Josefina Vicens y José Ortega y Gasset
o la imposibilidad de diálogo sobre género

Oscar Barrau
University of Louisiana at Lafayette


 

   
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1. Introducción.

Un año antes de la publicación de la primera novela de Vicens, El libro vacío, apareció impreso en Madrid El hombre y la gente (Revista de Occidente, 1957), libro que recogía póstumamente la doctrina sociológica de José Ortega y Gasset. El texto de Ortega reúne una veintena de lecciones universitarias en las que expresó sus reflexiones sobre el hombre como ser social, y donde destacaba su teoría sobre las pautas sociales de comunicación. Tras una larga digresión de cinco capítulos sobre el (auto)conocimiento del individuo y la interacción con sus seres análogos ("Ensimismamiento y alteración", "La vida personal", "Estructura de nuestro mundo", "La aparición del «otro»", y "La vida inter-individual. Nosotros-tú-yo"), entra otro ser social en el capítulo VI, titulado “Más sobre los otros y yo. Breve excursión hacia ella”. La brevedad de esta excursión hacia "ella" resume no sólo la óptica social de un célebre filósofo machista español de la época sino, curiosamente, el discurso novelado de Josefina Vicens (1911-1988), autora mexicana desconocida en España que, presumiblemente por su peculiar forma de activismo, se ha llegado a etiquetar con el término “posfeminista”.1

Vicens cuenta con una infinidad de trabajos periodísticos, guiones de películas, y dos novelas: El libro vacío (1958) y Los años falsos (1982). Su primera novela narra, en primera persona masculina, la cotidiana y mediocre vida de un simple oficinista del D.F., casado y con dos hijos, cincuentón cuya única realización personal (a parte de una aventura adúltera que duró dos años) es el intento frustrado de escribir una novela. La segunda novela de Vicens es una bildungsroman, protagonizada por otro narrador masculino que a la edad de diecinueve pierde a su padre quien, empleado por un político corrupto del P.R.I., se dispara con su nuevo revólver por accidente mientras presumía con sus colegas de partido en una fiesta. José García, protagonista de El libro vacío, se obstina en ser novelista: impulso infrenable que lo desborda y deprime. Luis Alfonso Fernández, protagonista de Los años falsos, transita en busca del padre desaparecido mediante monólogos con su tumba y los recuerdos trastornados de su infancia, al tiempo que cumple a duras penas con su nuevo papel como “hombre de la casa” frente a su madre, sus dos hermanas, y la ex-amante de su padre (ahora suya). José García, y más visiblemente Luis Alfonso Fernández, muestran un natural y espontáneo desprecio por la mujer que les sirve para afianzarse como hombres. Esta afirmación sexual es al tiempo un afianzamiento social, en un entorno misógino en el que así se espera y se celebra: García por su ambiente laboral y su formación personal; Luis Alfonso por su trauma familiar, y para entrar en la siniestra clase política donde la mujer es salvaguarda doméstico, o mero artículo de lujo y esparcimiento.2

 

2. Vicens y los estudios de género.

Una mirada retrospectiva a las novelas de Josefina Vicens choca inevitablemente con esa característica barrera de silencio femenino, postura de apariencia estoica e impasible, que resulta en el fondo subversiva: la fingida voz masculina que facilita la difusión del libro sirve para minar el mismo sistema patriarcal que lo publica3. Esta inversión sexual-narrativa ha dado siempre mucho que pensar a la crítica. Común durante el siglo XIX, época que tanto inspirara a la primera generación de estudios literarios feministas, el uso femenino de un seudónimo masculino (como Fernán Caballero en Cecilia Böhl) fue también practicado por Josefina Vicens en su carrera periodística: Pepe Faroles y Diógenes García, comentaristas taurino y deportivo respectivamente4. El aparato crítico ya se ha referido al uso masculino de Vicens como forma de lograr mejor acceso a un mercado que, como el del libro, ha estado tradicionalmente dominado por el hombre5. A esto se podría añadir la intención probable de dirigirse al hombre frontalmente, en su propio idioma, para dejar la lectura entre líneas al público femenino, y a un sector masculino sensibilizado (o bien identificado terapéuticamente con el narrador).

Un grupo de estudiosas de Vicens se ha inspirado en Erik Erikson, Sartre, Kierkegaard, Heidegger, además de la obra de Julia Kristeva, para desestimar la preocupación feminista de la autora y subrayar unas inquietudes supuestamente más universalistas6. Habiendo considerado al “hombre” en su ser (genérico), supuestamente más humano que masculino7, estos modelos psicológicos, existenciales y psicoanalíticos, se han aplicado a las novelas de Vicens en una valoración que supedita lo femenino a lo humano. Quepa objetar que un enfoque concretamente femenino no excluye necesariamente lo universalmente humano: hay razones para pensar que la elección masculina en la voz de Vicens es un acto precisamente femenino (y feminista), y que por ello logra su pretendido alcance universal.

Un segundo grupo (temático) de estudiosas ha especulado que la obra de Vicens sí encarna una voz femenina, aunque de forma encubierta, y sí aboga por la causa feminista mediante la apropiación de la “falopluma” del escritor-narrador-protagonista (en El libro vacío)8. Aquí entraron las teorías sobre la “écriture feminine” de Hélene Cixous y Luce Irigaray (que aluden a la feminidad disfrazada con una masculinidad superficial), además del feminismo de Susan Gubar y Sandra Gilber, con su inversión del psicoanálisis masculino9. De este grupo cabría apuntar dos limitaciones: la primera es negar la autenticidad masculina de una voz (asumidamente transexual) que sólo puede ser femenina por razones de peso biográfico, la segunda es el uso de un modelo psicoanalítico masculino para construir su antítesis femenina y negar así la validez del anterior. La primera no solo niega la independencia del texto de su circunstancia o contexto, sino que supone la presencia de auténticos discursos femeninos y sus contrarios masculinos, ajustados a referentes presuntamente reales. Como se verá al final, la objeción más poderosas a estos argumentos es que se construyen (irónicamente) a partir de convenciones dictadas por un inevitable legado patriarcal. Por su parte, y muy anterior a la corriente “écriture feminine”, la inversión que logra Vicens desarticula toda convención al demostrar que la sexualización discursiva no es más que un recurso, textual o social, y no una condición natural.

El monopolio verbal masculino en Vicens varía entre los años cincuenta y los ochenta. Mientras que El libro vacío concede al hombre el aspecto cuantitativo (verborrea discursiva arrolladora) y economiza la voz femenina para instantes clave, la postura se extrema con Los años falsos, novela en la que el hombre deja de ser un mero "machista" para convertirse en verdadero misógino10 y donde la mujer enmudece casi por completo. El libro vacío, prologado por un Octavio Paz cuya inquietud sobre la “otredad” femenina ya había manifestado en 1950 con su Laberinto de la soledad11, es si se quiere un (fingido) ensayo psicológico masculino de autoconfesión que deja una puerta entreabierta al diálogo entre sexos sobre sexos. Paralelos al marco ambiental de los años ochenta (de grotesca y monumental corrupción, de agotamiento y frustración sociales largamente acumuladas desde la desilusión del 68), Los años falsos muestran sin embargo una persistente cerrazón y auto-consolidación masculinas que impiden todo diálogo.

En conjunto, y más allá de su circunstancia histórica (de ensayo psicológico sobre la pequeñez y soledad del hombre en años 50, o de una amarga sátira contra la autocracia del P.R.I. en los 80), la fría inversión de signo sexual que practica Vicens ofrece no sólo un ataque feroz al monumental patriarcado hispánico, sino una seria alternativa al feminismo clásico. Se revela esta inversión como material de estudio quizá de mayor interés para un ámbito global como el de Estudios de género (“Gender Studies”) que para el feminismo en particular. Mientras que el primero denunciaba la marginalización y reivindicaba la igualdad (en Francia desde los 40 con Beauvoir, hasta la consolidación del MLF en los 70), el segundo ha equiparado masculinidad y feminidad en un mismo campo de análisis dentro de diversas especificidades socioculturales. La posible ventaja de los estudios de género sobre el feminismo ortodoxo es que nos permiten ver el hecho social, constituido por géneros, y no tanto los géneros en auto-exclusividad (que conlleva a la polarización binaria, tan combatida como practicada por ciertas facciones del feminismo).

La apropiación de la voz masculina distingue a Vicens de la mayoría del canon literario femenino hispano en que al evadir toda auto-proyección, logra así emplazarse en el epicentro del problema: el hecho social masculino. Con el respaldo de una teoría social (cínica y) eficazmente gemela a la de Ortega y Gasset, y superando la inocencia reconciliadora y el idealismo europeos (desde Husserl en los años 30 hasta Derrida en los 8012), la obra Vicens sigue actualizando un asunto aún hoy en día tenebroso: el proceso de auto-conocimiento del hombre social por soledad, y oposición, sexual.

 

3. Ortega y Vicens: Misoginia e inversión.

Fue durante los años ochenta cuando un sector de la crítica feminista reaccionó frente a la inclinación de ciertos críticos feministas varones, alegando que si querían saber más sobre las relaciones entre géneros, que empezaran por explorar primero el propio13. Es así como un estudio masculino y global sobre la tradición intelectual misógina, podría contribuir a los estudios de género (“Gender Studies”), y ayudar a esclarecer la dinámica e irregularidades de la comunicación entre sexos. Se propone aquí un diálogo argumental entre dos posturas misóginas hispánicas, una literal y otra metafórica: la de un pensador español que usa a la mujer en su condición de "ser" (para el hombre), y la de una novelista mexicana, masculinamente dotada de autoridad, que usa el mismo modelo para denunciar las lacras de una sociedad (patriarcal) en avanzado proceso de putrefacción. Ambos Ortega (con satisfacción) y Vicens (con resignación) desoyeron todo argumento de igualdad sexual, y mostraron así una misma realidad social que apunta a la incomprensión entre sexos.

La teoría social de Ortega, gestada entre los años treinta y cincuenta14, incita al planteamiento de problemas aún pendientes. ¿Cómo percibe el hombre social su horizonte relacional con los demás, ya sean “unos” u “otros”, en un marco tan hostil como hospitalario que llamamos sociedad? ¿Cómo dictan las pautas sociales de conducta, ya sea por rebeldía u obediencia a las mismas, la mutua "alteridad" ("otredad" o lejanía) de los dos géneros? ¿Qué puesto ocupa ese “otro” sexual en el entorno relacional impuesto por “otros” a todos, y hasta por “unos” mismos, sin saberlo?”

La lectura del texto de Ortega guarda sorpresas tan positivas por su actualidad como lamentables por su anacrónico extremismo. En la introducción rebate a Comte (padre de la sociología), a Bergson y a Spencer, argumentando que ninguno de ellos acierta a comprender la verdadera raíz del hecho social15. Para Ortega, las relaciones sociales son en su mayoría usos convencionales y mecánicos, impersonales, que convierten al hombre en autómata y a la sociedad en un ente deshumanizado. Este es un hecho asimilado por Ortega que, a diferencia de otros pensadores de su época, no debe producir ni alineación ni angustia (existencial), sino un deseo de recobrar la raíz de la vida personal (la vida radical) mediante el ensimismamiento16: la toma de conciencia de uno mismo, antes de ser alterado y distraído por la maraña social que embrutece al hombre. La vida humana es ante todo personal, intransferible, de cada uno. Aquélla del otro “la veo pero no la soy, es decir, no la vivo”, según Ortega, “el dolor de muelas del prójimo es un presunto dolor. El mío, en cambio, es incuestionable”17. En su estado auténtico, radical, el hombre es entonces soledad radical18. Y desde este fondo de soledad, se “emerge” con un ansia, también radical, de compañía: “El auténtico amor no es sino el deseo de canjear dos soledades”19.

El párrafo anterior contiene ya las ideas en las que enmarca Ortega el fenómeno de lo social, en el que la comunicación entre géneros se dignifica por la función amorosa (y el código de la seducción). La sociedad según las novelas de Vicens es tan masculinamente uni-direccional, solitaria y ego-exclusivista, como la de Ortega. La diferencia esencial entre ambos es que el ensimismamiento orteguiano es casi un rito purificador, mientras que los tipos masculinos de Vicens viven el auto-aislamiento como algo doloroso y aterrador. El oficinista García, protagonista de El libro vacío, experimenta la deshumanización ("Salgo de la oficina... tan cansado que ya no tengo esa sensibilidad ávida, para percibir lo que me rodea"20) mediante el trabajo ("esfuerzo gris, anónimo, liso"21), la desvinculación ("Otros hombres pasan a mi lado... Somos iguales, pero extraños... Es entonces cuando me siento extrañamente solo"), y la incapacidad comunicativa con el prójimo ("pienso que los demás se sienten igual y... deseo... detener a alguien y pedirle... que hablemos un rato... Pero no lo hago... Y el impulso se me queda dentro"22), que conducen a la inevitable soledad ("...me siento profundamente solo. No me basta con la compañía entrañable y diaria de mi mujer y mis hijos"23).

Por su parte, Ortega razona que el encuentro humano es en sí ya una paradoja del mundo social, ya que hace posible que dos soledades, mutuamente ajenas, obren recíprocamente. Más paradójica incluso le resulta la comunicación entre sexos, que el autor veía constitutivamente tan diferentes. En los años treinta, Edmund Husserl había propuesto el concepto del alter-ego y dotado a ambos sexos de un análogo complementario, alentando así la idea de igualdad sexual. Ortega, contemporáneo de Husserl24, admitió el ingenio de su razonamiento sólo para destruirlo con aplastante lógica: falaz, el alter-ego25 muestra la imposibilidad de ser “otro” (allí) y “yo” (aquí) simultáneamente. Si el “otro” masculino que describe Ortega es ya un ser conjetural, más aún así en el caso del “otro” femenino.

Vicens hace lo propio al mostrar a un José García y a un Luis Alfonso que se niegan a equipararse con la mujer, “por no rajarse”, y para mantener así su puesto inequívoco como hombres. Veamos cómo juzga Ortega el encuentro de dos soledades de distinto género, y con ello los atributos femeninos con los que, según su teoría social, halla todo hombre en contacto con una mujer:

1. La mujer aparece frente al hombre como un ser esencialmente confuso, mientras que el varón está lleno de claridades. Aunque piense una estupidez, él se siente claro.

2. La mujer se nos presenta “como una forma de humanidad inferior a la varonil...No existe otro ser que posea esta doble condición: ser humano y serlo menos que el varón”.26

3. La relación del ego con su cuerpo varía enormemente dependiendo del sexo. "...el cuerpo femenino está dotado de una sensibilidad más viva que el del hombre...L os varones normalmente olvidamos nuestro cuerpo... la mujer, por el contrario...(lo)siente a todas horas"27.

La narrativa de Vicens descubre un mundo tan poco halagüeño para la mujer como aquél de Ortega. No obstante, de haber listado tres principios alternativos a los anteriores, la escritora mexicana hubiera razonado lo siguiente:

1. El varón no sólo piensa a menudo estupideces, sino que está frecuentemente confuso y rodeado de mujeres que tienen las cosas muy claras. La masculinidad se caracteriza pues por la frecuente y tenaz incapacidad de reconocer su confusión y estupidez.

2. Al varón le urge valorarse por oposición a otros que considera subordinados, y además requiere el constante reconocimiento en su entorno (social). Crecerse, sentirse importante, especial, necesario y necesitado, imaginarse héroe, seductor y aventurero, son anhelos pueriles que raramente llega a superar.

3. El hombre, aunque finge lo contrario, está más obsesionado por su cuerpo que la mujer. Esta aserción masculina se tipifica en un sistemático esfuerzo de mostrar que niega su cuerpo, y de atribuir la debilidad narcisista al género femenino.

Sobre el primer atributo femenino de Ortega cabe señalar no sólo la constante confusión en la que se encuentran los protagonistas masculinos de Vicens, sino la del propio Ortega en dicha atribución. El narrador de El libro vacío tipifica la masculina propensión al absurdo cuando razona que: “...tengo que escribir porque lo necesito y aún cuando sea para confesar que no sé hacerlo...(y) como no sé hacerlo tengo que no escribir”28. Ortega reprocha a Simone de Beauvoir que denuncie esa "manía social" de considerar a la mujer en constante referencia al varón (en Le deuxième sexe, 1949), y manifiesta no comprender por qué la referencia de un ser humano a otro atenta contra la libertad personal del primero: “nos deja la impresión de que la autora...confunde las cosas y de este modo exhibe...el carácter de confusión que nos asegura la autenticidad de su ser femenino”29.

Que la claridad de Beauvoir pudiera provocar la descaminada reacción de Ortega, es explicable si se considera la pobre reflexión del autor en torno al problema de la identidad femenina: “...el destino de la mujer es «ser en vista del hombre ». Pero esta fórmula no origina erosión alguna en su libertad”30. Dicho "ser en vista del hombre" cobra más sentido al conocer la inspiración cortesano-amorosa del autor, manifiesta en sus Estudios sobre el amor: "El oficio de la mujer, cuando no es sino mujer es ser el concreto ideal («encanto», «ilusión») del varón"31.

El rasgo 2 de Ortega, que subraya la inferioridad femenina, se utiliza constantemente en boca de los protagonistas-narradores de Vicens, con el resultado inverso al orteguiano. José García se asigna la tarea de novelista, que él considera netamente masculina, al tiempo que desdeña las labores domésticas de su mujer, aunque admite (angustiado) que son más productivas que su estéril pluma32. En El libro vacío, la entrega, fortaleza, el sentido común y la integridad de la mujer contrastan con el parasitismo doméstico, la inmadurez, la inconsciencia, y la infidelidad del hombre: “La verdad es que es ella la que resuelve siempre todo lo práctico. Yo no sirvo para nada”33, “...para mí constituye un gran esfuerzo tomar una decisión. Me falta carácter, valor. Soy así desde muy niño”34, “A veces me gustaría no dudar tanto y concretarme a imitar la firme actitud de mi mujer”35; “...me gusta jugar al héroe... cuando estoy padeciendo (la gripe)... se me ocurre decirle a mi mujer (que) quiero escribir un rato... trata de hacerme entrar en razón, me obstino... me meto al cuarto...”36, “...me concentro e imagino situaciones... melodramáticas... estoy gravemente enfermo... habito en una fría bohardilla en un viejo barrio de París... para escribir un libro que algún día será famoso”37; “Recuerdo las nostálgicas narraciones de los marineros... que yo interpretaba como símbolo de hombría... lo importante era hablar como hombre y tratar con rigor a las mujeres”38, “...(y) tener dos mujeres... esa vida anhelante, subterránea, violenta, torva, improvista, ilegal y atractiva, con la que los hombres inferiores acreditamos nuestra virilidad”39.

La condición femenina de “ser en vista del hombre” de Ortega, se agudiza en Los años falsos con la familia Fernández al tomar Luis Alfonso el papel de “hombre de la casa”, y centrar así la atención de tres mujeres: “Una de mis hermanas, cualquiera de las dos... me reprocha... Y de inmediato mi madre la reconviene: -No le hables así a tu hermano... Ninguna de las tres puede “hablarme así” porque ahora yo soy el hombre de la casa”40. Luis Alfonso no sólo recuerda con gozo la naturalidad con la que su padre desvalorizaba a su mujer y a sus hijas (“...tú nunca las tomaste en cuenta. ¡Y cómo disfrutaba yo ese desdén!”41), sino que se insensibiliza con ellas a medida que madura. Su temprana educación misógina, y su ciega adoración paterna, facilitan la formación de una postura que supera con creces a la de Ortega: “...para evitar que tú (papá) las quisieras yo fingía quererlas... con verdadera repugnancia las besaba... Ahora comprendo que obedecía a un instinto oscuro, turbio, femenino, para provocar tus celos. Y lo lograba”42. Es en este último pasaje donde se vislumbran los axiomas más tenebrosos de otro pensador vitalista, cuya misoginia es paradigma: Nietzsche (“Donde no entra en juego el amor y el odio, la mujer no es más que una mediocre actriz”43).

En cuanto al carácter número 3 de Ortega, que insiste en la enorme diferencia de ambos sexos en la relación corporal con su ego, conviene señalar que Vicens borra los rastros de corporeidad femenina, para poner así especial énfasis en la obsesión corporal masculina: “Mi mujer me pregunta... por qué... cuando despierto, me miro insistentemente las manos”44. “No me gusta mi cuerpo: es débil, blando, insignificante”45. En ausencia de todo rastro explícito de corporeidad femenina en la obra de Vicens, si uno busca dichas huellas ha de apoyarse en pistas subalternas. Recuérdese en ese sentido la sospecha (fundada) sobre una larga y universal tradición femenina de autoras cuya producción ha figurado como masculina, ya fuera por plagios y fraudes o, posteriormente, por el uso de seudónimos estratégicos. Al margen de estas consideraciones históricas, la teoría sobre la “écriture feminine” de los años 80 alentó la esperanza de que pudieran detectarse rasgos de feminidad en cualquier texto de autoría femenina, por muy masculinamente escrito que estuviera. Aplicando esta teoría a la obra de Vicens, algunas “ginocríticas”46 hispanistas trataron de revelar atributos corporales femeninos a través de la toma de conciencia corporal del narrador de El libro vacío (pasaje citado arriba), y mediante una sensibilidad hacia sus hijos que se sospecha femenina47.

 

4. Caracterización, diferencia y punto de enunciación: diálogo de sordos sobre género.

El inconveniente de asumir la feminidad arquetípica de rasgos como la “conciencia corporal”, la “sensualidad”, y la “sensibilidad”, no sólo implica la asumida negación de dichos rasgos en el género masculino, sino la validación de un argumento que, como el de Ortega, justifica la polarización y el cliché sexual (tan característica en la misoginia). La tradición asume, por mostrar otro ejemplo, que la auto-contemplación corporal es un rasgo tópicamente femenino. En este sentido, el propio Neruda usó clichés sexuales en unos conocidos versos donde la auto-apreciación erótica tiene el signo de Venus (“Largamente he permanecido mirando mis largas piernas...como si hubieran sido las piernas de una mujer divina... Como tallos o femeninas, adorables cosas... como... gruesos brazos de diosa”), y la descripción fría y mimética es decididamente masculina: “Sin sensualidad, duras, cortas, y masculinas,/son allí mis piernas, y dotadas de grupos musculares como animales complementarios...”48. Tan presente queda la dicotomía entre los dos géneros, que al distinguir las partes superior e inferior de sus piernas, el poeta concede con toda naturalidad el lado precioso (femenino) a aquella tierna mitad adosada a la latitud genital, mientras que la mitad inferior (masculina) se junta miserablemente a los duros pies: “mis rodillas... separan las mitades de mis piernas en forma seca:/y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes/ no son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas”49.

Las atribuciones nerudianas son de una lógica masculina y hetereosexual asumida por una tradición que siempre ha celebrado la feminidad (tópicamente sensual), por oposición al "utilitarismo" masculino. Este sistema de oposiciones binarias, de características atribuidas tradicionalmente a géneros contrarios, es uno de los pilares del universo “falogocéntrico”50 que tanto feminismo como desconstrucción atacaron con diversos argumentos durante la época de Los años falsos. Sin embargo, el ataque desconstructor al patriarcado creó sospechas dentro de la conciencia feminista. La situación produjo un infructuoso diálogo intelectual entre revisionismo masculino por un lado, y feminismo por el otro, en el que este último se declaraba tan enemigo del falocentrismo tradicional como escéptico de la utilidad de la desconstrucción masculina del mismo.

En su crítica al estructuralismo y su sistema de clásicas oposiciones binarias, Derrida había manifestado la supresión de las divergencias de género manteniendo que la mujer no era simplemente un “no hombre”, sino un “otro” que estaba íntimamente ligado a “uno” y sin el cual “uno” no podría acordarse de lo que realmente es. Para sentirse uno, el hombre la habría utilizado y reprimido tradicionalmente por miedo de reconocer que quizá, en el fondo, no es tan distinta51. Esta lectura, que podemos denominar feminismo desconstructor masculino, pudo haber sido atractiva para interpretar la obra de Vicens en los ochenta. Una autora que hace uso de la falo-pluma para realizar su crítica anti-fálica, desconstruye el orden tradicional e invierte así lo central-masculino para dar énfasis a lo marginal-femenino.

El inconveniente de aplicar esta lectura a Vicens es que se enfrenta con el propósito mismo de la desconstrucción, que es proponer una construcción alternativa al orden binario preestablecido. Vicens, lejos de ese foco euro- céntrico que teorizaba y soñaba mundos mejores, se limitó a señalar lo que hay (o, resumido con un tópico de Ortega y Gasset: la “circunstancia”). A ello habría que añadir la sospecha de estudiosas como Gayatri Chakravorty Spivak quien, mediante el uso estratégico del término desplazamiento (“displacement”, de uso doble según sea el sujeto “sexuado” en género o bien “colonizado” para la teoría poscolonial52) puso en tela de juicio el argumento pro-feminista de Derrida. Según quiera verse, desplazamiento de género es la acción por parte de “uno” de relegar a “otra” al margen, o bien la acción ejercida sobre “una” al ser relegada al margen por parte de “otro”. Derrida había propuesto el desalojo de los márgenes para que se emplazaran los tradicionalmente desplazados/desplazadas en un espacio sin centros, principio en consonancia con la Francia progresista (posestructuralista) de las décadas que siguieron al 68 francés (hoy en día vistas por muchos franceses de izquierdas y derechas como años gobernados por ilusos y corruptos). Vicens propuso la resistencia activa, y la muda denuncia, en las mismas décadas, sabiendo que el “desplazamiento” habría de ser poco menos que permanente (y más en un país en el que, como bien sabe Elena Poniatowska, no ha sido concebible revisar el 68 mexicano hasta hace muy poco).

A pesar de apreciar el gesto revisionista del hombre que reconoce las lacras del mundo que él mismo ha construido, la crítica feminista plantea que en tanto que la desconstrucción use el sujeto femenino como parte de su quehacer ideológico, tal sujeto es irremediablemente objeto (incluso en el caso de las mujeres desconstructoras, por haber adoptado un modelo creado por el hombre). La mujer como “modelo” discursivo desconstructor continuaba siendo una mujer “generalizada”, como siempre lo había sido, y objeto de un doble desplazamiento: primero por el tradicional patriarcado y después por la desconstrucción masculina. Planteado así, el horizonte discursivo se enriquece al pensar en Vicens, y advierte que todo discurso que apunta al otro sexo crea la imposibilidad de legitimar su punto de enunciación. De la misma manera que Spivak cuestiona la desconstrucción pro-feminista masculina, “uno” podría cuestionar la validez de la masculinización de la voz en Vicens por hacer generalizaciones acerca del hombre, y contribuir así la binaria oposición entre géneros.

Quepa ahora finalizar con una observación general, que no resulte por trivial gratuita. La misoginia ha encontrado sus argumentos más poderosos en la negación de la legitimidad de la inteligencia femenina. Una hipotética lectura combinada de la obra de Vicens a manos de Freud, Nietzsche, u Ortega y Gasset, asignaría posiblemente el papel de impostora a la novelista mexicana quien, por codicia de lo que no ha tenido (falo, o pluma legítima), finge una voz que no le pertenece y logra, con ello, lo que anhela y envidia del hombre. Las tendencias homosociales de la agrupación humana, que tan profusamente explora Vicens, no dejan de ser un misterio. Estas asociaciones masculinas, que comienzan ya a una edad temprana en la que se cumple aquél “los niños con los niños y las niñas con las niñas” (unos con armas o autos y aquéllas con muñecas y cocinitas), evolucionaron a menudo en mini homo-sociedades que son al tiempo homo-fóbicas y misóginas (para evitar cualquier ambigüedad sexual): grupos masculinos que el folklore occidental podría asociar fácil y automáticamente con los clubs de gentelmen a la inglesa, los cazadores, los pescadores, o incluso con aquellos hombres que se reúnen periódica y masculinamente para ver los deportes en la tele. Hoy en día se niega. “Los tiempos han cambiado” se dice, y hasta se propone que Pablito juegue con muñecas y María con autos (que no armas), sabiendo en el fondo que la tele y el mundo entero continúan deshaciendo nuestro proyecto, tan sincero, tan "políticamente" correcto.

 

Notas:

[1] Léase el artículo de Pamela Bacarisse “The Realm of Silence: The Two Novels of Josefina Vicens” en Letras Femeninas 22 (1996): 91-106.

[2] Hice un resumen argumental de las novelas de Vicens casi idéntico en “El caso de la misoginia y la inversión en las novelas de Josefina Vicens: ¿feminismos locales frente a un machismo global?” Actas de la 2002 Louisiana Conference on Hispanic Languages and Literatures.

[3] David Lauer se refiere al poder “desmantelador” de la autora en el prólogo a su edición de El libro vacío. Austin: University of Texas P, 1992: “Vicens uses the I to challenge collective problems and employs masculine characters and discourses to dismantle the world they have created” (xiii).

[4] Ana Rosa Domenella ve en estos dos nombres un antecedente proyectado en José García, protagonista y narrador de El libro vacío (Domenella, Ana Rosa “Josefina Vicens y El libro vacío: sexo biográfico femenino y género masculino” en López González, Aralia y Amelia Malagama (eds) Mujer y literatura mexicana y chicana: Culturas en contacto, II México City: Colegio de México, 1990. 81-86.

[5] Alessandra Luiselli explica en su “La bitextualidad en las novelas de Josefina Vicens”, Revista de humanidades 2 (1997): 22, que "Vicens fue escuchada porque habló «en masculino», y a nadie se le ocurrió cuestionar entonces que la construcción narrativa de su punto de vista era un recurso que debía reflexionarse".

[6] Quepan en este grupo Bárbara Aponte con “Los años falsos: espacio de una soledad” en Explicación de textos literarios 20:1 (1991): 72-78, María Mercedes Lozano Ortega con un “Josefina Vicens: Una existencialista olvidada” La palabra y el hombre: Revista de la Universidad veracruzana 75 (1990): 141-157, y Pamela Bacarisse co “The Realm of Silence: The Two Novels of Josefina Vicens” en Letras Femeninas 22 (1996): 91-106.

[7] Ortega niega que uno interaccione con “humanos” e insiste en que sólo se ven “hombres” y “mujeres”. Aunque por motivos muy distintos a los del feminismo y los posteriores Gender Studies, Ortega sexualiza las relaciones humanas tanto como aquellos: Señora, yo no conozco ese personaje que usted llama «ser humano». Yo sólo conozco hombres y mujeres. Como tengo la suerte de que usted no sea un hombre, sino una mujer-por cierto, espléndida-, me comporto en consecuencia", en El hombre y la gente (Madrid: Revista de Occidente , 1996) 135.

[8] Léase el trabajo de Alessandra Luiselli “La bitextualidad en las novelas de Josefina Vicens” Revista de humanidades 2 (1997): 19-36, donde se incorporan las teorías en boga desde los años 80 sobre “el cuerpo” en la escritura femenina, así como aparece en "Report from Paris: Women's writing", Signs 3 (1978), de Carolyn Burke. Luiselli parece identificarse con la corriente denominada gynocriticism, de la que se desprende además su uso del término bitextual, acuñado por Naomi Schor antes de 1987 (“Dreaming Dissimetry: Barthes, Foucault, and Sexual Difference”), según nos dice Elaine Showalter en Speaking of Gender (Routledge: New York, 1989) 4. En 1997, se publica en México la tesis doctoral de Leticia Seymour "El poder, el cuerpo y el deseo femeninos: 'El libro vacío' de Josefina Vicens, 'los recuerdos del porvenir' de Elena Garro, y 'Arráncame la vida' de angeles Mastretta" Dissertation Abstracts International, 59-08A (1998), 3011, con una perspectiva similar a la de Luiselli. Lo “bitextual”, los postulados de Sandra Gilbert y Susan Gubar sobre autoridad y género, y la teoría de la écriture feminine (Hélene Cixous y Luce Irigaray) parecen haber inspirado también a Joanne Saltz (“El libro vacío: Un relato de la escritura”) en Aralia López González (ed) Mujer y literatura mexicana y chicana: Culturas en contacto, II. México City: Colegio de México, 1990. 81-86 y a Adriana Gutiérrez en su “Dualidad de la escritura y en la escritura: El libro vacio” en Meste 20 (1991): 49-66.

[9] Léase The Madwoman in the Attic (1979) de Gilbert y Gubar

[10] Piénsese en la "corbacha" diabolización femenina a manos de Alfonso Martínez, Arcipreste de Talavera.

[11] “La mujer ha sido siempre para el hombre «lo otro», su contrario y complemento. Si una parte de nuestro ser anhela fundirse con ella, otra, no menos imperiosamente, la aparta y excluye” El laberinto de la soledad (Fondo de Cultura Económica: México, 1963) 153.

[12] Idealismo no en el sentido filosófico sino social de la palabra, por oposición al realismo (que dirige las acciones humanas) y las (duras) realidades, en lugar de los ideales.

[13] Elaine Showalter en su “Critical Cross-Dressing: Male Feminists and the Woman of the Year”, artículo reimpreso en Men and Feminism (116-132).

[14] Bajo el título El hombre y la gente, y tras un curso que impartió en Buenos Aires, Ortega y Gasset publica en la Argentina de 1939 parte de lo que venía adelantando ya como su “teoría social” en su libro Historia como sistema (Oxford, 1935). Esta teoría se materializaría después en un curso preparado para el Instituto de Humanidades de Madrid en 1949-50, cuyo manuscrito casi íntegro aparece en la publicación del libro El hombre y la gente en 1957 con Revista de Occidente.

[15] El hombre y la gente (Alianza Editorial: Madrid, 1996) 22.

[16] Idem 45-62.

[17] Idem 65.

[18] La soledad es para Ortega sensu stricto de la vida humana, en El hombre y la gente (Alianza Editorial: Madrid, 1996) 53.

[19] Idem 57.

[20] El libro vacío (Compañía General de Ediciones: México, 1958) 60.

[21] Idem 62.

[22] Idem 67.

[23] El libro vacío (Compañía General de Ediciones: México, 1958) 66.

[24] Michael Theunissen califica la “teoría social” de Ortega de simple imitación de la propuesta por Husserl en sus Meditaciones cartesianas. Léase The Other: Studies in the Social Ontology of Husserl, Heidegger, Sartre and Buber (MIT Press: Cambridge, 1984) 3, de Theunissen.

[25] Edmund Husserl Cartesian Meditations (The Hague: Martinus Nijhoff, 1960) 112-113.

[26] El hombre y la gente (Alianza Editorial: Madrid, 1996) 137.

[27] Idem 142.

[28] El libro vacío (Compañía General de Ediciones: México, 1958) 39.

[29] El hombre y la gente (Alianza Editorial: Madrid, 1996) 138.

[30] Idem.

[31] Estudios sobre el amor (Espasa Calpe: Madrid, 1973) 23.

[32] “¿Cómo voy a contestarle que... estoy rendido, exhausto de no haber escrito una sola línea?... Lo real, lo que se ve es... que ella ha trabajado y yo no” El libro vacío (Compañía General de Ediciones: México, 1958) 21.

[33] El libro vacío (Compañía General de Ediciones: México, 1958) 52.

[34] Idem 115.

[35] Idem 135.

[36] Idem 218.

[37] Idem 219.

[38] Idem 175.

[39] Idem 147.

[40] Idem 145.

[41] El libro vacío. Los años falsos (UNAM: México City, 1987) 148.

[42] Idem.

[43] Más allá del bien y del mal (Edaf: Madrid, 1979) 85.

[44] Idem 45.

[45] Idem 46.

[46] “Gynocriticism”, o el estudio feminista de la escritura de mujeres, fue un término propuesto en 1978 por Elaine Walter. Léase Literary Theory Today (Cornell UP: Ithaca, 1990) 189.

[47] Alessandra Luiselli encuentra signos de feminidad en la toma de conciencia corporal del narrador de El libro vacío. Léase el trabajo ya mencionado “La bitextualidad en las novelas de Josefina Vicens”.

[48] Pablo Neruda Antología poética (Austral: Madrid, 1985) 64-65.

[49] Idem 65.

[50] El "falo" que se apropia del "logos" y se emplaza así en el centro del poder, ilustra la apropiación masculina de la ley y de su aplicación. De esta idea se desprende el término acuñado por Derrida.

[51] Derrida en Terry Eagleton Literary Theory (University of Minnesota Press: Minneapolis, 1983) 132-33.

[52] Léase el artículo de Gayatri Chakravorty Spivak "Displacement and the Discourse of Woman" en Displacement: Derrida and After (Indiana University Press: Bloomington, 1983).

 

© Oscar Barrau 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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