resumenabstractIndiceEstudios sobre el mensaje periodístico - Número 6 - 2000
 
 
 
 
 
 Cuando el periodismo decimonónico se puso a soñar

BERNARDINO M. HERNANDO
Profesor Titular de Periodismo. UCM


 
 
 
 

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Resumen
El periodismo sólo pudo nacer después de la primera revolución técnica de la difusión de los mensajes literarios: la imprenta. Desde entonces, el periodismo ha vivido uncido a la técnica y cada avance técnico ha supuesto un avance periodístico. En el umbral de un nuevo milenio, cuando la informática está suponiendo la última, por ahora, revolución periodística, volvemos la vista atrás para descubrir cómo soñaban los periodistas españoles del siglo XIX y principios del XX el periodismo del siglo XXI. El francés Jules Verne se atrevió a más: a soñar el periodismo del siglo XXIX.

Quizá tanto derroche de imaginación por un trabajo tan pegado a la realidad como el periodismo plantee visiones y conceptos nuevos. Quizá todo se diluya en un melancólico escepticismo.

PALABRAS CLAVE: Periodismo, historia del periodismo, periodismo literario, literatura periodística


 

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Abstract
Journalism couldn’t be born until the first technical revolution of the spreading of the literary messages: the printing. Since then, journalism has evolved bound to technique and every technical advance has involved a journalistic advance On the threshold of a new millennium, when computer science means the latest -for the present- journalism revolution, we look back to find out how Spanish journalists from 19 th. and early 20 th. century imagined 21 th. century journalism. The French writer Jules Verne dared to do something more: to envisage 29 th. century journalism.

Perhaps so much display of imagination in a work so tied to reality as journalism is leads to new views and concepts. Perhaps everything shades into a melancholic scepticism.

KEY WORDS: Journalism, The History of Journalism, Literary journalism, Journalistic literature


 

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Cuando el periodismo decimonónico se puso a soñar

BERNARDINO M. HERNANDO
Profesor Titular de Periodismo. UCM


 
 

El periodismo ha ido transformándose a lomos de la técnica. Cada avance científico, cada progreso técnico ha ido suponiendo nuevas fórmulas de emisión de noticias. Y de captación de hechos. Y de más posible eficacia informativa. Más posible, decimos, porque no siempre ni sistemáticamente una técnica más refinada, más revolucionaria, se corresponde con una mejor información. A veces, la técnica sirve para facilitar al máximo una de las lacras informativas: la superinformación, que no es información superior sino hartazgo de información. Y por lo tanto, desinterés del receptor. En los fenómenos de umbral y saturación, tan manejados en las ciencias de la comunicación, no cabe duda de que los modernos sistemas informativos (¡e informáticos!) andan más cerca de la saturación que del umbral. Y no se sabe que es peor. No entramos, sin embargo, en este goloso asunto.
 
 

EL SIGLO DE LA TÉCNICA

Basta un muy elemental recorrido, desde la imprenta al rayo láser, pasando por la telegrafía sin hilos o el teléfono, el teletipo y el fax hasta llegar al correo electrónico, para percibir hasta qué punto el periodismo ha sido derivación científicotécnica favorita.

En el siglo XX hemos sido privilegiados testigos, lógicos más que fascinados, de tales avances. En el XIX, el periodismo se sintió identificado, con orgullo casi infantil, con la revolución técnica heredada del XVIII, cuna del periodismo. Un periodista y escritor español del XIX, tan famoso en su tiempo como olvidado hoy, Eusebio Blasco (1844-1903), lo reflejaba muy bien en 1886, con estas palabras (s/f: 74):

"Hablar de la prensa es ni más ni menos que hablar del siglo en que vivimos. Los siglos anteriores tuvieron el libro, la cátedra, la tribuna, el teatro, la pintura, la música, cuanto significa la ciencia o el arte. La prensa es nuestra... (...) Cuanto representa progreso y civilización, la sirve. El vapor la mueve, el telégrafo la escribe, el teléfono la ayuda, el ferrocarril la reparte, el trabajo la propaga; ante ella hay que olvidar aclamaciones de entusiasmo que son forzosamente transitorias; (...) hay que exclamar con legítimo orgullo como aquel que bendice las entrañas de que salió: ¡Bien haya la hora en que de tal madre nacimos todos; salve, oh tiempo mío; hurra al siglo XIX" El poeta Antonio Fernández Grilo (1845-1906), representativo de una mentalidad muy extendida en la época, cantará las glorias técnicas del siglo XIX en un poema que, como es natural, se titula "El siglo XIX": "¡Aún suena!...¡Todavía

Tras la espalda recóndita del monte

Lo escucha mi soberbia fantasía...!"

Después de cantar los grandes adelantos del siglo, el tren ("Allá va el tren que silba y serpentea..."), el telégrafo ("¡Oh siglo del telégrafo! ¡Levanta tu frente hermosa...!"), la fotografía ("¡Oh misterio sublime! ¡Oh numen del fotógrafo que imprime de la verdad la imagen en la sombra, sin que el pincel con su matiz la anime!"), el vapor y el gas, como resultado último y glorioso canta a la prensa: "¡El eterno ruido

de la prensa inmortal, voz de los mundos!

¡Todo, en fin, cual fantástica quimera,

Con soberbia hermosura se levanta,

Y crece todo y todo se agiganta

Del siglo en la fantástica carrera..."

Eusebio Blasco (ibíd.: 775-76)-, con un olfato poco habitual que le honra, percibe que la técnica es algo más que un cambio de camisa o de envoltura y que el continente y hasta la fórmula de envío influye en el contenido. No llega a tanto como decir que "el medio es el mensaje" (la baqueteada frase tardará más de medio siglo) pero se atreve a afirmar: "No puede, no podía estar hecho del mismo modo el periódico que iba de un punto a otro en la valija de la diligencia o en los mulos del ordinario, que el que va en el furgón del ferrocarril y es repartido a las veinticuatro horas a los lectores de quienes antes nos separaban leguas por tres o cuatro días. Se hace hoy todo al vapor, y esta frase gráfica moderna es exactísima; el vapor moral nos ha contagiado y hay el vapor moral y la electricidad en los cerebros, como hay vapor material en las locomotoras y alambres telegráficos en los caminos." Los periodistas españoles de comienzos del siglo XX no se conforman con regodearse en un periodismo técnicamente avanzado gracias al siglo de la técnica. Y se ponen a soñar. Pero como los sueños de Jules Verne, no serán sueños fantasmagóricos y banales sino bien asentados en el conocimiento del presente. El corresponsal madrileño de La Prensa de Buenos Aires, M. Martín Fernández (1), envía una crónica a su periódico en los siguientes términos: "Caminamos deprisa, muy deprisa. Hoy resultan viejos los progresos de ayer. El ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, las grandes conquistas del pasado siglo, ¿qué significan? Mañana serán recuerdos del tiempo viejo, signo arcaico de olvidadas edades, algo así como el brasero, ese símbolo familiar de nuestros mayores. La ciencia ofrece nuevos horizontes, que harán inútiles el telégrafo, el teléfono y el correo; la Prensa periódica sufrirá hondísima transformación..." En la frontera de los siglos XIX y XX, los periodistas son conscientes de que el periodismo será una de las actividades más concernidas por los avances científicos. El periodismo ya no es sólo literatura, aunque siga siendo literatura (2). Es mucho más: es, por ejemplo, industria y comercio. La elaboración mecánica de periódicos, el nacimiento de nuevas fórmulas de difusión de noticias, la probable conjunción funcional de inventos ya consagrados lleva a los periodistas a visiones de futuro que no son triviales espejismos. El citado M. Martín Fernández sólo se equivoca en el nombre cuando predice la llegada de la televisión: él la llama Fotocinematotelefonógrafo. Nombre largo e ingenuo como de un cuento para niños. O de un juego de palabras. A principios del siglo XX ya se ha inventado la fotografía, el cinematógrafo, el teléfono y el fonógrafo. No es tan difícil imaginar un nuevo invento, suma de todos ellos. Sólo que ese invento, que llegará al cabo de los años, no se llamará con aquel palabrón de doce sílabas irónicamente inventado por Martín Fernández. Se llamará, con sencilla fórmula cuatrisílaba, televisión. Palabra mestiza de griego y latín como pactado certificado de garantía. Al fin y al cabo, la primera cámara de televisión práctica creada en 1938 por el rusonorteamericano Vladimir Kosma Zwrykin (1889-1982) se llamaría iconoscopio.
 
 

LA MALDITA TELEVISIÓN DE ANTES DE LA TELEVISIÓN

"La Prensa del porvenir no necesita telegramas, ni telefonemas, ni cartas, ni corresponsales. El siglo XIX fue el siglo del telégrafo y el teléfono. El XX es el siglo del Fotocinematotelefonógrafo", augura M.M. Fernández (3). ¿Y qué es el Fotocinematotelefonógrafo? Desde luego "no es obra de Edison sino del mismísimo Lucifer". En realidad viene a matar a la Prensa, a acabar con ella. A hacerla innecesaria. "La Prensa ha muerto. ¡Viva la Prensa!", grita M.M.F. con tanta solemnidad como ironía.

Veamos en qué consiste el nuevo invento. Y conviene leer y entender lo que sigue con el respeto que merece pero sin tomarlo más en serio de lo que se lo tomaba el propio autor que acaso había podido tener alguna noticia de un tal Verne que en 1888 había pronosticado el "phonotéléphote", lo que hoy llamaríamos televisión, en una novelita publicada un año más tarde (febrero de 1889) en la revista norteamericana The Forum con el título de In the Year 2889. Después cambiaría el título por el que desde entonces se la conoce: La journée d’ un journaliste américain en 2889. Pero si ese tal Verne no se atrevió a colocar la televisión ni siquiera en el siglo XX, sino que lo retrasó nada menos que al siglo XXIX, quedándose sospechosamente corto, cortísimo, el periodista español coloca su Fotocinematotelefonógrafo en los mismos comienzos del siglo XX. Veamos.

"La instalación del nuevo invento en España tendrá su central en Madrid, e irradiaciones en todas las ciudades, en todas las villas, en todas las aldeas de la nación. El abono a este servicio costará una miseria; el abonado, en vez de oír desde su casa de Madrid una ópera que estuvieran cantando en el Teatro Real, oirá y verá desde el último confín de la nación, y aun desde más allá de las fronteras y allende los mares, un periódico entero, un periódico hablado, un periódico "vivido".

"El Fotocinematotelefonógrafo, con sólo oprimir un resorte, ofrecerá a la vista y al oído del abonado la sección que prefiera del periódico. Por los procedimientos perfeccionados de la fotografía y la fonografía, el aparato recoge las imágenes y los sonidos que se desea impresionar; y por los perfeccionamientos de la telegrafía, telefonía y cinematografía, el aparato reproduce y transmite esos sonidos y esas imágenes, con exactitud tan perfecta que, al admirar aquella maravilla, se duda, como le ocurre a Tenorio ante las legendarias tumbas, ‘si es realidad o delirio...’

"El aparato reproducirá con la más escrupulosa fidelidad, como las sesiones parlamentarias y los Consejos de ministros, el último incendio y la postrera inundación, los sucesos más sensacionales, los crímenes más atrayentes..."

Sigue el corresponsal Mariano Martín Fernández deteniéndose en admiradas contemplaciones de crímenes, descarrilamientos y cantantes de ópera para rematar la faena con la burlona amargura de quien está convencido de que el hipotético invento es obra de los enemigos de la Prensa, el Gobierno entre ellos: "¡Todo, todo sin la intervención de los aborrecibles periodistas, falseadores de la verdad, enemigos de la tranquilidad pública, perturbadores del orden, a quienes se ha combatido desde algunos centros oficiales con el más santo de los odios africanos, hasta lograr así su destrucción definitiva, por obra y gracia del fotocinematotelefonógrafo!"
 
 
Algo puede pensarse, no sin melancolía, sobre el miedo al nuevo sistema, visto como destructivo en lugar de como potenciador casi infinito del oficio de dar noticias. ¿Por quiénes, sino por periodistas, iba a estar manejado el invento? ¿Será que la complejidad técnica del Fotocinematotelefonógrafo que llevará las imágenes sonoras a los receptores no necesitará ya de guiones literarios y la decisión de transmitir este o aquel acontecimiento será patrimonio de los políticos? Ese parece ser el temor fundado del corresponsal M.M.F. para quien la televisión, llámese como se llame, será obra luciferina del Gobierno de turno, harto de soportar la Libertad de Prensa y ansioso de controlarlo todo.

Hoy sabemos que ningún Gobierno ha inventado la televisión. También sabemos que ninguna televisión es posible sin el apoyo del Gobierno que sea. Y sabemos, sobre todo, qué luchas políticas se establecen en torno a la televisión. Todo ello nos hace mirar con respeto a las no tan ingenuas ensoñaciones de aquel corresponsal español que, además, fue diputado y senador. Sabía de qué hablaba.
 
 

UN PERIÓDICO DEL AÑO 2001 IMAGINADO EN 1901

"Cuando volví a Madrid después de muchos años de ausencia en el corazón del Continente africano, lo primero que deseé visitar fue la redacción y oficinas de ‘El Relámpago’, periódico que, desde el momento que desembarqué en Cádiz, había visto profusamente difundido y me había llamado mucho la atención por infinidad de conceptos". Este es el primer párrafo del artículo titulado El periodismo dentro de cien años publicado en El Imparcial de Madrid en 1901 y firmado por Vicente Vera (4). Nos enfrentamos, por tanto, con una historia de anticipación urdida por un periodista de elite que a su condición de redactor une las de doctor en Ciencias y catedrático de Instituto. El doctor Vera es menos radical que el senador M.Martín Fernández: todavía hay periódicos en 2001. "Vi que, en Madrid, (continúa V. Vera), había por todas partes kioscos en cuyas paredes exteriores había grandes placas blancas, donde automáticamente aparecían y se borraban extractos de las más importantes noticias que en las diez ediciones diarias del referido periódico se publicaban. Estos anuncios, que durante el día aparecían en letras negras sobre fondo blanco, de noche se representaban en letras luminosas, destacándose netas sobre fondo negro. Aún no acababa de ocurrir un suceso importante, y ya corría su descripción impresa en ‘El Relámpago’ acompañada de magníficos grabados. Todo esto y otras muchas cosas más contribuían a aumentar mi ansiedad por ver cómo se hacía entonces un periódico. ¡Hacía tanto tiempo que faltaba de los países civilizados!" El doctor Vera se quedó corto: los luminosos "extractos de las más importantes noticias" no debieron esperar al siglo XXI ya que aparecieron a mediados del siglo XX en los grandes periódicos europeos y americanos. Aunque no con la profusión que imaginaba Vera sino sólo en las sedes principales de los respectivos periódicos. Y seguimos acompañando al periodista en su sorprendente periplo interrumpiéndole lo menos posible. Aunque recomendamos al posible lector de estas líneas que mantenga atentos su sentido del humor y su conocimiento del periodismo actual (finales del XX, principios del XXI) ya que podrá alimentarlos con curiosas apreciaciones. "No me fue difícil procurarme las recomendaciones necesarias, y provisto de ellas marché al palacio del periódico. El tren eléctrico me condujo en diez minutos al centro de un magnífico parque al Nordeste de Madrid, donde se alzaba un edificio de construcción singular que, con sus torres, azoteas y aparatos en lo alto, tenía todas las apariencias de un observatorio astronómico. Sobre la puerta principal se leía:
 
 
EL RELÁMPAGO

PERIÓDICO UNIVERSAL

Diez ediciones diarias

Madrid, año 2001

Presenté mi tarjeta al portero que me salió al encuentro, manifestándole mi deseo de ver al director y visitar la casa, indicándole las recomendaciones que llevaba. El portero me miró de arriba abajo lleno de sorpresa y me contestó: -¡Ver al director! ¡Eso es imposible! Está siempre ocupado. Para visitar el establecimiento le acompañará a usted uno de los guías.

Inmediatamente presentóse un caballero con aire muy amable, que me indicó se hallaba a mi disposición. Seguíle y me condujo a un gran salón rectangular, dividido en dos partes por una pared de cristal.

Las ventanas se hallaban cerradas, y algunas lámparas eléctricas iluminaban la estancia. A la otra parte de la pared de cristal había dos personas: un individuo paseándose, con unos papeles en la mano y dictando; otro sentado ante una mesa y haciendo funcionar una máquina de escribir.

-Ahí tiene usted al director de las once. Está redactando e imprimiendo la edición que saldrá dentro de media hora..

-¡Oiga usted! ¡Oiga usted! – exclamé lleno de asombro-. Vamos por partes. ¿Es que cada edición tiene su director especial?

-¡Es claro! No hay hombre que resista el trabajo cerebral que requiere ese cargo más de una hora seguida..

-¿Y dice usted que está redactando e imprimiendo el periódico al mismo tiempo? Entonces, ¿qué hacen los redactores, los cajistas y los impresores?

-Aquí no hay más redactor que el director de hora, ni más cajistas que el escribiente a quien está dictando. La impresión se hace automáticamente.

-¿Pero quién trae las noticias? ¿Quién las redacta para dárselas al director? Lo que el escribiente toma al dictado ¿cómo se compone?

-Pues eso lo sabe ya todo el mundo. Los noticieros al servicio del periódico, y que son más de doscientos, andan por toda la ciudad; cada uno de ellos tiene una sección o clase de trabajo perfectamente determinada. Tan pronto como tienen algo importante que comunicar, acuden al teléfono inmediato y refieren al director en brevísimas palabras lo ocurrido. El director, conforme lo oye, dicta en voz alta al escribiente. Si el asunto requiere ilustraciones, el noticiero toma instantáneas y hace bosquejos a lápiz, y por medio del telantógrafo, envía por alambre los originales para los grabados. En el Parlamento, en las iglesias, en todos los sitios públicos donde se celebra algún acto, existen receptores microtelefónicos y diáfotos. El director, como lo ve usted ahora, se sienta a la mesa del teléfono, oye lo que dicen, y en la plancha del diáfoto, en comunicación con el teléfono, presencia lo que ocurre. Otras veces el director no necesita acudir al teléfono, pues el noticiero envía sus mensajes por el telantógrafo al mismo tiempo que los dibujos, y en aquella mesa que ve usted en el rincón se halla el receptor telantográfico, donde automáticamente van apareciendo las hojas con las notas o los dibujos del noticiero".
 
 

Detengámonos un momento. El curioso lector ya ha tomado nota de una nueva palabra, Telantógrafo, el nombre de un nuevo instrumento imaginado, mucho más modesto que el Fotocinematotelefonógrafo, pero, a cambio, de nombre mucho más corto. Como corresponde. El Telantógrafo no transmite imágenes en movimiento, sólo dibujos, letras y fotografías. Estamos, pues, ante una variante, relativamente anticipada, del teletipo con sus derivaciones de telefotos y el resultado aún vigente, aunque quizá por poco tiempo, del telefax. El primer teletipo fue inventado por un empleado del Glasgow Herald, Frederick George Creed, en 1897. No es de creer que, en 1901 en Madrid, el teletipo fuera otra cosa que un rumor más o menos sensacionalista.

A finales del siglo XIX- principios del XX, el único aparato sólidamente asentado entre los elementos técnicos de que se sirve el periódico para le recepción-envío de noticias es el telégrafo: la primera línea española, Madrid - Zaragoza - San Sebastián - Irún - Europa, se había inaugurado en noviembre de 1854. El teléfono llegaría más tarde, mucho más tarde. En 1886, un periódico tan rico e importante como el parisino Figaro, sólo tiene telégrafo, no teléfono (Blasco, s/f: 102 yss.) que, sin embargo, ya fue utilizado por los periodistas de Boston en 1878 y desde 1885 estaba instalado en 25 países, España entre ellos. Aunque 11 años más tarde, en 1896, el teléfono fuera objeto de toda clase de bromas por la imperfección de su funcionamiento(5). Los sueños periodísticos de la época debían limitarse a imaginar fantásticos aparatos mestizos del recién inventado cinematógrafo, el telégrafo y el teléfono. Que no era poco. Ese triple mestizaje no hacía sino cortejar el sueño todavía lejano de la televisión.
 
 

IMPRESIÓN INSTANTÁNEA, DISTRIBUCIÓN NEUMÁTICA

Seguimos acompañando al sorprendido viajero que pregunta a su guía por el sistema o sistemas de impresión de El Relámpago, periódico madrileño universal de diez ediciones diarias. "¿Cómo se imprimen?", pregunta:

"-Pues muy sencillo. El funcionamiento de la máquina de escribir es semejante al de las máquinas linotipos; al hacer funcionar el teclado de la máquina, el escribiente opera simultáneamente con el linotipo, que está en una habitación inferior pero que comunica por medio de alambres eléctricos con la máquina de escribir. De este modo, el dactilógrafo, al mismo tiempo que obtiene en una hoja de papel una prueba o copia de lo que le dictan, ha hecho que el linotipo resulte compuesto todo ello.

Hay también otro procedimiento por el cual lo que el escribiente compone en la máquina resulta marcado en caracteres opacos en una placa de cristal.. Tanto en este caso como en el anterior, el resultado es que se preparan unas planchas fotográficas de las planas del periódico. Estas planchas se colocan sobre una pila de hojas de papel, y por medio de los rayos X, operando con tubos ‘Crookes’ gigantescos, todas las hojas resultan impresas simultáneamente, obteniéndose tiradas de 100.000 ejemplares en menos de un minuto. Máquinas automáticas recogen paquetes de cien ejemplares del periódico así impreso, y por medio de tubos neumáticos los reparten por los diferentes kioscos que hay en todo Madrid. Como usted ve, aquí no vienen repartidores ni vendedores, ni se admiten visitas que perturben al director de cada edición en su hora de trabajo..."

A principios del siglo XXI sigue habiendo repartidores y vendedores. Ni rastro de los tubos neumáticos y en menos de un minuto no hay quien imprima en Madrid ni en Nueva York 100.000 ejemplares de nada. A cambio, han desaparecido las máquinas de escribir sustituidas por los ordenadores y el correo electrónico permite envíos fulminantes de originales. Excepto cuando el servidor se atasca. Una admirable y melancólica lección la de este soñador, Vicente Vera, tan bien asentado, a pesar de todo, en el suelo de la práctica periodística madrileña en 1901. La linotipia se había inventado en 1884.
 
 

ARTÍCULOS DE FONDO, EL FONDO DE LA CUESTIÓN

En el gran periódico de 2001, menos mal, no habrá sólo lejanos, rápidos, ligeros fulgores de noticias. Habrá también comentarios, artículos doctrinales, técnicos y científicos, políticos y comerciales. Así como "correspondencias desde todos los ámbitos del mundo". Y esos artículos son encargados a personas competentes, las más competentes y autorizadas, "en Madrid o en cualquier otra ciudad del mundo".

"El artículo se recibe por telégrafo, y se compone e imprime conforme el director lo va leyendo en voz alta, según lo va recibiendo. Lo mismo acontece con los telegramas y cartas de los corresponsales. La profesión de corresponsal, lo mismo que la de noticiero de un periódico, son actualmente de las mejor pagadas, pero también de las que requieren más estudios, más actividad y más aptitudes especiales. Hay escuelas para ello, y requieren, además, años de práctica. Se les exige conocimiento profundo de idiomas, taquigrafía, manejo de aparatos eléctricos, los principios fundamentales de todas las ciencias sociales, físicas y naturales; ser fuertes en todos los deportes, como equitación, natación, carrera, manejo de armas etc...; ser hábiles artistas, especialmente en el dibujo y, sobre todo, ser diestros en saber decir todo lo que sea necesario de un modo clarísimo y con las menos palabras posibles. Esto último es lo más difícil y lo que requiere más disposición natural, más instinto y más práctica hábilmente dirigida. Se necesitan aptitudes excepcionales para todo esto, pero las empresas periodísticas han comprendido que, pagando espléndidamente, pueden atraerse a su servicio los hombres que las tengan, y el gran público recompensa, dando ciento por uno, al periódico que mejor le sirve..."
 
 
No hay más remedio que recomendar al atento lector que vuelva la vista atrás. Sólo a unas líneas más atrás. Hasta esa irónica y quién sabe si esperanzada referencia a las empresas periodísticas capaces de pagar "espléndidamente", el periodista y profesor Vicente Vera da una lección de lecciones periodísticas que el futuro, nuestro presente, no deja de mirar con asombro. Relea el lector atento este último párrafo transcrito. Y saque, si quiere, sus propias conclusiones. Recordemos que, en aquella época, no había estudios de periodismo: el periodismo, como el arte dramático, se aprendía en largas sesiones de meritoriaje (6).
 
 

CODA SOBRE EL GRAN ADIVINADOR

Jules Verne (1828-1905), cuya relación con los periódicos fue tan temprana y estrecha como la de todos los escritores europeos del XIX (Lottman (1998:56-57), no podía quedar ajeno a las adivinaciones periodísticas. Además de las mil referencias que pueden rastrearse en sus obras (en su primera novela de éxito, Cinco semanas en globo -1863-, el protagonista, el doctor Fergusson, además de científico, fue "el corresponsal más activo y más interesante del Daily Telegraph"; es sólo un ejemplo), Verne es autor de otra novela temprana, París au XXe siècle, uno de cuyos capítulos, el XIII, está dedicado, en parte, al periodismo soñado de mediados del siglo XX (1995:134-136). Sin embargo, Verne no hace ninguna referencia a adelantos técnicos y se limita a expresar el profundo pesimismo en el futuro del periodismo. Un pesimismo marcado por la ironía y el humor, cualidades que, a veces, no se sabe descubrir en "el gran adivinador":

"...¿para qué sirve el periodismo? ¡Para nada!...el periodismo ha cumplido con la sociedad... Hace cien años abusaron y ahora pagamos las consecuencias; casi no se leía, pero todo el mundo escribía... aquella proliferación de periódicos no tardó en acabar con el periodismo..." El periodismo francés de la época, 1860-1890, queda reflejado en muchas páginas de entonces y de entre ellas escogemos, como mera ilustración, las Memorias del periodista francés Emmanuel Domenech (1869) y textos del periodista español residente en Paris, Eusebio Blasco (s/f:72-110). Si añadimos una fotografía de época en la que se ve la Redacción de El Figaro Ilustrado (7) podemos hacernos una idea precisa del periodismo de entonces: politizado al extremo, de feroces intereses económicos, lleno de literatura y "omnipotente". Sobre tal base, Verne adivina con humor que el periodismo comme il faut perecerá porque, acaso, nunca ha existido.

La journée d’un journaliste américain en 2889 es una novelita de Jules Verne , de apenas 30 páginas, que Jules Verne jamás escribió. El autor es su hijo Michel Verne. Sin embargo, tal como lo cuenta el propio Jules (Lottman, 1998: 324 y ss.), si no el texto sí muchas de sus "ideas" o la imaginación pertenecen al "gran adivinador". Quizá por ello sigue atribuyéndosele (8). En la novela se avanzan hechos tan importantes como la enorme fuerza de la publicidad y de la televisión, además de la "omnipotencia" de los Estados Unidos de América del Norte (¡con 75 estados y teniendo a la Gran Bretaña como una de sus principales "colonias"!) y una larga lista de instrumentos y circunstancias que, una vez más, acreditan talento e imaginación. Y sentido del humor. Lo más inquietante, sin embargo, entre todo lo referido al periodismo, es la insinuación, deducible de lo narrado, de la concentración periodística. El mundo caminaba ya entonces hacia las ciudades monstruosas y los poderes totales. Desde el nombre de la ciudad donde reside el periódico, Centrópolis, hasta el poderío arquitectónico de la sede del periódico ("colosal construcción de cuatro fachadas de tres kilómetros cada una...") o el nombre mismo del periódico, Earth Herald (algo así como "heraldo mundial, universal...") sugieren un preocupante monopolio.
 
 

NOTAS

(1)- Mariano Martín Fernández (Valladolid, 1866-1940). Abogado, diputado y senador; redactor en Valladolid de La Libertad, Los Lunes literarios de La Libertad y El Norte de Castilla, 1887; cronista de Valladolid y director de La Opinión, 1889-1892; corresponsal en Valladolid (1888-1892), redactor en Madrid (1893-1907) y redactor jefe (1907) de El Liberal; corresponsal en Madrid de El Norte de Castilla, 1893, y de La Prensa de Buenos Aires (1900-1940); fundador de la Asociación de la Prensa de Madrid, de la que fue secretario (1900) y vicepresidente; seudónimos: "El Doctor Blas"" y "El Bachiller Franquezas". (Datos tomados de A. López de Zuazo, 1981:.352-353).

(2)- "... es dogma del periodismo moderno, que es necesario dar a cuanto para un periódico se escribe ese tinte literario que fascina al pueblo, en que la imaginación prevalece sobre todas las facultades reflexivas", escribe Miguel Moya, presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, en el prólogo al libro de donde tomamos el artículo de M. Martín Fernández: El Libro de la Prensa, 1911, pg. XIII.

(3)- Ibídem: 131-137, donde aparece la crónica de M.M.F. titulada "La prensa del porvenir".

(4)- Vicente Vera y López (Salamanca, 1855-1934). Doctor en Ciencias, catedrático del Instituto San Isidro; redactor de El Imparcial, 1900-1917; El Sol, 1930; colaborador de El Día, La Ilustración Española, La España Moderna, Alma Española, La Lectura, ABC; de la Asociación de la Prensa de Madrid, 1916; seudónimo: "Doctor Hispanus". (López de Zuazo, 1981:.542). El artículo aquí citado, "El periodismo dentro de cien años", aparece recogido en El Libro de la Prensa, o.c., : 210-214.

(5)- "¿Central?...No contesta nadie./¿Central?...Siguen sin oir./¿Central?...¡Por todos los santos!/¿Central?...¡Por las once mil!/¿Central?...Que es asunto urgente..." Así decían unos versos de uno de los periodistas más famosos e ingeniosos de la época. (Pérez y González, Felipe, 1896: 92)

(6)- Para conocer aquel periodismo finisecular y de comienzos del XX pueden consultarse con provecho algunos libros citados en la bibliografía siguiente y que no suelen aparecer en muchas bibliografías: Alvarez Angulo, Tomás (1962); Espina y Capo, Antonio (1929); Nombela, Julio (1976).

(7)- Reproducida en El Mundo (Madrid) 19 de marzo de 2000, pg.24: "Fotos con historia. Publio López Mondéjar/Pilar Portero"

(8)- Así ocurre en la última edición juvenil francesa que conocemos (Editions Gallimard, Paris 1978; colección "Folio Junior"). Hay traducciones españolas.
 
 

BIBLIOGRAFÍA ALVAREZ ANGULO, Tomás (1962): Memorias de un hombre sin importancia. Madrid, Madrid.

ASIMOV, Isaac (1990): Cronología de los descubrimientos. Barcelona, Ariel

BLASCO, Eusebio (S/F): Cosas de Francia. Tomo XIX de Obras Completas, segunda edición. Madrid, Librería Editorial de Leopoldo Martínez

DOMENECH, Emmanuel (1869): Quand j’ étais journaliste. Paris, E. Dentu

EL LIBRO DE LA PRENSA (1911). Prólogo de Miguel Moya. Madrid, Biblioteca Renacimiento.

Espina y Capo, Antonio (1926 a 1929): Notas del viaje de mi vida.1850 a 1920 (4 volúmenes, por décadas). Madrid 

LÓPEZ DE ZUAZO, Antonio (1981): Catálogo de periodistas españoles del siglo XX. Madrid, Universidad Complutense

LOTTMAN, Herbert (1998) Jules Verne.Barcelona, Anagrama

NOMBELA, Julio (1976): Impresiones y Recuerdos. Madrid, Tebas

Pérez y González, Felipe (1896): Fuegos Artificiales. Madrid, Librería de Fernando Fé

VERNE, Julio (1995): Paris en el siglo XX. Barcelona, Planeta


Cuando el periodismo decimonónico se puso a soñar

BERNARDINO M. HERNANDO
Profesor Titular de Periodismo. UCM


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