IndiceEstudios sobre el mensaje periodístico - Número 7 - 2001
 
 
 
Shakespeare y los otros

Octavio Aguilera


  HAROLD BLOOM (1997): El canon occidental. Barcelona, Editorial Anagrama, 588 páginas.

Desde que Harold Bloom publicó en 1994 The Western Canon. The Books and School of the Ages, en Nueva York (en la editorial Harcourt Brace & Co), esta es ya la tercera edición que aparece en España. Esto puede dar idea de la aceptación (y también polémica, todo hay que decirlo) de este libro de Harold Bloom, crítico de reconocida solvencia. Harold Bloom nació en Nueva York en 1930, es profesor de la prestigiosa Universidad de Yale y autor de más de veinte obras que abarcan desde el romanticismo inglés hasta el análisis de las nuevas formas de religiosidad. Su fama entre el público culto se debe, sin embargo, y sobre todo, a El canon occidental, que se ha convertido en una obra de obligada consulta para todos aquellos que quieren conocer a fondo a los autores que han permanecido a lo largo de los tiempos como hitos inamovibles de la literatura.

Harold Bloom nos propone un recorrido por dichos autores, retomando la antigua idea de canon, es decir, el catálogo de libros preceptivos, de libros de escritores que se han convertido en canónicos, en autoridades de nuestra cultura (occidental, por supuesto). De entrada, en el Prefacio y Preludio, afirma que todas las obras literarias nacen como respuesta a otras anteriores: Los grandes textos son siempre reescritura o revisionismo, y se fundan sobre una lectura que abre espacio para el yo, o que actúa para reabrir viejas obras a nuestros recientes sufrimientos. Los originales no son originales, pero esa ironía emersoiana cede la palabra al pragmatismo emersoniano, según el cual el inventor sabe cómo pedir prestado (página 21). La originalidad, en suma, debe combinarse con la herencia, con la angustia de las influencias.

A partir de aquí, y a lo largo de nada menos que seiscientas páginas, el autor propone un recorrido por la historia de la literatura occidental -ya queda dicho- a través de veintiséis autores, desde Dante hasta Samuel Beckett, pasando por Cervantes, Montaigne, Dickens, Pablo Neruda, o José Luis Borges, por citar unos pocos y entre estos pocos a los tres de lengua española que incluye para estudiarlos, aunque cite de pasada a otros muchos. Un recorrido apasionado, devoto, ya que Bloom reivindica el placer de la lectura y la autonomía de la estética como puro goce intelectual, como reacción a lo que él denomina la Escuela del Resentimiento: un mejunje crítico compuesto de marxistas, feministas, neoconservadores y neohistoricistas. Considera, al igual que Virginia Woolf, que la crítica no es más que un inmenso amor por la lectura. O tal vez, por decirlo desde otra tesitura, está de acuerdo con Oscar Wilde en que el arte es absolutamente inútil.

Este recorrido, este análisis enormemente erudito, lleno de conocimientos, tiene de todas formas un centro omnipresente, y éste puede que sea su parte más discutible, su punto más vulnerable. Se trata de la figura y la obra de William Shakespeare, el más grande escritor que podremos llegar a conocer, según declara Bloom. En realidad, este estudio, tan extenso y prolijo en datos y reflexiones críticas, podría titularse como he titulado yo este comentario: "Shakespeare y los otros". Porque el enigmático dramaturgo de Strafford-on-Avon es el eje, el modelo comparativo con todos los demás escritores analizados. Y Bloom lo proclama desde un principio: Podemos afirmarlo sin vacilar: Shakespeare es el canon. Él impone el modelo y los límites de la literatura (página 59). En esta devoción absoluta, sin cortapisas, se halla en la línea de Emerson en su Hombres representativos, cuando dice: Shakespeare está tan por encima de la categoría de los autores eminentes como lo está por encima del vulgo. Es inconcebiblemente sabio; los demás lo son concebiblemente. Un buen lector puede, en cierto modo, situarse en la mente de Platón y pensar desde ahí; pero no en la de Shakespeare. Sigue estando fuera de nuestro alcance. Por facilidad compositiva, por creación, Shakespeare es único (página 51). Y así, todas las referencias y todas las comparaciones van a Shakespeare, nombre que leemos una y mil veces a lo largo de las páginas. Chaucer es el primer escritor inglés... después de Shakespeare. Goethe, en Faust, parodia a Shakespeare de un modo casi incesante. Etcétera. Menos mal que Cervantes tiene en común con él la universalidad de su genio, y posiblemente sea el único par de Dante y Shakespeare en el canon occidental (página 139)

Pese a esta insistencia, el ensayo de Harold Bloom resulta completísimo para conocer la obra de estas figuras cumbre de la literatura. Y contiene también, en cuatro apéndices, una lista de autores y obras (agrupados en cuatro edades: teocrática, aristocrática, democrática y caótica) que se convierte en un útil diccionario de autores. No es de extrañar que, por encima de cualquier discrepancia, se considere que El canon occidental es un libro importante.

 

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