EL EQUILIBRIO ENTRE LO IMPLÍCITO Y LO EXPLÍCITO EN LA BIBLIA

 

clac 20/ 2004

 

Verónica Vivanco Cervero

 

Universidad Politécnica de Madrid

 

mailto:veronicavivancocervero@yahoo.es

 

 

 

Resumen

 

El objeto de este artículo es mostrar la correlación entre implicaturas y explicaturas en las parábolas bíblicas. Los dos conceptos lingüísticos mencionados muestran su equilibrio entre el lenguaje desviado e implícito de las parábolas y el lenguaje no desviado, que, a modo de máxima, remata cada parábola resumiéndola y clarificándola. Si bien tanto implicaturas como explicaturas se situan tradicionalmente dentro de los estudios pragmáticos, la explicatura parece entroncar más directamente con el nivel semántico por escapar al lenguaje figurado, por mostrarse atemporal en sus formulaciones y máximas, y por engarzar los signos con su significado.

 

 

1. La semántica como generadora de la pragmática

 

El introductor del término pragmática fue Morris, quien introdujo dicho concepto en Foundations of the theory of signs (1938).  Sin embargo, la pragmática no tuvo su despertar hasta la década de los 60, cuando Chomsky se percató que ciertos problemas lingüísticos descritos por filósofos del lenguaje difícilmente se podían explicar dentro del ámbito de la gramática, por lo que, en la siguiente década, se comenzaron a sentar las bases teóricas para la disciplina conocida como pragmática.

 

La mencionada ciencia relaciona los signos con sus intérpretes y se diferencia de la semántica en que ésta última estudia los signos en relación a los objetos con los que se aplican. Sin embargo, la pragmática se forma a partir de la semántica y se encuentra condicionada por ésta, como bien señalaron Ducrot y Anscombre (1994) cuando desarrollaron el concepto de orientación argumentativa, concepto que versa sobre la relación entre la forma lingüística y la comprensión de un enunciado, ya que los significados de las palabras condicionan las continuaciones discursivas. Por ejemplo, la palabra ladrón se encuentra aquejada de connotaciones negativas por lo que resultaría extraño enlazarla con adjetivos relacionados con la bondad, si bien siempre cabe esa posibilidad. Para Recanati (1993, 248), el establecimiento del sentido de lo que se dice se basa en las propias intuiciones. Recanati (2003, 1.8), sin embargo, se decanta  por las intuiciones a las que la lógica parece acompañar, aduciendo que “What is said must be intuitively accessible to the conversational participants (unless something goes wrong)”, con lo que se puede enlazar la teoría de Ducrot y Anscombre (1994) con la de Recanati (1993; 2003).

 

Es por este motivo que la pragmática surge de los huecos que se le escapan a la semántica.Ya que la pragmática es la relación entre el hombre y los signos lingüísticos, su ámbito de actuación se extiende hasta la psicología, la biología, la sociología y cualquier otra ciencia relacionada con el ser humano. Los estudios más relevantes sobre pragmática publicados en español son los de Briz (1998), Calsamiglia Blancafort y Tusón Valls (1999), Calvo Pérez (1994), Escandell Vidal (1996), Fuentes Rodríguez (2000), Gutiérrez Ordóñez (1997a, 1997b, 2000a, 2000b), Reyes (1990, 1995), y Reyes, Baena y Urios (2000). Entre los mencionados estudios destacan los de Escandell (1993:16), quien entiende por pragmática el estudio de los principios que regulan el uso del lenguaje en la comunicación:

 

“La pragmática (...) es una disciplina que toma en consideración los factores extralingüísticos que determinan el uso del lenguaje, precisamente todos aquellos factores a los que no puede hacer referencia un estudio puramente gramatical: nociones como las de emisor, destinatario, intención comunicativa, contexto verbal, situación o conocimiento del mundo van a resultar de importancia capital.”

 

Para Escandell (1993: 17), el análisis pragmático se divide en dos tipos de componentes: los materiales (emisor, destinatario, enunciado y entorno) y los relacionales (información, intención y distancia social). Entre los factores que constituyen el entorno destacan: el contexto físico, el contexto empírico (aquello que saben o conocen los interlocutores), el contexto natural (o suma de contextos empíricos); el contexto práctico u ocasional (la coyuntura en la que transcurre el acto de comunicación); el contexto histórico y el contexto cultural. Sin embargo, los componentes materiales y relacionales interaccionan entre sí dando lugar a un entramado complejo que se escapa de los límites asépticos de la semántica. Ésta resulta insuficiente para comprender el modo en que circula la información entre los hablantes, por lo que el objeto de este artículo es dilucidar el equilibrio entre el componente semántico y el pragmático desde la perspectiva de lo que se dice y lo que se infiere en la Biblia.

 

Hemos elegido este texto religioso por su gran relevancia e interés y por ser una fuente inagotable de metáforas y parábolas. Grice (1975) fue el introductor del concepto de implicatura, que equivale al “significado añadido” presente en los enunciados de la lengua natural, y que deriva de factores de tipo conversacional basados en la distinción fundamental entre lo que se dice y lo que se comunica. Lo que se dice equivale al contenido proposicional del enunciado desde el punto de vista lógico, mientras que lo que se comunica es toda la información que se transmite en el enunciado, pero que es diferente en cuanto al contenido proposicional. Como, en consecuencia, resulta en un contenido implícito recibe el nombre de implicatura y equivale a la distancia intermedia entra la intención del emisor y el significado de cada expresión.

 

 

2. De implicaturas y normas

 

La implicatura se estudia tradicionalmente en relación con normas, como son las categorías de cantidad, cualidad, relación y modalidad. La cantidad se relaciona, como su nombre indica, con la cantidad de información que debe ofrecerse y comprende la  necesidad de que su contribución sea todo lo informativa como necesite el propósito del diálogo sin que su contribución sea más informativa de lo necesario. La cualidad presupone que la contribución sea verdadera y demostrable. La relación implica decir  cosas relevantes, que sigan el hilo de la conversación. La modalidad demanda claridad, brevedad y un orden secuencial, así como la huida de la oscuridad y la ambigüedad.

La relación entre las anteriores máximas y el principio de cooperación, que requiere la interacción mutua entre los participantes en la comunicación, con las implicaturas puede comprobarse caracterizando los diferentes tipos de incumplimiento de las máximas por parte del interlocutor de una conversación bajo cualquiera de las siguientes vías de actuación:

1. La violación de una máxima puede desembocar en que la conversación pierda el hilo conductor.

2. La supresión de las máximas y del principio de cooperación de modo que el diálogo se cierre por abandono de uno de los interlocutores.

3. El conflicto por el cumplimiento simultáneo de dos máximas diferentes

4. El desprecio hacia una de las máximas manteniéndose dentro del principio de cooperación puede ocasionar  implicaturas conversacionales.

 

Grice (1975) intenta caracterizar las implicaturas conversacionales mediante ciertos rasgos específicos, como son la cancelabilidad, la no separabilidad, la no convencionalidad, la no deducibilidad lógica y la indeterminación. De la propuesta sobre máximas conversacionales hecha por Grice (1975) surge la pragmática inferencialista. La aplicación de las máximas de cantidad, cualidad, relación y manera como reguladores de la extensión, la veracidad, la pertinencia y la organización de los enunciados y generadores de significado implicado es una corriente todavía activa. Sin embargo, la teoría de la relevancia de Sperber y Wilson (1986a) supone un intento cognitivo de abordar la pragmática, desde el punto de vista de las inferencias, sin empleo de máximas, ya que ciertas máximas del principio de cooperación y de cantidad, como apunta Mey (1993: 277), escapan a la universalidad lingüística, por no darse en todas las culturas.

 

Las implicaciones se formulan de acuerdo a un principio cooperativo, que, no obstante,  no se sigue al pie de la letra y que propicia la falta de correlación total y completa entre lo dicho y lo que se hubiese esperado que se hubiera dicho. Por este motivo, lo implicado se relaciona con el contexto del habla y de los interlocutores. De esto se deduce que la distinción entre lo dicho y lo implicado guarda relación con la distinción entre la semántica y la pragmática del proceso comunicativo, terreno este último al que pertenece la implicatura.

 

Lo que se dice no supone un sinónimo de lo que se implica: lo primero goza de una presunta neutralidad que no tiene lo segundo. Decir es contar, narrar, informar…, mientras que implicar consiste en una especie de insinuación no formulada de modo abierto. Por ejemplo, si cuando se está a la mesa el marido le dice a su mujer: “observo que carezco de pan”, evidentemente le está pidiendo, sin decirlo con sus propias palabras, que le traiga pan, por lo que la mencionada formulación se puede considerar un tipo de implicatura desiderativa. Así, lo implicado se construye sobre lo dicho.

 

 

3. Implicaturas, inferencias y léxico

 

Las implicaturas conversacionales, como indica  Portolés (2003), se conocen también como conclusiones inferidas que surgen de la contextualización Sin embargo, entendemos que existe una diferencia entre la implicatura y la conclusión inferida: la primera pertenece al emisor y la segunda implica la interacción entre el hablante y el receptor, por lo que la descodificación del mensaje supone su comprensión y la del contexto en el que éste se asienta. 

 

Siguiendo el rastro lingüístico de cualquier mensaje podemos llegar a  desvelar realidades que no están escritas ni dichas, pero que se infieren, a través de la pragmática, del contenido morfosemántico. Acudiremos en este caso a un pasaje religioso cuyo sentido total parece haberse querido ocultar de la tradición cristiana y que suele pasar desapercibido a muchos lectores. Si acudimos al Génesis (2, 23)  leemos ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada mujer porque ha sido tomada del hombre. Siempre nos extrañó la expresión ésta sí, porque parecía apuntar a la existencia de otra mujer. Una, sí apunta hacia  otra anterior, no: ahí radica un dilema para el que la Biblia no ofrece ninguna otra pista hasta que llegamos a Isaías 34, 14, y cuya solución se encuentra en la literatura rabínica en la que se habla de otra mujer anterior a Eva, llamada Lilit. Ésta parece haber sido el arquetipo de mujer rebelde, celosa y orgullosa cuya falta de sumisión se ha querido eliminar de la versión cristiana de la Biblia. En el Corán (azora 6:10 y 17:63) parece ser el demonio Iblis que continuamente ronda a Adán y Eva. Si bien, no podemos confirmar esta suposición existen pistas que avalan la unidad de figuras puesto que la frase de Adán anteriormente mencionada (Génesis 2,23) apunta a que hubo otra anterior que no era carne de su carne, y es que, según relata el Corán, Iblis nació de la luz con un rango muy superior al del terrestre Adán. Esto unido a que Isaías dice que Lilit parió demonimos nos hace unirla con Iblis en una misma realidad. Si acudimos a la mitología clásica, el equivalente parece ser Leto quien, por su orgullo causó la perdición de sus hijos.

 

Asimismo, continuando en el marco de la Biblia, encontramos en el Génesis la siguiente expresión en relación con la creación de Eva: puesto que ha sido sacada del hombre se llamará mujer, derivación léxica que no se refleja en el acervo español y que hace perder la relación causa-consecuencia y el hilo lógico de la narración, a no ser que recurramos a la antigua variante hombre-hembra que pasó a hombre-mujer y macho-hembra. Actualmente la derivación lingüística se aprecia mejor en inglés, en el que la palabra woman deriva de man. En realidad la forma hombre (y hembra) procede de humus (tierra), ya que de ella fue creado Adán, y es el auténtico nombre que Dios le impuso, como indica el Génesis (5,2): “le puso el nombre de hombre el día de su creación”. Es decir, hombre es el nombre impuesto por Dios, que se cambió, tras la expulsión del paraíso, por el de Adán ( que significa tierra arable) para expresar en la deonomástica el castigo del trabajo. De la misma manera, Adán cambió el nombre hembra (mujer) por el de Eva (Génesis 3,20): “El hombre llamó Eva a su mujer, porque ella fue la madre de todos los vivientes”.

 

De los ejemplos anteriormente expuestos se percibe que las implicaturas y las inferencias, a parte de poder quedar ocultas por la diacronía y la historia, no son términos sinónimos sino que suponen dos fases del proceso del modo de hablar indirecto, ya que el significado auténtico de los anteriores textos religiosos suele pasar desapercibido para los lectores. Dicha modalidad es una implicatura en su fase de producción y una inferencia en la etapa de recepción y descodificación pragmática y, en caso de no darse la interacción entre emisor y recepctor la inferencia no tiene lugar, no pudiendo, por lo tanto, considerarse un sinónimo de implicatura.

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4. La explicatura como remate de la implicatura

 

Barreda (2000) dice así sobre la relación entre implicatura y explicatura:

 

“El modelo de la relevancia se comprende plenamente cuando el destinatario construye la explicatura en base a lo expresado convencionalmente y los procesos de desambiguación, enriquecimiento y asignación de referencia, es decir “lo dicho”, y posteriormente recupera los significados implícito a través de la implicatura que es el contenido que se deduce basándose en supuestos anteriores.”

 

La implicatura contrasta con la explicatura, procedimiento por el que el contenido se comunica por medio del enunciado. En contraste, la implicatura (Sperber y Wilson, 1986) coincide con el contenido que se deduce y que se construye en supuestos anteriores. Las explicaturas se determinan mediante tareas inferenciales como la desambiguación (resolución de ambigüedades semánticas utilizando la situación y el entorno en el que se produce el enunciado), la asignación de referentes y el enriquecimiento o especificación de referencia de las expresiones vagas. Las implicaturas son actos de habla indirectos que se obtienen por medio de la recuperación de los eslabones que faltan en el razonamiento que desemboca en las premisas explicitadas. Las implicaturas conducen a una comunicación rica, pero también más complicada desde el plano cognitivo y presuponen la interacción de los interlocutores desde una misma base de conocimiento.

 

Notamos la gran abundancia de implicaturas que aparecen en la Biblia en correlación con explicaturas que ayudan a aclarar lo formulado anteriormente. Aunque la introducción de parábolas parece redundar a favor de la claridad oracional, su elevado nivel metafórico, si bien aporta belleza, vela de algún modo el significado real del mensaje, cuya inferencia, por otro lado, tampoco entraña demasiada complejidad.

 

La literalidad es un modo de hablar totalmente neutral y que refleja la realidad a modo de una fotografía. Sin embargo, en ocasiones es complicado explicarse dentro de los límites del lenguaje no desviado, motivo por el que recurrimos al símil o a la metáfora. No obstante, el oyente no percibe las metáforas como falsedades, pues no utiliza un criterio de verdad para juzgarlas, sino que busca en ellas inferencias pertinentes y aproximaciones a la verdad. Por medio de las metáforas el hablante pretende que el oyente extraiga inferencias a las que no se llegaría con el uso literal del lenguaje.

La metáfora es una figura que viola las normas lingüísticas convencionales. La escuela de Grice sostiene que la metáfora trasgrede una de las máximas de cualidad, ya que lo que se piensa que es verdad se formula por medio de una mentira, y de la máxima de relación, porque hay que indagar en la relación entre el enunciado extraño y el contexto. Searle (1982) propone otro enfoque sobre la metáfora basado en la diferencia entre el significado que el hablante quiere trasmitir y el significado semántico de la formulación en sí. Según esta interpretación, cuando el hablante emplea una metáfora dice "S es P" pero el significado que se asocia es el de "S es R". Sperber y Wilson (1986b)  sostienen en Teoría de la Relevancia que el lenguaje figurado supone un uso libre del lenguaje por medio del  que el hablante emite una proposición diferente de la expresada más alguna implicación.

 

Desde la perspectiva semántica, la metáfora se considera una violación de la norma por la que el emisor trasvasa ciertas zonas de significado del vehículo al tenor. Este hecho aboca al pensamiento de que la metáfora supone una operación mental especial  basada en algún principio no semántico. Las obras de Lakoff y Johnson (1980), Lakoff y Turner (1989) y Lakoff (1987, 1993) dieron lugar al estudio de la metáfora desde la perspectiva de la lingüística cognitiva, por lo que se la enfoca como una proyección convencionalizada e idealizada entre dos dominios conceptuales. Por medio de la metáfora entendemos el segundo dominio a partir del primero. La metáfora, a través de la Teoría de la Relevancia, también puede considerarse como una derivación de implicaturas no convencionalizadas.

La parábola, según indica el DRAE, es la “narración de un suceso fingido, del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral”. De ello se deduce que la parábola es un modo de hablar basado en la similitud, con lo que se enlaza con la metáfora. Sin embargo, pensamos que la diferencia entre ambas radica en el nivel en que se mueven. La metáfora pertenece al plano léxico, mientras que la parábola gira en torno al plano sintáctico. La metáfora tan sólo queda en un intento de aproximación a la realidad por medio de la fraseología,  motivo por el que necesita la explicitación  o desvelación total de ésta para que los receptores, los discípulos en el caso que nos ocupa, logren la comprensión total del mensaje.

 

En Mateo (5, 38-42), se opone la ley del talión a la doctrina  del amor al prójimo, del perdón, la entrega y la generosidad total. Las pautas de actuación predicadas por Jesucristo se presenta mediante bellos ejemplos cuyo significado se infiere sin problemas, desde nuestro punto de vista actual, aunque el último versículo actúa como elemento resumidor y explicitador de lo expuesto anteriormente. De este modo encontramos una simetría perfecta en el desarrollo del párrafo que oscila desde una introducción que a un desarrollo cuajado de ejemplos que se sintetizan en el último versículo, a modo de elemento sintético, resumidor y clarificador:

 

“Oísteis que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Más yo os digo: no resistáis al mal; y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quisiere pleitear contigo y quitarte la túnica, déjale también el manto; y a quien te forzare servirle por espacio de una milla, anda con él dos. A quien te pidiere, dale, y a quien quiera de ti tomar prestado, no le despidas.”

 

Ojo por ojo y diente por diente es un simbolismo lingüístico que aboga la devolución de las ofensas ajenas como comportamiento opuesto al que defiende la Biblia, que va más allá del propuesto por la ley del talión: en este caso se extrema la devolución en sentido inverso puesto que aquel a quien se pide, debe dar dos veces aquello que se le demanda. Finalmente, se resume el contenido del mensaje de un modo clarificador que escapa de la metáfora y de la parábola: A quien te pidiere, dale, y a quien quiera de ti tomar prestado, no le despidas, si bien la conclusión final, que escapa al lenguaje figurado, no incide en la duplicidad (mejilla derecha / la otra; túnica / manto; una milla /dos), sino en la generosidad sin incidir en los límites.

Asimismo, en Mateo 6 (19-24) las riquezas materiales parecen ser el tema en torno al que gira el presente párrafo:

 

“No amontonéis riquezas en la tierra, donde la polilla y herrumbre las destruyen y donde los ladrones las desentierran y roban; sino atesorad para vosotros tesoros en el cielo, donde ni la polilla y la herrumbre los destruyen, ni los ladrones las desentierran y roban;  porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

 

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si, pues, tu ojo estuviere sano, todo tu cuerpo estará alumbrado; mas si tu ojo estuviese enfermo, todo tu cuerpo estará tenebroso. Si, pues, la luz que en ti hay son tinieblas, ¡ cuán grandes serán las tinieblas!.

           

Nadie puede servir a dos señores: porque al uno odiará y al otro amará, o al uno atenderá y al otro despreciará; no podéis servir a Dios y a las riquezas.”

 

Las riquezas como bien perecedero que pueden ser atacadas por múltiples factores (polilla, herrumbre, ladrones) que no las convierten en una pertenencia duradera (un tesoro del corazón al que nada puede atacar ) se oponen  a los bienes imperecederos. Finalmente, el contraste explícito, escapando al lenguaje figurado y parabólico, se muestra en el último versículo: la dependencia de los bienes materiales y perecederos se opone al servicio a Dios, como riqueza del corazón.

 

Asimismo, en Lucas ( 4:1-12), volvemos a observar estilos de habla indirectos que se rematan, finalmente, en una explicatura que cierra el episodio en cuestión:

 

“Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y fue conducido por el Espíritu al desierto. Allí estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días, y al final de ellos tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le respondió: Escrito está: No sólo de pan vive el hombre.

Después le llevó a una altura y desde allí le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: Te daré el poder y la gloria de todos ellos, porque a mí se me ha entregado, y se la doy a quien quiero, si, pues, te postras delante de mí todo será tuyo. Jesús respondió y le dijo: Escrito está: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él sólo servirás.

 

Luego le condujo a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está: A sus ángeles mandará que te guarden, y te tomarán en las manos para que tu pie no tropiece en una piedra.

 

Jesús respondió: Dicho está: No tentarás al Señor, tu Dios.

 

Con respecto al episodio del ayuno y las tentaciones, Jesús responde las dos primeras veces por medio de implicaturas: No sólo de pan vive el hombre, en respuesta a la necesidad de alimento y Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él sólo servirás, como modo indirecto de rechazar la tentación de poder y gloria. Finalmente, No tentarás al Señor, tu Dios, sintetiza de modo abierto la negación a las peticiones anteriores y a cualquier tipo de futura tentación.

 

Mateo 13 (24-30) nos propone otra reflexión encabezada por implicaturas, por modos de hablar indirectos y altamente metafóricos, que, finalmente, y, tras el salto de 6 versículos bíblicos, se convierten en explícitos, debido a la petición de los apóstoles:

           

“Les propuso otra parábola: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buen semilla en su campo. Pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña sobre el trigo y se fue. Mas cuando creció la hierba, y granó el fruto, entonces apareció también la cizaña. Llegándose los criados del dueño, le dijeron: Señor, ¿ no sembraste buena semilla en tu campo? ¿ De dónde, pues, tiene cizaña?. Él les contestó: Un hombre enemigo lo hizo. Dijéronle los criados: ¿Quieres que vayamos y la recojamos?. Y les dijo:  No, no sea que al recoger la cizaña, saquéis de raíz juntamente con ella el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: ” Recoged primero la cizaña y atadla en haces para quemarla, y el trigo juntadlo en mi granero.”

 

Enlace con Mateo 13: 36-43:

           

“Entonces, luego que despidió Jesús a las muchedumbres, se fue a casa, y se le acercaron sus discípulos diciéndole: Decláranos la parábola de la cizaña del campo: Respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo; la buena semilla, los hijos del reino; la cizaña, los hijos del maligno; el enemigo que siembra es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores, los ángeles. Como se recoge la cizaña y se la quema al fuego, así será el fin del mundo. Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, que recogerán de su reino a todos los escandalosos y a todos los que cometen la iniquidad, y los arrojarán en el horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.”

 

La parábola del trigo y la cizaña se trata de una implicatura cuyo significado no queda claro a los apóstoles, por no haberse sintetizado escapando al lenguaje desviado, mediante una explicatura. En este caso los discípulos reclaman una explicación a la máxima que no les ha quedado clara. En esta parábola encontramos diversos partícipes en la acción: semilla (de trigo) sembrada por un trabajador, el campo ( que se personifica más adelante ), la cizaña plantada por el enemigo. En la segunda parte, los actores de la acción, algunos de los cuales eran seres inanimados en la primera parte, se transforman en seres animados, quedando explícitos los diversos papeles desempeñados: el Hijo del hombre (sembrador de semilla), los hijos de Dios (semilla), el mundo (campo), los hijos del diablo (la cizaña), el diablo (enemigo), el fin del mundo (la siega) y los segadores (los ángeles). Finalmente, tras la explicatura a las diversas implicaturas, el párrafo finaliza con la frase Quien tenga oídos, que oiga, un desvío del lenguaje, reiterado profusamente a lo largo de la Biblia, en el sentido de Quien quiera entender, que entienda.

 

 

5. Conclusiones

 

Lo implicado se relaciona con el contexto del habla y del emisor, mientras que lo inferido pertenece al nivel cognitivo del receptor de la comunicación, por lo que implicatura e inferencia no pueden considerarse sinónimos. Un concepto aparte es el de explicatura, que actúa como correlato lingüístico de implicatura y también se estudia dentro del ámbito de la pragmática.

 

Asimismo, observamos cómo estos dos conceptos que se estudian en relación, aparecen en la Biblia manteniendo un equilibrio perfecto entre el lenguaje desviado, lo implícito de las parábolas, y el lenguaje no desviado, lo explícito que invariablemente actua como elemento resumidor y clarificador de cada parábola. No obstante, nuestra reflexión final es que si bien ambos conceptos se estudian dentro de la pragmática, la explicatura parece desvincularse de esta ciencia y engarzar directamente con el nivel semántico por carecer, en el caso que nos ocupa, de desvíos del lenguaje y por mostrarse atemporal en sus formulaciones y máximas.

 

 

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© Verónica Vivanco Cervero. Círculo de Lingüística Aplicada a la Comunicación 20, noviembre 2004. ISSN 1576-4737.

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