Especial Mercedes Salisachs Espéculo 2008

 

Epílogo: Mercedes Salisachs habla de su obra
(Entrevista inédita a la autora)

Antonio Ayuso Pérez

Universidad Complutense de Madrid


 

   
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La crítica

A.A.—¿Qué le parece que nos reunamos algunos críticos y estudiosos de la literatura para hacer el primer monográfico sobre su figura y su obra?

M.S.—Ante todo agradecimiento. Nunca imaginé que mis obras pudieran, algún día, ser rescatadas de un largo y para mí descorazonador silencio. No obstante no me he sentido ofendida. Sólo ignorada.

—¿Piensa que los críticos la han tratado mal a lo largo de su carrera o que, quizá, la han desatendido?

—No me han tratado mal. Sencillamente “no me han tratado” y los pocos que lo han hecho (exceptuando dos o tres que siempre me acompañaron positivamente) se han limitado a leer las solapas de mis libros y añadir lo que les ha pasado por la mente sin ahondar en la obra.

—¿Por qué motivos piensa que los críticos la han podido dejar de lado?

—No lo sé. Tal vez porque al no vivir en Madrid se han olvidado de que yo existía. ¡Cuántas veces cuando se cita a un grupo de escritoras, mi nombre no figura entre ellas! O tal vez (eso es lo que más me duele) piensan que mis obras no merecen la atención que se concede a las demás. Quiero imaginar que no han leído mis libros. Esa esperanza me consuela. Pero a lo mejor los han leído y no les gusta. No obstante esa posibilidad no me influye demasiado cuando me pongo a escribir. Mis lectores no cesan de mandarme mensajes de aliento. Y eso vale más que una opinión (buena o mala) escondida y silenciada.

Por otra parte, yo veo que mis libros se venden muy bien. Y, gracias a Dios, yo tengo premios, se me editan mis libros, se me ha traducido, continuamente me están pidiendo colaboraciones, pues ¿qué más quiero? ¿Triunfar del todo? Yo no escribo para triunfar, yo escribo para ayudar, para ayudarme a mí misma.

—Por ejemplo, ¿le ha podido perjudicar su condición social? Se lo pregunto porque la he oído quejarse numerosas veces de que siempre la han visto como “una señora que escribe”.

—No me he quejado. Sólo he expuesto un hecho probado. En cuanto a la posición social ciertamente se tenía muy en cuenta. Por ello cuando empecé a publicar obras (mal consideradas masculinas) hubo reacciones adversas en el ambiente social al que yo pertenecía y por supuesto también hubo reacciones desfavorables en los ambientes intelectuales por considerar que mi forma de escribir constituía una intrusión en un ambiente que no me correspondía y que yo aprovechaba para poder destacar y parecer “distinta”.

—Y sus ideas políticas, el ser de derechas, ¿han podido determinar su consideración?

—Al parecer sólo son inteligentes los escritores de izquierdas. Quizás tengan razón. Por eso no me tienen en cuenta. La tontería es enemiga de la literatura.

—Lo último ya en este aspecto, sus ideas religiosas, ¿le han podido afectar también negativamente?

—Eso seguro, lo de mis ideas religiosas ha sido terrible. Fíjate cómo hoy día están dando premios a personas que, en fin, para mí, no valen demasiado, pero son gente que está en la cuerda actual. El porqué no lo sé, pero que a mí me ha hecho mucho daño el ser religiosa, daño desde el punto de vista literario, por supuesto.

Pero yo nunca he impuesto mi religión, nunca en mis libros, lo que pasa es que he obligado a reflexionar, eso sí, pero nunca imponiendo. Eso ha sido una merma muy fuerte.

—Y desde el mundo académico, ¿piensa que la tienen también algo olvidada?, pues no la han nombrado Académica de la Lengua ni la consideran para Premios como el Cervantes o el Príncipe de Asturias.

—Cuando era joven me dolía que nadie me tuviera en cuenta para merecer alguna de esas tres distinciones. Ahora ya no pienso en ellas. Las perspectivas rutilantes desde la vejez son únicamente “pequeñas lucecitas” proclives a apagarse en cuanto uno se echa a morir.

—¿Le interesan a usted los premios? ¿O le han interesado alguna vez? Se lo pregunto porque se ha presentado a muchos a lo largo de su trayectoria, ganando los más importantes.

—En efecto, me interesaban porque los premios garantizaban cierta publicidad y servían para atraer a los lectores.

 

Los inicios

—Lo que es clara es su vocación, más de 50 años desde que publicó su primera novela, Primera mañana, última mañana. ¿Cuándo sintió la llamada de la literatura y por qué empezó a publicar ya tardíamente?

—Me casé muy joven. Tuve cinco hijos y yo me ocupé mucho de ellos. A pesar de todo, desde que era niña nunca dejé de escribir.

Mis primeras novelas eran sólo tanteos. Se publicaban pero como es lógico no eran buenas. Por eso no figuran en mi currículo.

Cuando mis hijos empezaron a ser mayores y ya no precisaban tanto mi apoyo como madre, dudé entre estudiar Filosofía y Letras o desarrollar una novela que tuviera cierta calidad literaria.

Opté por lo segundo y escribí Primera mañana, última mañana. Tardé seis años en darla por terminada. La crítica fue muy buena.

No obstante cuando la terminé, tuve la impresión de que ya no podría escribir otro libro porque en aquella novela “lo había dicho todo”.

Me equivoqué. Y continué escribiendo.

—¿Recuerda algún hecho que la empujara a escribir de niña? ¿Si, por ejemplo, sus padres la motivaron a ello?

—Sí. Mis padres eran grandes aficionados a la literatura. Sobre todo les atraían mucho las novelas francesas. Durante las horas de las comidas, siempre hablaban de los libros que leían. Y cuando me hacían regalos, nunca faltaban los libros. Pero a parte de ellos, nadie en la familia ni el ambiente que me rodeaba, parecía interesarse por la literatura. De ahí que mis principios fueron difíciles. Lo pasé muy mal. De hecho yo no encajaba en ningún ambiente. Por eso cuando empecé a publicar, lo hice con seudónimo. Era una forma de liberar mis obras de una personalidad determinada proclive a crear mal ambiente al enjuiciar mis escritos.

—¿Qué lecturas la marcaron en la infancia y más tarde? ¿A qué autores de la historia de la literatura admira? Y ¿cuáles le han podido influir? Quisiera sugerirle algunos nombres para que usted me diga si le interesan: franceses como Víctor Hugo o Vercors; rusos como Dostoievsky y Tolstoi; americanos como Faulkner; entre los españoles, Cervantes o los de nuestra mística; y me parece importante Zweig.

—En mi obra La palabra escrita traté de explicar que, ante todo, aunque de un modo informativo (no escuetamente literario) todo escritor debe leer los clásicos. Algunos están vigentes, otros se han convertido en verdaderos “plomos”. Pero ignorarlos es crear un vacío grande en los que se notan atraídos por la vocación literaria.

Los tiempos cambian y “los modos se modifican”. De ahí que la literatura exija no apoyarse solamente en lo que “se ha leído” sino en los cambios que la vida experimenta. Y eso se aprende fácilmente leyendo a los clásicos.

Sin duda en mi infancia me marcaron mucho las obras de Andersen, Grimm, Selma Lagerlöf (premio Nobel), James Matthew Barrie y muchos relatos sobre Pinocho publicados por la editorial Calleja.

Cuando tenía veinte años leí con fruición El Quijote. Me impresionó muchísimo. Las consecuencias que extraje de aquella lectura, las he reflejado en La palabra escrita.

Por aquella época leí todos los libros que Vd. menciona.

Más tarde leí a Zweig, Vercors, Somerset Maughan, Agustín de Foxá, d’Ors, Graham Green, Curzio Malaparte, Axel Munthe, y muchos más que me abrieron infinidad de puertas hacia la verdad de la vida literaria.

Actualmente considero que el mejor escritor que ha tenido España en el siglo XX es José María Cabodevilla. Murió hace dos años pero, aunque pocos han saboreado su lectura, a mi juicio ningún escritor actual lo ha superado.

—Se puede decir que, con los años, ha llegado usted a tocar prácticamente todos los géneros: la novela, el cuento, el ensayo, la autobiografía, los artículos periodísticos, el reportaje y hasta ha hecho crítica. ¿Por qué se decidió usted, frente a los otros géneros, por escribir novelas?

—Lo que me motiva de verdad es la novela. En ella cabe todo: desde fragmentos autobiográficos, políticos, sociales, filosóficos, líricos y muchas otras probabilidades que bien encauzadas sirven para construir ese edificio tan especial que denominamos novela. Es decir: vida.

—No sé si nunca ha pensado en escribir poesía, pues sus obras rezuman un gran lirismo.

—¿Para qué escribir sólo poesía cuando un relato bien hecho entraña siempre grandes dosis de lirismo?

—En cambio, creo que cuando empezó sí que escribió una obra de teatro, ¿cómo recuerda la experiencia en este género con La heroína de Betulia? Creo que estuvo apunto de abandonar la literatura por las críticas que recibió.

—Fue una experiencia muy dolorosa. Pero tuve un consuelo increíble gracias a un autor que yo personalmente no conocía pero que admiraba mucho: Enrique Jardiel Poncela.

Me escribió una carta que conservo como oro en paño. Pese a mi fracaso, él creyó en mí como escritora. Gracias a él y a Eugenio d’Ors (otro gran amigo que conocí ya muy tarde) me vi con fuerzas para enderezar mi vocación y escapar para siempre de mi hundimiento vocacional.

—He oído que en sus inicios colaboró mucho en la radio y en la televisión, ¿es esto cierto?

—Me pedían pequeños artículos sobre distintos temas que yo realicé muy a gusto durante mucho tiempo.

—Tiene varias obras, según he podido comprobar, publicadas en los años cuarenta, ¿por qué nunca se refiere a éstas?, ¿las ha descartado acaso?

—Sí, las he descartado por malas. Entonces yo vivía inmersa en grandes dudas literarias. No era todavía una verdadera escritora. Era sólo una “vocación” flotante que aún no sabía escribir.

Para colmo de males, yo era catalana y aunque nunca mi familia me habló en catalán, descubrí que mi castellano era muy deficiente.

Yo tuve la suerte de encontrar dos maestros que me enseñaron a pulir el idioma. Aprendí mucho de ellos.

—¿Es importante para usted que el estilo de sus obras sea cuidado y literario?

—Para mí es importantísimo que la prosa sea digna y correcta. Mis dos profesores entonces fueron Julia Abuín del Corral y el Sr. Ortega (en aquella época corrector de estilo de la Editorial Planeta) cuya amabilidad me permitió durante mucho tiempo presentarme en su casa para departir con él sobre el idioma español. No hay que olvidar que yo soy catalana y que en Cataluña se habla un español muy deficiente, pobre y sobre todo cargado de catalanismos. Aquellas clases me ayudaron mucho a desconfiar de nuestros modismos equivocados que en mi tierra consideran correctos. No obstante mis mayores apoyos posteriores siempre fueron los dos tomos escritos por María Moliner, cuyo talento y tenacidad no supieron valorar los señores de la Real Academia. ¡Qué gran mujer se perdió el mundo literario cuando falleció! Y ¡cuántos Académicos actuales habrán recurrido a ella para escribir como Dios manda!

—¿Y por qué decidió escribir en castellano y no en catalán toda su obra?

—Porque yo toda mi vida he hablado en castellano, en mi familia hablábamos todos en castellano, me casé con un hombre que hablaba en castellano, y en aquella época, todo el mundo hablaba el castellano al margen del catalán, incluso durante la República. El catalán se hablaba en ambientes industriales o en algunas familias que por supuesto no desconocían el castellano. Durante la guerra tampoco se hablaba el catalán, no porque estuviera prohibido, sino porque tanto las calles como los títulos de las tiendas y como todo, la República consideró que debía seguir manteniendo el castellano. Esto no quiere decir que el catalán estuviera prohibido. Todo aquel que quisiera expresarse en catalán, nunca fue amonestado, al contrario. Los estudios se impartían en castellano. Por eso yo, aunque hablo el catalán, no lo domino y me dediqué a escribir en castellano.

—¿Cree que no se habla bien el castellano?

—En Cataluña no se sabe hablar en castellano correcto. Creemos que lo hablamos bien, pero lo hablamos muy mal. Por eso muchos correctores de Editoriales catalanes, la pifian cuando corrigen.

 

La época: la guerra civil y la dictadura

—La guerra civil siempre ha sido un tema recurrente en los escritores que la vivieron. Quisiera saber si, en su opinión, es importante en el conjunto de su obra, pues es verdad que aparece en el argumento de muchos de sus libros.

—Yo viví a fondo el horror de la guerra. ¿Cómo no iba a reflejar ese horror en mis obras? De no haberlo hecho, mis novelas serían simples marionetas proclives a caer en frivolidades cotidianas sin peso específico ni una lógica serena.

—¿Cómo la vivió usted? y ¿cómo la recuerda ahora, con el paso del tiempo?

—El recuerdo lo llevo incrustado tanto en la mente como en el corazón. Yo tenía diecinueve años cuando la guerra empezó. Llevaba poco más de un año casada, tenía un hijo de tres meses y esperaba otro. Tuvimos que exiliarnos porque nos querían matar. Mi padre, aunque era republicano declarado, también corría peligro porque era empresario.

No obstante cuando intentó refugiarse en la España de Franco, lo metieron en la cárcel por sus ideas republicanas. ¿Cómo obviar tanta incongruencia? Imposible. Fueron tres años horribles. Recuerdo que yo pensaba siempre: “la guerra me está robando años”. Creo que fue la guerra lo que acumuló vejez a mi juventud.

—En mi opinión su visión del ser humano no es muy optimista, ¿está de acuerdo con esto? y ¿cree que le ha podido influir la guerra civil en esto?

—En efecto: pudo influir. Pero también influyeron muchas otras cosas que pueden atentar contra el ser humano. Confiar en la amistad, en la bondad y en tantas cosas positivas es muy bueno pero sin olvidar que somos vulnerables y que lo bueno pude tener fecha de caducidad. El tiempo me ha enseñado que no hay peor enemigo que un amigo o amiga venida a menos.

—Sin embargo, todos los escritores dicen que la postguerra fue aún peor que la guerra, ¿está de acuerdo?, ¿cómo la recuerda usted?, ¿cómo era vivir entonces en España?

—Como se recuerda un sueño grato que al despertar nos hiere.

—Ha habido quien la ha tildado de franquista, siendo esto mentira, ¿no es cierto que en obras, como en Una mujer llega al pueblo y Vendimia interrumpida, usted se propuso, precisamente, hacer una denuncia de la dictadura?

Una mujer llega al pueblo la escribí para señalar los estigmas de un régimen que no me gustaba. No obstante traté de cambiar mi mensaje situándolo en un pueblo de la Costa Brava y disfrazando la tragedia que expongo con situaciones entre grotescas, jocosas y divertidas.

Lo absurdo del caso es que la premiaron y en cuanto la leyeron los censores de la época, la prohibieron desde la primera página hasta la última.

Afortunadamente el editor francés Robert Laffont la contrató antes de ganar el premio porque su asesor la había leído y le pareció interesante. Y eso alegué cuando la prohibieron en España, para que los censores cambiasen de opinión. Al final decidieron tachar algunos párrafos y la permitieron.

La obra se publicó en muchos países europeos, en África y en Estados Unidos.

Si alguien puede leerla ahora, se dará cuenta de que mi denuncia a la dictadura era evidente.

En Vendimia interrumpida no tacharon ni una frase. Los censores no entendieron el mensaje.

—Además sufrió usted la censura casi constantemente.

—Casi todas mis obras menos La Gangrena fueron tachadas. La Gangrena no lo fue porque su edición coincidió con las postrimerías del Dictador. Se editó en octubre y Franco murió en noviembre.

—Hábleme de La sinfonía de las moscas, obra que no publicó en treinta años.

—Se trataba de una obra esperpéntica situada en el Barrio Chino. Me dijeron que su publicación era imposible. Treinta años después se publicó en Planeta y Ángel Mª de Lera la presentó en Madrid.

—¿Se ha sentido usted unida a los escritores de su época? Lo digo porque los críticos nunca han sabido ubicarla en ninguna clasificación.

—Me he sentido unida a todos y a ninguno en particular, salvo a José María Cabodevilla. Él para mí fue siempre un autor especial. Cuando yo fui Directora Literaria de la Editorial Plaza Janés, le pedí que me permitiese editar una obra suya. Pero no fue posible. Estaba comprometido con otra editorial.

—¿Con qué escritores coetáneos a usted se queda por su admiración y calidad. Le digo algunos: Eugenio d’Ors, Camilo José Cela, Carmen Laforet, Miguel Delibes, Josep Pla, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Antonio Prieto, etc.?

—Son muchos pero vamos a destacar a algunos. Empezaré por las mujeres: Carmen Martín Gaite, Ana Mª Matute, Carmen Rigalt, Begoña Aranguren, Covadonga O’Shea y algunas más que en estos momentos no recuerdo.

En cuanto a los hombres: Eugenio d’Ors, Agustín de Foxá, Alfonso Ussía, Antonio Prieto, Juan Eslava Galán, Raúl Guerra Garrido, Mario Lacruz, Miguel Delibes, y no sigo porque la lista sería demasiado larga.

 

Las novelas

—En el ensayo La palabra escrita expone su sistema para escribir novelas, ¿en qué consiste y cuál es su secreto?

—Eso es lo que he intentado, porque me han preguntado muchas veces: “¿Cómo hace sus novelas?” “¿Por qué tienen ese gancho?” A fuerza de años he ido descubriendo, yo creo, que este sistema mío es el que sirve para enganchar a un lector.

Por ejemplo, yo siempre hago muchas versiones de mis libros, generalmente tres, menos de tres no hago ninguna, pero no para cambiar lo que he dicho, sino para cambiar cómo lo he dicho. Sobre todo las cien primeras páginas nunca sirven, mejor dicho, sirven para tener un apoyo, pero no para publicar.

Hay muchos escritores que escriben lo primero que se les ocurre y el libro se cae de las manos, porque no somos dioses y entonces al no ser dioses, no podemos acertar a la primera. Yo no digo que no haya autores que realmente no acierten, como por ejemplo George Simenon, que escribía un libro en veinticuatro horas, pero él era un genio. En cambio, yo no soy un genio ni la mayoría de los escritores lo son. Tendremos buenas ideas, pero esas ideas hay que masticarlas, hay que dosificarlas, ponerlas en el lugar adecuado, construirlas, medirlas; todo eso en una primera versión no se puede hacer porque sacamos de la nada.

Ahora bien, una vez tenemos los hechos de todo lo que se quiere decir más o menos o cómo se pretende explicar, eso sí que sirve, pero no todo, únicamente parte de ello. A lo mejor lo que se pone al principio, hay que ponerlo al final; lo que estaba en la mitad debe situarse al principio. En resumidas cuentas: yo creo que la novela es como la construcción de un edificio. Así lo digo en el libro.

—Me gusta mucho la metáfora que emplea para definir el proceso de una novela como el de la construcción de un edificio.

—Algunas veces también he defendido a las novelas como si fueran esculturas. Al principio todo es una masa de barro con intentos de figura. Lo importante es colocar cada relieve en su lugar. Darle formas adecuadas y situarlas con el mayor esmero posible.

—Precisamente, la antigua dicotomía entre si la literatura es inspiración o trabajo, usted parece optar siempre por la segunda.

—La inspiración creo que debe existir en la poesía. Yo no soy poeta y entiendo poco de poesía, pero la admiro mucho. La poesía sí que tiene que salir del corazón, del instinto y de la inspiración; pero la novela no.

En la novela hay mucha parte de artesanía y mucha parte de arte, o sea, tiene que dosificarse todo y adecuarse en el momento preciso. Por eso, yo siempre digo que los autores de novelas cuando escribimos con el corazón generalmente la erramos; de ahí que la inspiración me dé un poco de miedo. Yo cuando he escrito unas páginas inspiradas al día siguiente las he tenido que tirar, porque no me sirven, porque están hinchadas de inspiración, de ilusiones, pero están equivocadas.

Lo verdaderamente eficaz, es escribir con la cabeza como si se escribiera con el corazón, pero nunca al revés. Es decir con el corazón como si se escribiera con la cabeza; por algo nos llaman intelectuales.

Naturalmente me refiero a las novelas, no a la poesía. La poesía es un género distinto.

—En este ensayo hace una distinción muy afortunada entre idea e ideología, ¿podría explicársela brevemente a los lectores?

—Sí claro. La idea es una cosa y la ideología otra. La idea es cuando se quiere exponer algo que interese para la trayectoria del libro. En cambio la ideología, supone exponer e imponer un sistema.

Esa ideología hay que mermarla, apartarla, porque obliga al lector a que piense como el autor, y eso no es lícito. Si queremos que el lector realmente participe de lo que el autor piensa como ideología, se tiene que hacer de una manera sinuosa y procurando que el lector se sienta enganchado en la novela y reflexione. Reflexionando se puede convencer, sin reflexionar no; por eso imponer, a mi juicio es un error.

—¿Cree que su obra es ideológica o no?

—No, yo tengo mi ideología pero procuro que sirva para todas las ideologías, o sea, procuro no imponer, es lo que te he dicho antes. Yo no impongo, nunca, ni siquiera en La palabra escrita impongo, sólo expongo lo que yo hago, pero eso no quiere decir que yo tenga razón, ni muchísimo menos.

—Para usted en una novela, ¿el argumento debe ser sólo el rodrigón del tema?

—En efecto. A mi juicio el argumento es casi siempre secundario. Lo esencial está en lo que ese argumento pretende dar a entender y que, a su vez, no aburra al lector.

—Muchas de sus novelas tienen algún tema de actualidad, como el divorcio, los malos tratos, el terrorismo, la pedofilia o la prostitución ¿es conveniente incluirlos en las novelas?

—Yo lo que hago es siempre buscar algún tema actual. Lo que pasa es que lo tengo que poner en épocas distintas por exigencias del guión, como dicen ahora. Lo que nunca hago es describir cosas que pueden herir al lector, o sea, herir la susceptibilidad del lector es algo que me molesta. Yo procuro que, aunque escriba de una forma que sea muy cruda, jamás haga daño a nadie.

Pero si expongo esos temas es porque existen. Me sirvo de ellos para alertar al lector. Nunca para ensalzarlos.

—A veces por la dureza del tema y de la descripción da la impresión de que sus historias son muy crudas, ¿es usted consciente de ello?, ¿tiene esto algún objetivo?

—Nuestra existencia también es cruda. Basta abrir el periódico del día para percatarnos de que nuestra existencia no es un colchón blando, sino un alud de problemas cada vez más espeluznantes.

—Suele decir que le molestaba que los críticos dijeran, cuando empezó, que sus novelas se basan únicamente en la clase de la burguesía catalana.

— Al principio lo decían porque yo comencé escribiendo una novela muy fuerte sobre la burguesía catalana, La Gangrena, y ya decían desde entonces, porque no leían mis libros, que yo escribía sobre lo mismo. Nada más tengo tres obras sobre la burguesía catalana, las otras nada tienen que ver con los ambientes burgueses,

—En cuanto a la autobiografía, que en la actualidad está en boga en los estudios literarios, usted dice que no le gusta que aparezca en la narrativa.

—Sí. Yo he sido directora de una editorial importante, Plaza & Janés, y muchas veces me mandaban libros que yo veía en seguida que eran autobiográficos. No voy a citar nombres, pero realmente se notaba que lo que a ellos les importaba era explicar lo que sentían. Parecía que por sentirlos ellos interesaba a todo el mundo, y no.

La autobiografía es muy peligrosa. Solamente hubo una persona que hizo una autobiografía muy buena, de mucho éxito y que fue muy buena escritora: Carmen Laforet con Nada. Pero, desgraciadamente, en la segunda que escribió, que también era autobiográfica, aunque cambiando, porque se convirtió y se hizo religiosa, ya no supo explicarlo tan bien como lo hizo con su novela Nada

Nada fue el único caso, que yo conozco, de una obra autobiográfica realmente buena.

Yo, desde el principio, procuré nunca meterme en autobiografías. La gente no sabe nada de mí a través de mis libros, pero nada, absolutamente nada. Mi vida es una cosa y la literatura otra.

Ahora bien, todo lo que escribo siempre tiene un viso de realidad, o sea, algún detalle, alguna fracción de historia, algún suceso, alguna conversación. Sí, eso puede estar sacado de la realidad, pero siempre esporádicamente. Y a lo mejor, lo que le ha pasado a un hombre lo pongo en una mujer; lo que le ha pasado a un niño lo pongo en una mujer o en un hombre. Nunca expongo algo auténtico y exacto, siempre intento disfrazar la realidad con la ficción.

—¿Fue por esta razón por la qué escribió el libro Derribos y el artículo “Pequeñas memorias de un Cadaqués perdido”, dos obras que sí son autobiográficas?

—Tanto Derribos como “Pequeñas memorias de un Cadaqués perdido”, más que autobiografías de mi infancia son pequeños brotes de un sinfín de momentos (tanto privados como generales) que se extraviaron en el gran vacío de un futuro que ya es presente.

—La relación de sus novelas de ficción es muy larga. No sé si tiene preferencias por alguna de ellas, ¿usted escogería un libro de toda su producción literaria?

—No, porque son todos hijos míos. Algunos más afortunados que otros, otros más enclenques que otros, otros muy gordos, otros muy delgados, pero los quiero a todos.

—Y es usted muy prolífera, pues últimamente publica cada año una nueva obra.

—Más que prolífera es que trabajo mucho, o sea, yo me siento delante de la máquina todos los días, a veces para escribir artículos, a veces para programar conferencias.

—¿Qué le sugiere ahora su primer título Primera mañana, última mañana?

Primera mañana, última mañana me sugiere la idiosincrasia de un ser humano que se adelantó a su tiempo y hoy es ya pura realidad.

—¿Y Más allá de los raíles, que formó parte de una colección de clásicos contemporáneos?

Más allá de los raíles trata de describir dos hechos: La obsesión enfermiza que se desea olvidar (en este caso lo sitúo en una niña que persigue al protagonista) y la barbarie que ese hombre puede experimentar cuando escapa a los límites de la ética y de la civilización (en este caso reflejado en los raíles de un tranvía).

—Los que sí lo tienen claro son los lectores que prefieren La Gangrena. Es uno de los grandes éxitos de venta de la historia de la literatura en nuestro país, ¿esto le halaga o, por el contrario, le subleva porque a lo mejor oscurece otros títulos suyos?

—No creo que La Gangrena sea mi mejor novela. Quizás sea la más completa y documentada de mis obras. Su éxito de venta no avala su importancia. Si tuvo tanto éxito fue porque el Premio sirvió para divulgar su existencia.

Por supuesto no me subleva que se ignoren otras novelas mejores. Pero me duele que las editoriales las dejen morir sin dar a mis lectores la ocasión de leerlas. Pero desgraciadamente el sistema que hoy día se utiliza en las Editoriales, consiste en mezclar “uvas con agraces” y cuando ya han hecho su agosto con las publicaciones, deciden eliminar la obra, sea cual fuere su calidad, sin darle oportunidad al autor de percibir liquidaciones plausibles.

—Una de sus últimas novelas, La conversación, ha sido clasificada de best seller. En ella llevó a cabo una crítica al mundo editorial actual.

—Porque el mundo editorial ha cambiado muchísimo. Desde luego para las editoriales el sistema que se utiliza ahora supone un gran beneficio, pero para los escritores constituye un verdadero desastre. En principio mezclan éxitos extraoficiales, o sea, éxitos de la vida que se refleja en la prensa rosa con novelas auténticas, bien hechas y trabajadas, y cuando esos libros se saturan o ya no constituyen novedades, fuera. Se suprimen y se dejan morir. Eso antes no ocurría. El editor tenía un fondo editorial importante que duraba años. No obstante hoy día, cuando las novelas ya han cumplido el tope de lo que se le ha adelantado al autor y en la editorial han conseguido ya beneficios importantes, el libro en cuestión se desmorona, se oculta y se descataloga. Sin embargo la editorial continúa teniendo los derechos por si acaso. Yo últimamente he tenido que recurrir al abogado para aclarar ciertas anomalías que me parecían fraudulentas. Y no me equivoco. Actualmente las editoriales, a los autores más o menos reconocidos, ni hacen ni dejan hacer, ya que como se quedan con los derechos del libro que han eliminado, el autor jamás percibe liquidaciones.

—Y con El último laberinto ha obtenido el Premio de Novela Fernando Lara 2004, háblenos de ella.

—Tiene muchas lecturas y estoy satisfecha porque he tenido el premio, pero me costó mucho escribirla. Hice hasta tres versiones y fue muy difícil. Al principio la había llamado En los tiempos actuales, pero luego me di cuenta de que no podía ser por una razón, porque hay una muchacha soltera que tiene una hija y en los tiempos actuales eso no es problema; pero en la época de Franco sí que lo era. Tuve que cambiarlo y salió bien.

—Usted últimamente no se presentaba a premios, ¿por qué decidió hacerlo ahora?

—No, yo pensaba que ya no me presentaría a un premio. Si lo hice fue para tener una excusa para salir de la editorial donde últimamente editaban mis libros, ya que la editorial en cuestión estaba atravesando un caos muy grande. Nadie sabía que me había presentado, ni siquiera mis hijos. Tuve la suerte de ganarlo, pero mi idea era salir de la otra editorial, porque sabía que, aunque no ganase el premio, iban a editar mi obra.

—No puedo dejar de preguntarle por su nueva novela Entre la sombra y la luz.

—Según ciertos profesionales es mi obra más lograda. Yo no lo sé, pero de lo que no tengo dudas es que ha sido escrita desde mis noventa años. Llevo mucho tiempo enferma, pues durante siete meses tuve fiebres muy altas y los antibióticos me han venido muy mal. Por eso de todas mis obras ésta es la que más me ha costado escribir. A veces tenía fiebres altas y creía que no podría terminarla. Como soy creyente confiaba en que Dios me ayudaría y me ha ayudado.

Aunque nunca he tenido Agente literario, en la actualidad International Editors’ Co se ocupa de gestionar mis publicación. Yo ya no me veo con ánimos para lidiar con los editores. Tengo muchos años y estoy muy cansada.

—En cuanto a los personajes de su obra narrativa, algunos protagonistas acaban haciendo lo que deben, ¿concibe la literatura como representación de acciones ejemplares?

—No todas acaban como deben, por ejemplo, El secreto de las flores acaba fatal.

—Pero sí que algunas. Estoy pensando en obras como Adagio confidencial, El volumen de la ausencia o El último laberinto.

—Sí, es mi forma de exponer, vagamente, con muy poca consistencia, pero para que quede en la mente del lector, mi ideología; pero yo no la impongo, la expongo.

—Tengo mucho interés en el personaje de la madre que aparece en muchas de sus obras, ¿qué representa?

—La madre, en todas las obras del mundo, como no sea completamente anormal, tiene que querer con locura a sus hijos.

—Pero parece que es el punto de referencia de ellos, les recuerda la moral y les enseña el buen camino.

—En efecto, hay algunos libros en que expongo algo parecido a lo que me planteas, porque la experiencia tiene gran peso en la vida.

—¿No hay nada autobiográfico en este personaje?

—Nada, nada; en ninguna novela mía. Hay cosas que me han ocurrido, cosas que han ocurrido a los demás y que yo las he visto, cosas que me han explicado, pero mi vida no está en mis novelas, nunca.

 

Finalidad de la literatura

—Usted diferencia entre los libros positivos y los negativos, ¿en qué consiste esa diferencia?

—Los positivos son aquellos libros que nos transmiten mensajes, ideas, realidades ocultas, esperanzas, poesía, proyectos; todo lo que de algún modo puede enriquecernos.

Los negativos son aquellos libros que sólo sirven para entretener.

—Quisiera saber aunque a lo mejor no me la puede decir la razón de por qué escribe usted.

—Desde niña tuve la necesidad de explicarme a mí misma las incongruencias, los desafueros y los desatinos que yo percibía en mi entorno. Como fui la pequeña de cinco hermanos, siempre estuve con muchas personas mayores. Vi sus problemas, sus sufrimientos, sus desengaños, sus incomprensiones y mil cosas más que no entendía. Quizás empecé a escribir para entenderlas. Y una vez entendidas, transmitir a los lectores mis conclusiones.

—Para reflejar tan bien al ser humano, ¿hay que haber vivido mucho? ¿Cree que la experiencia es importante en un novelista?

—La experiencia es importante para todos. No sólo para el novelista. El que no se aprovecha de su experiencia buena o mala, no vive. Sólo flota.

Pero yo creo que más que vivir mucho, hay que pensar mucho, y reflexionar mucho. Cuando yo era joven no tenía la experiencia que tengo ahora y mis libros también cuajaban; lo que pasa es que quizá de otra manera, pero cuajaban.

Mira mi primera obra importante, bueno no sé si es importante, pero la primera obra que tuvo un relieve fuerte, o sea, Primera mañana, ultima mañana de 1955 tardé seis años en escribirla, hice no sé cuantas versiones porque no estaba conforme, consultaba y me documenté muchísimo.

—¿Qué opina usted que es necesario para ser un buen novelista?

—La soledad es imprescindible y también la paciencia. Hay que estar solo y hay que tener paciencia, mucha y no pensar que lo primero que hacemos está bien. Lo primero que se escribe nunca está bien

Yo te podía citar autores que tienen mucha fama, mucha, no te diré los nombres, cuyos libros se me caen de las manos, porque escriben lo que les pasa por la cabeza sin meditar razonando y dan como excusa que la novela tiene que cambiar y tiene que ser así.

La novela siempre tiene que tener una historia que contar, aunque sea breve. Yo siempre pongo por ejemplo una novela que tuvo un éxito grande cuando yo era joven, El silencio del mar. Es una novelita corta y no pasa nada, pero es tan magnífica que se hizo una película, fue un best seller, sé conoció en el mundo entero, y era una novelita que apenas tenía ochenta páginas. No es cuestión de que sea grande o pequeña, sino de acertar en la forma de escribir.

—Aunque ya sé que sus obras no tienen nada autobiográfico, la muerte de su hijo Miguel, ¿ha podido quedar reflejada de alguna manera en su obra? Pienso en El declive y la cuesta o Vendimia interrumpida.

—Tiene razón Vendimia interrumpida fue una historia basada en un relato verídico que me contó mi hijo Miguel, poco antes de morir.

También influyó mi dolor de madre cuando escribí El Declive y la Cuesta. Asimismo la personalidad de mi hijo (no su historia) se refleja en mi novela La estación de las hojas amarillas.

Su personalidad siempre me influye. Era un ser excepcional. Cuando lo perdí, creí morir de pena.

Luego he dado gracias a Dios por habérselo llevado ¡Cuánto dolor se ha ahorrado!

Además, aunque yo lo supe muy tarde, los últimos tiempos de su vida, fueron ejemplares. Tenía 21 años cuando se fue.

—Creo que el peor momento de su vida fue el fallecimiento de su hijo. Dígame, ¿qué significó para usted? y ¿cómo lo recuerda?

—Hubo dos fases. La primera se hinchó de dolor, de rebeldía, de desesperación. Busqué consuelo humano pero no lo encontré.

La segunda fue cuando busqué a Dios. Desde entonces (hace ya 49 años) dejé de llorar por mi hijo. Lo echo de menos pero tengo la seguridad de que pronto volveré a estar con él.

Todo dolor potencia el intelecto. Por eso continué escribiendo. A él le hubiera gustado que escribiera. De todos mis hijos, era el que más se identificaba con mis aficiones artísticas.

Él también era artista. Me apoyaba, me ayudaba, me arropaba hasta el punto de encuadrar mis artículos y los colgaba en su estudio.

Era pintor. Murió con su maestro.

—Estuvo usted diez años sin escribir, ¿a qué se debió?

—Si el dolor potencia la mente, los problemas la emborronan. Durante diez años todo fueron problemas para mí y mi familia. No volví a escribir hasta que los problemas se fueron disolviendo.

—¿Cómo desea usted que la recuerden las futuras generaciones de lectores que se acerquen a su obra, como lo hacemos las de ahora?

—No creo demasiado en la memoria humana. Así lo he constatado en la última página de mi obra Desde la dimensión intermedia. Cincuenta años después de la muerte del protagonista, alguien cita una calle que lleva su nombre, pero ignora cuál era el personaje que mereció el honor de verse perpetuado en dicha calle y también desconoce cuál fue la profesión que le permitió ser tan importante.

De hecho yo no lo soy y jamás he imaginado que alguien fuera capaz de recordarme. Si alguno lo hiciera, le doy permiso para que piense de mí lo que le apetezca. De este mundo espero poco. Muy poco.

—Quisiera, por el honor que tengo de entrevistarla, hacer algo que estoy seguro que me agradecerán todos sus lectores: en primer lugar, quería agradecerle las horas de reflexión que me han proporcionado sus libros de manera que he entendido más la vida y al ser humano y, en segundo lugar, quería felicitarle porque no dejara usted de escribir, por sus más de 50 años en la literatura y esa nueva novela que saldrá en breve.

—Gracias, querido amigo, por esta entrevista tan sugerente, atenta, inteligente y respetuosa que me ha hecho. A mi edad esos detalles se agradecen mucho, sobre todo porque yo no soy una figura relevante entre los intelectuales de altura.

Mi único aval consiste en haber cumplido noventa y un años. Duele pensar que ni siquiera se acordaron de mi noventa cumpleaños los mandamases de mi editorial. ¡Si supieras la felicitación que me enviaron! Huelga decir que aquel día me subió la fiebre. Afortunadamente existen personas amables y sensibles como tú. Por ello renuevo mi agradecimiento que extiendo también a todos aquellos que le han secundado para realizar este homenaje.

 

[Este artículo pertenece al volumen HOMENAJE A MERCEDES SALISACHS: MÁS DE CINCUENTA AÑOS EN LA LITERATURA http://www.ucm.es/info/especulo/msalisac/index.html]

© Antonio Ayuso Pérez 2008

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/msalisac/epilogo.html


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