BYBLOS
Revista de Historiografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


Felipe II y su tiempo
Manuel Fernández Alvarez
Madrid, Espasa-Calpe, 1998.


Durante el pasado año 1998, en que se ha celebrado profusamente el cuarto centenario del fallecimiento del Rey Felipe II, se han llevado a cabo infinidad de actos, exposiciones y publicación de libros que, por regla general, han tenido una gran aceptación entre los especialistas y, lo que es más esperanzador, entre el público en general, lo que demuestra, una vez más, el poder de la publicidad para hacer que la gente se interese por temas que van más allá de los partidos de fútbol o de las andanzas de los personajes de las revistas del corazón. En el ámbito bibliográfico han sido no pocos los trabajos aparecidos, sin contar con los respectivos catálogos de las exposiciones realizadas, unos escritos más o menos apresuradamente para la ocasión y otros, por fortuna, más sesudamente gestados y redactados.

Entre los que podríamos incluir en este último apartado resalta con brillo propio la obra que a continuación intentaré comentar. Entre todos los estudiosos que durante los fastos del centenario fueron convocados para hablar y escribir de la figura de Felipe II se ha producido una clamorosa ausencia, a todas luces injustificada: la del profesor Fernández Alvarez. Tal vez por ello, al estar lejos de los circuitos oficiales, ha sido posible contar con esta magnífica obra, que no necesita más elogio que el goce de leerla y empaparse, con pleno conocimiento de causa, de medio siglo de vida de nuestro país, magistralmente descrito por el profesor Fernández Alvarez desde el conocimiento atesorado durante casi sesenta años de investigación sobre la Edad Moderna, en general, y sobre el siglo XVI, en particular. El no haber estado entretenido en los ámbitos oficiales probablemente le ha permitido concebir un trabajo que ha alcanzado, a cambio, un reconocimiento general, con ventas que sobrepasan con mucho lo que cabría esperar en un libro de esta naturaleza; a la altura de abril de 1999 ya lleva vendidas nueve ediciones y el fenómeno continúa. Sobran los comentarios al respecto.

Comentar en unas pocas líneas un libro de 940 páginas, sin contar apéndices, es punto menos que imposible; difícilmente la exigua reseña que aquí ofrecemos puede reflejar el enorme volumen de datos utilizados y la gran cantidad de horas de investigación dedicadas a plantearse cuestiones oscuras y a aclararlas a la luz de los documentos. Así pues, tan sólo pretendo presentar las líneas generales de la argumentación utilizada por el autor, recogiendo las conclusiones que él mismo desgrana a lo largo de su enjundiosa obra.

El plan general de la obra incluye unos capítulos introductorios más tres partes, la primera dedicada a la época, donde estudia los aspectos sociales, políticos, económicos, culturales e institucionales; la segunda, donde repasa, como él lo denomina, "el fluir de los acontecimientos", es decir, el estudio diacrónico de los hechos políticos y militares del reinado, y la tercera, destinada a penetrar en la personalidad del monarca y los avatares de Felipe II como ser humano.

Comienza el autor por ofrecernos una pintura del mundo en el momento del nacimiento del soberano (1527), como punto de partida de una vida condicionada, como todas, por los acontecimientos y circunstancias heredadas; tras esa vigorosa primera descripción, nos ofrece una visión general sobre la historiografía de Felipe II. Son páginas que demuestran, por una parte, un conocimiento exhaustivo de la bibliografía existente sobre el personaje historiado y su época, y, por otra, la ingente aportación llevada a cabo por el autor en este campo. Resultan particularmente certeras las palabras dedicadas a comentar las últimas aportaciones de los hispanistas que se han ocupado de Felipe II con ocasión de este centenario. Es de resaltar, concretamente, el juicio que le merecen las posturas de algunos de los mismos cuando afirma que los historiadores extranjeros, que en el pasado se dedicaron a construir la leyenda negra contra el monarca, se hayan "convertido más de una vez en los actuales acérrimos defensores de la obra del discutido monarca, hasta tal punto que no sería capaz de realizar un español, si es que no quería que se le acusase de estar componiendo una leyenda rosa, con la que desplazar la antigua leyenda negra" (página 35).

En la primera parte, como decíamos, dedicada a la época, compone Fernández Alvarez un conjunto de piezas sueltas en las que refleja cómo eran España y los españoles en la segunda mitad del siglo XVI, sin olvidarse para ello de la situación en el reinado de Carlos I, del que tan partícipe había sido el monarca filipino. Vemos desfilar por estas páginas la estructura política del Estado, con sus instrumentos de acción (ejército, diplomacia, hacienda, política de gastos), el Reino como ente político y como geografía, el penoso empeorar de la situación económica, frente a los gastos descontrolados de la Monarquía, más atenta a sus intereses dinásticos e imperiales que a los de sus súbditos; así mismo, se describe la estructura social del país de la picaresca, la vida cotidiana y las inquietudes culturales de una época apasionante, pasando de un cierto erasmismo inicial al espíritu intransigente insuflado en el Concilio de Trento. Se trata, pues, de una estructura socio-económica y política que permite iniciar la exposición de la segunda parte, centrada en el devenir de los acontecimientos.

Felipe II, a diferencia de su padre, no fue un monarca belicista, si se vio inmerso en un mar de guerras durante su reinado fue más por necesidad impuesta que por propia convicción; de modo que, muy a su pesar, serán las guerras las que irán jalonando los distintos períodos de su época; todo ello a despecho de sus deseos, de los intereses de los españoles y de las sucesivas reinas que le acompañaron a lo largo de su vida. El rey burócrata tendrá que repartir sus preocupaciones en atender a tanta acción exterior como hubo de emprender en múltiples frentes: los Países Bajos, América, el Mediterráneo, Francia, Italia, los contactos con la corona imperial vienesa, las dificilísimas relaciones con Inglaterra, los episodios de Lepanto y el desastre anunciado de la Armada Invencible. Todo este conjunto es analizado con orden y brillantez, eso sí, sin rehuir los puntos problemáticos, como la prisión y muerte del príncipe don Carlos, el asesinato del secretario Escobedo o el affaire de Antonio Pérez; en ningún caso Fernández Alvarez elude enfrentarse con estos problemas, al igual que hará en la parte tercera con los amoríos del Rey con la princesa de Eboli; para ello nada mejor que recurrir a los documentos, leídos y releídos, mirados e interpretados entre líneas, hasta extraerles todos los matices imaginables. Porque no se olvida, entre tanto conflicto exterior, del análisis de los hechos de su propio reino, tan quejoso de la política real pero, al propio tiempo, tan entregado a la misma, a un tiempo.

Probablemente, la sección más compleja de pergeñar haya sido la tercera, dedicada a enjuiciar la personalidad del monarca, algo que sólo se podía elaborar a partir de la lectura de su correspondencia personal, labor en la que Fernández Alvarez demuestra una vez más su maestría. Felipe II aparece en esta tercera parte diseccionado como niño, admirador de las inalcanzables proezas de su padre, como marido y hombre enamorado, como amante de no pocas damas, como gobernante prematuro de un reino al que pretende defender frente a las apremiantes reclamaciones paternas, como frustrado aspirante al Imperio, como hombre de Estado -con seguridad su faceta personal más conocida-, como padre entregado a sus hijos y, finalmente, como cristiano obsesivo.

¿Cómo era Felipe II? Desde luego, el profesor Fernández Alvarez está muy lejos de los prejuicios emanados tanto de la leyenda negra como de la leyenda rosa, aunque sólo sea porque los seres humanos encierran muchos más matices que los que permiten atisbar los juicios apriorísticos e interesados. Cinco caracteres señala el autor en la personalidad del monarca: acendrado sentido de su responsabilidad como gobernante; valoración de la dignidad de sus funciones; defensa del patrimonio recibido; recta administración de justicia, hasta llegar al rigor implacable, y extrema religiosidad (página 780). Se trata, pues, de un hombre, por un lado, amante de la naturaleza, pero, por otro, autoritario. no muy culto, obsesionado con la religión, afectuoso con los suyos y reservado con los demás (página 891). Su convencido providencialismo hará que política y religión vayan hermanadas, aunque no fueran necesariamente unidas, también, su devoción con la bondad (página 910).

Se trata, pues, de un libro de lectura inevitable para el que quiera opinar con conocimiento de causa sobre la persona y la época de Felipe II; si con esta breve descripción he animado al posible lector a emprender el viaje por esas casi mil páginas mi labor habrá conseguido el fin que me había propuesto.

Pedro Andrés Porras Arboledas (pporras@der.ucm.es)
Recensión efectuada el 21 de abril de 1999

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