ROSTROS Y SENTIMIENTOS DE LAS LENGUAS

clac 21/ 2005

Xavier Laborda Gil

Universidad de Barcelona

xlaborda@ub.edu

 

 

 

Beatriz Díaz

“Y así nos entendemos”. Lenguas y comunicación en la emigración

Bibao, Likiniano Elkarta 2004; 191 páginas

ISBN 84-933555-0-3.

 

Beatriz Díaz ha vivido diez años en el barrio bilbaíno de San Francisco, que acoge numerosos colectivos de inmigrantes. Durante este tiempo se ha interesado por las historias de vida y por los problemas de esas personas. De esa experiencia tanto investigadora como vivencial, Díaz ha publicado junto a otros autores libros sobre el maltrato policial a los inmigrantes, El color de la sospecha, sus condiciones de salud, La salud de los inmigrantes en el barrio de San Francisco, así como diversas historias de vida de mujeres del barrio, como Vine buscando las raíces de mi padre, que narra el viaje de Marta Eugenia de la Argentina al País Vasco. Estas obras, junto con la más reciente, y de la cual damos noticia aquí, componen una colección descriptiva e interpretativa sobre el fenómeno de la inmigración en una parte de Bilbao. Son libros que exploran aspectos fundamentales como son los derechos democráticos, el cuidado de la salud, la pervivencia de la memoria personal e histórica y, finalmente, la diversidad lingüística que comporta la inmigración. Y a estos aspectos Díaz aplica una mirada crítica e incómoda, que revela tanto las contradicciones sociales como las posibilidades insospechadas del dinamismo que imprime la inmigración en la ciudad.

En el título del libro figura la expresión entrecomillada “Y así nos entendemos”, que cuenta como el resumen de su tesis. Considera la autora la pluralidad como un factor de enriquecimiento y de comprensión intercultural, en vez del tópico recelo de la confusión y de la fragmentación lingüística a que una sociedad monolingüe o bilingüe puede verse inducida a abrigar. La aproximación a esa pluralidad describir la compleja relación de los colectivos de inmigrantes con las lenguas de la sociedad de acogida, con el castellano y el euskera. Para ello no se centra tanto en las lenguas como en sus usuarios, cuyas manifestaciones aparecen en las páginas del libro y revelan retazos de su origen, su difícil llegada, los encuentros con la Administración, la comunicación con los vecinos y en el trabajo, entre otros aspectos. El titular del libro es literal, en el sentido de que anuncia un contenido que está compuesto por las voces de esos inmigrantes. La presentación y organización que realiza la autora de los diálogos de esos inmigrantes brinda al lector informaciones sobre realidades culturales, expectativas y estrategias comunicativas, unas informaciones que en verdad resultan mucho más instructivas que algunos manuales especializados en lingüística y contacto de lenguas.

Si la tesis se cifra en la esperanza de la riqueza lingüística, el respeto cultural y el esfuerzo por alcanzar la comunicación, y si el recurso es dar la voz a los protagonista, el programa expositivo de Beatriz Díaz consiste en organizar los contenidos en nueve capítulos de una amenidad sorprendente. El primero presenta la vitalidad lingüística como una realidad no ya formal sino como espacios de vida, que permiten adaptarse a cada situación, también a soñar e incluso a escribir con grafías propias. La comunicación no verbal es otro capítulo que exhibe las diferencias culturales, los malentendidos cuando se desconoce los códigos ajenos y que sirven en su conjunto como espejo de uno mismo en la mirada del otro, del perteneciente a otra cultura y otra lengua. Más allá del mosaico de lenguas, la búsqueda de una lengua en común depara el descubrimiento de que esa lengua en común puede variar según quienes sean los interlocutores y su propósito.

En las relaciones con la Administración y con los servicios públicos suele ser necesario el concurso de intérpretes y traductores. Díaz recoge un conjunto representativo de declaraciones que presentan dilemas éticos o tribulaciones de mediadores en situaciones legales, sanitarias o educativas. En ella se aprecia la conveniencia de los agentes sociales de conocer y considerar la posición de su interlocutor, en quien puede pesar limitaciones jurídicas, comunicativas y culturales determinantes de la relación y de sus efectos. Cuenta Tahar, uno de los numerosos informantes que hablan en el libro, una de sus experiencias como mediador espontáneo:

Llega un chico marroquí, viene desde Almería. No tiene dónde dormir, no tiene dinero. En el bar alguien me dice que hay un albergue donde pueden darle alojamiento. Llamamos por teléfono. Que le van a dejar quedarse una noche. Que mañana tiene que ir a hablar con las asistente social del albergue.

Y yo me quedo pensando, “allí no dan comidas, ¿dónde va a cenar? No sabe castellano ni francés. No conoce Bilbao. ¿Cómo va a llegar donde la asistente social mañana? Le dejan una noche. ¿Y dónde va a dormir pasado mañana? Mejor me lo llevo a mi casa”. (Pág. 64)

 

Entre las innumerables dificultades de los recién llegados, la lengua y su identidad crea lazos, sean de emergencia o de duradera hermandad. Ese es otro capítulo de la obra, en el cual entran especialmente los aspectos de los sentimientos y las emociones de los sujetos. Y a estos le siguen otros sobre las estrategias para conseguir la comunicación – a pesar del desconocimiento de los códigos lingüísticos– los procesos de adquisición de las lenguas de la comunidad de acogida y, finalmente, las relaciones y opciones lingüísticas que establecen los miembros de las familias, según su origen y la generación a la que pertenecen.

A modo de apólogo o cuento moral, el libro recoge un diálogo entre dos hablantes con ciertas dificultades comunicativas. Se trata de un diálogo que por su perspicacia quizá sea ya conocido por el lector, pues ha circulado mucho, y que está firmado por Au, de Gambia:

Entro en el bar y digo a un señor:

–Oye, cómprame algo.

El me responde:

–Ici on ne parle pas espagnol, ce n’est pas l’Espagne!

Así que le digo en francés:

–Tu n’aimes pas ce que je vends?

Pero él cambio al euskera:

–Euskal Herrian gaude!

Yo sigo diciendo:

–Ona, polita, merke merkea.

Y entonces salta:

–¡Cabrón!, ¿también sabes euskera?

El círculo del desencuentro se cierra al enlazar con su punto de inicio: del castellano al francés, y luego de éste al euskera, para recalar de nuevo en el castellano. ¿Y si habláramos para entendernos? La incomunicación que se atribuye a las lenguas es una falacia, porque nos impide ver que hay formas de entendernos, que son muy provechosas y esperanzadoras, tal como expone con convicción, sentimiento y documentación la obra de Beatriz Díaz, “Y así nos entendemos”…

 

 

© Xavier Laborda Gil. Círculo de Linguística Aplicada a la Comunicación 21, febrero 2005. ISSN 1576-4737.

http://www.ucm.es/info/circulo/no21/diazbea.htm

 

clac 21/ 2005

 

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