Réquiem por
Octavio Paz


Por Patricio Eufraccio


"Debe haber otras formas de ser y quizá morir sólo sea un tránsito"
Los signos en rotación


Nadie puede dejar de lado a la muerte. Ni los hombres grandes ni los pequeños. No por ello existen grandes muertes o pequeñas, todas nos merman como humanidad y cada una de ellas nos recuerda nuestra condición transitoria. Sin embargo, la muerte de algunos seres nos sorprende, no por el hecho de morir, sino por la vida que llevaron y las cosas que durante ella llevaron a cabo. Son seres con vidas más allá de lo ordinario, de lo cotidiano y, no obstante, humanos y mortales.

En estos días un hombre extraordinario ha muerto. Para el común de las personas de este mundo, en nada les afecta su muerte; en nada de lo inmediato y apremiante, pues no era un dictador y, por lo tanto, después de su sepelio no habrá una revolución. Tampoco era un pilar económico del mundo, de tal suerte que la economía globalizada (horrendo término) no sufrirá desmayos; las bolsas del mundo no registrarán su partida. No era un héroe de las plazas o los estadios por lo que la afición no guardará minutos de silencio los próximos domingos de corrida o partido. ¿Qué era, pues, este hombre para que su muerte nos preocupe y le permita a los periódicos y noticieros justificar su inclusión en sus espacios? Era un poeta. No deja de sorprender el que la muerte de un poeta, en el siglo de la técnica, sea motivo de pena colectiva. En mi país, no toda la pena manifestada es honda, ni siquiera verdadera, pero si colectiva. Cientos, miles se lamentan de su muerte, loan al caído, pero poco lo conocen. Para la mayor parte de ellos el poeta era un nombre, tal vez un poema, quizá el título de un libro; o, a la mejor, el recuerdo de una acción a contrapelo, la crítica de un suceso escandaloso o tan sólo un motivo de orgullo nacional, casi futbolístico, de ser uno de los pocos galardonados con el premio Nobel.

Durante las siguientes semanas el poeta muerto se transformará en espectro de los diarios y noticieros. Se revivirán entrevistas pasadas, se conminará a conocidos y desconocidos del poeta a opinar sobre su persona, su obra, su vida, sus últimos y primeros días, su muerte. Será, por una efímera temporada, el rey del carnaval periodístico. Quizá hasta terminen de editarse, por fin, sus obras completas.

Sin embargo, el poeta no merece ser recordado por su muerte, ni por sus simpatías o antipatías personales con el mundo, sino por su obra. Pero el recuerdo es una acción que requiere, necesariamente, del conocimiento previo. Por ello, en este réquiem presento una parte de su pensamiento, pues lo único que trasciende a los poetas es su obra; y, ésta, para conocerla hay que leerla, analizarla, enojarse por su parquedad o maravillarse por su lucidez, desmenuzarla, morderla, utilizarla para enamorarse o para vengarse, cohabitar con ella, dormir a su lado, encadenarla a nuestra vida para tener armas contra la muerte y el olvido; odiar al poema por su manejo de la lengua, coincidir con el ensayo, apreciar o despreciar las imágenes, rescatar al poeta del desgaste polvoriento de los años y, con ello, rescatarnos a cada uno de nosotros de la soledad. Seamos libres por la poesía y la literatura. Encontremos la otredad que nos descubre Octavio Paz en su obra.

La experiencia de la otredad abarca las dos notas extremas de un ritmo de separación y reunión, presente en todas las manifestaciones del ser, desde las físicas hasta las biológicas. En el hombre ese ritmo se expresa como caída, sentirse solo en un mundo extraño, y como reunión, acorde con la totalidad. Todos los hombres, sin excepción, por un instante, hemos entrevisto la experiencia de la separación y de la reunión. El día en que de verdad estuvimos enamorados y supimos que ese instante era para siempre; cuando caímos en el sinfín de nosotros mismos y el tiempo abrió sus entrañas y nos contemplamos como un rostro que se desvanece y una palabra que se anula; la tarde en que vimos el árbol aquel en medio del campo y adivinamos, aunque ya no lo recordemos, qué decían las hojas, la vibración del cielo, la reverberación del muro blanco golpeado por la luz última; una mañana, tirados en la yerba, oyendo la vida secreta de las plantas; o de noche, frente al agua entre las rocas altas. Solos o acompañados hemos visto al Ser y el Ser nos ha visto. ¿Es la otra vida? Es la verdadera vida, la vida de todos los días. Sobre la otra que nos prometen las religiones, nada podemos decir con certeza. Parece demasiada vanidad y engolosinamiento con nuestro propio yo pensar en la supervivencia; pero reducir toda existencia al modelo humano y terrestre revela cierta falta de imaginación ante las posibilidades del ser. Debe haber otras formas de ser y quizá morir sólo sea un tránsito. Dudo que ese tránsito pueda ser sinónimo de salvación o perdición personal. En cualquier caso, aspiro al ser, al ser que cambia, no a la salvación del yo. No me preocupa la otra vida allá sino aquí. La experiencia de la otredad es, aquí mismo, la otra vida. La poesía no se propone consolar al hombre de la muerte sino vislumbrar que vida y muerte son inseparables: son la totalidad. Recuperar la vida concreta significa reunir la pareja vida-muerte, reconquistar lo uno en lo otro, el tú en el yo, y así descubrir la figura del mundo en la dispersión de sus fragmentos.
(Los signos en rotación, OC, v. I, México, Círculo de lectores/Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 260-261).


Espéculo, 21 de abril de 1998.


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