IndiceEstudios sobre el mensaje periodístico - Número 7 - 2001
 
 
 

Corresponsales de guerra:

¿de quién es la palabra?

María Jesús Casals


RAMÓN LOBO (1999): El héroe inexistente. Los viajes de un corresponsal de guerra al corazón de las tinieblas del fin de siglo. Madrid, Aguilar. 332 páginas. Fotografías de cubierta e interiores: Gervasio Sánchez

El periodista venezolano afincado en España, Ramón Lobo, ha cubierto para el diario El País desde 1992, y como enviado especial, guerras y conflictos en países de 4 continentes: Bosnia, Serbia, Albania-Kosovo, Chechenia, Irak, Haití, Ruanda, Zaire-Congo, Guinea Ecuatorial, Nigeria y Sierra Leona. Entre los límites del cielo y del infierno Lobo se presenta como un simple periodista sin más poder que aquel que le conceden para contar lo que ve y oye, muy pocas veces lo que siente y piensa –sabe que es lo que menos importa-, y tan sólo un extracto de la realidad programada para contar. Porque la realidad de los porqués y de los quiénes queda bajo la discreción del verdadero poder, ese que no se ve, ni se oye, ni se siente, ni sobre el que haya que pensar demasiado según parece. Por eso es poder –ahora con el eufemismo de globalización-, porque es tan omnipresente como el dios de cualquier fe de cualquier creyente:
 

Con la perspectiva que ofrece el tiempo y la experiencia, me convencí un poco más de que los cuervos que observamos y escribimos sólo somos capaces de ver la danza de las marionetas sobre el escenario y, a veces, sólo a veces, cuando azuzamos la vista y el ingenio, somos capaces de intuir los delgados hilos que las mueven. /Pero jamás he conocido un periodista en sus cabales que haya sido capaz de ver la expresión de los que están por encima de los hilos. Esos rostros misteriosos son los del poder real, los que nunca leen un discurso en público o prometen milagros en una campaña electoral... Esos rostros tan sólo quitan y ponen presidentes, modifican fronteras, encienden o apagan las guerras con su particular mando a distancia. Lo hacen por dinero o divertimento, pero sobre todo lo hacen porque todo esto de la política internacional es un inmenso negocio del que también yo soy parte ignorante y pasiva (Página 233)
 
Ramón Lobo nos deja el testimonio del ejercicio de un periodismo humilde y responsable, desmitificador de la aventura, de lo mesiánico, de ninguna heroicidad y sometido a intereses que desde luego el periodista no controla, sino más bien lo contrario, aunque para algunos siempre queda la tenacidad de la coherencia. Ahí está ese bien pensado título que en su brevedad expone la tesis de esta obra: el héroe inexistente, o cómo entender una profesión, la de los reporteros de guerra, esos intermediarios entre el horror y la ignorancia, testigos directos para que otros sepan y no olviden.

Siento verdadera admiración por esta obra que no pretende pontificar ni reivindicar sino todo lo contrario: expresa con crudeza y realismo las limitaciones de un corresponsal de guerra. Unas limitaciones que, en primer lugar, impone el poder de las grandes agencias internacionales de noticias, con un crédito en los periódicos –mejor no hablar de la radio y la televisión- que funciona como una zarpa contra los demás corresponsales que no representen a dichas agencias internacionales. De este modo, Lobo cuenta cómo su propio periódico, El País, confiaba más en los teletipos de Reuters o en las informaciones de la CNN que en sus crónicas. Desde Madrid no dudaban en corregir al cronista si la gran agencia decía otra cosa. Lo malo, como describe Lobo, es que esas multinacionales de la información se equivocan y ni siquiera rectifican, tal vez porque el error les conviene:
 

A pesar de lo erróneo de esa información, la CNN mantuvo la noticia del ataque durante un par de jornadas. Sin duda, albergaban la esperanza de que el curso de la guerra terminaría por darles la razón. Pese a la lógica de aquel movimiento de tenaza desde el Atlántico, Matadi cayó después de Kinshasa, como guinda de la conquista de un país cuatro veces y media el tamaño de España; pero la CNN, tozuda, nunca se corrigió. Se limitó a dejar de emitir el mapa. Es una ventaja de la televisión: no hay memoria (Página 257)
 
Páginas anteriores a esta "confesión" Ramón Lobo ya había sido bastante taxativo:
  Un cronista en guerra tiene que competir en desventaja contra dos imperios: las cadenas televisivas y las agencias internacionales de prensa. La perversión no está tanto en su trabajo, meritorio casi siempre, sino en el efecto devastador que a veces ejerce sobre el tuyo. "Reuters dice..." Pero tú, que no trabajas para esa agencia, quieres escribir sobre otro asunto. Un mundo, un pensamiento, una voz, una sola televisión verdadera (página 179)
 
Estas confesiones de Ramón Lobo son enormemente trascendentes. En su calidad de testigo nos deja bien patente cuán lejos queda el concepto bien intencionado de la racionalidad informativa. Desde la fundación de las Naciones Unidas después de la segunda guerra mundial, el énfasis de esa racionalidad de la información estuvo marcado por la importancia de una libre distribución de las informaciones entre las naciones, y el desarrollo de los medios de comunicación social de lo que hemos venido en llamar Tercer Mundo para construir modernas sociedades que eliminaran la pobreza, la ignorancia y la herencia del colonialismo. A mediados de los años sesenta surgió la crítica del dominio aplastante de los medios de comunicación de Occidente y de sus enormes agencias informativas que decidían lo que era noticiable o no y ofrecían la imagen del mundo, no sólo con sus propios patrones culturales, sino de acuerdo también a sus intereses económicos y estratégicos.

En 1974 un nuevo orden económico mundial formó parte de una resolución aprobada por la UNESCO y que se emparejaba a un nuevo orden en la Información mundial. Ello requería mayor equidad en la distribución de los recursos entre las naciones más ricas y las más necesitadas. Como toda resolución fue firme en su enunciado pero muy vaga en lo que realmente importaba: cómo conseguirlo. En 1976 se celebró en Nairobi otra conferencia general de la UNESCO y su director general entonces, Amadou Mathar M’Bow, formó una comisión de 16 miembros para estudiar a fondo este problema. Al frente de esta comisión estaba Sean MacBride, político irlandés que tenía el prestigio de haber recibido el premio Nobel de la Paz en 1974. La comisión presidida por MacBride debía estudiar la situación de las comunicaciones e identificar los problemas que requiriesen una nueva actuación desde una perspectiva nacional de cada país y una aproximación global concertada en el ámbito internacional, lo que obligaría a adquirir compromisos entre varios países.

El resultado fue el famoso informe MacBride que se tituló Un sólo mundo, voces múltiples y que constituyó todo un documento filosófico abierto a diversas interpretaciones. En España se publicó por el Fondo de Cultura Económica en 1980. Este informe reconocía la necesidad de mejorar el equilibrio de las comunicaciones internacionales pero, al mismo tiempo, adoptaba la mayor parte de los principios tradicionales sobre la libre circulación de noticias atendiendo al principio liberal de la ley de oferta y demanda de la información. El mercado informativo no acepta restricciones en la práctica. De modo que hay dos realidades, como siempre un tanto enfrentadas: por un lado el reconocimiento de una mayor equidad y justicia del mercado informativo; por otro, el propio concepto de mercado rechaza cualquier impedimento a su libre existencia. Y como tantas veces en tantos órdenes de la vida social, estamos ante una paradoja pragmática de muy difícil solución, por no decir que irresoluble.

Pero, a pesar de todo, los debates generan reflexión y es saludable, al menos, identificar los problemas y los excesos. Se explicaron dos desequilibrios importantes en nuestro mundo como eran y son los problemas de comunicación entre el Este y el Oeste, y, en mayor medida, entre el Norte y el Sur. Las críticas surgieron no sólo desde los países más débiles por su escasa voz en los procesos informativos, sino también desde este Norte Occidental que contiene a las naciones mas industrializadas y potentes que dominan los desarrollos tecnológicos. Mustapha Masmoudi, antiguo ministro de Información de Túnez y destacado portavoz que fue del Tercer Mundo en el campo de las comunicaciones, denunció en 1979 que casi el 80 por ciento de la información mundial emana de las grandes agencias internacionales y éstas dedican sólo del 20 al 30 por ciento a la cobertura de los países en desarrollo, a pesar de que estos territorios representan cerca de las tres cuartas partes de la humanidad. En la citada comisión de la UNESCO, Masmoudi matizó esta denuncia con los siguientes argumentos:
 

La información es distorsionada por su referencia a los valores morales, culturales o políticos de ciertos estados, en perjuicio de los valores e intereses de otras naciones. Los criterios de selección que imperan se basan, consciente o inconscientemente, en los intereses políticos o económicos del sistema transnacional y de los países donde este sistema está establecido. Aún más, a menudo presentan a estas sociedades -incluso cuando muestran interés por ellas- bajo la luz más desfavorable: graves crisis, huelgas, manifestaciones callejeras, golpes de estado, etc., o, incluso, llevándolas hacia el ridículo... El sistema informativo actual encierra una forma de colonialismo político, económico y cultural que se refleja en la, a menudo, tendenciosa interpretación de las noticias concernientes a los países en desarrollo. Esta consiste en sobrevalorar acontecimientos cuya importancia, en ciertos casos, es limitada o incluso inexistente; en recopilar hechos aislados y presentarlos como un conjunto; en establecer los hechos de tal forma que la conclusión que se pueda sacar de ellos es necesariamente favorable para los intereses del sistema transnacional; en amplificar acontecimientos de escasa envergadura hasta despertar temores injustificados; en guardar silencio en situaciones desfavorables para los intereses de los países de donde son originales estos medios"
 
Para completar esta cuestión, tal vez la cuestión del periodismo internacional y de guerra, recordaré la aportación de los profesores norteamericanos Robert L. Stevenson Y Donald Lewis Shaw (Las noticias internacionales y el nuevo orden en la información mundial, Madrid, Mitre, 1984) cuando analizaron este problema en cinco puntos que, resumidos, son los siguientes:
  1. - El mundo de las noticias es definido por Occidente y distorsiona o excluye valores auténticos pero no occidentales del Tercer Mundo. Y son los corresponsales de los medios informativos los que se encargan de la recolección de esta información interesada.

2. - Este filtro cultural excluye a una gran parte del mundo, especialmente aquella que no tiene inmediato interés para el Oeste. De hecho, las corresponsalías fijas en el extranjero están siempre situadas en los puntos estratégicos del primer mundo.

3. - La pequeña parte de información procedente del Tercer Mundo que se introduce en el conjunto de noticias mundiales enfatiza los aspectos más frágiles del Tercer Mundo

4. - El tratamiento distorsionado, negativo, del Tercer Mundo por los medios informativos occidentales es transferido al propio Tercer Mundo debido a la dependencia que este tiene de las agencias de noticias occidentales.

5. - Las noticias que hablen del desarrollo y avances sociales son escasas y, a veces, escatimadas.
 
 

Y podríamos añadir un último punto que ha sido y es motivo de diversos estudios y análisis: el tratamiento de la información como un espectáculo, no como un espectáculo más, sino como el gran espectáculo que impide reflexionar más allá de lo espectacular y que sirve de distracción para que las apariencias ensayadas sean creídas como la verdad. Y esto con mucha mayor intensidad si la información es de alcance internacional y proporciona el espectáculo de la guerra. No es tan difícil recordar el engaño informativo de muchas agencias sobre la invasión de Estados Unidos a Panamá (para las agencias internacionales no existe la palabra invasión si se trata de Estados Unidos y de sus aliados occidentales; los términos son "intervención militar"). O aquella madrugada del 17 de enero de 1991 cuando los aliados comenzaron a bombardear Irak en la que hemos llamado guerra del Golfo Pérsico y medio mundo estaba pegado ante el televisor con la esperanza de contemplar el espectáculo anunciado como la guerra en directo. Por primera vez asistiríamos al acto bélico servido por la CNN en el mismo momento del primer ataque con misiles. Decenas de corresponsales estaban en Bagdad para apoyar el relato de las imágenes televisivas. Luego llegó la decepción cuando supimos que la poderosa CNN debió de comprar de algún modo la exclusiva de la guerra a Sadam Husein porque sólo sus imágenes fueron transmitidas a la aldea global. Para el anecdotario, Alfonso Rojo publicó su Diario de la guerra (Barcelona, Planeta, 1991) en el que contaba sus conflictos con el veterano periodista de la CNN, Peter Arnett. Lobo denuncia en su libro sin tapujos el significado de aquella guerra y lamenta también cómo, una vez más, los periodistas fueron meras marionetas en un tiovivo estratégico. La guerra del Golfo fue, después de todo, un nicho de mentiras prefabricadas. Lo supimos muy tarde (página 175)

Aunque ya había precedentes. Precedentes como la utilización de imágenes de un alarmante conjunto de aviones de ataque soviéticos de última tecnología, que se mostraron al mundo como la prueba de que Nicaragua disponía de la ayuda de la entonces URSS y, por tanto, la prueba de una amenaza real. Estados Unidos hizo creer que dichas imágenes fueron tomadas en Nicaragua para justificar y fomentar todas las operaciones contra el gobierno sandinista nicaraguense. Semanas después, algunos periódicos publicaron un desmentido, medio escondido en páginas interiores, que dejaban en evidencia al muy dirigido espectáculo mediático de la información internacional: la realidad era que esas amenazantes imágenes de los Mig fueron filmadas en una base que los soviéticos tenían en Afganistán. Los corresponsales fueron utilizados para la difusión en todo el mundo del engaño.

La cobertura informativa de la guerra del Golfo creó una sensación generalizada de incertidumbre: a pesar del directo espectáculo ofrecido permaneció la duda de si se estaba asistiendo a una realidad o a una fabricación de una realidad. Y más aún cuando luego supimos del trucaje de algunas imágenes emblemáticas de esa guerra. Por tanto, el problema que permanece es que el gran adelanto tecnológico no hace posible por sí solo que la credibilidad de lo que vemos y nos relatan sea equiparable a la realidad. Por el contrario, esa tecnología está al servicio del espectáculo de las marionetas (Véase, por ejemplo, la obra de Ignacio Ramonet La tiranía de la comunicación, Madrid, Debate, 1998)

Ramón Lobo ha intentado ser un corresponsal responsable y honesto. Pero con su libro intuimos que no es suficiente. Que los hilos siguen moviendo a las marionetas del espectáculo. Y que la televisión ha ganado la partida hasta el punto de que si no hay imagen no existe realidad.

Otra de las limitaciones que Lobo confiesa con la loable sinceridad del desmitificador es esa emoción tantas veces pretexto del cine y de la literatura: el peligro, el miedo. Desde luego no niega su existencia pero sí la coloca en su justo sentido. El peligro existe y el miedo acompaña, aunque se siente después, cuando el peligro ha pasado, y ese es el verdadero miedo, el que deja huellas, el que se rememora tumbado en casa. Tal vez- explica el autor- porque cuando lo vives, eres incapaz de medirlo. Ahora bien, el verdadero y más profundo temor de este corresponsal de guerra, según confiesa, es el que provoca la condición humana: Ése es el temor esencial: que un día la barbarie me rodee y me transforme en un demonio (página 41)

El héroe inexistente está dividido en tres bloques: La guerra en los Balcanes desde Bosnia-Herzegovina hasta Kosovo-Albania; los conflictos en Chechenia, Irak y Haití; y las tremendas guerras africanas, Ruanda, Zaire, Congo, Guinea Ecuatorial y Sierra Leona. Cada uno de estos apartados le sirven al autor para ordenar su memoria de hechos contados y no contados, de sensaciones, de personas admirables y de los peores criminales que ha conocido. No es un tratado sobre periodismo ni lo pretende. Pero enseña cómo sobrevive un corresponsal de guerra, no sólo en lo que atañe al peligro sino también a cómo se busca la vida de reportero en países que no conoce, con otras lenguas y otras costumbres y en medio del horror y zafándose de criminales con poder. Muestra las limitaciones del corresponsal de prensa frente al poder de los feudos de la información regentados por las grandes agencias y las gigantes cadenas de televisión, uniformes en su voz, prestamistas de la palabra. Revela sus errores y algunos fracasos, también muchos aciertos, el principal, sobrevivir, no sólo al peligro, que evidentemente existe, sino sobrevivir moralmente. Y mezcla intencionadamente la memoria de lo que pasó, o al menos de lo que él fue testigo, con la crónica publicada en su periódico. Y nos deja con todo ello esa sensación de aceptada impotencia que subyace en el libro. Por todo esto, vale mucho. Vale porque, tal vez sin pretenderlo, ha conseguido el mejor método didáctico que es el de enseñar mostrando y explicando sin subirse a ninguna tarima y sin intención alguna de demostrar nada. Porque ya lo avisa al principio, en la presentación: Este libro no busca una respuesta. Es tan sólo un viaje a través de una decepción: comprobar que el trabajo de periodista no salva personas; sólo pone nombre a los muertos y a los vivos.

Estas memorias de Ramón Lobo dejan una certeza en medio de todas las incómodas dudas que suscitan su lectura: un periódico con verdaderos anhelos de independencia considera que la información internacional tiene una importancia transcendental y, por tanto, invertirá en medios humanos y tecnológicos para depender menos de las grandes agencias de prensa y de las omnipotentes cadenas televisivas. ¿Prensa de calidad? Sí, puede haberla: aquella que reclama su propia voz y que toma la palabra. Pero, claro, una palabra de corresponsal responsable en su trabajo. No una palabra llena de color escrita desde la redacción y sirvienta, una vez más, del gran espectáculo del mundo. De ello también nos alerta Ramón Lobo en su tan escéptico héroe inexistente.

 

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