IndiceEstudios sobre el mensaje periodístico - Número 7 - 2001
 
 
 
La carpintería como arte

Pedro Sorela


  DAVID LODGE (1999): El arte de la ficción. Barcelona, Editorial Península. 340 páginas

Quizá en el futuro un novelista-profesor como David Lodge utilizará la obra del escritor David Lodge para ilustrar un capítulo sobre la "escritura-pacto", o la escritura de compromiso, o la tercera vía de la escritura, o como quieran llamarla. Pues eso viene a ser toda la obra de quien, de 1960 a 1987, fue profesor de literatura inglesa en la universidad de Birmingham (el Rummidge de sus novelas) y vivió para contarlo. Contarlo literalmente, pues aunque sólo algunas de las divertidas novelas de Lodge se inspiran directamente en vivencias universitarias, prácticamente todas se benefician de sus estudios y experiencia, y son verdaderas demostraciones prácticas de las bondades de la escritura deliberada, la escritura laboratorio.

Y en particular este libro, El arte de la ficción, escrito en origen en entregas semanales para el suplemento de libros de The Independent on Sunday y luego publicado con revisiones, y en el cual Lodge afronta -con mentalidad de novelista que a su vez conoce bien la reflexión sobre la escritura- algunos de los principales… ¿cómo llamarlos?… temas de la escritura creativa: en parte muy conocidos y en apariencia simples (aunque nada es simple en escritura) como el comienzo, el final o las repeticiones; clásicos como el autor omnisciente, el punto de vista, o el monólogo interior; pero también, y subrayo su valor, situados en la frontera misma de la escritura de nuestros días, como la intertextualidad, la epifanía o el narrador poco fiable.

El propio Lodge advierte que no pretende aportar nada ni siquiera novedoso sobre cada uno de estos pequeños tratados, que se centran en uno o dos autores de la tradición anglosajona, pero no está muy claro que acierte en su modestia. Pues si bien es muy probable que no diga nada que no se haya dicho ya, lo cierto es que su libro -y a mi juicio ahí reside su interés- bien pudiera haberse titulado Arte de la divulgación.

Y ahí es donde este libro cobra un particular interés si se le lee desde una tradición como la hispana, desde siempre escorada hacia la reflexión teórica, con poca incidencia en una reflexión de calidad sobre la práctica, y con gran peso de la tradición. A distancia, por otra parte, de tradiciones teóricas como la francesa de un Maurice Blanchot, por ejemplo. No tan excepcional en la tradición mexicana -Alfonso Reyes y Octavio Paz-, o la argentina -además de Borges, véase el reciente y sugerente Formas breves y la obra toda de Ricardo Piglia-, no abundan en la tradición española (quizá Clarín) ejemplos de escritores que hayan pensado de una forma solvente en la práctica de su oficio, con el resultado final de terminar de derribar el mito romántico por excelencia de la inspiración, o la superstición de que razón e inspiración llevan caminos distintos. Y ello, igual que hicieron (además de Borges), Forster, Henry James o el crítico Graham Greene, con la humildad del artesano, y también su sabiduría.

Que no siempre es tan solvente, claro está, en un libro que incorpora un amplio marco de 50 temas (por las cincuenta entregas de un año de la publicación). Así por ejemplo el capítulo dedicado al Realismo mágico, centrado en la obra de Kundera, que es lo mismo que hablar de la novela de la revolución industrial utilizando como ejemplo la obra de un autor peruano.

Pero esa era una consecuencia previsible visto el extraordinario provincianismo anglosajón que padece el libro en la selección de autores de cuyos textos se toman los ejemplos: todos anglosajones, salvo asimilados como Nabokov y un par de primos cercanos, como Kundera, traídos a cuenta precisamente por sus afinidades locales. Semejante provincianismo resultaría llamativo de no ser, a estas alturas, una de las características de la sociedad literaria anglosajona. Esa, y los ubicuos y tiránicos dogmas del Pensamiento Políticamente Correcto, también presentes en este libro pero en esta ocasión como esperanzadores ejemplos de cómo pueden ser esquivados con elegancia y sentido del humor. Igual que en las novelas de Lodge. A eso me refería con lo de la escritura-pacto: Lodge conoce perfectamente la posmoderna sociedad deconstruida (por desvertebrada) en la que se mueve, conoce al monstruo, y pacta con él, sin enfrentársele, eludiéndole, sonriéndole incluso. Es de suponer que para poder sobrevivir.

 

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