esta sucia ley se ha promulgado, en pleno siglo xix, por gentes que saben leer y escribir. ¡Por Dios que no la obedeceré!» La reacción de Henry Thoreau ante esta sucia norma legal, y ante el caso concreto del esclavo evadido Anthony Burns, detenido en Boston el 24 de mayo de 1854, la encontramos en el tomo VI del Diario, páginas 313 y siguientes. Muy poco después, a Henry Thoreau se le invita a pronunciar un discurso con motivo de la celebración del Día de la Independencia, el 4 de julio de 1854. Se organiza un acto paralelo a las conmemoraciones oficiales, en Framingham, y allí Henry Thoreau suelta esta nueva soflaina sobre «La esclavitud en Massachusetts». Una pequeña obra maestra de sarcasmo, pletórica de indignación moral, que recuerda de modo espontáneo la afirmación de Merleau-Ponty: «Al revolucionario no lo hace la ciencia, sino la indignación ética, La ira de Thoreau ante semejantes «compromisos», incluido el de la Constitución que él menciona expresamente, se desata incontenible en este documento que enseguida vio la luz, impreso, en The Liberator, de William Lloyd Garrison, el día 21 de ese mismo mes y año.

Pocos escritos de Thoreau rebosan tanto de lógica revolucionaria, de ataque frontal al sistema, de desprecio abierto y declarado a unas leyes injustas e inmorales, consagradas por unos políticos interesados pero no por Dios, ni por la ley natural, ni por la propia conciencia. Thoreau se muestra inmisericorde con los órganos de prensa, las iglesias, o los hombres públicos, con la administración de justicia y los magistrados, con la policía y el ejército, colaboradores irracionales y serviles de unas decisiones del Congreso de los Estados Unidos que carecen, por este mismo hecho, de legitimidad alguna para inducir o forzar a nadie a semejantes bajezas.

La prosa de Thoreau es incontenible; su desprecio, irrefrenable. Nada de compromisos; viene más o menos a decir: ni en el contenido ni en las formas. Thoreau lleva a cabo también «el elogio del panfleto y la reivindicación de la demagogia», simplemente llamándole pan al pan, vino al vino, y al compromiso para seguir perpetuando la esclavitud, traición a todos los proclamados ideales de la Unión, desde la Independencia hasta estos mismos días -los suyos y los nuestros-. Y es que la libertad de expresión no ha producido una dialéctica enriquecedora, sino el rebaje a un miserable parloteo, plagado de lugares comunes, donde todos se han obligado, merced al diabólico mecanismo de , batirse en un terreno de juego que a base de concesiones ha pasado de ser un estadio olímpico a convertirse en un armario empotrado. Al campo le han puesto puertas, alambradas, paredes y techo, sobre todo techo, (José María Izquierdo, El País, «Elogio del panfleto y reivindicación de la demagogias, 7 de febrero de 1986, pp. 11 y 12).

Thoreau, libre totalmente de prejuicios y de compromisos, enfurecido ante las iniquidades que contempla, escribe, pronuncia en público y, más tarde, publica su ataque frontal a la injusticia y el pasteleo. Y es capaz de hacerlo con absoluta libertad de palabra, porque mucho antes y previamente se ha conquistado, para sí mismo, la libertad de pensamiento. A Thoreau sí le quedan, realmente, la voz, la palabra y la calle. Y es que como no aspira a cargo político alguno, ni a prebendas o sinecuras en ningún pesebre, denuncia la esclavitud abiertamente, y las innobles medidas legales dictadas por el Congreso para perpetuarla «sin poner en peligro la Unión de los Estados».

Otro de los acontecimientos que está en el fondo de este apasionado alegato de Henry Thoreau se encuentra, igualmente, en un nuevo «compromiso», esta vez alentado y formulado por Stephen Douglas, la denominada «Kansas-Nebraska Act», de 1854. Douglas, un político prominente y con ambiciones, naturalmente buscaba la cuadratura del círculo al anular la cláusula del Compromiso de Missouri relativa a los 36' 30', y sustituirla por una nueva disposición según la cual cada territorio o nuevo Estado, de acuerdo con la voluntad mayoritaria de su población censada, aceptaría o rechazaría la legalidad o no de la esclavitud. Con esto Douglas intentaba «satisfacer las aspiraciones del Sur sin ofender las del Norte». Como de costumbre: la esclavitud, o la antropofagia, o la guerra, dejadas por los políticos a la «legitimación» de las urnas. Este es el género de democracia que Thoreau no puede jamás aceptar, y así lo declara una y otra vez en sus escritos: aunque la esclavitud quede sancionada en la Constitución de los Estados Unidos, como así sucede, hay que ser antiesclavista, anticonstitucional en este punto concreto, y si es necesario arrastrar el remoquete de antidemócrata: a Thoreau le tiene muy sin cuidado. Su conciencia, la ley divina -lo que quiera que ello sea- y el respeto a la dignidad de la persona humana, de toda persona humana, están muy por encima de cualquier otra consideración. Y, no hace falta decirlo, muy por encima de cualquier «compromiso».

Un negro fugado, Thomas Sims, y más tarde otro, Anthony Burns, apresados en Massachusetts, Estado «libre», son devueltos a sus amos. Los dos casos tuvieron amplias repercusiones, desde la detención, el simulacro de juicio, el intento de rescate por parte de ciudadanos indignados con sus autoridades, serviles y cumplidoras de una letra de ley: si despreciable la ley, mucho más su letra. Henry Thoreau se indigna de modo incontenible; y esta indigi)ación es la espoleta que pone en marcha, también incontenible, su prosa. Pocos ensayos o discursos de Thoreau alcanzan tales límites de humor sarcástico, de furia desatada y de limpieza lógica en el razonamiento argumental.

«APOLOGIA DEL CAPlTAN JOHN BROWN»

Desde el punto de vista histórico, la figura del capitán John Brown es un fenómeno más que controvertido. Para unos, Brown no pasa de ser un facineroso, un asesino, un fanático y un loco. Para otros, al menos en su momento, John Brown fue una figura mítica, poco menos que un héroe, un luchador denodado contra el esclavismo y un defensor casi «caballeresco» de débiles e indefensos, de negros y esclavos, y de toda causa justa. Parece totalmente cierto que este hombre, en su afán de deshacer entuertos, cometió otros no menos lamentables.

John Brown estuvo en Concord al menos en tres ocasiones. A finales del invierno de 1857, John Brown vino a Concord para visitar a su amigo -y amigo de Thoreau- F. B. Sanborn. Desde luego, Thoreau lo conoció entonces, aunque de esta primera

visita no hay ni rastro en el Diario. Brown regresó a Concord el 7 de mayo de 1859 y visitó a Emerson, charló también con Thoreau y siguió recogiendo donativos para la organización de los underground railroads, que ayudaban a la escapatoria hacia el Norte de los esclavos negros que buscaban su liberación, tanto como para la compra de armas. Por esas fechas, desde luego, John Brown ya había cometido algunas de sus fecharías, concretamente en Kansas, en mayo de 1836, en Pottawatomie Creek, cuando asesinó a sangre fría a varias personas, como consecuencia de los tumultos organizados con motivo de la Kansas-Nebraska Act». Y estaba a punto de consumar su «obra maestra» en Ferry, Virginia, el 16 de octubre de 1859.

El 19 de octubre llegaron noticias a Concord según las cuales John Brown había muerto en Harper's Ferry el día 18, como consecuencia de la lucha entablada con tropas federales para recuperar el arsenal del que Brown se había apoderado por la fuerza. Aquella noticia luego quedó desmentida, porque a John Brown lo cogieron vivo, lo sometieron a consejo de guerra y lo ajusticiaron, ahorcado, el día 2 de diciembre de 1859, al amanecer. En cualquier caso, a partir de esa fecha del 18 de octubre, después del ataque en Harper's Ferry, Thoreau reflexiona en su Diario amplísimamente sobre la figura y el significado de la acción de John Brown. Ahí tenemos el germen de sus varios ensayos sobre Brown, tomo Xll a partir de la página 400: de ahí en adelante Thoreau reflexiona y escribe, y fragmentos enteros de estas reflexiones escritas van a pasar más tarde, como de costumbre, a sus discursos y a sus ensayos.

Walter Harding discute ampliamente, en su biografía de Thoreau, este episodio más que confuso con relación a John Brown. Según Harding, si Thoreau hubiera conocido las barbaridades perpetradas por Brown en Kansas, seguramente no se hubiera manifestado tan entusiasta defensor y admirador del capitán. Incluso del incidente en Harper's Ferry Thoreau supo poco. Lo cierto, en cualquier caso, es que Thoreau se mostró siempre mucho más atraído por los ideales expresados por Brown que por Brown mismo. Como expresó tan certeramente Virginia Woolf, muchos años más tarde, «a Thoreau no le atrajo tanto Brown, cuanto la "brownidad". Es una distinción por una vez feliz y muy significativa y elocuente de lo que a Henry Thoreau le acontece con John Brown.

A partir de la captura de John Brown el 18 de octubre de 1859, Thoreau se embarca en una frenética campaña en defensa del capitán y sus secuaces. Primero exigiendo un juicio justo, y luego tratando de movilizar a la opinión pública para tratar de impedir la ejecución de la sentencia que le condenaba a muerte. Pero todo fue inútil. En su Diario reflexiona Thoreau por aquellas fechas: «La puesta de sol del día 25 de octubre fue más que notable. Pero me resultaba difícil por entonces captar toda aquella belleza, mientras mi mente estaba saturada del capitán John Brown»(Xll, 443).

La primera vez que Thoreau pronunció su «apología del capitán John Brown» fue el 30 de octubre de 1859, en el Town Hall de Concord, y casi nadie quiso acudir a la cita, medio atemorizados como estaban por las consecuencias peligrosas, de represión oficial, que corrían cuantos en aquel momento se manifestaran públicamente en defensa de Brown, en un clima de opinión negativo y manipulador que la mayoría de los periódicos llevaban a cabo en aquellos momentos. Incluso algunos de sus colegas abolicionistas le aconsejaron que, por prudencia, se abstuviera de pronunciar aquel discurso incendiario en aquellos momentos de crisis. Thoreau les contestó que «no os he avisado buscando vuestros consejos, sino para haceros saber que pienso hablar.» Y así lo hizo.

El primero de noviembre repitió el discurso esta vez en Boston, y el día 3 en Worcester. Verdaderamente, la figura de John Brown había llegado a fascinar a Thoreau como, según Emerson, sólo lo habían conseguido otras dos personas: el indio Joe Polis, su guía de tantas horas, y el poeta maldito Whitman -tan maldito al menos como Poe, aunque de muchísima más calidad poética-. Si Poe sobresale de modo extraordinario en el contexto de la literatura norteamericana, parece claro que ello se debe a otras aportaciones, no precisamente a la poética.

En cualquier caso, Henry Thoreau sigue escribiendo y hablando en defensa de John Brown. ,Los últimos días de John Brown» es otra de sus piezas oratorio-ensayísticas de aquellas fechas. La coincidencia de fondo con los argumentos expuestos en «La esclavitud en Massachusetts» es evidente: de aquellos principios, estas consecuencias concretas. Y en ambos casos, se podría también añadir, como en el caso de la «Desobediencia civil»» efecto todo ello de una misma causa: «Vida sin principios». De este modo se termina, de una vez por todas, con el mito o el prejuicio superficial de la «incoherencia» de Thoreau y su pensamiento. Tiene toda la razón Henry Miller, en un prólogo definitivo a este último ensayo mencionado pero primero de nuestra selección de ahora, cuando dice: «Tan sólo hay cinco o seis hombres, en la historia de América, que para mí tienen un significado. Uno de ellos es Thoreau. Pienso en él como en un verdadero representante de América, un carácter que, por desgracia, hemos dejado de forjar. De ninguna manera es un demócrata, tal y como hoy entendemos el término. Es lo que Lawrence llamaría "un aristócrata del espíritu" o un ácrata civilizado, también se podría apostillar. «O sea, lo más raro de encontrar sobre la faz de la tierra: un individuo. Está más cerca de un anarquista que de un demócrata, un comunista o un socialista. De todos modos, no le interesaba la política. Era un tipo de persona que, de haber proliferado, hubiera provocado la desaparición de los gobiernos, por innecesarios. Esta es, a mi parecer, la mejor clase de hombre qiie una comunidad puede producir. Y por esto siento hacia Thoreau un respeto y una admiración desmesurados,»

Algo de todo esto se le podría aplicar a Thoreau con respecto a su actitud hacia John Brown. Y, como muestra, esta «apología», que matiza, desde un nuevo punto de vista, de modo escalonado y perfectamente lógico y coherente, el tipo de personalidad que fue Henry Thoreau. John Brown habría colocado del revés un acento griego; pero le habría ayudado a levantarse a un hombre caído.» En el pequeño esbozo biográfico que hace Thoreau en su ensayo, naturalmente la imaginación y la inventiva están muy por encima de lo estrictamente histórico: porque Thoreau, realmente, trasciende de lo particular a lo general, de lo específico a lo genérico, de John Brown de carne y hueso, a la brownidad que aquel le parece encarnar y en cuya defensa Thoreau se había comprometido siempre, y se sigue comprometiendo ahora -con qué género tan diametralmente opuesto de compromiso al estudiado en páginas anteriores- hasta sus últimas consecuencias. De un «compromiso» a otro «compromiso» media el mismo abismo semántica que media entre «transigencia» y «radicalidad», entre «prudencia» y «honradez», entre «verdades a medias», y «Verdad»; en fin, entre «política» y «ética». Y el juego de palabras, también muy thoreausiano.

Henry Thoreau lleva a cabo su apología del capitán John Brown de acuerdo con su conciencia, no con la oportunidad -o con el oportunismo- que las circunstancias dictan. Por eso es hombre grande.

CONCLUSION

Como se ha comentado en otro sitio, León Felipe nos lo tiene dicho de forma magistral: «En la mañana nos bautizan; al mediodía, el sol ha borrado nuestro nombre; al atardecer, quisiéramos bautizarnos nosotros.» David Henry Thoreau fue bautizado por sus padres y, a lo largo de su infancia y sus años de estudios, David Henry siguió firmando David Henry. Al salir de Harvard decide cambiar de nombre, y lo hace de modo característico suyo: sin acudir al registro civil, sin hacerlo de modo oficial y sin atender para nada a cuestiones legales. También él podría muy bien afirmar aquello de que lo menos real de mi persona es mi realidad legal». Hace lo que quiere, porque quiere y cuando quiere: y a partir de entonces es Henry David, o casi siempre Henry a secas. Para escándalo de sus vecinos de Concord, a los que les parecía una irreverencia cambiar el curso de los acontecimientos «normales» y «consabidos». Incluso hasta después de su muerte existen testimonios pintorescos en este sentido. Cita Harding a una tal señora de Daniel Chester French, que en su obra Memorias de la esposa de un escultor -tres palabras y dos etiquetas- dice textualmente, a este respecto, con una indignación digna de mejor causa: «Henry D. Thoreau-Henry D. Thoreau... Su nombre verdadero no es Henry D. Thoreau más de lo que el mío propio es Henry D. Thoreau. Y todo el mundo lo sabe, y él mismo lo sabe. ¡Su nombre es David Henry y nunca será de ninguna otra forma, sino David Henry! ¡Y él lo sabe!» Realmente pintoresca la «esposa» de un «escultor».

Henry David Thoreau es una de las figuras de mayor belleza de la historia del pensamiento americano del siglo xix. «Porque de tres cosas depende la belleza: en primer lugar, de la integridad o perfección, y por eso consideramos feo lo que está incompleto; luego, de la justa proporción, o sea, de la consonancia; por último, de la claridad y la luz, y, en efecto, decimos que son bellas las cosas de colores nítidos.

Permítasenos la analogía para concluir y completar esta semblanza, apresurada y fragmentaria, de Henry Thoreau: la integridad de Thoreau, la consonancia, la claridad y la luz que se desprenden de la vida y de la obra de este hombre ejemplar y entrañable, poner todo esto de relieve ha sido la intención básica de esta introducción. Esperemos que el lector, con la lectura de los cuatro ensayos aquí presentados, llegue a sus propias conclusiones en contacto directo, el único realmente válido e importante, con la obra ensayística de Henry Thoreau, que, en un momento determinado de su vida, decidió cambiar de nombre y ser «él mismo». «A decir verdad, siendo niño ya leí un anuncio, para marineros con experiencia, un día que paseaba por mi pueblo natal: y, en cuanto tuve la edad, me embarqué.» En la apasionante aventura de construirse a sí mismo, es decir, de «hacerse hombre». La metáfora, del propio Thorcau, procede de «Vida sin principios»,: se embarcó en su momento y sigue navegando. Porque, como afirmaba Emerson en el elogio funeral, que leyó en su entierro, «su alma estaba hecha para la más noble de las comunidades; agotó en su corta vida con intensidad las capacidades de este mundo; donde exista conocimiento, donde haya virtud, en donde exista la belleza, allí tiene Thoreau su propia casa.»

Henry Thoreau murió a las nueve de la mañana del día 6 de mayo de 1862. El día 5 de mayo vinieron a visitarle sus amigos Alcott y Channing y ya lo encontraron moribundo. Cuando Alcott, el venerable Alcott, abandonaba la habitación del enfermo, se inclinó respetuosamente y le besó la frente a Henry Thoreau. Más tarde recordaba Channing la escena: «Fue conmovedor ver a este hombre venerable besándole la frente, cuando ya los indicios de la muerte se habían apoderado de ella, aunque ya Henry no se diera cuenta. Me pareció como la extremaunción oficiada por el mejor sacerdote posible: un amigo.»

Cuando el propio Alcott llevó a cabo los preparativos para el funeral, no hizo, con muy buen criterio, sino seguirle los pasos al propio Thoreau y organizarlo todo exactamente igual que Henry había hecho para el funeral de John Brown. El servicio fúnebre tuvo lugar el día 9 de mayo de 1862 a las tres de la tarde. «El país no sabe todavía -dijo Emerson-, ni en lo más mínimo, qué grande es el hijo que ha perdido.» Ahora, más de cien años más tarde, el país sigue sin saberlo.

Gandhi, que sí lo supo, escribió en su Autobiografia: «Es mejor ser analfabeto y picar piedra o destripar terrones por amor a la libertad, que adquirir una cultura literaria y permanecer, a pesar de ella, encadenado como un esclavo.» Henry Thoreau fue un hombre libre: ¿cabe más?