BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica


Scienza giuridica italiana. Un profilo storico, 1860-1950
Paolo Grossi
Giuffrè Editore, Milano, 2000, 324 págs.


 La obra que nos ocupa responde a la exigencia de estudiar la Historia del Derecho en todas sus últimas consecuencias y ramificaciones, sin conocer límites temporales al uso, dado que todo (sin excepción) puede ser considerado Historia (por tanto, deber de los historiadores), mientras que la banal y superficial actualidad se incardina dentro del juego de los comentarios fugaces procedentes del periodismo, que no se sabe bien a qué campo pertenece, si científico o si meramente técnico. Por ese motivo, por esa justificación, Grossi propone una visión detallada de esa ciencia jurídica que ha construido a partir de la segunda mitad del siglo XIX el Derecho Italiano, desde el punto de vista normativo y desde el punto de vista intelectual. Conocer el Derecho del pasado consistirá así en una reconstrucción no exclusivamente del plano positivo o legal, sino que se proyecta asimismo sobre el plano científico que se construye precisamente sobre los pilares de la normatividad, sin coincidir necesariamente con ella. “Ciencia Jurídica” que no es sino el reflejo de ese concepto más amplio de “Cultura Jurídica”, que ha popularizado A. M. Hespanha, especie de crisol en el cual se integran todas las perspectivas y visiones que sirven para la identificación e individualización del fenómeno jurídico en sus múltiples variantes y percepciones. La propia denominación de la obra implica una toma de posición: considerar el Derecho como ciencia, como saber científico.  

Advertía en su día el profesor García-Gallo de la existencia de cuatro niveles que permitían la profundización en el conocimiento del fenómeno jurídico en su perspectiva histórica: un nivel oficial, un nivel culto, otro de aplicación efectiva y otro popular o vulgar (sin ánimo peyorativo). Los dos primeros, el nivel oficial y el nivel culto, juegan una suerte de partida de interdependencia. Es cierto que ese nivel oficial, integrado por los productos normativos, por las fuentes formales propiamente dichas, es el nivel fundacional en cuanto que delimita el campo de actuación de los otros tres al precisar, indicar y fijar aquello que es Derecho y aquello que no lo es. Pero no menos relevante es el papel de los cultivadores cultos de ese Derecho: los juristas han desempeñado un papel capital a la hora de hacer nacer todo orden jurídico. Está en su génesis puesto que el poder (deliberadamente el resorte último de la creación de toda norma jurídica) se ha apoyado en los conocedores de ese saber arcano y especializado que es el universo jurídico. Esa labor de consejo áulico se ha dado en todo momento: desde Roma hasta el resurgir del Derecho Común, desde la Ilustración hasta el proceso codificador, mientras que en la actualidad el papel del jurista ha sido reemplazado por esos oscuros gabinetes dictaminadores, redactores de normas, informes y demás parafernalia, al mejor postor, que juegan con la justicia en función de sus propios intereses de clase, más atentos realmente al medro personal y a la consecución de mejoras crematísticas, que a la función básica que todo hombre justo (pues esto es, en última instancia, el rol que debe buscar y materializar el jurisprudente) tiene que tratar de alcanzar. Por otro lado, los “sabedores de Derecho” han sido los encargados de construir aquél como auténtico sistema, de ordenarlo de un modo racional, proponer su esquematización, sus conceptos, instituciones, categorías y principios. Crean Derecho, pero también lo preparan para ser digerido por los demás mediante el estudio. Y no menos importante ha sido el papel de los juristas, amparados en su propio prestigio, como auténticas fuentes formales del Derecho. Basta pensar en el papel que las opiniones acumuladas como auténticas avalanchas de los juristas italianos desarrollaron en la época de esplendor del Derecho Común en un intento de crear un elemento de cierre del propio sistema jurídico que evitase todo tipo de fisuras, de lagunas o de vacíos. Es, pues, evidente que la ciencia jurídica es necesaria (mal necesario si se quiere) y que constituye un pilar esencial en la construcción y en la conservación de todo sistema jurídico. Esencial es asimismo la visión que a través de su propia óptico aquellos nos proporcionan. La obra de Grossi es, en suma, una Historia del reciente Derecho italiano contemplado desde la óptica de aquellos que lo construyeron en su vertiente normativa y en su vertiente intelectual. Pero con los matices y coordenadas que usualmente el maestro florentino impone en su quehacer cotidiano, con todos aquellos “mitos” (utilizando una expresión tan querida por el mismo) que se han convertido en elemento de referencia obligada en el pensamiento jurídico europeo de esta postmodernidad que avanza a lo largo del siglo XXI. Destaca, en primer lugar, el dominio de la prosa, suave y equilibrada, el gusto por las metáforas y comparaciones, el recurso a los elementos procedentes de otros campos del saber (sobre todo, la Medicina), el conocimiento en primera persona de muchas de las referencias a las que se alude en el texto. En suma, una obra muy recomendable, resultado de la madurez del taller florentino, que traza un perfil histórico amplio y completo de la vida cultural italiana desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Se puede afirmar que la Historia de esa Ciencia Jurídica es un camino hacia la libertad, entendida en todas sus acepciones: libertad política, libertad personal, libertad jurídica (no acantonada en ninguno de los reductos que constituyen los Códigos), libertad interpretativa más allá de los textos, etc.: “una consapevole scienza in continua trasformazione, che vi si adegua, che elabora insomma un insieme ammirevole di strumenti interpretativi e ordinativi di quella” (p. XVII), un camino que no ha sido fácil y que se ha debatida en todo momento entre la tradición y el cambio, de una forma constante, continuada, casi agónica. 

Habent sua fata libelli. Los libros, todos, tienen su destino. Y su origen explicativo. La obra nace como curso de doctorado impartido en uno de los centros prestigiosos de la ciudad de Florencia: el Instituto Universitario Europeo. Ampliada y madurada, ese conjunto de conferencias han servido de guía para trazar un fresco amplio y compacto en el que nada queda al arbitrio del lector. A pesar de ese origen académico, se puede rastrear otro más personal, menos formalista. Grossi dedica el libro a todos los maestros florentinos de su querida Facultad de Derecho, en especial, a Enrico Finzi, que había solicitado a su discípulo un perfil general de la Ciencia Jurídica (nuevas referencias a Finzi y a D’Avack aparecen en p. XIX). Grossi justifica primeramente las fechas que coinciden con el nacimiento de la Italia contemporánea (1860), fecha de la unificación, de la creación del reino unitario, base política sobre la que se yergue el Derecho, hasta 1950, fecha saliente que coincide con la puesta en funcionamiento de un nuevo aparato jurídico amparado por la Constitución de 1947, si bien el autor confiesa la existencia de otras fechas de llegada en proyectos previos a la redacción final del libro (1956 ó 1960, momentos en que se consolida dicho sistema constitucional), pero 1950 es el instante del despertar tras la catástrofe bélica, una especia de Italia año cero (con permiso de Rossellini) en el campo del Derecho. No es una mera descripción de la literatura jurídica italiana en las fechas acotadas, ni una exposición diligente de los datos relativos a las biografías y obras singulares de cada uno de los egregios juristas que por el texto desfilan, sino que es más que todo eso: es manifestación de admiración y respeto a los constructores de un lenguaje, de una técnica y de una ciencia, de la que hoy sigue bebiendo Italia. Para ello ese necesarios la combinación de los elementos históricos y jurídicos (p. XVI). A partir de estos basamentos y en siete capítulos, Grossi describe con vigor y emoción el camino propuesto. Hay unas premisas previas. Terminológicas: se habla de Ciencia Jurídica, postura que, como ya hemos dicho, implica una clara toma de posición, en el sentido de admitir la existencia de una reflexión auténticamente científica sobre el Derecho, ciencia que tiende a encarnarse y a convertirse en concreta experiencia de vida (p. 1). Y se habla de Ciencia Jurídica Italiana, lo cual implica necesariamente la existencia de esa Italia, como Estado, como nación formalmente reconocida y constituida. Los hitos más relevantes son los que siguen, sin ánimo de agotar la totalidad de reflexiones que Grossi propone directamente u origina de modo indirecto. 

Inicialmente, (Capítulo I, pp. 1 ss.) la cultura jurídica italiana de la primera mitad del siglo XIX es una cultura dependiente de los movimientos europeos más relevantes de su tiempo. Sin apenas figuras, salvo Romagnosi. El Iluminismo jurídico, sobre todo, dominante en el siglo XVIII, con sus premisas básicas, domina el panorama de la cultura jurídica de una forma esclavista, sin contestación posible. La ideología burguesa recoge muchos de sus postulados y los convierte en dogmas de fe. La dictadura de los Códigos se acaba imponiendo de un modo total y absoluto, Código que aparece como criatura hermafrodita (p. 7), dado que nace de la presunción de leer la naturaleza de las cosas, pero es voz del Estado, expresión de su voluntad soberana. Ahí ve Grossi el inicio de algunas constantes en el pensamiento jurídico italiano: la tensión hacia el sistema jurídico, la convicción de la plena legitimidad de una parte general del Derecho, la prioridad histórica y lógica del Derecho Privado, entre otras (p. 5). Junto a la huella francesa, aparece la huella alemana: la Escuela Histórica y, de su seno, la Pandectística (con traducción de las principales obras alemanas desde 1839), confluyen constituyendo el otro gran pilar, ciertamente contradictorio. Un influjo francés que conduce a la exaltación del Estado garantista y controlador, así como la omnipotencia de la ley. Un influjo alemán que importaba racionalismo, propensión a diseñar esquemas teóricos generales y construcciones sistemáticas. Una antinomia que dominará la Ciencia Jurídica Italiana (p. 12). Los años 80 del siglo XIX son ya tiempos fértiles, de producción, de originalidad (Capítulo II, pp. 13 ss.). Ferri y Cimbali muestran la angustiosa constante del pensamiento jurídico italiano: la armonía entre cambio social y ordenamiento jurídico, difícilmente incardinables o reconducibles a la unidad, usando numerosas fuentes e influencias (darwinismo, socialismo, solidaridad interclasista de inspiración alemana, etc.), cuyo testigo recoge a finales de esa década Simoncelli en lo normativo y en lo científico. Heredan estas preocupaciones Chironi y Polacco, en el campo de la civilística, con algunos matices, teniendo la Codificación cono telón de fondo. El deber de la ciencia es, por tanto, seguir ese cambio social y ordenarlo de un modo adecuado (p. 19). Nuevos temas o adaptaciones de nuevos temas golpean la labor de los juristas, como la eclosión de las preocupaciones por el trabajo y sus consecuencias jurídicas, el arrendamiento, las consecuencias, en suma, de una sociedad en vías de industrialización. Es el tiempo de Vidari y la legislación social, de Venezian y los restos de la propiedad colectiva, de Simoncelli y la enfiteusis, que pasan el testigo a la construcción publicística, todavía en ciernes, que comienza a forjar Orlando. Los años 90 (Capítulo III, pp. 39 ss.) continúan esa época de fertilidad que se proyecta en varios campos: en el Derecho romano, profundamente influenciado, como no podía ser de otra forma, por el modo alemán (Brugi, Serafín, Scialoja, Bensa, Fadda); en la lucha continua que se sigue dando en el campo del Derecho civil, “fra tradizione e mutamento”; en la aparición en 1893 del Trattato di diritto commerciale de Vivante, que implica una renovación de forma y de fondo, con una metodología que mira ya a la vida, entre otras creaciones. El año 1893 es además el de las nuevas reflexiones sobre el contrato de trabajo (Tartufari, Barassi), sobre el Derecho procesal civil (Mortara), y, sobre todo, la reformulación del Derecho administrativo en manos de un Orlando ya maduro (una reformulación que lleva a rechazar esconderse tras una cortina de niebla y afrontar con coraje y con franqueza los términos en los cuales están imbricados tres conceptos esenciales para la ciencia del Derecho: Sociedad, Estado, Derecho, como afirma en p. 69). Orlando sienta las bases de un Estado jurídico radicalmente novedoso. El Estado viene a asumir un valor originario: no es derivación de una realidad óptica que es el Derecho del cual se coloca como especificación histórica. Estado y Derecho se originan simultáneamente en el momento mismo, dice Grossi, en que el hombre deviene hacedor de la Historia, que toma conciencia de su propia labor histórica: es ésta la legitimación más fuerte que el sujeto Estado puede conseguir (p. 70). 

El inicio del siglo XX (Capítulo IV, pp. 71 ss.) marca la consolidación de la Ciencia Jurídica Italiana. Esa madurez da paso a una sistematización en prácticamente todos los campos del Derecho (no debe olvidarse que saber es clasificar, ordenar). En el campo civil, las obras de Ferrara y de Messina; en el Derecho público, Raneletti, Cammeo, Santi Romano; penalistas como Rocco o Manzini; procesalistas como Chiovenda. Papel relevante lo va a desempeñar la Rivista di Diritto Commerciale, dirigida por Cesare Vivante, en donde va a tener cabida una pluralidad de enfoques y puntos de vista, que van más allá del Derecho mercantil. Su larga sombra se proyecta sobre el nuevo Derecho del trabajo (representación colectiva, contrato individual de trabajo, etc.). En ese contexto, W. C. Sforza comienza a hablar de “Modernismo Jurídico”, trasponiendo las reflexiones procedentes del campo religioso-teológico al universo jurídico. Es el año 1912, tiempo de inestabilidad, de nuevos caminos, de nuevos pasos vacilantes: la conexión con el “Movimiento del Derecho Libre” es evidente. Sus ideas se retoman en pp. 163-171. Pero, sin lugar a dudas, la vacuna contra todo dogmatismo y toda mitología procede de Santi Romano, acaso el jurista más relevante e influyente de todo el siglo XX italiano. Romano es la crítica al monismo jurídico (al que opone pluralidad de Derecho), a la estatalidad del Derecho (con el papel de la costumbre, expresión depurada de los deseos sociales, derivada de la necesidad, pp. 115-116), quien reivindica la utilización de las gafas adecuadas por parte de todo jurista para captar la complejidad de la sociedad y, por ende, de su estructuración jurídica. Dice Grossi al respecto que al jurista todo parecía sencillo y simple, hecho de pocos elementos esenciales, de pocas líneas; el diseño parecía nítido, neto. Tras la nueva visión, aparece una realidad escondida, desconocida o menos conocida (p. 109). El Derecho vuelve a recobrar una pluralidad que antes estaba secuestrada. Es necesario recuperar esto porque sólo así se puede conocer el sentido auténtico del mundo jurídico. 

El segundo decenio del siglo XX muestra el esplendor de la crisis (Capítulo V, pp. 119 ss.), el golpe mortal al conjunto de conceptos heredados del siglo XIX y el tránsito hacia la renovación más visceral y productiva. La vieja Historia da paso a un momento nuevo, más simple. Son sus cronistas y sus protagonistas personajes de la talla de Capograssi, Carnelutti o Finzi. La Gran Guerra marca el final del idílico panorama de antaño. 1915, año de la entrada de Italia en el conflicto bélico, significa el nacimiento de toda una legislación intervencionista, estatalista, con escaso margen para el juego de los particulares, de urgencia (que en tiempo de guerra es continua). La crisis del Derecho privado y de algunas de sus nociones basilares no se hace esperar: ha conciencia neta de la crisis, de la crisis como declive de valores consolidados y de inclinación de los muros de un viejo edificio (p. 131). En su lugar, cobran carta de naturaleza algunos elementos del socialismo jurídico (pp. 133 y ss.). La reflexión llega a los elementos esenciales del orden jurídico: las fuentes del Derecho ocupan las reflexiones de Del Vecchio (los principios generales) o de Jemolo (el método del jurista), la equidad desde diversos campos (Maggiore, Brugi, Ascarelli), la interpretación de las normas jurídicas (Ascoli, Ascarelli), o de nuevo el Modernismo Jurídico, de raíz alemana (Mossa). La crisis del Estado y de la ley, con la aparición del Estado Fascista, implica un nuevo esfuerzo intelectual de adaptación. Destacan dos viejos conocidos: Maggiore y Panunzio, éste último en fructífera polémica con Orlando sobre el “Stato sindacale”. La proliferación de normas da paso a la madurez o consolidación del sistema jurídico, con la Codificación como paisaje constante, en la década de los años 30 (Capítulo VI, pp. 215 ss.). Los campos de lo jurídico reciben nuevas simientes, de todo tipo y de todo signo: constitucionalistas a la búsqueda de la “constitución material” (Mortati); administrativistas de la talla de Giannini y Zanobini; civilistas que inciden sobre la necesaria reformulación que debe darse al derecho de propiedad o a la noción de contrato (Finzi, Vassalli, Pugliatti), con un derecho agrario que pide paso ante la insuficiencia del Código Civil; las reflexiones de Betti sobre el negocio jurídico; los procesalistas más relevantes (Chiovenda, Carnelutti, Calamandrei, Redenti); los mercantilistas, con un eje central de su reflexión, cual es el paso del acto de comercio a la empresa como centro del Derecho mercantil (Rocco, Vivante, Asquini, Ascarelli); penalistas, plenos de fuerza filosófica (Rocco, Spirito, Bettiol, Antolisei, Delitala); o canonistas, que hallan en el Código de Derecho canónico pío-benedictino (1917) y en los tratados de Letrán (1929), la razón de su existencia intelectual (Del Giudice, Fedele, Giacchi, D’Avack). 

La Segunda Guerra Mundial provoca de nuevo la crisis, mayor todavía que la de época anterior, la edad crítica de la reflexión. Es época de búsquedas (Capítulo VII, pp. 275 ss.), con algunos dogmas que resisten y con nuevas vías de acción y de reflexión (pp. 288-289). Es una constante en Italia: esa doble vía por donde van y vienen ideas y reflexiones que han adquirido billetes de ida y vuelta, que se resisten a marcharse, a desaparecer, a olvidarse para siempre. La Historia del Derecho no opera con saltos mortales, sino más bien con cambios pausados, reposados, lentitud como aptitud vital. No todo es nuevo, por tanto. El pasado juega un papel relevante, mas no único. Hay que apoyarse en él, pero se debe construir un nuevo Derecho para la nueva sociedad que nace con ánimo desfallecido. Pilar central de este momento es la aprobación de la Constitución de 1947, que marca un camino hacia el futuro, todavía empleado. El Estado ha cambiado asimismo: es ya un Estado social (p. 291) y ha de actuar como tal, heredando pesadas cargas económicas de antaño. Esa dualidad cambio-estabilidad se deja entrever en algunos de los textos más relevantes que surgen en la inmediata postguerra (los manuales de Mortati y de Giannini), así como en la renovación que se respira en el campo del Derecho civil (Betti, Stolfi), con la idea de función ahora vinculada a la propiedad (p. 305) o la reformulación del papel de la empresa, y finalmente el Derecho laboral, volcado ahora de nuevo al campo privado (Passarelli, Giugni), como se puede leer en p, 317. Con esto se detiene la evolución: se han sentado los elementos capitales de la reflexión, las vías por donde discurrirá el tren del futuro. Hemos tratado de señalar los elementos básicos, los autores (que no las obras), ocupados de ese conocimiento científico del Derecho. Evidentemente la obra de Grossi es mucho más: aquí se ha querido señalar lo que el lector se encontrará antes sus ojos, el diseño estructural básico de una obra compleja, con referencias bibliográficas donde se halla realmente su riqueza conceptual (cada autor es, por encima de todo, sus obras) Se ha esbozado una suerte de guía de lectura  para la gente que no está familiarizada con la Ciencia Jurídica Italiana, con el fin de señalar los hitos más relevantes y puntuales.  

Una única objeción: ¿Y los historiadores del Derecho? ¿No han contribuido a generar esa ciencia? Un último deseo: ¿Cuándo la continuación de este perfil histórico de 1950 en adelante? Una remota esperanza: ¿Cuándo una Ciencia Jurídica Española de idéntico calibre y calidad intelectual?

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 15 de octubre de 2004

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