BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica
ISSN 1885-3129


Historia de Numancia
Adolf Schulten (edición de Fernando Wulff)
Urgoiti Editores, Pamplona, 2004, CCLVI + 205 pp. + 3 mapas y 4 planos


    Es labor extraña en el mundo editorial hacer caso y prestar atención a la Historia, seria rigurosa, con mayúsculas, fuera de la realización de literatura divulgativa, de consumo rápido y más rápida digestión, al estilo César Vidal, personajes con la capacidad de alumbrar cada día o cada semana, según la posición de los astros, dos, tres o hasta cuatro estudios magníficos sobre cuestiones históricas de rabiosa actualidad o que quieren poner en tal tesitura. Ensayos amplios o novelas que se pretenden científicas, da lo mismo el envoltorio. Lo que se busca es atraer al lector, hacerlo consumidor voraz, crear y modelar sus gustos, para generar dependencia futura y adicción. Esta labor editorial para el gran público es acaso la más rentable por lo que de beneficio económico inmediato tiene, pero la Historia, más discreta, sutil, compleja, busca de otros trabajos más elaborados, obra de historiadores artesanos alejados de las fábricas, los copistas, los equipos de negros, y la popularidad inmediata. El éxito no siempre debe leerse en términos económicos. Una editorial que ha asumido esta labor de artesanía arriesgada ha sido Urgoiti. Y un nuevo acierto es éste el de la editorial Urgoiti en su intento por recuperar obras clásicas de nuestra más reciente historiografía, entendiendo por “nuestra” tanto la escrita por historiadores patrios, como la que viene conformada por la pléyade de hispanistas extranjeros que por motivos diversos que se han dedicado a temas de nuestra Historia.

    En esta ocasión, toca el turno al que fuera uno de los mayores especialistas en Historia Antigua peninsular, el alemán Adolf Schulten y su recreación de la Historia de Numancia, esto es, de la Historia del cerco y caída de la ciudad celtibérica, paso previo a los inicios de la completa dominación romana en el espacio peninsular, que conforman la esencia de su relato, con un estudio preliminar y crítico de Fernando Wulff, profesor de Historia Antigua de la Universidad de Málaga, a quien la ha correspondido en suerte la edición de este trabajo clásico[1]. La obra de Schulten aparece en 1945, en su traducción castellana debida a Luis Pericot (la versión alemana es de 1933), y es una síntesis de su gran Numancia publicada en cuatro tomos entre los años 1914 y 1931, la cual todavía no ha sido vertida al castellano desgraciadamente. Nos hallamos ante un breviario de la obra a la que Schulten dedicó buena parte de sus esfuerzos en la primera mitad del siglo XX.

    Poco podemos decir sobre lo que supuso en su día y aún hoy mismo la obra de Schulten, conjuntamente con la de Hübner. La Hispania prerromana nos es conocida en la inmensidad de sus datos y en sus perfiles más generales gracias al silencioso y callado trabajo de esta pareja de teutones que profesaron un amor teñido de racionalidad, traducido en constante estudio, hacia la Historia de nuestro país, si bien muchas de las conclusiones de ambos han sido ya claramente superadas, sobre todo, aquellas tesis más polémicas y que podemos considerar como hijas de un tiempo, producto directo de una determinada historiografía. El estudio preliminar es sumamente jugoso por crítico, extremadamente duro en las valoraciones, aunque también justo, con el moderado reconocimiento de méritos, virtudes y carencias, para con Schulten en un diálogo actual con el historiador pasado. Decía Croce que toda Historia era Historia contemporánea, dado que el fautor de tal saber, el historiador mismo que crea el mundo histórico, no podía desposeerse de los anteojos de su propia e inmediata actualidad. Como ningún historiador es plenamente neutral, imparcial u objetivo, sino hijo de sus circunstancias, es decisivo conocer su ambiente, el momento en que nace su vocación, los factores que la modelan y condicionan, y el contexto global en el que se expande su obra. Solamente de este modo se podrá conocer aquélla en su totalidad. Así, para hablar de Schulten, con toda propiedad, es sumamente recomendable leer el estudio previo del profesor Wulff que incardina al autor alemán en su tiempo y en su espacio. Representa Schulten, que vive entre los años 1870 y 1960, un historiador que asume como propios los contenidos del clima cultural europeo en el que nace, un clima donde la exaltación nacionalista provocada por la unificación alemana y la derrota francesa, ambos acontecimientos el mismo año de su nacimiento, marcan a la estirpe de historiadores, sobre todo del área germánica, que por esos años comienza a labrar sus carreras. Así ciertos rasgos comunes aparecerán en la pléyade de investigadores que en aquel tiempo y lugar comienzan a producir Historia de primera categoría: habla Wulff de ciertos caracteres como el acentuado nacionalismo, congruente con la época de dominio ideológico que le toca vivir, que implica un sutil y determinante eurocentrismo rayano con el colonialismo (y su soterrada defensa, por ende), con atisbos también de implicaciones raciales; cierto maniqueísmo en la narración; el deseo de identificar las esencias inmutables y eternas de los pueblos; el elitismo en la construcción del discurso histórico; el dogmatismo de los mismos conceptos históricos manejados; la combinación de fuentes y el recurso a la arqueología, entre otros muchos elementos[2]. Esencialista, estatalista, belicista, son algunos de los calificativos que le dedica el profesor Wulff, en p. XVIII. Más adelante señala su carencia de permeabilidad o de ductilidad, el interés de su estudio no tanto por la validez u originalidad de sus aportaciones, sino por representar las concepciones dominantes en la época (Wulff, p. XXVIII). Marcas de escuela que no son imputables al autor, sino impregnadas en el contexto de una época que pone fin al siglo XIX, que sirve para profesionalizar la labor del historiador, y que comienza la titánica lucha de supervivencia e independencia con relación al poder político, al que se quiere y no quiere servir al mismo tiempo, pero al que necesita como elemento de financiación. En este sentido, Schulten es paradigma de esos rasgos definitorios descritos. Pero no por eso se debe desvirtuar su obra: debe ser leída no ya en clave histórica (o sí con las advertencias necesarias y precisas), sino, sobre todo, en clave historiográfica, como la del especialista más importante en Historia Antigua peninsular de la primera mitad del siglo XX, y como producto de la realidad escolástica de finales del XIX. Así, lo reconoce Wulff en p. IX, en una equitativa ponderación de los méritos de nuestro personaje. Pero de inmediato se rechaza la figura del historiador genial, único e inimitable. Schulten no lo era, ni quiso serlo, ni probablemente pudo por el contexto en el que se educa.

    Schulten nace cuando la profesión del historiador ha devenido eso mismo: no simple vocación o servicio cortesano, sino saber científicamente fundado, con mayores posibilidades de conocimiento y, a la vez, mayor dependencia de los circuitos institucionales y académicos. Al mismo tiempo, su tiempo es el tiempo del esplendor de la Filología Clásica, arma que él empleará con solvencia y abundancia. Pero nace también cuando Europa asiste a la consolidación de los Estados-Nación, incluso a su aventuras expansionistas (que implican el conocimiento del otro, pero también su valoración, su juicio, y, en ocasiones, su condena), a la formulación de leyendas nacionales que sirviesen de cemento para solidificar y unir para siempre ese conjunto abigarrado de sentimientos de todo signo que implica la idea de nación, al patriotismo, a un belicismo auspiciado por los recientes triunfo alemanes que ha fraguado la unificación política final dirigida por Bismarck, al romanticismo a ultranza como reacción al racionalismo del siglo XVIII y a su expresión armada en tiempos napoleónicos, a la defensa del derecho de los pueblos a rechazar cualquier tipo de sometimiento político y a desarrollar sus propias pautas e ideas culturales. La Historia es ya profesión, pero profesión conservadora. Schulten encarnará este ideario: un autor sin gran complejidad, ni en su obra, ni en su ideología, decididamente conservador en todos los sentidos, tendente — en relación a los cambios que se dan en la sociedad que le rodea— más a la defensa que a la oposición abierta (Wulff, p. XVII). Hijo, pues, como el que más, de su tiempo.

    Su vinculación a España arranca del primer viaje que se produce en el convulso año 1898 y serán repetidas estas incursiones hasta 1956. Esa primera fecha sirve para poner de manifiesto el páramo cultural en el que estaba instalada España, merced a la política canovista que buscó la “neutralización de saberes peligrosos” y la “institucionalización de ciertos saberes”, creando círculos de intelectuales, académicos o universitarios, fuera de los que no se podía hablar del saber o en el que la ortodoxia era regla común con silencio forzado del discrepante. Europa y el saber europeo estaban vetados y la Junta para la Ampliación de Estudios era todavía una remota idea. España no se “europeizaba” y, lo más grave, tampoco Europa se “españolizaba”. Ambas vivían de espaldas a sí mismas. Existía esa cultura oficial, que provoca retraimientos, exilios interiores, triunfos de mediocres, y que paradójicamente acaba provocando la aparición de la figura del “hispanista”, el extranjero que acaso es el único que puede estudiar y reflexionar libremente sobre España al margen de los circuitos oficiales. A partir de ese año 1898, su vínculo deviene más y más estrecho, hasta convertirse en la figura más señera de la Historia Antigua, sin que eso supusiese que en España no se hiciese nada al respecto. Ahí están las figuras de Delgado, Rodríguez de Berlanga, José Ramón Mélida, Costa, Morayta, o Altamira. Pero el protagonismo correspondió a Hübner, en primera instancia, y a Schulten más adelante. Con él, aparecerán los que pueden ser calificados como sus discípulos hispánicos, con matices, dado que no formó propiamente discípulos que merezcan tal calificativo: Bosch Gimpera y Pericot. Precisamente, por el influjo de estos, será en Barcelona y en Cataluña donde se le profese una gran admiración. En la obra de Schulten destaca el uso de la Historia para identificar colectividades y para construir identidades, con el apoyo indispensable de las fuentes literarias epigráficas y numismáticas, por medio de la depuración filológica oportuna. Trata de sistematizar etnografía y fuentes, los restos materiales y los restos literarios. Su formación se inicia con Willamowitz-Möllendorf en Gotinga, su primer maestro, un representante científico que predica la disciplina, el buen orden y el elitismo como elementos que construyen el conocimiento que se quiere científico, pilares con los que se edifica también el orden político. De él recibe el interés por la arqueología y la conveniencia por conocer personalmente los lugares donde se gestaron los hechos históricos. Después, Berlín, la influencia de su segundo maestro, Treitschke, sus primeros estudios sobre Historia agraria romana, los influjos, por medio de sus maestros, de los más reputados filólogos (Jahn), romanistas (Mommsen, con quien pretende elaborar su tesis doctoral) e historiadores (Niebuhr), la beca de Instituto Arqueológico Alemán, que interrumpe su doctorado en Derecho Romano, los viajes por Italia, África del Norte y Grecia, sus primeros trabajos acerca de la presencia romana en el norte del continente africano.

    La cesura en su formación intelectual la conforma Numancia, que marca el gran cambio en su vida y a la que consagra, más que una sola preocupación intelectual, toda una vida de investigación y de pensamiento. Todo gira en torno al pueblo soriano y a la leyenda que lo envuelve como manifestación del carácter belicoso y resistente del pueblo español, extrapolando lo sucedido a mediados del siglo II a. C. a la práctica totalidad de la Historia de España que se sucede después. Allí nace un carácter, una epopeya, un modo de ser y de sentir, de actuar que se va a reproducir en momentos históricos posteriores. Dirige allí excavaciones sucesivas (bajo la influencia de las de Troya y Mecenas, realizadas por Schliemann, apenas treinta años antes, y con el inestimable apoyo de A. Lammerer), aprovechando trabajos anteriores como los del ingeniero Eduardo Saavedra. Publica su magna obra en cuatro tomos sobre la misma Numancia, consigue financiación para sus proyectos, procedentes de fuentes varias, hispanas y alemanas. Es Numancia su obsesión y el punto de arranque, porque a partir de ella estudia a Roma, estudia la Hispania Prerromana, los pueblos que la dominan sucesivamente (ligures como etnia africana omnipresente, íberos, celtas, celtíberos, aunque si algún calificativo puede darse a sus teorías es el de iberismo a ultranza). Sirve de excusa para toda suerte de ramificación histórica, sobre todo, la política y la militar-arqueológica. Cree descubrir allí esencias eternas que después el pueblo español recupera en su lucha contra Napoleón de modo más explícito. Es la suya, dice Wulff en p. XLVII, una Historia de guerras, personajes excepcionales, imperios, resistencias heroicas, continuidades. Tiñe de épica esa resistencia a Roma para explicar la misma oposición que siglos más tarde se producirá en los sitios de Zaragoza o de Gerona: es un nacionalista hispánico, por tanto. Porque los pueblos no se forman, sino que parecen preexistir y estar dotados de un marchamo de inmortalidad, de caracteres imborrables que marcan su forma de actuación en todo período. En esa descripción, no dejan de aparecer rasgos maniqueos: los aborígenes estarían adornados con todas las virtudes posibles, la bondad absoluta; los romanos encarnarían la crueldad y la depredación, la maldad, en suma. En Numancia, surge un alma española, una raza española, que luego continúa a lo largo de los siglos sin prácticamente alteraciones. No es el primero, ni el único que estudia Numancia (otros ejemplos hispanos y alemanes son enumerados en Wulff, pp. XCVIII y ss.). Pero sí el primero que lo hace desde el claro revanchismo, tratando de ajustar cuentas con la Historia, con suma exaltación nacionalista y reaccionaria (Wulff, p. CXVI). Sus concepciones, próximas a las de Carlyle, y su idea del héroe orientan sus estudios sobre Viriato y Sertorio, minuciosos, exhaustivos, detallados, paso previo a otra de sus grandes obras sobre Tartessos (esbozada con todas sus críticas y aciertos en Wulff, pp. CXLVIII y ss.), a las que siguen los seis volúmenes de las Fontes Hispaniae Antiquae, de excepcional utilidad, no obstante la ausencia de edición crítica de los materiales manejados, o el estudio sobre la fortaleza judía de Masada, cuya recreación épica parece entroncar con la numantina (Wulff, pp. CLXXXIV y ss.). La suerte de su obra y de su compleja personalidad tras la Guerra Civil española conforma la parte final del relato del profesor Wulff (pp. CXCIV y ss.). Una obra, en general, que responde a dos ideas drásticas y radicales, señaladas en Wulff, p. CC: que Schulten no fue un investigador original, sino que muchas de sus obras fueron construidas sobre las sólidas aportaciones de predecesores, cuyos nombres muchas veces silenció; y que tampoco fue un investigador excesivamente riguroso. Pero, en líneas generales, no puede afirmarse el rechazo total de su obra, mas sí las críticas puntales, como las que aparecen resumidas en pp. CCVII, entre las que destacan las de Almagro y las de Caro Baroja. Schulten es así un historiador no genial, con sus luces y sus sombras. Es, sobre todo, un historiador humano, por tanto, falible y cuyas conclusiones pueden ser sometidas a revisión siempre con el respeto que debe merecer su trabajo y los materiales de los que dispuso en su día para la construcción del mundo histórico antiguo. La virtualidad del trabajo del profesor Wulff es presentar a Schulten como un ser humano antes que como un historiador, acentuando acaso los defectos, los vicios y los pecados, que han de ser incardinados, no obstante, en el mundo historiográfico en el que nace, se forma y madura. Ello no supone el rechazo general de su obra, sino su admisión con matices y condiciones en ciertos aspectos, dentro de una línea general de validez de algunos de sus planteamientos.

    La Historia de Numancia, el texto que centralmente nos ocupa, dedicada según consta en la edición original a Blas Taracena, pretende reconstruir la epopeya de esa ciudad que cae bajo el poder romano en el año 133 a. C., como una manifestación de la tendencia de los pueblos (en este caso, hispánicos) a la defensa de su libertad y su lucha contra lo extranjero, una tendencia que ha tenido ocasión de manifestarse en otros momentos de la Historia hispánica. Claramente lo señala el propio autor, en p. 8: el amor a la independencia persiste en la Península, es “gloria eterna de España” el abatir al ejército napoleónico desde el caos y la desorganización, tal y como hicieran Numancia y Sagunto: “Puede estar orgulloso el pueblo español de Numancia y de Sagunto, de Zaragoza y de Gerona y debe mantener siempre este recuerdo glorioso. Los grandes recuerdos nacionales son tal vez el más precioso tesoro de una nación, más precioso que las riquezas materiales, pues son eternos, mientras los restantes bienes se hallan sujetos a toda clase de cambios”. Ilustrado con numerosas fotografías, láminas y dibujos de su colaborador Koemen, y con una serie de mapas y planos insertados al final del libro, Schulten cuenta la Historia de Hispania en el siglo II a. C., al amparo de este conflicto bélico denominado con carácter general como “guerras hispánicas”. Dichos conflictos fueron importantes por lo que tuvieron de significativo a los efectos de hacer entrar en crisis a la República romana y posibilitar la llegada del Principado, del Imperio, por la tendencia que allí se detecta de cara al fortalecimiento de los poderes individuales puestos en manos, de modo excepcional, de ciertos sujetos cualificados, que quiebra el modelo de gobierno mixto que había maravillado a Polibio como explicación plausible de la grandeza romana y de su dominio del mundo (Capítulo I). Se describe la ubicación de la Numancia prerromana, con identificación de su situación geográfica, primitivos pobladores, oleadas sucesivas de pueblos que dominan la región soriana (Capítulo II). Desarrolla a continuación el escenario de la guerra y las potencialidades de los contendientes, con los íberos, por un lado, y el poderoso ejército romano, por otro (Capítulo III), para embarcarse en la narración de los primeros conflictos, entre los años 181 y 179 a. C., con acopio de sus causas, efectos, consecuencias y eventos principales (Capítulo IV), la segunda guerra celtibérica en los años 153 y 151 a. C. (Capítulo V, con el apoyo indispensable de Polibio) y las sucesivas campañas de los generales romanos Nobilior, Marcelo, Lúpulo, todas descritas con lujo de detalles (composición de los ejércitos, campamentos, principales enfrentamientos, tácticas y estrategias, etc.), las luchas con los vacceos como elemento de distracción al que Roma acudía para paliar su impotencia, a las que siguen (Capítulo VI, entre el año 143 a. C. y el año 134 a. C.) los correctivos que inflige Viriato, las nuevas direcciones militares de Metelo (143-142 a. C.), Pompeyo (141-140 a. C.), Popilio (138 a. C.), Mancino (137 a. C.), Lépido (136 a. C.) y Furio Filo (136 a. C.), todas ellas rotundos fracasos en mayor o menor media, no obstante algunas victorias parciales. Fiel a su estilo, al estilo de Schulten, siempre a la búsqueda de ese personaje histórico que reconduzca los acontecimientos desde la desesperación hacia el triunfo final, aparece el héroe: Escipión, de poderosa, mítica y exitosa familia, toma las riendas de la campaña, tras experiencias militares gloriosas como la destrucción de Cartago doce años antes, y procede al cerco de Numancia (Capítulo VII). Con todo lujo de detalles y un perfecto conocimiento del terreno, nos narra Schulten el séquito de Escipión, sus orígenes y antecedentes familiares, la historia del cerco y bloqueo, las dificultades de la orografía, la construcción de la muralla, la circunvalación, los siete campamentos que él mismo contribuyó a descubrir (con minuciosos análisis, acompañados de dibujos, de cada uno de ellos: Castillejo y Peña Redonda, los más importantes, a los que acompañan Valdevorrón, Travesadas, Alto Real, Dehesilla y Raza, más los castillos de Molino y de Vega), los instrumentos de artillería empleados, la guarnición y el sistema de señales, hasta desembocar en el fin, en la caída de Numancia (Capítulo VIII), los últimos intentos de resistencia con el episodio de Retógenes, y la final rendición, donde se acentúan los rasgos maniqueos al dotar a los romanos de una acentuada ambición y hambre de poder que los hace actuar sin prácticamente freno moral alguno[3]. Ese resentimiento se proyecta en la descripción de los últimos años de Escipión, en pp. 152-154. Finalmente, agotada la Historia, se pasa a la descripción de la ciudad íbera, sus elementos poblacionales, la cultura, la organización política y la “mentalidad nacional”[4] (Capítulo IX), la posterior ciudad romana que no consigue sepultar el legado de los primitivos moradores[5] (Capítulo X), su situación en las Edades Media y Moderna (Capítulo XI), y una última referencia al paisaje del entorno numantino (Capítulo XII) cierran este trabajo sometido a profunda revisión en el estudio introductorio, pero que sigue siendo representante señero de un modo de concebir, hacer y escribir la Historia: el que encarnó Schulten, pero no sólo él, y al que se deben no pocos elementos aprovechables para forjar la Historia Antigua de España. Con sus aciertos y también con sus errores, que los hay y muchos.

    Pero, en resumidas cuentas, somos enanos a hombros de gigantes. Solamente con esa depuración continua del material histórico e historiográfico, es posible el avance en el conocimiento. El profesor Wulff nos advierte de eso, nos da la obra de Schulten para practicar sus sabias recomendaciones que inducen a una lectura con acendrado espíritu crítico, con matizaciones, reservas y prudentes sugerencias, y tratando de inculcar en el lector la visión que el historiador alemán profesó para así aprehender su obra, leerla con el espíritu dominante en el momento de su confección y en el momento actual, y aceptarla en su exacto valor historiográfico, ni más, ni menos. La editorial Urgoiti, finalmente, se encarga de hacernos llegar con acierto un producto de indudable calidad científica, magníficamente editado, y con el que podemos aprender sobre Historia y sobre cierta Historiografía, a los efectos de mejorar nuestros conocimientos sobre la una y la otra, y con este instrumento, proceder a la superación de visiones de uno u otro signo que ya podemos considerar felizmente periclitadas.

 

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 10 de agosto de 2006
fmartine@der.ucm.es


 

[1] Bajo el título “Adolf Schulten. Historia antigua, arqueología y racismo en medio siglo de Historia europea”, pp. VII-CCXVII, el profesor Wulff hace un repaso de corrientes historiográficas existentes en la vida de nuestro protagonista, los caracteres esenciales de su obra, sus defectos y sus virtudes, la evolución de su carrera académica, los vínculos con España, y la suerte final de su forma de hacer y entender la Historia, acompañado todo ello de un completo elenco de fuentes de las que se ha servido para elaborar una amplia introducción (Wulff, pp. CCXIX-CCXLI), una introducción que no es simplemente eso: introduce y juzga, enseña y piensa por sí misma, va más allá porque relativiza el papel de Schulten a los ojos de la moderna historiografía, depura muchas de sus hipótesis, denuncia algunos rasgos singulares del quehacer historiográfico del alemán, en fin, se convierte en un ensayo que permite leer con otros ojos la Historia de Numancia, sin prejuicios, plenamente advertido. Se añade finalmente una bibliografía del mismo Adolf Schulten (Wulff, pp. CCXLIII-CCLVI). La parte final del libro editado incorpora el índice onomástico (pp. 191-200), y el general (pp. 201-205). Ya sin paginación, se incorporan tres mapas (de las tribus de la Península, de los escenarios de las guerras celtibéricas y del sistema de asedio ideado por Escipión), y cuatro planos de la zona numantina (de las excavaciones, del campamento de Nobilior, del de Castillejo y de Peña Redonda).

[2] Vid. Wulff, p. CCXIV: “Si no hay duda de que el instrumento más fino para el conocimiento de las sociedades humanas es la historia, tampoco lo hay de que su nacimiento, e incluso su profesionalización, se hizo bajo la sombra del desarrollo de los estados nacionales y de los nacionalismos, que formaban parte, además, del conjunto de cambios radicales que implican la industrialización y sus tensiones, la revolución democrática y la búsqueda de libertades políticas y la hostilidad y violencias intereuropeos y, pronto, mundiales a la sombra de un imperialismo que iba unido a la proclamación de la superioridad occidental. Un nacimiento así tenía que conjugar forzosa y desequilibradamente las virtualidades de sus aportes y las deformaciones de las perspectivas. Las categorías y conceptos con los que la mayor parte de los historiadores creían reflejar las realidades del pasado eran dignos hijos de todo esto. Schulten es un buen ejemplo, en su dogmatismo, en su racismo, en su eurocentrismo, en esa simplicidad que le permite aseverar la continuidad de las esencias de los pueblos durante milenios, y definir a esos pueblos (es decir, a esos pueblos que ha inventado o coinventado) para siempre, es decir, más allá de la historia, alrededor de claves de una radical elementariedad (capacidad militar, capacidad política-estatal, cultural, económica, virilidad o afeminamiento”. Por ese motivo, añade Wulff, p. CCXVII, que la obra de Schulten adolece de una “incapacidad para entender la complejidad de las realidades humanas como fruto de la permanente interacción de los diferentes y sucesivos grupos que vamos construyendo, términos como el de etnogénesis nos sitúan ante posibilidades de conocimiento del pasado no ya distintas sino infinitamente superiores a aquel utillaje arcaico y torpísimo de las concepciones racistas, esencialistas y genealógicas”.

[3] Así, Schulten, p. 152: “La loba es el animal sagrado de Roma y no han podido elegir los romanos símbolo más representativo de su hambre de poder. La loba Roma ha destrozado centenares de pueblos pacíficos, y sus anales están escritos con sangre. En ningún pueblo culto de la Antigüedad se mostró mejor la bestia humana que en Roma. Aparte del anfiteatro, donde corrían ríos de sangre humana para regocijo de los espectadores, hombres y mujeres, el triunfo, en el que el pueblo romano se embriagaba con el lamentable desfile de reyes encadenados y de sus tesoros, es su espectáculo más característico y la más auténtica expresión de su alma nacional, como Olimpia lo es del alma helénica”.

[4] Con algunas afirmaciones de este cariz, entre racista y esencialista, como en Schulten, p. 165: “El carácter de los numantinos y en general de los celtíberos, acusa decididos y fuertes rasgos de virilidad, en tanto que la manera de ser de los galos con su vanagloria, su traje lujoso, su inconstancia y locuacidad, tiene algo de femenino. Su fidelidad y gratitud se manifiestan de tal modo, que aun después de 50 años se acuerdan de la moderación de Graco y devuelven el favor a su hijo”. Para añadir, en Schulten, p. 166, que “en muchos españoles se reconocen aún las cualidades del antiguo celtíbero. Del mismo modo que en el aspecto físico poco ha cambiado a pesar de las posteriores capas de población, indudablemente ligeras, aportadas por los romanos, godos y árabes, así también espiritualmente el hombre de la Meseta ha permanecido igual que era, fuerte y altivo, como han permanecido iguales la nieve de las sierras y la soledad de las parameras”.

[5] Puesto que entroncan con los futuros moradores del reino de Castilla y León, como se puede ver en Schulten, p. 173: “La historia de Numancia tocaba a su fin y el nombre de los celtíberos y vacceos se extinguió. No obstante, en su suelo, en tierras de Castilla y León, germinó de nuevo su semilla en aquellos férreos hombres a los que estaba destinado unificar España y dominarle durante muchos siglos”.

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