RELEVANCIA FRENTE A RETÓRICA:
REIVINDICACIÓN DEL ARTE DE HABLAR


Dr. Joaquín Garrido Medina
Catedrático
Departamento Filología Española III - UCM

 


    Índice
    Resumen

  1. Introducción: De nuevo arte de hablar

  2. Retórica frente a relevancia

  3. La poesía y las implicaturas débiles

  4. Implicaturas débiles que no lo son

  5. La interpretación obligatoria

  6. La ambigüedad en el texto

  7. Interpretación poética y tipo de texto

  8. La garantía de la interpretación

  9. Conclusión: El discurso en sociedad
    Bibliografía


 

Resumen

Como crítica a las figuras retóricas, la teoría de la relevancia defiende que la interpretación, de naturaleza inferencial, consiste en la búsqueda de sentido que lleva a cabo el destinatario. En su lugar, se propone que la interpretación está diseñada por el emisor y se reivindica así de nuevo el arte de hablar, teniendo en cuenta las relaciones entre la interpretación y el tipo de comunicación en que ocurre.

 

1. Introducción: De nuevo arte de hablar

La teoría de la relevancia ha invertido los términos del análisis retórico clásico: del orador y su actuación para conseguir los fines retóricos propone que pasemos al oyente o lector que busca optimizar la inversión de entender los enunciados. Como una suerte de reivindicación de la tradición retórica, la crítica de este planteamiento repone el protagonismo del orador, que diseña su discurso de modo que produzca los efectos adecuados. En lugar del planteamiento de coste y beneficio, que explica la interpretación poética como premio del esfuerzo de comprensión, el análisis propuesto rechaza la existencia de ideas sometidas a la imaginación del oyente o lector. Las ideas sobrentendidas en un texto se deben a cómo está hecho el texto: son el premio del autor a su esfuerzo, que permite obligar al lector a seguir los pasos que él le ha trazado por las palabras de su discurso.

La tradición retórica vuelve también en el sentido de que el arte de hablar no busca solo o primordialmente efectos estéticos, sino también y sobre todo efectos prácticos. En el análisis propuesto, quien toma la palabra diseña su discurso contando con los conocimientos que sus palabras van a requerir para ser entendidas: representa información en el texto, en el tipo de discurso elegido, según la idea que tiene de su oyente, de la capacidad y del modo de entender que tenga, que no es sino reflejo de la suya propia. El uso de la lengua vuelve a ser un arte de hablar, cuya utilidad se explica y se entiende de modo que, también, sea susceptible de ser enseñada y aprendida.

 

2. Retórica frente a relevancia

La obra de Fontanier (1830) 'Les figures du discours' no mejora la 'Institutio oratoria' de Quintiliano, en opinión de Sperber y Wilson (1990, 5), que a su vez ofrecen una nueva concepción de las figuras, en el marco de su teoría de la relevancia. Tras rechazar la consideración de las figuras como ornamentos, proponen mantener la idea del significado literal e integrarla, juntamente con la del efecto retórico, en el nuevo concepto de "efecto cognoscitivo". En las premisas y conclusiones contextuales del proceso de interpretación, distinguen Sperber y Wilson (1986, 4.4 y 4.6) entre implicaturas fuertes y débiles. Las implicaturas fuertes están completamente determinadas, mientras que las implicaturas débiles forman una amplia gama de la cual es menos responsable el hablante o escritor. Consideran así el estilo como diferencia no tanto de significado como de cantidad de ayuda que se da al oyente o lector para poder reconstruir el sentido. Estos autores no tienen en cuenta otros enfoques que relacionan el adorno con la utilidad retórica (cf. Albaladejo 1989, cap.6.2) o la actual tradición de las figuras (cf. Mayoral 1994, cap.1); presentan una explicación de las figuras y del estilo en el marco general de los problemas que se dan en la interpretación inferencial del discurso.

Aceptemos como aportación esencial de esta teoría precisamente el carácter de interpretación inferencial que tiene el discurso. Para el texto literario, y sobre todo el poético, esta manera de ver las cosas parece acertada: el lector busca optimizar la relevancia de lo que lee, y para ello va seleccionando en su universo cognoscitivo las ideas que, empleadas como contexto, den lugar a los máximos efectos poéticos (Trotter 1992 y Pilkington 1992 aplican y desarrollan este planteamiento de la obra literaria). Es semejante al enfoque de Jakobson (1960): la estructuración del poema guía en la obtención de efectos poéticos (por ejemplo, según Escandell 1994). Lo poético es un fenómeno cognoscitivo, un tipo de representación en la mente del lector, propone Pilkington (1992). Veamos uno de sus ejemplos, para invertir los términos del análisis.

 

3. La poesía y las implicaturas débiles

La interjección y la repetición (la figura de la epizeuxis, cf. Mayoral 1994, 109) en (1a) "no añaden nada en absoluto al significado" de (1b) pero convierten las palabras en "la expresión de una emoción" y, por tanto, "eminentemente poéticas", según Alexander Smith, en su ensayo sobre 'La filosofía de la poesía' de 1835 ('The philosophy of poetry': "add nothing whatever to the meaning ... the expression of an emotion ... eminently", según cita Pilkington 1992, 38).

(1)

 
a. Oh Absalom, my son, my son!

b. My son Absalom/ Mi hijo Absalom.

Esta concepción de la cita bíblica ('Samuel' 18, 33; 19, 4) nos sitúa ante el dato fundamental del estilo, o de la retórica como la palabra fingida, según la califica Laborda (1993, 15) apoyándose en Barthes (1985): al hecho se le añade la emoción, y la independencia con respecto al hecho puede llegar incluso a la ficción, con fines artísticos o prevaricadores.

Notemos que la traducción (2a) dirige las palabras de David a su hijo muerto, 'hijo mío', mientras que (2b), 'mi hijo', las dirigiría a un espectador que contemplara la escena. Ello se debe a la diferencia entre el carácter predicativo, de atribuir una propiedad, de 'hijo mío', sintagma sin determinante (el posesivo pospuesto no lo es); frente al carácter referencial, identificador de un ser de la realidad, que tiene 'mi hijo', con determinante (posesivo antepuesto). El diálogo iniciado por el vocativo se continúa así de manera que el total de (2a) sea una apóstrofe al hijo muerto.

(2)

 
a. ¡Oh Absalom, hijo mío, hijo mío!

b. ¡Oh Absalom, mi hijo, mi hijo!

Según el análisis de la relevancia, la manera en que está formulado el hecho (3a), con la interjección y la repetición, da lugar a que el lector busque entre sus conocimientos, que le sirven de contexto, suposiciones débiles como (3b), es decir, ideas relacionadas con el enunciado pero que no necesariamente se tienen en cuenta para interpretarlo.

(3)

 
a. Absalom es el hijo de David.

b. Suposiciones acerca de la relación y los sentimientos
existentes entre David y Absalom, padre e hijo.

Como estas ideas dadas a entender (implicaturas débiles) están llenas de emoción, teniendo en cuenta los datos contextuales de la lucha entre padre e hijo, el amor paternal y la muerte que tiene Absalom, la expresión es poética, porque evoca, según Pilkington (1992, 48), las emociones de la pena profunda, de la ira de David hacia sí mismo y de su arrepentimiento.

El resultado del análisis es incontrovertible (se expresan tales emociones), pero puede ser que a este resultado del pasaje bíblico se llegue de otra manera. La clave de la explicación anterior, como la de los propios Sperber y Wilson, radica en que los efectos poéticos son implicaturas débiles, resultados de hacer óptimamente relevante el enunciado. La repetición, en términos de Pilkington (1992, 39), "anima a explorar más el contexto que ya está activado, y a hacer prominentes implicaturas ya manifiestas débilmente"; en términos de Sperber y Wilson (1990, 21), "indica al oyente que el hablante está prestando atención a una representación (más que a un estado de cosas)". Estas palabras recuerdan, respectivamente, a las conocidas ideas del significado connotativo de Barthes y a la función poética que orienta hacia el mensaje mismo, de Jakobson. Lo nuevo es la explicación mediante las implicaturas débiles.

 

4. Implicaturas débiles que no lo son

Como recordatorio de la diferencia entre implicaturas débiles y fuertes, servirá un ejemplo poco poético:

(4)

 
a. X: ¿Un cigarrillo?

b. Z: No fumo.

c. Los que no fuman no quieren cigarrillos.

d. Z no quiere un cigarrillo.

La suposición contextual (4c) es fuerte, en el sentido de que es imprescindible para hacer relevante lo que se expresa mediante (4b) como respuesta a (4a). El efecto cognoscitivo, el efecto contextual es (4d): es una implicatura fuerte. Sería débil, por ejemplo, (5b), producto de buscar más entre los conocimientos acerca del asunto, y encontrar (5a), suposición contextual más débil, en el sentido de que no se está tan seguro acerca de ella, y de que no se accede a ella obligatoriamente:

(5)

 
a. Los que no fuman no quieren que se fume en su presencia.

b. Z no quiere que X fume.

La idea de que el interlocutor no quiere que se fume en su presencia (5b) es una mera conjetura. La realidad de la comunicación es que es necesaria una pista para que (5a) entre en juego; se trata más bien del siguiente proceso:

(6)

 
a. Algunos no fumadores no quieren que se fume en su presencia.

b. Z es del grupo (6a).

c. Resultado de (6a) y (6b): Z no quiere que X fume.

Un gesto de disgusto o simplemente una llamada de atención mediante la expresión de la cara o mediante la entonación contrastiva de (7) bastan para que el interlocutor se dé por enterado de (5b):

(7)

 
a. NO fumo.

b. YO no fumo.

Primera idea que nos aleja de la relevancia -actual- y nos acerca a la retórica -clásica-: de la orientación hacia el oyente o lector que centra la interpretación en su búsqueda de relevancia, volvemos a la orientación hacia el hablante, el orador o autor que diseña su discurso para que sea interpretado como él propone y decide. La comunicación funciona porque la interpretación es obligatoria, según la calcula el hablante. La interpretación de una respuesta como (8a) a la pregunta (4a) es la idea representada lingüísticamente por la expresión (8b) -llamada explicatura por Sperber y Wilson- y las ideas a que da lugar como (8c) y (8d), las implicaturas:

(8)

 
a. Z: YO no fumo.

b. Z no fuma.

c. A diferencia de otras personas, Z no fuma.

d. Z no quiere un cigarrillo.

e. Z no quiere que X fume.

La idea representada en (8c) es la que se suele atribuir a la construcción de foco como (8a). Pues bien, la interpretación (8b-e) de (8a) es obligatoria. No hay ideas dadas a entender de manera floja, implicaturas débiles. En la interpretación (4b-d) de (4a) no se da a entender nada de manera débil, floja, menos segura; otra cosa es que el interlocutor X piense que, además de no querer fumar, Z estará molesta por el humo. Puede o no pensarlo, pero no ha habido comunicación lingüística de esa idea.

 

5. La interpretación obligatoria

En general, a diferencia de la explicación de la relevancia mencionada, el oyente no busca el contexto que haga relevante a la idea representada en el enunciado, sino que la integra en su universo cognoscitivo de la única manera que encuentra, y que la propia expresión le ayuda y le obliga a encontrar. Todo esto ocurre si el hablante calcula bien los conocimientos de su oyente.

La consecuencia es que, cuando tiene éxito el uso de la lengua, hay la obligación de ver las cosas del modo que el hablante o autor obliga a verlas: el oyente o lector tiene que recuperar los datos contextuales y construir los textuales (las ideas representadas) de manera que llegue a la interpretación que ha construido el hablante o autor para su texto.

El proceso es inverso al propuesto en la teoría anterior: se trata de partir de algo que expresar, una cierta información, y calcular qué hace falta decir y qué hace falta dar a entender para cumplir los fines que se persiguen. Para ese cálculo de lo sobrentendido hay que tener una imagen mental del interlocutor: hay que saber de qué conocimientos e ideas dispone para abordar la comprensión, la interpretación, del texto que le ofrezcamos (o le impongamos). En segundo lugar, como reivindicación si necesaria fuere de la retórica clásica, hay que saber cómo imponer el proceso de interpretación mediante pistas lingüísticas que, más que pistas, sean señales de obligado cumplimiento. Más que la garantía de que cualquier comunicador racional pensaría que el enunciado es óptimamente relevante para el destinatario (que proponen Sperber y Wilson 1986, 3.8, 166), cada oración del discurso tiene un autor, un hablante, que es quien de hecho la ha diseñado para un cierto tipo de oyente o lector, para un público. Los términos se invierten: quien garantiza la relevancia (y se puede equivocar) es el hablante o autor, y para ello calcula los conocimientos de su público, oyente o lector.

Recordemos brevemente a Quintiliano (III, 5, 1):

(9) Todo discurso consta de aquello que es significado y de aquello que significa, esto es, de asuntos y palabras.

La cita lleva a Albaladejo (1989, 3.1, 47) a proponer para todo texto un mundo referencial, un asunto o materia vinculado a la invención retórica, frente a un mundo verbal, propio de la disposición retórica, que es la estructura de sentido del texto. Consideremos ahora los "asuntos", "aquello que es significado" también como mundo del que se habla, pero que está en nuestras cabezas, y que corresponde en mayor o menor medida al mundo de ahí afuera, de afuera de ellas. (Ese mundo de los hechos es tan tozudo que acaba entrando en nuestras cabezas, por duras que sean.)

Los mundos son ahora el de la representación cognoscitiva del hablante y del oyente, por una parte, y el de la representación de información en el texto, por la otra. Ambos, o los tres, como en una sala de espejos, se reflejan mutuamente, y reflejan la realidad de ahí fuera, el mundo del que se habla.

(10)

 
a. universo cognoscitivo del hablante

b. representación en el texto

c. universo cognoscitivo del oyente

Esta realidad de tres componentes se cierra en uno solo: el texto recoge, además de representar una cierta información, el contexto imprescindible -por tanto fuerte en el sentido anterior- para ser interpretado. El hablante o autor lo hace a imagen y semejanza del lector que se imagina tener, o de la idea que tiene del oyente que está ante él. El texto es así marca que deja el proceso constructivo del autor o hablante y pista que recorre el oyente o lector, pista del proceso que pone en marcha el oyente o lector. Las características de las expresiones lingüísticas en el texto no son directamente representaciones de información, sino instrucciones para representarla.

 

6. La ambigüedad en el texto

Este cambio de orientación desde la persona que interpreta (oyente, lector, público) a la que diseña la interpretación (autor, hablante, orador) plantea cuestiones de crítica literaria: ¿no hay ambigüedad en los textos? ¿no añaden lectores ulteriores mejoras que el propio autor no pudo prever? Busquemos las respuestas para los dos tipos de ejemplos mencionados.

En los ejemplos de conversación (4) y (8) no hay ambigüedad, ni el interlocutor entiende más de lo que el otro comunica. La expresión 'no fumo' no es ambigua entre una petición de que el otro no fume tampoco y un cortés rechazo a la invitación de fumar. La expresión 'no fumo', como hemos visto, representa en (4a) el rechazo, sin añadir nada más, y es compatible con la información adicional de la expresión contrastiva de (8a), es decir, con (8c). Pero la construcción de foco en (8a) por sí misma no representa (8e), 'Z no quiere que X fume', sino que su información representada (8c) se pone en relación con el dato de que la única otra persona presente es el interlocutor 'X', de modo que 'Z' está refiriéndose a él, es decir, de modo que resulta (8e). ¿Por qué se pone en relación? Porque cuando un hablante construye una expresión de foco, para interpretarla hay que construir un dominio de cuantificación, en este caso el conjunto de quienes sí fuman, y para construirlo hay que hacerlo a partir de los datos del universo cognoscitivo creado en el discurso. Por ejemplo, si 'X' y 'Z' comparten una historia de insistir a una tercera persona en que deje de fumar por razones de salud, el dominio de cuantificación será esa persona, y no 'X', y lo dado a entender podría ser algo así como que 'Z' sí que atiende a las razones de salud que esa tercera persona descuida al fumar.

En general, no hay ambigüedad sino contribución menor de lo que hubiéramos pensado por parte de la expresión lingüística: hace falta otro dato para que quiera decir más, es decir, para que haya lo que parecería ambigüedad. El principio general es que cada pieza del conjunto, cada expresión del texto, no es ambigua puesto que se complementa con datos de ese conjunto al que pertenece: las palabras no son ambiguas en el texto ya que la interpretación del texto en su conjunto determina su propia interpretación. Las palabras son incompletas, en este sentido. En lugar de la ambigüedad aparece la dependencia del contexto: toda unidad representa información no por sí sola sino como parte de una unidad de representación mayor, que le sirve de contexto.

 

7. Interpretación poética y tipo de texto

En el ejemplo bíblico anterior, las implicaturas no son débiles, en el sentido de que requieran mayor trabajo cognoscitivo que las fuertes. Si se esmera uno más en interpretar es porque está dispuesto a ello: el modo en que Pilkington propone el ejemplo nos lleva a tomarlo como texto poético. Tenemos que interpretarlo con cuidado por ser poético, y, al mismo tiempo, permite que se interprete así porque está hecho con cuidado.

En (10a), además de la información representada (10b), hay mucha más:

(10)

 
a. ¡Oh Absalom, hijo mío, hijo mío!

b. Absalom es el hijo de David.

Pensemos en la situación de (10a): David está ante Absalom muerto. La interjección 'oh' no solo sirve para expresar emoción: es una palabra desusada apropiada para textos religiosos o poéticos (más exactamente, poéticos, sean religiosos o no). Nos obliga (11a) a la interpretación cuidadosa, propia de los textos importantes. El resultado es (12a), la intensidad de la emoción representada. Además, David se dirige a Absalom (11b): Absalom está muerto, pero le expresa que sigue siendo su hijo (11c). El resultado es que (12b) David sigue considerándole su hijo a pesar de todo lo ocurrido, y (12c), que está arrepentido. Todo ello da a entender (12d): la pena profunda de David.

(11)

 
a. Interjección: David expresa emoción.

b. Vocativo: David se dirige a Absalom.

c. Repetición: David insiste en tratar a Absalom de hijo suyo.

(12)

 
a. La emoción de David es intensa.

b. David considera a Absalom como hijo a pesar de su rebelión.

c. David está arrepentido.

d. Pena profunda de David ante la muerte de su hijo.

Nada de lo anterior es débil en el sentido de que de ninguna manera se pueda prescindir de ello para entender la frase en cuestión (10a). Lo que no está limitado es la cantidad de información que hay que poner en juego, pero su naturaleza y que hay que usarla es algo claramente obligado. Abordamos la expresión con la actitud y las estrategias que ponen en marcha el tipo de interpretación mencionado. Del mismo modo, el juego con la propia palabra pasa a ser central en ciertos tipos de comunicación poética. En otros términos, la poesía consiste en modos característicos de interpretación, de manera tal que en la tradición (o en la modernidad) literaria se llega a hacer de la posibilidad de la interpretación difícil (de su necesidad) virtud (naturaleza): pasa a ser comunicación escrita (deja de ser oral) y se constituye a partir de un universo cognoscitivo que es la propia tradición literaria, (todos) los otros textos.

 

8. La garantía de la interpretación

El análisis del coste de procesamiento frente al beneficio de los efectos cognoscitivos falla aquí de otro modo, además de por la razón de que las ideas dadas a entender no son implicaturas débiles, más o menos débiles, sino ideas con seguridad implicadas contextualmente. Se trata de que el placer estético no consiste en explorar una y otra vez sino simplemente en entender: el proceso es instantáneo, llegamos a la emoción o no llegamos, pero inmediatamente.

Esta es la verdadera garantía de la comunicación: el interlocutor tiene la impresión, la certeza, de haber entendido lo sobrentendido. Cuando no la tiene, sabe que algo falla. Y así llegamos a otro aspecto de la interpretación: hay casos en que el hablante o autor busca la oscuridad, la imprecisión, lo que en la lengua común (a diferencia de en el análisis lingüístico) se llama ambigüedad. Es más, en la tradición literaria, se desarrolla la experimentación, la búsqueda y, como en otras artes, el deseo de epatar al burgués, más todavía si es consiguiendo además nuevas vías de conocimiento. El análisis anterior de la búsqueda de relevancia a través de las implicaturas débiles recuerda demasiado al crítico literario que repasa y desmenuza una y otra vez el poema para sacarle más jugo. (Y está muy bien que lo haga, pero no es esta actividad la que se lleva a cabo al disfrutar la poesía.)

No hay burros flautistas en la poesía (o pasan al olvido): si son posibles nuevas interpretaciones es porque el oficio de la poesía no es la naturaleza de la conversación. Se trabaja con manos artesanas el material de la palabra, que, recordemos, es simultáneamente palabras y asuntos. Si tomamos un segmento de discurso como texto, le atribuimos, le añadimos, una cantidad enorme de información. Al mismo tiempo, cuando un hablante decide expresarse en un tipo de texto, añade mucha información a lo que dice: en términos más exactos, no necesita decirlo todo expresamente, sino que apoya lo dicho en la información correspondiente al tipo de texto.

 

9. Conclusión: El discurso en sociedad

El ejemplo de (10a) está en sociedad: no aparece aislado, como aquí, acompañado de disquisiciones librescas, sino en un libro, el libro por excelencia para la tradición bíblica. El discurso es siempre texto, tipo de texto (o género), desde el más espontáneo, la conversación, la narración, hasta el que requiere más oficio, como la canción, la poesía, o la física. El discurso no aparece aislado, sino como forma de comunicación en sociedad, como texto. Esta puesta en sociedad nos dice cómo leerlo, y al mismo tiempo hizo posible, cuando se puso en sociedad por primera vez, la manera en que está escrito, en que se escribió.

Esta manera es el estilo: decisión de cómo tratar la información en la lengua, inseparable de las palabras mismas que lo constituyen. Esta decisión, tenga o no éxito, se toma en el marco de un cierto tipo de comunicación, es decir, abrigada en un género o tipo de texto (véase ahora al respecto Garrido 1997, 211-256). La primera gran diferencia se produce entre los textos orales y los escritos. Como entidad histórica, el tipo de texto va variando según se modifican los modos de comunicación lingüística. La decisión de cómo tratar la información obligatoriamente empieza por la elección (si es posible) o la adaptación del hablante al tipo de texto (si está decidido fuera de su voluntad). También en el discurso quedan las huellas de esta opción por un género: más bien, el discurso se conforma en texto como estilo y como género, simultáneamente. A nuestra tradición debemos la viveza de los géneros antiguos, y a nuestra modernidad la transformación que les imponemos, a costa en ocasiones de su identidad. Estilo, tradición, modernidad: palabras que van más allá de su retórica.


Bibliografía

Albaladejo, Tomás. 1989. Retórica. Madrid: Síntesis.

Barthes, Roland. 1985. "La retórica antigua. Prontuario". En La aventura semiológica. Barcelona 1990: Paidós.

Escandell, Ma. Victoria. 1994. "La noción de estilo en la teoría de la relevancia". Foro Hispánico 8, 55-64.

Fontanier, Pierre. 1830. Les figures du discours. París 1969: Flammarion.

Garrido, Joaquín. 1997. Estilo y texto en la lengua. Madrid: Gredos.

Jakobson, Roman. 1960. La lingüística y la poética. Sebeok 1960, 123-73.

Laborda, Xavier. 1993. De retòrica. Barcelona: Barcanova.

Mayoral, José Antonio. 1994. Figuras retóricas. Madrid: Síntesis.

Pilkington, Adrian. 1992. "Poetic effects". Lingua 87, 29-51.

Quintiliano, Marco Fabio. s.I. Institutio oratoria. Instituciones oratorias. Madrid 1987: Hernando.

Sebeok, Thomas A. (Coord.) 1960. Estilo en el lenguaje. Madrid 1974: Cátedra.

Sperber, Dan/ Wilson, Deirdre. 1986. Relevance. Oxford: Blackwell. Relevancia. Madrid 1994: Visor.

Sperber, Dan/ Wilson, Deirdre. 1990. "Retórica y pertinencia". Revista de Occidente 115, dic. 90, 5-26.

Trotter, David. 1992. "Analysing literary prose: The relevance of relevance theory". Lingua 87, 11-28.


Publicado en T. Albadalejo, E. del Río y J. A. Caballero (editores), Quintiliano: Historia y actualidad de la Retórica. Actas del Congreso Internacional. Logroño 1998, Instituto de Estudios Riojanos, páginas 577-587.


 


© Joaquín Garrido Medina 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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