Editorial


La polémica sobre el acceso
a los contenidos en la Red

En los últimos meses se ha renovado la tradicional polémica sobre una red abierta o si esta debe estar centrada en los contenidos de pago, es decir, cerrada, con accesos restringidos a aquellos usuarios capaces de comprar las informaciones ofrecidas.

La reapertura del debate es una consecuencia directa del denominado "pinchazo de la burbuja de Internet" y de la crisis en la que se han visto sumidas las empresas que se lanzaron a la red como si fuera un nuevo Eldorado.

En lo que respecta a España (puede hacerse extensivo a otros ámbitos), deberíamos hacer memoria de la trayectoria recorrida en los últimos siete años. Cuando, por ejemplo, los periódicos españoles se decidieron a entrar (algunos de mala gana) en la red pensaron que podrían ofrecer sus materiales de forma gratuita durante seis meses y, a continuación, restringir el acceso mediante el pago. Como todos sabemos, este paso fue imposible. Solo algunas empresas han restringido parte de sus materiales o archivos. El temor a que, al convertirse en medios de pago, se perdiera gran parte de la audiencia ha hecho frenarse en lo que entendían como una necesidad imperiosa para salir de los números rojos que la red gratuita les causa. Ahora anuncian de nuevo su intento de recurrir al pago como forma de acceso a los contenidos.

Creo que, para poder entender el caso, debemos separar claramente tres casos distintos: 1) las publicaciones privadas y comerciales exclusivamente digitales; 2) las publicaciones privadas impresas que tiene duplicado digital en la red; y) las publicaciones de carácter público o institucional.

En el primer caso, es obvio que su carácter comercial les obliga a la obtención de un rendimiento económico a sus inversiones. Para ellos, la publicación es un negocio del que esperan obtener una rentabilidad. La forma en que decidan hacerlo es cosa exclusivamente suya: publicidad, suscripciones, etc. La apuesta por la publicidad implica que los demás apuesten por ti, es decir, que sean los anunciantes los que consideren rentable invertir en cada medio. La lucha de cada medio por lograr una calidad que lo haga atractivo para los lectores y, por ende, para los anunciantes es fruto del esfuerzo empresarial de cada uno de ellos.

El segundo caso es más complejo porque estos medios entienden que se hacen la competencia ellos mismos. No solo tienen que luchar por superar a otros medios, sino que, señalan, la consulta de sus publicaciones digitales dificulta la extensión de la propia publicación impresa (o incluso la reduce). Esto es cierto a medias. Los periódicos impresos son locales; sus versiones digitales son globales. Los periódicos suelen ofrecer las cifras generales de accesos, pero no suelen revelar la distibución internacional de sus lectores. Esto tiene una explicación: los anunciantes suelen ser locales. Por poner un ejemplo: solo el 19% de los lectores de Espéculo durante el mes de octubre han llegado a la revista desde España. El resto se reparte entre 94 países. Solo los lectores de USA y México ya superan a los españoles. ¿Qué publicidad es la que se debería incluir? Si la red es global, lo es para todo. La forma en que los medios puedan resolver esta cuestión es la pregunta del millón y deberían centrarse en ella. Sobre todo porque el "problema" se trasladará al intento de cerrar los contenidos y convertirlos en objeto de pago. Además, a diferencia de lo que sucede con el medio impreso, en la red unos son "lectores de periódicos" y otros son "lectores de noticias" y esto no es una sutileza, sino un factor esencial.

Creo que todavía no se ha hecho una reflexión seria sobre lo que la red supone desde esta perspectiva y esto, en gran medida, es la causa de tantos desastres y disparates como hemos venido observando en los últimos años. Conceptualmente se siguen barajando ideas y métodos que pertenecen al mundo de los medios locales, con audiencias definidas espacialmente. Todo el sistema sigue girando sobre una convivencia espacial de medio, anunciante y audiencia: el medio genera una audiencia sobre la que puede actuar la publicidad de los anunciantes y recuperar su inversión a través del consumo estimulado. La red no puede funcionar así por el simple hecho de la dispersión espacial de las audiencias. La publicidad puede ser rentable cuando el porcentaje de accesos local es lo suficientemente grande como para garantizar la efectividad local del anunciante. Y esto, probablemente, solo se cumpla en los medios excesivamente locales que, por definición, suelen ser pequeños, y en aquellos que, por el contrario, poseen grandes audiencias equilibradas, tanto local como globalmente. En este último caso, la audiencia local tiene que ser muy amplia y permitir la rentabilidad de la inversión publicitaria. Hoy por hoy, este caso solo se da en el país con mayor número de conexiones: USA.

Por concretarlo en un ejemplo: si un medio tiene un millón de lectores, de los que solo cien mil son de su propio escenario local, es poco rentable desde el punto de vista de la publicidad. Si con el mismo millón de lectores, estos se reparten al cincuenta por ciento entre locales y globales, la rentabilidad de la inversión es mayor, ya que a los anunciantes solo les importan los accesos que se producen dentro de su ámbito de presión/consumo. Conseguir este equilibrio es uno de los objetivos que solo pueden conseguirse con un mayor desarrollo de las infraestructuras locales. Y eso no depende de los medios.

En el tercer caso, el que nos atañe como revista, el de las publicaciones institucionales, entendemos que el carácter abierto de los contenidos es fundamental por diferentes causas. En primer lugar, los objetivos de las instituciones públicas educativas son diferentes a los de las empresas privadas. Su fin no es lucrativo, sino docente e investigador. Esto implica que el objetivo de su trabajo no es el esteticismo investigador (la investigación por la investigación), sino la investigación para la mejora social. Desde una concepción igualitaria y niveladora de la educación, como debe corresponder a las instituciones públicas, cualquier limitación en el acceso a la investigación es una forma de segregación, discriminación, etc., en el acceso a la cultura. Los medios impresos académicos son tradicionalmente restringidos por sus precios, tiradas y distribución, además de suponer una fuerte carga para las propias instituciones como editoras y para las bibliotecas universitarias como compradoras. Por eso es importante que las publicaciones electrónicas académicas cumplan ese papel difusor que rompa el aislamiento de la producción universitaria, negativo para las propias instituciones, para los investigadores y, sobre todo, para la sociedad misma que las financia.

Por todo ello, es importante distinguir los objetivos sociales y culturales de los económicos. Las empresas se mueven en el ámbito de lo comercial, por más que puedan tener también sus objetivos culturales, y sus problemas son otros. Las universidades públicas, aunque también estén sujetas a los aspectos económicos y a sus penurias, no deben renunciar a su vocación formadora y a la extensión general de la Cultura y la Ciencia.

Los que, tras el fracaso de la publicidad como forma de financiación, apuesten por la restricción de los accesos mediante pago deberían sopesar bien las causas y los efectos, no sea que unas explicaciones demasiado simplistas se vuelvan contra ellos.

Joaquín Mª Aguirre
Editor


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