BYBLOS
Revista de Historiografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


Cantabria y la Inquisición en el siglo XVIII
Enrique Gacto Fernández
Fundación Marcelino Botín, Santander 1999, 413 págs.


Quien pretende desentrañar la actividad procesal del Santo Oficio de la Inquisición y, más concretamente, conocer y exponer el iter de determinados procesos desde la fase de instrucción sumarial hasta su desenlace, reflejado en las correspondientes sentencias, sabe, a poco que tenga alguna experiencia en este tipo de investigaciones, que muy probablemente no encontrará la documentación completa que permita reconstruir la historia hasta su fase definitiva. El investigador se siente frustrado muy a menudo cuando tiene ante sí la película de los hechos pero desconoce el fin, y con frecuencia también, ante tal circunstancia, fácilmente desiste de ofrecer al lector una historia incompleta, si no opta por recurrir a la fantasía para suplir los datos que la documentación le niega, lo que le haría perder su condición de investigador para introducirle en el campo de la novelística si es que no cae en el terreno propio de lo fraudulento.

Enrique Gacto conoce bien lo que da de sí la búsqueda en el pozo sin fondo de los archivos que encierran la documentación inquisitorial y también sabe cuántas lagunas ofrecen, cuántos expedientes han desaparecido, cuántas carátulas anuncian un rico contenido de datos que después faltan o, si algunos han quedado, cuánto cuesta unirlos hasta recomponer los hechos. Pero él "tiene oficio" domina como pocos la temática inquisitorial, fruto de muchos años de estudio, de expurgo de archivos, de catalogación de casos, de análisis paciente, meticuloso y serio del material recopilado, de reconstrucción doctrinal y de publicación de resultados. Una veintena de artículos e infinitas disertaciones sobre el Santo Oficio son la más clara constatación de tan importante y continuado esfuerzo, en buena parte volcado sobre el Tribunal de Sevilla, y, en todo caso, realizado desde la preocupación del jurista, que siempre ha antepuesto a la del historiador o a la del sociólogo. Así ha podido escribir, de manera resumida a veces, pero siempre con profundidad y con rigor, sobre el proceso inquisitorial en líneas generales o, de manera particular, sobre el secreto en el procedimiento del Santo Oficio, sobre las circunstancias atenuantes, sobre el valor de la costumbre en el Derecho inquisitorial, sobre el sistema penal de la Inquisición, así como sobre distintos delitos contemplados por este tribunal.

El libro que comento en estas líneas es uno de los trabajos que los que hemos aprendido algo sobre la Inquisición de la mano de Enrique Gacto esperábamos hace tiempo: un libro que sufre esas carencias y frustraciones con las que tantas veces el investigador de esta institución tropieza, y que antes refería, pero que al autor no le desaniman; un libro, también, que demuestra cómo es posible aprovechar todos los datos con los que se cuenta y, siendo fiel a ellos, sin inventar nada, reconstruir unas historias, que son historias de procesos, hasta donde los documentos lo permiten.

No es la primera vez que el autor acomete esta empresa. Se había ocupado anteriormente del proceso del abogado Vilajoana y del que padeció el afrancesado don José Ibarrola. Ahora como entonces trata de procesos múltiples y variados, con un denominador común: que fueron incoados por el Tribunal de Logroño, a cuya jurisdicción pertenecía la región de Cantabria, o sus protagonistas fueron cántabros. Por las páginas del libro desfilan reos de diversos delitos denominados "menores" como las brujas de Limpias y Escalante, el curandero del Valle de Buelna, el nigromante seminarista de Noja, y a su lado aparece un buen número de acusados de proposiciones heréticas, cuyas conductas casi siempre eran producto más de la ignorancia, la pedantería o la locura que del propósito de contradecir la doctrina de la Iglesia, en tanto que otros sujetos parecían sospechosos de profesar la peligrosa secta calvinista o de haber incurrido a través de su lascivia incontenida en el delito de solicitación. Sus historias encandilan, interesan al lector desprevenido, que se introduce en ellas y las vive, porque el autor deja hablar a los textos pero al mismo tiempo los explica; expone los hechos pero a la vez los compara con otros similares y saca conclusiones. Uno no lamenta demasiado que la incuria funcionarial u otros avatares hayan impedido conocer el fin de casi todas las historias: lo que de ellas se conoce es suficientemente interesante y explícito como para poder imaginar lo que no se cuenta.

Pero aún interesan más a quien se aproxima a la actividad del Santo Oficio con algún prejuicio o con algún conocimiento, porque este tipo de lector encuentra en el libro la perfecta combinación de la fluida prosa y el inteligente y científico tratamiento de los hechos, lo que constituye una lección de Derecho al mismo tiempo que de Historia. Aquí es donde se advierte el perfecto conocimiento que el autor tiene del iter procesal, donde se aprende por qué los trámites son como son, por qué el tribunal actúa como actúa. Los documentos de los que el autor se vale están en el Apéndice. La primera parte del libro enseña cómo se pueden utilizar para contar una historia, para explicarla y para darle sentido jurídico. He aquí, a mi entender, el valor más importante de la obra, merecedora sin duda de la excelente y acertada edición que ha hecho de ella la Fundación Marcelino Botín.

Juan Antonio Alejandre García
Recensión efectuada el 19 de mayo de 2000

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