Palacio Valdés
y la construcción literaria de un sacerdote


Juan José del Rey Poveda
I.E.S. Valle Guerra (Tenerife)


 

   
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Para Oroncio Luis Dorta.

 

La construcción de personajes sacerdotes fue un asunto interesante para los escritores realistas y naturalistas durante las dos últimas décadas del siglo XIX. Recordemos creaciones tan importantes como el Magistral don Fermín de Pas, en La Regenta (1884-1885) de Clarín, o Nazarín, en la novela del mismo título (1895), de Pérez Galdós, o del mismo autor el sacerdote enamorado de Tormento (1884). Por su parte, Palacio Valdés en La Fe (1892) creó al Padre Gil, un personaje complejo y atormentado.

La Fe plantea un problema importante: la pérdida de la fe (de ahí el título de la novela, lo cual nos indica que es lo fundamental) y su recuperación, después de mucho sufrimiento, por parte de un sacerdote, el P. Gil. En la sociedad española de finales del XIX este era un tema muy delicado, pues la Iglesia era bastante intransigente y veía todo desde su punto de vista. Por eso esta novela de Palacio recibió algunas malas críticas.

Los escritores realistas se dieron cuenta de la importancia de crear personajes sacerdotes debido a ser unas figuras relevantes en la sociedad contemporánea. Es decir, eran un elemento indispensable para retratar aquel momento histórico. Ya había una larga tradición literaria (pensemos en El Lazarillo, por ejemplo) del sacerdote como personaje de ficción, pero ahora los sacerdotes son más de carne y hueso, y se les describe con sus virtudes y vicios. Nuestro objetivo con estas páginas es analizar la construcción de un sacerdote en una novela realista -La Fe-, dentro de un espacio de ciudad pequeña y en un ambiente cultural pobre.

Como no podía ser de otro modo, al comienzo de la obra se hace una descripción física del P. Gil, cuyo hermoso aspecto causa la admiración de las beatas del lugar. La descripción tiene lugar cuando canta misa por primera vez. Leámosla: “El nuevo presbítero era casi un niño por la apariencia: los ojos azules, profundos y tristes, la tez blanca y nacarada como la de una dama, los cabellos rubios, el cuerpo delgado y esbelto. La emoción le tenía ahora muy pálido: esto hacía aún más interesante su fisonomía espiritual” (26)1. Este aspecto físico provocará malas consecuencias al sacerdote, sobre todo el enamoramiento de Obdulia y la envidia que algunos compañeros clérigos sienten hacia él. Varias páginas más adelante se insiste en su belleza: “su hermosa cabeza rubia semejaba la de un querubín. Las damas le contemplaban extasiadas” (47).

En seguida, el narrador cuenta el terrible pasado -los antecedentes- del P. Gil. De su padre heredará “sus sentimientos honrados y su carácter apacible” (29), rasgos que le alejan del modo de ser de los otros clérigos de Peñascosa. A este respecto, J. L. Alborg comenta que el nuevo sacerdote “ha de enfrentarse con el clero rural, ignorante, zafio, vulgar, que gobierna la vida de la aldea”2. Al morir el padre ahogado en el mar, la madre quedará en una pésima situación económica, lo cual ocasionará que comenzara “a pasar hambre y su hijo también” (30). Como no puede trabajar por estar enferma, decide suicidarse y se lanza, junto con su hijo, a un precipicio. Pero el pequeño se salva y es recogido por varias señoras, que pagarán su crianza. Por tanto, nuestro personaje era “hijo del ahogado y la suicida” (34). Estos orígenes parece que dan mal agüero. De hecho, Gil no recuerda ni piensa nunca en esta desgracia cuando es adulto.

Así pues, los rasgos de su personalidad son la honradez y el carácter pacífico. A ellos hay que añadir su amor al trabajo y su bondad. Respecto a esta última característica, J. Campos piensa que “ocupa un papel importante en Palacio Valdés hasta el extremo de envolver hombres y acciones dando un tono general a su obra. [...] A la bondad, como muestra constante de ese espiritualismo de que hablaba en su introducción, se debe, en gran parte, su distanciamiento del naturalismo que desde otros puntos de vista le tentaba”3. La bondad es, además, un elemento estructural importantísimo en La Fe, porque actúa como antítesis a la sociedad de Peñascosa. El P. Gil se encuentra solo frente a todos los demás personajes, únicamente su ama de llaves y doña Eloísa tienen su mismo carácter. Frente a unos personajes dominados por la envidia y el materialismo, el sacerdote encarna otra forma de vida.

Como bien dijeron los naturalistas franceses, un personaje está unido e influenciado por el espacio en el que vive, que incluso es un personaje más, normalmente agresivo y peligroso. El nombre del pueblo -“Peñascosa”- connota claramente dureza (”peñas”) e inhumanidad (“cosa”). Por tanto, sus habitantes tendrán lógicamente estas dos características. También sus vecinos están dominados por el orgullo, la hipocresía y la envidia, entre sí y contra el pueblo vecino (Sarrió). Por todo esto, nuestro protagonista, definido como “místico” (60), no se siente allí a gusto y recela del lugar: “Hubiera preferido marcharse a regentar una parroquia rural. El trato mundanal le producía penosa impresión: para él Peñascosa, con su casino, sus cafés y tertulias, era un centro de frivolidad, por no decir corrupción” (61). El espacio, pues, también será un enemigo de nuestro sacerdote. Entonces, está claro que ha de tener graves problemas.

No consciente de los peligros y siguiendo su naturaleza, el P. Gil comenzará una vida entregada a la religión. Antes hemos hablado de su personalidad, ahora vamos a continuar señalando otros rasgos de ella. Uno de los adjetivos que definen a nuestro personaje es “ingenuo”. Este rasgo le ha de ocasionar muchos sinsabores, porque no se dará cuenta de las trampas que le tenderán otros personajes nada ingenuos, como el P. Narciso (fíjense qué antropónimo tan motivado, “el que sólo se mira a sí mismo”, a sus propios intereses) y Obdulia, que son quienes más daño le ocasionarán. El P. Narciso se valdrá de sus influencias para arrebatar el cargo que interinamente desempeña Gil. Y, hecho más grave aún, declarará contra él en el juicio. No es un personaje cristiano y representa a esa iglesia decimonónica que vive de cara al exterior, dogmática, intolerante. De ahí que Clarín en la crítica que hiciera a La Fe señalara: “La España actual no sólo no es un país religioso, sino que es un país donde toda gran idealidad se convierte en abstracción, donde todas las grandezas espirituales se cristalizan en el hielo de fórmulas oficiales, académicas, eclesiásticas, según los casos”4. Palabras certeras las de Alas, que señalan el problema de la religión a fines del XIX. Por su parte, I. Román también insiste en que “La Fe (1892) puede entenderse como novela de tesis. De manera muy similar a lo expresado con respecto a Marta y María , [...] Palacio insiste en que no pretendió vituperar la fe, la religión ni la auténtica vocación, sino la falsedad de determinados religiosos y sacerdotes más preocupados por la vida mundana que por el ejercicio de su ministerio”.5

El personaje de Obdulia es especial, inquietante. Representa una religiosidad fanática, extrema, de una época medieval. Y esto unido a un carácter caprichoso, extravagante, egoísta. Pasa del amor al odio con suma facilidad (esto es algo llamativo para el lector). Los castigos físicos a los que se somete son espantosos, desmesurados, sádicos, igual que su loco amor por el P. Gil, a quien violenta amorosamente. Es un carácter insano, enfermizo, desequilibrado. Su declaración en el juicio será calculada paso por paso y sólo busca la venganza, ya que el sacerdote no la quiere como amante. Ella pertenece a ese tipo de personajes femeninos fuera de toda normalidad, como el de Emma Valcárcel en Su único hijo, de Clarín, o Isidora, en La desheredada, de Galdós. De ahí que La Fe haya sido definida como “un relato angustiante”6 y, sin duda, el lector así lo percibe.

Un punto que nos parece fundamental, porque le lleva a dudar de la existencia de Dios, es el saber intelectual del P. Gil, que era muy escaso en el momento de ordenarse sacerdote7. Al Seminario de Lancia, en el que estudió Teología, no le interesaban ni los estudios científicos ni los filosóficos. La ciencia daba miedo porque podía cuestionar la religión. La España finisecular no lograba conciliar ciencia y fe, aunque intentos no faltaron. Para las mentes abiertas y progresistas, se trataba “de separarse del doctrinarismo intransigente y avanzar hacia nuevas posiciones armonizadoras que permitieran la plena incorporación y desenvolvimiento del intelectual católico en los intensos procesos de institucionalización de la ciencia que se desarrollaban en los Estados liberales europeos durante el último tercio del siglo”8. Sabedor del valor de la ciencia y la filosofía, el padre lee libros que le prestará un personaje angustiado y muy humano, rechazado por la sociedad bien pensante de Peñascosa por su ateísmo y misantropía. Después de mucho leer y meditar, y de mucho dialogar, ni la ciencia ni la filosofía le dan al Padre Gil lo que necesita. Y entonces vuelve a una fe sin dudas, total, en el Dios cristiano.

Los planteamientos intelectuales que se debaten en la novela, el retrato de sacerdotes nada evangélicos, las dudas del protagonista provocaron que La Fe fuese “fuertemente atacada en su época. Desde las páginas del periódico La Época y La España Moderna se censuró el contenido de la misma, pues se la tachaba de obra inmoral e impía”9. Sucedía que la mayoría de la Iglesia y de los intelectuales no admitían ni dudas de fe ni los nuevos saberes científicos. En esta situación, nuestro sacerdote es moderno, pues inicia un recorrido intelectual por voluntad propia y llega a la fe sin imposición de nadie, sólo a través de sus lecturas, meditaciones y conversaciones con Montesinos. Únicamente dos personajes como don Álvaro y el P. Gil podían dialogar, ya que los dos se sentían apesadumbrados en un grado máximo.

Frente a sus compañeros sacerdotes, que no se cuestionan nada ni avanzan intelectualmente, nuestro personaje se preocupa y evoluciona. En este proceso sufrirá aislamiento y penas. Gil es, de esta manera, un intelectual porque lee y piensa, actividades poco ejercitadas entre los personajes de la novela. Palacio Valdés y los escritores realistas estaban luchando por ampliar la cultura y crearla. Recordemos a Clarín: profesor, escritor, conferenciante, gran lector. Lo mismo Pérez Galdós o Pardo Bazán u otros nombres. La cultura del momento despegaba gracias a estos escritores comprometidos y a los pocos científicos que había.

Volviendo a la caracterización de nuestro sacerdote, queremos decir que el hecho de ser místico y serio produce que sea envidiado por sus compañeros. Cuando acude a la reunión nocturna de doña Eloísa, su protectora, el narrador confiesa: "Reinaba cierta inquietud en la tertulia, motivada por la presencia del padre Gil, a quien ninguno de sus colegas, si se exceptúa el padre Norberto, mostraba simpatía" (99). Esto se debe a la envidia que le tienen, por ser muy superior intelectualmente a ellos y por ser mucho más piadoso y trabajador, incluso por su aspecto físico. Este carácter de los sacerdotes de Peñascosa traerá consigo enfrentamientos continuos con Gil. G. Gómez ha reflexionado sobre este asunto y ha escrito lo siguiente: "Objeto también de su acerada crítica es la situación real de la Iglesia como estructura de poder, y la falta de autenticidad y de compromiso evangélico tanto en los medios eclesiásticos como en los círculos seglares creyentes. La sincera religiosidad del autor, unida a un talante inconformista subyace a toda su obra. Un inconformismo que no tiene carácter polémico, sino que se limita a la denuncia de comportamientos y actitudes reales"10. Así pues, nos hallamos ante una novela de denuncia, con un objetivo moral clarísimo.

El narrador está de parte de Gil, lógicamente, pues su meta es contraponerlo con el resto de sacerdotes y beatas. Veamos un ejemplo: "El padre Gil, que era la rectitud personificada, quedó un instante suspenso" (111). ¿Cómo no va a estar de su lado si es el único personaje moral y cristiano? Pocos personajes de la novela son defendidos por el narrador, y ninguno como el que nos ocupa. Esta defensa del narrador se debe a su voluntad de denunciar la hipocresía, la doble moral, y la falta de la práctica de los mandamientos de Dios por parte de los habitantes de Peñascosa, tan duros de corazón como el topónimo indica. La literatura, como siempre, y más con los escritores realistas, tiene un fin ético.

Ya hace muchos años R. Altamira escribía que "la misma novela ofrece el raro fenómeno [...] de tocar un problema trascendental"11. Esto viene a cuento porque en el capítulo IV se produce un interesante diálogo entre Montesinos y nuestro sacerdote, acerca de la existencia o inexistencia de Dios y su relación con el dolor humano. El sacerdote asiste estupefacto a unos razonamientos que nunca antes había oído. En este punto, la novela se eleva intelectualmente y refleja literariamente la cuestión religiosa que preocupaba a algunos pensadores y literatos. Frente a una iglesia y una sociedad mayoritariamente corrompidas y apáticas, ancladas en un pasado aristocrático, el P. Gil, con humildad y a través de sus conocimientos va a reflexionar sobre su condición de sacerdote y se va a replantear temas de gran importancia que sus compañeros no se cuestionan. Es un asunto personal, y sólo él, en su soledad (y a veces escuchando a don Álvaro) recorrerá caminos que le conducirán a una claridad de pensamiento y, por tanto, a una salida. Las conversaciones con Montesinos son el punto de arranque para madurar ideológica y personalmente. Aunque es modesto por naturaleza, al intentar convertir a don Álvaro, se introduce en un laberinto de ideas construido con libros prohibidos por la iglesia.

También por naturaleza, siente el anhelo de leer y saber: "Dedicóse con ardor, con frenesí se puede decir, al estudio" (127). Pero la consecuencia de la lectura de libros críticos con la iglesia es que "la duda levantó su cabeza hedionda en su espíritu atribulado" (127). El desasosiego que siente es tan intenso que quemará los libros. Esta destrucción de la cultura rebaja al personaje al nivel de los habitantes de Peñascosa. Nuestro protagonista todavía no puede escapar de su rígida y monolítica formación recibida en el Seminario. Por eso actúa como un inquisidor, sin razonar lo que hace. Una especie de locura le tiene atrapado.

Además de los libros, hay algo que preocupa especialmente al sacerdote: siente que su amistad con Obdulia es peligrosa, pero no sabe por qué. El problema es que la beata está enamorada de él, pero se trata de un encaprichamiento y no de algo serio. Por culpa de su ingenuidad, nuestro protagonista no ve la tela de araña que ella está tejiendo alrededor de él. Siguiendo una estrategia, ella se introduce en la casa del sacerdote para ayudar al ama de llaves, que no la ve con buenos ojos porque sospecha algo malo. El P. Gil "sentía un vago malestar cada vez que la veía ocupándose del cuidado material de su persona. Le parecía a él que esto era rebajar el carácter de aquella amistad espiritual, formada y sostenida para mejorar sus almas, para ayudarse en el camino de la perfección" (136). Era un poco novedoso que un novelista retratara a una beata que se enamorara tan locamente de un sacerdote ingenuo. Normalmente los escritores usaban más el caso contrario: el sacerdote que se enamoraba de una mujer, fuera beata o no. Un anticipo de la desgracia que le acaecerá a nuestro protagonista por culpa de Obdulia lo encontramos en la trampa que la esposa de don Álvaro tiende a éste y al P. Gil. Esta mujer es muy astuta y engaña con su palabra al sacerdote para conseguir sus objetivos. Pero Gil no aprende la lección de que vive en una sociedad materialista e hipócrita y se fía de la palabra de muchos personajes.

Este carácter de Gil, mezcla de bondad, ingenuidad, honradez, etc., le lleva a recuperar la fe en Dios, que es el tema de la novela, justo en un momento en que va a ser condenado por la sociedad y encerrado en la cárcel, abandonado por todos, hasta por su protectora, Dª. Eloísa. Sólo su ama de llaves, mujer que analiza y siente la injusticia que se está cometiendo con él, le defenderá con valor en el juicio. Así termina el libro, con un P. Gil gigante, fortalecido por sus recuperadas creencias y sin dar importancia a las circunstancias terribles del momento.

El final de la novela tiene que ser una escena semánticamente muy significativa. Leámosla: "aparecieron dos caballeros. [...] El primero era un médico distinguido [...] El segundo, un jurista [...]. Tomóle la medida del cráneo en redondo, después la de la caja ósea que protege el encéfalo, [...] Midieron el largo de los brazos. Después el de las manos. [...] Al día siguiente aparecía en El Porvenir de Lancia, firmado por el abogado criminalista, un artículo con el título de Una visita al padre Gil. [...] terminaba con una serie de profundas consideraciones científicas [...] << [...] el padre Gil ofrece en su figura absolutamente todos los rasgos que la escuela criminal positiva asigna como peculiares a los estupradores y libertinos; es a saber: el pabellón de la oreja saliente e inserto a manera de asa, la mirada brillante, la fisonomía delicada [...], el cabello liso, el cutis mórbido, las manos muy largas y algo de afeminado en el conjunto.>>" (335-337). Este final ¿será una parodia de cierta "ciencia"? Parece que sí, porque los comentarios "científicos" del médico y del abogado yerran totalmente, ya que el P. Gil no ha forzado a Obdulia y, por tanto, no es un delincuente violador. Por otra parte, aunque la novela se desarrolla a fines del XIX, no es serio que datos como "la mirada brillante", "la fisonomía delicada", "el cabello liso", "el cutis mórbido", "las manos muy largas" y "algo de afeminado en el conjunto" sean rasgos de un violador. Por tanto, la "ciencia" del médico y del abogado es algo acientífico, sin ninguna validez. Nuestro sacerdote es un hombre honrado y sus rasgos físicos no pueden utilizarse para justificar el engaño de la malvada Obdulia. De ahí que deba entenderse irónicamente la "serie de profundas consideraciones científicas". Por el cráneo de un hombre no se puede discernir si es un delincuente o no. Por eso se ha escrito que "La desconfianza que a don Armando le produce la concepción científica del mundo propia del positivismo orientado por aquel momento hacia el materialismo, aparece claramente expuesta en La Fe. Lo que se plantea en esta obra, no es tanto la compatibilidad entre la ciencia y la fe [...] cuanto la insuficiencia del saber científico en sí mismo para dar cuenta de la existencia del hombre".12

En conclusión, el P. Gil es un personaje con el que Palacio Valdés puso sobre el tapete la imposibilidad, en su opinión, de que la ciencia y la filosofía pudieran satisfacer enteramente y produjeran una felicidad completa. Sólo la fe en Cristo se la proporcionaría al sacerdote protagonista de La Fe.

 

Notas:

[1] Las citas de la novela corresponden a la siguiente edición: Armando Palacio Valdés, La Fe. Edición del centenario. Presentación de J. L. Campal. Apéndice: A. Palacio Valdés visto por R. Altamira. Oviedo: Grupo Editorial Asturiano, 1992. Entre paréntesis ponemos la página a la que corresponde la cita.

[2] J. L. Alborg, Historia de la Literatura Española. Realismo y naturalismo. La novela. Parte Tercera. De siglo a siglo. A. Palacio Valdés-V. Blasco Ibáñez. Madrid: Gredos, 1999, pág. 239.

[3] Armando Palacio Valdés, José. (Novela de costumbres marítimas). Edición de J. Campos. Madrid: Cátedra, 1975.

[4] Leopoldo Alas <>, Ensayos y revistas. Prólogo de A. Vilanova. Barcelona: Lumen, 1991, pág. 296.

[5] I. Román Gutiérrez, Persona y forma: una historia interna de la novela española del siglo XIX. II. La novela realista. Sevilla: Ediciones Alfar, 1988, pág. 251.

[6] Historia de la Literatura Española. Tomo V. El siglo XIX. Obra dirigida por J. Canavaggio, con la colaboración de B. Darbord, G. Mercadier, J. Beyrie y A. Bensoussan. Directora de la edición española: R. Navarro Durán. Barcelona: Ariel, 1995, pág. 187.

[7] No olvidemos que era un preocupación de los escritores la denuncia de este paupérrimo nivel cultural de fines del XIX.

[8] J. Sala Catalá, Ideología y ciencia biológica en España entre 1860 y 1881. La difusión de un paradigma. Madrid: C.S.I.C., 1987, pág. 112.

[9] E. Rubio Cremades, Panorama crítico de la novela realista-naturalista española. Madrid: Castalia, 2001, págs. 624-625.

[10] G. Gómez-Ferrer Morant, "Armando Palacio Valdés en la transición del XIX al XX", Revista de la Universidad Complutense, vol. XXVIII, nº. 116, 1979.

[11] "Armando Palacio Valdés visto por Rafael Altamira", en Armando Palacio Valdés, La Fe. Edición del centenario. Presentación de J. L. Campal. Apéndice: Armando Palacio Valdés visto por R. Altamira. Oviedo: Grupo Editorial Asturiano, 1992, pág. 357.

[12] G. Gómez-Ferrer Morant: "Palacio Valdés en los años noventa: La quiebra del positivismo", en Clarín y La Regenta en su tiempo. (Actas del Simposio Internacional, Oviedo 1984). Oviedo: Universidad de Oviedo, 1987, pág. 1059.

 

© Juan José del Rey Poveda 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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