BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


Grundzüge der Neuren Privatrechtsgeschichte. Rechtsentwicklungen im europäischen Kontext
Hans Schlosser
10ª edición. C. F. Müller Verlag, Heidelberg, 2005, XVII + 316 pp.


     Pocos libros en el campo de la Historia del Derecho son capaces de sobrevivir a su éxito, manifestado en una proliferación de nuevas y sucesivas ediciones, que determinan su conversión, aún en vida de los autores, en un manual de imprescindible referencia, en un auténtico texto clásico, de obligada consulta, de primera reflexión y punto de partida, donde se hallan datos, fechas, ideas, pensamientos, razonamientos y demás componentes de indudable utilidad, no simples descripciones o meras reproducciones de opiniones ajenas, sino una construcción interpretativa propia edificada sobre los elementos operativos —una vez depurados por la crítica— procedentes de los viejos maestros. El libro no permanece idéntico a su primera redacción, sino que una vida intelectual honesta, seria y rigurosa, lo va enriqueciendo con nuevas aportaciones, revisiones, correcciones y ampliaciones de materias y de fuentes. El libro crece, madura, cambia, no permanece inmutable, no es espejo de sí mismo, sino de la misma realidad científica. Es el caso que nos ocupa, cuyos orígenes se remontan a aquella lejana colaboración entre los profesores Molitor y Schlosser[1], uno el autor del esquema, de unos primeros principios, otro el forjador intelectual del desarrollo que correspondiera al boceto de aquél y el que ha mantenido encendida la llama de un volumen que hoy se nos antoja excelente como ya lo fuera en el pasado, e imprescindible como guía introductoria a una visión general del Derecho histórico europeo. Pero no fueron los únicos autores procedentes del ámbito alemán tentados a plasmar en un gran fresco esa “Historia del Derecho Privado” en sus coordenadas esenciales. Entendiendo por tal un Derecho que no solamente se refiere a  cuestiones privadas, sino que es esencialmente construido, destilado, diseñado por particulares, por personas en principio ajenas a las responsabilidades del poder político, sin capacidad de decisión en esa órbita más que la que les era reconocida precisamente por los titulares de aquel poder decisorio. Un Derecho creado por los especialistas, los peritos, por los que dominan el lenguaje y la técnica propios de ese saber especializado. Un Derecho que nace al margen del poder, pero que éste asume como propio, utiliza y se sirve del mismo en función de sus propios intereses. Quedan al lado de la obra que comentamos los ejemplos señeros de F. Wieacker[2], la colaboración conjunta de G. Wesener y G. Wesemberg[3], o las voces varias publicadas en el Handwörterbuch zur deutschen Rechtsgeschichte, editado y dirigido por A. Erler y E. Kaufmann, desde 1964 en adelante, volúmenes todos ellos que marcaron una senda por la que transitaron estos principios, completados y aderezados con nuevas investigaciones relevantes. Todos ellos conforman un poderoso conjunto intelectual que se preocupa por una dimensión de la Historia del Derecho poco cultivada en estos pagos, la de ese Derecho donde coexisten potestad y autoridad manejando la terminología romana, donde ambas se alimentan de modo recíproco, que no descansa exclusivamente en las fuentes del Derecho o en el estudio del poder, pero una Historia, a pesar de las modas imperantes, no por ello menos indispensable para una comprensión global del pasado jurídico europeo y, más en concreto, de nuestro mismo pasado jurídico. Una Historia del Derecho, en resumidas cuentas, ésta que ha sabido combinar el mero aspecto normativo de las fuentes, la descripción de su proceso, a veces accidentado, de conformación, con el pensamiento jurídico que se encontraba en la base de muchas de aquellas construcciones y sin el cual las mismas fuentes quedarían carentes de un elemento de juicio y de interpretación, determinante de su existencia y de su posterior fortuna.

     Esta décima edición de los principios incorpora adaptaciones bibliográficas, revisiones de algunos planteamientos, alguna matización en su ordenación interna, pocos añadidos más que lo que nuestra actualidad europea requiere, pero, sobre todo, es de destacar lo que conserva, lo que permanece y no ha sido reemplazado: la claridad expositiva, la periodificación que viene marcada solo y exclusivamente por el papel del Derecho y no por otros componentes exógenos, el lenguaje claro que desnuda la verdad de los hechos e inicia la nueva verdad de las interpretaciones, la sinceridad de las reflexiones, las elementales referencias bibliográficas ubicadas en las partes finales de cada una de las mínimas y acertadas divisiones internas de los capítulos. Con ambos elementos, lo nuevo y lo antiguo, el resultado no puede ser más que exitoso, tal y como ya lo había sido anteriormente. El profesor Schlosser, ya jubilado en la universidad de Augsburg aunque con una incesante actividad docente en universidades alemanas y extranjeras (Messina, Erice, Bratislava, Munich), da muestras de su genio creador y de su capacidad de síntesis, a la par que de análisis pormenorizado y detallista. Un trabajo realmente ejemplar construido sobre diez grandes bloques temáticos, cuyo nexo es la búsqueda de informaciones novedosas acerca de las raíces de nuestros actuales sistemas jurídicos y sobre la completa evolución histórica de la moderna Ciencia del Derecho, tomando como puntos de apoyatura elementos prestados de la Política, la Teología, la Psicología, la Historia de las Ideas y de la Legislación, así como la propia Dogmática Jurídica. Un abigarrado conjunto de materiales que conducen a la finalidad última propuesta: la comparación histórica de los diferentes sistemas jurídicos europeos, sin hacer excepción del área anglosajona (Vorwort, pp. V-VI). Diez son los capítulos que componen el libro y que brevemente procedemos a glosar, capítulos que nos van a transportar desde los inicios de la cultura jurídica europea en el Medievo, hundiendo las raíces en Roma, hasta las más recientes doctrinas del pensamiento jurídico.

     Arranca el texto, pues, con un sugestivo capítulo primero (pp. 1-35) dedicado a los comienzos de la cultura jurídica europea, en donde se sientan las premisas básicas conceptuales: es noción preponderante el dominio del Derecho romano-canónico como sustento y sustrato de todo el edificio jurídico de la vieja Europa, lo cual se ve acompañado por unas lógicas, a la par que complementarias, explicaciones acerca de la dualidad Derecho Común-Derecho Propio, que la pugna con las realidades jurídicas nacionales o regnícolas comportaba, así como sobre el espinoso tema de la recepción, sus implicaciones y sus ramificaciones. El punto de partida, tras las primeras premisas establecidas, lo configura el proceso de vulgarización del Derecho romano a partir del siglo III, con su caída de nivel técnico y científico, así como la simplificación que vive la labor jurisprudencial, ruina y decadencia que se ven continuadas por la herencia de esa civilización jurídica en los diversos reinos bárbaros que surgen tras la caída del Imperio. No queda solo o al margen de la evolución política ese Derecho imperial. Se imbrica en la nueva dinámica. Se metamorfosea. El Derecho romano se combina con los diversos Derechos de los pueblos germánicos, dando como resultado un producto nuevo, práctico, nada teórico, ágil para atender a la nueva realidad social. Una general sensación de pobreza intelectual preside estas centurias que inauguran la Edad Media y certifican la desaparición de la Antigüedad. Los textos jurídicos del esplendor clásico son difíciles de comprender y de emplear, lo que hace que una literatura de sencilla y elemental exégesis los complete, utilizando para tales fines un lenguaje más simple que el original (el ejemplo de las interpretaciones que acompañan al Breviario de Alarico es sumamente notorio en este punto). Comienza a aflorar una cultura jurídica resultado de la mezcla o combinación de las tradiciones: lo germánico y lo romano vulgarizado, más la incidencia de la Iglesia y su Derecho en construcción. Son numerosas las leyes generadas por los pueblos germánicos, desde los visigodos, primeros que tienen a un rey que podemos calificar como legislador (Eurico, conforme al testimonio de Isidoro de Sevilla), pero sin olvidar las aportaciones de otros pueblos y otros reyes: Gundebado, Rotario, Teodorico, los ostrogodos, lombardos, burgundios, francos o alamanes. Continúa el profesor Schlosser glosando el Derecho en la época carolingia y la labor que Carlomagno desarrolla actualizando muchas de las antiguas normas de los pueblos germánicos ahora sometidos a su poder. Se abre tras ese interludio “renacentista” de una cierta plenitud cultural, la época de esplendor del Derecho consuetudinario que paulatinamente va siendo recogido por escrito con diferentes ritmos y en distintos territorios (Sajonia, Suabia, Baviera, Sicilia, Francia, etc.), expresión máxima de un Derecho medieval de abierta textura y múltiples interpretaciones, que intenta ser solidificado mediante el papel uniformador que la escritura comporta. Al lado de ese Derecho de surgimiento pretendidamente popular, sobresale el Derecho de la Iglesia romana, objeto también de escritura y, lo que es más relevante, de sistematización en los siglos XII, XIII y comienzos del XIV, y, sobre todo, el Derecho justinianeo, de insegura validez en el Occidente europeo de los primeros siglos medievales, hasta que se desencadena el proceso de redescubrimiento y reformulación boloñés que lo llevan ser elemento axial de nuestra cultura jurídica. Cultura jurídica de textos, pues; cultura jurídica escrita, con todo aquello que implica la escritura en cuanto a seguridad, certeza y posibilidades científicas. El capítulo concluye con un breve referencia a la escuela de Pavía, acaso la única que se dedicó al estudio científico del Derecho en los momentos anteriores a la eclosión de los Irnerio y compañía, prueba concluyente de esa difícil situación de supervivencia que el Derecho vive en los albores del Medievo, ya que ni es ciencia, ni es autónomo, ni es estudiado desde una perspectiva teórica. Hace falta una nueva vida, un renacer con ansias nuevas y nuevas formas de comprender qué es lo jurídico y cuál es su papel.

     Ese renacimiento aludido ocupa el capitulo segundo (pp. 35-67). Desfilan por las páginas los momentos más esplendorosos de la escuela boloñesa con todos sus protagonistas más relevantes, desde sus orígenes y primeras vicisitudes hasta la consolidación de sus métodos científicos, primero con los glosadores, más adelante con los comentaristas y su marcado sesgo pragmático, que lleva a la consolidación de ese estilo itálico, esa costumbre para trabajar en y con el Derecho de los textos justinianeos. No obstante la dictadura intelectual de los juristas más reputados (Cino, Bártolo, Baldo, Revigny, Bellapertica, Paolo de Castro, Tartagna, Jason de Maino o Alciato) y la consideración de ese Derecho romano-canónico como Derecho Común e Imperial, las relaciones con otros órdenes jurídicos ocupan a algunos de los mismos, sobre todo en el complejo campo de los Derechos estatutarios, del Derecho procesal (con las egregias figuras de Juan Bassiano, Tancredo y Guillermo Durante) y del Derecho feudal. Comienza desde esas primeras semillas de Bolonia, merced a las universidades y las cortes laicas, la difusión de la totalidad de la obra justinianea contemplada con el prisma de esos juristas medievales, hombres de su tiempo, adaptadores, por tanto, de la inmortal compilación bizantina. Se concluye así haciendo referencia a las diferentes intensidades con que ese Derecho llamado Común se incorpora a los ordenamientos nacionales de los reinos europeos, con especial incidencia en el caso de los territorios germánicos y en algunos ejemplos específicos que ilustran la labor constructora de los juristas particulares (en plurales materias como el proceso, la propiedad dividida, los contratos informales o pactos desnudos, y la doctrina del precio justo). En el capítulo tercero (pp. 68-83), las reacciones contra los abusos del estilo italiano dan paso a una crisis que se traduce finalmente en una renovación metodológica, en la línea del Humanismo renacentista, que, por oposición, recibirá el nombre de estilo francés, aunque sus representantes proceden de toda Europa: un nuevo estilo que buscaba la reconstrucción histórica de los textos, la limpieza y la pureza de los mismos, la simplificación de la labor interpretativa, la eliminación de lo farragoso y el abusivo recurso a la autoridad con el apoyo de lo filológico, poniendo como eje central la sabiduría del jurista como humanista sabio y no simple perito en leyes. Alciato, Budeo, Zasio, Erasmo, Cantiuncula, Amerbach, Haloander, Cuyacio, Donello, Duareno, Connano, Hotmann, Faber, los Godofredo, entre otros, encarnan este ideal del Renacimiento aplicado al campo del Derecho en el siglo XVI, con ramificaciones en los territorios austríacos (Waltherswil, Beckmann, Tiller) y, sobre todo, holandeses: es la corriente que viene siendo denominada, con marcadas connotaciones estéticas, la Jurisprudencia Elegante (Bynkershoek, Huber, Vinnio, Noodt, Voet), ya en los siglos XVII y XVIII. Su relevo lo toma la escuela alemana que construye el uso moderno del Derecho justinianeo, el Usus Modernus Pandectarum (título de la obra de Samuel Stryk que inaugura esta corriente en 1690), consistente, en suma, en la recuperación del antiguo Derecho quiritario para su explicación y aplicación en la dividida Alemania: convierte el Derecho romano en algo contemporáneo para los teóricos y para los prácticos, en algo que se va a aplicar, con un predominio relevante de lo forense judicial, abandono de las autoridades y cierto desprecio por el método exegético-escolástico. El Derecho romano deviene, por obra y gracia de estos autores, verdadero Derecho alemán. Figuras alemanas que encarnan todas estas tradiciones jurídicas reseñadas en un amplio abanico temporal se dibujan en pp. 77 ss., como Zasio, Brant, Tengler, Struve, Lauterbach, Reitemeier, Frundeck, Gaill o Carpzov. La fuerza del uso moderno contribuyó a una serie de reformas que afectaron tanto a los ordenamientos de las ciudades como a los de tipo territorial, proclamándose para las tierras del Imperio la posibilidad de una nueva legislación imperial, como de hecho aconteció con la famosa Costitución Criminal aprobada por el emperador Carlos V en 1532. A su vera, las ciudades buscan en esta legislación, sobre todo, una reelaboración del Derecho tradicional con el apoyo del Derecho común romano, en el sentido de la mejora y renovación del mismo. Numerosos enclaves imperiales se suman a esta tendencia desde Nüremberg en 1479 hasta Lüneburg en 1577, y en ese interludio de casi cien años surgen los renovados derechos de Frankfut, Friburgo, Worms, Solm, Sajonia o Würtemberg. La incidencia del Derecho romano asimismo es dispar dependiendo del campo en el que nos movamos (mayor en el campo procesal; menor en el Derecho familiar o de sucesiones). Junto a esas reformas, la normativa emanada de la Dieta imperial afectó asimismo a cuestiones de Derecho privado (sucesiones, tutela o el papel del notariado), ordenanzas en materia de policía o la ya mencionada Carolina en sede de Derecho criminal.

     Hasta aquí predomina el componente normativo. Se inicia a continuación el dominio del pensamiento jurídico. El capítulo cuarto (pp. 84-110) narra la evolución de la idea de Derecho Natural desde Grecia y Roma hasta los pensadores cristianos más relevantes en el escenario medieval (Agustín de Hipona y Tomás de Aquino), de donde arranca un cuerpo sólido de pensamiento que ha de sufrir los embates de la reacción voluntarista franciscana y una revivificación con la segunda escolástica, que vuelve a la ortodoxia interpretativa frente a desviaciones rayanas con la herejía. Ese Derecho Natural vinculado a la existencia de Dios mismo, pues de Él arrancaba todo orden, el juridico incluido, pasa en el siglo XVII por el tamiz de la secularización, de suerte tal que ese mismo Derecho procedente de la naturaleza va a dejar paso a un Derecho procedente de la razón. Corresponde a Grocio la primera formulación de esta idea, pero no es figura aislada (Lessius, Arminius o Alberico Gentili pueden considerarse, en puridad, como sus antecesores). De ahí emana una poderosa corriente que engloba a Messius y su visión de un Derecho Natural de tipo práctico, Pufendorf y su singular concepción del orden natural como una teoría de los deberes, los pensadores políticos, que partiendo del Derecho Natural desembocan en la Teoría del Estado (Oldendorp, Althusio o Leibniz), o los epílogos gloriosos de esta visión naturalista del Derecho (Böhmer, Leyser, en Alemania; Domat y Pothier en Francia; o el inclasificable Spinoza, en los Países Bajos, mas con un mensaje universal y cosmopolita). La Ilustración provoca la identificación de este Derecho Natural con el Derecho emanado de la sola razón, su secularización definitiva. Es tiempo de Montesquieu, de Thomasius, de Wolff, de Kant, y de su resultado consecuencial lógico: la Codificación como producto de esa misma razón natural que quiere el orden, el sistema. El capítulo quinto (pp. 111-142) examina las primeras manifestaciones de ese nuevo movimiento en atención a la formulación y proclamación del Derecho, con un esquema similar en donde distingue sucesivamente el autor, antecedentes, trabajos preparatorios, realizaciones y proyecciones dentro y fuera de las fronteras del texto codificado y sus apreciaciones críticas, así como los pensadores que más fuertemente condicionan la labor normativa y constructiva desarrollada, comenzando por Baviera y el impulso de Maximiliano III José, influido por Ickstatt, siguiendo con Prusia, alcanzando su culminación con Francia, y concluyendo con Austria. Frente a todo este dominio absoluto de la recta razón universal y única, reacciona la Escuela Histórica del Derecho, objeto del sexto capítulo (pp. 143-169), que tiene su momento fundacional en 1814 en la conocida polémica entre Thibaut y Savigny a propósito de la conveniencia o no de codificar los Derechos alemanes. Pero el profesor Schlosser desgrana los antecedentes del pensamiento historicista en las señeras figuras de Vico, Schilter o Helder, así como los desarrollos posteriores en función de lo que se consideraba más relevante a los efectos de identificar el espíritu del pueblo alemán en sus manifestaciones jurídicas, ya en la vertiente romanista de Savigny, ya en la germanista de Eichhorn. Solamente con un método adecuado era posible armonizar el Derecho romano y la multiplicidad de los Derechos particulares. Y eso es lo que hará Savigny. El método histórico-crítico, que emplea los conceptos claves de historicismo y de espíritu del pueblo como conciencia histórica, acaba triunfando en los territorios alemanes, merced al poderío que comporta la obra savigniana (sobre todo, el Sistema aparecido entre los años 1840 y 1849), y su continuación práctica en el seno de los pandectistas, con Vangerow, Windscheid y Dernburg a la cabeza. Un formalismo jurídico parece imponerse, aunque no todos piensan igual (Puchta reacciona, por ejemplo, contra ello) y frente a esa primera “Jurisprudencia de Conceptos” se opone una “Jurisprudencia de Intereses”, cuya figura más destacada será Ihering y la idea de la finalidad en el campo jurídico. Los historiadores no rehuyen el pasado germánico de la “nación alemana”, y así con el apoyo en ilustres antecesores como Thomasius, Conring, Beyer o Schulter, hacen su aparición los grandes protagonistas: el ya citado Eichhorn, Gerber, los Grimm, Reyscher, Beseler o Gierke, así como el vehículo de expresión de esta tendencia, los Monumenta Germaniae Historica, debida inicialmente al genio creador del Barón von Stein. El siglo XIX supone la ascensión hasta cotas desconocidas en cuanto al impulso dado a la reflexión histórica sobre el Derecho, complementada por las aportaciones procedentes de otras ramas del saber, como puede ser la Filología. La placidez intelectual se ve conmocionada a finales del siglo XIX por ciertos autores heterodoxos, como Ihering o Gierke, quienes proporcionan un sesgo más abierto a sus estudios, critican lo estéril de la Jurisprudencia conceptual (la idea de la finalidad del primero o el marchamo social que el segundo imprime a sus trabajos). El pragmatismo naturalista por la función social del Derecho y el rechazo a la conceptualización excesiva marcan estas nuevas rutas de la Ciencia Jurídica, representada en los dos autores citados. El capítulo séptimo vuelve de nuevo los ojos a Alemania y a las vicisitudes de su proceso codificador (pp. 170-206), fomentado por la unidad científica que anteriormente se había relatado. Los hitos más significativos de esa tendencia jurídica, que es trasunto de una clara tendencia política, son señalados, empezando por la Unión Aduanera de 1836, el Allgemeine Deutsche Wechselordnung de 1848, el Código de Comercio General para Alemania de 1861, convertidos luego ambos en Derecho Imperial, la codificación civil realizada en el reino de Sajonia en 1865, el Proyecto de Dresde de 1866, y finalizando con los trabajos preparatorios que culminan en los tres proyectos y en la redacción final del B.G.B., así como en su vida posterior dentro de la convulsa primera mitad del siglo XX, en que tiene que coexistir con la monarquía, la república y la dictadura de forma sucesiva. El capítulo se cierra con una sucinta exposición de la evolución del Derecho privado en Alemania hasta nuestros días, con referencias a los sectores sucesorio y de familia, al Derecho de obligaciones y al laboral. El capítulo octavo (pp. 207-237) vuelve los ojos a Europa y a las nuevas codificaciones del Derecho privado que han tenido lugar en el último siglo, comenzando por el círculo de influencia germánica (Suiza, Turquía), continuando por el  romano (Italia, Países Bajos) y terminando con los países nórdicos y el círculo soviético (con referencia especial a la República Democrática Alemana y a su Código de 1976). En todos los casos, se detallan redactores e intelectuales que figuran claramente detrás de los proyectos, impulsores de los mismos, fechas, revisiones y, sobre todo, las influencias más relevantes. El capítulo noveno (pp. 238-259) examina de modo global el sistema jurídico angloamericano, el Common Law, desde sus orígenes medievales hastas sus instituciones más reseñables, donde evidentemente el sistema judicial y el Derecho procesal ocupan un lugar privilegiado, pero no son los únicos sectores glosados: la equidad, el precedente, el Statute Law, el papel de la Ciencia Jurídica a lo largo del tiempo (Glanvill, Bracton, Fortescue, Littleton, Coke, Blackstone, Betham, Austin, y los más recientes Hart o Rawls), los territorios de mixed jurisdictions (Escocia, la Isla de Man, las Islas del Canal de la Mancha o las antiguas colonias), y la singularidad que, dentro de este modelo general, ocupa los Estados Unidos de Norteamérica, completan este capítulo, con una final referencia a las Sociología Jurídica y al Realismo Jurídico (Holmes, Pound, Cardozo, Llewellyn), como aportaciones científicas más destacadas procedentes del ultramar. El capítulo décimo (pp. 260-299) concluye esta brillante obra con una mención sucinta a las cuestiones referidas a la Historia del Derecho y la Ciencia del Derecho Privado en el siglo XX con los problemas relativos a la descodificación y a la emancipación de la Historia dentro de la Ciencia Jurídica, en sus ramas romana, germánica y canónica (toda vez que la Codificación permite esa nueva vida de la Historia al margen de la praxis). El elenco y grandeza de los autores es innúmero en las tres ramas referidas: Mommsen, Lenel, Gradenwitz, Ludwig Mitteis, Wenger y Koschaker, entre los romanistas; Hübner, Von Schwerin, Eckhardt y Heinrich Mitteis, para los germanistas; Stutz en el campo canónico. Pero la furia del saber no se detiene aquí. La Historia deja paso a la comparación histórico-jurídica y a la Etnología Jurídica (Post, Kohler, Rabel). Por extensión, la teoría y el saber filosófico han originado postulados diversos, diferentes corrientes que han surcado durante el siglo XX —o surcan todavía hoy— las aguas procelosas de la Teoría del Derecho, todas ellas expuestas y también criticadas en sus puntos más débiles (Sociología y Positivismo Jurídicos, Escuela del Derecho Libre, Jurisprudencia de Intereses, Pensamiento Concreto del Derecho Natural, Tópica Jurídica, Jurisprudencia de Valores, Teoría de la Justicia o del Derecho Justo, nuevos efluvios del Derecho Natural, Teoría Pura del Derecho, Teorías Institucionalistas, Pensamiento del Orden Concreto, Análisis Económico del Derecho), para concluir con una breve alusión al proceso unificador del Derecho Privado europeo y al papel que en ese futuro inmediato puede llegar a desempeñar una Historia del Derecho que se centre en los acontecimientos inmediatos y no en la solas reminiscencias medievales.

     Se finaliza la obra con uno cómodos índices de personas y de materias, que redondean el carácter excelente que el libro tiene. Unos perfiles muy elementales, pero no por ello faltos de rigor, han sido los que han guiado la obra del profesor Schlosser y que le han permitido en esta nueva edición actualizar algunas publicaciones para contribuir a que su obra siga siendo un clásico entre clásicos. El esfuerzo de síntesis se ha manifestado en esa unión que efectúa el autor entre los productos normativos resultantes y en la reflexión teórica que se halla muchas veces en la base de cada uno de esos textos jurídicos. No es una simple Historia de las fuentes más relevantes, sino una Historia de una cultura jurídica con mayúsculas, en la cual al lado del poder o de la potestad para hacer leyes se encontraba la autoridad, ese saber socialmente reconocido en expresión de D’Ors, que en ocasiones tiene mayor trascendencia a los efectos de construir un orden jurídico y dotarlo de plena efectividad. El profesor Schlosser ha conseguido, de nuevo, la unión entre la norma y la reflexión más general sobre el Derecho con una maestría insuperable.

 

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 10 de septiembre de 2006
fmartine@der.ucm.es


 

[1] Hay traducción al castellano de la segunda edición alemana de 1975: Perfiles de la nueva Historia del Derecho Privado. Traducción de Ángel Martínez Sarrión, Barcelona, 1980.

[2] La obra de Franz Wieacker aparece en 1951. La más reciente edición española es la siguiente Historia del Derecho Privado de la Edad Moderna. Traducción del alemán por Francisco Fernández Jardón. Edición al cuidado de José Luis Monereo Pérez, Granada, 2000.

[3] Primera edición alemana en 1954. Existe una novedosa traducción española de la cuarta edición alemana: Historia del Derecho Privado Moderno en Alemania y en Europa. Traducción de José Javier de los Mozos Touya, Valladolid, 1998.

Retorno a Byblos