BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


Derecho Romano Vulgar de Occidente
Ernst Levy. Traducción de Ignacio Cremades Ugarte
Interpretatio. Revista de Historia del Derecho, vol. IX (2003). Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, Cáceres, XLVIII + 298 pp.


     El arte de la traducción es labor titánica ciertamente, plena de esfuerzos y muy ingrata para quien la realiza, a la par que desagradecida, a efectos oficiales y profesionales, puesto que las autoridades académicas encargadas de ponderar y reconocer méritos, ignorantes ellas, no la valoran como tal, sino como sucedáneo, y los colegas de profesión simplemente dan un sesgo utilitarista al texto resultante, que llanamente consultan sin reflexionar acerca de las horas de reflexión que están detrás del mismo. Con estas premisas, el traductor se nos presenta como un solitario navegador en mares de incomprensión, una suerte de aventurero moderno. El arte de la traducción es complejo porque el traductor, cuya raíz etimológica lo coloca de forma próxima y peligrosa a la voz traidor, a la traición y a palabras similares, debe respetar siempre el espíritu del libro, el propósito del autor, las finalidades del mismo y, lo que es más importante, el propio lenguaje empleado en uno y otro campo, el del original y el de la versión trasladada. Muchos son los corsés que le oprimen y condicionan. Tarea ardua, dado que los riesgos citados son numerosos, en el caso de nos ocupa las dificultades se multiplican. Ernst Levy fue un romanista alemán que, como tantos otros y por motivos políticos, se vio obligado a refugiarse en los Estados Unidos y a adoptar una nueva lengua de cultura científica para la expresión de sus publicaciones. Un inglés que es lenguaje de un sistema jurídico tan diferente del románico, como es el caso del Common Law anglosajón, fue adoptado sin mayores problemas aparentemente. He ahí un primer escollo que no es baladí. Trasladar los esquemas mentales de un investigador alemán del Derecho romano a una lengua vehicular de un orden jurídico que no comparte conceptos, ideas y categorías con aquél, nos indica una primera necesidad de refacción de todo el material existente. La traslación no es meramente lingüística: supone hallar en la lengua de origen aquellas expresiones y precisiones que han de encontrar cobijo en la lengua de destino, sin que se manche su significación jurídica más propia. Es doble el juego: mover palabras, pero también mover conceptos. La combinación aquí afecta a tres idiomas en discusión: el alemán originario en que la obra es pensada; el inglés en que la obra es escrita; el castellano en que la obra es finalmente traducida. Pero no es solamente juego de lenguas lo que está dilucidándose. A ello debemos sumar la temática del libro: el Derecho vulgar, un Derecho que no es el clásico, ni el justinianeo, pero que se coloca como puente necesario entre ambos, como el artificio jurídico eminentemente práctico que posibilitó la pervivencia del Derecho romano y la transición entre el clasicismo “clásico” y el clasicismo al estilo de Bizancio.

     Con este preámbulo, la labor de traducción de Levy se nos antoja prácticamente imposible, porque además de dominar el idioma inglés, el traductor ha de poseer un dominio completo de los períodos de referencia que encuadran la construcción del vulgarismo, es decir, ha de estar formado a partes iguales en el Derecho romano clásico, en el justinianeo de la compilación, y, sobre todo, en el Derecho intermedio que da título a la obra. Sobra decir que el traductor, el profesor Ignacio Cremades Ugarte, ha salido bien parado de tales retos, ha conseguido vencer las dificultades existentes, navegar con soltura por los idiomas en conflicto y por los diferentes órdenes jurídicos estudiados, y nos ha brindado una excelente y necesaria traducción del texto de Levy, publicado originariamente en 1951, así como un no menos excelente ensayo introductorio referido a la obra del romanista y al objeto principal de sus desvelos y de sus trabajos: ese Derecho romano vulgar de Occidente, ese orden jurídico gobernado por razones economicistas más que legales, enemigo de conceptos estrictos, alejado de los cánones clásicos de elegancia en la exposición y disposición del material jurídico, y de la más elevada lógica en las labores de construcción conceptual e interpretación.  Se centra en el Derecho de propiedad y de los bienes, como primer eslabón, solidificado en forma de libro, de un proyecto global y complejo al que dedicó sus más celebradas investigaciones anteriores. La obra originaria aparece en Estados Unidos a mediados de siglo XX, en 1951, y a ella seguirá años más tarde, en 1956, ya publicado en Alemania, un segundo libro ocupado del Derecho de obligaciones. Para ello, Levy empleó una pluralidad de fuentes que van desde el clasicismo más puro al clasicismo epigonal, textos, fragmentos y documentos de la edad intermedia, la compilación justinianea, y los textos jurídicos de los pueblos germánicos asentados en los restos del Imperio. Con esos materiales, creó una obra de indudable calidad y de necesaria perdurabilidad. Elabora, como dice el profesor Pérez-Prendes en la Advertencia Editorial, p. VII, una enciclopedia de matices para diferenciar lo clásico, lo postclásico, lo vulgar, lo oriental, lo occidental, lo helenístico y lo germánico, una excelente construcción de conceptos con los cuales delimitar áreas de influencia, recíprocas interacciones, transvase de ideas ante idénticas necesidades. El modo de trabajo, con la elaboración simultánea de dos traducciones por parte de dos solventes profesores (el ya citado Cremades y el profesor Ramos Bossini, según se confiesa en la Advertencia referida, p. VIII), ha dado como resultado un producto de elevada calidad, de soberbia categoría, de necesaria utilización.

     Precedido de una breve presentación de la profesora Rodríguez Gil, que insiste en recalcar lo mucho que supuso en su día la obra del romanista alemán (pp. IX-X), el libro arranca con el estudio preliminar que el profesor Cremades dedica a la persona de Ernst Levy, bajo el título Levy y el Derecho Romano Vulgar, pp. XIII-XLVIII, dos nombres que prácticamente se identifican, en donde se hace una brillante reconstrucción de ese concepto jurídico y del papel que el mismo Levy, en esa y otras de sus obras, representó para la constitución y esclarecimiento del concepto acotado. Dos fechas parecen encuadrar cronológicamente este momento vulgarizador: la abdicación de Diocleciano en el año 305 (si bien el proceso puede retrotraerse hasta mediados de la centuria anterior) y la culminación de la compilación justinianea en el 535. Pero junto al adjetivo vulgar, otro, postclásico, debe acompañar la obra de Levy al poder atisbarse asimismo vulgarizaciones en época clásica. La idea de Derecho vulgar es formulada por vez primera por H. Brunner en 1880 al estudiar las diferencias entre los documentos del temprano Medievo y las fuentes romanas, para significar esencialmente el Derecho que se vivían en la práctica de las provincias occidentales del Imperio en el entorno de los siglo III y VI. De la misma manera que junto a latín puro, oficial, canónico, hubo un latín impuro, corrompido por el uso cotidiano, oficioso, práctico, pero que se entendía como parte del cuerpo lingüístico latino, esa dicotomía asimismo pudo aplicarse a la realidad del Derecho: junto al Derecho oficial, el que se sancionaba por el emperador, hubo un Derecho de la práctica, también romano o que era reconocido como tal, mas apartado del primero, permeable a las necesidades prácticas o fruto de erróneas interpretaciones. En el centro de la disputa, estaban las relaciones entre el Derecho romano y los otros Derechos de la Antigüedad, sobre todo, los de la rama helenística. Al debate se sumaron de inmediato romanistas e historiadores de varias nacionalidades para tratar de aguzar el ingenio y dar el perfil correcto a aquello que se entendía debía ser reputado como Derecho vulgar, proyectando dudas sobre varias cuestiones:¿fue un Derecho, éste vulgar, solamente occidental o también oriental? ¿fue un Derecho solamente práctico o hay en el Derecho oficial imperial elementos de un supuesto vulgarismo jurídico? ¿se manifestó en las constituciones de los emperadores (Leges) o solamente en las obras de los juristas (Iura)? ¿en qué medida y forma los Derechos no romanos condicionaron este desarrollo vulgarizador?

     La lista de participantes en dicho debate es ingente: Wenger, Mitteis, Riccobono, primeras espadas con una categoría académica fuera de toda duda. La polémica sobre la vulgarización del Derecho romano tiene como factor relevante el haber servido para verificar qué tanto de romanidad recibe el primer Medievo y qué tanto de germanismo, por medio de la inserción de una categoría intermedia que articula soluciones de compromiso realmente válidas donde los bloques culturales anteriormente citados no se atrevía a hacerlo. Como en su día propuso A. Dopsch, los resultados de civilización que siguen a la caída de Imperio romano no pueden ser observados exclusivamente desde una de esas ópticas de forma excluyente, porque ni hubo una romanidad intacta, ni tampoco un triunfo sin paliativos del germanismo político dominante. Hubo mezcla, mestizaje, fusión. Porque ni la romanidad que se presente desfalleciente el Imperio es la romanidad más pura y virginal, ni tampoco el germanismo fue capaz de mantener dichos perfiles. Ambos cedieron o ambos venían cediendo desde tiempos atrás, con alteraciones y contaminaciones recíprocas. Ahí es donde encaja ese Derecho vulgar, un Derecho que no es el clásico, sino que se construye a partir de él con un ánimo pragmático indudable, que lleva a desfigurar muchos conceptos que anteriormente había sido, con una perfección rayana en lo magistral, delimitados, precisados y nombrados. Pero las figuras arriba reseñadas contribuyeron, sobre todo, al examinar la vulgarización desde una perspectiva exterior al Derecho romano, es decir, los factores o causas ajenos al Derecho romano mismo que condicionaron esa actitud nueva en que puede resumirse la vulgarización. A Ernst Levy debemos, como acierta a señalar el profesor Cremades en p. XXV, “ampliar el horizonte intramuros del derecho romano”, buscar en la esencia misma de ese Derecho las razones o motivos que provocaron y explicitaron dicho proceso degenerativo en relación a la pureza clásica. Frente a una vulgarización sostenida sobre la base de factores exógenos, Levy profundizará en la existencia de un proceso interno de corrupción dentro del mismo Derecho romano que conducirá a esa vulgarización creando, en expresión de Kunkel, “una provincia que recibimos de sus manos no como terreno virgen, sino como un campo preciosamente amojonado y bien cultivado” (p. XXVI). El profesor Cremades narra la carrera académica de Levy, las principales universidades donde se forma y donde ejerce como profesor hasta la fatídica fecha de 1936 en que debe abandonar Alemania. Berlín, Frankfurt, Friburgo y Heidelberg, más adelante la Universidad de Washington (Seattle) y la de Basilea, en su retorno europeo. Desde el año 1910, la idea de la vulgarización ronda su cabeza y son numerosas las publicaciones en donde estudia instituciones en su periplo histórico, con especial incidencia en ese periodo intermedio reseñado que va desde lo inicios del siglo IV hasta el siglo VI, siendo magnífica su reconstrucción de las Sentencias de Paulo y de sus siete estratos o hitos redactores, que da a la luz en 1945 bajo patrocinio americano, que constituyen una ejemplo de “influyente modelo de crítica textual” como método para la investigación e indagación en el Derecho vulgar (p. XXIX). Su revisionismo trajo como consecuencia la impugnación de dos verdades que hasta el arranque del siglo XX se tenían como ciertas: la pretendida pureza del lenguaje de los juristas clásicos, y el carácter de formulación general y abstracta destinada a la creación de un sistema armónico. Ninguno de esos postulados resultó ser verdadero a la luz de los textos. No es la reconstrucción de esa obra vulgar por antonomasia su única contribución. Todas sus publicaciones parecen caminar en esa dirección que se culminará con los trabajos de 1951 y 1956: estudia la ausencia, el matrimonio, el riesgo en la compraventa, la pena capital, siempre en ese momento cenital del clasicismo. Levy además se centra en la denominada “primera recepción del Derecho romano”, la que opera y acontece en terreno germánico dando origen a las primeras tradiciones jurídicas nacionales, con especial hincapié en Francia y en España, donde francos y visigodos continúan en nuevos recipientes la tradición jurídico-romana de los últimos siglos imperiales. Poco a poco la idea de Derecho vulgar va perfilándose, definiéndose, significando cuáles son sus rasgos predominantes: alteración de conceptos, identidades engañosas, modificaciones económicas y sociales, descenso de la competencia jurídica de los juristas postclásicos, aversión de estos, por causa de su propia incompetencia, a las construcciones sutiles, complejas relaciones o situaciones de pendencia, pérdida de la consistencia interna, penetración de elementos heterogéneos (ya helenísticos, ya germánicos, ya cristianos), abandono del carácter nacional de ese Derecho. Y todo ello por el conjunto de transformaciones radicales que acontecen entre los siglos III y IV, que conforman una realidad social y económica diferente y, en consecuencia, asimismo un Derecho diferente. De la sociedad urbana a la sociedad rural; de la realidad política mixta al cuasi-absolutismo imperial; de la formulación del Derecho por obra y gracia de juristas, cuyo único límite venía dado por su propio saber y su propia competencia, a la emergencia de juristas burócratas, que no crean Derecho, ni lo interpretan, sino que sirven exclusivamente a la voluntad imperial. Pierde así el Derecho romano uno de sus pilares creativos e innovadores y pierde con ello el soporte básico de la elegancia clásica. Ese Derecho romano se relaciona y afronta la etapa de transiciones políticas y por ello es el Derecho que hallarán los pueblos germánicos y con el que tomarán contacto, sin perjuicio de que muchas de las llamadas costumbres de estos pueblos pudiesen asimismo ser asumidas por la legislación o por la práctica jurídica. El Derecho romano y el antiguo Derecho son usados precisamente en cantidades variables para fortalecer el poder y actualizar regímenes como el de la familia o el de la propiedad. El estudio introductorio insiste en la obra que más concordó con el pensamiento de Levy y que desarrolló muchos de sus pensamientos: nos referimos al trabajo de F. Wieacker Vulgarismus und Klassizismus im Recht der Spätantike, del año 1955, puesto que Wieacker introduce en el debate una nueva idea, una novedosa categoría: la de vulgarismo (y no Derecho vulgar), como actitud intelectual ante el Derecho, opuesta al clasicismo, como categoría estilística, jurídica y cultural.. La contraposición Derecho oficial-Derecho de la práctica da paso a una nueva dialéctica que enfrentará al Derecho clásico y al Derecho vulgar, o, mejor, a la separación entre lo clásico y lo vulgar (p. XLVI). La delimitación de ambos no obedece a criterios cronológicos, ni de aplicación efectiva. Es el interior de esos ordenamientos el que permitirá observar su concordancia o no con un esquema clásico. El clasicismo con su inteligencia, sus sutilezas, con el carácter estricto de los conceptos, elaborado de forma artística, lógico en la elaboración y en la interpretación, intrincado, da paso a un Derecho más débil, más maleable, un Derecho “naturalista” que ha sufrido la pérdida de la disciplina intelectual, que busca la disciplina de las relaciones sociales de modo más desinhibido, un Derecho en que se subordinan las especulaciones teóricas a la praxis, dependiente de la percepción sensible de la realidad cotidiana por parte del orden jurídico, un Derecho consuetudinario, pero jurisprudencialmente asistido (p. XLV), moldeado por expertos jurídicos profesionales en conexión con la vida práctica. Y esa tendencia es una tendencia que no conoce fronteras temporales (por lo que, postclásico no es sinónimo de vulgar; el Derecho clásico puede ser vulgar o contener manifestaciones de esa vulgarización), ni formales (puede hallarse en la legislación de los emperadores, expresa o implícitamente, puede ser tolerada o reconocida; no solamente está en la literatura jurídica generada en centros lejanos a la cultura oficial y de debilitamiento de la actividad jurídica). Muestras de la vulgarización se contemplan en el campo de la propiedad y la posesión, en sede de derecho sobre las cosas, en la fuerza de los documentos, en el reconocimiento de deuda, por citar sus ejemplos más conocidos. Más atenuado ese vulgarismo aparece en el derecho sucesorio, en el de personas y de familiar, mucho menos en el procesal, en el criminal o en el Derecho Público. En todo caso y en ello insistió Levy, no se puede presentar el Derecho vulgar como un sistema cerrado, sino como parte integrante de otro sistema más global, general y absorbente, ni tampoco caracterizar una época del Derecho romano con dicho adjetivo calificativo. Fue un estrato jurídico, un fragmento de una obra de mayores dimensiones, que coexiste con otros elementos para dar como resultado final el Derecho romano de la época agónica del Imperio, el Derecho que realmente fue legislado, vivido y aplicado, aunque no fuese así nombrado. Un Derecho, como se suele afirmar, ni mejor, ni peor que el clásico: simplemente distinto, diferente, porque la sociedad a la cual tenía que servir y en la cual debía desarrollarse era una sociedad distinta, diferente en todos los frentes a aquella que había visto germinar el Derecho romano clásico. Es un nuevo Derecho para un nuevo mundo que se inaugura en el Bajo Imperio y en el Dominado, que pierde muchos elementos conceptuales de antaño porque los mismos no tenían relevancia en el nuevo contexto cultural, político, social y económico.

     Tras esa brillante introducción, llega el grueso de la obra que brevemente reseñamos por ser de todos conocida al tratarse de un texto que puede ser tildado con toda justicia como clásico. Un Prólogo con la narración de las vicisitudes de la obra (pp. LVI-LVII), es seguido por la Introducción (pp. 1-17), en la cual se efectúa la fijación del objetivo, la delimitación temporal, el origen del concepto Derecho vulgar y sus zonas fronterizas ( Derecho vulgar y Derecho de origen legal; Derecho peregrino; Derecho de tendencia clásica), y la exposición diacrónica que se va a seguir en el texto, distinguiendo cuatro grandes bloques, que se tendrán en consideración al examinar cada institución: clasicismo, vulgarismo, época justinianea y época germánica. El Derecho vulgar se inserta así en una dinámica de crecimiento y de expansión que sirve para mejorar conocimientos acerca de la época de Justiniano y de la posterior normativa germánica, que no pueden ser explicados sin ella, puesto que el clasicismo bizantino aparece como reacción tendente a la paralización de esa vulgarización, y el Derecho asumido por los pueblos germánicos es, en buenas dosis, Derecho vulgarizado que ellos hacen propio y sobre el cual construyen sus respectivos ordenamientos jurídicos. El capítulo I (pp. 19-95) va desgranando conforme a ese esquema cronológico referido los conceptos básicos y las alteraciones, modificaciones y revisiones que los mismos experimentan, por la ausencia de interés en definirlos claramente, lo cual provoca lo que Levy denomina “una aproximación discrepante y ampliamente contraria a los conceptos clásicos” (p. 19), que se puede datar en la época de Constantino, momento en el cual la vulgarización comienza a caminar con paso firme: la propiedad y la posesión, que llegan a fundirse en la realidad práctica, siendo la segunda la verdaderamente importante a los efectos de consolidar situaciones jurídicas; los derechos sobre cosa ajena como el usufructo, el ius perpetuum, la enfiteusis, la superficie, la servidumbre o la prenda, y los cambios experimentados por la recuperación clásica de la compilación justinianea y la adaptaciones de las legislaciones germánicas (tenencias hereditarias, Seisin, Gewere), fijando asimismo las razones que mueven a esa evolución. En el capítulo II se estudian las limitaciones a la propiedad, bien por razón de interés público, bien por motivos privados (pp. 97-122), limitaciones ya existentes en el clasicismo, pero ahora, en el esplendor de la vulgarización, convertidos en moneda común, por el peso de la fiscalidad, los impuestos y los munera exigidos a los habitantes del Imperio, el paternalismo que se tradujo en una exaltación del poder público y la consiguiente restricción el papel del particular y de sus derechos. La exposición arranca en esta parte desde la República, pasando por el Principado, para desembocar en los periodos ya conocidos. En el Dominado se alcanza al grado máximo de intervencionismo y así varios institutos lo acreditan: la expropiación, la epibole y la peraequatio, el derecho de minas y de aguas, las normas de edificación, prohibiciones y limitaciones a la enajenación o los derechos reales de origen legal. La antigua propiedad clásica, libre y absoluta deja paso a una situación en donde esa libertad pasa a ser excepción. La tendencia se invierte y prevalecen ahora las limitaciones y las restricciones a un edificio jurídico que en el clasicismo se presentaba como imbatible. Por razones obvias, los reinos germánicos culminan muchas de estas tendencias (siguen en sus legislaciones ocupándose de la expropiación, de las cargas públicas, los derechos sobre aguas y edificaciones, los terrenos abandonados, los derechos de paso, parada, pasto y asilo, entre otros muchos). La propiedad ha dejado de ser un elemento central: los derechos reales limitativos de la misma han ocupado su lugar y se vacía de contenido a aquélla mediante transferencias varias a las figuras que ahora toman la primera posición en la órbita de los intereses económicos. En el capitulo III, Levy estudia la adquisición de la propiedad (pp. 123-192), caracterizada en el vulgarismo por la unión entre actos de obligación y actos de disposición, nuevamente la fusión de conceptos: la transmisión de la propiedad ya no se mantuvo cuidadosamente alejada del negocio causal que le servía de base y que la tenía como objetivo. Se examinan sucesivamente, en el nivel normativo y en el nivel de la práctica, las evoluciones de la compraventa (con sus elementos más destacados: documentación, publicidad, tradición), la donación (con las reformas de Constantino); la traditio per cartam, y las sucesivas reformas de Justiniano y de los reyes bárbaros, que en este punto siguen prácticamente los dictados del Derecho vulgar (la donación es el ejemplo paradigmático, como se dice expresamente en p. 160), para seguir tratando figuras como la dote, la estipulaciones y los legados, los supuestos de adquisición de un no propietario, y el caso más sintomático de la prescripción, donde las reformas justinianeas son decisivas y probablemente se inspiran en prácticas vulgares (por ejemplo, el período de treinta años para la prescripción longi temporis). Termina el capítulo con breves notas dedicadas a la ocupación de los terrenos abandonados, con puntuales referencias a la creación de inferiores derechos sobre las cosas, vía negocios jurídicos, vía largo disfrute de derechos. Finalmente, el capitulo IV muestra los recursos para la defensa de la propiedad y derechos equiparados (pp. 193-265). Nuevamente el vulgarismo hace su aparición y se produce, entre otras cosas, la desaparición del sistema de acciones, puesto que lo relevante era el tipo de actuación procesal, sino la impugnación judicial misma, el propósito que se perseguía. Otra consecuencia es la pluralidad de acepciones que adquiere la voz “vindicación” y concordantes, la erradicación de las diferencias entre acciones personales y acciones reales, porque, como gráficamente expone Levy, ya no interesaban las acciones al estilo clásico y, menos aún, su clasificación (p. 215): lo trascendente, lo que realmente acontece desde el punto de vista de la praxis, era el olvido de la causa de la acción y el énfasis en su objeto, no el por qué se podía reclamar algo, sino el cómo reclamarlo. Es la petición del demandante y el carácter de la satisfacción que ha de dar el demandado, el quale y el quantum, los que se colocan en primer plano. Otro importante tema relacionado con la defensa se refiere a los recursos posesorios, los cuales afectados como estaban por la confusión de la posesión con otras figuras parecidas, sufren idéntico proceso de confusión y de transformación, al mismo tiempo que ven aparecer otras figuras, procesales o extraprocesales, como la pérdida del derecho en la cosa o el pago en represalia. Un índice de las numerosas fuentes manejadas (pp. 265-289) y de las materias citadas (pp. 291-298) culminan este trabajo de Levy, esencial para comprender esa época intermedia en la Historia del Derecho romano, lo que es tanto como decir la Historia de nuestros derechos nacionales que empiezan a medrar a partir del instante mismo en que Roma desaparece, pero sin que ello suponga la desaparición de su legado jurídico sobre el cual se construyen los plurales Derecho medievales. Hay que dar las gracias con sinceridad y felicitar el profesor Cremades por haber llevado a buen puerto tarea tan compleja como la traducción de la obra, así como al profesor Pérez-Prendes por haber auspiciado dicha labor. Con este trabajo todos salimos ganando al poder manejar de forma cómoda, en el sentido físico y en el sentido espiritual, una obra clásica en la literatura jurídica del siglo XX que sigue siendo de obligada consulta.

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 10 de septiembre de 2006
fmartine@der.ucm.es

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