GRAMÁTICA DESCRIPTIVA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

 

clac 3/2000

 

Bosque, Ignacio, y Demonte, Violeta, coord.,

Gramática descriptiva de la lengua española, Madrid 1999: Espasa Calpe

 

Josep M. Brucart

 

Universidad Autónoma de Barcelona

 

JosepMaria.Brucart@uab.es

 

 

PALABRAS EN EL ACTO DE PRESENTACIÓN DE LA GRAMÁTICA DESCRIPTIVA DE LA LENGUA ESPAÑOLA EN LA FUNDACIÓN ORTEGA Y GASSET

 

 

Madrid, 24 de noviembre de 1999

 

            Mis primeras palabras tienen que ser de agradecimiento a la Fundación Ortega y Gasset por haberme dado la oportunidad de hablar en representación de los 73 colaboradores de la gramática cuya aparición aquí celebramos. Muchos de ellos, algunos presentes en este acto, podrían haber desempeñado esta función con mayor merecimiento que yo, que me siento muy honrado por el encargo recibido.

 

            La GDLE ha sido posible por la conjunción de diversos factores favorables y es de estricta justicia mencionarlos aquí. En primer lugar, me referiré a las instituciones sin cuya colaboración no hubiera podido llegar a buen puerto tan compleja empresa. En este capítulo, merece mención expresa y muy destacada el generoso patronazgo de la Fundación Ortega y Gasset, que apadrinó desde el inicio el proyecto poniendo a disposición de los directores de la obra sus instalaciones y medios. No ha sido ésta, por cierto, la primera empresa lingüística a la que ha ofrecido su protectorado la Fundación Ortega y Gasset. Desde hace ya bastantes años esta casa organiza, bajo la dirección de Violeta Demonte, un doctorado en Lingüística Teórica y Adquisición del Lenguaje que constituye un ejemplo paradigmático de lo que ha de ser un programa universitario de tercer ciclo.

 

            La acogida que la Real Academia Española ha otorgado a la obra, publicándola en su colección Nebrija y Bello bajo la pulcra edición de Espasa Calpe, constituye asimismo un motivo de especial orgullo para todos cuantos hemos colaborado en esta empresa.

 

            Pero si la GDLE ha podido plasmarse en la realidad ha sido gracias a la inmensa contribución y el brillante esfuerzo de sus dos directores, Ignacio Bosque y Violeta Demonte. En ellos se han aunado, para suerte de la lingüística hispánica, tres virtudes que raramente se dan la mano. En primer lugar, su inmensa capacidad intelectual y su extraordinario conocimiento de la investigación gramatical más reciente. Si había dos personas capaces de liderar científicamente tan descomunal proyecto, ésas eran sin duda Violeta e Ignacio. En segundo lugar, su firme propósito y su dedicación intensiva al proyecto. En fin, su capacidad organizativa, que les ha permitido superar, con la eficacísima y competente ayuda de Mariví Pavón, la gigantesca tarea de coordinación que una obra de esta envergadura entrañaba. Conozco como pocos las dificultades y tribulaciones que ambos han tenido que padecer en algunos de los momentos del proyecto, porque lamentablemente contribuí a incrementarlas. En la Introducción se señala que “los tres últimos capítulos se recibieron en septiembre de 1998" y más adelante se alude de pasada y muy elusivamente al “agobiante último verano, cuando parecía que el plazo de finales de septiembre podría llegar a no alcanzarse”. Yo fui uno de los autores cuyas prolongadas dilaciones hubieron de soportar Violeta e Ignacio, ya que mi capítulo sobre la elipsis formaba parte de ese trío de cola (y no porque subliminalmente pensara que el estudio del silencio debiera seguir al estudio de la palabra). Debo decir que su paciencia en esas circunstancias, apremiados ya por la editorial, fue infinita y que aun en las condiciones más difíciles me dieron muestras de amistad, de comprensión y de generosidad. Por todo ello, estoy seguro de que interpreto unánimemente el sentimiento de todos cuantos hemos tenido el placer y el honor de colaborar en esta empresa intelectual al manifestarles nuestro más profundo agradecimiento.

 

            Y ahora cumple hablar de ese espléndido edificio de tres plantas que es la GDLE. Sin duda esta obra va a marcar un hito en la lingüística hispánica. En primer lugar, porque rompe con el infortunio de muchos de los grandes proyectos en el ámbito de la lengua española, que acabaron viéndose finalmente truncados. Los ejemplos, desgraciadamente, menudean: la Enciclopedia Lingüística Hispánica, la Gramática de Salvador Fernández Ramírez, el Esbozo de la Academia (que no llegó a cristalizar en nueva edición de la GRAE), el Diccionario Histórico. A esta lista podría añadirse también el extraordinario Diccionario de Construcción y Régimen de Cuervo, concluido finalmente en 1994, pero a costa de consagrar un hiato entre los tres primeros volúmenes (mucho más detallados) y los cinco restantes, que a mi modo de ver en comparación con los otros denotan cierta precipitación. Los autores de la GDLE fueron conscientes del peligro de que éste fuera otro hito más en esa lista de obras inacabadas o inacabables. Tanto más cuanto que algunas obras similares en otras lenguas habían precisado de periodos muy dilatados de preparación (entre 25 y 19 años), tal como los propios autores señalan en la introducción a la obra. Por eso optaron por la solución más ambiciosa, pero también más arriesgada: contar con un amplio número de colaboradores y editar toda la obra en una sola entrega. La feliz ejecución del proyecto en seis años muestra que tal decisión fue un acierto.

 

            Pero la GDLE también está llamada a ser un hito por su propio contenido. Intentar pasar balance de la obra resulta seguramente precipitado. Hace apenas dos semanas que dispongo de un ejemplar y, desde luego, no he podido aún estudiarla toda ella con la dedicación que requiere. No obstante, tras pasar algunas horas inmerso en su lectura, mi impresión es inmejorable: por fin disponemos de una obra de referencia, actualizada, riquísima en ejemplos, profunda y extensa en su temática. A mi modo de ver, el aspecto más relevante de esta GDLE es que, no pudiendo ni queriendo ser una gramática teórica, ofrece para cada construcción estudiada las claves fundamentales del análisis en el nivel de accesibilidad que su propio diseño reclamaba. Éste es, creo yo, el rasgo diferenciador de esta obra con respecto a sus correlatos en otras lenguas, que no contienen tanta riqueza de análisis ni tanta bibliografía de apoyo como ésta.  Como obra de consulta que es, una gramática debe contener el repertorio de todas las construcciones de una lengua, pero la riqueza de una obra como ésta no se mide solamente por el registro de todas las variantes, sino también por la capacidad para relacionar entre sí aquellas que a primera vista aparentan no estar vinculadas. Se trata, en definitiva, de aplicar el análisis como concepto ordenador de la indagación. Como señala Andrés Bello en la introducción de su preclara Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana, a primera vista en la lengua “todo parece arbitrario, irregular y caprichoso; pero a la luz de la análisis, este desorden aparente se despeja, y se ve en su lugar un sistema de leyes generales, que obran con absoluta uniformidad y que aun son susceptibles de expresarse en fórmulas rigorosas. [...] Cuando todos los hechos armonizan, cuando las anomalías desaparecen, y se percibe que la variedad no es otra cosa que la unidad, transformada según leyes constantes, estamos autorizados para creer que se ha resuelto el problema, y que poseemos una verdadera TEORÍA, esto es, una visión intelectual de la realidad de las cosas”. En muchos de los capítulos de esta obra late esta misma preocupación, y creo que ello la enriquece extraordinariamente.

 

            En esta búsqueda perpetua de lo uno en lo diverso las sombras preceden y en muchos casos exceden a los gozos. Todavía resisten incólumes muchos enigmas que ya obsesionaron a nuestros gramáticos clásicos y aparecen otros nuevos, producto de la constante evolución de la lengua. Pero con la perspectiva que nos da el tiempo, sabemos que nuestro conocimiento sobre la gramática ha progresado enormemente en la segunda mitad de este siglo que está a punto de concluir. A ello ha contribuido principalmente el desarrollo de teorías formales que nos han permitido enfocar los datos lingüísticos con mucha mayor claridad y penetración. La gramática de Bosque & Demonte se ha beneficiado enormemente de ellas.

 

            Pero además, la obra refleja también uno de los cambios de tendencia fundamentales que se detecta en la lingüística del último cuarto de siglo: la reintroducción del significado como elemento fundamental en el análisis de los fenómenos gramaticales. No es excesivo decir que buena parte de la gramática teórica de este siglo ha sido semantofóbica. Es verdad que el destierro del estudio del significado era más una cautela metodológica ante la dificultad de someter el sentido a pautas formales que una decisión epistemológica, pero no es menos cierto que esta preterición tenía consecuencias muy negativas. Por una parte, dificultaba la relación entre los modelos lingüísticos más modernos y la tradición gramatical, que siempre había utilizado para su análisis intuiciones relativas al significado de las expresiones lingüísticas. En segundo lugar, la desatención de la lingüística teórica por la semántica ha permitido que los modelos lógicos hayan sido absolutamente dominantes en el estudio de la semántica de las oraciones, lo que ha provocado a mi modo de ver que los desarrollos lingüísticos en este campo hayan adoptado en este terreno una perspectiva no suficientemente gramatical. La tercera consecuencia negativa, y quizás la más importante para lo que ahora nos concierne, es que el destierro del contenido dificultaba enormemente la elaboración de obras dirigidas a un público no profesional e impedía el acceso a la forma desde el significado. Afortunadamente, este panorama ha cambiado enormemente en los dos últimos decenios: la idea de que la sintaxis es una proyección de las dependencias léxicas y los progresos en la formalización gramatical de los fenómenos semánticos (cuantificación, determinación...) han permitido romper por fin un corsé demasiado rígido. En definitiva, el concepto de gramática que late en la obra es más abarcador que el que se ha manejado en muchas teorías recientes. Un concepto, como ya se ha dicho, más acorde con la mejor tradición, que va de la morfología al discurso, sin olvidar en ningún momento la importancia decisiva que sobre los fenómenos sintácticos tiene el léxico.

 

            La GDLE es una obra plural en su autoría y en su planta. Además de los dos directores, setenta y un colaboradores, dieciséis de ellos de fuera de España, se han esforzado por aunar perspectivas teóricas diferentes (y aun divergentes) para que la pluralidad de la obra no derivara en empobrecedora dispersión. Que ello haya sido factible muestra la mejora del diálogo, de la comprensión  y de la discusión estrictamente intelectual entre los lingüistas hispánicos en las últimas décadas, una tarea a la que ha contribuido muy destacadamente Ignacio.

 

            No quisiera terminar estas palabras sin participarles algunas de las sensaciones que he experimentado en mi condición de colaborador de esta obra. Ante todo, la emoción de estar participando en una empresa relevante y la satisfacción de demostrarme y demostrarnos que era posible acometerla y concluirla a plena satisfacción. Sin duda, el reto más difícil que plantea una obra como ésta al colaborador es el compromiso de abordar un asunto de manera global, en su inmensa totalidad, sin la posibilidad de someter el objeto de estudio a delimitaciones operativas, algo característico del trabajo de investigación más monográfico. La experiencia ha sido enormemente enriquecedora, pero también extenuante y desesperante, pues no resulta fácil sortear los enigmas que la gramática nos plantea hoy todavía. Una sensación similar a la que intento describir asoma en algunos de nuestros mejores gramáticos. Al estudiar Eduardo Benot en su Arte de hablar. Gramática filosófica de la lengua castellana (1910) el patrón sintáctico Sé a lo que vienes, el gramático gaditano señala que la preposición no aparece, como sería de esperar, ante el relativo, sino que se coloca delante del antecedente, contraviniendo los principios sintácticos más básicos. De ahí que nuestro gramático, como buen representante de las corrientes racionalistas, señale que la construcción correcta debería ser Sé lo a que vienes. Pero como buen gramático, Benot no puede desatender el uso, por lo que señala que “los escritores modernos cuidan algo de evitar estas construcciones[...], pero el uso prosigue tenaz y sin variación ninguna.” Incapaz de encontrar un análisis adecuado para la construcción popular, concluye: “Hay aberraciones que no consienten el análisis”. Hoy ya sabemos mucho más sobre esa construcción que atribuló a nuestros mejores gramáticos. Pero son todavía numerosos los arcanos de la lengua que la razón gramatical no ha conseguido aún domeñar, pues como expresa un tanto hiperbólicamente Octavio Paz en El mono gramático: “El Universo es un texto insensato y que ni siquiera para los dioses es legible. La crítica del Universo (y la de los dioses) se llama gramática”.

 

            Y para concluir mi intervención en este acto, quisiera recordar a una persona que hubiera asistido gozosa a esta celebración. Fue durante muchos años profesor de esta casa en el doctorado de lingüística. Los lingüistas de Madrid, los de Barcelona y los del País Vasco lo conocimos bien, pues en los tres lugares residió y ejerció su magisterio. Quizás por su condición de ingeniero, su principal aportación a la lingüística hispánica fue la de tender puentes hacia la psicología y la filosofía y reivindicar un enfoque más integrado de los estudios del lenguaje. Creo que en la obra que hoy presentamos, abierta y plural a la par que coherente y rigurosa, está también la huella de Víctor Sánchez de Zavala.

 

            Nada más. Muchas gracias.

 

 

© Josep M. Brucart. Círculo de Lingüística Aplicada a la Comunicación 3, septiembre 2000. ISSN 1576-4737. http://www.ucm.es/info/circulo/no3/brucart.htm

 

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