BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica


Ordo iuris. Storia e forme dell'esperieza giuridica
Varios Autores
Giuffrè Editore, Milano, 2003, 419 págs.


Poco antes de morir, Italo Calvino preparaba un ciclo de conferencias para la universidad de Harvard, en donde reflexionaba sobre el futuro de la literatura –de toda literatura-. Iniciaba este ensayo el malogrado escritor italiano con una reflexión de peso, una suerte de declaración de sanas intenciones, de dogma en que creer y con el cual espantar los negros presagios que el destino parecía traer para el hombre contemporáneo: su fe en el futuro de la literatura le hacía saber, a pesar de todos los pesares, de todas las objeciones y de todas las innovaciones que nos traería el porvenir, que había ciertas cosas que solamente la literatura podía ofrecer y dar a sus seguidores con sus medios específicos, con sus recursos propios, con sus fuentes características. Esa nueva literatura de la época postmoderna caracterizada en su estilo por su levedad, su rapidez, su exactitud, su visibilidad, su  multiplicidad, y el complejo arte de acabar y de empezar[1], era el punto de partida para una era en la que se mantuviese o se hiciese renacer, según los casos, la confianza ciega en el ser humano. Con estos elementos, estaríamos preparados para afrontar la renovación estilística del nuevo milenio en el que ahora vivimos. Como mencionábamos al principio, los presupuestos defendidos por Calvino eran predicados de toda suerte de literatura, incluida la científica, incluida la jurídica. No es sorprendente, pues, que estos resultados materiales florentinos que ahora pasamos a comentar tengan un notorio influjo de las ideas del escritor italiano y que esos requisitos de toda obra literaria sean asimismo predicables de la producción científica del Centro di Studi per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno de la que presentamos este último resultado. 

El primer apartado del título que esta obra presenta, ordo iuris, orden del Derecho, revela a las claras el origen, procedencia y destino de la misma: orden jurídico es un clara alusión al historiador que ha venido teorizando desde hace más de treinta años sobre el carácter esencial que para el mundo de lo jurídico presenta este concepto, la idea de ordenación. Nos referimos al maestro florentino Paolo Grossi. A su sabiduría, su pedagogía atractiva y atrayente y a su ingente producción científica, se suma un acentuado componente de modestia que le llevó en su día a rechazar un homenaje al estilo antiguo (un Liber Amicorum o un Festschrift). No obstante lo cual, los discípulos formados en las aulas florentinas y en el Centro di Studi se unieron para brindarle este volumen de colaboraciones heterogéneas, iniciadas con un sencillo “A Paolo”, que sirve para honrar tanto al maestro como a sus discípulos. Un libro que en buena parte es el conglomerado final de la obra de Grossi, puesto que sus inquietudes, sus palabras, sus ideas, aparecen por doquier, como si estuviese observando, siempre dentro del respeto a la discrepancia, la obra de sus discípulos. Un libro que es culminación de su pensamiento, recogida de frutos sembrados por Grossi y germinados en cabezas ajenas. Orden del Derecho, decimos, porque aparece lo jurídico como un todo coherente de principios, reglas, valores, porque lo jurídico se convierte en el vehículo que sirve para transitar de una pluralidad de acciones, intereses y expectativas a un conglomerado unitario y cohesionado; porque el Derecho acaba desembocando, tanto en sus deseos como en sus manifestaciones concretas, en orden, en sistema, en pauta coherente, congruente y cohesionada. El Derecho responde a la doble exigencia: el fluir cotidiano de la experiencia (variable y múltiple) y la exigencia de que aquélla tenga una forma, articulada de acuerdo con reglas y con principios. El cambio versus la estabilidad. El Derecho aparece así como forma de la experiencia, mas no como una forma única, no como forma inmodificable, rígida, pétrea. Se dirá en la Introducción (p. XI) que no se trata de una camisa de fuerza impuesta desde el exterior y desde lo alto a una dinámica social que podría y querría prescindir del mismo, no se trata de un conjunto de reglas que un legislador que todo lo puede y todo lo observa, predispone en un acto despótico de voluntad. Es una dimensión interna de la interacción social, una manifestación de unidad en lo social, en lo vital. Porque para cumplir con este su cometido, el Derecho se expande con una función ordenadora en la cual cobran un papel protagonista no sólo los productos legislativos o consuetudinarios que escenifican en su rostro exterior la esencia misma de lo jurídico, sino también la interpretación y la aplicación de esas reglas; no sólo las elecciones imperativas del poder político, sino asimismo las conceptualizaciones refinadas del propio saber jurídico. Todos estos componentes sirven para la edificación, en última instancia, del orden jurídico.

Asumidos estos valores de partida, se ve el Derecho como expresión de la experiencia, como generador de nuevas e imprevisibles formas, como equilibrio entre el saber y el poder, entre la autoridad y la potestad. Es ésta la línea que va a guiar buena parte de los trabajos compilados, con algunos matices, pero siempre respondiendo a ese fructífero planteamiento que Grossi ha tratado de inculcar y de defender a lo largo de su carrera académica. Un saber jurídico que, según se nos narra en la Introducción (p. XII) es una de las fuerza ordenadoras del Derecho y de la cual se vale el mismo para dar forma a la experiencia, al mismo tiempo que se proyecta como representación de la realidad externa. La duplicidad del saber jurídico implica, por tanto, el conocer su doble naturaleza: es fuerza ordenante y es representación –selectiva- de la experiencia jurídica misma. De esta manera, vale como formalización de la misma realidad empírica a través de un juego de espejos, de dobles y triples reflejos, que van dibujando los perfiles exactos de la construcción cultural que el derecho implica en toda comunidad política y social. Las huellas del planteamiento grossiano, junto al gusto por ciertos temas típicos del taller florentino (la relación entre factualidad y derecho, el estudio de la ciencia jurídica, la iconografía jurídica), dan pie a este más que merecido homenaje al profesor florentino. La Introducción nos advierte asimismo de otra característica de la escuela de Florencia (p. XIV): el rechazo de todo dogmatismo, de toda verdad única, de todo monólogo monolítico, de ideologías globales, universales, admitidas sin la más mínima discusión, sin el menor espíritu crítico. Al contrario, se propugna la búsqueda de un diálogo, tal y como se ha venido sosteniendo a lo largo de su magisterio Paolo Grossi, el intercambio civilizado de puntos de vista, de perspectivas, el respeto máximo a la alteridad, al pensamiento del otro y a la autonomía de ese interlocutor. Tolerancia o, más bien, respeto, como puntos de arranque de una obra que no puede ser calificada en sentido estricto producto de escuela, si por “escuela” entendemos rigidez dogmática y uniformidad casi coactiva. Lo contrario está en el origen de este libro: flexibilidad y multiplicidad. Antidogmatismo y variabilidad del pensamiento, que conduce a una escuela heterogénea donde coexisten juristas preocupados por la Historia, pero también por otras disciplinas que han de ser vías o canales que nos conduzcan a una mejor comprensión del fenómeno jurídico en su integridad. 

Tras la breve introducción (pp. XI-XIV), Raffale Volante inicia la exposición con su colaboración “Fatto normativo e interpretatio iuris. La definizione del possesso nel Diritto Comune”, pp. 1-39, tema este guiado por claras reminiscencias grossianas. El hecho como presupuesto del Derecho, la realidad como laboratorio o taller de complejas experiencias que cristalizan finalmente en el resultado normativo. La fuerza de los hechos enmarca y modula el Derecho, del cual no es solamente objeto, sino productor. La propia naturaleza de las cosas ordena aquéllas. El momento medieval, opuesto al moderno, llega aquí a su máximo esplendor y adquiere su paradigma con el ejemplo de la posesión, hecho que deviene derecho, realidad que deviene categoría jurídica. Incluso en la época del Derecho Común, esta realidad no se atenúa, no cambia la capacidad normativa del hecho, sino la necesidad de comprender las manifestaciones de tal fuerza insuprimible en el seno de las categorías que ofrece la magnífica arquitectura del corpus justinianeo (p. 3). Cambio, pues, de perspectiva. El choque entre la normatividad intrínseca, derivada del mismo hecho, y la normatividad extrínseca, que arranca de la norma que describe esos hechos y se formula mediante reglas (reglas que determinan cuáles son los elementos que deben existir para producir efectos jurídicos), es evidente. La solución pasa por el equilibrio que entre la normatividad del hecho y la normatividad que deriva de la enunciación de la propia regla extractada ahora de los textos romanos antiguos y autorizados. La posesión, decíamos, es donde mejor se halla esta armonía, este orden, desde las primeras manifestaciones de la Glosa (Summa Trecensis, Placentino, Juan Bassiano) hasta la primera formulación completa que elabora Azzo de Bolonia (que fija los elementos capitales de la posesión: cosas corporales, animus possidendi, adminiculum iuris, o acto de legitimación por parte del derecho del acto material de aprehensión), se va construyendo la nítida distinción entre el momento factual y el momento jurídico de la posesión, partiendo de una visión uniforme de la misma, que poco a poco va dando paso a críticas y argumentaciones en contra de las opiniones tradicionales (Cino de Pistoya, Jacques de Révigny, Dino del Mugello), hasta concluir con la elaboración más depurada y completa debida a Bártolo de Sassoferrato, quien considerará a la posesión como un derecho porque no puede ser confundido con la simple detentación de la cosas (mero hecho), cuyo contenido consistirá en la relación material que el titular puede tener con el bien, no en la facultad de disponer del mismo, ni en la capacidad de reivindicación frente a terceros, prerrogativas todas ellas del propietario. Asimismo Bártolo diferenciará tres clases de posesiones (corporal, natural y civil), en una clara muestra del pensamiento maduro de ese estilo jurisprudencial italiano que se inaugura bajo el nombre de Comentaristas, de los cuales es su representante más egregio. 

A renglón seguido, Mario Sbriccoli, (“La benda della giustizia. Iconografía, diritto e leggi penali dal Medioevo all’Età Moderna”, pp. 41-95) cambia de tercio. Se abandona la reflexión puramente jurídica y basada en categorías jurídicas, para observar el Derecho desde otro prisma, otra perspectiva, no menos importante. El catedrático de Macerata muestra un programa iconográfico que arranca del Derecho Medieval hasta el Derecho Moderno que tiene por objeto la Justicia, su representación y la inserción paulatina de símbolos varios por parte de los artistas de la venda que adquirirá paulatinamente el significado de ausencia de pasiones (reflejado en la ceguera absoluta que debe guiar su actuación), de ausencia de conocimiento previo de las pretensiones de las partes, que se traduciría en un triunfo en la práctica de la objetividad y de la imparcialidad, atributos que se predican de esa diosa virtuosa y que se suman a la balanza y a la espada, símbolos ya tradicionales. Una venda que va a ser colocada por un loco que lleva puesto un birrete con sonajas, al estilo de los bufones medievales, sobre los ojos de la Justicia en la obra de Sebastián Brant Das Narrenschift, publicada en Basilea en 1494. Venda de origen centroeuropeo, por tanto, que pone de relieve el carácter diverso y disperso que genera esta iconografía. Sbriccoli afirma que las plurales representaciones de la Justicia son manifestaciones de las diversas coyunturas que atraviesa la Justicia penal y de su evolución, con una clara finalidad programática, no decorativa, no simplemente accesoria. La imagen comunica, da fuerza, ilustra, sobre todo, a aquellas personas que no tienen acceso directo a los libros jurídicos, bien por carecer de capacidad para leerlos, bien por no ser capaces de comprenderlos. Es pedagógica, exhortativa, intimidatoria en algunos casos. Se traza el periplo desde las representaciones más antiguas datadas en el siglo XII, comenzando por las que figuran en las Quaestiones de Iuris Subtilitatibus, donde la Justicia aparece acompañada de la Razón y de la Equidad, expresiones depuradas de las virtudes supremas a las que conduce lo justo. Justicia como virtud que va dando paso paulatinamente a la conformación de la misma como categoría política y ética, mediadora ideal (p. 58), actriz primaria, instrumento privilegiado de la emersión de una nueva forma política que, con la finalidad de asegurar el orden y ganar una cierta hegemonía, absorberá de modo progresivo dentro de la idea de Justicia las diversas maneras de resolución de los conflictos, imponiendo el derecho de la república y dando vida al Derecho penal. La segunda mitad del siglo XIII, con la consolidación de las autonomías urbanas, supone un reforzamiento de la misma administración de justicia que va perdiendo su carácter de antigua virtud, de antigua mediadora entre el cielo y la tierra. Se seculariza la idea de lo iustum.

La Justicia se identifica ya con la Justicia penal. Ejemplos claros aparecen en las esculturas de Giotto (Capilla de los Scrovegni de Padua) o en las pinturas de Lorenzetti (Palacio Comunal de Siena), ligada en este último caso al ideal del Buen Gobierno, como uno de sus efectos o consecuencias más depurados. Será Andrea Pisano, en el campanario de la catedral de Florencia, el que inserte por vez primera la espada, a mediados del siglo XIV: la Justicia no es la amigable componedora de antaño, negocial, justa y arbitral, sino que se reivindica ya el poder de castigar. Balanza y espada son consustanciales en las representaciones italianas posteriores, caso de Vannucci y de Rafael, en el tránsito del siglo XV al XVI. Sin embargo y frente a estas construcciones típicamente italianas, a finales del siglo XV, concretamente en el año 1494, aparece ese tratado de Brant en que la Justicia porta los ojos vendados por obra de un loco. Scriccoli entiende que se han dado varios pasos en este caminar respecto a la significación del acto de vendar a la Justicia: en primer lugar, simboliza la actuación de esa Justicia culta y novedosa, vinculada al Derecho Común, que es ajena a los sentimientos populares, al viejo derecho consuetudinario (lo cual garantiza el éxito de la misma, su difusión editorial traducida en múltiples reediciones, traducciones, versiones dialectales, etc.); en segundo lugar, la figura de la Justicia ciega (tal y como aparece en la portada de la Constitutio Criminalis Bambergensis, del año 1507) se reemplaza por la figura de los jueces vendados: su significado es bastante claro pues se simboliza la reforma auspiciada por la mencionada constitución, la cual basa la legislación penal nuevamente en el Derecho Común frente a las costumbres punitivas y procesales de dicha región; en tercer lugar, la Constitutio Criminalis Carolina, del año 1532, fija de modo definitivo para los territorios del Imperio una nueva legislación penal y una nueva idea de Justicia que se superpone a la tradicionalmente estilada. Como dice Sbriccoli, uno de los mejores conocedores de la legislación penal del Antiguo Régimen, aparece una Justicia que se aparta de las jurisdicciones locales, a su lógica, a su estilo de conducción, una Justicia no negociable, privada de mediación, represiva, no pedagógica, no medicinal, regida por jueces formadaos en ese Derecho nuevo, vinculados a la ley con solemne juramento con arreglo a una lógica que se aparta de los precedentes prácticos inveterados y compartidos (pp. 86-87). Una Justicia que ahora sí debe ser imparcial, al margen de la cualidad de las personas, su pertenencia social, sus méritos o reputación. La ley se debe obedecer porque es la ley y en ésta se halla la Justicia (p. 88). La venda ahora es símbolo de esa nueva actitud. Junto a la venda, se va desarrollando otro elemento simbólico: la rodilla desnuda de la Justicia es la manifestación de la clemencia. La Justicia es justa con la balanza; es potente y severa con la espada, es imparcial y terrible con la venda; es clemente y benigna con esa rodilla desnuda que, desde la época clásica, es el lugar del cuerpo humano en el cual se residencia la piedad y la benignidad, la magnanimidad y la clemencia del potente: “Il ginocchio rinvia dunque alla clemenza (al perdono, o alla stessa aequitas) e corona l’immagine della Giustizia agenda quasi da clausola (…) L’allegoria progredisce (la benda valorizza la bilancia (Perelman), dal verdetto della bilancia depende l’azione della spada, che non dimenticherà il carisma del ginocchio) ed assume una circolarità che le dà compiutezza” (p. 95). De este modo, se cierra el círculo de la representación, anudando todos los valores y las virtudes que se adjuntan a la idea de Justicia.  

El profesor Giovanni Rossi (“Dottrine giuridiche per un mondo complesso. Autonomia di ordinamenti e poteri pazionati in un consilium inedito di Tiberio Deciani per la comunita di Fiemme (1580)”, pp. 97-136) aborda en su colaboración un interesante tema que sirve de argumento para esbozar otros asuntos colaterales. La vida jurídica del valle del Fiemme, comunidad situada al norte de Italia, fundada sobre la base de una autonomía originaria con una organización simple y rudimentaria, pero eficiente, longeva y resistente, arranca del momento medieval. El dominio ejercido por el obispo de Trento y los condes del Tirol no es obstáculo para la paulatina conformación de una sólida autonomía de actuación a lo largo de su Historia. Y esa autonomía se traduce en la existencia de una reconocida capacidad normativa, lo cual da pie a Rossi para recordar la doctrina de Baldo acerca de las relaciones entre el Derecho Común y los Derechos Propios, o lo que es lo mismo, a reflexionar sobre la creación del Derecho en la época de esplendor y apogeo del sistema romano-canónico. Un conflicto surgido en el siglo XVI por parte del cardenal Ludovico Madruzzo hace estallar en todo su valor la polémica jurídica: se trata de la imposición de una tasa sobre los árboles cortados en el bosque de la comunidad y el posterior desplazamiento de los mismo por el río Avisio, lo cual implicaba la negación de la potestad de la misma comunidad para autorregularse en materias de su propia y exclusiva competencia, aprobando nuevos estatutos sin la necesidad de obtener la preventiva aprobación del superior. Lo que estaba en juego era tanto la independencia económica como la propia autonomía jurídico-política (p. 115). Se necesita un jurista, y uno de los mejores, para sostener la posición del valle del Fiemme. El elegido es Tiberio Deciano, quien en su consilium procede a desgranar los temas más relevantes de la argumentación presentada, conforme al estilo característico de los juristas del siglo XVI, epígonos del bartolismo jurídico: una argumentación que sigue el tradicional método expositivo de tipo dialéctico. Se recoge el inédito consejo del jurista. Un elemento clave en su reflexión es el que se refiere a la existencia de pactos recíprocos entre los señores y las comunidades que gobiernan, la reglamentación pacticia que permite a los habitantes del valle de Fiemme disponer de derechos adquiridos que han nacido por vía contractual y, por ende, no puede ser modificados unilateralmente por los príncipes titulares de la potestad plena. La alegación de Deciano cita a Baldo y a Paolo de Castro en el sentido de refrendar la capacidad normativa originaria de ciertas comunidades, no obstante el sustrato autoritario que inspira todo el sistema del Derecho Común Como concluye Rossi, el ejemplo de Deciano, suministrado a través de su consejo, es el del jurista que no abandona el deber de buscar las razones profundas de su argumentación, amparadas en el derecho positivo, y de imponerlas frente a las razones de la fuerza o a los condicionamientos del poder político. Este consilium pro parte se aparta del diagnóstico severo que Alciato había dado sobre los mismos (venalidad y parcialidad eran las acusaciones) para adquirir la dignidad de un pronunciamiento a favor de la verdad que justifica así la apología del jurista consultor, no como un simple ejercicio de vacía retórica (p. 136). 

El profesor Luca Mannori, uno de los mayores y mejores especialistas en la Historia del Derecho Administrativo, expone en su colaboración (“La crisi dell’ordine plurale. Nazione e costituzione in Italia tra sette e ottocento”, pp. 137-180) las distintas visiones que acerca de la idea de Nación se dieron en la Italia anterior a la unificación. Si la Nación es un complemento indispensable de la Constitución, toda vez que se ha convertido en lugar común el dogma de la “soberanía nacional”, es preciso proceder a la designación y a la fijación de los perfiles de aquellos elementos que integran este concepto político basilar y clave para entender el desarrollo posterior del fenómeno constitucional liberal, es decir, responder a la pregunta qué Nación para identificar al sujeto político protagónico. La idea de Nación, dice Mannori, que se maneja en el siglo XVIII, bajo los dictados de Francia, es triple: la “nación de estamentos” (comunidad de todos los cuerpos jerárquicamente ordenados presentes dentro de un territorio, representados conjuntamente en sus “estados” o parlamentos), la “nación fundiaria” (compuesta de propietarios contribuyentes que quieren repartirse los principales puestos políticos en compensación a la presión fiscal que padecen), y la “nación de libres lectores” (aquellos que están en condiciones de hacer uso público de la propia razón, participando en el nuevo discurso crítico que el Iluminismo ha construido en la búsqueda de un público dialogante y laico), que acabarán desembocando en la “nación de ciudadanos”. La crisis del pensamiento ilustrado (con sus epígonos, como es el caso de los hermanos Verri) y el surgimiento de una idea nacional italiana provocan el agotamiento de esos modelos y la búsqueda de nuevos debates sobre la constitución nacional que se desarrollan entre los años 1796 y 1799. Las posiciones son varias en el intento de armonizar la élite y el pueblo, el público culto y el público común: la nación en su clásica acepción sieyèsiana (Melchiore Gioia), el rechazo de la nación de ciudadanos, al estilo francés,  y su aplicación en Italia (Carlo Botta), la patria como encarnación de las libertades (Sismondi, Romagnosi), la búsqueda de un pueblo único conjuntado con arreglo a un mismo sistema de valores, etc. La llegada de Napoleón trunca este intenso debate dado que la “nación napoleónica” no puede más que verse en los términos de un universo compuesto, incapaz de expresarse inteligiblemente por medio de una voz unitaria, a pesar de ser esa la dirección marcada desde el poder (p. 173). El camino al Risorgimento va gestando poco a poco la idea de una “nación de naciones” que fructifica en la segunda mitad del siglo XIX y que aún hoy en día conserva ese marchamo. 

Mauricio Fioravanti se encarga de atisbar los cambios en la noción de Estado a través del examen de varias obras capitales del siglo XX (“Lo Stato Moderno nella dottrina della costituzione della prima metà del novecento (1900-1940)”, pp. 181-217), que arrancan de la aparición del trabajo de Jellinek en 1900 (su Allgemeine Staatslehre) y concluye en 1940 cuando Constantino Mortati publica La costituzione in senso materiale. Se hace así un repaso sobre las diferentes visiones que los autores mencionados como coordenadas temporales han dado a un Estado que pasa de ser liberal de Derecho a adquirir nuevos perfiles más avanzados, conforma a las oscilaciones que experimenta la noción de soberanía. Desfilan por las páginas de Fioravanti el propio Jellinek y las repercusiones de su obra en Italia (sobre todo, en la figura de V. E. Orlando), Santi Romano (cuyo Estado es, antes de nada, un Estado capaz de reformarse, de perfeccionarse dialogando con otros sujetos que animan la realidad fragmentada en la que se mueve el mundo del derecho, articulada y compleja, conformada por elementos rígidos y elementos móviles: Constitución elástica), Hans Kelsen, Otto Mayer o Carl Schmitt, hasta concluir en Mortati.

 Las siguientes cuatro colaboraciones abordan un tema recientemente tratado por Grossi en su Scienza Giuridca Italiana, dentro de su preocupación por esbozar el estado y la evolución del saber jurídico contemporáneo. Son reflexiones de juristas, reflexiones sobre la reciente Historia del pensamiento jurídico italiano: Irene Stolzi se ocupa de “Gli equilibri e i punti di vista: interno ed esterno nella rappresentazione della dinamica corporativa. Un’ipotesi di dialogo tra Lorenzo Mossa e Widar Cesarini Sforza”, pp. 219-258, acerca de la necesidad de un equilibrio entre el Derecho Público y el Derecho Privado en el marco de la crisis intelectual que se suscita en el período de entreguerras y que ve en el Estado corporativo de tipo fascista un remedio y un modelo a ese equilibrio propuesto que busca componer las varias articulaciones del poder para preservar el valor inicial y fundador de la individualidad simple o asociada, con las aportaciones de un privatista, Mossa, y de un filósofo del Derecho, Sforza. Por su parte, Paolo Cappellini examina la que él se resiste a llamar etapa mística  de Carnelutti, jurista que no duda en calificar de poliédrico, en  “Qualcosa oltre le leggi. Plaidoyer per (l’ultimo ?) Carnelutti”, pp. 259-283, destacando sus reflexiones sobre el Derecho Penal con una vision humanizada del mismo. Giovanni Cazzetta (“Natura delle cose e superbia del legislatore. Giuseppe Capograssi e il diritto agrario italiano di metà novecento”, pp. 285-315) hace lo propio con Capograssi y sus relevantes aportaciones a la construcción de un Derecho Agrario, en donde se dan la mano el hecho, los hechos, los hechos normativos, el mundo de los hechos, las cosas y la naturaleza de las cosas, denunciando en sus escritos la necesidad de una lente que permita contemplar las dudas del individuo contemporáneo delante de la extrema complejidad del mundo social, de la automatización de la experiencia y de la ambigüedad del Estado social. La necesidad de la unión entre la tierra, el individuo y la comunidad ha hallado en el Derecho Agrario sus cotas más significativas. Ese orden jurídico se sustenta sobre el acuerdo que es, las más de las veces, el reverso del orden (p. 297). La formación de los acuerdos, la búsqueda del orden, aparece, sin embargo, en manos del legislador, lo que deriva en una soberbia de este poder estatal. La reivindicación del estudio del trabajo de la tierra, trabajo inmediato, directo y corporal, permite a Capograssi concluir en la urgente reformulación del orden jurídico agrario sobre la base del orden fijado en los hechos y en las cosas, fuera, por tanto, de las actuaciones del legislador o de un renovado modelo de Derecho Natural. Finalmente, Bernardo Sordi (“Ordine e disordine giuridico del mercato (In margine ad alcuni scritti di Tullio Ascarelli)”, pp. 317-355) se ocupa de las relaciones entre Derecho y Economía, tema también querido por Grossi, para examinar la complejidad del mundo moderno a la luz de las relaciones entre las dos disciplinas apuntadas, con los cambio experimentados por el Estado a raíz de las uniones supranacionales que marcan el tránsito hacia nuevas formas de concebir el juego del mercado, la libre competencia y la protección de los consumidores. El paso de un Keynes a un Hayek marca ese tránsito relevante, que Sordi ilumina con referencias a la Constitución italiana y a los tratados constitutivos de la Unión Europea. Ese Estado gestor ha dado pie, por el propio agotamiento del modelo, a un Estado regulador, pasivo si se quiere, pero no indiferente. Ascarelli es quien, a nivel italiano, ha expuesto de forma brillante estas nuevas relaciones. 

Las dos últimas colaboraciones vuelven a tratar temas queridos al maestro. Stefano Mannoni (“Globalizzazione, Diritto, Stato”, pp. 357-372) expone los problemas que la globalización suscitan en el campo del Derecho. Primeramente, Mannoni reivindica el carácter de precursor de Grossi, quien desde hace tiempo viene preocupándose por temas relacionados con la aparición de un Derecho que nace antes del Estado y más allá del mismo, combinando elementos económicos, antropológicos, filosóficos e historiográficos, en una construcción que está llamada a perdurar y a dejar huella, originando un coloquio sobre el pluralismo jurídico no interrumpido (pp. 360-361). Mannoni pone de relieve la crisis que vive el Estado no en sí mismo considerado, sino su configuración centralizada, heredada del absolutismo y consolidada en el siglo XIX, por medio de la afirmación de un monopolio de poder coercitivo y de la producción normativa sobre un determinado territorio. Consecuencias derivadas de esta situación son, entre otras, la crisis del positivismo (no del Derecho positivo), la multiplicación de los centros creadores de Derecho, la aparición de la Unión Europea, la problemática suscitada en torno a la transparencia y de la democracia en la sociedad internacional, que en definitiva son los corolarios de ese “nuevo orden mundial” que se va imponiendo paulatinamente por medios poco ortodoxos. 

En el último trabajo del libro, Pietro Costa vuelve al tema de las metáforas y las representaciones: “Le api e l’alveare. Immagini dell’ordine fra antico e moderno”, pp. 373-409, examina como a lo largo de la Historia han aparecido unas referencias constantes a las abejas y las colmenas como elementos ejemplificadores de las sociedades humanas. La búsqueda de un modelo que pudiese expresar mejor que ningún otro la transformación de lo plural en lo individual da como resultado ese recurso a la naturaleza que explica de qué forma la multiplicidad aparentemente casual de los individuos se transforma en una comunidad política, dando lugar a una forma de vida indivisible (p. 375). La colmena y sus moradoras son expresión de ese orden político, que es, a la vez, orden armónico. Referencias constantes a esta identificación se prodigan en la Historia de Literatura. Aparece en Aristóteles, en Cicerón, Plutarco, Virgilio, Varrón o Plinio, entre los autores grecolatinos, y se proyecta bajo su influjo en el Medievo. Lo acoge Ambrosio de Milán, Isidoro de Sevilla, Rabano Mauro, Hugo de San Víctor, añadiendo el componente de la virtud y de la pureza. Por supuesto, los Bestiarios medievales no escapan a este influjo: Cecco d’Ascoli o Tomás de Cantimpré. Tampoco Juan de Salisbury, autor de uno de los más reputados tratados políticos del Medievo (el Policraticus), Tomás de Aquino (De Regimine Principum) o Remigio de Girolami. El pensamiento renacentista sigue conservando esta visión. La metáfora de las abejas aparece viva y vital también en los albores de la Modernidad, manteniendo un ligamen con el pasado o compareciendo como parte de un discurso incompatible con la tradición (p. 395). Giovanni Rucellai o Campanella muestran este entronque con el pasado. Sin embargo, la ruptura se producirá con Hobbes. Las abejas virtuosas o encarnación de la virtud dan paso a las abejas viciosas, a una sociedad que no pueden ser parangonable con la sociedad humana porque falta la idea de artificiosidad, de creación artificial inherente a la comunidad política. La colmena no es arquetipo de un orden político propio porque es natural y no construcción artificial. La línea de Hobbes es continuada por Mandeville, Alexis de Tocqueville y, finalmente, Maeterlink. La modernidad ha sepultado las huellas del pasado, aunque han permanecido las imágenes. Como apunta Costa, acaso la razón del éxito de esta continua referencia intelectual sean su capacidad no ya de sugerir una respuesta, sino se sustraerse a la misma, creando una ilusión de reflejar, con evidencia e inmediatez, en su espejo aquel misterioso agencement de las partes y del todo que continua a proponerse siempre de nuevo como una de nuestra irreducibles grandes preguntas (p. 409). 

La obra recoge, pues, como se ha podido colegir, colaboraciones plurales, pero que guardan una clara afinidad electiva y afectiva. Se trata de temas que, de una u otra forma, han sido abordados por el maestro ahora homenajeado. Se trata de temas que se brindan, con la mejor de las intenciones y el mejor de los resultados, a una figura capital dentro de la cultura jurídica europea contemporánea. De tal palo, tal astilla, dice el refrán castellano. De tal maestro, tales discípulos. Si a la categoría intelectual de Grossi, se le suma la de los múltiples discípulos que ha formado, el resultado no puede ser otro que este brillante compendio, esta excepcional compilación de trabajos de la escuela florentina, sumamente recomendable para todo interesado en cuestiones histórico-jurídicas alejadas de lo convencional y de lo tradicional. Hemos podido observar muchos campos de trabajo. Desde la iconografía hasta la biografía de juristas. Todo ello con un referente común: el amor al Derecho y la responsabilidad científica de su importancia insoslayable en la construcción del orden y, por tanto, de la sociedad.


 

[1] Vid. Calvino, I., Seis propuestas para el próximo milenio. Ediciones Siruela, S.A., Madrid, 1998.

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 15 de octubre de 2004

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