BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica


La Inquisición y el Diablo. Supersticiones en el siglo XVIII
María Jesús Torquemada
Sevilla, Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, 2000, 228 págs.


No es exclusivo de una determinada época o de un cierto ambiente tratar de obtener por medios sobrenaturales o paranormales fines que por lo común no se logran por las vías ordinarias que la naturaleza pone al alcance de los mortales: la curación que no se consigue con los remedios de la ciencia, el enriquecimiento que no se alcanza con los recursos humanos o por un golpe de la fortuna, la correspondencia del ser amado, cuyo corazón no responde a los requerimientos o deseos del enamorado. Salud, dinero y amor constituyen la clásica síntesis de las apetencias terrenales, para cuya obtención con frecuencia el hombre no repara en métodos o procedimientos. Y es precisamente aquí, en la utilización de unos medios u otros, donde existió el riesgo de que la conducta de quien buscaba el éxito, para sí o por encargo para otro, pecara de heterodoxa.

De encantamientos, hechicerías, adivinaciones, ritos de magia o formas de brujería, especialmente de los que se practicaban en el siglo XVIII y en el ámbito de la jurisdicción del Tribunal Inquisitorial sevillano, se ocupa María Jesús Torquemada en este libro, un estudio más que añade a los que ya ha realizado sobre el Santo Oficio, desde que orientó preferentemente su investigación, hace ya bastantes años, hacia este tipo de temas. Porque la Inquisición no fue ajena a estas prácticas, cuando en determinadas condiciones revestían apariencia delictiva, concretamente del delito denominado "de supersticiones". Prácticas en las que había siempre un factor común, la invocación diabólica, sustituta de la mediación divina, y presupuesto, por tanto, de una desviación de la fe, de una herejía perseguible y condenable por los tribunales de la ortodoxia religiosa.

Precisar el concepto del delito, sobre el que la propia doctrina jurídica no siempre es coincidente, es el primer objetivo del estudio que comento. Queda claro que para que exista herejía se requiere que medie un pacto explícito o tácito, un compromiso, una promesa, que suponen un acto de sumisión, una forma de culto al diablo, conductas que generalmente se asocian a fenómenos propios de la brujería, si bien en el ámbito geográfico al que se circunscribe la investigación, tales prácticas se configuran con preferencia como sortilegios, adivinaciones, encantamientos o hechicerías.

La diferencia va más allá de una cuestión semántica: en cualquiera de los casos, si para lograr el fin propuesto se recurre a la demonolatría, cosa que precisamente corresponde averiguar al Santo Oficio, se darían las condiciones del delito, pero la brujería supone unos ritos y se acompaña de unas circunstancias y connotaciones que no son frecuentes en los territorios del sur de la Península. Por el contrario, en este ámbito, aunque tampoco falte la invocación al demonio, sea para sanar de enfermedades, para hallar tesoros escondidos, para lograr el amor que parecía inalcanzable o, en otro caso, para impedir que alguien pueda realizar cópula carnal, solía acudirse a ceremonias más simples, a fórmulas menos comprometedoras, a las que corresponden los términos antes expresados, y en las que las más de las veces no es difícil apreciar que la adoración al demonio, si se produce, no responde a una creencia sino que es parte de una farsa, revestimiento de una actividad que quiere parecer seria pero que sólo constituye un equivocado modus vivendi, un recurso de embaucadores, al que el Santo Oficio responde con castigos leves, porque aunque no haya herejía sí existe escándalo y mal ejemplo que conviene reprimir.

La autora combina en el libro la teoría y la práctica. Al planteamiento doctrinal sigue una referencia oportuna al mecanismo que desarrolla el Tribunal para conocer y valorar las conductas aparentemente delictivas, y concluye con el relato de un importante número de causas que fueron enjuiciadas por el Tribunal sevillano como sospechosas en principio de constituir casos de "supersticiones". Por las páginas del libro desfilan personajes como Micaela "la Hechicera", Francisca Romero "la Incendiaria", Ana Barbero "la Cupido", Catalina "la Santa", Rosa "la Siniestra", Ana Muñoz "la Rata", Angela de Salas "la Celestina" o María de Reina, entre otras encausadas, y junto a ellas algunos varones practicantes de parecidas artes. Ellas y ellos, en sus osadas intervenciones rozaron los límites de la ortodoxia, y sus conjuros, sus invocaciones, sus fórmulas mágicas, sus manipulaciones les hicieron aparecer como supersticiosos, como mensajeros o profesos de una distinta fe, como sospechosos de herejía y, en consecuencia, objetivos del Tribunal de la Inquisición.

El libro de María Jesús Torquemada, como pone de relieve José María García Marín, Catedrático de Historia del Derecho de la Universidad Pablo de Olavide, al prologar la obra, combina con acierto lo científico y lo literario, el análisis y la disección del modelo de delito con el relato de las vivencias de los sujetos sobre las que se construye el discurso técnico, y todo ello sin caer en la pura disquisición teórica que sólo hace asequible el trabajo a especialistas ni en la seducción de lo anecdótico, que restaría altura científica al estudio. El equilibrio logrado hace, por el contrario, que este libro sea interesante, útil y a la vez ameno.

Juan Antonio Alejandre
Universidad Complutense

Recensión efectuada en septiembre de 2000

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