BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica


Dalla società di società alla insularità dello Stato fra Medioevo ed Età Moderna.
 Paolo Grossi
Napoli, Lezione Magistrali. Collana diretta da Francesco de Sanctis, Istituto Universitario Suor Orsola Benincasa, 2003, 45 pp.


 

Baltasar Gracián estableció hace tiempo que la bondad de cualquier cosa se ve duplicada si la misma se ve acompañada de otra cualidad igualmente fundamental: la brevedad. Tanto los discursos como los libros, obras musicales, teatrales y demás producción artística tratan de aunar en su esfuerzo de creación ambos elementos: una bondad, que muchas veces se traduce en pura y simple belleza, y una brevedad, que aparece como sobremesa y alivio de caminantes, en palabras de Juan de Timoneda, como una concisión conceptual que sirve de reforzamiento de las ideas expresadas en el texto principal. En este caso que nos ocupa, sobremesa y alivio de lectores.

 Viene esta introducción con remisiones a nuestros Siglos de Oro literarios por la aparición en esta colección de un nuevo y pequeño ensayo del maestro florentino Paolo Grossi. Poco se puede decir de este egregio historiador del derecho que no se haya dicho ya. Su obra ha calado hondo en el panorama historiográfico actual. Hay ciertas parcelas de la Historia del Derecho, a nivel italiano y a nivel europeo, que no pueden ser entendidas, comprendidas o desarrolladas hoy en día sino a través de la lectura detallada de la ingente producción bibliográfica del maestro Grossi. Me refiero, por ejemplo, al estudio del derecho de propiedad y de los derechos reales en el período medieval, a la Codificación, al pensamiento jurídico de la Baja Edad Media y la primera Modernidad, al universo del Derecho Común, entre otras muchas cuestiones que aquí no conviene citar. El profesor Grossi acompaña todo el acierto y la minuciosidad de sus descripciones y análisis, finos, sutiles, certeros, con un incomparable estilo literario ágil y renacentista, sin adornos, clásico, que convierte su producción científica en un legado doblemente bello para el especialista y para el diletante. Miembro de varias asociaciones nacionales e internacionales, doctor honoris causa por diversas universidades europeas, nos hallamos ante uno de los juristas más influyentes, laureados y reconocidos de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Quienes tenemos el gusto de tratarlo no podemos menos que reconocer asimismo su profunda modestia, honestidad intelectual y amabilidad con todo aquel que se acerca a su reducto intelectual florentino para solicitar consejo, ayuda, recomendación. A su iniciativa personal se debe un centro de trabajo de relevancia mundial, adscrito a la Universidad degli Studi de Florencia, el Centro di Studio per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno, hoy dirigido por su discípulo, el profesor Bernardo Sordi, y a él se debe asimismo el vehículo de expresión de todos quienes allí trabajan, de forma provisional o definitiva: los archiconocidos Quaderni Fiorentini per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno, cuya publicación se inicia en los años setenta y hoy continúa de forma fértil y vital iluminando el panorama historiográfico europeo.

 Hay quien dice que el hombre pasa su vida escribiendo siempre el mismo libro. Cuando la capacidad de trabajo y de análisis son ciertamente plurales, el libro se convierte en varios libros, en varias direcciones. En el caso del maestro florentino, podemos afirmar que son muchos los libros que han surgido de sus inquietudes intelectuales y son, por tanto, varias las líneas de trabajo por las que se ha encaminado. Este pequeño ensayo que ahora comentamos trata de responder a una de ellas: el tránsito del Medievo a la Modernidad, desde la perspectiva del Estado, tema polémico donde los haya. Para ello, el profesor Grossi elige como metáforas dos bellas expresiones: “Sociedad de sociedades”, término que servirá para caracterizar la realidad político-social de los primeros siglos medievales, con varias instancias de corte colectivo agrupando y calificando a los hombres en diferentes grupos, perfectamente relacionadas e imbricadas entre sí. De esta pluralidad tremendamente entrelazada hasta dar la apariencia de unidad, se pasará a esa magna creación política, el Estado, que aparece como una isla: la “insularidad” es su nota relevante. Frente a la variedad anterior, este nuevo engendro se caracterizará por su soledad y por su aislamiento, entre otros motivos, porque su esencia impide la posibilidad de compartir algunos de sus atributos con cualquier otra entidad.

 El profesor Grossi parte de la existencia de una discontinuidad marcada entre el Medievo y la Modernidad. Frente a las sucesiones hereditarias de períodos históricos, el jurista italiano opta por un modelo que conduce, no al aislamiento, pero sí a la ruptura que tradicionalmente no se daba entre fases históricas. Sabemos que este convencionalismo historiográfico (fechas, edades, épocas, etc.) es simplemente eso: un convencionalismo, provisto de cierta base fáctica. Pero lleva dentro de sí el riesgo de observar la sucesión histórica como un devenir continuo de años y hombres, sin sentido, sin criterio. El hombre organiza el tiempo (otro convencionalismo) a su antojo. La tradicional visión que enlazaba la Antigüedad con el Medievo es sometida a revisión. Precisamente, el Derecho es uno de los campos en los que se puede ver esa fractura. Al mismo tiempo, Grossi efectúa una reivindicación del saber jurídico, actual y pasado, porque ve en el Derecho no un simple sistema formal, que esclerotiza y aprieta los resortes de la sociedad siempre viva, ágil y dinámica, un sistema que constriñe la libertad de aquélla, sino un sistema de valores radical, originado en lo más profundo de la esencia, de los deseos e intereses, de los principios vitales primarios de un colectivo. Es uno de los pilares básicos de toda cultura, de toda civilización. La labor del jurista es análoga a la del geólogo que a partir de pequeñas incisiones, muchas veces superficiales, puede llegar al conocimiento más profundo y denso imaginable, puede hallar universos enteros.

 El ensayo toma su nombra de una conocida frase de Portalis, protagonista de excepción del proceso de redacción de Código Civil francés de 1804, quien expresa su satisfacción porque la obra revolucionaria (de la que el mencionado Código era su máximo exponente en lo jurídico) había conseguido convertir a Francia en un Estado unitario, centralizado, compacto, pleno, lo que hubiera resultado de todo punto imposible durante la época del Antiguo Régimen cuando el reino aparecía como una “sociedad de sociedades”, un conglomerado de cuerpos sociales y políticos de lo más dispar. ¿Cuál ha sido el camino conducente hacia ese Estado, summum de lo compacto, de lo total, de lo unitario e uniforme? El inicio se halla en el Medievo.

 El punto de partida lo encontramos en el período de tránsito de la Antigüedad al Medievo, en la llamada crisis de la Edad Antigua. El conjunto de transformaciones sufrido por el Imperio romano en sus estertores dará lugar a la conformación de un modelo cultural o de civilización, que descansa en dos pilares: su carácter reicéntrico (las cosas tienen preeminencia sobre las personas y son las que se encargan de calificar a éstas, de ordenarlas), y su tendencia al colectivismo que anula, por tanto, cualquier forma de capacidad de respuesta individual. En una Europa débil, perdida y fragmentada, se elevan dos poderes: la Iglesia y los reinos germánicos. La primera, dice Grossi en p. 14, sospechosa y hostil a cualquier poder político fuerte, advertido como constrictivo de su acción en el campo social; los segundos, portadores de una psicología del poder público como dimensión no sacral, diversa de la concepción mediterránea, que hace emerger al Príncipe de una relación directa con la divinidad, convirtiéndolo en una emanación de aquélla, con la consecuente tendencia al absolutismo político.

 La pluralidad social, recargada hasta límites insospechados, presenta unos perfiles muy complejos. Esa pluralidad anula cualquier atisbo de individualidad y cualquier forma de poder político completo y compacto. Estos últimos conceptos, siguiendo el parecer de nuestro autor en p. 15, no tienen como significado solamente la “efectividad del poder” pues que el Príncipe medieval estaba bien dotado de esa efectividad en muchas ocasiones (sobre todo, desde el punto de vista teórico), sino más puramente a la “omnicomprensión”, es decir, un poder de carácter protector que tiene el control de toda manifestación social, que tiene como programa el monopolio de lo social, y, en consecuencia, genera un carácter compacto y simple a nivel interno, y un carácter aislado a nivel externo. El Estado será el modelo perfecto.

 Monarquías, principados laicos y eclesiásticos, ciudades libres, las diversas manifestaciones feudales, entre otros muchos, son los elementos que decoran esa pluralidad medieval, que Grossi califica como magmática, elástica, y, sobre todo, extremadamente compleja (p. 16). El símil que usa para describir de un modo gráfico y certero este panorama es el de la tela de araña: integrada por varios hilos, en principio independientes y aislados, todos ellos se integran finalmente en la confección de la pieza final resultante. Cada parte cobra su sentido en función del todo al que sirve sin discusión posible. Varios hilos o haces de hilos, dotados de propia sustantividad, al servicio de un resultado final.

 La fragmentación política y el vacío estatal o público otorga la primacía a lo social. Son las propias colectividades nacidas de un modo natural o artificial quienes toman el relevo del poder político. El protagonismo pasa a la sociedad articulada en miles de figuras colectivas: familia en su más amplio sentido, corporaciones religiosas, corporaciones profesionales o gremios, agregados político-sociales varios, etc. El Estado es, dice nuestro autor en p. 19, el gran ausente, lo cual no impide que aparezca en estas centurias iniciales del Medievo una palabra que está unida al concepto político anterior: la soberanía, cemento solidificante de las entidades políticas estatales, aunque en la Edad Media carece de las connotaciones que Bodin dará a este vocablo. Parece más bien limitado a describir ciertas posiciones dentro de la jerarquía feudal.

 Se ha comentado cómo se manifiesta de forma clara un vacío de poder que la sociedad trata de sobrellevar como buenamente puede. Pero, surge de inmediato una pregunta: ¿era posible que una civilización resistiese con estas bases tan precarias? La respuesta es afirmativa y Grossi explica que precisamente la razón de ser de esta, casi milagrosa, subsistencia, la podemos hallar en el Derecho. El orden medieval es, antes que nada, un orden jurídico, título de una obra esencial del propio Grossi, muchas de cuyas ideas son reproducidas en este breve ensayo. El Derecho es el garante, la salvaguarda esencial de todo el sistema político, social, económico y religioso. Un Derecho que presenta unos perfiles peculiares, comenzando por su marcado carácter consuetudinario: nace por medio de la costumbre, imbricado totalmente en el propio entramado social, presto a atender a las necesidades urgentes que la colectividad reclamaba, hasta el punto de que reflejará su conciencia colectiva. Es un Derecho que parte de las más firmes, arraigadas y profundas convicciones, muchas de ellas religiosas. No se trata de un orden jurídico legal, abstracto, general: antes bien, presenta los perfiles opuestos. Es consuetudinario, nacido de la práctica de notarios y jurisconsultos, quienes lo gestan, lo organizan, lo sistematizan, sin fijaciones antihistóricas, sino con plena disponibilidad a abrirse a los cambios sociales y económicos, con la vista puesta en particularizaciones o concepciones amplias del Derecho conocido según los tiempos, los lugares y sus propias exigencias. El carácter consuetudinario añade un elemento más de pluralidad y de dispersión en el panorama medieval. El poder político precario que existía solamente se podía preocupar del ejercicio de sus reducidas atribuciones para su propia subsistencia, pero nunca podría ir más allá de esa mera lucha por la vida.

 Pero la dispersión existente no comporta caos, anarquía, desorden. La sociedad medieval implica una armonía de lo diverso, una perfecta articulación de los distintos elementos y las diferentes partes, donde cobra una capital importancia un concepto político-jurídico: la autonomía, elemento esencial para disciplinar las relaciones de los dispares cuerpos implicados que conlleva dependencia de unos e relativa independencia de otros, dualidad que es esencial a su propio contenido práctico, a su propia realidad.

 Habíamos apuntado arriba el otro pilar de la civilización medieval: el reicentrismo, el predominio de la cosa sobre la persona. Los bienes (sobre todo, la tierra) se erigen en el elemento más determinante de la vida social y política porque determinan el encuadramiento de cada persona en el entramado medieval. Se vive de acuerdo con el estatuto, con el estado que la propiedad fundamentalmente proporciona, que corresponde a cada quien desde el mismo instante de su nacimiento (con posibilidades de progresión social: no se trata de castas, sino de órdenes como señaló Georges Duby en su día), y con la jerarquía implícita en el espíritu medieval. Incluso esta concepción tiene sus ramificaciones en el campo filosófico-teológico: Tomás de Aquino definirá el imperium como acto de la razón ordenante, con lo que se transforma la noción voluntarista de poder, típica del pensamiento agustinista, en una concepción racional: mandar es un acto procedente de la razón, cognoscitivo, porque consiste en una lectura del orden social, lo que trae una consecuencia esencial: no hay nada de potestativo en el acto de mandar, se erradica cualquier posibilidad de arbitrariedad.

 La plácida tranquilidad que se respiraba en esas centurias iniciales del Medievo se quiebra en el siglo XIV. Es este siglo el momento en que se puede hablar de una gran crisis que abarca varios ámbitos, desde el demográfico hasta el religioso. Hay una auténtica crisis de valores, de las certezas conquistadas y reposadas, del orden medieval en su conjunto. Grossi habla de una triple dirección de la desconfianza generalizada de aquellos tiempos: desconfianza hacia los viejos valores, hacia el viejo orden y hacia la dimensión comunitaria sobre la que el universo medieval se había erigido. Como en toda época de crisis era precisa una renovación de estos viejos cuadros y la paulatina construcción de valores y elementos que permitiesen recuperar el optimismo, la confianza. La liberación se proyecta en varios campos. Primeramente, en el antropológico: su mejor expresión es la polémica de los universales, el debate acerca de si las ideas realmente existen o no, acerca de la percepción de realidades singulares e individuales, o bien de arquetipos creados por nuestra razón. Se debate sobre la primacía de lo general o de lo individual. Guillermo de Occam da un fuerte golpe a la línea de flotación del pensamiento medieval, tanto agustinista como aristotélico-tomista, colocando las realidades individuales en el primer plano gnoseológico, mientras que los conceptos, las ideas, serán simplemente voces generadas convencionalmente, mas desprovistas de realidad. Pero se debe hablar asimismo de una liberación social: liberado el hombre como individuo, es posible reconstruir el edificio social precisamente sobre esa nueva base. Y llega, en tercer lugar, una liberación política que tendrá su encarnación en el Estado.

 En este proceso cobra un protagonismo esencial el pensamiento franciscano que introduce (o recupera) el componente volitivo, no exclusivamente racional, en el actuar del ser humano. Todo se reduce a la relación hombre-Dios, con lo que el hombre sin elementos intermedios recupera de un modo directo la filiación con la divinidad y con ello su propia dignidad que se verá acrecentada. La naturaleza, tan querida al tomismo, no aparece por ningún lado y cuando lo hace es para recalcar su carácter subordinado al hombre. El hombre franciscano, frente al tomista que era esencialmente inteligente, es un hombre que ama y quiere, que ejercita por encima de todas dos virtudes o potencias: la caridad y la voluntad. El pensamiento franciscano tiene la virtud de recuperar una visión amable y optimista del ser humano. No se trata de ese ser pecador, cuna de todos los vicios y defectos, guiado por la razón en sus actuaciones, temeroso de Dios, sino todo lo contrario. Caridad y voluntad conducen a cotas más altas de libertad. Esto tendrá su reflejo en el mundo jurídico porque dicha libertad en cuanto que facultas dominandi se extiende sobre la realidad externa y traerá consigo un triple dominium: el dominio sobre sí mismo, sobre sus actos y sobre las cosas. La relación entre sujeto y objeto se resuelve a partir de este concepto de dominación que trasciende el campo económico y jurídico. Con ello se garantiza su independencia, su autosuficiencia, su aislamiento, la reivindicación del individuo frente a la colectividad.

 Resta por comentar algo sobre lo acontecido en el campo político. La nostalgia de tiempos mejores empapa la labor normativa de Bonifacio VIII, el papa a quien se debe la bula “Unam Sanctam”. En la misma, el romano pontífice hacía alusión a un símil parecido al de la tela de araña con arreglo al cual, dijimos, se configuraba la sociedad altomedieval: el papa habla de una ansiada unidad del mundo bajo el mando de un solo pastor (él mismo), mundo que identifica con una túnica sin cosidos, ni añadidos, ni remiendos. Una túnica compuesta de diversos hilos, de diversos colores, sometida a un destino superior que rige todos sus actos, todas sus conductas. Curiosamente, cuando esto acontecía, a comienzos del siglo XIV, el rey de Francia, Felipe el Hermoso, comenzaba a pugnar abiertamente con el imperio y con el papado en un intento, exitoso por otro lado, de conseguir la libertad política de su reino. Frente a esa unidad dentro de la variedad, típica del primer Medievo, el rey francés opone una nueva concepción política que conduce al aislamiento de cada uno de los reinos, como unidades independientes. Esa “insularidad”, como bien dice Grossi, exigía la existencia de otras “islas” dispuestas a constituir un archipiélago político. Cada una de esas unidades políticas se vería abocada a una doble lucha: la exterior, contra imperio y papado, los dos grandes enemigos; en el interior, contra esa “sociedad de sociedades” de la que hablaba Portalis. Si se quería la exención, era preciso derrotar a todos los enemigos de fuera y de dentro. Hubo, de nuevo, un instrumento en ese intento de dominar toda manifestación de lo social: el Derecho. A pesar de que la tradición consuetudinaria medieval había logrado enrocarse bajo el manto de las “leyes fundamentales del reino”o “leyes constitucionales”, los reyes apoyados en el Derecho Romano recuperaron la capacidad legislativa de la que había carecido en los siglos anteriores. El Príncipe moderno será legislador y en creciente ascenso. El Derecho será uno de los pilares de la “insularidad” y pasará obviamente a ser objeto de su control. El antiguo Derecho con sus normas locales, estatutos de ciudades y rurales, costumbre feudales, agrarias, mercantiles, etc., pleno de particularismo, va a verse sometido a un proceso de unificación en donde jugará un papel decisivo el fortalecimiento del poder público, por un lado, y el apoyo inestimable del Derecho Común debido a su perfección técnica incomparable. Basándose en estas dos armas, el Príncipe podrá crear un Derecho nacional, propio, que singularice a su reino. Desde Felipe el Hermoso a Luis XIV y a Napoleón, se va produciendo un proceso de estatalización del Derecho que acabará desembocando en un monismo jurídico. Y con ello en una uniformidad que pone fin a esas “sociedad de sociedades”. El Estado se convierte en algo compacto y unido. El Derecho será una de las mejores expresiones de ambas características.

 Nuevamente Grossi ha vuelto a ilustrarnos con su prosa poderosa y accesible, llena de metáforas explicativas y sumamente gráficas, acerca de este proceso de tránsito entre un modelo político-jurídico que acaba desembocando en un nueva realidad. Con una brevedad que hace doblemente buena sus reflexiones, el maestro florentino ha conseguido desentrañar las claves de un enigma político, resuelto de una forma cabal y plena. La lectura de este breve tratado es doblemente recomendable: por su fondo, del cual hemos tratado de extractar las etapas más relevantes del proceso intelectual, y por su forma, que personalmente nos seduce y atrae. Es cierto, como decía Georges Duby, que la Historia y la labor del historiador, entre otras muchas misiones, tienen encomendado un fin cual es el la diversión del público a quien se dirige. La Historia ha de ser construcción o reconstrucción artística que convierta lo narrado o explicado en algo próximo, cercano, cotidiano. Grossi, una vez más, ha logrado este propósito.

 

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 7 de mayo de 2003

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