BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


 Estudios histórico-jurídicos. Derecho Público. Tomo I. Estudios histórico-jurídicos. Derecho Privado. Tomo II
Alfonso Otero Varela
Centro de Estudios. Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles de España / Fundación Beneficentia et Peritia Iuris, Madrid, 2005, 557 pp. y 464 pp.


    Como compostelano de formación y como historiador del Derecho, mi deuda con el profesor Otero Varela es doble. Cada persona es un universo, dentro de la cual coexisten los influjos de universos particulares de otros en contacto con el de uno mismo, pero, al mismo tiempo, cada persona es su circunstancia en expresión orteguiana, y ésta se compone de múltiples elementos determinantes. Un científico es o intenta ser de donde se ha formado. La universidad donde uno ha estudiado y se ha forjado como estudiante primero, como especialista después, deja una huella indeleble, para bien o para mal, y, con esa universidad, a través de la misma, el individuo se vincula con todos los que han contribuido ha darle su realce, su nombre, su prestigio, a modo de eslabón en la cadena eterna del tiempo. Nadie que haya estudiado en Santiago en el amplio abanico temporal durante el que ocupó la cátedra, desde mediados de los años cincuenta del pasado siglo hasta su jubilación en 1990, ha podido permanecer al margen de la enseñanzas, oficiales u oficiosas, de don Alfonso, de los rumores sobre su persona, de las conferencias y lecciones magistrales que pronunciaba en el edificio del Campus Sur, de la leyenda que envolvió al personaje, que él mismo contribuyó a crear y a fomentar, de sus manías, de sus misterios, en suma, de su figura. Ejemplo de universitario íntegro, tras un fugaz paso por La Laguna, a la Facultad de Derecho compostelana dedicó (mejor decir, consagró) los mejores años de su vida hasta su fallecimiento, siendo figura insustituible, presto siempre a ayudar a los jóvenes y no tan jóvenes investigadores con su sabiduría infinita, bien combinada con dosis de ironía y sarcasmo típicamente galaicos, que hacía de sus palabras un producto difícilmente disponible en otros pagos académicos españoles. Fue durante su mandato como decano cuando el nuevo edificio de la Facultad de Derecho se inauguró y gracias a su iniciativa muchos de los vítores (otra muestra más de su amor al pasado que trataba de inculcar a los que le rodeaban) que adornan sus pasillos fueron trasladados desde la vieja sede de la universidad cinco veces centenaria, donde convivieron durante largos años todas las carreras que la prestigiosa alma mater compostelana ofrecía en el ramo de las humanidades y de las ciencias sociales. Y fue además un investigador solitario, infatigable, poco amigo de publicaciones realizadas por el mero afán de publicar: solamente cuando el producto adquiría una elevada calidad científica era posible darlo a la imprenta, parece ser ésta la guía de su pensamiento. Así actuó, con una coherencia sublime, a lo largo de su vida. Fue figura señera de una Facultad, la compostelana, que quería seguir siendo aquélla que iluminase Galicia, conforme al lema que Gómez de Marzoa le dio al poco tiempo de fundarse, cosa que no fue del todo descabellada puesto que de sus aulas han salido personalidades para todos los gustos y para todas las ramas de la vida jurídica. Probablemente todos esos estudiantes del fenecido siglo XX recuerdan a don Alfonso. Además de reconocer esa deuda en mi condición de antiguo alumno de la distante y lluviosa Compostela, por cuanto ha sido con toda certeza uno de los mejores profesores que ha dado dicha universidad, mi vínculo moral con don Alfonso nace asimismo de su condición de historiador del Derecho, acaso uno de los más singulares y brillantes que ha habido en el siglo XX, un nombre de referencia europea, una inteligencia fina y sutil como pocas, y con todos los matices y adjetivos que se quieran poner además al sustantivo referido. Fue, sobre todo, don Alfonso hombre de intuiciones, acertadas en la mayor parte de los casos, lanzador de hipótesis susceptibles de ser verificadas, reflexivo, más amante de la lectura ajena que de la escritura propia, lacónico en el estilo, irónico en el juicio y en la crítica, a veces agresivo, siempre mordaz, heterodoxo, singular en cuanto a su carrera académica y en cuanto a su producción científica, polémico y polemista. Su obra no es abundante en lo que se refiere a la cantidad, pero es esencial y definitiva en cuanto a su calidad, a pesar de que algún ignorante le reprochó en su día lo primero, como si los kilogramos de publicaciones concediesen automáticamente el rango de infalibilidad y el premio de la gloria. Muchas de las verdades de la Historia jurídica hispánica hoy comúnmente aceptadas, muchas de las reflexiones que aceptamos como ciertas y de las que partimos para explicar algunas instituciones o algunos periodos históricos, nacen de las intuiciones o hipótesis, luego comprobadas y desarrolladas, por el sabio compostelano o por algunos de sus discípulos. En su concepción de la Historia del Derecho, del Derecho Privado, del Derecho Medieval, del Estado Moderno, por citar varios ejemplos. Por todo ello, todos estamos en deuda con él, aunque no se haya sabido reconocer en su justa medida dicha aportación ni en Santiago, ni en el resto de España.

     A esta introducción que muestra lo que el profesor Otero ha supuesto para quien estas líneas escribe, debe seguir una felicitación dirigida al Centro de Estudios del Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles de España y al Fundación Beneficentia et Peritia Iuris por haber tenido la iniciativa de compilar en dos tomos exquisitamente preparados la obra, conocida y menos conocida, del autor compostelano, y especialmente a don Celestino Pardo, discípulo de Otero en su momento, hoy registrador de la propiedad, quien ha sido el verdadero impulsor de esta labor de recolección. Quienes se muevan con cierta solvencia y rigor en el campo de la Historia del Derecho (sobre todo, en sus ramas privadas, cosa que ya no es frecuente en los tiempos que corren) conocerán desde hace tiempo muchos de sus trabajos sobre instituciones medievales familiares o sucesorias, aparecidos en diferentes números del Anuario de Historia del Derecho Español, los dedicados a la pervivencia del Derecho visigodo, sus estudios sobre la idea de la soberanía y su recepción en España, sus acertadas reflexiones acerca del Derecho foral gallego, con crítica incluida al proceso codificador, las páginas dedicadas a la Historia del Derecho criminal, o bien sus últimos y largos escritos imbuidos de un estilo polemista que no sentó nada bien a muchas autoridades cómodamente instaladas en sus sillas de académicas, más por conchabeos y camaraderías que por méritos personales o científicos. A Otero nunca le interesó esa actitud de conformismo, de saberes traslaticios, de compadreo, de vacío, y por ello la condenó y la criticó duramente. Él mismo fue un heterodoxo que no se plegó al juego de servidumbres y vasallajes que se había gestado en la universidad española tras el conflicto civil, que prefirió seguir su propia conciencia y su propio camino, que intentó ser un profesor more germanico en un territorio que no comprendía lo que ello significaba en su más profunda vertiente. Defendió su visión de una disciplina a la que consagró su existencia de modo ejemplar y la defendió con la palabra y las elevadas ideas que de su mente surgieron. En un trabajo publicado en el Anuario del año 1993, una suerte de testamento científico donde aparecen escritas de modo definitivo muchas de esas ideas y de esas intuiciones, que se puede entroncar directamente con su memoria de cátedra hoy felizmente publicada en el volumen que glosamos, cargaba contra ciertas tendencias y escuelas de carácter histórico antes que jurídico. En ese trabajo referido, venía a concluir lo que mucha gente pensaba y todavía hoy piensa: que el manual de cierto prestigioso catedrático era bastante flojo, sin sentido, repleto de opiniones ajenas y con muchos defectos propios, lo cual provocó las iras de aquel su autor, en una furibunda respuesta que demostró, entre otras cosas, que nada había entendido de los planteamientos de Otero, ni de su inteligencia, ni de su humor, ni de su retranca, todos ellos superiores y más elevados que los del replicante aludido.

     En un gesto de generosidad intelectual que lo honra, el profesor Pérez-Prendes, defensor de muchos planteamientos antitéticos a los del profesor compostelano, inaugura el Tomo I con una semblanza subjetiva y tremendamente humana de don Alfonso (Prólogo. Las percepciones jurídicas de Alfonso Otero, pp. 9-34), donde va desgranando la formación del jurista, su cursus académico, sus maestros, la circunstancia vital que lo determina. Y digo generosidad porque el autor del prólogo no fue discípulo de don Alfonso, sino más bien un compañero con el que mantuvo una cordial relación a pesar de escuelas distintas y visiones en ciertos campos sobre ciertos problemas también distintas. La semblanza está escrita desde los parámetros de una amistad gestada a mediados del siglo XX y mantenida incólume a lo largo de casi cincuenta años, sobre todo vía epistolar. Los dos profesores, Otero y Pérez-Prendes, demuestran así la grandeza de ciertas relaciones humanas colocadas por encima de partidos, facciones o luchas banderizas, como un objeto de pensamiento común y todos los instrumentos humanos a su servicio, desde la inteligencia hasta el más hondo de los respetos por el compañero, al que se reconocen aciertos, mas también se critican errores. En la formación de Otero, confluyen varias tendencias, nos dice el prologuista. Hay una influencia italiana de F. Calasso, que le lleva a concebir la Historia del Derecho como Historia de los Ordenamientos Jurídicos. Está luego la llamada “burbuja alemana” con Schmitt, Wieacker, Böckenförde o Forshoff. Llega después el influjo moderado, contra lo que suele creerse, de Álvaro D’Ors —moderado, pero decisivo—; y siempre la presencia constante de su Compostela natal desde la cual consiguió llegar a la totalidad del mundo, sin caer en el provincianismo (si bien reconociendo las decisivas aportaciones de un López Ferreiro). De estos maestros forjadores de carácter, acaso Schmitt fue el que más le marca por razones familiares de todos conocidas. Hay algunos silencios expresivos en relación algunas influencias que teníamos por importantes, aunque están justificados, como la de López-Amo, su primer maestro universitario, nominalmente hablando, quien firma su tesis doctoral, la de Merêa, su colega en Coimbra, con quien mantuvo interesantes polémicas doctrinales, o la de la misma Ánima Schmitt, su esposa y colaboradora en muchos campos, la persona a través de la cual Otero miraba la realidad, la asumía, el apoyo leal. Ninguno de los dos primeros llega a la categoría de maestro en el sentido que le da G. Steiner. Ánima fue, sin embargo, algo más: fue la lente mediante la cual contemplaba el mundo y con él se relacionaba, la fiel compañera que en todo ayudó. Hombre de carácter que no conoció de maestros al estilo tradicional y tampoco de discípulos en el más común sentido de la palabra, si bien tuvo unos (los ya mencionados) y otros (el citado Celestino Pardo, el reputado penalista Gonzalo Rodríguez Mourullo o el brillante historiador del Derecho Aquilino Iglesia Ferreirós), Otero se puede calificar como un profesor hecho a sí mismo a partir del juego de sus brillantes ideas, ajeno a luchas partidistas, sumisiones y pactos vasalláticos, tan en boga ahora como entonces. Solamente el genio, el valor, la inteligencia, parecen vivir a su alrededor, y solamente esos criterios son tomados por él en consideración para el trabajo científico, propio o ajeno. A partir de ahí, llegan las realizaciones intelectuales más relevantes que van forjando un lenguaje común oteriano (llamar al Derecho Común el Nuevo Derecho, a modo de ejemplo) y unas ideas esenciales, los trazos maestros de su pensamiento: su reivindicación del Derecho Privado como esencia de lo jurídico; su concepción totalizante de la Historia del Derecho, a la que se acaba reconduciendo toda suerte de Historia; el carácter eminentemente jurídico de la misma, con la consecuente crítica de visiones historicistas o bifrontales; su sano escepticismo ante los documentos; el trabajo casi de artesano con el que procedía a la exégesis de los textos jurídicos, con las críticas a la labor de aquellos juristas que se habían convertido en legistas sin piedad, ni corazón, en juristas-instrumentos, sin atención a su entorno, todo un esfuerzo hermenéutico en el que, sin renunciar a los documentos mismos, reivindicaba unas elevadas dosis de prudencia y de duda metódica para trabajar con ellos. Desde un punto de vista material y no meramente metodológico, sus ideas más relevantes ponen de relieve el carácter fundacional de la monarquía visigoda para la forja de un Derecho hispánico, separado del romano, no obstante lo cual concibió nuestras tradiciones jurídicas como el resultado de la evolución del Derecho romano en el peculiar ambiente hispánico; la ausencia de Estado en España; la inexactitud de la idea de Reconquista (al no existir, en su interpretación, conquista musulmana anterior); la ausencia de Racionalismo previo en el pensamiento español y, en consecuencia, ausencia de Historicismo en el siglo XIX, como reacción frente a la racionalidad ilustrada; su visión del Derecho medieval como una época de Derecho Común Visigodo, al cual se suman los Derechos especiales constituidos por los fueros y cartas de población; su peculiar visión de la obra de Alfonso X el Sabio y el papel posterior que toca desempeñar a las Leyes de Toro, como normas de colisión que ponen fin a las discrepancias de soluciones entre el Derecho romano y el Derecho tradicional de los fueros, entre otras muchas ideas que se hallan una y otra vez en sus textos, como un frecuente martilleo, reiterados en su breve obra, siempre con coherencia, con fidelidad. Estos elementos son un recurso constante y permiten servir a la genial interpretación que, sobre y a partir de los mismos, pergeña Otero de la Historia del Derecho español.

     No necesitamos aquí glosar cada uno de los trabajos, pues son de sobra conocidos por todos los que nos dedicamos a la Historia del Derecho. Procedamos, pues, a una sencilla enumeración. Dentro del Tomo I, es relevante en esta compilación la aparición de su inédita memoria para oposiciones a cátedras, publicada bajo la rúbrica “Concepto, método y fuentes”, conforme a lo que eran los usos académicos imperantes (pp. 35 ss.), donde aparece el Otero más puro, sencillo, vital, descarnadamente combativo, que ofrece en primera persona su visión de la Historia del Derecho y comienza a apuntar las ideas que después se vincularán a su apellido, a esa suerte de “oterismo” histórico-jurídico con la que se puede calificar su aportación señera a la ciencia iushistórica. El empleo de los pensadores alemanes encuadrados en la corriente “raciovitalista” otorga al trabajo un marcado sesgo orteguiano, digno de alabanza por la novedad que en su momento comportaba la aplicación de ideas filosóficas al campo jurídico. Por lo demás, el esquema que plantea era el típico de esos ejercicios académicos (conceptos, objetos, divisiones internas, delimitación nacional, tradiciones que ha contribuido a la formación del Derecho español, métodos de investigación y de enseñanza, fuentes y su empleo crítico), junto a lo que era la bibliografía estilada en dichos trabajos de cátedra, aunque sorprende el abundante material bibliográfico de procedencia alemana que es empleado por nuestro autor, clara influencia de sus maestros teutones. Más adelante, tras este primer fresco que marca los caminos esenciales por los que discurrirán sus reflexiones, el volumen primero se completa con sus trabajos sobre cuestiones de Derecho Público: los artículos sobre el riepto, que constituyó el tema central de su tesis doctoral (“El riepto en el Derecho castellano-leonés”, pp. 173 ss.; completado con otras dos colaboraciones menores: “El riepto en los fueros municipales”, pp. 273 ss.; y el “Coloquio sobre riepto a concejo”, pp. 377 ss.); sus acertadas reflexiones sobre la recepción de la idea de soberanía medieval en España, entroncando con la monarquía visigoda la singular posición que viven los reinos hispánicos en el Medievo en situación de exención respecto a los restos del Imperio romano-bizantino, con lo que la potestad plena y sus corolarios, recogidos en muchas obra teóricas y jurídicas (vg. Alfonso X y Partidas), se muestran como resultados de esa influencia directa de la canonística más que de un sentimiento de independencia tangible, puesto que como tal, dicha indepencia presentaba un ya largo recorrido medieval (“Sobre la idea de soberanía y su recepción en España”, pp. 261 ss.; y “Sobre la plenitudo potestatis y los reinos hispánicos”, pp. 323 ss.); la aguda visión sobre los perfiles del Derecho medieval, configurado, según sus propias palabras, como una época de Derecho Común Visigodo a la que sucede, a partir del siglo XIII, una segunda época de Derecho Común romano-canónico, con la persistencia en esos primeros momentos medievales del antiguo cuerpo legal gótico (“El Códice López Ferreiro del Liber Iudiciorum”, pp. 299 ss.); sus reflexiones sobre la denominación y delimitación de la disciplina, con reivindicación del pasado visigodo en una interpretación sugestiva, llena de matices, tremendamente válida, a modo de complemento a la polémica entre Castro y Sánchez-Albornoz (“La delimitación nacional de la Historia del Derecho”, pp. 349 ss.); un pequeño ensayo sobre el papel determinante del Camino de Santiago en la construcción de una realidad política nacional (“El Camino de Santiago en el quehacer de España”, pp. 385 ss.); su momumental testamento intelectual, el crítico y polémico trabajo sobre “Las Partidas y el Ordenamiento de Alcalá en el cambio del ordenamiento medieval” (pp. 397 ss.), de imprescindible lectura, a mi modesto entender, que fija su visión personal sobre la obra legislativa alfonsina, el significado real del Ordenamiento de Alcalá de Henares de 1348 y los problemas posteriores derivados de esa inundación que comporta el Derecho Común y sus estilos, para concluir el primer tomo con una última publicación dedicada a otro de sus temas favoritos, la Historia del Derecho criminal (“Historia del Derecho Criminal en Compostela”, pp. 503 ss.), donde ajusta cuentas con rivales, copistas, émulos y discípulos, al examinar algunas figuras delictuales con la agudeza de siempre y el ejemplar dominio y manejo de las fuentes normativas del Medievo hispánico.

     En el Tomo II, hallamos los trabajos sobre Derecho Privado, en todos los cuales Otero dio una lección de cómo estudiar los textos medievales, de cómo manejar los fueros y demás documentos, de cómo intepretar con una sutileza, estilo y dominio de la materia el complejo lenguaje del Derecho medieval. Con la exactitud y precisión de un cirujano, Otero nos sumerge en ese mundo jurídico donde su bisturí, con sabia mano, va procediendo a la disección de cada una de las palabras, frases y preceptos, construyendo conceptos, elaborando un sistema, trazando evoluciones, razonando hipótesis y soluciones, que acaban desembocando usualmente en la obra legislativa de Alfonso X (aunque sin renunciar a textos jurídicos posteriores), todo lo cual permite nuestro acercamiento a las instituciones de Derecho familiar, desde la perspectiva de las relaciones entre los sujetos intervinientes en las mismas (padres e hijos), como sucede en “La adopción en la Historia del Derecho español”, pp. 9 ss.; “La patria potestad en el Derecho histórico español”, pp. 121 ss.; “Sobre la realidad histórica de la adopción”, pp. 177 ss.; “Liber Iudiciorum 4, 5, 5 (En torno a las limitaciones de la patria potestas)”, pp. 447 ss.; al estudio de instituciones con un juego económico garantista destacable, como sucede con las “Las arras en el Derecho español medieval”, pp. 93 ss., en respuesta a Paulo Merêa; al examen de las  instituciones vinculadas a las relaciones económicas surgidas en el seno del matrimonio, como en “Liber Iudiciorum 3, 1, 5”, pp. 189 ss., en sede de dote y de donación propter nuptias; a sus fundamentales trabajos sobre Derecho sucesorio, donde alcanza probablemente mayor altura intelectual su labor, trabajos que siguen siendo hoy de obligada consulta y de cita ineludible (“Mandas entre cónyuges, pp. 161 ss.; “Aventajas o mejoría”, pp. 205 ss.; “La mejora del nieto”, pp. 271 ss.; o el que posiblemente es su mejor trabajo en este campo: “La mejora”, pp. 271 ss.), para concluir con su crítica e irónica visión acerca de la Historia del Derecho en Galicia, a propósito de la Compilación de 1963 (“Sobre la Compilación de Derecho Foral Gallego”, pp. 427 ss.) y de la Ley de Derecho Civil de Galicia de 1995 (con el iheringiano título: “Jurisprundencia bromeando en serio”, pp. 435 ss.), visiones realistas, ajenas a cualquier nacionalismo fanático y cegado (también cegador), donde demuestra las incoherencias, abusos y despropósitos que han caracterizado al legislador (galaico, en el segundo caso) en su intento de acercar la vida jurídica a la realidad social, ignorando tanto lo primero como lo segundo, con una crítica, en su línea de historiador jurídico en la mejor tradición germánica a la labor codificadora. Cada artículo es un pequeña joya en la que el lacónico y directo estilo de Otero sorprende al lector no habituado a esa sinceridad y a ese dominio absoluto del tema acotado. Es concluyente, decisivo, definitivo, quiere imponerse y no simplemente exponer. Su deseo es el convencimiento absoluto del lector investigador, para lo cual emplea sus recursos científicos y su sabiduría humana, con todos los resortes que le permiten captar la atención del que se acerca a su obra. Maestría formal y maestría material se combinan de modo armónico.

     Una obra breve, como se ha visto, pero no por ello menos trascendente que la de grandes figuras de nuestra reciente historiografía. Trascedente por todo lo que con ella construyó, demostró o simplemente insinuó. Determinante, rica, sugestiva. Otero fue esas tres cosas: un constructor, un científico y un aventurado hipotetizador que ha dejado para los futuros investigadores una sólida obra y un conjunto de intuiciones que en el futuro probablemente habrá que tratar de convertir en verdades. Creo que, con toda sinceridad y con toda justicia, el mundo académico hispano, tan cainita, envidioso y endiosado, por otro lado, se lo debe. Y esta compilación de sus trabajos es una forma meritoria de pagar esa deuda de conocimiento que se tiene con esta figura singular, pero, al mismo tiempo imprescindible, dentro de nuestro mundo académico que fue don Alfonso Otero Varela.

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 10 de septiembre de 2006
fmartine@der.ucm.es

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