BYBLOS
Revista de Historiografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


I Diritti del Medioevo Italiano, Secoli XI-XV
Mario Ascheri
Roma, Carocci editore, 2000, 452 págs.


La historiografía italiana siempre ha gozado de un gran predicamento entre nosotros; en especial, el campo del Derecho privado ha sido estudiado con diligencia por los autores de la Historia del Derecho en Italia; de ellos no hemos hecho sino aprender y no son pocos los historiadores y aprendices de historiadores españoles que han acudido y acuden a la península hermana para aprender allí lo que aquí no siempre resulta fácil de adquirir. La mayor parte de los planes de estudios de las Facultades de Derecho impiden que la Historia del Derecho español, salvo excepciones, se oriente hacia otros estudios que no sean los propios de las Fuentes o, como mucho, las instituciones de Derecho público.

Así pues, el volver la vista hacia otros países ha sido una costumbre extendida, máxime en los tiempos que corren, cuando los esfuerzos por consolidar en la práctica los deseos de unidad europea tienden a extenderse también al ámbito universitario (véanse, si no, los encuentros e intercambios científicos, todavía escasos, entre profesores y alumnos de distintos países de la Unión Europea). Sin embargo, aun cuando no fuera así, sería una política científica torpe cerrar los ojos a lo que se estudia y publica en otros países que, como Italia, comparten con nosotros buena parte del pasado histórico.

El caso de profesor Ascheri puede ilustrarnos perfectamente sobre esa necesidad de compartir conocimientos de que vengo hablando; Mario Ascheri es Profesor Ordinario de la Universidad de Siena, donde enseña Historia del Derecho italiano a los alumnos de las Facultades de Derecho y de Filosofía y Letras. Centrado en las épocas bajomedieval y renacentista, ha colaborado con distintos institutos de investigación (como el Max-Planck para la Historia del derecho europeo, de Franckfurt del Main, y el de Derecho canónico medieval, de la Universidad de California, en Berkeley); en la actualidad, es miembro del Consejo científico del mencionado instituto alemán.

Dejando para más adelante la producción en manualística, la obra del profesor Ascheri se ha centrado en tres líneas de investigación principales, en todas las cuales destaca ya desde una primera aproximación una evidente vocación por el descubrimiento de nuevas fuentes y un interés particular por el estudio de las existentes, en especial, dentro de los límites cronológicos que le preocupan: entre los siglos XI y XVI.

Una primera línea de investigación viene representada por el estudio de la literatura jurídica en la época del Renacimiento, temática a la que, en parte, va dedicada su monografía Diritto medievale e moderno. Problemi del processo, della cultura e delle fonti giuridiche (Rimini, Maggioli ed., 1991); la historia de Siena y su territorio dependiente, con trabajos como Siena nel Rinascimento: istituzioni e sistema politico (Siena, 1985) y Dedicato a Siena: storia-arte-politica-cultura (Siena, 1989); y la historia de la justicia y la magistratura, a través de numerosos trabajos, a destacar Tribunali, giuristi e istituzioni dal medieval all’età moderna (Bologna, Il Mulino, 1989).

Sin embargo, con ser esos los temas más llamativos, no son los únicos. Probablemente, el hecho de haberse ocupado de la historia de la ciudad en que desarrolla su trabajo ha ocasionado que se haya extendido al estudio de la vida urbana y a los estatutos en que basaban su existencia como entidades de derecho público; a este respecto se podrían citar varios trabajos (una relación de todos ellos, por cierto, cabe encontrar en la bibliografía de los dos manuales del autor recensionado), entre los que destacaré «Città-Stato e Comuni: qualche problema storiografico», Le carte e la storia. Rivista di Storia delle Istituzioni, V, 1/1999, pp. 16-28. La peste y su tratamiento jurídico también han merecido la consideración de este autor, que les ha dedicado un libro (I giuristi e le epidemie di peste (secoli XIV-XVI), Siena, 1997) y un artículo («La risposta del Diritto Comune alle epidemie di peste», en el mencionado Diritto medievale e moderno..., pp. 157-180).

Otros aspectos no menos relevantes tocados por el prof. Ascheri serían el Derecho político y el Derecho procesal (respectivamente, «I principi di governo e il diritto», La società medievale, Bologna, 1999, pp. 105-132 e «Il processo civile tra diritto comune e diritto locale: da questioni preliminari al caso della giustizia estense», Quaderni storici, 34/101, 1999, pp. 355-387). Por otro lado, la preocupación por las fuentes, como antes comentaba, es una constante en su trabajo, así, y sólo por mencionar uno de sus estudios («Tra legge e consuetudine: qualche problema dell’Alto Medioevo (e dell’età contemporanea)», Medioevo Mezzogiorno Mediterraneo. Studi in onore di Mario del Treppo, II, 2000, pp. 313-327).

Se trata, pues, el suyo de un enfoque muy variado a la hora de enfrentarse con el derecho del pasado, sin desdeñar por ello el sacar conclusiones válidas para nuestra época actual. Llama, particularmente, mi atención su apoyatura temática sobre dos pilares fundamentales: el derecho estatutario y el derecho común, al que se añaden en seguida, nada más adentrarnos en su obra manualística, las fuentes de aplicación del derecho, en particular, la labor de los notarios.

Todo ello, como digo, da a los manuales redactados por el Prof. Ascheri un valor especial, lejos del hábito extendido de reutilizar una y otra vez los mismos topoi, a la hora de transmitir enseñanzas a los alumnos universitarios. Porque, en efecto, si algo llama la atención de la labor manualística de este autor, es, por una parte, un esfuerzo pedagógico por transmitir al alumnado de una forma asequible conocimientos un tanto intrincados y, por otra, la demostración de un profundo poso previo de investigación, fruto de la lectura y análisis de infinidad de textos y documentos.

Como decía, M. Ascheri ha plasmado en dos textos, que me atrevo a denominar manuales, el cúmulo de datos a través de los cuales quiere dirigir a sus alumnos —y a sus lectores, claro está— por el aprendizaje de la historia jurídica e institucional. En el año 1994 vio la luz el primero de estos proyectos (Istituzioni medievali, Bologna, Il Mulino, 1994; 2ª edición, 1999), en el que, enlazando la historia general con los datos jurídico-institucionales, consigue hilvanar en más de cuatrocientas páginas el desarrollo de los territorios italianos y de aquéllos otros con los que se hallaban relacionados, y los problemas institucionales planteados desde la caída del Imperio Romano hasta el fin del Medievo.

Centrándonos, finalmente, en el texto que justifica esta recensión, debo decir que se enmarca dentro de una rica tradición manualística, como es la italiana. Sin ánimo de hacer una historia ni una evaluación crítica de dicha tradición —por lo demás, superflua, ya que el propio autor se encarga de hacerla en las páginas preliminares de este libro (pp. 15-16)— queda claro que los historiadores del Derecho de los últimos tiempos en Italia (me refiero desde el fin de la guerra mundial a esta parte) no han estado demasiado interesados por reconstruir la historia del derecho público y privado y de las instituciones italianas, al estilo de P.S. Leicht, sino, más bien, de desarrollar trabajos histórico-jurídicos bien de la época moderna, bien de la edad media, con unos contornos geográficos no siempre estrictamente itálicos.

Desconozco la causa de esta bifurcación cronológica en los manuales, aunque tal vez se deba a distintas tradiciones de escuela. En cualquier caso, resulta legítima la opción, en este caso, del prof. Ascheri, de centrarse tan sólo en la Edad Media y, más concretamente, en el período que va de la Plena Edad Media al inicio de la Modernidad. Creo hallar el hilo conductor en el desarrollo de esa opción en la preocupación del autor por resaltar dos conjuntos normativos que él conoce bien: el derecho estatutario y el Común.

Como ocurre en no pocas ocasiones, el autor, antes de entrar propiamente en materia, se permite dirigirse a sus lectores —pero también a la sociedad—, para hacerles partícipes de sus inquietudes, a propósito de la materia que se trae entre manos y que se apresta a desmenuzar académicamente. Esto es justamente lo que ocurre con la introducción del presente trabajo; en la misma, M. Ascheri habla de la problemática actual del derecho y de otras cosas más. Este expresarse con mayor libertad le permite manifestar, por ejemplo, su malestar por el abuso del término «medieval», aplicado en la realidad política actual, o a denunciar, así mismo, el escaso papel jugado hoy día por los juristas en la vida jurídica, en el país del Derecho, que él entiende que es o debería ser Italia.

Con la finalidad de dar salida a ese malestar, el autor decide ir a la búsqueda de las raíces de ese problema, que sitúa en la Baja Edad Media; es en ese punto en el que realiza un repaso a la bibliografía manualística italiana, defendiendo que su trabajo no es un manual, sino un ensayo o estudio que aspira a señalar los principales motivos de interés por la Tardía Edad Media; porque para el prof. Ascheri esa etapa tiene una importancia «fundacional» en lo que se refiere a la construcción europea, por más que la doctrina asentada por los políticos de Bruselas atribuya ese mérito a la era de Carlomagno —al fin y al cabo, añadiría yo, alemanes y franceses se consideran a sí mismos la columna vertebral de la Unión—. Evidentemente, se refiere a una unidad cultural en el área europea occidental, basada en una comunidad de intereses (la imagen de la unidad de la Cristiandad, en torno al Papa y al Emperador) y en la existencia de un Derecho que se pretendía fuera común a todos los reinos y demás entidades políticas.

Sin intentar profundizar en esa visión del tema, por otra parte, tan extendida entre los medievalistas italianos —habla de una duradera y honda fractura entre la cultura «general» y la cultura jurídica—, el autor entiende, como tantos de sus colegas, que los aspectos jurídicos son un mecanismo óptimo de formación y práctica para enfrentarse con el intrincado mundo contemporáneo, debido a los orígenes bajomedievales de algunas de sus características y problemas.

Señala con agudeza que no pocas de las fuentes documentales bajomedievales tienen un carácter y origen jurídicos, y ello a pesar de no consignarse por escrito muchas de las relaciones jurídicas e institucionales (característica común también a las relaciones del presente). Incluso las enormes diferencias sociales observadas en la Edad Media tienen una continuación en la actualidad. De manera que no son mundos tan diferentes ni tan lejanos. ¿Porqué, entonces —se pregunta el autor—, este extendido desinterés por el derecho? Se trata de una manifestación de una civilización, que no se puede comprender sino entendiendo la cultura y, en general, sus aspectos jurídicos. Las consecuencias de esto se reflejan en la vaga preparación de los docentes italianos en la enseñanza secundaria actual.

A su juicio, el mundo anglosajón representa una sensibilidad muy diferente. Por el contrario, en la tradición cultural italiana el Derecho ha sido considerado un subproducto cultural, privado de dignidad con respecto a los ámbitos político, económico o religioso. Sin embargo, el derecho ocupa un papel importante en la fisonomía de un pueblo; de este modo se comprendería que una aceptación natural de sus preceptos facilitaría extraordinariamente su aplicación, en tanto que una actitud reticente llevaría, con el tiempo, a su obsolescencia. Para lo cual entiende que habría que estudiar el derecho al modo del realismo anglosajón o escandinavo, incluyendo no sólo las leyes, sino cualquier otra manifestación de los «operadores jurídicos»; dicho de otro modo, el verdadero derecho se encuentra no tanto en los textos legales como en las decisiones concretas, en especial, en las de los jueces.

El problema se encuentra en que se crea un universo jurídico casi imposible de dominar, dándose entrada a la inseguridad en el derecho. Sólo el Estado contemporáneo, centralizado —el «Moloch» de nuestro tiempo—, sería el solo garante de la seguridad jurídica. Guste o no, así sucede en nuestro ámbito continental y sólo el conocimiento del lenguaje jurídico —el lenguaje del poder— permite entender hoy día la realidad política. No obstante, aun cuando en la actualidad esté de moda el lenguaje historiográfico, se trata de un modo de expresarse que debe ser contextualizado so pena de resultar inútil.

Acaba el prof. Ascheri reclamando de nuevo la atención sobre la cercanía entre el derecho bajomedieval y el actual en tantos aspectos, justificándolo de este modo:

«El problema es que, en sus aspectos más comprometidos, el derecho entra a formar parte de la cultura oficial y, por ello, también de la ideología de una sociedad, por lo que tiende a construir la mentalidad dominante y a confundirse, en parte, con las normas morales o consuetudinarias (el sentido común), pero también a ser presentado como tal por quien tenga qualquier interés en ello, provocando expectativas más o menos motivadas. Por ello la historia jurídica se «usa» a menudo para operaciones actuales... [para atropellos del fuerte o para emancipación o tutela del débil]».

Tras esta interesante introducción, el autor se apresta a desarrollar en unas trescientas treinta apretadas páginas Los Derechos del Medievo Italiano. La primera de las tres grandes partes que lo componen se centra en «La herencia imperial romana y los caracteres del siglo XI»: en realidad, el autor se ocupa, sobre todo, de los derechos pensados y aplicados en los territorios italianos en aquel siglo, dedicándole unas densas páginas introductorias al Corpus iuris justinianeo. Este será el punto de partida de todo el ensayo, seguido de una reflexión sobre la capital obra de Irnerio, la cual, sin embargo, aún tardaría un tiempo en irradiarse sobre la vida práctica.

En realidad, el derecho italiano del siglo de la eclosión urbana más bien cabría calificarlo, como hace M. Ascheri, de caleidoscopio; distingue para ello tres grandes áreas: la Italia bizantina, el Reino itálico y las zonas intermedias, apreciadas desde el punto de vista de la utilización del derecho justinianeo y, en el caso norteño, además, en interacción con las tradiciones lombarda y franca. No obstante, en la Italia de comienzos de la Plena Edad Media no todo eran poderes laicos; evidentemente, la Iglesia tenía un papel central, de ahí que sea preciso considerar, como hace el autor, el entramado de poderes laicos y eclesiásticos, que condicionan tanto esta época como las posteriores. Por ello, junto al derecho de raíz civil hay que pasar revista también al derecho canónico anterior al Decretum de Graciano de Chiusi.

En el tercer capítulo de esta primera parte, el autor estudia los caracteres del derecho del siglo en cuestión, ocupándose de la praxis notarial, el binomio costumbre/legislación, la diversa evolución en la mitad norte y en el sur (para ello pasa revista a estas cuatro cuestiones: los procesos de autonomización de los poderes territoriales, la supervivencia diversificada de las estructuras públicas —con la consiguiente profundización del «sistema feudal»—, el proceso, en general, y un proceso muy especial, desde un punto de vista retrospectivo, para la historia del Digesto: el plácito de Marturi de 1076), el tema de la personalidad/territorialidad del derecho y los orígenes del Derecho Feudal.

Por una vez, el autor se detiene al final de esta primera parte para extraer algunas conclusiones: el siglo XI representa una cesura con la época anterior, aunque se tome conciencia de ello sólo a mediados del siglo siguiente; aun cuando hubiera podido darse, en la práctica, una solución a las necesidades jurídicas desarrollando jurisprudencialmente el derecho "común" lombardo-romano (al estilo del Common Law inglés), lo cierto es que el renacimiento jurídico del siglo XI es puramente romanista; las causas habría que buscarlas en la peculiar situación histórica de la Península Itálica de aquella centuria.

La parte segunda trata de «El paroxismo del pluralismo jurídico: los derechos coexistentes y la fundación del Derecho Común (aproximadamente, 1100-1250)». Aquí comienza por ocuparse de la Universidad en sus orígenes y del desarrollo del Derecho canónico a partir del mencionado Decretum hasta las Decretales de Gregorio IX. Pero tal vez sea el capítulo 5 el más sustancioso: titulado Derechos territoriales y de «categoría», trata de los diferentes tipos de normas jurídicas que coexisten en aquellos años: fuentes de derecho internacional, interestatal o pacticio, normas locales, tanto rurales como urbanas, dentro de un intenso particularismo, y normativas monárquicas, en especial, las «Assise» normandas de 1140 y las Constituciones de Melfi de 1231; así mismo, se detiene a considerar otros derechos especiales: el derecho comercial y marítimo en sus orígenes y el derecho feudal en su sistematización, que llega a los Libri Feudorum.

A mi modo de ver, sin embargo, el capítulo más original es el que dedica a los protagonistas de la teoría y de la praxis. Aquí trata en especial, pero no del todo, del mundo de los glosadores; comienza por establecer una tipología de las obras de los glosadores (deteniéndose en el estudio de las glosas y de las otras formas literarias principales, que el autor tan bien conoce), para luego pasar a hablar de la identidad de los llamados protagonistas, fueran o no famosos para la posteridad: especialistas en derecho lombardo, civil o canónico. Atención detenida se dedica a los caracteres de la laboriosidad de los glosadores, esto es, a la importancia que en la práctica alcanzaron las elucubraciones académicas de éstos, más allá de las aulas o de sus escritorios. El resultado fue la introducción de un nuevo proceso, llamado romano-canónico, de larga influencia en los tiempos posteriores, que el autor califica de fundamental para la consolidación del nuevo derecho, a pesar de lo cual no se resiste a tratar de lo que el llama la excepción inglesa, que se mantiene al margen de los nuevos vientos que soplaban en el Continente.

Con respecto a la relación entre el derecho común y los denominados derechos propios, es ejemplicada por el autor en torno a cinco puntos, donde establece lo que fue el derecho común universitario: un elemento de formación cultural para los juristas, unificando conceptos; un modelo de legislación escrita superior; un estímulo para la tecnificación y puesta por escrito de las normas locales; un criterio de interpretación de esta legislación, y un medio de integración de tales derechos. Queda por añadir el enorme papel que en la vida diaria cumplieron los notarios a la hora de aplicar el nuevo derecho, a través del uso reiterado de las fórmulas insertas en los prontuarios disponibles.

Finalmente, la tercera parte recibe el título de «El triunfo del sistema del Derecho Común (aproximadamente, 1250-1500)». En su primer capítulo, denominado Perfeccionamiento y consolidación del sistema, constata, ante todo, el importantísimo desarrollo experimentado por las Universidades en este período, como lo demuestra la inflación en la documentación conservada; así mismo, se ocupa de las formas literarias o, dicho de otro modo, de la introducción de la técnica del comentario, que implica el salto de los postglosadores a los comentaristas, esto es, de la communis opinio al bartolismo jurídico.

En el capítulo Desarrollos doctrinales e institucionales M. Ascheri se enfrenta a las relaciones entre el derecho común y los derechos locales tras el triunfo del primero —derechos débiles frente a derecho del Imperio—, ejemplificadas a través del paso del doctor al legislador. De nuevo se deja constancia de una excepción, en este caso, la de Venecia, que no deseaba verse influenciada por el derecho común, entendido éste como vía de influencia del Imperio sobre su soberanía. Termina el capítulo con un apartado misceláneo, en el que se reúnen una serie de consideraciones sobre el papel de los juristas y sus ideas en el ámbito bajomedieval: la libertad de los pensadores en las Universidades, la contribución de éstos a la ciencia del Estado, su influencia sobre las decisiones judiciales, las filigranas doctrinales de los canonistas, la represión de la usura o la brujería, la intervención del Papado en el reparto del Nuevo Mundo, el testamento, el fideicomiso, etc.

En el capítulo siguiente (Los textos universitarios y la legislación) se ocupa, en primer lugar, de la complementación de los dos Corpora iuris heredados de la época anterior: el civil, cuyo recorrido histórico queda explicitado en la evolución que va del feudo a un régimen político tenido en Italia por tiranía, y el canónico; tanto en un caso como en otro, el autor establece un antes y un después de la temible peste del siglo XIV. A continuación, siguiendo la sistemática establecida en los capítulos previos, estudia la evolución de los derechos locales en este período, deteniéndose a distinguir entre los derechos ciudadanos y los derechos territoriales, tanto monárquicos como principescos (dedicando apartados especiales al Patrimonio de San Pedro, la Patria del Friuli, el Reino de Cerdeña y los Estados de la Casa de Saboya). Por último, se pasa una ligera revista a otros derechos de instituciones y categorías muy diversas, fruto del enorme pluralismo institucional del Tardo Medievo, imposible de estructurar y exponer de una manera simple y didáctica.

El penúltimo capítulo, que lleva el número 10 del tracto general del libro, se denomina La justicia y sus instituciones; en el mismo el autor comienza por establecer nítidamente una distinción entre los distintos ambientes en los que se puede dictar justicia (la ciudad, el campo, la montaña), concluyendo que es en la vida urbana donde tienen mejor cabida los nuevos planteamientos jurídicos, es por ello por lo que se centra en este ámbito geográfico, desarrollando los tres tipos de procesos ya madurados en estos momentos: el ordinario, el sumario y el propiamente mercantil. Una vez más, dentro de un ambiente de gran diversidad, Venecia seguía presentando sus propias peculiaridades, debido a la mencionada resistencia a aceptar el proceso comúnmente admitido. El nivel superior en el iter procesal es también desarrollado al tratar de las cortes centrales y de las primeras recopilaciones de jurisprudencia, para, acto seguido, ocuparse de la siempre polémica relación justicia/política o jurisdicción/legislación. Termina este capítulo con una referencia a la distinción entre justicia civil y justicia penal, haciendo hincapié en los diferentes valores que sostenían una y otra, en perjuicio de las garantías de los presuntos delincuentes (el proceso inquisitorial representaba un modelo sangrante), en especial, si se trataba de personas poco agraciadas económicamente.

Con el capítulo 11 se pone fin a la parte discursiva del presente manual, no casualmente denominado Despedida del Medievo. Se trata, evidentemente, de un apartado conclusivo, en el que el autor desarrolla dos cuestiones: una primera se ocupa de las relaciones entre juristas y humanistas, con todo lo que esa acabaría acarreando de cara a la introducción de una nueva metodología jurídica de trabajo en los comienzos de la Modernidad, y, otra más, centrada en la valoración de la herencia medieval, que M. Ascheri no duda en calificar de pesada y grandiosa, como claramente lo fue.

Termina este excelente y recomendable trabajo con un apéndice, denominado Una biblioteca histórico-jurídica, en el que reúne escogidas y valiosas indicaciones sobre las fuentes utilizables, una relación de las revistas histórico-jurídicas existentes dentro y fuera de Italia y, cosa novedosa, una colección de recursos disponibles en Internet sobre los temas de nuestro quehacer común. Se añaden, además, los preceptivos apartados destinados a recolectar, por orden alfabético, las fuentes, la bibliografía y el índice analítico.

En suma, como digo, un magnífico manual, indispensable para estar al día de las últimas y más interesantes aportaciones del mundo académico italiano en las materias histórico-jurídicas, denso, muy bien documentado y fácil de comprender para el lector atento.

Pedro Andrés Porras Arboledas (pporras@der.ucm.es)
Recensión efectuada el 23 de mayo de 2001

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