EL ESPACIO EN QUE HABITAN LAS PALABRAS

 

clac 11/2002

Natalia Fernández Díaz

 

 

Reseña de Xavier Laborda, Comunicació institucional

i literatura de paperera, Valencia 2001, Editorial 3i4.

 

 

No es fácil dar con un texto en el que la semiótica urbana se avenga tan bien con la agudeza analítica y con la destreza lingüística. Bien. Aquí todos esos elementos convergen, y lo hacen con armonía. Hablar de la ciudad –de una ciudad-, sus rastros y sus signos se ha convertido en algo recurrente, excepto que en “Comunicació institucional i literatura de paperera” eso constituye tan sólo una base –tal vez un pretexto bien hallado- para abordar lo esencial, que es la naturaleza caduca de los discursos públicos en los que se nutre la vanidad –fugacidad fulgurante del elogio-, la propuesta o la esperanza –fogosidad del esfuerzo y de la vocación de convocatoria asamblearios-.

 

De lo que trata el libro –si es que podemos permitirnos enfocar las cosas de una forma tan simple (que no simplista)- es de dar cuenta de cómo se traban las identidades grupales dentro de una comunidad pequeña –en este caso Sant Cugat, población cercana a Barcelona, que aquí se radiografía o se entrevé a la luz de sus pregones municipales y otras contribuciones puntuales a la discursiva perecedera- y los gestos político-sociales en los que esos actos comunitarios adquieren pleno sentido o realidad.

 

Un concepto que sorprende por lo novedoso y por su acierto teórico es el de “papelera”. Necesitamos –y quizá sea éste buen momento para aclamarlo y reivindicarlo- una epistemología de los desechos, el no-espacio de los no-saberes. Es la importancia de lo residual, de lo periférico del silencio, incluso desde ese topos en que está excluida la memoria. La literatura de papelera –concepto o soporte categorial sobre el que se articula el resto del texto- es efímera, irrelevante y queda al margen de cualquier permanencia en los circuitos culturales. Tal es el caso de los panegíricos, esa forma construir el discurso sobre la base de la loa, bien sea de la ciudad y sus presuntos encantos, bien sea de los personajes insignes y sus presuntas proezas.

 

Presentados el escenario urbano y las fuentes de su literatura de papelera se retoma un punto que será un eje crucial a lo largo de todo el libro: la importancia del “nosotros” (lo que sociolingüistas como Fowler denominan el “in-group”) frente a la presencia de un “ellos” que siempre aparece distanciado (los que encarnan lo ajeno, los recién llegados que llevan la marca de la no-pertenencia y a los que, retomando de nuevo a Fowler, se puede denominar “out-group”). El libro trata de explicarse los mecanismos por los que se dan fenómenos tales como la asunción, promoción y reivindicación del in-group (endogrupo, en palabras del autor) como panacea definitiva a las fisuras que el out-group (alteridad siempre vista como homogénea y que comparte idénticos intereses, valores y modelos ideológicos y culturales) ocasiona o plantea, precisamente desde su alteridad, a la vida comunitaria.

 

Lo que el libro cuestiona, en esa dimensión, es la indisociabilidad de la identidad personal de los hábitos lingüísticos. Uno es en la medida en que se proyecta en el lenguaje y en que ese lenguaje se gesta en una comunidad determinada –cuestión por cierto nada baladí que se acerca al panlingüismo lacaniano y a la tesis sostenida por Sapir de que la adaptación no es posible sin pasar por el lenguaje[1]. En este sentido, el periodo postfranquista analizado pone de relieve la gestión institucional que se lleva o ha llevado a cabo y los recursos estilísticos y comunicativos de los que se ha servido el poder local para instaurar una política participativa en el modelo o realidad democráticos.

 

A lo que se llega tras citar todo el conjunto de elementos anteriores es a la importancia de las unidades de información que concurren en la existencia de un conocimiento de la realidad histórica de un topos. Entendemos por unidades de información, en este contexto, una serie de referentes discursivos o iconográficos. El profesor Laborda distingue dos en su libro: los calendarios, por su alto contenido de imágenes publicitarias con un trasfondo lógicamente ideológico y por ser un buen punto de fusión de texto e imagen; y los saludos festivos, por su papel en la consagración de la unidad grupal y por ser buen punto de fusión de lo sacro y lo político. Entre ambos media la excelencia de la maquinaria publicitaria consistorial, habitada –y parafraseo al autor- por polígrafos y logógrafos. Y yo aún añadiría por mánticos y paleógrafos (lectores de signos presentes, pasados y futuros) y, a tenor de todo ello, dotados hermeneutas.

 

Acérquese a este libro, pues, quien quiera encontrar un inteligente análisis de funcionamiento de los modelos municipales en función de las huellas perecederas –que nunca son tales- que dejan sus discursos y las inevitables rodadas de las palabras en el tiempo.

 

 

© Natalia Fernández. Círculo de Lingüística Aplicada a la Comunicación 11, septiembre 2002. ISSN 1576-4737.

http://www.ucm.es/info/circulo/no11/fernandez.htm

 

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[1] Por cierto que Sapir tampoco fue pionero en este particular. Le anteceden, aunque con perspectivas y objectivos distintos, Herder y Humboldt.