ACERCA DEL VOCABULARIO ESPAÑOL DE LA ANIMALIZACIÓN HUMANA

 

clac 15/ 2003

 

Isabel Echevarría Isusquiza

 

Universidad del País Vasco

 

 

1. Introducción. Animales y metáforas

 

Este artículo toca algunos de los diversos asuntos que conciernen a la animalización en las metáforas habituales del vocabulario español[1]. De las dos vertientes  de la metáfora zoomorfa, una animalizadora referida a humanos, y otra animadora referida a objetos (que ejemplifican los dos sentidos de pico, ‘boca humana’ ¾"Dile a tu hermano que cierre el pico"¾ y ‘cima aguda’ ¾"Los picos más altos de la cordillera"¾), nos fijamos solo en la primera, la correspondiente a aquellas expresiones que implican el contenido las personas son animales, y que descansa siempre en determinadas unidades léxicas en las que reconocemos un primer sentido animal y otro con referencia humana.

La reflexión sobre el mundo tiene un objeto especialmente interesante en los animales, cuya proximidad les convierte en espejo en el que el hombre se contempla. Estoicos, Epicúreos y Académicos polemizaron sobre la posibilidad de un logos animal[2]; y en la Edad Media, los animales son caracteres de un libro escrito por la mano de Dios, palabras de un lexicón simbólico que el Bestiario descifra: “La cigüeña es un ave de gran tamaño, que enseña a los hombres muchas cosas, debido a su naturaleza […]”, se lee en uno de los textos medievales del Bestiario recopilado por Ignacio Malaxechevarría (Madrid: Siruela, 1999: 158). Idéntica reflexión recorre los siglos de nuestra cultura, que Covarrubias resume al observar que "Muchas cosas parece avernos enseñado los animales brutos quadrúpedes, reptiles, aves y peces, concernientes a nuestro govierno y policía […]", (Tesoro, s.v. golondrina). El debate sobre los derechos de los animales, “reclama hoy ¾afirma un titular de Babelia, 9 de junio de 2001¾ soluciones y actitudes que implican a la ciencia, la filosofía, la sociología y la literatura”; Animal Liberation (1975), del filósofo Peter Singer fue —según la reseña de Jesús Mosterín, también en Babelia  (11 de mayo de 2002)— el libro de ética más vendido del siglo XX[3]. El animal forma parte del universo imaginario y literario del hombre, le permite la interpretación del mundo (de la naturaleza, de la sociedad) y del sentido de su existencia: “… los hombres, al tratar de los animales, acaban por desvelarse a sí mismos, que no es otra la tarea y la función de la literatura”, señala Carlos Gumpert en el prólogo de la antología titulada El Arca de las Letras. Una antología del animal en la literatura española (Madrid: Ateles, 2000).

La importancia simbólica y cultural de los animales se manifiesta en las lenguas de diversas formas, algunas tan visibles como los antropónimos; el recurso a zoónimos de carácter simbólico, que fue común a romanos y hebreos, tiene en España abolengo medieval (Dolç, 1960: 418, §37), y los animales siguen siendo figuras habituales en apodos y motes o sobrenombres artísticos (Chanquete, El Puma, Gato Barbieri). En la gramática, los animales se encuentran próximos al hombre en la jerarquía de animación[4] que sustenta algunas importantes categorizaciones. Así, por ejemplo, parece pertinente como restricción que condiciona en español la aparición del complemento directo preposicional[5]. En el terreno léxico, cabe observar que las lenguas distinguen lo animal y lo humano en diferentes dominios: partes del cuerpo, actividades características tales como movimientos, emisión de sonidos, actividades vitales (comer, dormir), vivienda, etc. (vid. J.D. Luque Durán (2001: 91-92).

Por lo que se refiere a la metáfora, hace tiempo que su consideración tradicional como recurso retórico o estético ha cedido paso a una reflexión más amplia sobre el papel que desempeña en el conocimiento general[6]. José Portolés (1994: 531) constata que, “Como ya aconteció durante el Romanticismo, en las últimas décadas se ha liberado a la metáfora de su enclaustramiento en el lenguaje poético para descubrirla en los demás ámbitos de la lengua”. El propio uso corriente de la palabra metáfora parece haberse incrementado y ensanchado en este mismo sentido, como ilustran los siguientes titulares periodísticos:

 

a) Cursos de verano de Santander: "Diez expertos repasan la historia y las metáforas del pensamiento utópico" (El País, 28 de julio de 2001).

b) F. Chacón: "Metáforas al aire libre. Agustín Ibarrola se lanza a recuperar su "bosque animado" en la capital salmantina mientras proyecta pintar los muros de una escollera en el litoral asturiano" (El Mundo, 28 de julio de 2001).

c) "El subgénero como metáfora" (artículo de Rafael Conte, El País, 3 de agosto de 2002, en el que se refiere al subgénero policiaco como metáfora de todo el género novelístico).

d) "El miedo es una gran metáfora de la mejor literatura: su atractivo reside más en la espera de la resolución que en la resolución misma" (Alberto Manguel, El País, 17 de agosto de 2002).

 

Desde su obra de 1980, los nombres de Lakoff y Johnson está unidos a la concepción de la metáfora como procedimiento cognitivo cotidiano y básico que permite comprender una cosa en términos de otra es; un mecanismo para entender y expresar situaciones complejas a través de conceptos más básicos y conocidos, que cosecha así una fructífera producción de redes o esquemas conceptuales[7].

 

2. Lexicalización

 

El carácter metafórico de una expresión se establece por contraste con su significado literal, comúnmente concebido como significado habitual o significado de primer orden, y con respecto al cual identificamos las metáforas como desvíos semánticos o traslaciones de significados[8]. En realidad, la decisión sobre si una palabra o una expresión están usadas literal o metafóricamente (y eufemística o irónicamente, etc.) no es estrictamente semántica, pues el significado metafórico no se da en la palabra aislada de todo contexto. De ahí la necesidad de plantear una estrategia pragmática que explique cómo y por qué cambian de significado los términos y las expresiones que los contienen en función del contexto en que son proferidas[9]. Por otra parte, una vez cumplido tránsito de la pragmática a la lexemática, la noción de significado metafórico ha sido criticada desde distintos ángulos, uno de los cuales se resume en la frase de D. Davidson, “las metáforas significan lo que las palabras, en su interpretación literal, significan, y nada más". El significado metafórico de una palabra es, en un principio, una cuestión de uso en un determinado contexto. Cuando este se hace corriente en una comunidad de hablantes, llega un momento en que, si el significado de primer orden no desaparece, los hablantes comienzan a entender las dos palabras como diferentes, es decir, homónimas[10].

Ahora bien, en cada momento de su historia, el léxico reúne metáforas en distintos estadios de consolidación semántica: la lexicalización y la creatividad son los polos entre los que se orientan las demás en una zona intermedia y variable de semilexicalización, que es la situación más habitual[11]. Mientras el sentido primitivo o propio subsiste, sigue "percibiéndose la relación de significación entre las dos acepciones de la palabra, aunque sea de manera algo confusa" (Le Guern, 1980: 103). Y tal percepción autoriza a seguir hablando de dos sentidos emparentados por el tipo de vínculo analógico que denominamos metáfora: polisemia y no homonimia, por tanto[12].

Las llamadas metáforas muertas han pasado a formar parte del lenguaje literal, pero un día fueron novedosas y lo suficientemente creativas como para reemplazar a otros significados, anteriormente primarios: pierna‘remonta a perna ‘jamón, pernil’, que se aplicó a miembros humanos en lugar de crus (vid. Lapesa, 1981: 81), y hoy es la denominación básica y de ningún modo metafórica. No es fácil ver ya pollos en pipiolo y pulular, tordos en aturdir o perros en los adjetivos cachondo y sagaz[13]; ni cotidianamente relacionamos agarrar con las aves de rapiña, como hace Covarrubias: "Asir de alguno con la garra, como hazen las aves de rapiña, y llevarle agarrado; vale ir bien asido con las manos como garras" (Tesoro, s.v. agarrar).

Una metáfora nace a causa de una necesidad comunicativa de quien cree tener algo nuevo que decir, sea una realidad novedosa o una forma inédita de verla, y conlleva el descubrimiento o desvelamiento de una verdad sobre lo que las cosas son, al menos, para el hablante (Chamizo, 1998: 60). La metáfora surte de significados sin multiplicar los significantes, y su curso culmina cuando tales sentidos nuevos pasan a ser entendidos como literales. "Este proceso desempeña un papel considerable en la creación y evolución del vocabulario, ya que una parte importante de las palabras que utilizamos está constituida por un conjunto de aportaciones sucesivas producidas por la lexicalización de las metáforas" (Le Guern, 1980: 93). Antes de que el proceso de lexicalización se complete, la metáfora ha ejercido dos importantes funciones lexicológicas: ha creado denominaciones nuevas que, a veces, coexistirán largo tiempo con las antiguas, y además, ha conformado un modelo de comprensión para el concepto de que se trata.

La distinción entre expresiones metafóricas y metáforas conceptuales sirve para establecer generalizaciones que de otro modo quedarían ocultas. Las metáforas conceptuales son esquemas abstractos que permiten agrupar expresiones metafóricas. Una expresión metafórica, en cambio, es un caso individual de una metáfora conceptual. Pondré un ejemplo: El teólogo brasileño Leonardo Boff ha titulado uno de sus libros El águila y la gallina. Una metáfora de la condición humana (Madrid: Trotta, 1998). En él se relata “la historia de un águila criada como gallina” ¾pp. 11-12 y solapa¾. “El águila y la gallina son aquí una metáfora de la condición humana, de las dos dimensiones fundamentales de la existencia. La dimensión del enraizamiento, de lo cotidiano, de lo limitado y lo prosaico: la gallina. La dimensión de la apertura, del deseo de lo poético y de lo ilimitado: el águila. La pregunta no puede demorarse más: ¿cómo equilibrar estos dos polos?”, etc.  Los sentidos de los zoónimos en el texto no son, pues, ‘perspicacia’ o ‘agudeza de visión’ y ‘cobardía’, respectivamente, es decir, los valores figurados que les son habituales en español. Nos hallamos ante una expresión metafórica distinta, original, y que no tiene, entonces, lugar en el diccionario; sin embargo, su coherencia con la metáfora conceptual las personas son animales, común en nuestro idioma, le procura un principio de inteligibilidad.

El estudio que sigue se basa en un corpus de expresiones metafóricas de las que cabe llamar semilexicalizadas, de sentidos que forman parte de significados polisémicos cuya relación interna de motivación metafórica es percibida aunque sea en diversos grados, y que se hallan lo suficientemente difundidas y habitualizadas como para que el diccionario las reconozca y acoja. Algunos diccionarios marcan con abreviaturas y expresiones metalingüísticas esa transición semántica metafórica más o menos convencional[14]. Aquellas obras que mantienen la distinción entre sentido recto y figurado se sirven de ella como procedimiento ordenador de acepciones, que refleja un hecho histórico antes que la aprehensión por el hablante de una estructura semántica compleja. Además, las múltiples conciencias lingüísticas derivadas de las distintas competencias léxicas de los hablantes hacen previsible hallar una gran variabilidad y subjetividad en la estimación del grado de lexicalización, hecho que se vuelve patente cuando la apreciación del diccionario no coincide con la propia[15], o cuando ante un grado de desmotivación comparable la misma obra ofrece dos ordenaciones y evaluaciones de lexicalización[16].

Además de ejemplos que están en la mente de todos, me he servido del DRAE (21ª y 22ª eds.) y del DEA. Es notorio que éste aventaja al DRAE en claridad metalingüística y en riqueza de informaciones semánticas, sintácticas y pragmáticas, en los textos ilustrativos y autorizadores, y en la incorporación de voces y acepciones actuales[17]. Por su parte, el DRAE, con sus límites abiertos al pasado de la lengua, sirve de contraste diacrónico (y normativo) a la fuente más actual. Ambos textos divergen en la ordenación de las acepciones, que manifiesta las diferencias de criterios, preferentemente históricos y etimológicos en el diccionario académico, de frecuencia y posición en el sistema colectivo en el DEA, el cual ofrece un resultado más acorde con la disposición que un hablante medio propondría. Por ejemplo, de las dos acepciones de rostro, ‘pico de ave’ y ‘cara de las personas’, ésta es la primera solo en el DEA.

 

3. La metáfora zoomorfa

 

3.1. Las personas son animales es una de las principales metáforas del léxico español, tanto por el número de expresiones que genera como por la riqueza de subtipos o modalidades con que presenta.

La metáfora proyecta conceptos de un dominio origen en otro dominio destino, sobre el cual se superponen[18]. Por esta razón, cada expresión metafórica no establece un punto aislado de comparación, sino que forma parte de un sistema coherente. Tal sistematicidad ha atraído la atención de los cognitivistas, que hablan en estos casos de metáforas estructurales. Las personas son animales es una de ellas, y el isomorfismo que establece entre ambos dominios, estructurados uno en términos de otro[19], explica, entre otras, la abundantísima clase de las denominaciones específicas de partes del cuerpo del animal que se extienden a la designación de humanos. Recordemos anca ‘cadera, nalga o muslo'’ jamón ‘pierna’ (y ajamonarse, jamona), zanca ‘pierna’ (zanquilargo, zanquilón, zanquituerto, zanquivano), y pata ‘pie y pierna’[20]; asaduras y bofes ‘entrañas’ (echar las asaduras, echar el bofe o los bofes), buche ‘estómago’ y ‘pecho’ (desembuchar), molleja ‘estómago’ (criar molleja ‘hacerse holgazán’), y pechuga ‘pecho’ (pechuguera ‘tos persistente’, apechugar, despechugarse); cuero ‘piel’ (en cueros, encuerar) y pellejo ‘piel’ (con abundante fraseología: dar el pellejo, jugarse el pellejo, salvar el pellejo, etc.); garra ‘mano del hombre’ (caer en las garras, echar la garra a uno), zarpa ‘mano’ (echar uno la zarpa); hocico ‘boca’ (caer de hocicos, hocicar ‘besar’, hocicudo, etc.), morro ‘boca, labios’ (beber a morro, caer de morros, estar de morros, poner morros, torcer el morro, etc.), pico ‘boca’ (abrir el pico, callar o cerrar el o su pico, de piquillo, etc.), papos ‘mofletes’, manteca ‘gordura’, raspa ‘columna vertebral’ (tender la raspa), etcétera.

Otra modalidad de la metáfora zoomorfa las personas son animales se orienta a la voz humana[21], tal y como se ve en el grupo que forman las acepciones secundarias de bramido ‘grito o voz fuerte’, bufido ‘manifestación de ira’, rugido ‘grito o dicho del hombre colérico y furioso’, guarrido ‘llanto estruendoso de niño’, ladrido ‘murmuración, censura, calumnia’, etc. Las denominaciones de insectos son una fuente habitual para expresar el habla confusa, incomprensible y molesta, como en chicharra ‘persona habladora’ (hablar como una chicharra), abejorro ‘persona de conversación pesada y molesta’, grillera  y olla de grillos ‘lugar donde se habla mucho y nadie se entiende’. Igual ocurre con las de pájaros y otras aves: cotorra, lora, papagayo ‘denunciador, soplón’ (hablar como el, o como un, papagayo), perico (hablar como un perico), hablar más que una urraca[22], el americano chachalaca (‘especie de gallina’ “muy vocinglera”, según el DRAE), y ‘persona locuaz’; de aquí la variedad de voces y tonos representadas por arrullo ‘habla dulce’, graznido ‘canto desigual’, gorjeo ‘quiebro de la voz’ o cacareo ‘exageración’; considérense asimismo el adjetivo gárrulo, que se aplica originalmente a aves, y se dice también de lapersona muy habladora o charlatana”; el verbo piar ‘clamar por algo’ y la locución no decir pío equivalente de la metáfora mamífera no decir ni mu; o la abundante fraseología y derivados de pico que heredan un sentido lingüístico: abrir y cerrar el pico, de pico ‘de boquilla’, echar mucho pico ‘hablar demasiado’, perder, o perderse, uno por el pico,  tener uno mucho pico, etc.; picotear, picotero y picudo, “que habla mucho e insustancialmente” (DRAE). Otras metáforas animales cuyo destino es la palabra humana se encuentran en las locuciones echar alguien sapos y culebras, echarle o soltarle a uno el toro, echar o soltar los perros a alguien, soltar una coz, etc.

 

3.2. Una metáfora diferente podría enunciarse algunas partes del cuerpo humano son animales. Ahora no hay identidad entre hombre y animal, sino personificación y enajenación de la parte humana, que se concibe como vida animal autónoma. Sus destinos son

a)     el corazón, que se presenta como un pájaro en aleteo ‘palpitación acelerada y violenta’, y como un perro en latido ‘ladrido entrecortado’[23];

b)     la lengua, en  írsele a alguien la burra e írsele a uno la mula ‘írsele la lengua’, soltar el mirlo ‘empezar a charlar’;

c)      el pelo, en caracol ‘rizo’;

d)     los músculos, en lagarto ‘músculo grande del brazo, entre el hombro y el codo’; murecillo ‘músculo’ y el propio músculo han lexicalizado la figura del ratón, aunque ya resulte completamente opaca;

e)     los órganos sexuales, en el coloquial pajarito ‘pene’, y otras voces peor sonantes como polla, conejo, almeja, etcétera.

Otras palabras implican el concepto Los animales participan de las reacciones y estados fisiológicos del cuerpo humano. Así, hormiguear ‘experimentar [alguna parte del cuerpo] una sensación semejante a la que resultaría si por ella bulleran o corrieran hormigas’; hormiguillo ‘cosquilleo, picazón, prurito’; subírsele a uno el pavo ‘ruborizarse’; pájara ‘bajón’, o incubar una enfermedad (como el ave sus huevos).

Una nueva manifestación de las personas albergan animales adopta la forma los sentimientos, estados de ánimo, pensamientos y facultades mentales son animales, interesante variedad de la animalización humana que se reconoce cuando hablamos de pasto espiritual, sentimientos larvados, cabeza a pájaros, cazatalentos[24]. Pasiones y sentimientos son animales es una metáfora implicada en las acepciones figuradas de cebo (‘fomento o pábulo que se da a un afecto o pasión’) y apacentar (‘cebar [los deseos, sentidos o pasiones]’).  Idéntica implicación puede hallarse en la apreciación de la reserva y el disimulo como conchas (tener más conchas que un galápago, o tener muchas conchas), y de los recelos como escamas.

La metáfora las pasiones son bestias dentro de una persona, estudiada por Z. Kovëcses (1990)[25], perfila en cada persona un animal salvaje que la gente civilizada ha de mantener oculto y controlado, y  así se advierte en perder uno los estribos, desenfrenarse, domar ‘reprimir [pasiones y conductas desordenadas]’, domesticar y amansar [el carácter violento de una persona]. La identificación de las preocupaciones y otros sentimientos insidiosos con algunos insectos sustenta un pequeño grupo léxico: picarle a uno la mosca, qué mosca te o le ha o habrá picado a uno; carcoma ‘cuidado grave que mortifica’, cojijo ‘inquietud moral apremiante’, aguijonear ‘incitar, estimular, inquietar, atormentar’, escarabajear ‘punzar y molestar [un cuidado, temor o disgusto]’; comerse uno de polilla ‘consumirse [uno] por los cuidados o pasiones’. Asimismo roer tiene el sentido de ‘molestar, afligir o atormentar interiormente y con frecuencia’, y recordemos que la conciencia remuerde (actividad sin embargo impropia de un gusanito)[26].

La metáfora se combina frecuentemente con la metonimia[27]. En la creación del sentido de orejear ‘hacer una cosa de mala gana y con violencia’ a partir de ‘mover las orejas [un animal]’, se descubre el mecanismo referencial metonímico por el que designamos el estado anímico a través del síntoma físico; opera además el vínculo análogico por el que concebimos los comportamientos humanos en términos animales. Lo mismo cabe decir de con el rabo entre las piernas ‘quedando avergonzado o humillado’, y menear o mover el rabo ‘hacer zalamerías, dar muestras de alegría’, frases en las que la metonimia actúa sobre una configuración metafórica previa. En  tener agallas se alude a la causa por el efecto, o al órgano físico considerado sede de la cualidad moral por ésta, y, al mismo tiempo, al animal por el hombre[28].

 

4. El vocabulario de la metáfora zoomorfa: características generales

 

4.1. Valores

No todos los zoónimos han desarrollado sentidos figurados, pero de aquellos que sí lo han hecho cabe decir que sus denotados representan a todas las especies, pequeñas y grandes, domésticas y salvajes, corrientes como los moscones y un poco más raras, como el abejaruco (‘persona noticiera o chismosa’), y con escalas en el grado de especificidad que va desde ave a gorrión pasando por pájaro. La múltiple diversidad de las especies no excluye los genéricos pez, bestia, bicho o sabandija, y el propio sustantivo animal, cuyo primer sentido, ‘ser orgánico que vive, siente y se mueve por propio impulso’, incluye a ‘hombre’, mientras que el segundo, ‘animal irracional’, se opone a él[29]. Los sentidos figurados derivan de este último, y son sorprendentemente distintos: por un lado, “Persona de comportamiento instintivo, ignorante y grosera. Ú.t.c.adj.”; pero también "Persona que destaca extraordinariamente por su saber, inteligencia, fuerza o corpulencia. Ú.t.c.adj."[30]

Las metáforas atributivas (§6.1) expresan una cualidad típicamente asociada a una valoración negativa o positiva. El lingüista polaco T. P. Krzeszowski (1990: 150) ha formulado un principio axiológico que dice así: "Words have a tendency to be axiologically loaded with 'good' or 'bad' connotations in proportion to the degree of the human factor associated with them". El “grado de factor humano” asociado a la significación de cualidades humanas morales y físicas es el más alto, razón por la que estos zoónimos están pesadamente cargados de tales valores. Los positivos se vinculan a la laboriosidad y la previsión en hormiguita, la mansedumbre y la apacibilidad en cordero y paloma (Jesucristo y el Espíritu Santo en la simbología cristiana)[31], la perspicacia, agudeza y sagacidad en águila, ardilla o lince, la valentía, audacia e imperio en jabato y león, el vigor y la robustez en mulo y toro. Sin embargo, predomina la ridiculización y subhumanización que presta la figura animal; destaca la representación de la fealdad física y moral, la estupidez y la maldad, pero no existe ningún aspecto de la naturaleza y de la sociabilidad del hombre al cual la metáfora zoomorfa permanezca extraña; hasta la honrada vida del estudioso recibe su estigma cuando quien la practica se convierte en un ratón de biblioteca, simplemente un “Erudito que con asiduidad escudriña muchos libros” (DRAE), porque, como advierte el diccionario, se usa más en sentido peyorativo. El predominio de lo axiológico culmina en algunas lexicalizaciones de palabras injuriosas, como cabrón ‘mala persona’, cabronazo o su eufemismo cabrito, donde ha triunfado la expresión de la negatividad sin atributos[32].

Los aspectos vinculados a la valoración, a menudo denominados “aspectos emotivos del significado”, suelen tratarse en conexión con el viejo tema de la connotación semántica[33]. Nos preguntamos en qué medida las connotaciones axiológicas de las palabras derivan de las que tienen sus referentes[34]. Coseriu (1981: 101) señalaba que cada colectividad carga a los animales que le rodean de connotaciones simbólicas, valores que conciernen a las cosas y no a la lengua en cuanto tal[35], cuyos límites no coinciden más que raramente con los límites de la comunidad lingüística, porque son una forma de la cultura reflejada por el lenguaje. Desde esta perspectiva, se ha observado que los animales domésticos, en inglés y en francés al menos, sirven de origen a metáforas degradantes: el grado de domesticación de un animal es directamente proporcional al grado de desvalorización de las metáforas que se fundan en su nombre cuando se aplican a seres humanos[36].

Ahora bien, los incontables zoónimos que denominan a la prostituta entre la a- de araña y la z- de zorra proceden de las más diversas especies y son todos peyorativos[37]. En realidad, los referentes del dominio origen no pueden explicar muchas cosas, por ejemplo la presencia de sinónimos que muestran connotaciones claramente distintas[38]: compárense si no los sentidos figurados de cordero y borrego, con connotaciones opuestas. También son contrarios los valores de pájaro y pajarito; el diminutivo soporta y proporciona la diferencia connotativa, al igual que en hormiguita, aunque ésta ya no es positiva en mosquita muerta. La disparidad de intención aparece lexicalizada también en los significados de sabandija ‘persona despreciable’, y renacuajo, “Calificativo cariñoso con que se suele motejar a los niños pequeños y traviesos” (DRAE, 21ª ed., s.v.)[39]; el desprecio se transforma en afecto, y el cariño envuelve la pequeña censura, tal vez porque nuestra interpretación cultural de los niños (que no la de sabandijas y renacuajos) es positiva sin fisuras, y cualquier juicio lingüístico al que se les someta adopta ese valor. Estos ejemplos muestran que la connotación valorativa forma parte de la construcción cultural del significado porque la valoración no deriva, en el caso de las denominaciones de origen metafórico, del referente del dominio origen, sino del destino, precisamente aquello que se significa.

4.2. Variedades

Al igual que entre los referentes algunos son muy conocidos y otros más raros, también es distinto el grado de difusión y frecuencia de los sentidos y el de los propios vocablos: rodaballo ‘hombre taimado y astuto’ no es tan corriente como besugo ‘persona torpe y necia’. En cuanto a los dialectalismos, tanto cuando éste consiste en la palabra con todas sus acepciones, como cuando el regionalismo se halla en determinado sentido figurado de una palabra de difusión más amplia, en ambos casos es América el ámbito más importante de divergencias[40].

Los zoónimos generales que han desarrollado acepciones metafóricas no coincidentes en regiones distintas de la misma lengua acreditan la naturaleza de la relación entre lengua y cultura. En su breve artículo sobre “Los animales en el habla costarricense” (1966), Francisco Villegas subrayaba la evidencia de algunas derivaciones figuradas: así perro, que en Costa Rica se dice “a una persona para reconvenirle que no se debe ser tan licensiosa [sic] en su vida o en sus modales. Creo ¾dice el profesor Villegas¾ que no hay necesidad de recordar la clase de vida tan libre que los perros llevan”. Afirmación ciertamente ingenua, pero no menos exacta que cualquier otra de las que concurren en la construcción de lugares comunes y estereotipos. Si el rasgo destacado por Villegas no tiene eco en el léxico de esta orilla del español es solo porque en una lengua caben varias culturas.

Por la misma razón, lenguas diferentes pueden, al compartir un estereotipo, haber desarrollado idéntico sentido figurado. El estudio contrastivo de Elena Ferrario, La metafora zoomorfa nel francese e nell'italiano contemporanei (Brescia: La Scuola, 1990), permite apreciar al lector español las muchas coincidencias entre su idioma y los otros dos (como también se muestra en el libro que las correspondencias entre el italiano y el francés superan a las divergencias[41]). Tal comunidad romance puede ser, además, herencia común latina, o bien proceder de la difusión mediante el préstamo entre lenguas vecinas.

Las acepciones metafóricas son, a menudo, usos marcados, característicos del lenguaje familiar y figurado, según etiquetaba el diccionario académico hasta su 21ª edición, o coloquiales según el DEA y el DRAE (22ª ed.), es decir, propias del registro más abierto a las innovaciones y capaz también de albergar voces de léxicos especiales y argóticos[42]. La transformación metafórica es en el lenguaje marginal el procedimiento creativo de mayor vitalidad[43], y ocupa un lugar preeminente también en la creación terminológica, que utiliza asimismo la horma léxica de la animalización[44]. A modo de ejemplo, recordemos la difundida metáfora del huevo humano, que ha originado los términos óvulo ‘célula sexual femenina’, ovario y anidar ‘fijarse [el óvulo fecundado] en la cavidad del útero’, y así otros términos de la Patología más o menos extendidos, como el verbo incubar [una enfermedad], y el adjetivo larvado, da, que se dice de la enfermedad “que se presenta con síntomas que ocultan su verdadera naturaleza” (DRAE).

 

5. Categorías léxicas de las expresiones metafóricas

 

Por el lado de la gramática, y desde el punto de vista de la formación de palabras, comprobamos que no es igual la productividad de todos los temas léxicos; algunos (pata, pico…) han dado lugar a una muy abundante familia de derivados, compuestos y frases. Apreciamos varias formas de correspondencia entre los sentidos de una palabra base y los de sus derivados[45]. La primera consiste en que todos los sentidos de la base se hereden en el derivado:

 

abejorro. m. Insecto himenóptero […]. || 3. fig. Persona de conversación pesada y molesta.                abejorrear. intr. Zumbar las abejas y otros insectos semejantes. || 2. fig. Producir un rumor confuso el habla de varias personas.

abejorreo. m. Zumbido de las abejas y otros insectos semejantes. || 2. fig. Rumor confuso de voces o conversaciones. (DRAE)

 

Pero más a menudo el derivado selecciona o desarrolla solo uno de los sentidos presentes en el significado del tema de la base: por ejemplo, desasnar ‘educar’ sólo desarrolla la acepción metafórica. El diccionario puede registrar únicamente la acepción animalizadora en el derivado, en condiciones que sin embargo implican la acepción figurada en la base: por ejemplo, aunque enchiquerar, además de ‘meter o encerrar el toro en el chiquero’ es ‘meter a uno en la cárcel’; sin embargo, en chiquero el diccionario (DRAE) solo consigna ‘pocilga’, ‘compartimento en el toril’[46]. Finalmente, cabe mencionar la formación, sobre la misma base, de palabras de idéntica clase, pero con afijos que seleccionan acepciones distintas, como se observa en los parasintéticos acabronado, da ‘semejante en algo al cabrón’, y encabronado, da 'enojado, enfadado'.

 

La expresión léxica de la metáfora zoomorfa se presenta en diferentes categorías o clases de palabras. Levinson (1983)[47] acoge un resumen de los distintos tipos de realización gramatical de la metáfora mediante estos ejemplos:

a) metáfora nominal: “Iago is an eel”

b) metáfora predicativa: “Mr. Gandhi steamed ahead”

c) metáfora oracional: “The lion roared”

 

Esta elemental clasificación merece ser desarrollada a fin de apreciar la complejidad gramatical de las expresiones metafóricas y ver de qué manera se relacionan con su interpretación semántica.

 

5.1. En primer lugar, reconocemos varios grupos posibles de sustantivos.

a) Atributos. La expresión más evidente de la metáfora se da en aquellos zoónimos que funcionan como atributo de un sujeto humano. Es la que Levinson denomina nominal y que corresponde a la fórmula ‘X es un Y’, para X ‘humano’ e Y ‘animal’: “es una acémila, un atún, un avechucho[48]. Forma construcciones atributivas intensificadoras típicas, así conocidas por el carácter valorativo del sustantivo (A. Briz, 1998: 118-120)[49]. No obstante, deben distinguirse entre los atributos, las expresiones atributivas valorativas (tipo acémila), que Portolés (1994) llama “de propiedad inferida”, de las clasificadoras, del tipo canguro ‘cuidador de niños’ y otras, como los gentilicios (ballenato y gata ‘natural de Madrid’, chimbo “nombre festivo con el que se suele motejar a los bilbaínos”), que no forman expresiones enfáticas[50].

b) La metáfora zoomorfa se produce también a través de nombres que no funcionan como atributos, sino como parte de un predicado verbal; porque, no siendo zoónimos, contienen un zoónimo o un rasgo ‘animal’ entre las notas constitutivas de su significado. Este es el caso de las ya citadas partes del cuerpo o merónimos de animal, como agallas, pico, pluma o résped. En los objetos relacionados con los animales se obtiene igualmente una relación de implicación animalizadora. Por ejemplo, anzuelo ‘arpón o garfio para pescar [peces]’, es también ‘atractivo o aliciente [para personas]’; las trampas para cazar animales se transforman en artificios para engañar a las personas en añagaza y artimaña, y al mismo campo pertenecen  picar en el anzuelo, caer en la ratonera y caer en el lazo; el yugo que denomina primariamente un objeto definido por su función como ‘instrumento para uncir mulas o bueyes’, es asimismo sujeción y sometimiento de hombres (‘ley o dominio superior que sujeta y obliga a obedecer’), en las frases sacudir, o sacudirse alguien el yugo, y sujetarse alguien al yugo, es decir, ‘liberarse’ y ‘someterse’, respectivamente.

c) Desde otro ángulo del análisis, entre las subclases de sustantivos destacan colectivos y locativos. En cuanto a los primeros, es la noción de conjunto la que sustenta la metáfora. Por ejemplo, ganado  (‘conjunto de bestias que se apacientan y andan juntas’ y ‘conjunto de personas’) y sus hipónimos hatajo (‘pequeño grupo de ganado’ y ‘grupo de personas o cosas’), rebaño (‘hato grande de ganado, especialmente del lanar’ y ‘congregación humana’), grey (‘rebaño’, ‘conjunto de fieles’, ‘conjunto de individuos que tienen algún carácter común como raza, religión o nación’), hembraje (‘conjunto de las hembras de un ganado’ y ‘conjunto o grupo de mujeres’). Otros colectivos son bandada (‘número crecido de aves que vuelan juntas’ y ‘tropel o grupo bullicioso de personas’), camada (‘conjunto de las crías de ciertos animales nacidas en el mismo parto’ y ‘cuadrilla de ladrones o de pícaros’), redada (‘lance de red’ y ‘operación policial consistente en apresar de una vez a un conjunto de personas’), y jabardillo (‘bandada de insectos o aves’ y ‘remolino de gente’).

d) En el nutrido grupo de locativos, cabe distinguir aquellos que reciben su sentido figurado de la denominación de la cosa localizada, como pocilga de cerdo, de los que lo generan por sí mismos, y en tanto que locativos precisamente: gallinero ‘paraíso del teatro’, ‘lugar donde la mucha gritería no deja que se entiendan unos con otros’, hormiguero ‘lugar en que hay mucha gente puesta en movimiento’, leonera ‘aposento habitualmente desarreglado y revuelto’, corralito ‘pequeño recinto donde pueden jugar los niños que todavía no andan’. Destacan los locativos que denominan el ‘refugio de malhechores o gentes de malvivir’ (guarida, madriguera, comejenera, conejera, gazapera, gorrionera, huronera o nido), y hay varios sinónimos de cárcel (jaula, caponera o chiquero).

 

5.2. Algunos adjetivos se limitan a establecer una comparación expresa con el animal; no desarrollan, por tanto, una acepción metafórica: caballuno, gatuno o lobuno, es decir, ‘perteneciente o semejante al caballo, gato o lobo’; acamellado, acastorado, atigrado,  ‘parecido al camello, castor, tigre’, etc. Dejando estos aparte, distinguiremos entre los adjetivos aquellos que prestan una expresión animalizadora directa de aquellos que la implican:

a) Se da una expresión metafórica directa cuando un sustantivo atributivo (§6.1.a) se convierte en adjetivo mediante conversión categorial; por ejemplo, borrego, que es sustantivo en el contexto “ese borrego”, “un borrego”, “borreguito blanco”; y es adjetivo en “bastante borrego”, “ganadería borrega[51]. En la misma situación están borrico, chinche, cerdo, gallito, ganso, lagarto, etc, voces de las que el diccionario asegura que, en dicha acepción, se usan también como adjetivos.

b) Por otro lado, el adjetivo puede seleccionar para su acepción primaria un sustantivo con el contenido ‘animal’, como los compuestos de ala (alicaído, ‘caído de alas’ y ‘débil, triste, menguado, empobrecido’, lo mismo que aliquebrado o alicorto); bragado (‘[buey] con la bragadura de diferente color que el cuerpo’, ‘[persona] malintencionada’ y ‘[persona] de resolución enérgica y firme’), boquimuelle (‘[animal] que siente mucho el freno’, ‘[persona] fácil de manejar o engañar’), cerril (‘[ganado] no domado’, ‘[persona] obstinada’), clueco (‘[ave] que se echa sobre los huevos para empollarlos’, ‘[persona] débil y casi impedida por la vejez’), gárrulo (‘[ave] que canta, gorjea o chirría mucho’, ‘[persona] muy habladora o charlatana’), son  otros ejemplos de palabras cuyo significado comprende sentidos que se predican de animales, por un lado, y de humanos, por otro. Los adjetivos pellejudo ‘que tiene la piel floja o sobrada’, papudo y picudo ‘persona habladora’, en tanto que derivados de los zoónimos pellejo, papo y pico, seleccionan un rasgo ‘animal’ en el sustantivo que modifican.

 

5.3. Así pues, aunque la metáfora zoomorfa se expresa típicamente  de un modo atributivo, mediante sustantivos y adjetivos que son zoónimos, hay otras formas de significar Las personas son animales. Tal metáfora conceptual puede ser un contenido implicado en la selección que efectúan las categorías con estructura argumental. En los verbos, las llamadas restricciones de selección especifican la naturaleza de los argumentos que pueden aparecer en la posición de sujeto y en la de complemento. El DEA, que marca con gran claridad el contorno de la definición, muestra nítidamente la estructura de la metáfora en forma de plantilla sintáctica y semántica:

 

gorjear intr 1 Cantar [los pájaros]. […].

2 Emitir [un niño] sonidos inarticulados.| *El chiquitín gorjeaba en su cuna.

3 Emitir [una pers.] voces o sonidos alegres. | Torres Él 83: Dos muchachas, rubias y muy jóvenes, aparecieron gorjeando.

 

 La naturaleza y la función exactas de las restricciones de selección son cuestiones que aún están lejos de quedar resueltas. De hecho, algunos lingüistas han llegado a proponer que se las considere fuera del alcance del análisis lingüístico, por estimar que tales propiedades se deducen de nuestro conocimiento del mundo[52]. Sin embargo, es innegable que determinados elementos léxicos obedecen de algún modo a las exigencias léxico-semánticas de otros elementos de los que dependen, y aunque nadie considera ya que de las restricciones de selección se desprenden juicios absolutos sobre el grado de aceptabilidad de una determinada expresión lingüística, aún cabe afirmar que señalan las lecturas más plausibles de un predicado, y que cuando se produce una violación en la restricción de selección, ésta suele ser fuente de expresiones metafóricas[53].

Como decía, en los verbos podemos distinguir la animalización del sujeto y la del complemento[54]:

a) Predicados que seleccionan un sujeto zoónimo, caso de empollar (‘calentar los huevos [un ave]’, y ‘preparar mucho las lecciones [un estudiante]’), alear  y aletear (‘mover los brazos a modo de alas [principalmente los niños]’, y ‘cobrar aliento [el convaleciente]’), anadear ‘andar moviendo las caderas’, enconcharse ‘meterse [uno] en su concha, retraerse’, bramar y bufar ‘manifestar la ira con grandes voces y con violencia’, cocear y tirar coces ‘resistir, rechazar’, devorar ‘tragar con ansia’, gallear ‘pretender sobresalir con presunción y jactancia’, gañir ‘resollar o respirar ruidosamente’, ladrar ‘amenazar sin acometer’, orejear ‘hacer algo de mala gana y con violencia’, apechugar ‘cargar con alguna obligación no deseada’, despechugarse ‘mostrar el pecho’, picar y picotear ‘tomar pequeñas porciones de comida’, picotear ‘contender o reñir [las mujeres entre sí]’, etc.

b) De los predicados que seleccionan un complemento ‘animal’, valgan como ejemplos ordeñar ‘obtener el máximo provecho posible [de alguien]’, torear ‘engañar [a alguien]’, ‘hacer burla [de alguien]’, ‘molestar [a alguien]’, ‘provocar [a alguien]’, repescar ‘readmitir [al eliminado en examen, competición]’ o acorralar.

 

5.4. Unidades fraseológicas. Locuciones

Entre las unidades fraseológicas que constituyen enunciados completos ¾las genéricamente denominadas paremias¾, abundan los refranes de motivo animal[55], y podemos mencionar también algunas de las fórmulas discursivas rutinarias (cada mochuelo a su olivo, a otro perro con ese hueso, etc.) o los enunciados de valor específico (la cabra siempre tira al monte, gato con guantes no caza ratones, etc.)[56] que algunos diccionarios generales registran (por ejemplo, el DRAE).

Pero nos centraremos en las locuciones, unidades fraseológicas que funcionan como elementos oracionales, y que se integrarían, por tanto, en los apartados correspondientes a la categoría léxica cuya distribución comparten[57].

a) Incluimos entre las locuciones nominales ave de paso (‘ave migratoria’ y ‘persona que se detiene poco en pueblo o sitio determinado’), ave de rapiña (‘ave carnívora’ y ‘persona que se apodera con violencia o astucia de lo ajeno’), ave fría  (‘persona de poco espíritu y viveza’), ave tonta (‘persona descuidada, simple, tarda y sin viveza’), bestia negra o bestia parda (‘persona que concita particular rechazo o animadversión [por parte de alguien]’), asno cargado de letras (‘erudito de cortos alcances’). En otras formaciones nominales es el complemento el que determina que se trata de un zoomorfismo: cabeza de chorlito, risa de conejo, lágrimas de cocodrilo, lengua o boca de escorpión y vista de águila.

b) Son locuciones adverbiales en cueros, o en cueros vivos, con la mosca en, o detrás de la oreja, con las orejas caídas, o gachas, a cuatro patas o a gatas.

c) El grupo más nutrido es el de las locuciones verbales, compuesto por frases como ahuecar el ala, caer o picar en el anzuelo, enseñar los colmillos, dar coces contra el aguijón (‘obstinarse en resistir a fuerza superior’), soltar una coz (‘contestar inoportuna o desabridamente’), alzar o levantar la cresta (‘mostrar soberbia’), cacarear y no poner huevo (‘prometer mucho y no dar nada’).

Las locuciones verbales atributivas constituyen la fijación sintáctica de la frase que origina las que hemos llamado metáforas nominales atributivas (§6.1)[58]. El DRAE registra como verbales ser [alguien] una ardilla, ser un ave, ser un borrico, ser un gallina, ser una hormiga, ser un mirlo blanco, ser el último mono, ser un mulo de carga, no ser carne ni pescado, etc. Hay locuciones atributivas con estar (estar como una foca, como una cabra, como una chiva o como una chota); y algunos predicados nominales cuyo núcleo es un verbo de los llamados seudocopulativos[59] (como quedarse o volverse, por ejemplo, quedarse hecho un mono ‘corrido o avergonzado’, o volverse mico ‘aturdirse o aturullarse en la realización de cierta cosa’).

d) Las locuciones comparativas, que pertenecen a distintas categorías léxicas, merecen un lugar propio. En ellas no hay metáforas sino comparaciones, tal y como se aprecia en las locuciones adjetivas más pobre que las ratas, o que una rata, corrido como una mona, engreído como gallo de cortijo, hidalgo como el gavilán (‘[persona] desagradecida a sus bienhechores’, DRAE, 21ª ed.), más resbaloso que la guabina (‘[persona] desconfiada, lista, que sale airosamente de cualquier empresa’, ‘[hombre] que rehúye el matrimonio’). Las que empiezan por como son adverbiales: como gato panza arriba, como el perro y el gato, como piojos en costura, como sardinas en lata, etc. Y contamos también con comparaciones insertas en frases verbales, atributivas o no: estarle [a alguien] [una cosa] como a la burra las arracadas; caer, o morir, como chinches; hablar como una chicharra, papagayo o perico; hablar más que una urraca, saber más que las culebras, dormir como un lirón, aburrirse como una ostra, morirse o quedarse como un pajarito, morir como un perro, tratar [a uno] como a un perro, estar como pez en el agua, poner [a uno] como un pulpo.

Se trata de comparaciones elativas estereotipadas, llamadas prototípicas, consagradas por la comunidad para expresar el grado sumo o ínfimo de una acción o de una cualidad[60]. La importancia de tales estructuras comparativas o intermedias comparativo-modales entre las construcciones intensificadoras, ha sido siempre apreciada por los estudiosos de la expresividad coloquial, desde Werner Beinhauer (1978: 194-369) a Antonio Briz (1998: 118-121). Beinhauer notó que, aparte los distintos grados de comparación, el sustantivo correspondiente puede presentarse convertido en el término mismo de la comparación, por ejemplo en hecho una fiera, un tigre, un toro, un león, o, finalmente, aparecer identificado con el término de la comparación (es una fiera), momento en el que se sitúa el origen de los significados traslaticios de muchos sustantivos. Pero el parecido, la semejanza, el parangón, la analogía, que es el fundamento de la metáfora, no debe, sin embargo, confundirse con ella[61]. En tanto que en una comparación todas las palabras siguen manteniendo sus significados literales, y no son capaces de desarrollar sentidos nuevos, esto es, precisamente, lo que caracteriza a las metáforas.

 

6. Epílogo. El diccionario cultural

 

6.1. Personificación

Hemos examinado el léxico con el apoyo del diccionario, un producto cultural[62], cuyas definiciones construyen con fines didácticos estereotipos definicionales, en los que las propiedades distintivas se mezclan con rasgos descriptivos de naturaleza enciclopédica, saberes y creencias seleccionados y jerarquizados por cada civilización. Los estereotipos, la selección de caracteres en que se asientan las acepciones figuradas, pueden ser recientes o remotos, populares o literarios[63]. Animales imaginarios y monstruos de ficción ¾harpías, basiliscos, tarascas¾ comparten designación con otros sentidos humanos, y  patito feo, desde la difusión del cuento de Andersen, coexiste con canto del cisne, procedente, como la mítica agudeza visual del lince y otras, de leyendas que se pierden en las brumas de la Antigüedad, y que la Edad Media transmitió en sus bestiarios[64].

Las definiciones lexicográficas de los zoónimos ilustran el carácter cultural del diccionario con un rasgo notable, aparentemente contrario al tema de estas páginas: me refiero a la personificación[65], una categoría general que engloba los distintos modos en que la comunidad dota a los animales (y a otras entidades) de atributos y propiedades que los conforman a imagen y semejanza del hombre[66]. La personificación, que da lugar a la extensa serie de zoónimos “profesionales”, entre los que cuentan herrerillo, carbonero, pájaro carpintero, foca monje y cangrejo violinista, impregna asimismo las descripciones lexicográficas del abanto, caracterizado como ave “muy tímida y perezosa”, de la liebre también “animal muy tímido”, de los “audaces” halcones y del “muy sufrido” asno; según el diccionario, las palomas y las tórtolas “se enamoran” arrullándose, y los gallos tienen un “aspecto arrogante” (DRAE). Considerar que el graznido de la lechuza es “estridente y lúgubre” implica un juicio cultural, a diferencia del dato relativo a los indiscutibles 35 cm. de su longitud media. Tales observaciones no son producto accidental de la subjetividad del lexicógrafo como individuo, sino reflejo de una interpretación colectiva compartida.

La personificación es más básica que la animalización, y es probablemente esta imagen personificada y desnaturalizada de los animales la que hace posibles las comparaciones, las analogías y la metáfora, comprendernos a nosotros mismos, juzgarnos y, sencillamente, inventarnos.

 

6.2. Estereotipos y transparencia lexicográfica

El diccionario refleja también una serie de relaciones de sentido entre la entrada y su descripción, las cuales comprenden aquellos vínculos etimológicos y gramaticales que sostienen la cualidad denominada por Petrecca (1985: 311-313) “transparencia lexicográfica”. Cuando el artículo lexicográfico no explicita todas estas relaciones frustra nuestras expectativas, como ocurre en la siguiente definición “literal” de cerdo:

 

"Mamífero artiodáctilo doméstico, de gran utilidad por su carne y cuero y por los productos que de él se obtienen" (Kapelusz, apud Petrecca, 1985, íbidem).

El modelo pretendidamente neutro (científico y económico en el ejemplo) de tal definición impide de hecho el tránsito hacia el sentido figurado ‘persona sucia y grosera’, el cual reposa sobre un presupuesto cultural que la descripción lexicográfica omite. Esta cuestión afecta sobre todo a las extensiones semánticas metafóricas convencionalizadas, razón por la que Petrecca proponía extraer los rasgos más estables de los usos figurados, incorporarlos en la descripción del sentido recto, y mantener de este modo el discurso lexicográfico libre de implícitos.

Así ocurre en la siguiente definición de miura, "Toro de la ganadería de Miura, […] famosa por la bravura e intención atribuida a sus reses", dato que explica asimismo el segundo sentido "persona aviesa, de malas intenciones" (DRAE). Y entre los rasgos que describen agachadiza, nombre de cierta ave limícola, el DRAE indica que “por lo común está en arroyos o lugares pantanosos, donde se agacha y esconde”; al seleccionar este hecho el artículo motiva y explica la denominación, que es un derivado de agachar, además de la locución verbal hacer la agachadiza, ‘hacer ademán de ocultarse o esconderse’, incluida en el mismo artículo.

Por el contrario, los sentidos figurados de calandria (‘persona boba’ y ‘persona que se finge enferma para alojarse gratuitamente en un hospital’), resultan inconexos entre sí, y opacos también con respecto a la acepción ‘pájaro’. En cuanto a perro, la metáfora “persona despreciable”, y la aplicada cuando se emplea “por las gentes de ciertas religiones para referirse a las de otras por afrenta y desprecio” (DRAE, s.v., 3ª y 2ª acs.), revela la imagen social negativa del perro que el estereotipo definicional del zoónimo oculta en el DRAE, pues este se limita a decir que “tiene el olfato muy fino y es inteligente y muy leal al hombre”.

La definición que el diccionario académico hace de la 2ª ac. de lechuzo, “hombre que se asemeja en algo a la lechuza”[67], es, más que opaca, confusa. Cabe, lo primero, interrogarse acerca de la aplicabilidad del sustantivo: ¿puede acaso referirse a cualquier característica de la lechuza, incluso si solo tenemos en cuenta las que el diccionario escoge? El artículo lechuzo en DEA concreta dos acepciones figuradas: una, ‘tonto o bobo’, y otra, ‘goloso’. Esta última resulta coherente con la creencia de que estas aves beben el aceite de las lámparas; pero podríamos sospechar que la acepción ‘tonto, bobo’ deriva no de lechuza, sino de lechuzo ‘muleto de menos de un año’ (estaba en Autoridades, vid. DCECH, s.v. lechuza), que deriva de leche, como lechón, y pertenece, por tanto, a una familia léxica distinta. En todo caso, la oscuridad del ejemplo ha de recordarnos que la metáfora no solo se funda en las analogías, sino que puede asimismo crearlas.

No cabe sino asentir a la demanda de Petrecca, pero además habrá que calibrar el riesgo de confundir el presente con el pasado en nombre de la motivación, en la medida en que el requisito de transparencia puede transformar toda definición en una explicación etimológica. La etimología forma parte de la comprensión que el hablante tiene de la estructura semántica de las palabras, en la medida en que la metáfora, como principio generador de nuevos sentidos explica el desarrollo de tal estructura. Pero, como no todas las metáforas presentan el mismo grado de motivación, es decir, de lexicalización, la etimología debe transformarse en ciencia lingüística, y esta no autoriza la utilización de “la historia como pretexto”. Ya lo ha pormenorizado, con ese título, J.A. Pascual (2002): tan a menudo como la etimología descubre una metáfora básica, la misma etimología la crea. Y esto ya es Historia, por lo menos, otra historia.

 

 

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© Círculo de Lingüística Aplicada a la Comunicación 15, Septiembre 2003. ISSN 1576-4737.

http://www.ucm.es/info/circulo/no15/echavarri.htm

 

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[1] La metáfora zoomorfa es una de las más frecuentes en el léxico de todas las lenguas, y dado  el enorme crecimiento que la bibliografía sobre la metáfora ha conocido en los últimos tiempos, este tipo de ejemplos se encuentra por doquier, aunque sea antes en forma de menciones que como objeto de un análisis del propio dominio. Por lo que se refiere al español, merecen subrayarse algunas referencias a la metáfora zoomorfa en el tratado de semántica histórica de Espinosa y Elorza (1996; por ejemplo, en el cap. 2, sobre el modelo zoomórfico / antropomórfico de los términos espaciales, pp. 51-54, etc.) y, desde la gramática, Portolés (1994); asimismo, Garrido Medina (1993), Martín Zorraquino, las páginas de Beinhauer (1978) y Casares (1950); para el español de América, Villegas (1966) y Oroz (1966); para el francés de los atlas regionales, Snider (1992), y, de mayor entidad, el trabajo comparativo de Ferrario (1990) sobre el francés y el italiano; también es contrastivo el artículo de L. Nazárenko  y E. Mª Iñesta Mena (1998), etc.; vid. asimismo la recopilación de P. Vigerie (1992), La Symphonie animale. Les animaux dans las expressions de la langue française, París: Larousse. Los trabajos citados permiten siquiera constatar el interés del tema en otras lenguas.

[2] Se atribuyeron al perro, por ejemplo, distintas capacidades de reflexión y aprehensión (vid. U. Eco et al., 1984).

[3] Basado en el principio de la igual consideración moral de los intereses similares de los diversos animales (humanos o no), es la fuente de inspiración de todo el movimiento animalista: “La universalidad intrínseca del razonamiento moral exige tomar en consideración el dolor de los miembros de los otros grupos (sexos, razas o especies) capaces de sufrir; de lo contrario, caemos en el sexismo, racismo o especieísmo” (J. Mosterín, ibidem).

[4] "Se llama jerarquía de animación o escala de animación a la ordenación jerárquica de tipos de expresiones nominales según el mayor o menor grado de animación, o capacidad para actuar sobre otras entidades, que las lenguas otorguen a las entidades a las que normalmente aluden estas  expresiones (vid. J.C. Moreno Cabrera, 1991: 174).

[5] Trae a Juan

Trae a Micifuz

Trae al niño / trae a un niño

Trae al gato / trae a un gato

*Trae al libro / *Trae a un libro.

Ante casos como "El ácido afecta (a) los metales”  cabe suponer que la noción que opera en el complemento directo preposicional no es tanto ‘animación’ cuanto ‘actor’, según advierte Esther Torrego (1999, esp. § 28.5).

[6] Así lo señala Chamizo (1998: 9-10) en la obra que, precisamente, desarrolla este tema. Como se verá, me sirvo de su valiosa recapitulación histórica y crítica acerca de la concepción e interpretación de la metáfora.

[7] Entre los precedentes inmediatos de este planteamiento cognitivo en el ámbito anglosajón destacan las publicaciones de Max Black ("Metaphor", en 1954, y trabajos posteriores), cuya teoría de la interactividad de la metáfora consta de tres tesis fundamentales: a) que el uso de la metáfora no se limita a señalar las similitudes existentes entre los objetos, sino que también las crea; b) que las proferencias metafóricas son irreductibles a proferencias literales, y c) que el uso de las metáforas ejerce una función cognoscitiva y no meramente estética o retórica (Chamizo, 1998: 9-10). Portolés (1994) recuerda  el antecedente  hispánico en la obra de Ortega (ya examinado por F. Lázaro Carreter ¾De poética y poéticas, Madrid: Cátedra, 1990¾, a quien también cita).

[8] Se admite habitualmente que el uso metafórico de un término implica que le adjudiquemos algún tipo de significado distinto del que normalmente tiene. De esta convicción han participado en general cuantos han estudiado el tema, desde Aristóteles a H.P. Grice, quien la considera una violación de la máxima conversacional de cualidad, es decir, referirse a un objeto utilizando el nombre con que propiamente se designa a un objeto distinto (vid. Chamizo, 1998: 13-29).

[9] Vid. P.J. Chamizo, 1998: 13-29; de la interpretación pragmática de las metáforas tratan V. Escandell Vidal, 1996: 218-234 (cap. 11, "La metáfora"); J. Moeschler y A. Reboul, 1999: 435-461 (cap. 15, "Sentido literal y sentido figurado: el caso de la metáfora"), y, especialmente, B. Vicente, (1994). Todos ellos exponen un panorama de los planteamientos de Grice, Searle y Sperber y Wilson; Garrido Medina (1993) escoge la metáfora zoomorfa en Miau para comprobar que “se puede explicar como componente del proceso general de interpretación que ocurre cuando se contextualizar los enunciados, según el principio de relevancia”.

[10] D. Davidson, "What metaphors Mean", en Inquiries into Truth and Interpretation, Oxford: Clarendon Press, 1984, citado y comentado por Chamizo (1998: 19-29) en el capítulo en que se exponen las “críticas a la noción de significado metafórico”. Se considera, por tanto, que tales metáforas han dejado de serlo. Por ejemplo, la semántica funcional advierte que no deben confundirse las figuras poéticas creativas en tanto que “semantizaciones de discurso, creaciones generalmente de vida efímera. […] Si una metáfora a fuerza de repeticiones, es aceptada por los hablantes, deja de ser una semantización esporádica, hecho de habla, para convertirse en una unidad nueva de nuestro caudal lingüístico (hecho de lengua)” (S. Gutiérrez Ordóñez, 1989: 157-158). Es decir, utilizando conceptos y expresiones coserianos, en la lexicalización de la metáfora lo que es mera "designación" ('referencia') pasa a ser significado de lengua (Coseriu, 1981).

[11] Vid. Chamizo, 1998: 45-70 (cap. 3: “Metáfora viva y metáfora muerta”).

[12] La semántica cognitiva concibe las palabras polisémicas como categorías complejas formadas por una constelación de sentidos con diferentes grados de representatividad. Las redes polisémicas se organizan en torno a un miembro central, no exclusivamente en términos de parecido literal (es decir, implicando un solo dominio), sino que la polisemia se sirve también de la metonimia y la metáfora. (Una síntesis de los planteamientos cognitivistas sobre la estructura del significado en M.J. Cuenca y J. Hilferty, 1999, especialmente el cap. 5, pp. 125-149, “Polisemia y categorías radiales”; véase asimismo la crítica del argumento de homonimia que hacen G. Lakoff y M. Johnson, 1986: 147 y ss.).

Monosemia y homonimia pueden contemplarse como los puntos extremos de un continuo que se entrelaza con la polisemia. La interrelación de significados no solo es un criterio gradual y difícil de precisar, sino que evoluciona además con el tiempo; razón por la que cabe atribuir la gran mayoría de homonimias a polisemias que han perdido su motivación originaria. Merece citarse aquí la observación de P. Álvarez de Miranda  (2002: 266-267) a propósito de la delimitación entre polisemia y homonimia en lexicografía, y de la dificultad de aplicar un criterio semántico, la cual deriva principalmente “del margen de subjetividad que el criterio implica”; el autor se pregunta: “¾¿Percibirán realmente los hablantes la existencia de una “afinidad  semántica” que justifique la inclusión de polla ‘pene’ s.v. pollo –lla, o la de abuelo ‘mechón corto de la nuca’ s.v. abuelo –la, o la de niña ‘pupila’ s.v. niño ña, etc.? En multitud de casos las asociaciones semánticas tienen tanto de caprichoso o festivo que, aun dando por buena la agrupación, resultaría sumamente difícil su justificación racional”.

[13] Pulular (‘bullir’, ‘abundar’, ‘echar brotes o renuevos’) parece tomado (s. XVI) directamente del latín pullullare, derivado de pullus ‘cría de un animal cualquiera’, ‘pollo de gallina’ (DCECH, s.v. pollo). En cuanto a pipiolo, deriva del latín pipio, -onis ‘pichón, polluelo’. El tordo “tiene la costumbre de hartarse de aceitunas y de uvas, y en estas circunstancias se cree que pierde la cabeza: de aquí la frase tener cabeza de tordo ( o de estornino), y el it. tordo ‘hombre inexperimentado’ ” (DCECH, s.v. aturdir, y vid. L.A. Santos y R.M. Espinosa, 1996: 198). Todavía el DRAE (22ª ed.) registra como primera acepción de  cachonda  ‘salida’, “dicho de una perra”.  Y Alfonso de Palencia nos dice que "los ombres de presta agudeza segund que los canes rastreros se llaman sagaces” (citado por R. Trujillo y tomado de L.A. Santos y R. M. Espinosa, 1996: 142).

[14] De los diccionarios españoles, el DRAE (hasta su 22ª ed.), DGILE, DUE y DEA, mantienen la distinción entre sentido recto y figurado; vid. los exámenes de la etiqueta fig. en los diccionarios españoles de J.C. de Hoyos (1999-2000), y R. González Pérez (2001).

[15]  Por ejemplo, tanto el DRAE como el DEA dan a gerifalte una primera acepción ‘ave rapaz’, que es histórica y técnica, pero menos frecuente.

[16] Por ejemplo, el doble tratamiento que hace el DRAE de los verbos azorar, en cuya 1ª ac. se explicita que requiere como sujeto a azor, y amilanar, en el que el milano solo se halla en el paréntesis que informa sobre la etimología. Compárese la interpretación de Covarrubias, más equilibrada: "Açorarse vale alborotarse […]. Como la perdiz, quando ha visto el açor […]" (s.v. açorarse). Y amilanarse, "Vale lo mesmo que acobardarse y encogerse, como hazen algunas avezillas del milano".

[17] Véase el examen, sustancial y completo, que P. Álvarez de Miranda (2002) dedica al DEA.

[18] Adoptamos los conceptos desarrollados por Lakoff y Johnson (1980) en su conocido análisis de las metáforas; los planteamientos cognitivistas se exponen también en los tratados de M.J. Cuenca y J. Hilferty, (1999: 97-124), J.I. Saeed (1997: 302-308), F. Ungerer y H.J. Schmidt (1996: 114-155) o G.B. Palmer (261-287), entre otros.

[19] La naturaleza de las metáforas ontológicas queda establecida por G. Lakoff y M. Johnson (1986: 64 y ss.).

[20]  La familia léxica de esta voz es muy amplia. Consta de una larga serie de locuciones (pata de pobre, pata galana, a cuatro patas, a la pata coja, a la pata la llana, o a la pata llana, a pata, bailar en una pata, dormir a pata ancha, echar  las patas por alto, enseñar la, o su, pata, mala pata, meter la pata, patas arriba, de patitas en la calle, etc.), con compuestos como paticojo, patidifuso, patitieso, patituerto, patizambo, etc., más los lexicalizados patada,  patalear, etc.

[21] Algunos de estos ejemplos han sido observados también por L.A. Santos Domínguez y R. M. Espinosa Elorza, (1996: 171-190, cap. 6, "La comunicación verbal"), quienes señalan entre los orígenes de los verbos locutivos términos que hacen referencia a sonidos emitidos por animales, que implican con frecuencia una valoración negativa, por ejemplo garir, garlar, bramar, rugir y gruñir.

[22] “Se usa especialmente refiriéndose a las mujeres y a los niños”, es anotación del DRAE, 21ª ed., que se ha suprimido en la 22ª.

[23] Esta era aún la 1ª ac. de la voz en la 21ª ed. del DRAE, pero ha sido situada en tercer lugar en la 22ª.

[24] La metáfora implica una concepción de la personalidad dividida, que también manifiestan ejemplos como “no te traiciones a ti mismo”, “sé fiel a ti mismo”, “me he defraudado a mí mismo”. Suponen una proyección del tipo el yo es una persona que establece las pautas de conducta del sujeto. Vid. en L.A. Santos Domínguez y R. M. Espinosa Elorza (1996: 192-193) el análisis de este motivo, ya desarrollado por G. Lakoff.

[25] Apud L.A. Santos Domínguez y R.M. Espinosa Elorza (1996: 204-5).

[26] Dice así Covarrubias del verbo remorder: “Morder  y bolver a morder, o morderse uno a otro, lo qual es de perros. Remorder la conciencia, no tenerla quieta ni segura. Remordimiento, la tal inquietud y escrúpulo, porque el gusanillo de la conciencia le está royendo y remordiendo” (Tesoro, s.v., 904).

[27] La metonimia, un tipo de referencia indirecta por la que aludimos a una entidad implícita a través de otra explícita, constituye, como la metáfora, un proceso conceptual que relaciona entidades, aunque opera dentro de los confines de un único dominio (vid. M.J. Cuenca y J. Hilferty, 1999: 110-115).

[28] Además, la metáfora animal sustituye eufemísticamente a la metonimia humana tener cojones, análogamente a como a la metonimia echar las tripas se le añade la metáfora animal, más expresiva, echar las asaduras o el bofe.

[29] Y así, animal, que es nombre genérico para él y para el hombre, se dice “vulgarmente”, al decir de Covarrubias, del “hombre de poco discurso” (Tesoro, s.v. animal).

[30]  Tomamos estas definiciones del DEA (s.v., 3ª y 4ª acs.), que ejemplifica así esta última acepción: *¡Qué animal, lo que sabe!” .

[31] Cf. Cordero de Dios, Divino Cordero o simplemente Cordero ‘ Jesucristo’ (DRAE).

[32] Según el DEA (s.v., 4ª ac.), “Pers. que actúa con mala intención o que hace malas pasadas. Frec. se usa como simple insulto, vacío de su significado. Tb adj. Frec en la forma enfática cabronazo. Tb referido a cosas personificadas”.

[33] Del estudio del fenómeno axiológico como problema lingüístico trata Á. M. Felices Lago (1999), quien esboza un panorama de las investigaciones desarrolladas principalmente a partir de la década de 1990.

[34] Kerbrat-Orecchioni (1977: 163-170) observaba que la metáfora actualiza un significado figurado denotativo (camello ‘traficante de droga’), pero enriquecido por el literal (‘animal’) que resulta en este caso connotativo o secundario.

[35] En palabras de Coseriu (ibidem), “[…] las ideas de fuerza, de resistencia, etc., es el objeto buey el que las evoca (o su imagen), no la palabra boeuf; y las evoca en la comunidad francesa, y no en francés […]”.

[36] Desarrolla esta idea P. Newmark, “The Translation of Metaphor”, The Ubiquity of Metaphor, Philadelphia: J. Benjamins, 1985, p. 306 (apud M. Snider, 1992: 163).

[37] Según M. Yaguello, la peyoración de la mujer, omnipresente en la lengua, tiene en la metáfora animal un recurso particularmente productivo:  “Toutes les espèces femelles peuvent prendre un sens péjoratif (les oiseaux et la volaille, en particulier, constituent la métaphore fondamentale de la femme)” (Yaguello, 1978: 150-151). Sobre la animalización de la mujer, pueden verse, entre otros, los trabajos de J. Climent de Benito (1999), C. Mata Pastor (1999), M.D. Fernández de la Torre Madueño y F. Sánchez Benedito (1999).

[38] La propia M.A. Zorraquino (1986) se proponía mostrar “cómo dentro de una misma tradición idiomática un mismo nombre de animal puede ser caracterizado positiva y negativamente al mismo tiempo en diversos tipos de expresiones fijas. En otras palabras, la tradición idiomática puede consagrar una valoración positiva o negativa del nombre de un animal al ser aplicado, en sentido figurado, para caracterizar a personas, pero, al mismo tiempo, dicho nombre de animal puede aparecer con otra clase de valors negativos o positivos en refranes igualmente existentes en el idioma”.

[39] En la 22ª ed. del DRAE se expresa lo mismo más sucintamente: “afect. Niño pequeño y travieso”; el DEA observa claramente la diferencia de valor de renacuajo ‘persona pequeña’, que es cariñoso si se refiere a niños y despectivo si se aplica a hombres o mujeres.

[40] Ambos tipos pueden ejemplificarse con las siguientes entradas del DRAE:

a) chachalaca. f. Am. Cen. y Méx. Ave galliforme […]. Es voladora y vocinglera y su carne comestible. || 2. fig. Am. Cen.  y Méx. Persona que habla en demasía.

b) cojudo, da. adj. Dicho de un animal: No castrado. || 2. Am. Tonto, bobo.

[41] De sus conclusiones destacamos el dato de que la convergencia entre ambos léxicos alcanza un 68%. También L. Nazárenko y E. Iñesta Mena (1998) plantean una comparación entre el español y el ruso.

[42] Vid. A. Briz Gómez, 1998: 95 y ss; y 1996: 60-63.

[43] Como muestra el vocabulario de la jerga carcelaria, y no solo en español, sino también en otros idiomas, por ejemplo, el argot del delincuente francés, el caló, etc., según detalla J. Sanmartín (1998: 81 y ss.): “el delincuente establece múltiples analogías con el mundo animal, al que al mismo tiempo connota y califica: en la esfera negativa de su universo conceptual sitúa al buitre ‘prestamista en la prisión’, al mono ‘policía’, a la perra ‘delator’ o al lagarto ‘guardia civil’ ”.

En el diccionario académico no faltan los sentidos procedentes de la Germanía clásica (vid. avispón, grullo, lagarto o lobatón, por ejemplo), ni los actuales marcados como jergales en el DEA (por ejemplo, aguililla).

[44] B.M. Gutiérrez Rodilla (1998: 144-152) observa la importancia de las comparaciones antropomórficas y zoomórficas en la neología semántica del lenguaje científico. Sobre ciencia y metáfora, puede verse, además,  C. Galán (2001), Á. Martín Municio (1992), A. Kremer-Marietti (1994) o A. Assal (1994).

[45] Nos ocupamos de la pertienencia del significado de las palabras para la morfología, y concretamente para las reglas de formación de palabras (vid. J. Pena, 1999: 4310).

[46] En cambio, el DEA ofrece una 2ª ac. coloquial de chiquero,  “Lugar de encierro, o prisión”.

[47] Levinson, 1983: 147-162 (también citado por Martínez Dueñas, 1993: 529).

[48] El DRAE (22ª ed.) consigna así estos sentidos sustantivos:

acémila. f. Mula o macho de carga. || 2. asno (persona ruda).

atún. Pez teleósteo […]. || 2. coloq. Hombre ignorante y rudo.

avechucho. m. Ave de figura desagradable. || 2. coloq. Sujeto despreciable por su figura o costumbres.

[49] Que corresponden a las que Portolés (1994) denomina metáforas de propiedad inferida, por oposición a las metáforas clasificatorias.

[50] Compárese “el burro de tu primo” (complementación ambigua posesiva / atributiva), con “el canguro de tu primo” (complementación posesiva).

[51] Este ejemplo se encuentra en el DEA (s.v. borrego), que marca el adjetivo borrego como despectivo y propio de la tauromaquia.

[52] Por ejemplo, según García Murga (1998: 19 y ss.), las restricciones forman parte de las presuposiciones generales que comprenden el “complejo sistema de conocimientos extralingüísticos” que ponemos en juego en la comunicación lingüística, al lado de las “condiciones felicitarias” requeridas por algunos tipos de actos de habla y “precondiciones generales” sobre cómo es el mundo.

[53] Mairal Usón (1999: 54-57) ofrece una buena síntesis del asunto, con una descripción del estatuto de  las restriciones de selección en la teoría gramatical funcionalista, y una referencia contrastiva a la GGT.

[54] Sobre las metáforas verbales puede verse E. Martinell (1976).

[55] Los animales constituyen un motivo especialmente frecuente en la fraseología (Corpas, 1996: 116-7); en cuanto a las las paremias (de las que no nos ocuparemos), por ejemplo, el índice temático de la recopilación de refranes de Junceda (1998) registra unos 500 con animales (claro que no siempre hay animalización de la persona: no la hay en “A caballo regalado no le mires el diente”, etc.).

[56] Sigo la clasificación y denominaciones de Corpas Pastor (1996).

[57] La delimitación entre locuciones y compuestos sintagmáticos no parece haber recibido una solución plenamente satisfactoria; una postura, quizá discutible, pero clara y decidida es la de Gloria Corpas Pastor (1996: 91-93), quien, por razones prácticas, y ante la falta de criterios que permitan deslindar claramente unos de otras, considera compuestos solo a aquellas unidades léxicas formadas por la unión gráfica (y acentual) de dos o más bases; y locuciones a todas las unidades sintagmáticas que, presentando un grado semejante de cohesión interna, no muestran unión ortográfica.

[58] Por ejemplo, Ruiz Gurillo (2001) considera locuciones verbales atributivas las metáforas zoomorfas sustantivas del tipo ser un lince (p. 49), ser un gallina (p. 93) y ser un cerdo (p. 30), porque presentan cierto grado de consolidación, aunque también advierte que algunas de ellas no son tan fijas y estables como otros sintagmas metafóricos.

[59] Que se diferencian de ser, estar, parecer en la imposibilidad que el predicado manifiesta de ser pronominalizado por lo (vid. J. Alcina y J.M. Blecua, 1975: 898).

[60] Salvador Gutiérrez Ordóñez (1994a: 64-65) advierte que la singularidad de ejemplos de habla como “más fuerte que un toro”, “más hinchado que una rana”, reside “en el particular valor cultural de los referentes elegidos como norma de comparación. Son seres o magnitudes que, según el saber generalizado, constituyen los representantes superlativos, el “no va más”, el colmo, de la acción o de la cualidad que entra en juego. Tan generalizado que en muchas ocasiones ya constituyen verdaderos clichés”.

[61] Sobre metáfora y comparación, vid. especialmente J. Moeschler y A. Reboul (1999: 435-461), un repaso de las teorías de la comparación en la interpretación de la metáfora. Seguimos asimismo las objeciones que expone Chamizo (1998: 19-29).

[62] El llamado "diccionario cultural" se define, en parte, como una descripción extensiva de un conjunto de unidades léxicas que proceden del discurso de un determinado grupo humano, y que permite acceder  a ese discurso. Así lo describe A. Rey (1987: 4), quien ha dedicado  a este tema algunas páginas imprescindibles.

[63] Vienen al caso las siguientes palabras de Casares: “[…] la oveja, la vaca, la Pantera, el elefante y muchos otros animales que poseen atributos característicos —cómo olvidar la "nobleza" del caballo?—, parecen condenados a perpetua esterilidad en el campo de las creaciones tropológicas. En cambio, el lince, desconocido en nuestras latitudes para la mayoría de las personas que lo nombran, y el basilisco, que no ha existido nunca, son evocados a cada paso en el habla usual. Basilisco llamamos a la persona enfurecida; lince, desde la Antigüedad clásica viene sirviendo para calificar al individuo de gran sagacidad y penetración. / No tenemos vagar [sic] para detenernos a sacar consecuencias de estos datos, que fácilmente podrían multiplicarse, a más de que ello nos alejaría de nuestro propósito; pero es seguro que un estudio individual de ciertos casos revelaría el influjo de tradiciones multiseculares infiltradas en el folklore indoeuropeo y difundidas principalmente por la vía de la literatura fabulística" (Casares, 1950: 111-112).

También Zorraquino (1986) se detiene a observar "cómo la tradición cultural interviene como un filtro dentro del idioma, en la selección del nombre del animal para formar una expresión fija de la clase que nos ocupa y cómo mantiene esta capacidad selectiva o "filtradora" para reducir las notas significantes del nombre que designa al animal en cuestión, en el sentido de que restringe los rasgos semánticos de dicho nombre en una dirección determinada”.

[64] Para los dos ejemplos mencionados, citaré sendos fragmentos de bestiarios: "Existe un ave llamada cisne. El Fisiólogo dice que hay un país donde cantan tan bien y tan hermosamente que su voz es una auténtica melodía para el oído; […]. Y es fama que cantan mejor el año en que deben morir; de tal modo que las gentes del país, cuando oyen a uno de hermoso canto, dicen: "Este morirá con el año". […] Este cisne que tan bien canta frente a su muerte significa el alma que se alegra en la tribulación" (Pierre de Beauvais, Le Bestiaire, en I. Malaxechevarría, 1999: 120).

"Existe otra variedad de lobos que se llaman cerveros o linces (luberne), moteados de manchas negras, igual que el leopardo; pero en lo demás son semejantes al lobo. Y su vista es tan aguda que atraviesa con la mirada las paredes y los montes. Solo pare una cría; y es el ser más olvidadizo del mundo […]. Y quienes lo han visto dicen que de su orina nace una piedra preciosa, que llaman liguires; […]". (Texto traducido de Brunetto Latini, Li Livres dou Tresor, en I. Malaxechevarría, 1999: 87).

[65] Según observan  G. Lakoff y M. Johnson (1986: pp. 71 y ss.), la personificación es una categoría general que cubre una amplia gama de metáforas ontológicas, todas las cuales comparten el hecho de permitirnos dar sentido a fenómenos de mundo en términos humanos.

[66] “¿Quién puede ignorar después de La Fontaine, que la cigarra es desprevenida y la hormiga laboriosa? Nunca la observación científica corroborará esto que no es sino una proyección de nuestra humanidad, es decir, de nuestra cultura”. Aproximadamente en estos términos reflexiona R. Louis, en su Presentación de la obra de P. Vigerie, La Symphonie animale. Les animaux dans les expressions de la langue française (París: Larousse, 1992,  p. VI).

[67] Como en todos los demás casos, esta acepción que en la 21ª ed. del DRAE se marcaba como fig., en la 22ª aparece simplemente como coloquial; por lo demás, la definición resulta idéntica en ambas redacciones.