BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica


Isabel La Católica. Homenaje en el V centenario de su muerte
J.C. Domínguez Nafría y C. Pérez Fernández-Turégano (coords.)
Universidad San Pablo CEU. Instituto de Humanidades Ángel Ayala. Editorial Dykinson, S. L., Madrid, 2005, 175 pp.


 En un reciente, polémico y realmente acongojante libro, G. Sartori y G. Mazzoleni nos alertaban acerca de los males que acechan al mundo que pueden llevar a que éste y su continente, la tierra, acaben explotando y desapareciendo. ¿La causa? Los problemas de la superpoblación, origen (no único) del contraste Norte-Sur y del subsiguiente subdesarrollo, contaminación, escasez de recursos y demás desgracias. En una de sus páginas, debida a la autoría de Sartori, se afirma lo que sigue: “Está por último la destrucción de los bosques. Los árboles no sólo oxigenan el aire absorbiendo el anhídrido carbónico, sino que también salvan el top soil frenando la erosión provocada por las aguas de lluvia; además, aumentan las reservas de agua de las laderas permitiendo la filtración de las lluvias en el subsuelo. Pues bien, la deforestación continúa a lo grande. Ya hemos perdido las cuatro quintas partes de los bosques que existían antes de que el hombre se dedicase a su destrucción. Y casi la mitad del último quinto está en peligro porque cada año se talan 16 millones de hectáreas de bosque (dos veces Australia): una devastación que por supuesto no se compensa con la reforestación. Y también porque los árboles talados para producir papel son replantables, pero no puede decirse lo mismo de los árboles que eliminan (el 60 por ciento) quienes busca nuevas tierras de cultivo para quitarse el hambre” (1).

 Todo esto viene a colación porque dado que ya no hay ningún tipo de filtro científico o intelectual en nuestra producción académica, dado lo inexistente de la crítica, y, por el contrario, dado el predominio de la autocomplacencia, de la autocita o cita de los amigos y compañeros de secta (pensando siempre en plazas amañadas y en sexenios apalabrados), y el “todo vale” científico y el “todo se publica”, sin nihil obstat que valga, sería conveniente que las autoridades medioambientales tomasen cartas en el asunto y, al menos, ellas, ya que no las universitarias, educativas y culturales, sí tuviesen algo que decir cuando se presenta un volumen de cerca de doscientas páginas que ha nacido de algún bosque perdido y remoto, cuya función clorofílica podría seguir desarrollándose ante el perfecto carácter prescindible del material editado. La humanidad lo agradecería doblemente: primero, porque se podría respirar más y mejor; segundo, porque la contaminación intelectual (que también existe) se vería mitigada un poco más y los cerebros se liberarían de la pesada carga de su lectura. Decía Cortázar al iniciar Rayuela que en dicho volumen el lector encontraría capítulos imprescindibles y capítulos prescindibles. Los primeros, obvio es decirlo, constituían el armazón del libro y todos debían ser leídos con arreglo al orden numérico convencional. Los segundos formaban parte de un plan de lectura propuesto por el propio Cortázar, nada clásico y destinado, sobre todo, al lector osado. Quiere decirse con ello que como, en Rayuela, hay libros imprescindibles y hay libros que sobran, como el que nos ocupa, y que solamente los lectores impenitentes y arriesgados se atreven con ellos, aun con el peligro de no hallar nada relevante en su seno y de invertir un tiempo valioso en sus páginas sin encontrar ninguna idea original o que mínimamente sugiera algo nuevo.

Nos contentaremos con dar noticia del libro, denunciar los que, a nuestro juicio, son sus defectos y lagunas, avisar a otros lectores devoradores, actuar a modo de un faro que alerta a los imprudentes de que allí no existe peligro (es que realmente no existe nada) y luego que cada uno, en uso de su autonomía de la voluntad, haga lo que le venga en gana. Debemos partir de una premisa. Las publicaciones científicas se rigen por una doble regla. Se publica para dar a conocer cosas, estudios, informaciones, documentos, lo que uno quiera, que revistan el marchamo de la novedad, esto es, o bien se presentan nuevas tesis con nuevos datos, o bien se procede a demostrar alguna tesis antigua por otras vías diferentes a las empleadas, por otros caminos metodológicos. Ninguno de estos criterios ha sido tomado en consideración en este libro en donde se abunda en lugares comunes, reiteraciones, tópicos ya asfixiantes, reproducciones de otros trabajos debidos a la pluma de mejores autores o autoridades (con lo que se cubren las espaldas ante la voz de los mayores), tratamiento de idénticos temas en el mismo texto bajo ropajes diferentes (2), silencios significativos en la bibliografía (que obedecen las más de las veces a la ignorancia y a la simple falta de inquietud cultural), frases evidentes e ingenuas, redacción propia de alumnos de bachillerato (del bachillerato actual, queremos decir) que provoca la sonrisa cómplice del lector, todo lo cual acredita una inocencia investigadora, en suma. Cada universidad es libre de hacer con su dinero lo que quiera, tanto si es pública como privada, y puede editar lo que le venga en gana. Pero el mundo científico debe regirse por otros parámetros, más allá de amiguismo y de fidelidades de tipo feudal. En caso contrario, entramos en otro campo diferente, peligroso, nada aficionado al rigor, en donde prima más ser “amigo de Platón” que “amigo de la verdad”.

Llama la atención, en primer lugar, lo pretencioso del subtítulo. ¿Un homenaje a Isabel La Católica? ¿Por qué tal acontecimiento? ¿Merecen los protagonistas de nuestra Historia tales actos? ¿Por qué ella sí y otros no? ¿En qué calidad de qué se constituyen los homenajeadores? ¿Quiénes son ellos? Hay una costumbre hispánica que consiste en celebrar cualquier cosa una vez que en el calendario se cumplen los cinco, diez, veinte y así sucesivamente años de cualquier evento. Incluso hay una especie de comisión de fiestas oficial para dar dinero (nuestro dinero) para tales acontecimientos. No somos amigos de personalismos históricos y tan merecedora de un homenaje es la reina católica, como el rey católico o los sucesivos reyes que en esta tierra han sido. Simplemente parece que una cuestión de fechas es la que justifica el homenaje. Pero ante esos actos, que suelen referirse siempre a personas vivas, se cuestionan dos cosas: la categoría del que es homenajeado y la de quienes articulan el invento. Protagonismo histórico no le falta a la reina católica, pero ningún personaje es ser aislado de su tiempo, fruto de un individualismo histórico exacerbado. Todo lo que nace, nace en el seno de algo y por ese algo resulta influenciado. Todos, decía Ortega, somos lo que somos y somos nuestras circunstancias. Y más importante para examinar lo que fue Isabel es el contexto en que nace, crece y muere que la propia biografía al uso. La cronología es necesaria, pero las fechas son finalmente convencionalismos que creamos para ordenar y sistematizar. Con esto se quiere decir que lo realmente relevante no es Isabel en sí misma considerada, sino el tiempo convulso que le tocó vivir, que pasa a un segundo plano y apenas se esboza. La reina parece dirigir o imponer siempre sus destinos y los del reino. E. H. Carr llamaba a esto la teoría de la “nariz de Cleopatra” (3), que nos acaba reconduciendo al personalismo más absoluto y también más absurdo. Por otro lado, los que homenajean se erigen a sí mismos, sin modestia, en voces autorizadas de una sociedad que parece reclamar ese acto emotivo. Lo cierto es que la calidad de las colaboraciones, salvo honrosas excepciones, hace del mismo una auténtica faena de aliño, para cumplir y poco más, movida más por el deseo de publicar cualquier cosa, que por la rigurosidad, escudándose en el “homenaje” como panacea que todo lo cura y que todo lo disculpa.

 En el prólogo, que no lleva firma, se habla de una “sagrada obligación para los historiadores de ser objetivos”, cosa que no se acaba de entender bien. El historiador, en cuanto que reconstructor del pasado, no puede hacerlo de modo absolutamente fidedigno porque dispone de medios limitados y ello implica una imposibilidad de partida para rehacer el pasado tal y como aconteció. Ranke ha sido superado hace mucho tiempo. No es posible separar sujeto y objeto del conocimiento histórico. Todo historiador, decía Croce, es historiador contemporáneo, por lo que la objetividad histórica es impensable, salvo que se parta de una inocencia a la que ya nos referíamos. El historiador ha de ser, a lo sumo, imparcial (siempre que pueda) y, sobre todo, plural, en cuanto al manejo de las fuentes (cuantas más utilice, mejor). Nada más y nada menos. Ser objetivo en Historia es propósito de locos o de imbéciles. Y esa misma objetividad que se reclama es traicionada en las mismas páginas del prólogo cuando se introduce un tufillo católicoide para expresar e indicar el modo en que debe ser entendida y juzgada la reina católica, poniendo de relieve su carácter religioso, su “extraordinaria dimensión espiritual”, la fe que lo mueve todo y que lo explica todo, con lo que tenemos que prescindir de otros enfoques para aproximarnos a la reina. Parece deducirse eso del contenido de los trabajos, en los que se diseña un mundo armónico, sin conflictos internos, sin crisis económicas y sociales, donde la religiosidad lo arreglaba todo, la justicia reinaba y la paz no era solamente un deseo. La espiritualidad de la reina servía para un roto y para un descosido, lo mismo para colonizar América que para conquistar el norte de Italia. Interpretación simplista que parece sacada del expediente vaticano. Se toma aquello que sirve para justificar la canonización de Isabel, su sola dimensión espiritual, rechazando sus condiciones materiales y todo el mundo exterior a los rezos de la propia Isabel que parece ser que nada contaron en su reinado.

Comienza los trabajos la profesora Beatriz Badorrey (“La libertad del indio y los fines de la empresa americana”, pp. 11-29), que no nos ofrece nada nuevo bajo el sol. Copiando mal, ha recogido simple y llanamente los trabajos clásicos de Hanke, García-Gallo, Rumeu de Armas, Zavala, Dougnac, los textos colombinos más relevantes y algunos testimonios de la reina Isabel, para mostrar más de lo mismo a través de un repertorio de fechas ya manidas y ya conocidas. Es decir, nada que no se sepa. Reproduce, que no plagia, las opiniones de tan egregios autores, acudiendo al recurso tímido y cobarde del “como opina”, “como apunta”, “como dice”, sin que nada de propia cosecha se deje traslucir en las líneas de su trabajo. Reflexiones propias no existen. Todo se justifica acudiendo a la autoridad. Hay omisiones: por ejemplo, el último (y polémico) trabajo de Bartolomé Clavero, sobre el genocidio americano, que no aparece ni por asomo. Se compartan o no las tesis del profesor sevillano, merece ser citado por lo novedoso de su visión. Abundan los lugares comunes, repetimos, tomados de otros (cita al Hostiense o a Egidio Romano, pero sin su consulta directa), en un discurso en el que se emplea el término “colonia” de forma indiscriminada (lo que nos lleva a preguntarnos de nuevo si las Indias Occidentales fueron realmente colonias), en p. 20, lo mismo que el término “español”, o eufemismos del tipo “propuestas ideológicas occidentales”, en p. 21, con el que se quiere aludir a la labor de conquista, sometimiento y destrucción que en buena parte acompañó los primeros años de la presencia castellana en América. Lo que se hizo con los indígenas del Caribe, ¿fue realmente la exposición de una propuesta ideológica occidental? ¿Pizarro se caracterizó por su tendencia al diálogo y a la reflexión conjunta con los incas? ¿Cortés propuso a Moctezuma el modelo de pensamiento occidental? ¿Hizo Pedro de Valdivia lo propio con los araucanos? La lista de los conquistadores dialogantes es infinita y el talante parece no ser un reciente invento de nuestro egregio presidente del gobierno, sino que ya se estilaba siglos atrás. Con esto no se quiere decir que la población indígena viviese en la Atenas de Pericles, en paz y armonía, pero es preciso un mayor esfuerzo intelectual y llamar a las cosas por su nombre, sin recurrir a palabras exculpatorias. Unas conclusiones que no son tales, puesto que reproducen lo desarrollado en el texto culminan este trabajo vacío y superficial. Lo peor es que la temática se repite, como ya se verá.

Juan Carlos Domínguez Nafría ofrece una visión de la política de los Reyes Católicos en relación a los judíos, en su trabajo “Inquisición y cierre de las aljamas en 1480: el caso de Murcia”, pp. 31-63, que sirve de excusa para dedicar más de la mitad del trabajo al estudio (una vez más) de la Inquisición y a las medidas que aquellos fueron adoptando a lo largo de su reinado (con las Cortes de Toledo, 1480, como momento decisivo) hasta concluir en la expulsión de esta minoría religiosa en 1492. El localismo apenas se esboza en una decena de páginas, de las que tampoco se extraen datos novedosos. Un tono también de disculpa, de perdón, puebla el discurso de este trabajo. Mayor relevancia presenta la colaboración de María Dolores Herrero Fernández-Quesada (“Los Reyes Católicos y la artillería”, pp. 65-80), donde se expone uno de los elementos decisivos en la construcción del nuevo poder que pergeñan Isabel y Fernando: el ejército. En su seno, una nueva unidad que desarrollará un cometido de excepción en las campañas granadinas e italianas: la artillería, que desplaza a los antiguos armatostes medievales. Se desgrana el nacimiento de la misma, su inserción en las fuerzas armadas castellanas, su organización interna, en un trabajo lleno de dinamismo y de reivindicación de la importancia de esas nuevas unidades bélicas de cara a la consolidación del nuevo Estado que se crea en el tránsito del siglo XV al XVI, porque la agregación de nuevos territorios y su control solamente podía ser realizada por medio de un control absoluto que vendrían proporcionado por un ejército ya profesional, adaptado a los tiempos y permanente, más del reino que del rey. Ángel David Martín Rubio muestra la más que posible incidencia de un hecho histórico acontecido en tiempos de los Reyes Católicos en la reconstrucción que Calderón de la Barca hace en su conocida obra El Alcalde de Zalamea, a partir de un documento por que se otorgaba perdón regio a Gómez Fernández de Solís (“El contexto histórico de El Alcalde de Zalamea durante el reinado de los Reyes Católicos”, pp. 81-92).

 De nuevo, llega la vulgaridad (4) en el trabajo de Carlos Pérez Fernández-Turégano: “Isabel la Católica y la ordenación jurídica de las leyes de Castilla”, pp. 93-110, artículo falto de todo. Comenzando por los conocimientos básicos del sistema jurídico castellano a finales del siglo XV. Se habla de “desorden jurídico legal existente”, en p. 94, cuando ya el Ordenamiento de Alcalá, en 1348, había establecido un orden (que se respetase o alterase por vía interpretativa, era ya otra cosa, pero orden sí existía: remitimos al conocido trabajo de Carlos Petit sobre el particular, que el autor desconoce), pero sin citar el gran problema del Derecho castellano, cual era la introducción subrepticia de todo el universo del Derecho Común (no se cita ni una sola vez) a través del recurso directo a las Partidas, que apenas son mencioandas. Se habla de producción legislativa alegremente y se enumeran como fuentes algunos elementos que difícilmente pueden ser calificadas como leyes, en p. 94. ¿Eran leyes las fazañas? ¿Lo eran las cartas pueblas? ¿Y los fueros? El desconocimiento y la ignorancia, que es atrevida como se sabe, se proyecta también sobre el Derecho altomedieval, un Derecho en el que prácticamente todo el mundo coincide en señalar que se caracterizó por la ausencia de leyes y la ausencia de una actividad legislativa regia (el rey es, sobre todo, juez). Entre los testimonios, se cita, invirtiendo el orden cronológico, a Pérez Martín, a García-Gallo y a Martínez Marina, si bien la idea de testimonio podría hacer pensar en escritores coetáneos a los Reyes Católicos, pero nada de eso se hace. Testimonio sugiere inmediación, cercanía. Debería saberlo el autor. La idea de desorden (repetimos: más que desorden, el problema era de interpretación del orden y de abundancia del material jurídico) mueve a desarrollar el proceso recopilador, que es la guía del trabajo de Pérez Fernández-Turégano. Sin embargo, no se mencionan entre las fuentes las actas de XI Simposi barcelonés sobre el Derecho Común y Cataluña, recientemente publicadas bajo el título “De la redacción a la codificación del Derecho”, en donde se desgrana la diferencia, por ejemplo, entre compilación y recopilación, que el autor ignora. Vuelve sobre sus propios errores con pésima redacción: el problema es “la multiplicidad de normas existentes, el carácter contradictorio de muchas de ellas y el carácter superfluo de las mismas”, en p. 97. Vamos a ver: ¿Son contradictorias o son superfluas? Una cosa excluye a la otra. La contradicción implica dos normas opuestas que pueden ser aplicadas. Una norma es superflua cuando está de más, cuando sobra. Por tanto, o una cosa o la otra. De repente, el autor nos sorprende: aflora otro problema discutible: “En algunos asuntos que se le plantearon no se encontró norma aplicable y en otros había varias disposiciones que podrían adaptarse al supuesto concreto”, en p. 94, pero sin mencionar qué ejemplos concretos. El autor desconoce la diferencia entre laguna legal y laguna jurídica, y de nuevo el papel que el Derecho Común jugaba en Castilla gracias a la interpretación de los juristas.

Se admite hoy por los filósofos del Derecho que si bien hay lagunas legales, no existen lagunas jurídicas porque el ordenamiento jurídico aparece como un todo que dispone de los elementos interpretativos suficientes para cubrir cualquier vacío que se produzca en su seno. Es difícil, por tanto, creer que no existiese norma aplicable porque el elenco de fuentes era inmenso para hallar una disposición aplicable; en todo caso, cabía siempre el último recurso al rey como preveía Alcalá o, más adelante, Toro. A partir de esta radiografía inexacta y errónea del Derecho castellano, la única solución parecía ser una suerte de código (tampoco se sabe bien cómo denominar a lo que la reina buscaba, si bien parece deducirse que Isabel aparece como antecesora de Alonso Martínez), cuerpo de leyes que no acaba de llegar. Se estudia el ordenamiento de Montalvo, sin decir si fue o no promulgado y por qué, cuál era su estructura, por qué fracaso oficialmente, mas no oficiosamente. No se cita la reciente y magnífica publicación de la profesora María José María Izquierdo sobre las fuentes del mismo, en las que se demuestra que Montalvo, por ejemplo y entre otras cosas, inventa muchas leyes para defender el poder de los reyes. Sigue con el Libro de Bulas y Pragmáticas, silenciando su contenido detallado, e insiste en la vigencia de los fueros municipales en el siglo XVI a un nivel comparable al de Partidas, Pragmáticas y Ordenamientos de Cortes, en p. 102, con lo que se carga Alcalá de Henares nuevamente Desde 1348, los fueros entran en franca decadencia y su papel como fuente queda relegado a un tercer o cuarto plano. El Derecho de Castilla lo integrarán, sobre todo, las disposiciones regias, aprobadas por el rey con o sin Cortes, las Partidas y el Derecho romano-canónico. Nada se dice de las importantísimas Leyes por la Brevedad y Orden de los Pleitos, del año 1499, fundamento de nuestro Derecho procesal moderno, ni de la Pragmática de 1499 sobre los juristas del Derecho Común, que podían ser invocados ante los jueces y tribunales. A continuación, llegan las Leyes de Toro, que como no responden al ideario “codificador” que parece tenía en mente Isabel, son tratadas de formas displicente, rápida y expeditiva, sin saber (de nuevo la ignorancia) que son la base del Derecho privado castellano hasta el siglo XIX, y que en ellas estás la base de las principales instituciones jurídicas, como mayorazgos, testamentos, régimen económico del matrimonio, muerte civil, etc., con bibliografía importantísima que no podemos reproducir aquí. El autor se queda en la tópica ley 1ª, probablemente porque no sabe más y porque no las ha leído. Pero claro ello exige saber Derecho privado y no hacer mera cronística de las fuentes como es el caso. El autor no sabe que las Leyes se promulgan en 1505, cuando la reina había ya muerto y que por ello no corresponderían plenamente a Isabel, salvo que se sepa (algo que no se indica) que realmente las Leyes estaban ya redactadas en 1502. Tampoco se habla de sus contenidos, ni de su finalidad: un viejo profesor se refería de ellas como un auténtico conjunto de normas de colisión, que resolvían las contradicciones entre el Derecho castellano y el Derecho Común, pero éste último parece no existir en el diseño idílico que Pérez Fernández-Turégano diseña de “su” mundo jurídico castellano. El resto del trabajo, en la misma línea, se ocupa del proceso que conduce a la redacción de la Recopilación de Castilla, mal llamada Nueva Recopilación, cuyo nacimiento parece que se debe al espíritu de Isabel, que planea sobre el mismo a partir de las palabras escritas en su testamento y su codicilo (de nuevo, ese tufillo católico reaccionario, esa espiritualidad). Todo ello concluye un trabajo de bachiller, con una bibliografía escasa, superada en muchos campos (por ejemplo, la cita indiscriminada de autores del siglo XIX cuyas tesis fueron rebatidas hace tiempo), de autoridades, nada arriesgada, que se ha manejado a partir de una defectuosa comprensión del fenómeno jurídico castellano, que solamente produce un efecto en el lector: la idea de que el vulgarismo no se ha superado y está cerca de nosotros.

Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña se ocupa de “El discurso sobre la realeza en el pensamiento político castellano del siglo XV”, pp. 111-125, centrándose en la imagen de una realeza que deja de ser oculta, como acontecía en el primer Medievo, para convertirse en elemento cotidiano, contemplada por el pueblo, participante en todo tipo de ceremonias (caballerescas, muchas de ellas), que contrastan con la solemnidad que Isabel quiso dar a su funeral. María Rodríguez Velasco estudia y comenta la vida y una serie de obras de Pedro Berruguete, pintor de cámara de los Reyes Católicos oficiosamente, que armoniza la espiritualidad flamenco-castellana con los nuevos aires que llegan de Italia, más seculares, más profanos. Un pintor, Berruguete, que parece próximo a los gustos góticos de la Corte castellana, si bien amigo de las innovaciones: “Un pintor en la Corte de los Reyes Católicos. Pedro Berruguete: herencia flamenca e innovaciones renacentistas en las tablas de Santo Tomás de Ávila (Museo del Prado, Madrid)”, pp. 127-153, es acaso el mejor trabajo de los expuestos por la riqueza de fuentes bibliográficas y visuales utilizadas. Para terminar, un tema ya tratado se reproduce por partida doble. Se finaliza tal y como se empieza: María Saavedra Inaraja nos habla nuevamente del “El indígena americano, sujeto y proyección de la modernidad castellana”, pp. 155-166, con la misma simplicidad que hemos puesto de manifiesto en la colaboración de Badorrey Martín, aunque amplía el horizonte de citas y autoridades (el magnífico trabajo de Pérez-Prendes sobre la monarquía indiana es empleado hasta la saciedad); y Javier Sáenz del Castillo Caballero vuelve sobre lo mismo en “Isabel La Católica: el descubrimiento de América y la ruptura del horizonte geográfico”, pp. 167-175, centrada la primera en las cuestiones de la población indígena, mientras que el segundo se ocupa del marco territorial, sin que nada realmente novedoso se deduzca de sus palabras.

Pobre homenaje para la reina católica. Mal planteado, a tenor del prólogo que sirve de guía, porque la objetividad no se consigue nunca; mal resuelto en la mayoría de los trabajos con escasez de argumentaciones propias, reproducciones de otros, silencios sospechosos, abundancia y acarreo del trabajo ajeno, sin mencionarlo, pobres resultados. En suma, un libro que es, como decía Cortázar, perfectamente prescindible, falto de aquello que, señalaba el Setenario, “ffaze venir a omne a acabamiento de todas las cosas que ha sabor de ffazer e de acabar”, es decir, falto de sabiduría (5).

1 Cfr. Sartori, G. y Mazzoleni, G., La tierra explota. Superpoblación y desarrollo, Madrid, 2005, pp. 22-23.

2 Me refiero a las colaboraciones de los profesores Badorrey, Saavedra Inaraja y Sáenz del Castillo, que versan sobre lo mismo a pesar de sus diferentes títulos.

3 Vid. E. H. Carr, ¿Qué es la historia? Conferencias George Macaulay Trevelyan dictadas en la Universidad de Cambridge en enero-marzo de 1961. Edición definitiva, Barcelona, 1993, pp. 145 ss.

4 Las colaboraciones histórico-jurídicas de este homenaje (sobre todo, las de Badorrey y la de Pérez Fernández-Turégano) se pueden inscribir en aquello que el profesor Pérez-Prendes denominó el “gallismo vulgar”, en el sentido de degradado, cuya capacidad científica solamente es capaz de generar un “producto científicamente desechable”: “repitiendo y simplificando cada vez más las hipótesis del fundador, orientación ésta que, a diferencia de las dos anteriores –gallismo revisado y gallismo encubierto-, carece de interés científico, aunque es la más abundante. Lo típico e inconfundible del GVD es la escasísima capacidad, por no escribir nula, que ostentan sus adictos para la conceptualización jurídica, refugiándose constantemente en la Historia general, con lo cual sus obras vienen a quedar disimuladas respecto de su falta de calidad, al resultar cómodas para los historiadores generalistas, que creen manejar con ellas verdaderos libros de Derecho que no les resultan muy distantes”. Vid. J. M. Pérez-Prendes, Historia del Derecho español. 9ª edición revisada, Madrid, 2004. Tomo I, pp. 247-248. Los rasgos fraudulentos y despreciables de su producción científica, expuestos en p. 248, se corresponden miméticamente con las aportaciones de los dos autores citados

5 Alfonso el Sabio, Setenario. Ley XI. Edición e introducción de Kenneth H. Vanderford, Barcelona, 1984, p. 29.

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCMf
fmartine@der.ucm.es
Recensión efectuada el 13 de septiembre de 2005

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