BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica


Proa a la mar. Una consideración sobre el futuro de la Historia del Derecho
José Manuel
Pérez-Prendes Muñoz-Arraco
Servicio de Publicaciones. Facultad de Derecho. Universidad Complutense, Madrid, 2004, 47 pp.


 La insensibilidad y estulticia que caracterizan nuestra legislación universitaria (ahora y siempre) han provocado un éxodo de genios acaso más sangrante y más empobrecedor que la conocida fuga al extranjero que siempre se ha criticado dentro de la ¿política? científica española. Esta última modalidad, encarnada de modo singular en Severo Ochoa, por poner un ejemplo claro y conocido, sin embargo, no es comparable con las terribles cesuras y rupturas que acaecen cuando se cumple, inexorable, la edad de la jubilación administrativa. La insensibilidad y estulticia que singularizan la política educativa universitaria, decíamos, de cualquier signo y de cualquier color que sean –aquí todos son culpables-, nos han forzado a contemplar como gente en la plenitud de su capacidad intelectual debe, si no abandonar, al menos, sí ralentizar el desarrollo de las actividades a las que había consagrado su existencia, al perder el abrigo y la protección que la misma universidad le brindaba. Nadie se ha dado cuenta de esto o no han querido darse cuenta de esto, y la jubilación ha venido equivaliendo a una suerte de muerte civil en lo académico, un ostracismo forzoso del que muy pocos han podido salir o escapar. Si tenemos en cuenta que la distorsión de nuestro sistema universitario ha provocado además que el catedrático jubilado sea visto ya como un ser inofensivo, impotente y doliente (un sabio, pero sin poder, sin potestad, cuando la universidad debería guiarse por el principio opuesto, la autoridad, empleando la terminología clásica romana), es lógico comprender el vacío que muchas veces se abre ante los ojos de estas egregias figuras de nuestra vida académica, la soledad más absoluta, el silencio más sepulcral. Por eso mismo, afirmábamos arriba que muchas veces la jubilación provoca una auténtica fuga de cerebros dado que la vida ya no será, a partir de la fatídica fecha oficial, igual a la de antes. En consecuencia, queda la resignación o la resistencia. Y como en la vida se trata de resistir y en este país, de acuerdo con el lema heráldico de un famoso escritor gallego, el que resiste gana, parece plausible considerar la segunda de estas posibilidades como la más atractiva. Y esa resistencia es la bandera que ha enarbolado a lo largo de su vida académica el profesor Pérez-Prendes, continuador de una línea de investigación minoritaria (es sabida su defensa a ultranza del germanismo de nuestro Derecho altomedieval), que ha defendido a capa y espada, con nuevos bríos, argumentos e intuiciones, apartándose del sentir general, guiado no por el deseo de excentricidad, sino por el apego a la verdad histórica que él entiende ver encarnada en esa huella poderosa del germanismo. Resistencia que significa no claudicar, no renunciar a lo que se piensa y sostener hasta sus últimas consecuencias los argumentos que se creen veraces, ciertos.

 No es preciso presentar la vida y los logros académicos del profesor Pérez-Prendes. Cualquiera que medianamente (y no son tantos como se cree) conozca las vicisitudes por las que ha pasado la Historia del Derecho en España en los últimos cincuenta años, sabe que nos hallamos ante un heterodoxo constructor de estructuras y sistemas (a él se debe la introducción del estructuralismo en nuestra disciplina), un magnífico escritor, un brillante orador y, por ende, comunicador, un sabio generoso, un maestro a la antigua usanza, un pensador revolucionario dentro de un orden, un paradigma de resistencia en todos los tiempos que le ha tocado vivir[1]. Discípulo de Torres López, ha conseguido siguiendo las huellas del maestro, erigir una escuela de calidad superior incluso a la del punto de partida (Somos enanos a hombros de gigantes, como afirmaba Fulberto de Chartres). Ha cambiado la forma de elaboración de manuales, mostrando una peculiar capacidad para analizar partes de la disciplina que hoy se creían perdidas (me refiero a la Historia del Derecho Privado, Criminal y Procesal, pilares indiscutibles de nuestra asignatura, aunque algunos jóvenes pretendientes a las escasas plazas nacientes y –lo que es más grave- algunos de los integrantes de las comisiones que juzgan esas plazas, consideren que no es así, que es perfectamente factible prescindir de esos elementos basilares, lo cual solamente puede obedecer a la más terrible y profunda de las ignorancias –cosa que es perfectamente posible, a la vista del éxito del sistema de selección del profesorado que ha permitido alcanzar las más altas cimas a insignes e impresentables mediocridades- o bien a la mala fe –cosa que nos lleva ya a sumergirnos en las procelosas aguas del Código Penal y de una conducta allí recogida que se llama prevaricación-). Los esquemas que Pérez-Prendes ha trazado para ilustrar sus sucesivos manuales, tanto en la exposición de las fuentes como en la de las instituciones, constituyen un rasgo distintivo de su labor docente y de su preocupación por una renovación pedagógica que él se ha esforzado en realizar. Al margen de sus manuales, la producción del autor que glosamos es ingente y abarca prácticamente todos los períodos históricos[2], cosa ya bastante rara en estos pagos, donde la gente ha renunciado, impulsada no se sabe bien por qué motivos, a analizar épocas que en su día fueron las preferidas o sobre las que se construyó la Historia del Derecho. Para algunos parece que no hubo ayer y que la Historia comienza en el Cádiz de las Cortes (hecho fundacional de la Modernidad: antes de mí la nada y después de mí el diluvio), o bien lo único relevante es el Derecho de la América colonial, filón nuevo descubierto que permite, además de reproducir prácticamente colaboraciones iguales en sedes distintas sin ningún tipo de rubor, hacer turismo académico que es probablemente el mejor de los turismo posibles.

 Llegada la hora de la jubilación (que en su caso, espero, no signifique el apartamiento de la universidad, pues todos saldríamos perdiendo), el profesor Pérez-Prendes brindó a sus alumnos y compañeros de departamento y de facultad una última lección (última en su condición de funcionario activo), a finales de mayo de 2004, con el título Proa a la mar. Una consideración sobre el futuro de la Historia del Derecho, para trazar, fiel a su estilo y a sus preocupaciones, un diagnóstico certero y un remedio eficaz para los caminos que nuestra disciplina debe recorrer en ese futuro arduo y difícil que se abre ante nosotros en pleno siglo XXI. Siglo que, como dijo el filósofo, será espiritual o no será. Esa reivindicación de las “ciencias del espíritu” (expresión alemana tan querida a nuestro autor) debe contar con el respaldo de ese conocimiento histórico y jurídico de una dimensión esencial del ser humano. La obra que glosamos es una reivindicación de la España atlántica frente a la España mediterránea: frente a la España que se volcó hacia la Europa central y mediterránea, se pretende poner en primer plano una España que supo valorar, captar y ponderar el influjo que trasladó al continente americano, que efectuó la transposición de su espíritu, de su civilización, de su Derecho, a unas nuevas tierras, a las que también se incorporaron los lastres, obstáculos e impedimentos que golpeaban a la España de la Modernidad. Una España que colocó a América y a Europa en una situación, primero, de mutuo reconocimiento y respeto, y luego de igualdad e intercambio de personas, bienes e ideas, constituyendo un todo uniforme en lo político, pero con estructura de mosaico en lo cultural. Una España que, sobre todo, construyó, edificó, realizó, aunque con los desvíos de todos conocidos en ese proceso de culturización.

 La obra arranca con una declaración de intenciones. Toda la vida académica, nos dice Pérez-Prendes, ha buscado, seguido e intentado conseguir a la Historia del Derecho, si bien reconoce no haberlo conseguido. Manifestación de modestia intelectual que viene totalmente invalidada por las apenas 47 páginas de este ensayo que ponen de relieve, a ojos de una persona ajena a su círculo académico más próximo, que sí lo ha conseguido, que sí ha logrado buscar y hallar, que ha adquirido un dominio que ejercita y ha ejercitado sobre la materia de la que se ocupa, y que ha conseguido transmitir a sus discípulos. Modestia, en primer lugar. Coherencia, en un segundo apartado, no menos importante que el primero: “Lo pensado, dicho, hecho, querido o detestado, queda ya para siempre como asumido. No me interesan las nostalgias, sino las ilusiones” (p. 7). No hay arrepentimiento, sino asunción de lo propio, con todas las limitaciones e imperfecciones (también éxitos e ideas geniales).

¿Cuáles son las armas? Como en las lides judiciales que pueblan los fueros y las crónicas medievales, el autor señala las cuatro coordenadas sobre las que se edifica su propuesta. El futuro como sede; la Historia como ámbito; el Derecho como esencia; la polémica como talante (p. 8). El futuro es el destino del historiador, aunque suene un poco paradójico, puesto que la vida, para ser considerada como tal, necesita contemplar lo que hay ante nosotros, “atalayarlo o imaginarlo”. Rechaza la visión pesimista de un Manrique, para quien todo tiempo pasado fue mejor. No es así. Lo pretérito siempre es peor. El futuro, que nace de nuestro interior, de nuestros propios caminos, es el horizonte hacia el que nos movemos apoyándonos en el pasado. Ecos de Ortega y, sobre todo, de Zubiri inundan este planteamiento. La Historia es el ámbito y ese ámbito es la libertad. Somos Historia y estamos en la Historia. Por esa razón, afirma categórico, el Derecho vivido en cada época nunca constituye una obra definitiva, cerrada, concluida, ya que “siempre se nos otorga cierta capacidad de liberación al imponernos la inevitable tarea de transformarlo” (p. 10), de cambiar de buscar las soluciones jurídicas que estimemos más pertinentes o adecuadas. El Derecho es la esencia de este juego intelectual propuesto. Nueva afirmación drástica: “El Derecho es la esencia de lo que somos sus historiadores” (p. 11). La emancipación de la Historia del Derecho respecto de la Historia General y sus categorías, o respecto a las investigaciones filosóficas, no sólo purificó el obrar de los historiadores, sino que los liberó de ciertas dictaduras conceptuales de efectos nefastos, que siguen, bajo la forma de “paradigmas” existiendo en ciertas mentes entregadas de modo desaforado a la justicia y a la armonía de todos los pueblos de la tierra: “Pienso en lo imprescindible, para nosotros los juristas, de entender primero y hacer saber después, que la vertebración jurídica de la Historia es una medida del tiempo nacida de la realidad social, como entiendo sostenía el admirable Cicerón (...) Por contraste, los soportes de las Edades históricas y de las escuelas filosóficas, se engendraron en la imaginación de los hermeneutas” (p. 13). Aquí Pérez-Prendes retoma su discurso acerca de los sistemas y de las estructuras que le han servido para explicar y periodificar nuestra Historia jurídica. Finalmente, la actitud ante todo el caudal de lo que se publica, se expone: la polémica, la ausencia de benevolencia científica, el servicio a otras verdades más allá de la verdad oficial de una escuela, de un jefe, de un señor feudal como los que campan por nuestra vida universitaria. Polémica que ha sido abandonada en la actualidad merced al sistema de selección de profesorado que ha provocado el más aborrecible servilismo, borreguismo y ausencia de crítica, y, lo que es más grave, el daño que se ha hecho al sistema educativo y a la propia comunidad científica, dado que el mediocre solamente engendra mediocridad y, como en las leyes de la genética de Mendel, no hay excepciones, ni saltos, ni genes recesivos, más bien dominantes. La polémica desemboca en la máxima de Foucault (“Sed crueles”), que nos coloca ante un dualismo: o la crueldad benéfica o la polémica entre opiniones bienintencionadas. Por descontado que el deseo y estímulo de Pérez-Prendes camina en esta segunda dirección.

 Sentadas esas premisas, llega el núcleo central de la argumentación. La forma histórico-jurídica de nuestro horizonte más inmediato debe discurrir por la recuperación de un ideario: la España atlántica, dividida en tres grandes períodos o tiempos esenciales: hasta 1492, hasta 1898 y de esta última fecha hacia el futuro. Sepultada tradicionalmente por el perfil mediterráneo de nuestra Historia, verdad sujeta a revisión, el perfil esencial que presenta nuestra conciencia histórica tiene una indudable proyección atlántica. El conocimiento histórico-jurídico anterior a 1492 representa un modelo de solidez, “una casa construida y amueblada” (p. 19), fuertemente asentada, si bien es necesario proceder a matizar ciertas cuestiones que afectan o aluden a aspectos puntuales: “De su amueblamiento ideológico e institucional, hay que atender a sustituir, reparar y bruñir algunas de las piezas de plata que la adornan” (p. 19). El ejemplo que expone es el de ciertas falsificaciones históricas, ciertos mitos y ciertas fábulas, que han de ser expulsadas con el empleo de lo que Hayden White denominó “emplotment”, el implantamiento hecho para argumentar desde dentro y, por tanto, con intención de esclarecer hacia fuera (p. 21). Uno de estos ejemplos es el del germanismo (matizado, no radical, apoyando la tesis de Wenskus y su “etnoconfiguración”, la absorción de unos pueblos por otros con incorporación de muchos de sus elementos espirituales y humanos a la nueva realidad sociopolítica). Así proclama que no se puede negar un germanismo común y general, pero al mismo tiempo las condiciones comunes de vida de provinciales romano y bárbaros pudo provocar soluciones jurídicas muy próximas, “sin necesidad de demasiada conciencia cultural acerca de los orígenes de cada norma, preocupación más propia de nuestro tiempo” (p. 22). Otro caso peculiar es el de la supuesta tolerancia que se vivía en el Medievo hispánico. La mentira y la manipulación respecto a la idílica coexistencia de credos (magnificada en su día por Américo Castro) tenían por objeto que nadie se enterase de que “el islamismo español fue históricamente heterodoxo durante el poco tiempo en que se civilizó y radicalmente salvaje cuando, con mucha más influencia y duración, lo gobernaron los más fieles observantes del Corán” (p. 23), diferenciando entre “islamización” (transformación religiosa basada en la conveniencia astuta o cómoda) y “arabización” (esencialmente lingüística y fruto de la anterior). Tampoco los judíos se beneficiaron de esa coexistencia armónica y fueron objeto de venganzas que, en realidad, escondían muchas veces la impotencia de los cristianos viejos ante las mejores y mayores aptitudes de aquellos para ciertos trabajos, labores o tareas. “Tristes alboreos de un racismo inequívoco, por mucho que lo nieguen los españoles contradictores de Netanyahu” (p. 28), estudiosos de una Inquisición a la que quieren poner ellos mismos un rostro humano y que acaban por convertirse en inquisidores modernos, todo lo cual supuso articular toda una gama novedosa de principios que vertebraban la capacidad y el mérito con argumentos como la naturaleza o la vieja fe. Finalmente, el ejemplo trágico del País Vasco donde se ha instalado de una forma casi oficial el reino de la manipulación (histórica, étnica, genética, si se quiere). La Historia del Derecho ha servido en muchas ocasiones para denunciar y corregir todos estos excesos o desviaciones partidistas e interesadas en la mayor parte de los casos.

 La siguiente etapa comprende los siglos que van desde 1492 a 1898, la época de la América hispánica, desde el desembarco del almirante Colón hasta el regreso del almirante Cervera. Aquí es cuando se forja esa existencia de una España atlántica “como máxima significación de nuestro papel, en cuanto país, en la vida universal del Derecho” (p. 32). La Historia general en sus dos direcciones (la de Maeztu y la de Romano, la que propone una visión histórica como reconquista espiritual o la que plantea la existencia de un Imperio ligado a sus colonias) es rechazada de plano, así como la Historia jurídica que ve una cabeza pensante en la Península Ibérica y unos tentáculos, de ella dependientes, en América y Filipinas. Por extensión, ciertas visiones actuales han contribuido a deformar la óptica de una sana Historia del Derecho por centrarse en exclusiva en el Derecho Moderno o por construir un Derecho Común de raigambre predominantemente romano-justinianea, “cuando es mucho más una directriz canónica expresada en lenguaje jurídico romano” (p. 33), que incluso se impuso totalmente a los Derecho propios.

 El autor no propone una Historia del Derecho de la civilización atlántica, dado que la civilización es única. Varias son las culturas que no deben prevalecer si combaten aquélla. Se afirma una reorganización necesaria de los contenidos y un cambio de mentalidad en su construcción: “Hacer explícita para el conocimiento científico la realidad histórico-jurídica latente en la España atlántica, para lograr ese conocimiento, la metodología desenvuelta por los juristas historiadores alemanes desde 1945, Medir nuestros resultados mediante una clara percepción de adonde nos llevan las investigaciones más recientes de Historia económica en aquel espacio” (pp. 34-35). El Atlántico es la dimensión todavía ignota de los logros que realizan los reinos hispánicos en la época moderna, donde “alcanzó y aún sostiene la plena realización de su ser histórico” (p. 34), se impregnó y se diluyó facilitando el camino hacia nuevos frentes culturales (no solamente lingüísticos), con lo que se construyó una “Ciudad del Derecho”, transoceánica, un espacio mestizo, desde el punto de vista biológico y espiritual, una suerte de Commonwealth, que tuvo la participación de fuerzas particulares, estatales y religiosas, con sus éxitos y fracasos, impulsos y retrocesos, sin que se tratase de una mera proyección peninsular al espacio americano de figuras institucionales. La creación de una mecánica jurídica en este dinamismo constructivo implicó una dualidad España-América en la que jugaron un papel crucial las Islas Canarias y Portugal (este reino operó como estímulo, acelerador o freno, en esta construcción).

 Esa “Ciudad del Derecho” se construye sobre tres pilares: el Derecho Común romano-canónico, el Iusnaturalismo Racionalista y la Ilustración. Surge así un inmenso tronco, fruto de mil semillas, que origina un “gigantesco embalse que algunos llamaron entonces Oceanum iuris” (p. 37). Los maestros alemanes (Wieacker, Thieme, Coing) pusieron de relieve la corporeidad homogénea de ese eje. ¿Cómo acceder a esa “Ciudad del Derecho? La presencia española en América fue articulada esencialmente a través de convicciones jurídicas (más que por actuaciones oficiales, que sí se dieron), y esas convicciones jurídicas han de ser estudiadas como elaboraciones intelectuales libres, posicionadas ante prácticas políticas e intereses sociales (en la línea que afirmaba Wieacker), como construcciones que muestran las soluciones a los problemas de ordenación de su propia época (ahora quien habla es Coing). La fuerza mental de los jurídico, el poder del Derecho realizó una tarea titánica de mestizaje social, jurídico y cultural, surgiendo preocupaciones novedosas y revolucionarias (derechos de la persona, justos títulos de dominación, etc.), con una intensidad y un pasión hasta ese instante desconocidos. Finalmente, un último pilar constituido por la tradición italiana del Derecho Común, extendida en todas las universidades europeas y americanas. Fue la España mediterránea la que unió o conectó las tres obras jurídicas más importantes de la época: la “Ciudad del Derecho” atlántica, la cultura jurídica centroeuropea y la aportación de los juristas italianos. Pero esa dimensión mediterránea fue simplemente una “pieza de apoyo para la construcción del totum de la personalidad de la España atlántica, apoyando la conexión entre ésta y Europa” (p. 42). En esa España atlántica, el Derecho jugó un papel capital que hay que reivindicar, no como mero tejido secundario, de adorno o auxilio. Derecho fueron las pretensiones imperiales de Alfonso X; los derechos sucesorios que originan un conflicto a finales de su reinado; la disputa de Juan II; la voluntad de los Reyes Católicos; el viaje de Colón y sus consecuencias más inmediatas.

 La etapa atlántica se cierra en 1898 cuando emerge el nuevo dominador, el mundo anglófono, culminación de un proceso emancipador complejo, lleno de matices, en donde a los defensores del ideario independentista (Bolívar), se opusieron defensores a ultranza de la permanencia en esa “Ciudad del Derecho”. El dominio americano, iniciado con la doctrina Monroe, va erigiendo un nuevo colonialismo que puede perfectamente servir de explicación de las desigualdades que vive hoy en día América, desigualdades que no son exclusiva consecuencia o responsabilidad de la herencia hispánica. Para ello, el estudio de esa comunidad jurídica creada y perfeccionada a lo largo de tres siglos, son imprescindibles otros elementos complementarios del saber jurídico, sobre todo la Economía y la Filología. Ese complemento puede ayudar en el futuro a mejorar la visión del pasado, eliminado prejuicios estúpidos, ampliando los puntos de vista de la realidad para la comprensión de los hechos jurídicos, mejorando el conocimiento global y completo de un período tan atractivo como complejo: esa “Ciudad del Derecho”, como la denomina Pérez-Prendes, que fue la América hispánica. Él ha sembrado las motivaciones, ha puesto sobre la mesa los elementos que deben ser estudiados y los soportes de nuestras reflexiones. Es nuestra tarea, tema de nuestro tiempo, desarrollar esos presupuestos y completar las originales intuiciones del maestro hoy jubilado, pero de ninguna manera apartado de la vida intelectual. Sería un derroche prescindir de una mente lúcida, brillante y genial, cosa que la precaria vida universitaria solamente podría efectuar si se aprestase al suicidio mental (el económico parecer ser que ya se ha conseguido). Por eso, solo nos resta brindar nuestro sincero y profundo agradecimiento al profesor Pérez-Prendes por habernos hecho partícipes de sus más recientes reflexiones (vivas, claras, lúcidas) y esperamos poder guiarnos por las mismas en nuestros futuros quehaceres.


 

[1] Sobre el particular, vid. el reciente trabajo de Sánchez-Arcilla, J., “José Manuel Pérez-Prendes y su aportación conceptual y metodológica la Historia del Derecho español”, en 1ª Jornadas de História do Direito Hispánico. Actas 12, 13, 14 de Janeiro de 2004. Academia Portuguesa da História, Lisboa, 2004, pp. 39-78.

[2] Un selección de esos trabajos ha sido realizada por Magdalena Rodríguez Gil, bajo el título Pareceres, y publicado en Interpretatio. Revista de Historia del Derecho, en sus números correspondientes a los años 1999 y 2004.

 

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 8 de noviembre de 2004

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