IndiceEstudios sobre el mensaje periodístico - Número 7 - 2001
 
 
 
La biografía como contemporaneidad

Pedro Paniagua


  BEN BRADLEE (2000): La vida de un periodista. Memorias del director de The Washington Post. Madrid, ediciones El País-Aguilar. 493 páginas.

JESÚS PARDO (2001): Memorias de memoria. Barcelona, editorial Anagrama. 335 páginas.

El género biográfico y memorialístico vive hoy un auge que para sí quisieran muchos de los genéricamente englobados bajo el nombre de ficción. Los suplementos culturales de casi todos los diarios no dejan de reseñar lo publicado sobre las vidas -interesantes, polémicas, escandalosas, o a veces simplemente conocidas- de personalidades que provienen de la literatura, la política, la pintura, el cine, la música, el deporte... Nombres tan dispares como los de André Malraux, Indira Ghandi, Anthony Hopkins, Frida Kahlo, Sean Connery, Antoine de Saint-Exupéry, David Bowie y Severiano Ballesteros, coinciden estos días en las librerías, desde donde hacen, o les hacen, con y sin autorización, repaso de sus trayectorias profesionales y vitales. Como se dice en uno de esos suplementos -(Babelia, 7.4.2001, p. 4): ...ahora que tanto se habla de la muerte de la novela, o de su posible sustitución por formas que representen mejor la contemporaneidad, como el reportaje o el memorialismo... - (y como cada vez se ve más en los siempre denostados reality shows televisivos), quizá el verdadero espectáculo de nuestros días esté en las cosas que pasan... o que han pasado.

El mundo del periodismo no es ajeno al espectáculo y, fiel a esta tendencia, ha sacado a relucir recientemente dos títulos de muy distinto calado, por la desigual repercusión que tuvieron las vidas profesionales de sus autores. En el primero de ellos, La vida de un periodista, Ben Bradlee, el laureado director de The Washington Post, revive unos hechos que, sin temor a exagerar, podemos decir que se encuentran entre los hitos informativos mundiales de los últimos cuarenta años: asesinato de Kennedy, documentos del Pantágono, Watergate... En el segundo, Memorias de memoria, Jesús Pardo, desde su paso por la agencia EFE y el Grupo 16, nos remite a un periodo cronológicamente parecido, pero en un ámbito más cercano a nosotros como es el periodismo nacional desde los últimos años del franquismo hasta nuestros días.

Bradlee, director del Post entre 1968 y 1991, periodo durante el cual el periódico obtuvo 18 premios Pulitzer, nos da en este libro una gran lección de periodismo. Publicado por primera vez en castellano en 1996, en él se recogen toda una serie de cuestiones que tienen que ver con la esencia de la profesión. Una de ellas es la fiabilidad de las fuentes. La tenacidad de Woodward y Bernstein, los reporteros estrella del Watergate, para hacerlas hablar ha quedado para la Historia como ejemplo del rigor que es necesario en el periodismo de investigación de cualquier época. Bradlee recuerda bien sus métodos: Trabajaban espectacularmente duro. Podían plantear la misma pregunta a cincuenta personas o podían plantear a una sola persona cincuenta veces la misma pregunta (p.359).

Otras cuestiones esenciales que aparecen en La vida de un periodista son las siempre difíciles relaciones de la prensa con el poder político, especialmente cuando ese poder está representado por un vecino y amigo que, además, es el presidente de los Estados Unidos. Y también: la organización de una redacción; el lanzamiento de nuevos suplementos en un diario; la búsqueda obsesiva de nuevos talentos con la idea fija de contar en cada sección con el mejor periodista del país en su especialidad; el apoyo de los editores, sobre todo el de la familia Graham, propietaria del rotativo de la capital norteamericana; los escurridizos y formalistas asuntos legales... y un sin fin de temas más relativos a la práctica, a la ética... y a la estética de esta profesión.

Porque también de estética se habla en el libro. No todo en él son grandes temas profundos de alcance mundial. Lo que le hace cercano, lo que le da ese valor especial que sólo el subjetivismo del género memorialístico puede lograr, son muchas veces esos detalles que no pasan a la Historia ni a las portadas de ningún diario, pero que forman parte de la práctica, y quién sabe si de la ética, del ejercicio periodístico. Bradlee cuenta, por ejemplo, cómo un reputado redactor no fue admitido en su diario porque no sabía combinar el color de sus pantalones con el de sus zapatos; o cómo la fuerza de Carl Bernstein residía en su pelo largo y en su aire hippy contestatario de finales de los sesenta.

Los detalles que describen el interior de la vida de una redacción también tienen una presencia importante en el libro. Algunos, lógicamente, hablan de situaciones comunes a cualquier redacción, como los que se refieren al ritmo frenético de los cierres. Pero otros exigen perspicacia y una cierta capacidad psicológica para saber ver el encanto que encierran situaciones en principio intranscendentes. Al hablar de los preparativos que necesita un redactor para ponerse a escribir no menciona la concentración, ni la inspiración ni nada parecido. Simplemente, refiriéndose a una de esas informaciones que al día siguiente saldrían en la portada de su periódico e iban ser leídas con lupa en todo el Estado, y en especial en la Casa Blanca, nos dice que estaba seguro de que ésa iba a ser una buena historia porque esa tarde Woodward había cumplido perfectamente todo su ritual previo a la escritura: estaba junto a la máquina del agua, había sacado punta a todos sus lápices y había ido tres veces al baño. 

Otros detalles, también en principio insignificantes, o por lo menos insignificantes para la Historia del periodismo, son los que se refieren a su vida privada, a sus varias mujeres. En esto coincide con Pardo, pues también él cuenta en sus memorias aspectos de su vida sentimental, de sus esposas, y de un complejo proceso de anulación matrimonial. Podría parecer que estos aspectos son enteramente ajenos a la profesión periodística, pero puede haber una relación. Si uno se siente periodista 24 horas al día, como en el caso de Bradlee, no queda tiempo físico ni espacio emocional para más. De ahí el distanciamiento con la familia, con la pareja. Woodward y Bernstein también han hablado de ello alguna vez. En su libro sobre el Watergate, Todos los hombres del presidente, dicen que lo que les permitió tener tiempo para dedicarse en cuerpo y alma a la interminable y agotadora investigación de las corruptelas de Nixon fue el hecho de que ambos estaban recién divorciados. 

Además de los detalles, hay otras cuestiones que apartan al libro de Bradlee del tono de lección magistral. En un pasaje sorprende al decir: La esencia del periodismo es la superficialidad (p.100), como si con ello quisiera no darle importancia a su profesión. En otros, aplica su modestia a los premios Pulitzer: son sospechosos y están sobrevalorados (p.360). Y sabía lo que decía, pues formó parte durante varios años del tribunal que los otorgaba. Del Watergate, por ejemplo, afirma que elevó a la Prensa a las alturas de la estima nacional (p. 377), cuando cualquier otro, por mucho menos, no hubiera dudado en aplicar a la estima el adjetivo "internacional" o "mundial". Y, finalmente, se refiere a que un buen porcentaje de su éxito se lo debe a la suerte, a la casualidad, al estar en el lugar adecuado en el momento justo (p.122). Hay un hecho del principio de su carrera muy significativo en este sentido. Fue a pedir trabajo a The Washington Post porque en Baltimore, su destino inicial, estaba lloviendo y no le apetecía bajar del tren.

También del azar nos habla Jesús Pardo en sus Memorias de memoria: Hugh Thomas escribió la Guerra Civil Española por casualidad (p. 212), siendo el historiador inglés sólo uno de los muchos nombres relevantes que aparecen en el libro y con los que Pardo trató en esos agitados años de la transición política española. Publicado éste como continuación de su primer tomo de memorias, Autorretrato sin retoques, por sus páginas aparecen, entre otros, Emilio Romero -que no sale precisamente muy bien parado, pues es presentado como una especie de censor del tardofranquismo que llamaba "comunistas de whisky" a quienes apostaban por los nuevos aires políticos (p.127)-; José Bergamín -al que se le iban las manos detrás de las redactoras jóvenes (p.211)-, Ramón Sender -que escribía gratis para Historia 16, creyendo que así ayudaba a unos novatos pobres (p.212)-; y Juan Tomás de Salas -sumo sacerdote de la transición informativa a quien no le dejaron poner a su revista simplemente Cambio, porque era "palabra subversiva" y tuvo que añadir el número 16 (p.127)-.

Pero lo que más sorprende en él es una mezcla de cinismo y sinceridad que le hace hablar de forma totalmente descarnada de sí mismo: Pasé por Historia 16 sin enterarme de lo que es un artículo de revista de historia (p.203). Y eso que dirigió la publicación durante más de dos años, de mayo de 1976 a otoño de 1978. De su profesionalidad en EFE, recuerda sus tardanzas y desapariciones, rayanas a veces en el absentismo (p.121). Y de su trabajo en ambos medios reconoce que estuvo, durante años, cobrando, sin hacer casi nada (p.122). Si Bradlee vivía la profesión a tiempo completo, de Pardo podemos decir que intentaba, a tiempo completo, no vivirla. El mismo lo dice: Yo nunca fui periodista en el sentido que se da hoy a esa palabra (p. 207).

Y es que, en efecto, su modo de concebir el periodismo, más que a una época reciente, nos recuerda al aire de la bohemia de principios del siglo XX, al ambiente de las calles y de los cafés de aquel Madrid en que los redactores se mezclaban con los poetas en la Puerta del Sol y éstos cambiaban versos por un café con tostada. Pardo también frecuentó algún café, el Gijón, y practicó la picaresca de comer a costa de la empresa. Sobre eso cuenta anécdotas divertidas como que una vez su mano chocó con la de un argentino de Cambio 16 al intentar ambos llevarse de un restaurante una factura que no era suya para pasarla.

No son, desde luego, las de Jesús Pardo unas memorias para aprender periodismo, como las de Bradlee, pero quizá ayuden a entender algo de la actividad diaria de la profesión y de la vida. Especialmente en esos fragmentos en los que el autor se ve envuelto por una cierta actitud individualista -tenía tendencia a apartarme de grupos en los que yo no fuese único miembro (p.130)- y el periodista, contradictorio como el principio de la época que retrata aquí, navega con ironía entre dos aguas: A nadie, ni en Efe ni en Cambio 16, parecía extrañarle que yo fuese al mismo tiempo militante del antifranquismo en éste y guardián de las esencias del Movimiento Nacional en aquélla (p.125). Quizá a nadie le extrañaba porque inconscientemente todos seguían viendo en él a la bohemia, y ésta no coincidió en el tiempo con el antifranquismo y el Movimiento Nacional. Ahora lo hace gracias a la memoria de un libro que es, como el primero, absolutamente contemporáneo.

 

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