BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


 Los judíos de Europa. Un legado de 2.000 años
Elena Romero y Uriel Macías
Alianza Editorial, S.A. Madrid, 2005, 404 pp.


En el devenir histórico de Europa se han ido estableciendo relaciones entre numerosos pueblos, que han tenido un intercambio cultural no exento de movimientos migratorios, invasiones y guerras. La cultura occidental descansa, según Zubiri, sobre tres pilares: la metafísica o filosofía griega, el derecho romano y la religión judeo-cristiana. Por eso la historia de Europa no debe olvidar esos legados históricos que definen la esencia del hombre occidental. 

En este sentido, el libro "Los judíos de Europa" de Elena Romero y Uriel Macías no sólo contribuye a exponer un legado de 2.000 años del discurrir histórico y creativo del pueblo judío en Europa desde sus primeros asentamientos hasta el Holocausto nazi, sino que también manifiesta la importancia histórica que el pueblo judío ha tenido en la conformación de la esencia cultural de Occidente. 

El libro queda estructurado en cuatro capítulos. En el primero, denominado "Historia", los autores llevan a cabo un breve repaso del devenir histórico del pueblo judío disperso en las naciones europeas. En el segundo, denominado "Vida judía", se ocupan de la descripción de las normas y ritos que rigen la vida judía, cuyo conocimiento resulta imprescindible para comprender la idiosincrasia de este pueblo y conocer los principios que mueven su vida y su creatividad artística y literaria. El tercer capítulo, denominado "Arte", está dedicado a las artes, que en el mundo judío tradicional resulta de la adaptación de formas artísticas del ambiente a las necesidades e intereses del grupo. En el cuarto capítulo, denominado "Lenguas y literatura", los autores resaltan el importante legado del judaismo europeo a la humanidad, mediante la creación literaria, expresada en lenguas judías europeas o en hebreo, así como en otras lenguas. El libro se completa con una relación de ilustraciones, un glosario de términos técnicos judíos procedentes del hebreo o del arameo y una bibliografía recomendada. 

El Capítulo 1°(pp. 13-145) está dividido en subcapítulos (la Antigüedad clásica y la Alta Edad Media, de la Europa medieval al Renacimiento, del Renacimiento a la Emancipación judía, de la Emancipación a nuestros días (el sionismo) y el Holocausto). 

La dispersión judía por Europa, desde la Península Ibérica hasta la Rusia meridional, se produjo en un dilatado período de tiempo en que el reino de Judea vivió bajo la influencia política y cultural del mundo helenístico y romano. Los autores aluden a la situación de partida de Judea, en tiempos de Alejandro Magno, como "pequeño territorio, cuyos dirigentes habían moldeado un estado homogéneo, siendo la característica principal de su cultura la aceptación de la Tora (Ley Mosaica) como constitución cívico-religiosa y un culto centralizado". Repasan sintéticamente la relación con el helenismo, con los Ptolomeo primero y con los Seléucida, después. Este cambio histórico en la dominación permitió el levantamiento del pueblo judío para mantener su tradición y su culto, ya que "la suave penetración del helenismo en la cultura judía (en tiempo de los Ptolomeo) hubiera acabado posiblemente con el mundo judío tradicional y lo hubiera hecho desaparecer y difuminarse, sepultándolo bajo la losa donde yacen muchos pueblos de la antigüedad" (pág. 15). 

La dominación romana, que los autores cifran desde la ocupación de Jerusalén por Pompeyo (63 aC.) hasta siete siglos después, bajo los imperios de Occidente y de Oriente, tiene un punto de inflexión importante en la destrucción del Templo de Jerusalén por Tito en el año 70, que provocó una gran diáspora. Otro hecho de importancia ocurrió en el año 132, en tiempo de Adriano, cuando fue sojuzgada la revuelta de Simón bar Kojbá y supuso el declive del judaísmo palestino. 

Una de las claves de la supervivencia de este pueblo estriba en que "los judíos dispersos por el mundo transmitieron de padres a hijos el recuerdo de la ciudad perdida, alentando hasta hoy el ansia de retorno" (pag. 18). La diáspora europea comenzó a formarse durante el período helenístico-romano, estableciendo comunidades con fuerte cohesión interna, agrupadas en un vecindario común, que facilitaba el mantenimiento de la vida tradicional. Esta giraba en torno a la sinagoga, convertida en centro de la vida religioso-litúrgica y social tras la destrucción del Templo. 

La tolerancia inicial del Imperio Romano hacia los judíos cambió radicalmente, según los autores, cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio, a partir de Constantino el Grande. Esta idea de los autores sirve como hilo conductor para describir hechos históricos durante un período de 1.400 años, explicando que "la historia de los judíos en la Europa cristiana ha sido en gran parte el reflejo de la política papal al respecto" (pág. 23). En este sentido hacen un recorrido por el Imperio Romano de Oriente (Bizancio), donde "se aceptó tanto en la teoría como en la práctica la supremacía de las ideas de la Iglesia sobre los judíos, quienes fueron paulatinamente privados de sus derechos civiles, eliminados de sus profesiones y trasladados de sus lugares de residencia" (pág.24). De igual forma, la invasión del Imperio romano por los pueblos bárbaros supuso para los judíos "un buen trato por parte de los bárbaros mientras éstos fueron paganos y arríanos, pero cuando...abrazaron el catolicismo, la posición de los judíos se deterioró rápidamente" (pág. 27). Esto ocurrió tanto en Italia con los ostrogodos, en las Galias con los burgundios y francos como en Hispania con los visigodos. 

Los autores resaltan que en Al-Andalus se desarrolló "una de las épocas más gloriosas del judaísmo en tierras europeas de todos los tiempos, que comenzó con el reinado de Abderramán III y se prolongó hasta el siglo XII en el Califato de Córdoba". Hubo un renacimiento del hebreo como lengua literaria, favoreciéndose la poesía y la gramática hebreas, así como las traducciones de obras científicas del griego al árabe. Pero con la llegada de los almorávides y almohades norteafricanos, más intransigentes en materia religiosa, muchos judíos huyeron hacia los reinos cristianos, sobre todo Castilla y Aragón, ya que les exigían la conversión al Islam (pp.31-34). 

Las comunidades judías centroeuropeas gozaron de una época de calma y de prosperidad desde el siglo VIII hasta finales del siglo XI, en que comenzaron las Cruzadas, "cambiando radicalmente la relación en Europa entre judíos y cristianos, sentándose las bases del odio irracional contra el judío, que había de jalonar toda la Edad Media", y que acabaron en las expulsiones decretadas en los distintos lugares: Inglaterra (1290), Francia (1394), Maguncia (1012), Austria (1420), Colonia (1426), Sajonia (1430), Brandeburgo (1446), Baviera (1450) y Ratisbona (1519). La población judía de Centroeuropa se fue desplazando de oeste al este y sudeste, hacia Hungría y Polonia, fraguándose así la importante comunidad judía polaca. 

Los autores comparan la situación de judíos centroeuropeos con la de aquellos que vivían en Sefarad, los reinos cristianos de la Península Ibérica. El fin de la convivencia de los judíos y cristianos en Centroeuropa lo marca la primera Cruzada (final s. XI), y en Sefarad, la expulsión estuvo precedida desde finales del s. XIV por situaciones de odio popular contra los judíos, que se fue agravando durante ese tiempo. 

Los reinos de Castilla y de Aragón contaban con judíos ilustres en sus cortes, como consejeros, médicos, diplomáticos y financieros, que constituían una minoría. La gran mayoría de judíos tenían otra actividad (agricultura, pequeño comercio, zapatería, sastrería, platería, especiería, alfarería, tintorería, pellejería, préstamo a interés). 

Con la ciencia hispanohebrea (s. XII-XV) desarrollada en Sefarad, los judíos europeos participaron por primera vez en el saber científico de su época, tanto en creación propia como de transmisión de ciencia árabe, y, a través de ésta, de la ciencia griega clásica. 

Los autores cifran el comienzo del declive judeohispano en el s. XIV, en que "el odio popular contra los judíos iba en aumento y los tres estados (Iglesia, Nobleza y Municipios) hicieron causa común en las Cortes [de Aragón y de Castilla] para presionar a los reyes en contra del poder judío y del préstamo a interés" (pag. 56). Se introduce así una idea más economicista y de acaparamiento de poder político la que subyace en ese odio popular contra los judíos, buscando a continuación el camino de la demonización para poder dictar normas y decretos contra los mismos. 

El epílogo de esta situación fue la expulsión decretada por los Reyes Católicos en 1492, cuando se alumbraba la nación española y se abría a la conquista de un Nuevo Mundo. Los autores apostillan que "de un simple plumazo se bajaba el telón que ponía fin y silencio a quince siglos de rica y activa vida judía en los reinos hispanos" (pag. 59). Igual suerte tuvieron los judíos de Portugal donde el decreto de expulsión fue promulgado en 1496 por el rey Manuel. 

El subcapítulo "del Renacimiento a la emancipación judía" se abre con la diáspora sefardí, que permitió la llegada al Imperio otomano de judíos provenientes de España y Portugal tras los edictos respectivos de expulsión. En unos bellos versos de Salomón Bonafed (siglo XV, en Cataluña), elegidos por los autores para el encabezamiento del capítulo 1° (pág. 13) se expresa el sentimiento judío en relación con la diáspora: ¿Hasta cuándo estará nuestro ocaso sin alba? ¿Cuánto tiempo andaremos cautivos/ nos rehuirán como ciervos bellezas y glorias/ y seremos jinetes de nubes de exilio? 

El período de mayor bienestar de los sefardíes lo vivieron durante el s. XVI, coincidiendo con el cénit del poder político, económico y militar del Imperio otomano, especialmente bajo el gobierno de Solimán el Magnífico (1520-1566). Muchos judíos ocuparon puestos de relevancia en la economía y en la política, y la masa del pueblo desarrolló múltiples funciones a pequeña escala (botoneros, músicos y cómicos, joyeros y orfebres, forjadores, armeros, farmacéuticos y perfumistas, taberneros, tintoreros, cargadores y oficios portuarios). 

Los sefardíes adoptaron la organización de las comunidades judías preexistentes en congregaciones separadas e independientes, agrupadas por lugares de origen. En el seno de estas comunidades surgió el movimiento mesiánico promovido por el falso mesías Sabetay Sebí (1626-1676), nacido en Esmirna, consiguiendo numerosos adeptos en todas las comunidades judías de Europa y Norte de África, y que acabó convirtiéndose al Islam por presiones de sultán Mehmed IV. 

En el apartado referente a los sefardíes del Occidente de Europa, los autores describen un largo y difícil proceso histórico (desde el s. XVI hasta el primer cuarto del s. XVIII): "el de la llamada nación portuguesa, es decir, de los conversos, que tras vivir durante algunas generaciones como cristianos en la Península Ibérica, emigraron de esas tierras en un continuo flujo para volver públicamente a la fe de sus mayores en lugares de destino como Ámsterdam, Hamburgo y Londres" (pp. 72-81). Los autores afirman que el judaísmo sefardí occidental fue el gran precursor de la modernización judía europea, que no se logrará hasta fechas mucho más recientes. 

Por otro lado, los judíos italianos estuvieron estrechamente vinculados a las ideas del Renacimiento, contribuyendo a su desarrollo de modo destacado en diversos campos (orfebrería, iluminación de manuscritos, imprenta, teatro, canto y danza, música y, especialmente la medicina). 

Entre los siglos XVI y XVII, tanto en la Alemania católica como en la protestante, los judíos sufrieron persecución y expulsiones, una de ellas la de Viena en 1670, que dio origen a la comunidad de Berlín. Pero allí donde eran acogidos, el judío cortesano se convertía en un elemento imprescindible, llegando a constituir una poderosa oligarquía; pero la inmensa mayoría de los judíos se dedicaba al pequeño comercio o eran ropavejeros que vivían en condiciones al borde de la pobreza. 

Moisés Mendelssohn inició en 1743 en la comunidad de Berlín el movimiento de la Haskalá (Ilustración), que habría de revolucionar el judaísmo europeo, esforzándose por acabar con el aislamiento físico e intelectual de los judíos e induciéndolos a abrirse a la cultura del mundo occidental. Los autores señalan un dato positivo de la Haskalá ("ayudó a configurar un nuevo tipo de judío") y otro negativo ("abrió el camino para que muchos, deseosos de ser plenamente admitidos en la sociedad cristiana, se asimilaran o se convirtieran") (pag. 93). 

Los judíos del este de Europa estuvieron relacionados con el reino de los jázaros, que ocupaba, a partir del s. Vil, un territorio entre el Cáucaso, el Volga y el Don, en la frontera entre Europa y Asia, y que perduró hasta finales del s. X. En el año 740 el rey Bulan y muchos de sus subditos se convirtieron al judaísmo, para defender su identidad entre los pueblos vecinos cristianos o islámicos. Arthur Koestler en "La tribu número trece", ensayo de divulgación publicado en 1976 y basado en los descubrimientos de Abraham Poliak sobre los jázaros, decía que todos los judíos askenasíes son de origen jázaro (por consiguiente no semitas y ajenos a la tierra bíblica, según la guerrilla palestina); sólo los sefarditas resultarían semitas originarios. El sionismo no perdía su razón de ser cultural ni religiosa, pero sí racial. 

Muchos judíos askenasíes se establecieron a partir del s. XI en Hungría, Bohemia, Moravia y Polonia. Cuando la vida judía en Polonia llegaba a su época de mayor esplendor (primera mitad del s. XVII), el levantamiento de los cosacos contra los polacos en Ucrania, protagonizado por Bogdan Jmielnicki (1648-1649), provocó asesinatos y expulsiones masivas de judíos, muchos de los cuales volvieron a países del oeste de Europa y también hacia el Imperio otomano y Palestina. 

Además se desató una reacción de pietismo religioso como la protagonizada en 1755 por Jacob Frank, quien se dio a conocer como reencarnación de Sabetay Sebí, y la corriente del hasidismo, promovido por Baal Sem-Tob (llamado Best), cuya finalidad era "la piedad acendrada y el modo de proceder, y no la sabiduría ni el estudio,... incorporando el canto y la danza al hecho religioso como medios que favorecían la comunión extática con Dios" (pág. 101). 

Los autores datan a mediados del s. XVIII el inicio de la emancipación de los judíos europeos o, lo que es lo mismo, el inicio de la Edad Moderna de su historia particular. La esperanza de emancipación no podía venir del noreste de Europa, según los autores, ya que los seguidores de Best se mantenían encerrados en su religiosidad interna de espaldas al intelecto y a las cuestiones terrenales; la respuesta tendría que venir del judaísmo de Occidente. 

Los edictos "Tolerantzpatent de 1782", dictado por el emperador José II para los judíos del Imperio austríaco, y "Judensystemalpatent de 1797" en Bohemia fueron pasos en el reconocimiento de derechos de los judíos. Pero el verdadero paso de gigante hacia la emancipación judía en toda Europa lo dio la Revolución Francesa. Aunque esta época de bonanza duró poco y volvió a oscilar el péndulo hacia la suspensión de los derechos que habían adquirido. Los autores hacen hincapié en que "la única alternativa que se ofrecía a los judíos para poder integrarse en la sociedad y la cultura europeas era la conversión al cristianismo y muchos siguieron ese camino" (pág. 107). Tal fue el caso, entre otros, de tres de los cuatro hijos de Moisés Mendelssohn, el impulsor de la Haskalá, y de Karl Marx, bautizado por sus padres y fundador del socialismo científico. 

Los movimientos revolucionarios desatados en 1848, que dieron la victoria a la tendencia liberal, ayudó a los judíos para lograr su objetivo. A partir de entonces, el judaísmo europeo liberó las compuertas de un talento y unas capacidades que hasta ese momento habían estado reprimidas. Muchos alcanzaron lugares de preeminencia y abarcaron actividades diversas (política, filosofía, finanzas, industria, artes, ciencias y tecnología). Los autores citan numerosos ejemplos en los distintos países europeos, pero esos frutos iban a durar poco, ya que a partir de 1873 resurge un antijudaísmo organizado y moderno que recibió el nombre de "antisemitismo", basado en teorías pseudocientíficas como la depravación de la raza semítica frente a la noble raza aria. Este sentimiento antisemita se difundió por diversos países, principalmente por Austria y Francia. 

La emancipación judía vivida en Occidente no llegó a la Europa del Este, en donde la población había pasado en su mayoría a formar parte del Imperio ruso como consecuencia de las sucesivas particiones a que fue sometida Polonia a finales del siglo XVIII. Se dictaron leyes muy coactivas para los judíos, cuya vida religiosa estaba unida al movimiento hasídico. Pero además hubo persecuciones contra los judíos, mediante una estrategia moderna que era el pogromo (disturbio), que justificaba la represión, el saqueo, la destrucción y la muerte (pp. 117-121). En este contexto, los autores afirman que "el judaísmo ruso buscó su salvación en la huida; y a partir de 1881 y durante mas de treinta años...[emigraron] hacia Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Argentina, Canadá y Estados Unidos" (pág. 120). 

Los autores encabezan el subcapítulo de la emancipación con un fragmento de las Siónidas, poema escrito en el siglo XII por el autor hispanojudío Yehuda Haleví (pag!03): "Mis estancias troqué por la sombra de arbustos, por un seto enramado el poder de mi aldaba; de fragantes aromas se saciaba mi alma, mas mi arrope cambié por olor de maleza /.../; en el seno del mar mis senderos he puesto /hasta que el escabel de mi señor encuentre y vierta mi alma y mis suspiros. Me sentaré al umbral del Monte Santo y pondré mis cancelas enfrente de los pórticos del cielo. Con agua del Jordán haré brotar mis nardos / y en Si loé haré crecer mis ramas ". En él se alude al ansia de retorno a la Tierra Prometida, a Jerusalén. A este sionismo de tipo religioso viene a añadirse, según los autores, el sionismo político en el siglo XIX, que casi simultáneamente empezó a germinar en el este y en el oeste de Europa (pág. 122). 

A partir de 1881, tras la oleada de pogromos en Rusia, varios contingentes de judíos rusos, a los que más tarde se sumaron otros de Polonia y de Rumania, partieron para Palestina con el propósito de fundar allí colonias agrícolas. Estos asentamientos recibieron ayuda económica del barón Edmond de Rothschild y la ayuda lingüística de Eliézer Ben-Yehudá, quien revitalizó el hebreo como lengua hablada, la cual acabó siendo la lengua común de la nueva comunidad de judíos en Palestina. 

El mayor ideólogo y propulsor del sionismo político, según los autores, fue Theodor Herzl (1860-1904), quien escribió "El estado de los judíos", en donde propugnaba la idea del retorno a Palestina; convocó el I Congreso Sionista (Basilea, 1897), fundó la Organización Sionista Mundial y formuló el programa del movimiento. Otro hito en ese largo camino de esperanza para el pueblo judío fue la Declaración Balfour de 1917 en Inglaterra en la cual se expresaba la aprobación del gobierno de su Majestad a la idea del establecimiento en Palestina de "un hogar nacional para el pueblo judío". Pero aún tenía que soportar el pueblo judío no sólo el fracaso de un sueño, sino situaciones extremas como las purgas estalinistas y el plan de exterminio nazi (el Holocausto), antes de establecerse como pueblo en el estado de Israel en 1848. Los autores dan detalles de ese período histórico tan ajetreado de la primera mitad del siglo XX (pp. 120-145). 

El Capítulo 2° (pp. 149-182), describe la Vida judía, separándolo en dos subcapítulos: ritos y costumbres. Los autores comienzan el subcapítulo sobre los ritos con una síntesis de la religión judía: la esencia de su fe, la fuente de su doctrina, contenida en la Tora, y la importancia del rabino, como experto conocedor de la Tora. Asimismo, señalan la importancia que tiene la sinagoga, como centro y foco de la vida religiosa judía, sobre todo para las oraciones. El calendario judío está detallado para conocer los nombres de los meses, así como la secuencia en la duración en días de cada año.

Las fiestas y conmemoraciones del judaismo tienen un doble significado religioso e histórico. Se celebraban en el Templo de Jerusalén, pero tras su destrucción fueron las comunidades y los hogares judíos los que heredaron ese papel. La fiesta más importante es el Sabat (sábado), que recuerda el reposo divino en el séptimo día de la Creación. Los autores describen además otras fiestas como: "los días solemnes" que se celebran en septiembre u octubre, entre ellas el Yom Kipur (día del perdón o de la expiación); la fiesta de Pésah (la Pascua) en marzo o abril; la de Sabuot (Pentecostés) en mayo o junio; la de Sukot (Cabañuelas) en octubre; y otras fiestas menores y días de ayuno. 

La Tora regula la vida entera del judío desde la cuna hasta la tumba, ocupándose de las ceremonias y normas preceptivas del ciclo vital, constituyendo los ritos de tránsito (circuncisión, mayoría de edad religiosa, matrimonio y ritos fúnebres). 

En el subcapítulo de las costumbres, los autores se refieren al vestido y a la gastronomía como un aspecto más que en el judío está supeditado al hecho religioso. Por eso, tanto en prendas litúrgicas como en vestimenta secular y en la preparación y contenido de la comida existen normas que deben cumplir, y de las cuales los autores hacen una descripción pormenorizada. 

El Capítulo 3° (pp. 185-261) está dedicado al Arte y los autores lo dividen en seis subcapítulos (arquitectura, arte ceremonial, artes gráficas, pintura, música y cine). En cuanto a la arquitectura, los autores se ciñen a la sinagoga como único edificio suntuario de la comunidad judía, con elementos que vienen determinados por la práctica religiosa y con apariencia externa austera y pobre sin apenas diferencias con los edificios del entorno. Describen singularidades de las sinagogas antiguas, hispanojudías y sefardíes, italianas, asquenasíes y actuales (pp. 188-198). 

El arte ceremonial judío se ha centrado principalmente en la decoración de sinagogas y en la reproducción de objetos ceremoniales, los cuales se usan no sólo en la sinagoga, sino también en el hogar durante los sábados y las festividades y en los ritos del ciclo vital. 

En el subcapítulo sobre oríes gráficas los autores parten del apelativo dirigido a los judíos como "pueblo del Libro" por su apego al libro por excelencia (la Biblia) y afirman el amor a la lectura y la reverencia que siempre han tenido los judíos a los textos literarios manuscritos o impresos. Se hace mención minuciosa del arte caligráfico de los escribas, de los manuscritos iluminados, de los libros impresos, de las imprentas establecidas en diversos países europeos, así como de los encuadernadores. 

Hasta la época de la emancipación (s. XIX) no se pueden citar artistas de relevancia en el campo de la pintura. Son citados algunos de ellos en diversos países europeos: en Alemania (Morita Daniel Oppenheim y Max Liebermann), en Inglaterra (Solomon Alexander Hart, Solomon Joseph Solomon, William Rothenstein y David Bomberg), en Francia (Camille Pissarro), en Holanda (Israels), en Suecia (Ernst Josephson) y en Rusia (Isaac Leviatan, Marc Chagal, Mané-Katz y Nathan Altman). 

La música del pueblo judío es fruto de la absorción de elementos de otros pueblos y culturas con los que se ha relacionado. Hay tres aspectos de la música judía: la litúrgica o sinagogal, la profana o folklórica y la artística. 

La música sinagogal tiene origen antiguo, según los autores, en el canto antifonal para el servicio religioso dirigido por los levitas en el Templo. Con la destrucción de éste la música continuó en la sinagoga como elemento central del culto, si bien supeditada al texto y al servicio religioso, con cadencias específicas para señalar las diferentes partes del recitado (pp. 235-237). 

La música secular o profana se desarrolló entre los judíos andalusíes e hispanohebreos (siglos XIV y XV) e italianos (siglos XVI y XVII). Los autores analizan también la evolución musical litúrgica y profana en otros países europeos y relacionan el comienzo de la emancipación (s. XIX) con la participación judía en las actividades musicales desarrolladas en países europeos, no ya como música judía, sino como música escrita por judíos (pp. 248-254). Los autores hace mención de muchos de ellos: Félix Mendelssohn, Jacobo Meyerbeer, Jacques Offenbach, Gustav Mahler, Joseph Joachim, Arnold Schómberg, Joel Engel, Darius Milhaud, Paul Dessau, Karol Rathaus, Mario Castelnovo-Tedesco, Ernst Bloch, Leonard Bernstein, Bruno Walter, Georg Solti, Arthur Rubistein, Bronislaw Huberman, Vladimir Ashkenazy y Vladimir Horovitz. 

El cine ha tenido desde sus comienzos presencia judía en todos sus sectores (productores, directores, actores). Varios factores lo explican, según los autores: "en primer lugar, por tratarse de una industria nueva no existen intereses previos que defender; asimismo, implicarse en la producción cinematográfica exigía unos riesgos que los judíos [...] estaban dispuestos a asumir, con tal de incorporarse a la vida económica y cultural de sus respectivos países" (pag. 255). Se hace una referencia muy sucinta a determinadas producciones en la línea de resaltar la actuación judía en el séptimo arte. 

El Capítulo 4° (pp. 265-343) está dedicado a las lenguas en que se han expresado los judíos europeos y a la literatura que ellos han escrito. Las lenguas que han servido a los judíos de la diáspora europea para la comunicación y la expresión literaria han sido distribuidas en tres categorías por los autores: 1) Las lenguas clásicas, hebreo y arameo, activas para la creación literaria durante toda la historia judía europea; 2) las adoptadas del mundo ambiente en cada período histórico (griego en el mundo judeo-helenístico; latín en el Imperio romano; árabe en Al-Andalus; lenguas romances de los reinos cristianos de la Península Ibérica, como castellano y catalán; español y portugués en la diáspora sefardí; y lenguas nacionales de todos los países europeos en tiempos modernos); y 3) las lenguas judías de invención europea (judeofrancés, judeoprovenzal, judeoitaliano, judeoalemán o yídico y judeoespañol o sefardí). 

Los autores parten de la clasificación lingüística del hebreo en cuatro etapas (bíblico, rabínico o misnáico, medieval y moderno). Examinan la obra por excelencia del judaismo antiguo, la Biblia hebrea (y aramea), que constituye la denominada ley escrita y cuyos veinticuatro libros se dividen en tres grupos.

a)  Los cinco del Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio).

b) Profetas: anteriores (Josué, Jueces, Samuel y Reyes) y posteriores (Isaías, Jeremías, Ezequiel y los doce menores).c)  Escritos o Hagiógrafos, que abarcan libros proféticos (Salmos, Proverbios y Job), los cinco rollos (Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés y Ester) y otros tres históricos (Daniel, Esdras-Nehemías y Crónicas). Por otro lado, los autores hacen referencia al Talmud, que comprende la ley oral transmitida desde Moisés y que fue recopilada y escrita en hebreo o arameo, como la Misná (normativa religiosa o halajá), la Quemará (comentarios de la Misná) y la miareis (interpretaciones del texto bíblico con propósito homilético). 

A la literatura hebrea medieval dedican los autores un subcapítulo en el que la Biblia y el Talmud son objeto de explicación mediante la gramática, la exégesis y los comentarios, la filosofía, el misticismo, la liturgia, la poesía didáctica, la historiografía y la literatura de polémica. Hacen repaso sintético de determinadas obras en cada uno de los géneros literarios anteriores.

La literatura moderna en hebreo tiene un carácter secular y su creación pertenece casi exclusivamente al judaísmo asquenasí, convirtiéndose con el tiempo en el vehículo de expresión del movimiento sionista. Los autores hacen referencia a dos períodos: el de la Haskalá o Ilustración (1781-1881) y el ruso-polaco (1881-1920). 

En el subcapítulo "literatura en lenguas judías europeas" (pp. 298-326), los autores se centran en la judeoespañol y en la yídica, enraizadas en sus lenguas europeas respectivas, español y alemán. La literatura judeoespañola o sefardí comienza su producción literaria en el siglo XVI en el Imperio otomano y tiene su Siglo de Oro en el s. XVIII, cuyas obras más representativas son el Meam loez y las coplas. A partir del s. XIX se producen cambios en la producción literaria judeoespañola y en el s. XX comienza el declive, quedando el judeoespañol relegado al nivel de lengua familiar y pasiva. La literatura yídica, iniciada en el s. XII, tiene dos etapas diferenciadas: la antigua (hasta finales del s. XVIII) en la que se produce un tipo de literatura popular; y la moderna (hasta nuestros días). 

El libro se completa con: una relación de las ilustraciones incluidas en las páginas centrales; un glosario de términos técnicos judíos, procedentes en su mayoría del hebreo o del arameo; una amplia bibliografía recomendada acerca de todo lo relacionado con los judíos en Europa; y un índice onomástico de las personas citadas en el texto del libro. 

En resumen, los autores han logrado sintetizar una larga historia de un pueblo (el judío), que ha contribuido al desarrollo filosófico-ético de Europa desde la época griega y romana hasta nuestros días. Al terminar la lectura de este libro se siente afecto por este pueblo tantas veces perseguido y se despierta un deseo de ampliar ese conocimiento sintético que nos han transmitido los autores.

María Dolores Madrid Cruz
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 12 de febrero de 2009
mmadrid@der.ucm.es

Retorno a Byblos