Estudios

La Memoria
del origen

Algunos aspectos
de la poesía de
Jorge Luis Borges

Dr. Daniel Gustavo Teobaldi
Universidad Nacional de Córdoba
República Argentina


 

1.

El Poeta posee la extraña capacidad para hablar sobre los orígenes. Digo "extraña" porque no es una facultad común. Plantea el principio de las cosas, como si hubiera asistido a ese momento fundacional, por el hecho de haber podido participar de esa instancia. Él es quien tiene las posibilidades reales y concretas de transmitir a los otros los pormenores de la imposición del ser en cada cosa. El Poeta participa de los comienzos del tiempo y prodiga el ser a las cosas que empiezan a ser a partir de la acción originante de su Palabra poéticamente dicha. "La poesía es la instauración del ser con la palabra." , confirma Heidegger. Sin embargo, ese axioma se puede completar con la acción del decir poéticamente. En efecto: el decir, en cuanto tal, está remitiendo a una instancia primigenia, actitud fundadora por excelencia, por cuanto implica una apertura del ser hacia la existencia histórica. Con el decir, se inicia la historia, se da comienzo al devenir temporal. Pero la circunstancia del poéticamente, decir poéticamente, permite establecer un anclaje que no deja de circunscribir la decidida intervención inicial del Poeta: el Poeta está construyendo el cosmos. El Poeta se constituye como el punto de convergencia de lo visible con lo invisible, en el centro de un misterio que proyecta su sentido último a cada uno de los otros, que comparten esa misma experiencia cósmica.

Pensemos que la cosmogonía y la teogonía, en la tradición literaria, se constituyen en la palabra primera que surge de la Memoria del Poeta. Pero no se trata de un simple ejercicio de la memoria como lo podemos entender hoy. El ejercicio de la Memoria, realizado por el Poeta, consiste en la evocación de realidades superiores, de las que él ha participado, por su relación directa con lo superior, con el Numen, como lo denominarían los griegos. El Numen le permite al Poeta ser Poeta, pero también le permite ser revelador de esa otra realidad invisible, que él trata de compartir con los otros, cumpliendo, de esta manera, con su misión fundamental. "Mediante su memoria, el poeta accede directamente, a través de una visión personal, a los acontecimientos que evoca; tiene el privilegio de ponerse en contacto con el otro mundo. Su memoria le permite ‘descifrar lo invisible’." Así, la memoria no es únicamente el soporte de la palabra, sino que es la potencia que confiere a la palabra el estatuto de logos poético. A través del logos poético el Poeta instituye un mundo simbólico, que es lo genuinamente real, pero desde una perspectiva mucho más abarcadora, porque el Poeta se asoma a los umbrales del Todo e interviene en él. Vislumbra la realidad como una totalidad, como un hólon. Y, por lo tanto, la realidad pasa a ser una experiencia superior, de la que todos participan.

¿Cuál es la consecuencia inmediata de todo esto? En una primera instancia, se impone la valoración del Poeta como partícipe activo de un nivel superior e invisible; pero también, se manifiesta la acción que realiza el Poeta para con los otros, integrándolos a esa vida superior, uniendo lo visible con lo invisible.

Como se puede observar, el planteo que estoy haciendo de este asunto, puede parecer construido para la concepción clásica, grecolatina, del poeta. Pero, como se verá, tiene absoluta presencia en la poesía del argentino Jorge Luis Borges.

 

2.

A partir de la Memoria, la Palabra del Poeta se inmerge en un todo abarcador, que le ofrece el acceso a una visión diferente y diferenciadora, a través de una forma particular del conocimiento. Eduardo Mallea se refiere al "conocimiento auroral" que alcanzan algunos escritores, entre los que menciona a Borges. Entonces, la pregunta es: ¿en qué consiste ese "conocimiento auroral"? Se trata de un conocimiento que forma parte del principio del Todo. Esta es la instancia en la que el Poeta apela a su Memoria como fuente primera del conocimiento, para transferirlo, así, a los otros. Por eso, el conocimiento poético es un conocimiento por participación.

Como se dijo, el Poeta tiene acceso a realidades superiores: él participa de ellas y las transfiere a los otros. Esas realidades tienen estrecha relación con los orígenes que justifican la existencia del hombre: el origen del universo y el origen de sus vinculaciones con lo numénico. La cosmogonía, como una primera aproximación al universo, está en la acción de la palabra del Poeta, instaurada como logos poético, mediatizado por la memoria.

El mismo Borges, a la hora de ensayar una explicación del fenómeno poético, termina confirmando la acción y el efecto de la memoria, a la vez que realiza una transposición epocal, una actualización del procedimiento: "La poesía es el encuentro del lector con el libro, el descubrimiento del libro. Hay otra experiencia estética que es el momento, muy extraño también, en el cual el poeta concibe la obra, en el cual va inventando o descubriendo la obra. Según se sabe, en latín las palabras "inventar" y "descubrir" son sinónimas. Todo está de acuerdo con la doctrina platónica, cuando dice que inventar, que descubrir, es recordar." En este punto cabría preguntarse el sentido de la inspiración, el poder de la Musa, que visita a los poetas susurrando a los oídos el sentido último de la existencia. Así, el mismo Borges trata de definir el rol de esta "fuerza misteriosa": "... el poeta sería un amanuense de esa fuerza misteriosa que puede salir de su mente, en la cual, tal como creía el poeta irlandés Yeats, estaba contenida la gran memoria, la memoria de todos los antepasados, y quizá la memoria de los arquetipos platónicos."

Entonces, surge la pregunta: ¿qué es lo que se recuerda? Borges trata de responder: "... uno de los efectos de la poesía debe ser darnos la impresión, no de descubrir algo nuevo, sino de recordar algo olvidado." , algo que los otros han olvidado. Por esto, al presentizarlos, el poeta hace memoria de los orígenes, y es tan proclive a la cosmogonía. Borges demuestra esta calidad del poeta en numerosas poesías, en las cuales detalla los principios, los comienzos. Una de estas composiciones diseña el origen del Todo, desde una perspectiva estrictamente originaria. Es más: desde los orígenes mismos de ese Todo. Se trata de un soneto, y se titula "Cosmogonía", perteneciente al poemario titulado La rosa profunda (1975) :

 

Cosmogonía

Ni tiniebla ni caos. La tiniebla

Requiere ojos que ven, como el sonido

Y el silencio requieren el oído,

Y el espejo, la forma que lo puebla.

Ni el espacio ni el tiempo. Ni siquiera

Una divinidad que premedita

El silencio anterior a la primera

Noche del tiempo, que será infinita.

El gran río de Heráclito el Oscuro

Su irrevocable curso no ha emprendido,

Que del pasado fluye hacia el futuro,

Que del olvido fluye hacia el olvido.

Algo que ya padece. Algo que implora.

Después la historia universal. Ahora.

 

En una primera instancia, se puede advertir que es la Palabra la que indica al Poeta el camino hacia el origen. De ella depende si los que asistimos al acto de la re-creación, mediante la Memoria del Poeta, experimentamos esa presencia de lo primero, ese contacto directo y, a la vez, íntimo con lo originario:

 

Ni tiniebla ni caos.

 

Borges emplea la referencia doble, respecto de cosmogonías multimilenarias que están presentes desde siempre y que circulan en el imaginario: las que reconocen el inicio en las tinieblas, como la de la tradición judeocristiana; y la que encuentra el caos en los comienzos, como la de la tradición grecolatina. Pero todavía no hay tal cosa, porque la cosa aún no ha empezado a ser. El origen sigue siendo absoluto:

 

Ni tiniebla ni caos.

 

Se trata de un estado de suspensión del ser mismo, como si el universo entero estuviera en una instancia de potencia permanente, a punto de convertirse en acto. El Poeta trabaja con el imaginario de los otros; procura una adecuación de los términos cósmicos a aquellos que son propios de la comunidad, en un intento concreto por interpretar aquel momento principial:

 

La tiniebla

Requiere ojos que ven, como el sonido

Y el silencio requieren el oído,

Y el espejo, la forma que lo puebla.

 

Cada cosa necesita un elemento que la justifique: la tiniebla, los ojos; el sonido y el silencio, el oído; la forma, el espejo. La presencia del espejo, no deja de inquietar, por cuanto duplica "la forma que lo puebla". Es como si las imágenes que pertenecen al espejo hubieran cobrado una vida particular. Además, el Poeta presenta la catadura del espejo como un órgano sensorial, que comparte las cualidades de aquellos naturalmente concebidos, incorporándose a la serie ya presente. El mundo existe para ser nombrado y el poeta debe nombrarlo según un orden coherente y significativo, para que alcance estatuto ontológico.

El decir está prefigurando una instancia en la que los elementos que la constituyen se presentan como elementos anteriores a la misma creación, inclusive, a la presencia de la divinidad, que se reconoce en lo creado frente a la creación. Así, la divinidad comprueba su calidad de creadora o de "hacedora", a la vez que se autoconfirma como entidad existente. Las categorías de espacio y tiempo, aún no tienen sustancia; esa divinidad, todavía no se ha manifestado, porque el ser no está presente; todo permanece inmerso en esa "Noche del tiempo, que será infinita":

 

Ni el espacio ni el tiempo. Ni siquiera

Una divinidad que premedita

El silencio anterior a la primera

Noche del tiempo, que será infinita.

 

En este punto es necesario detenerse en dos términos: "silencio" y "noche". Cada una de esas palabras está acompañada por adjetivos, cuidadosamente seleccionados, cuyo conjunto se formula como un entramado semántico:

 

El silencio anterior a la primera

Noche del tiempo, que será infinita.

 

Es interesante la forma en que Borges ha ido articulando este enunciado: las partes no se pueden disociar. El análisis, como separación de los elementos para su estudio individual, configuraría un esfuerzo vano: antes del universo está la Nada. Todo es negación: no hay espacio ni tiempo, ni divinidad, ni silencio, ni noche infinita. Solamente está la Nada, negando al Ser. Pero cuando ese Todo contenido se desata, aparece el Ser. La pregunta es: ¿qué hay en el instante que media entre la Nada y el Ser?, cuestión incontestada e incontestable, porque se trata de un segmento misterioso, que, acaso, se justificaría con la Palabra del Poeta. Del silencio surge, irrecusable, el son, el son significante. Su semántica abierta se orienta hacia la esplendencia del Ser. Es como si entre logos y ser existiera una firme potencia de atracción: uno lleva al otro y viceversa. Además, el logos, en cuanto son inteligente, abre la puerta al Tiempo. Y a partir de la irrupción del logos tiene lugar el nacimiento de la historia. Pero Borges plantea esta instancia temporal como si se tratara de dos entidades paralelas: la "noche del tiempo", que no tiene fin; y la historia, abierta por el logos que, por su naturaleza, registra un final. En esta instancia, el logos se transforma en una entidad congregante de lo finito y lo infinito.

Esto justifica el hecho de que la memoria del poeta desempeñe un rol fundamental, al imponer los límites necesarios que permitan restablecer la experiencia del origen, en donde aparecen integrados lo visible con lo invisible, lo finito con lo infinito, demostrando, con esto, el carácter móvil que particulariza al Ser. En este orden, el poema de Borges evoca el axioma de Heráclito, "Nadie se baña en el mismo río dos veces". Borges, poeta heraclíteo, se explica el funcionamiento del mundo a partir del tándem relacional conformado por los pasajes que van de la vigilia al sueño. Ese pasaje es el motor del Ser. Por eso, al remontarse a los orígenes de la filosofía, Borges encuentra en Heráclito las respuestas primigenias a sus preguntas sobre lo primordial del mundo.

Pero reubiquémonos en el poema. Todo está por suceder. Las disquisiciones anteriores tienen su espacio, a partir del momento en que existe una valoración concreta y una clara conciencia de lo habrá de ser en realidad. La referencia a Heráclito y a su doctrina del cambio del ser, se reconstruye desde lo que podría denominarse "la memoria de lo que será". Esta memoria, pasible de "futuro", permite resignificar el contenido cosmogónico en su instancia creativa, por la agencia explícita del logos, que actúa como mediador y como partícipe efectivo en la construcción de la memoria que sustenta la existencia. De esta manera, se incardina la metáfora de Heráclito, en el contexto ontológico que está trabajando la poesía de Borges:

 

El gran río de Heráclito el Oscuro

Su irrevocable curso no ha emprendido,

Que del pasado fluye hacia el futuro,

Que del olvido fluye hacia el olvido.

 

Una vez más, como lo hace sistemáticamente a lo largo de toda su obra poética, Borges apela a Heráclito, el Oscuro de Éfeso, para ilustrar, de manera definitiva, el inexorable paso del tiempo: el río como la gran metáfora del tiempo. Pero también lo hace defendiendo el misterio metafísico de la mutabilidad del ser. Borges marca, por medio de contrarios, el flujo de una armonía necesaria que se constituye como la suma de un estado previo a la existencia. Única armonía posible, por lo demás, a partir de tracciones contrarias, "como la de un arco o una lira", según afirmará Heráclito. Por eso, es posible asegurar que este poema es una composición escrita bajo el signo del Oscuro de Éfeso.

El logos poético está indicando un ritmo determinado, en este decir poéticamente. "Este ritmo es un despliegue de las profericiones del logos, una búsqueda de su más absoluta universalidad. Las modificaciones y tensiones sucesivas, contrastantes, complementarias y excluyentes trazarían pues simultáneamente una vía de ascenso y de descenso, en cuyas disyunciones se cubriría la morada del logos infrangible y eterno, de su indefectible y absoluta proferición, de su patencia inviolable en todos los sistemas semánticos posibles." Esta es la clave de la proferición poética del logos, en la que están incardinadas tensiones anabáticas y catabáticas, que dinamizan las posibilidades de esa Memoria recobrada.

El Poeta está haciendo uso efectivo de su lenguaje para determinar si estas capacidades del logos poético tienen implicancias que están más allá de lo meramente relacionado con lo léxico. Y así es: el punto fundamental del poema se cifra en la creación de las cosas con la palabra como mediadora, con la palabra que intenta una explanación de ese momento que antecede a la creación, al surgimiento del cosmos. El mundo de lo físico es como si estuviera con las expectativas puestas en un mundo previo: el de lo espiritual, donde el hombre habrá de transfigurarse en un apoyo altamente necesario, que permite indagar el vínculo hombre/mundo con la presencia de un solo principio manifestante:

 

Después la historia universal. Ahora.

 

Los atributos de ese cosmos ya han sido proferidos a través del logos poético y, por consiguiente, se integran en el tiempo. Esto explica el carácter eminentemente temporal del verso, frente al resto de los versos que componen el poema, en los que se registra una negación sistemática de la temporalidad: "Después la historia universal. Ahora.", matiz temporal indicado desde las formas léxicas, con la presencia de los adverbios temporales "después" y "ahora", y desde el contenido, justificado en la concurrencia de "la historia universal". Ese estado que precede a la materia, en el que el tiempo es apenas una entelequia configurada a partir del presupuesto del carácter móvil del ser. Esta mutabilidad intrínseca del ser es lo que permite el dinamismo del tiempo, y es lo que justifica el aserto de Heráclito cuando formula la metáfora del río: "No es posible entrar dos veces en el mismo río". Metáfora en la que Borges recurre de manera permanente.

 

3.

La cosmogonía marca el comienzo del mundo, previendo la presencia necesaria del hombre en él. Esta presencia plantea, incesantemente, la relación entre el hombre y el mundo. Pero se trata de una relación establecida a partir de la multiplicidad de la memoria, para construir las imágenes entre las que habrá de establecerse la existencia. Esas imágenes, que habrán de determinar una modalidad excluyente, están relacionadas, de manera intrínseca, con lo primigenio: todo hace una referencia explícita a lo primordial, porque esa instancia está reservada para la verdad. Borges trabaja este aspecto desde la perspectiva de lo recurrente: siempre se está repitiendo un momento "auroral", inicial. Las acciones tienen la impronta de eso cotidiano, que ve en lo principial la razón fundante de lo que termina justificando la existencia. En el poema titulado "La dicha" , perteneciente al libro La cifra (1981), Borges reinstaura lo inicial, desde la memoria de los orígenes, en un acto recurrente:

 

La dicha

El que abraza a una mujer es Adán. La mujer es Eva.

Todo sucede por primera vez.

He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la luna,

pero

qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.

Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.

Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su

nombre.

Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro

surgen.

Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.

El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el

fuego.

En el espejo hay otro que acecha.

El que mira el mar ve a Inglaterra.

El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la

batalla.

He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a

Cartago.

He soñado la espada y la balanza.

Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída,

pero los dos se entregan.

Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el

infierno.

El que desciende a un río desciende al Ganges.

El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.

El que juega con un puñal presagia la muerte de César.

El que duerme es todos los hombres.

En el desierto vi la joven Esfinge que acaban de labrar.

Nada hay tan antiguo bajo el sol.

Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.

El que lee mis palabras está inventándolas.

 

           
           

Lo primero que surge es la posibilidad de leer el poema desde el título: "La dicha". Pero también, la pregunta es inmediata: ¿dicha de qué? La posibilidad de presenciar el comienzo de las cosas, está reservada, estrictamente, para los hacedores. Es necesario recordar que los hacedores son los poetas. El poeta, desde su etimología, es el hacedor por antonomasia. Esa dicha consiste en tener el privilegio de asistir a lo original, a lo primigenio de todo:

 

Todo sucede por primera vez.

 

Pero también la dicha tiene su fuente en la posibilidad de nombrar las cosas y los seres, insuflándoles el ser:

 

Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su

nombre.

 

El poeta asume su condición secreta, en una actitud adánica: dar el nombre a los seres. En este punto, uno puede detenerse a observar el carácter del paisaje que sirve de marco a ese enunciado: la serenidad del paisaje eclógico: "los tranquilos animales". Todo está en sus comienzos. La posibilidad del poeta de hacerse cargo de su naturaleza, surge como la instancia en la cual su propio ser se plenifica, porque está cumpliendo con su vocación más profunda.

Además, en esta enumeración, casi sin orden aparente, no se podía prescindir de la presencia del libro. Pero aquí, el libro es un objeto mágico, caro al pensamiento borgeano, puesto que si lo literario es la única realidad, el lector, al tomar contacto con lo literario, se asoma a la realidad:

 

Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro

surgen.

 

En un sentido, este enunciado está resumiendo la tesis empirista berkeyana, transitada y defendida recurrentemente por Borges, cuyo postulado fundamental corrobora el hecho de que la percepción brinda el acceso efectivo al ser, al conocimiento o aprehensión del ser.

Pero también, al poeta le compete rescatar lo cotidiano, para darle un valor particular, para ofrecerle un espacio que, estimado desde esta perspectiva, permite descubrir el sentido profundo del hecho:

 

El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el

fuego.

 

Esa instancia habitual, frecuente, se transfigura en un acontecimiento que alcanza características propias de la difícil sencillez, al intentar un rescate desde lo originario. Aquí también es necesario recordar que Borges asocia inventar con descubrir y con recordar. Esas son las cosas que se recuerdan: las sencillas, pero que le dan sentido a lo que se está recordando. Por esto, más adelante, el poeta habrá de escribir:

 

Nada hay tan antiguo bajo el sol.

 

Aunque parezca que lo que Borges está planteando tiene más que ver con lo olvidado, una segunda lectura permite entrever que subyace un sentido oculto, que surge cuando el texto es preguntado en profundidad.

Antes de cerrar el poema, Borges reitera un enunciado personal, ubicado en los inicios de poema, pero agregando una nota que es fundamental:

 

Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.

 

La doctrina del eterno retorno es la que hace que Borges se permita aclarar el carácter de su poema, porque, inmediatamente después, aparece el poeta confirmando algunos aspectos de la estética y de la poética, estableciendo un verdadero círculo en sus reflexiones, o mejor: una vuelta de tuerca, que hace que se produzca el extrañamiento en el lector:

 

El que lee mis palabras está inventándolas.

 

Pensemos que estas son palabras que se dicen por primera vez y que, por lo tanto, se trata de nombres que el Poeta "inventa" para que tengan esas palabras algún significado, para que el lector tenga algún acceso a la verdad, porque cuando el poema se moviliza en estos confines, la acción necesaria es establecer, con claridad, las opciones para el re-conocimiento de la verdad. Pensemos, también, que la invención equivale a recuerdo. En consecuencia, el lector, en el acto mismo de la lectura, en el momento estético por excelencia, según Borges, está "recordando" esas palabras, que se inmergen en el momento mismo de la creación, de lo original: el lector está presente en el texto, haciendo uso de su memoria, con lo cual estaría transformándose en un "hacedor", para compartir el rol del Poeta.

En este poema, es posible advertir la presencia de una "visión aléphica" del origen, que requiere de la presencia del Todo, del Universo, para después desarrollar una enumearación caótica, que refleja, a través de la palabra, el universo. Con esto se puede confirmar una coherencia en el desarrollo de la obra total de Borges, que tendría la perspectiva del Aleph como una manera particular desde la cual observar el mundo y convenir sus posibilidades.

 

4.

Así como se puede observar la presencia de una doctrina de la Memoria de los orígenes, en los intersticios de la poesía de Borges circula una doctrina del Olvido. En efecto: la doctrina del Olvido se presenta como una contraparte de la doctrina de la Memoria. Sin embargo, hay algunos rasgos que ubican al Olvido en una situación de equidistancia, lográndose un efecto de suspensión, de estadio intermedio.

El soneto titulado "Everness", perteneciente al poemario El otro, el mismo (1964) plantea la viabilidad de considerar una circunstancia como algo verdaderamente sustantivo. La actitud se refleja en el título mismo del soneto, al transformar un adverbio en sustantivo abstracto, cuya traducción podría acercarse a "siempreidad". A partir de estas precisiones léxicas, que en Borges alcanzan un verdadero significado, se logra una primera aproximación, de manera que la lectura del poema puede orientarse en este sentido:

 

Everness

Sólo una cosa hay. Es el olvido.

Dios, que salva el metal, salva la escoria

Y cifra en su profética memoria

Las lunas que serán y que han sido.

 

Ya todo está. Los miles de reflejos,

Que entre los dos crepúsculos del día

Tu rostro fue dejando en los espejos

Y los que irá dejando todavía.

 

Y todo es una parte del diverso

Cristal de esa memoria, el universo;

No tienen fin sus arduos corredores

 

Y las puertas se cierran a tu paso,

Sólo del otro lado del ocaso

Verás los Arquetipos y Esplendores.

 

 

En el primer verso, Borges está enunciando la doctrina del Olvido:

 

Sólo una cosa hay. Es el olvido.

 

El Olvido se sustenta en plantearse como la oposición de la memoria, siempre que se conciba a esta como la posibilidad de salvaguardarse de la muerte. La memoria siempre mantiene presentes a los individuos; los dota de una vida trascendente. En el caso del poeta, este se ocupa de dejar testimonio de su acción, el poetizar, que se ve enaltecido con el ejercicio efectivo de la palabra poética o logos poético. Por eso, su decir es un decir poéticamente, pues ese decir permite convocar a la memoria para que esta le confíe un pasado que se remite al "illo tempore".

Por lo anterior se confirma que el problema central de la relación memoria / olvido, tiene su punto de cruce en el tema del tiempo, pues en la memoria se concentra todo el tiempo, y en la memoria de Dios se establece lo eterno:

 

Dios, que salva el metal, salva la escoria

Y cifra en su profética memoria

Las lunas que serán y que han sido.

Aquí se enuncia el sentido del título: siempreidad, porque Dios es el único capaz de tener la percepción completa y la contención del tiempo. Sin embargo, en este sentido, "Lo importante es el ‘cuidado’ de la memoria. Este tema (...), expresa la lucha entre el hombre y el tiempo."

Además, la presencia de adverbios o locuciones temporales ofrecen el matiz diferenciador al poema:

 

Ya todo está.

 

Ahora bien: hay un rasgo que caracteriza el poema: la tensión entre memoria y olvido. Se trata de una pulsión poderosa, que consiste en la manifestación de la lucha por cuidar la memoria "... por superar lo que, sin embargo, es una condición esencial del hombre y, por supuesto, de la naturaleza: su carácter temporal. Ser es transcurrir." :

 

Los miles de reflejos,

Que entre los dos crepúsculos del día

Tu rostro fue dejando en los espejos

Y los que irá dejando todavía.

 

El ser se moviliza en el tiempo. Las imágenes especuladas que marcan las apariencias, prefiguran la esencia, porque en el marco de la poética borgeana, el espejo es un símbolo que tiene significados variados, como por ejemplo el reflejo del otro o de lo otro, que en realidad constituye mi esencia. Al poeta, en esta instancia de motilidad, le queda la esperanza en otro mundo, diferente de este, reflejo de este, pero en esencia igual, aunque es ese mundo el que alberga la perfección:

 

Sólo del otro lado del ocaso

Verás los Arquetipos y Esplendores.

 

Entonces, memoria y olvido tienen la impronta de configurarse como dos rostros de una misma realidad, que terminan conjugándose en la palabra escrita. "El texto es una mezcla de memoria y olvido. Memoria, porque la posibilidad de esos textos, su dinamismo se hace enérgeia sólo cuando irrumpe, desde la penumbra en la que yace esa memoria, hasta el umbral del tiempo donde está situada la consciencia del lector, la consciencia viva que arrastra el tiempo con ella. Olvido, porque esos textos, que conservan en su grafía los rasgos del tiempo en que fueron creados, sólo pueden vivir en la consciencia del otro, en la iluminación que aporta los latidos reales del real tiempo en el que el lector alienta."

 

5.

Borges, ante la poesía, ante ese misterio inmarcesible de la poesía, se plantea los destinos para ella, y adjudica uno al hecho de que deja una imagen total del hombre que la hizo. No obstante, Borges insiste en el misterio: "... toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir." Borges establece el carácter de la escritura como una donación conferida como una potencia creativa, que el poeta acaso intuye. Escribe Borges: "... los griegos invocaban la musa..." , porque ellas eran las portadoras de la Memoria, ellas eran las hijas de Mnemosyne, la Memoria, que traía, con la palabra mediadora del Poeta, el origen para la celebración de la plenitud del Ser: "Lo creado se muestra (...) como inconcluso, como inacabado hasta no ser manifestado, hasta no ser manifestación. La manifestación será y cumplirá la plenitud de su ser, el Ser de su plenitud, será su aparecer, su Aletheia, la Verdad que aparece, que es, en primer lugar palabra, canto, celebración.

"Expresar la expresión del ser será la tarea, la misión y vocación de las Musas, vínculo y religación entre lo Original y lo originado, entre la esencia y la existencia, entre los mortales y los inmortales. (...)

"Las Musas epifanizan al Ser mismo en su voz, a la Voz del mismo Ser. Pero las hijas de Mnemosyné tienen voz pero no tienen labios, tienen voz pero carecen de palabras. Los hombres, por su parte, tienen labios pero no tienen voz, no tienen palabras de verdad, tienen palabras habladas pero no hablantes..."

Sin embargo, a través de su decir poéticamente, Borges está revelando su palabra, que se inmerge en los orígenes, donde aguarda la Verdad.


© Daniel Gustavo Teobaldi 1998

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