IndiceEstudios sobre el mensaje periodístico - Número 7 - 2001
 
 
 
Montaigne, un peculiar maestro de vida

Luisa Santamaría Suárez


  MICHEL DE MONTAIGNE (2000): Maestro de vida. Madrid, Editorial Debate. 174 páginas

Dice Poincarè en el último párrafo de su obra La Filosofía de la Ciencia que la vida es una pequeña pausa entre dos eternidades de muerte y en esa pequeña pausa no hay nada más que el pensamiento. ¡Pero el pensamiento lo es todo!

Se trae esta frase aquí para aludir al pensamiento centro de nuestro comentario, como texto que está dentro de la composición literaria constituida por meditaciones del autor sobre un tema más o menos profundo, pero sin sistematización filosófica 

Y con ello nos acercamos al ensayo, género moderno fundado por Montaigne y Bacon en 1580 y 1597 respectivamente y que adquirió pronto un gran prestigio en toda Europa, hasta llegar a Voltaire y más tarde a nuestros días.

En el pasado año, la editorial Debate ha reeditado el libro Michel de Montaigne, Maestro de vida, traducido por José Miguel Marinas, Almudena Montojo y María Dolores Picazo. El primero de ellos también lo prologa.

Tomar un libro de Montaigne en las manos, después de haber leído libros sobre el ensayo y algunos cuantos ensayos supone un placer sin límites. En ello buena medida ha de ser tarea de los traductores, pero la nitidez del pensamiento que nos llega, a pesar del tiempo transcurrido es un deleite inapreciable por la sencillez y la inteligibilidad del lenguaje.

El libro se divide en diecinueve ensayos, de los cuales quince están destinados al arte de vivir y los cuatro restantes son las vicisitudes del viaje a Italia que marcan una tensión entre las descripciones de la intimidad -Montaigne recorre los balnearios de Centroeuropa y de Italia para aliviar su mal de piedra- y la noticia necesaria contenida del mundo oficial de Europa.

Leer los relatos de Montaigne pude resultar una experiencia única en los tiempos de ruido y de prisa. Y no porque como se dice en el prólogo sean textos adormecedores, sino porque en medio de su aparente sosiego, de su aire de época, siembran una duda, la que desmonta nuestras rutinas. Quien descubre la fragilidad y al mismo tiempo la posibilidad de una libertad interior. Para el sujeto moderno puede ser un buen compañero de viaje. Muy ilustrativo es el primer párrafo del ensayo titulado "De la ociosidad": Así como vemos tierras ociosas que producen, si son feraces y fértiles, mil tipos de hierbas salvajes e inútiles y a las que para que den fruto, se las ha de sujetar y emplear en ciertas siembras a nuestro servicio (...), así ocurre con el pensamiento. Si no lo ocupamos en algún tema que lo bride y contenga, se lanza desbocado aquí y allá, por el campo difuso de las imaginaciones.

El libro tercero de la obra, "De cómo el filosofar es aprender a morir", se le dedica en el libro ocho páginas y media. Y para exponer un pensamiento parecido, el teólogo Hans Küng dedica un volumen de 380 páginas. Comienza Montaigne con una frase de Cicerón: Dice Cicerón que el filosofar no es otra cosa que prepararse para morir, para expresar enseguida: Quitémosle lo raro, acerquémosla a nosotros, acostumbrémonos a ella, no tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte. Esta es la forma de pensar del hombre inteligente porque supone la premeditación de la libertad. En realidad la alusión a la muerte y a tenerla presente en todo momento para familiarizarnos con ella, ronda casi todos los capítulos del libro.

Y finalmente hay que decir que hay algo que no puede olvidarse: los párrafos en latín están traducidos al español, lo que sin duda atraerá a la lectura a las generaciones jóvenes.

 

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