BYBLOS
Revista de Historiografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


Genocidio y Justicia. La destrucción de las Indias, ayer y hoy

Bartolomé Clavero

Marcial Pons Historia, Madrid, 2002, 170 pp.


Con el título Genocidio y Justicia. La destrucción de las Indias, ayer y hoy, Bartolomé Clavero nos presenta un segundo estudio en torno a la problemática de los derechos de los pueblos indígenas (1). Sin duda, el libro se muestra oportuno, máxime al tratarse de una serie de reflexiones originadas en el viejo continente, con un aún extenso Atlántico de por medio. Un Atlántico de 500 años de incomprensiones recíprocas. Clavero lo denuncia y reconoce. Una pluma apasionada lo plasmará. Apasionada, críptica y, por todo ello y curiosamente, barroca ¿Por qué curiosamente? Quizá porque el barroco indiano, resultase como producto de las presuntas destrucciones social y cultural, perpetradas por una Monarquía que se decía “católica” (como era la hispánica), a lo largo de los tres siglos que duró su dominación americana. Al menos, ésa es la impresión que el autor trata de dejar en su destinatario. Pero el lector, como el observador de una fachada barroca, se encontrará frente a un conjunto arquitectónico cuya complejidad provoca la dispersión. A modo de explorar los componentes de la obra, algo se puede desmenuzar, permitiendo centrarnos en dos tesis. En principio, el tratamiento jurídico de los indígenas americanos por el derecho castellano y el eventual y posterior, especializado, indiano, implicó una brecha entre el derecho generado en el Viejo Mundo y la realidad del nuevo continente. No es una tesis atrevida u original, empero sugerente ante la impronta histórica. Una impronta que recorre el itinerario de las Ordenanzas de 1573, el reconocimiento de costumbres precolombinas como derecho vigente (previamente por Carlos I), y la defensa antropológica que portó consigo la bula Sublimis Deus que dictase Paulo III en 1537 (2). La brecha, de haber sido productora de efectos catastróficos, es más decimonónica, ligada a la invención de los modernos Estados-Nación. Esas invenciones fueron resultado de otras destrucciones como la encabezada por Bonaparte en 1808. Pero no divaguemos, aunque la contemplación de la fachada barroca nos lleve a ello.

 

Una segunda tesis, reconoce que, hoy día, se tiende a ignorar la identidad de los pueblos indígenas y por ende, del conjunto de derechos que de tal identidad dimanan. Esto no es un problema exclusivo del continente americano. Sin embargo, es un ejemplo contundente del complejo fenómeno de la globalización, su corolario, la multi-culturalidad y su reconocimiento jurídico, es decir, la materialización por medio de conceptos jurídicos de la pugna entre tradición y modernidad, entre el respeto a la esencia de un pueblo y el deseo de que ese mismo pueblo supere las restricciones o limitaciones (sobre todo, económicas) que lo hubiesen proscrito, marginado en el pasado. La pluralidad de culturas y el reconocimiento jurídico de las mismas se convierten en un derecho constitucional que buscaba homogeneizar la sociedad antes fraccionada por estamentos. Aquí se coincide plenamente con Clavero. El problema que se suscita es el de la pretendida igualdad formal, que se quiebra totalmente con este reconocimiento de privilegios, en el sentido etimológico del término (ley privada, particular). Pero hay más cuestiones relacionados con esos derechos indígenas, como son los referidos a su ignorancia. En efecto, el desconocimiento se genera en el forzado intento de categorizar con productos de la modernidad a realidades históricas y culturales distintas (3). A su vez, esto pone en evidencia algo: si en el momento presente se busca la defensa de los derechos de los pueblos indígenas es porque existen todavía, porque han conservado determinados usos y costumbres, no obstante la ocupación peninsular -y el consecuente barroco indiano- que, por otra parte, en cierta forma fue signo de un reconocimiento de un mestizaje que fue más allá de lo meramente racial. Si bien todo lo anterior, no debemos olvidar que el conocimiento de muchos de esos usos y costumbres procede de las descripciones que Bernardino de Sahagún y otros frailes hispanos efectuaron sobre el terreno, siendo muchas veces visiones exageradas o distorsionadas y en otros recreaciones forzadas, pero son el único testimonio al que podemos acudir con las salvedades aludidas.

 

Ahora bien, ambas tesis (protección del indio y reconocimiento de sus derechos singulares) pretenden explicar algo que en parte es paralelo a los sucesos que inician hace quinientos años, y por otra, un efecto de éstos: la destrucción y el genocidio que en el momento presente se comete contra los pueblos indígenas en Iberoamérica (4). Quizá se enfatice el variopinto continente unido por una misma lengua, porque los Estados Unidos de América o el Canadá no fueron gobernados por lo que será España. Esta es una posición aún más interesante. En el Canadá se celebraron una serie de pactos con los naturales, permitiendo su conservación y convivencia con la población de origen europeo. Es un hecho que la solución canadiense ha inspirado diversas soluciones jurídicas en torno al problema de los pueblos indígenas, como es el caso del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (5). No es el caso de los Estados Unidos, donde el exterminio de la población nativa, si no fue total, dejó los deleznables efectos de las llamadas “reservaciones”. ¿Por qué el aparente ensañamiento de Clavero con el mundo hispánico? El autor es español,  y esto, desde luego,  le concede y con creces, el derecho a la autocrítica. Por otro lado, toda autocrítica es admirable. El conocimiento de sí mismo es una expresión de la virtud de la humildad. Y sólo de tal postura, es posible encontrar soluciones a los problemas que se plantean. Sólo el humilde se encuentra en posición de rectificar, dado que el soberbio, el que está en posesión de la plena verdad, nunca se equivoca y nunca va a reconocer sus errores. Por eso sorprende doblemente, que el autor no admita del todo que la monarquía española se haya dado la oportunidad de auto-criticarse. Esto llama más la atención, ante un recurso empleado por Clavero. Un recurso que nos obliga a una detenida consideración. ¿Por qué tomar la voz de Bartolomé de las Casas como la única o, al menos, la más sonora, en la defensa de los indígenas? Desde una perspectiva, se puede dar una respuesta: fuera de la monarquía hispánica –principalmente en los Países Bajos o en la Francia-, era la voz políticamente correcta del siglo XVIII (6).

 

La voz que sin proponérselo, en el siglo XVI, fue la empleada casi 200 años después, por lo grandes promotores de aquella campaña que Juderías bautizará como “Leyenda Negra”. Hoy día no cabe la menor duda en descalificar aquella leyenda, así como tampoco deben tenerse reparos en rechazar a las leyendas de otras tonalidades, colores y matices. Empero, esto no resulta tan afortunado, en aras de un quehacer científico. Si se les ha denominado como “leyendas” a las posturas casi antagónicas ante los sucesos de la guerra que en parte parió a la Edad Moderna y el ulterior gobierno de la América Española, es porque lo son. Leyenda no es Historia. Leyenda puede ser muchas cosas, desde una fábula con moralina hasta un relato con fines ideológicos, como los que emplearía el Partido Nazi para crear un terreno fértil para cierto nacionalismo fanático. Por otra parte, hay que admitir que la Historia de lo que ahora es España, como toda Historia, ha tenido claroscuros, filias y fobias, cimas y simas. A su vez, aquélla, como todo ente de derecho público, desenvuelto en el tiempo, ha tenido en sus pares, aliados y enemigos. Si alguna vez tal ente fue el depositario de un poder político dominante, los enemigos fueron los más. Y en efecto, la Roma pontificia fue pendular con tal ente. De las bulas alejandrinas destinadas a Castilla-León a la bula In Coena Domini, hay una brecha y matices de por medio, que no pueden pasarse por alto. Tampoco se puede soslayar el papel del regalismo en el siglo XVI, quizá reforzado ante la Contrarreforma. Esto es un contexto de obligada consideración para entender por qué la monarquía hispánica (con el adjetivo de católica), provocó tantas enemistades. En un momento como ése, la leyenda, o mejor dicho, una especie de propaganda, fue un medio de ataque político. La imprenta y el grabado, instrumentos totalmente loables, también se han malversado, como ha pasado con la energía nuclear. La propaganda manipuladora es tan destructiva con la verdad, como lo es una bomba de hidrógeno. La rectitud científica en cambio, puede ser tan positiva, como un tratamiento radioactivo para vencer al cáncer. He aquí el principal defecto del libro: su carácter propagandístico, panfletario, y, por ende, no científico.

 

De las Casas debe escucharse en su contexto. Es decir, al que fuera Obispo de Chiapas hay que situarlo en su entorno y circunstancias, como bien lo recomendaría el sabio Ortega y Gasset. Y ahí es donde esta voz, que retomó vida mucho tiempo después de la muerte de su emisor, debe ser escuchada. Y no será fácil ponerle atención, muchas veces porque ella misma es confusa, oscilante, contradictoria. Si la escuchamos, es por la pasión que le sirve de partitura. Pero el siglo XVI, es pletórico en voces que si bien, no eclipsaron al sevillano, si resultaron más originales, y lo más importante: oportunas y claras. No debe perderse de vista que la tarea de un historiador del derecho, debe ser la de formar a sus colegas que encaran el foro de manera ordinaria. El historiador del derecho es jurista, en primera instancia. Por ende, en esa posición privilegiada y a la vez demandante, de poder viajar en el tiempo, puede conocer otras maneras de resolver los problemas y retos que plantea lo jurídico. La sola definición de justicia, la clásica, la de Ulpiano, se refiere al respeto de los títulos jurídicos de otros (7). Al respeto o a su restitución. La sola definición de justicia, la clásica, nos pone en guardia frente a la ingente tarea del jurista: buscar el orden social.

 

¿Se puede aprender del Obispo de Chiapas? Desde luego. En lo jurídico, con más pasión que talento, defendió la libertad humana, contraponiéndose a la encomienda indiana (8). Como toda defensa en la que las emociones predominaron, lo que es contribución suele diluirse en lo que es denuncia. La denuncia es indispensable en lo jurídico. La experiencia es notable. La acción procesal, desde la perspectiva de Celso, implicaba un juicio, o sea, la posibilidad de acudir al iudex para exigir lo que nos es debido (9). El iudex no actuaba de oficio. Pero la denuncia sin fundamentos era penada. No se podía activar la maquinaria judicial de manera caprichosa. Además quien denuncia, debe probar. De las Casas no fue la única voz de denuncia. El siglo XVI se copó de denuncias, desde aquél encendido sermón de Montesinos en La Española. Pero muchas denuncias fueron probadas. El que el debate vallisoletano se hubiese malogrado quizá se deba a que fue un diálogo de sordos, pero también a que llegaba tarde, ya se había argumentado y probado demasiado en el medio siglo anterior. El mismo Francisco de Vitoria reconocía haber llegado rezagado en 1539 (10). No obstante que el sesudo profesor de Salamanca logró exponer su posición con meridiana claridad, contaba ya con pruebas, con una información abundante, aportada por los denunciantes que siguieron los pasos de Montesinos. Y De las Casas los siguió, pero no fue el único.  El sevillano es genio y figura, sin duda alguna. La tinta no seguiría recordándole casi 500 años después. Era un astro brillante, pero en el seno de una galaxia. Y hubo muchas estrellas que impactaron desde Burgos hasta Roma. Desde la conciencia de Fernando hasta la del papa Farnesio.

 

Y ya que ha salido tal apellido, bien merecer preguntarse acerca de la bula Sublimis Deus. Bien leída es el guión del De las Casas en Valladolid, que, como bien lo dice Clavero, fue su cuartel. La Sublimis Deus ya refiere la universalidad jurídica del ser humano, de todo ser humano. Y estuvo, a su vez, un denunciante detrás: Julián Garcés, hermano de religión de las Casas. Su voz fue clarividente, y a pesar de los obstáculos del Real Patronato, hizo eco en la conciencia del Romano Pontífice. ¿Por qué la voz de Garcés no puede ser invocada como la del sevillano? ¿Acaso lo políticamente correcto puede desechar nombres a la luz del tiempo? Lo políticamente correcto, busca el éxito de determinada corriente, grupo o interés. Pero la ciencia no obedece a tales estímulos. La ciencia se debe a la verdad, causa de causas. Para el historiador del derecho, De las Casas es una voz, que merece ser escuchada, porque en el siglo XVI lo fue. Estará, como científico, alerta de si fue manipulada o no, en otras latitudes y contextos. Y deberá resguardarla, en su integridad, como un bien de cuantiosísima valía. De ser así, es incluso una obligación grave convertirse en denunciante. Sí, como bien decía Grossi, el iushistoriador es un provocador (11). Sí, provoca y denuncia. Pero, con la verdad, aquélla que permite ver no sólo un astro, sino el cielo en plenitud. La verdad exige, pues compromete, y por ello, implica ser otra voz de denuncia. Pero, si lo que se persigue es que la verdad sea revelada, se requiere demostrar, probar. América, vasto continente, aún invita a ser conocida, a escuchar voces que puedan plantearle propuestas a su complejísima problemática, por más extenso que sea el Atlántico, y por más que en la distancia la realidad pueda llegar a distorsionarse por medio de nuevas leyendas y nuevas propagandas.

 


 

 (1) La obra en comento es precedida por una obra, a mi parecer –quizá por querencias personales- de más valía, Derecho indígena y cultura constitucional en América,  publicada por Siglo XXI editores en México (1994). 

 (2) Vid. Zavala, S., Las instituciones jurídicas en la conquista de América. Editorial Porrúa, México 1988, pp. 48-50.

 (3) No debe pasarse por alto la óptica de Henri Favre a este respecto: “El Estado autoritario, nacionalista y modernizador que en el siglo XX se adueña del proyecto indigenista, se empeña en forjar esta identidad nacional que se presenta como la condición de la autonomía de los países latinoamericanos frente a la Europa colonizadora, y como la garantía de su pleno desarrollo en el concierto de las naciones”. Cfr. Favre, H., El Indigenismo. Fondo de Cultura Económica, México 1999,  p. 149.

 (4) Es de destacar que al momento de redactor estas líneas, se pudiese conocer la siguiente noticia: “España podrá juzgar genocidio fuera de su jurisdicción. Esta sentencia responde al recurso presentado en 1999 por la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, para que España investigara los crímenes de genocidio cometidos en Guatemala entre 1978 y 1986. El Tribunal Constitucional ha dictado una sentencia por la que establece que la Justicia de este país es competente para juzgar delitos de genocidio y crímenes contra la humanidad fuera de España, aún cuando no haya víctimas de esta nacionalidad. Esta sentencia, que establece que la jurisdicción universal prima sobre la existencia o no de intereses nacionales, responde al recurso presentado en 1999 por la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú para que España investigara los crímenes de genocidio, asesinatos, torturas y detenciones ilegales cometidos en Guatemala entre 1978 y 1986. Con esta resolución se anula una decisión anterior de la Audiencia Nacional española de inhibirse de esa investigación y la posterior del Tribunal Supremo de admitir la persecución de este tipo de crímenes cometidos en otros países sólo en el caso de que hubiera españoles afectados. Menchú pidió en 1999 a la Justicia española intervenir por los crímenes contra la humanidad cometidos por los regímenes militares en Guatemala, pero la Audiencia Nacional archivó esas denuncias en 2000, y la líder indígena guatemalteca recurrió esa decisión ante el Supremo. La Premio Nobel de la Paz acusaba en concreto a seis ex jefes militares y dos civiles guatemaltecos de delitos de torturas, genocidio y terrorismo de Estado. El Supremo estimó que la jurisdicción universal, a la cual apeló Menchú, sólo puede ser aplicable en los casos de víctimas de nacionalidad española, no así a los guatemaltecos que fueron asesinados por el ejército durante la guerra de 36 años que vivió este país centroamericano (…)”. Vid. El Universal online; Madrid, España; Miércoles 05 de octubre de 2005 (www.eluniversal.com.mx). Este hecho nos pone en guardia: Es decir, no conviene generalizar. Los sucesos de Guatemala difieren a los de otros estados, y en este largo etcétera, debe atenderse al criterio casuístico. Muchos de los genocidios sucedidos en los estado Iberoamericanos –latinoamericanos valdría si considerásemos a Québec-, no se dieron como etnocidios, sino por persecuciones de índole política. 

 (5) Vid. World Directory of Minorities. Edited by Minority Rights Group International, London 1997, pp. 12-15.

 (6) Vid. Borges, P., Quién era Bartolomé De las Casas. Ediciones RIALP, Madrid 1990, pp. 301-302.

 (7) D 1, 1, 10 pr., Ulp. 1 regul.

 (8) Acierta Clavero al señalar que “Las Casas no puede decirse que fuera un buen jurista (…) Su ciencia jurídica, igual que la teológica, era tardía, atropellada, torpe y de acarreo”, en ob. cit., p. 50.

 (9) D 44, 7, 51, Cels. 3 dig.

 (10) Vid. Preludio de la Reelección del Muy Reverendo Padre Fray Francisco de Vitoria, Maestro en Sagrada Teología y Meritísimo Regente de la Cátedra de Prima de la Universidad de Salamanca. Pronunció está Reelección en dicha Universidad Salmantina en el año de la Encarnación del Señor de 1539. Edición facsimilar, traducción y notas de Ramón Hernández Martín, Editorial San Esteban, Salamanca 1989, p. 62.

 (11) Vid. Grossi, P., Mitología jurídica de la Modernidad. Editorial Trotta, Madrid  2003, pp. 15-18.

Rigoberto G. Ortiz Treviño

Profesor de la Universidad Panamericana.

Campus Ciudad de México

E-mail: rgotrev@aol.com
Recensión efectuada el 10 de octubre de 2005

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