BYBLOS
Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica


El derecho romano en la historia de Europa. Historia de una cultura jurídica. Prólogo de Juan Pablo Fusi
Peter G. Stein
Madrid, Siglo Veintiuno de España Editores, 2001, 201 pp.


  Es un lugar común afirmar, siguiendo la conocida opinión de Xavier Zubiri, que la cultura occidental descansa sobre tres pilares que encarnan, a su vez, las tres dimensiones esenciales que presenta la vida humana. Esos tres pilares, bases del hombre europeo moderno, son la metafísica griega, expresión depurada del hombre racional, filosófico; la religión judeo-cristiana, compendio del ser humano en cuanto que religioso; y el derecho romano, máxima expresión del ser jurídico que todo hombre presenta y lleva dentro. La importancia de las tres dimensiones es incuestionable porque sientan las bases de todos los debates, discusiones y corrientes del pensamiento que se han podido realizar desde la Antigüedad. La historia de Europa, por tanto, no debe olvidar en ningún momento estos preciosos legados que definen lo que ha sido, lo que es y lo que será el hombre occidental, un hombre que se debatirá entre el idealismo platónico y el realismo aristotélico, entre el judaísmo y el cristianismo y sus respectivas síntesis filosóficas, que se abandonará en manos del derecho romano como expresión depurada, como manifestación cuasi-perfecta del ser jurídico occidental, como codificación de nuestro sentido común en el campo del derecho y de la justicia.

  En estos tiempos de ampliación del concepto de Europa o de Unión Europea, concepto que encierra más que nada una nueva realidad económica, a pesar de que se intente revestir con los ropajes de la unidad cultural y social lo que son paisajes humanos, sociales y culturales de lo más dispar y distante (Europa es un mercado y poco más, no obstante los discursos oficiales optimistas al respecto), en estos momentos en que se recupera la visión cosmopolita del continente, se cita a Carlomagno, a Napoleón y demás parafernalia medieval como precedentes gloriosos y heroicos de la actual fusión de Estados, es relevante la aparición de trabajos que buscan profundizar en el conocimiento de la realidad europea en todos los sentidos, incluido el jurídico, acaso el más abandonado tradicionalmente y en el que se pueden hallar interesantes antecedentes para caminar hacia la construcción de esa nueva superestructura estatal que sepultará las nociones tradicionales de frontera, de nación y de soberanía. La pregunta qué es Europa es el paso previo para conocer qué debe ser Europa, hacia dónde nos dirigimos, lo que exige siempre y en todo lugar saber con seguridad de dónde procedemos, cuáles son los elementos históricos que nos sustentan, las tradiciones que compartimos, los valores que constituyen nuestro acervo común, los ideales pasados que han dejado huella en nuestro presente y han modelado nuestro modo de ser, de pensar, de sentir. Todo esto es preciso e indispensable a los efectos de formar las bases que permitan una construcción europea que no ponga en peligro, ni distorsione la esencia del ser europeo, sino que sea conforme con él. Sin una unión cultural, de raíz profunda y fuertemente arraigada (que vaya más allá de la unión lingüística o de los meros intereses culturales), no se podrá nunca hablar de un pueblo europeo. Ni ahora, ni en el pasado.

  Para hacer frente a ese papel de introspección histórica, deben ser tenidas en cuenta todas las dimensiones posibles en las que se manifiesta el ser cultural del hombre, su dimensión lúdica, artística, musical, etc. Una de las mismas es la jurídica, dado que la edificación de una nueva sociedad solamente puede llevarse a cabo desde el orden, la arquitectura institucional, que proporciona lo jurídico, tal y como ya había puesto de relieve Jean Monet y otros egregios europeístas. Lo cual no hace sino confirmar el conocido adagio latino: ubi societas, ibi ius (y viceversa). El derecho es el elemento preciado, capital de todo conglomerado social, sin el cual no se puede hablar de una verdadera comunidad, nazca ésta de un modo espontáneo o de una manera forzada.

  En el estudio del pasado jurídico de Europa nos encontramos con la confluencia de varias tradiciones encarnadas en los respectivos Estados existentes, si bien se puede hallar una huella común a todos ellos, con un protagonismo por encima de todos los demás: el derecho romano. El legado de Roma es esencial para comprender lo que fue la Europa medieval y moderna hasta el siglo XVIII, aproximadamente. Sin el mismo no es factible realizar una explicación coherente y global de la vida europea. Incluso la recuperación del derecho romano fue planteada como una atractiva posibilidad a finales del siglo XX en el sentido de resucitar un elemento que sirviese de espíritu para forjar una nueva ciencia jurídica europea de manera progresiva y lenta, tal como se ensayó en algunos países de la antigua Europa del Este.

  Las obras que han caminado en esta senda han sido variadas, algunas de ellas insuperables: la monumental Historia del Derecho Romano en la Edad Media de F.C. von Savigny, las obras de E. Besta, G. Ermini, P. Vinogradoff, P. Koschaker, F. Calasso, V. Piano Mortari, M. Bellomo, A. Cavanna, H. Thieme, H. Coing o H. Wieacker, por citar solamente a algunos de ellos, han pasado a formar parte del bagaje literario de todo estudioso de la historia jurídica de Europa. La procedencia de todos ellos (italianos y alemanes, en su mayoría) se explica por la propia reflexión previa que se formularon en su día acerca de la evolución jurídica dentro de sus propios países, acaso los más marcados y afectados por el proceso de la recepción.

  Sin embargo, en el área anglosajona, en principio tan alejada del sistema jurídico europeo, se ha manifestado una igual preocupación, de la que son buenos exponentes las obras de Merryman (La tradición jurídica romano-canónica, 1969), Berman (La formación de la tradición jurídica de Occidente, 1983) o ésta que ahora nos ocupa, obra del catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Cambridge, Peter G. Stein. Además de la publicación de las Lecciones de Jurisprudencia de Adam Smith, el profesor Stein ha desarrollado una importante tarea investigadora centrada en el estudio de esa cultura jurídica europea y sus antecedentes medievales, de lo que dan buena cuenta títulos como Regulae Iuris: from juristic rule to legal maxims (Edimburgo, 1966), I valori giuridici della civiltà occidentale, publicado en la Biblioteca per la Storia del Pensiero Giuridico (Milán, 1981), en colaboración con John Shand; Legal Evolution: the story of an idea (Cambridge, 1986); I fondamenti del diritto europeo (Milán, 1995), o la obra que ahora reseñamos, aparecida en su versión inglesa en 1999. 

  El autor es miembro además de la Academia de Pavía, grupo intelectual formado por reputados investigadores del Derecho Romano, del Derecho Civil y de la Historia del Derecho de diferentes naciones, agrupados en torno a la figura relevante del profesor Giuseppe Gandolfi. Las inquietudes culturales y jurídicas de esta Academia han brindado recientemente (en octubre del año 2000) sus frutos profesionales y plenamente maduros a la Comisión Europea y a todos los estudiosos del derecho privado en general: un Anteproyecto de Código de Obligaciones y Contratos, común para todos los Estados miembros de la Unión. En octubre de 2001, la Academia presentó además a la misma Comisión una Comunicación sobre Derecho Contractual Europeo, a la luz de la Comunicación de la Comisión al Consejo y Parlamento Europeos de 11 de junio de 2001 sobre Derecho Contractual Europeo. Se trata, pues, de una mesa de trabajo que cree en lo que hace y hace lo que cree. Se exporta el conocimiento histórico fuera de los límites meramente universitarios para aportar su sólida y ejemplar formación al servicio de los actuales intereses europeístas.

  La obra se divide en una introducción y cuatro capítulos, a los que se añade un apéndice, un apartado de bibliografía y un índice alfabético, además del prólogo de Juan Plablo Fusi a la edición española. A través de esos cuatro capítulos asistiremos al nacimiento, crecimiento, apogeo y decadencia del derecho romano en su periplo europeo, desde sus orígenes hasta el el siglo XX, siguiendo una concepción organicista muy en la línea de O. Spengler.

  En la Introducción (pp. 1-3), el profesor Stein sienta las premisas mayores sobre las que se erigirá el desarrollo posterior de su obra. En esas breves páginas pone de relieve la extraordinaria ductilidad del derecho romano en su intento de servir siempre y en todo lugar a la sociedad que lo había creado, de aportar soluciones a los problemas juridicos suscitados, sin perder en ningún instante su identidad, su esencia, sus contenidos y categorías primigenias. Y esa ductilidad muestra la increíble capacidad de adaptación del derecho en relación, primero, a un orden político cambiante que transita desde la República al Dominado pasando por el Principado, esto es, de una distribución del poder entre varios órganos a la concentración del mismo en uno solo, al mismo tiempo que se asiste a la transformación social del entramado comunitario con la irrupción de gentes ajenas a Roma, a las que, por ende, no se les podía extender el ius civile. Todo ello implicó un esfuerzo sobrehumano para mitigar el rigor, la exclusividad y el formalismo del antiguo derecho quiritario a las nuevas realidades sociales surgidas de la expansión de los ejércitos romanos y de la extensión del modelo de vida romano por toda la Europa occidental. En suma, esta capacidad ínsita en el derecho romano desde el crecimiento del poder de Roma permite edificar un orden jurídico alejado de abstracciones, dogmas, principios inmutables o extremadamente filosófico. Al contrario, fue un ordenamiento jurídico pleno de vida, de realidad, cotidiano, cercano al pueblo, de carácter fuertemente casuístico y cotidiano, basado en un complejo sistema de acciones procesales donde cobraba un protagonismo esencial el juez, dotado de un alto sistema de sofistificación y una técnica discursiva sumamente complicada con lo que se hizo difícilmente accesible al profano y encumbró a los juristas como clase social privilegiada y distinguida. Fue un saber adaptado a las necesidades del pueblo, al mismo tiempo que se fue alejando de aquél por su extraordinaria complejidad.

  Sin embargo, existe una cuestión de fuentes que ha de ser precisada previamente. El derecho romano que conocemos se encuentra básicamente en la compilación que en la primera mitad del siglo VI mandó hacer el emperador bizantino Justiniano, para la elaboración de la cual se basó en buena parte de los materiales clásicos, si bien corregidos, enmendados o suplidos por toda una gama de interpolaciones y modificaciones surgida de las manos de los propios compiladores y autorizada por el mismo emperador, a los efectos de adaptar el derecho recogido a la realidad del momento y a los propios deseos imperiales. No conocemos, pues, el originario derecho romano de la época llamada clásica, sino que debemos operar con las fuentes generadas con varios siglos de distancia y con las consiguientes corrupciones, defectos y reelaboraciones sufridas en el intermedio. Esa compilación, redescubierta en los siglos centrales del Medievo en Bolonia por un cruce de varias circunstancias azarosas, fue el centro de todos los estudios jurídicos desde aquel preciso instante, siguiendo métodos y caminos diferenciados tanto en la época medieval como en la moderna. A partir de la misma comenzó a fraguarse el Derecho Común y con él, la ciencia jurídica europea en su plena madurez. Ello implicó un correlativo empobrecimiento de los derechos llamados “nacionales”, en situación de inferioridad respecto a ese monstruo que todo lo dominaba en el panorama docente, en la práctica judicial y en la extrajudicial.

  Esa ductilidad no la ha perdido en ningún momento el derecho romano: no es, afirma Stein, una cuerpo legal de carácter inamovible, no cuestionable o no interpretable, sino una especie de derecho en movimiento, vivo, susceptible de ser acogido y aplicado a las más variadas situaciones. Como bien dice el propio autor, los textos romanos aparecen como una suerte de supermercado legal, en el que los juristas de diversos períodos han encontrado siempre lo que necesitaban en cada momento (p. 3). Lo cual sirve para explicar la paradoja que se da en apenas un siglo, los cien años que van desde la Edad de las Luces hasta los comienzos de la Codificación: durante la Ilustración, en el siglo XVIII, el derecho romano era cuestionado porque permitía fundamentar modelos absolutistas de poder o por auspiciar una modalidad de propiedad que se oponía radicalmente a los nuevos ideales burgueses, al mismo tiempo en que se insitía en una especie de irracionalidad en la que la práctica había acabado desembocando por la cita exagerada de autores y leyes romanas, pero en el siglo XIX fue el mismo derecho romano la base en la que se inspiraron los (no tan) revolucionarios franceses para establecer la (sí tan) revolucionaria codificación del derecho civil, consagrada en el Código Napoleón del año 1804 y en los textos sucesivos que cubrieron las restantes ramas del ordenamiento jurídico, en donde el componente romano es más que evidente, en buena parte por el camino ya preparado que habían conseguido forjar Domat y Pothier. Buena parte de las fuentes de las que bebe el Código Napoleón son romanas (por ejemplo, en sede de obligaciones y contratos)

  ¿Cómo se desarrolla, pues, este derecho romano al que siempre ha acudido Europa, que siempre ha estado ahí al servicio de los intereses de los poderosos y de los humildes, de los nobles, de los ilustrados, de los burgueses, de los campesinos, de los ciudadanos, que forma parte, más que cualquier otro, del espíritu del pueblo europeo, no obstante compartir protagonismo con otros actores como el canónico o como el germánico en sus variadas maneras?

  El primer capítulo lleva como título el derecho romano en la Antigüedad (pp. 4-52) y en el mismo se explica la historia del derecho en Roma y todavía más allá, porque esa coordenada temporal que supone el sustantivo “Antigüedad” se ve rebasada cuando se explica, por ejemplo, el derecho justinianeo que cronológica y geográficamente pertenecen a otro momento de la historia europea. En este capítulo, con una prodigiosa capacidad de síntesis, el profesor Stein explica más de diez siglos de historia romana desde la perspectiva del derecho, con una soltura y una sencillez dignas de elogio, sin escatimar las referencias oportunas a los procesos políticos, a los movimientos filosóficos o a los acontecimientos históricos más relevantes y de más honda huella. La cronología sigue de cerca la historia de Roma y su proceso político, así como la irrupción y aportación del Cristianismo en un Imperio ya decadente, combinado con las necesarias referencias al proceso jurídico, los elementos creadores del derecho y su evolución, desde la Ley de las XII Tablas, el papel del pretor y de otros magistrados, la aparición del procedimiento formulario que sustituye a las acciones de la ley, el papel de los juristas en los diferentes momentos de Roma, hasta el surgimiento de un nuevo procedimiento, de un nuevo derecho (el de gentes), las primeras compilaciones típicamente romanas, los textos germánicos que beben en buena parte de los anteriores, la compilación justinianea o la aparición del derecho de la Iglesia, totalmente inbuido de las soluciones y conceptos romanos. Mención especial ha de hacerse necesariamente al papel de Justiniano y su compilación: en un esfuerzo sobrehumano por recuperar la grandeza de Roma (no sólo en el campo jurídico), el emperador bizantino encomienda a los más reputados juristas del momento la realización de una ingente obra que englobaba un compendio de leyes, una selección de textos de los mejores juristas y un manual para el estudio de las disciplinas jurídicas, a lo que se sumarán las compilaciones anónimas de las “nuevas leyes”. Historia y derecho se unen, como es necesario, para explicar los fenómenos típicamente históricos y típicamente jurídicos, sin que se pueda establecer una clara barrera separador de ambos órdenes. La historia enmarca el derecho en sus coordenadas y el derecho permite explicar muchos acontecimientos históricos, en una simbiosis a la que ayuda mucho la claridad expositiva del autor que posee la habilidad de relacionar y hacernos relacionar esta profunda conexión entre todos los fenómenos humanos.

  El capítulo II se ocupa del llamado renacimiento del derecho justinianeo (pp. 53-98), la llamada con toda propiedad segunda vida del derecho romano, abarcando los siglos centrales de la Edad Media, desde el siglo XI hasta el siglo XIV, con el advenimiento de la Escuela de Orleáns. Stein adopta aquí la periodificación clásica entre Alta y Baja Edad Media, diferencia marcada por el papel del derecho romano en cada uno de esos momentos. El primero de estos períodos, la Alta Edad Media (pp. 53-61), presenta un panorama caracterizado por la ausencia generalizada del derecho romano, o al menos, la falta de un derecho romano completo y tenido por auténtico. Los fenómenos jurídicos se ven acompañados de causas históricas que sirven para explicarlos, para aprehenderlos: la desaparición del Imperio de Occidente y la consiguiente fragmentación política, el impulso del derecho de los pueblos germánicos, la elevación de la costumbre al rango de fuente primordial de todos los órdenes jurídicos, entre otros muchos factores, conllevan el abandono del antiguo derecho romano, no de forma absoluta pues hay casos aislados de aplicación y uso de fragmentos de la compilación bizantina en el Occidente. Hay una especie de olvido provocado por las angustiosas circunstancias en las que vive Europa. El pueblo o, más bien, los poderosos se erigen en los poseedores del derecho, los que lo marcan, lo fijan, lo reconocen o lo ignoran, de acuerdo con sus intereses y acudiendo a la tradición que todo lo legitima. Todo ello en un escenario en el cual la Iglesia y el poder temporal (el nuevo Imperio medieval) se sumergían en una política de franca confrontación para la exacta delimitación de sus órbitas de actuación (la Querella de las Investiduras), al mismo tiempo que hacen surgir la idea de unidad en lo político y en lo religioso. Pero tras ese período de oscuridad, reaparece el derecho romano: el redescubrimiento del Digesto (pp. 61-64) es el elemento desencadenante de esta nueva etapa de la historia jurídica europea. Esta obra justinianea, contrariamente a lo que se piensa, no permaneció en el absoluto anonimato, sino que fue conocida en círculos cultos, sobre todo, los eclesiásticos. Pero lo que sí se produjo fue un conocimiento fragmentado (no de la obra completa), al mismo tiempo que los ejemplares con los que se trabajaba no presentaban visos de total autenticidad. Por otro lado, el Digesto, sobre todo, se destacaba por una complejidad intelectual enorme para el jurista práctico del momento, lo que hizo que apenas fuese empleado en los negocios jurídicos ordinarios, en las decisiones judiciales o en los documentos notariales. Mayor suerte tuvieron, precisamente por su mayor sencillez y su más marcado sentido práctico, las otras partes de la obra de Justiniano (Código, Instituciones y Novelas) de lo que dan buena cuenta una enorme cantidad de obras que se gestan en el sur de Francia y en el norte de Italia, la zona más activa y más desarrollada en este aspecto.

  En el siglo XI, en uno de esos círculos cultos, concretamente en la Escuela de Pavía, situada en la Lombardía y que había sido una de las pocas escuelas de derecho que existieron en el Alto Medievo, algunos prácticos comienzan a glosar el derecho lombardo y a comprender que en caso de insuficiencia del mismo sería preciso recurrir al derecho romano, en tanto que derecho general para hacer frente a las lagunas o corregir incluso el propio derecho lombardo.

  A pesar de este precedente, es la Escuela de Bolonia la que tiene el mérito de convertir al derecho en una ciencia independiente, con el método de la glosa que extienden para la explicación y comentario filológico de toda la obra de Justiniano a la cual consideran infalible, perfecta, sin contradicciones, con una autoridad análoga a la que tenía la Biblia para los teólogos. Para los juristas boloñeses, comenzando por Irnerio, el derecho es ya una ciencia nueva, de alto nivel, a la que solamente se podía tener acceso desde el profundo conocimiento de las artes liberales que formaban el Trivium, las artes que permitían el correcto dominio de nuestro entendimiento, al prepararnos para el buen leer y escribir (Gramática), el buen hablar (Retórica) y el buen pensar (Dialéctica). El testigo de ese oscuro personaje que fue Irnerio lo recogen sus cuatro discípulos Martín, Búlgaro, Jacobo y Hugo, a partir de los cuales se ramifica el árbol de los glosadores medievales, tanto del derecho civil como del canónico. Éste último goza de un proceso de crecimiento en lo cuantitativo y en lo cualitativo merced al dominio creciente de los papas que se traduce en la aparición de varias recopilaciones y de toda una escuela de egregios juristas preocupados por la distinción entre derecho y teología, entre el fuero externo y el interno. Desde Graciano, el derecho canónico había conseguido romper las ataduras que lo ligaban a los dogmas eclesiásticos -ruptura que no es total, hay que advertirlo-, para dar paso a un derecho más novedoso, desvinculado del componente religioso que estaba en su fondo, con lo que los juristas deben aguzar su ingenio por las limitaciones intelectuales que ese hecho de nacimiento provocaba.

  Esto trastocará el panorama educativo europeo de una forma sustancial: aparece una nuevo sujeto histórico, el estudiante, y una nueva entidad, la universidad, como centro de estudio y, al mismo tiempo, centro de debate perfectamente imbricado en la realidad política del momento. La universidad no da la espalda a la Europa del momento. Es en su seno donde se suscitan las más apasionadas polémicas acerca del poder del Papa y del emperador, cuestión candente a lo largo de toda la Edad Media, las relaciones entre el derecho romano con la costumbre (pp. 88-92), o con los derechos propios, particulares (donde tiene un especial protagonismo el caso español, pp. 92-97), las relaciones del emperador con otros poderes seculares (municipios, señores, gremios, las propias universidades, etc.), las razones de su coexistencia, la jerarquía entre los mismos (pp. 85-88). La universidad era el laboratorio en el que se experimentaba desde la teoría sobre todas las polémicas que se daban después en la práctica europea. No es raro que los profesores juristas asesorasen indistintamente a los sujetos en conflicto. Son frecuentes los dictámenes a favor del emperador, del papa, de las ciudades, etc., lo que demuestra la comunidad de intereses a la que sirve el derecho romano revivido.

  La labor de difusión auspiciada por la universidad no tuvo como denominador la imposición, sino la pacífica comunicación de ideas y experiencias. Los estudiantes volvían a sus lugares de origen plenos del espíritu universitario y de los conocimientos jurídicos que habían recibido. Allí, en sus respectivas patrias, con sus libros y sus ideas, procedían de una manera callada a subvertir el orden jurídico establecido y a reemplazarlo por el que conocían y dominaban. Con ellos se expande el ideario universitario y van apareciendo por doquier nuevos centros de estudio por toda Europa: Módena, Padua, Pavía, Nápoles, Oxford, Cambridge, Toulouse, Orleáns, Salamanca y un largo etcétera. La unidad de pensamiento y de lengua facilitó asimismo la movilidad de profesores y estudiantes, cosa que no está de más recordar ante los intentos de crear un espacio universitario europeo.

  De esta forma pacífica, sin imposiciones, sin violencias, sin renuncias (sin olvidar la existencia de intereses más o menos definidos y legítimos), fue gestándose un Derecho Común a toda Europa y su consecuente y uniforme ciencia jurídica, que bebía de los centros de estudio conocidos. No había una imposición desde arriba, sino una aceptación a todos los niveles del derecho que se consideraba perfecto, superior, adecuado a la realidad del momento. Junto al derecho romano, el otro pilar de la cultura jurídica europea fue el derecho canónico, que, aunque nacido de aquél, fue apartándose progresivamente de sus soluciones en virtud del caudal ideológico que atesoraba. Era además un derecho vivo, en continua gestación y renovación merced a la actividad papal y a la actividad conciliar. Las colecciones jurídicas canónicas surgen alrededor de los siglos XII y XIII, junto con las interpretaciones más reputadas del derecho de la Iglesia, construyendo un legado que será válido hasta comienzos del siglo XX en que se aprueba el primer Código de Derecho Canónico.

  Derecho romano justinianeo y derecho canónico forman el utrumque ius, la base jurídica del Occidente europeo. Sin ellos, no es comprensible la historia del Europa.

  En el siglo XIV, el centro jurídico se traslada a Francia, concretamente a Orleáns. El agotamiento de la glosa como método exegético dio pie a la formación de una nueva manera de acercarse al derecho, plenamente influida por el aristotelismo recuperado felizmente en la centuria anterior. Jácobo de Revigny y Pedro de Bellapertica, desde sus cátedras francesas, se apartan del modelo de los Glosadores y prefieren acercarse con un espíritu más libre, más crítico y más dialéctico a los textos romanos. Se pierde reverencia y autoridad, respeto y consideración, pero se gana en libertad interpretativa, en lógica, en el uso de la razón, en suma, de un modo más autónomo se empieza a cultivar el derecho. Este modo de pensar lo introduce en Italia Cino de Pistoya y lo lleva a su máxima expresión su discípulo, Bártolo de Sassoferrato.

  En el capítulo tercero, bajo la rúbrica “El derecho romano y la nación-estado” (pp. 99-143), asistimos a una nueva etapa del desarrollo histórico del derecho romano, a través en este caso de las diversas escuelas de pensamiento jurídico que operan sobre la base del derecho de la compilación justinianea. En primer lugar, surge sobre los precedentes ya vistos la Escuela de los Comentaristas, con Bártolo a la cabeza, caracterizada por su actitud menos academicista que la de los Glosadores y su preocupación constante por la solución de los problemas cotidianos, por el pragmatismo que impregna todas y cada una de los obras de sus más significados miembros. El comentario, lejos de agotarse, estará llamado a tener una gran difusión como escuela en toda Europa, encontrando profundas raíces en el caso de España donde permanecerá como criterio interpretativo dominante hasta las críticas del siglo XVIII. Y con el comentario, los abusos derivados de esta forma de concebir e interpretar el derecho que se traducirá en el recurso constante a la autoridad, en la cita desmedida de leyes romanas, autores, fragmentos de obras y demás recursos que oscurecieron el panorama jurídica para los legos.

  Sin embargo, ese dominio intelectual no fue incuestionable. Aprovechando los nuevos impulsos derivados del Renacimiento y de la eclosión del Humanismo, corriente que vuelve a colocar al hombre como centro del universo, va a aparecer toda una reacción contra el modo de actuar predominante en el campo del derecho. Surge el Humanismo Jurídico quien subvierte el orden ideal hasta entonces existente. Si el Renacimiento había conseguido recuperar la fe en el hombre, enterrada en el período medieval por la subordinación del mismo a ataduras de corte teológico, el Humanismo Jurídico va a someter a un crítica total y absoluta lo hecho hasta ese instante, el modo de operar de los pensadores itálicos. Primeramente, con la crítica filológica de los propios textos romanos, poniendo al descubierto la multitud de contradicciones, antinomias y deficiencias sistemáticas que se podía observar al cotejar el Código de Justiniano y el Digesto. En segundo lugar, se apartaron de las glosas y comentarios que habían acabado por oscurecer la obra justinianea y trataron de recuperar el recurso directo a los textos, incluso reconstruir el derecho de la época clásica que se hallaba implícitamente contenido en la compilación. Finalmente, estos autores no desdeñaron las aportaciones complementarias que les podía proporcionar toda una serie de disciplinas auxiliares, desde la Filosofía hasta la Historia pasando por la Literatura, que había que conocer necesariamente para hallar la esencia, la raíz del derecho romano. Este revolucionario modo de actuar se llamó el Mos Gallicus, por ser franceses o docentes en Francia la mayor parte de sus representantes (Budeo, Zasio, Alciato, Cujacio), con la universidad de Bourges como punta de lanza de esta renovación jurídica que sepultó en buena parte de Europa al Bartolismo Jurídico, llamado en oposición Mos Italicus. Precisamente una representante de este “modo de hacer gálico”, Hugo Donello, será el que más abiertamente se pronuncie acerca del carácter científico del derecho, de modo que debía ser expuesto de la misma manera que cualquier otra disciplina científica procediendo con arreglo al método lógico que iba desde lo general a lo particular. Su magna obra, en cerca de treinta volúmenes, es el mejor exponente de ese pensamiento.

  El proceso de recepción del Derecho Común fue generalizado en toda Europa, con mayores o menores intensidades, de lo que se ocupa Stein al esbozar los casos de Francia, España, Inglaterra y Alemania, que son explicativos de esta dinámica (pp. 124-130). También menciona someramente cuestiones como la práctica judicial (pp. 130-132), la coexistencia del derecho romano con una nueva noción del derecho natural y el nacimiento del derecho internacional (pp. 132-136). El capítulo concluye con una referencia a la nueva escuela dominante en el panorama europeo de los siglos XVI y XVII, concretamente la llamada “Jurisprudencia Elegante” holandesa. A Italia y Francia, los reemplazan los Países Bajos. También se produce en Holanda la recepción del Derecho Común y su triunfo sin paliativos, merced al impulso dado por la ética protestante y el conglomerado de ideas que la misma encerraba, sobre todo, la libertad interpretativa. Figuras como Hugo Grocio, Vinio, Voet o Huber son los más señeros representantes de esta nueva concepción que demuestra la universalidad del derecho romano por encima de credos religiosos e ideologías (pp. 136-143).

  En el último capítulo, titulado “El derecho romano y la Codificación” (pp. 144-182) se contempla la decadencia del derecho romano. Stein muestra primero la discordancia existente entre la práctica jurídica y la enseñanza. La primera se movía entorno a los derechos nacionales, de origen legal o consuetudinario, mientras que la segunda descansaba en los textos romanos y canónicos. Los derecho nacionales comenzaban a despuntar y con ellos la modificación de las labores docentes universitarias que conducían a la inevitable ruina del modo tradicional que hasta ese momento se había empleado.

  La aparición del Iusnaturalismo Racionalista y de la Ilustración en los siglos XVII y XVIII, corrientes de pensamiento esencialmente críticas con el derecho romano, sentó las bases para la realización de las labores de codificación, exigencia y corolario de la razón misma, puesto que el orden jurídico racional demandaba un orden claro, preciso, sistemático, matemático como pedía Leibnitz. Sin embargo, la lucha contra el derecho romano fue ambigua y no tan demoledora como algunos reclamaban. El derecho romano en los primeros momentos ocupó un lugar relevante en la mentalidad de los codificadores, aunque a lo largo del “Siglo de las Luces” su importancia comenzó a decrecer. Algunos lo vieron como una suerte de derecho natural o como un Derecho Común intemporal, pero sobre todo como el derecho del Antiguo Régimen. A pesar de ello, no hubo una drástica ruptura en los primeros códigos puesto que se tomó como base para su redacción el mismo o se contempló el recurso al mismo por vía supletoria. El Código Civil francés de 1804 da buena prueba de ello: lejos de rechazar el derecho romano, bebe de él, incluso en la propia sistemática que se adopta recuerda la de las Instituciones de Justiniano. Tras apuntar algunas cuestiones sobre la codificación en Alemania, con la referencia obligada a la polémica Thibaut-Savigny, con el peso decisivo de la Escuela Histórica y la de las Pandectas (pp. 161-172), el autor estudia someramente la ciencia jurídica fuera del ámbito teutón, con particular referencia a la Exégesis francesa y al modelo inglés (pp. 172-178).

  El libro concluye con un epígrafe en donde se muestra el papel del derecho romano en el siglo XX (pp. 179-182), en el cual se hace un breve esbozo de la crisis que atravesó aquél en la primera mitad de la centuria como consecuencia de la finalización de las labores de codificación en prácticamente todas las naciones y el escaso protagonismo que se dejó al derecho romano entre las fuentes del derecho. Pero hay otro dato que coadyuva a esta crisis: la propia actividad de los romanistas que se dedicaron a actuaciones de relevancia teórica, mas escasamente prácticas, tales como la identificación de las interpolaciones en los textos romanos (atribuidas a los propios compiladores o a los editores postclásicos), la purificación de los mismos, labores titánicas, realmente dignas de elogio, aunque desprovistas de cualquier conexión con la realidad cotidiana del derecho. El derecho romano parecía más que nada un derecho de textos periclitados, sin ningún viso de realidad, ocupados en reconstrucciones arquitectónicas del pasado más que del enfoque nuevo que debería darse a la disciplina.

  El movimiento de la unidad europea es el que va a recomponer un poco esta situación crítica. El surgimiento de una comunidad institucional en Europa requerirá la paulatina conformación de un ordenamiento jurídico uniformado y para ello se encontrará en el pasado común un precedente de gran relevancia como fue el derecho romano. Esa unidad se han conseguido en el orden público y en ciertos campos económicos en los que asistimos a la conformación de un derecho único impulsado desde las instancias supremas de poder, vía directivas, reglamentos y demás caudal normativo. Pero el orden privado no ha permanecido al margen. Así ha sucedido, según nos cuenta Stein, en la mayor parte de los antiguos estados comunistas que, tras la caída del Muro de Berlín, han caminado por la senda del capitalismo liberal, de inspiración burguesa en sus concepciones económicas, y han recuperado el derecho romano como parte integrante de sus respectivos órdenes jurídicos, sobre todo en el campo civil y mercantil.

  La obra que comentamos es un ejemplo de cómo se pueda hacer amena la exposición de una compleja y larga historia que parte del siglo VIII antes de Cristo y llega hasta nuestros días, en donde se ponen de relieve las vicisitudes que sufre el protagonista, el derecho romano, en un periplo en el que asistimos como espectadores partícipes y entusiasmados a su nacimiento, auge y decadencia, a un segundo nacimiento medieval, al que sigue una lenta agonía de varios siglos, hasta que es recuperado por el espíritu romántico del siglo XIX. La Codificación lo respeta, pero no lo acoge en toda su extensión en algunas ramas del derecho.

El autor ha logrado con un gran dominio del lenguaje técnico-jurídico, a la vez que desgranando las principales cuestiones hasta su raíz, mostrar un panorama completo, atractivo, global y, sobre todo, legible, en donde la Historia del Derecho se combina con otros acontecimientos de indudable relevancia que dejaban huella en el orden jurídico. El derecho romano, podemos concluir, con el autor no ha fallecido, ni se ha convertido en una reliquia jurídica, sino que aprovechando el impulso de la Unión Europea, es factible que se pueda alcanzar una “tercera vida” más larga, duradera y próspera que las anteriores, en la cual el derecho romano se coloque en su posición natural: la de ser un orden jurídico basado en el sentido común que fue varias veces expresión de esa esencia jurídica europea que los distintos pueblos que conforman la tan debatida Unión han compartido en el pasado y deben compartir en el futuro.

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho
Facultad de Derecho de la UCM
Recensión efectuada el 3 de febrero de 2003

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