El miedo, motor de la historia individual y colectiva
[Angel Rodríguez Kauth]

CAPÍTULO.1 | Psicosociología del miedo: La experiencia argentina reciente (*)

 
Todas las cosas
ya fueron dichas,
pero como nadie escucha
es preciso comenzar de nuevo
[A. GIDE]

 

1-INTRODUCCION.

Desde 1983 hasta la fecha -2001- los argentinos -como tantos otros pueblos latinoamericanos que vivimos la trágica experiencia de las dictaduras militares- tuvimos miedo en tiempo pasado, miedo a descubrir la verdad, la siempre dolorosa verdad -de lo que nos había ocurrido entre 1975 y 1983- que no sólo se nos ocultaba sistemáticamente, sino también temor a encontrar aquello que no habíamos querido ver durante la dictadura militar del Proceso de Reorganización Nacional. Esto ocurrió debido a que asimismo hemos temido en tiempo presente, durante aquella larga noche de terror que transcurrió entre 1975 y 1983, inclusive. Al efecto, debo hacer notar que J. Cronehed (1998) señala acertadamente que tanto las características del terror y las fuerzas que éste tenga "... pueden influir en una sociedad, son todavía relevantes y de muchas maneras independientes de la época".

Tuvimos miedo a las consecuencias físicas, sociales y psicológicas de los mecanismos represivos de la dictadura; teníamos terror a las llamadas "fuerzas de seguridad", que no eran otra cosa que una expresión terrorista enquistada en el Estado que supuestamente debía proteger a la población; temíamos al ejercicio de la censura -impuesta por los mandamases de turno- como así también a la autocensura que nos imponíamos por el propio miedo que nos acompañaba; les temíamos a los parapoliciales de bigote negro, peinados a la gomina y con gafas oscuras, que eran capaces de cometer los mayores y más viles atropellos contra cualquiera con total impunidad; se le tenía miedo a la tortura física y psicológica; horror a la posible pérdida de un hijo o de un familiar a manos de los terroristas de Estado e, incluso, a la desaparición de un amigo: nos embargaba el miedo a la pérdida del trabajo por oscuras razones que podían implicarnos en una revancha personal de algún nuevo funcionario representante de la dictadura o porque se nos implicara en alguna relación amistosa con gente a la que se sospechaba de "subversiva" o que efectivamente lo fuese, lo cual era más que suficiente para caer en la misma categoría; miedo al desamparo social por la pérdida de la solidaridad, ya que se habían roto los lazos sociales entre los compañeros de labor, entre los amigos y hasta entre los familiares; miedo al autoexilio forzoso en algún lugar remoto del mundo, como una forma de proteger nuestras vidas ante la sospecha de que podíamos ser sospechosos y debíamos escapar para salvar nuestras vidas; algunos tuvimos que vivir el "exilio interior" porque teníamos miedo a la fantasía siniestra del exilio; y muchos otros terrores más que sería largo enumerar, pero que nunca serían suficientemente abarcativos de todos los miedos particulares que cada uno de nosotros sintió y vivió en ese período obscuro que se cerró, en diciembre de 1983, con el triunfo en las urnas de las fuerzas populares sobre la dictadura.

No se trató de un miedo ni de un terror irracional, regresivo infantil o absurdo. La realidad que nos rodeaba -y en la que estábamos inmersos- era tenebrosa, umbría; existían serias y justificadas razones para vivir temerosos, a diario los medios de comunicación -que estaban en manos de los terroristas de Estado a través de la siempre presente censura previa a cualquier publicación o emisión- se encargaban de meternos miedo en las entrañas relatando confusos episodios en que constantemente morían "subversivos" y, además, porque "algunos" ciudadanos sabían de los horrores que estaban ocurriendo en las prisiones clandestinas del régimen. El resultado de todo eso fue que vivimos bajo el imperativo del miedo y del terror como auténticas dimensiones de la conducta, del pensamiento y del afecto, las cuales son eminentemente humanas e intransferibles a terceros.

No fue un miedo infantil e injustificado, sino que fue un miedo bien justificado que se hallaba avalado por numerosos episodios concretos y objetivos de violencia, garantizados en más de 30 mil desaparecidos -que según palabras del dictador Jorge R. Videla no eran otra cosa que entelequias ya que, según sus palabras "están desaparecidos, no existen"- y varios miles más de ciudadanos encarcelados, torturados, amordazados en sus posibilidades expresivas, expulsados de sus empleos, etc. Fue un miedo que se manifestaba simultáneamente hacia afuera y hacia adentro de nosotros mismos. Miedo escondido y embozado, tratando de que no se advirtiera desde el exterior debido a que era necesario aparentar, simular (Ingenieros 1900) -por razones de seguridad personal, para no despertar sospechas ante el ojo del Gran Amo que seguramente estaría vigilando- algo así como "total, de que voy a tener miedo, yo soy bueno, no estoy metido en nada malo".

No se trataba de la estrategia de ocultamiento de la naturaleza que utiliza el machista para no hacer públicos sus miedos, sino que era una acción defensiva de esconderlo por que había otro miedo prevaleciente -de mayor intensidad- cual es que el miedo fuese observado por los otros y los sicarios del régimen comenzasen a sospechar que la persona podía estar implicada en alguna cosa "obscura, rara", ya que el sujeto tenía miedo y éste "por algo" podría ser. Entonces era preciso no despertar suspicacias en los "otros" -que bien podían ser informantes de los tenebrosos servicios de informaciones- de que sentíamos miedo, ya que este podría servir como disparador de que por "algo sería", como se decía en la jerga de esos Servicios y, así ellos tendrían argumentos para comenzar a sospechar -y a investigar en nuestras vidas- que era posible que estuviésemos implicados en alguna actividad subversiva, como podía ser la de "pensar feo", lo cual redundaría en un peligro para nuestra propia seguridad y la de la familia. Es decir, se ponía en juego el mecanismo defensivo de la negación para ganar confianza interior en que "aquello no me iba a pasar a mí", eso solamente les ocurre a los que están metidos en actividades subversivas o que andan con gente "peligrosa". Si se quiere, las víctimas del terror de Estado utilizaban la metodología de culpabilizarse a sí mismas a través de la negación de las supuestas culpas que podían tener lugar con alguna de sus conductas que podrían ser sospechosas para quienes sospechaban de todo y de todos.

Por aquellos tiempos los argentinos tuvimos muchos miedos que nos atenazaban, que nos paralizaban en nuestros quehaceres habituales. Tuvimos temor a que los "otros", los que estaban cerca nuestro pudieran ser "soplones" de los Servicios y que por una venganza de tipo personal nos denunciaran como supuestos subversivos, o efectivos subversivos. Cualquiera, sin distinción de género, clase social, militancia política o lo que fuese, podía ser miembro de los Servicios, podía ser un informante oficial u oficioso de la policía o algun otro organismo represivo del Estado; también se estilaba que pudiera pasar alguna información perjudicial para alguien -de manera anónima- cosa que sin dudas nos perjudicaría en nuestra seguridad personal o laboral frente al régimen despótico y autoritario gobernante.

El miedo a los "otros" -una estrategia usada por el Terrorismo de Estado para romper los lazos del entretejido solidario social- lo comenzamos a sentir cuando el régimen nos enseñó, a través de los medios de comunicación masiva, que el vecino -con el que compartíamos el mate de las mañanas y las noticias del día- bien podía ser un terrorista, un subversivo o un comunista y, paradojalmente, eso nos llevó a sospechar -por el concepto de la transferencia de aprendizajes (Rodriguez Kauth y Pereyra, 1971)- que ese mismo vecino también podía ser un agente encubierto de los Servicios. Ese fue el momento en que comenzamos a levantar barreras de recelo y suspicacias hasta frente a los propios amigos de toda una vida. Y no vaya a creer el lector que estos temores eran el producto de un delirio paranoide individual, simplemente se trataba de un estado de paranoia colectiva que había sido institucionalizada desde la cúpula del régimen -como una estrategia para infundir miedo y continuar actuando impunemente con sus matanzas y persecuciones, mientras en secreto se hacían los más sucios negociados que multiplicaron por veinte el monto de la deuda externa argentina- dado que la realidad exterior era verdaderamente persecutoria; no se trataba de una cuestión subjetiva -que también estaba presente- sino que la misma era avalada por hechos objetivos y concretos de los que todos en alguna oportunidad fuimos o actores u observadores.

Mas, con todo eso no se termina el listado de los temores que dirigían nuestras conductas individuales y colectivas, también tuvimos miedo de nosotros mismos, en cuanto temíamos "pensar feo", es decir, de la forma cómo no era del agrado a los usurpadores del Poder y llegar a cometer aquella imprudencia en voz alta, frente a cualquiera. Era, en una forma paradójica, el miedo de decir y el miedo de no decir. Se tenía miedo a las posibles represalias que sobrevendrían por expresar nuestros pensamientos y sentimientos disidentes ante la situación siniestra por la que atravesaba el país y el pueblo llano, con lo cual teníamos miedo de traicionarnos en nuestras más caras convicciones políticas e ideológicas que nos pudieran acompañar. Llegamos al punto de tener miedo de mirarnos al espejo cada mañana y descubrir que la luna del mismo nos dijera que ése que estaba en el vidrio era un traidor, un cobarde que prefería disimular, ocultar y hasta traicionar su ideología para evitar ser sancionado con las conocidas represalias del régimen gobernante. Sin embargo, esta incómoda situación la superábamos con una cómoda racionalización -de tipo altruista- acerca de los temores añadidos que sentíamos por los allegados, debido a que ellos podían sufrir las consecuencias de la persecución policial o militar, el desempleo y hasta la misma tortura por culpa de nuestros atrevimientos y osadías verbales.

2-CRONICA DEL MIEDO.

De tal forma se nos fue moldeando -desde el poder autoritario- una mentalidad propia de timoratos y miedosos durante esos ocho largos años, o más, ya que no solamente durante el mal llamado "Proceso de Reorganización Nacional" comenzamos a sufrir las consecuencias del miedo, sino que ya con anterioridad, durante presencia pública de la tristemente famosa Triple A -Alianza Anticomunista Argentina- desde el Estado de Terror instalado durante el gobierno constitucional de la Presidente María Estela Martínez de Perón -más conocida como Isabel- se nos introdujo en el aprendizaje de temerle a los aparatos omnímodos del Estado. Fue un aprendizaje que estuvo signado por el clásico sistema de refuerzo y castigo -que tan bien suele utilizar el conductismo- que hizo que se reforzaran con premios sabrosos -como la provisión de interesantes cargos públicos- las conductas de delación, denuncia, y hasta de alcahuetería (1); como así también de la necesaria exhibición de silencio, sumisión y obsecuencia para evitar los castigos que venían asociados cuando no se cumplía con aquella regla.

Pese a ello, los castigos seguían cayendo con todo el peso de sus injustas sanciones a todos aquellos que no se prestaban a tal juego alienante de la sumisión, el silencio y la inacción que aceptaba con aquiescente pasividad la crueldad con que se expresaba el terrorismo de Estado. Aquellas tres formas de influir -sumisión, silencio y pasividad- sobre los individuos conducen a la población a vivir bajo el estado del anonimato, ya que las tres se pueden reducir a una: silencio absoluto. Y con él se conquistó la propuesta original de la dictadura de abrir un hiato insalvable entre los ciudadanos, una suerte de vacío u oquedad que no se quiere ni puede llenar -por razones de "seguridad"- y que luego va a ser una ardua tarea psicosocial restablecer. En este sentido, el periodismo argentino ha jugado un notable papel -luego del período del horror, ya que durante el mismo también él se llamó a silencio- para enseñarnos que se puede decir lo que sentimos y pensamos -"sentipensamientos" en el decir del lenguaje poético de E. Galeano- sin temor a represalias.

Nuevamente, se había cumplido el objetivo propuesto, hoy los jóvenes argentinos se mueven entre una suerte de ser timoratos ante los hechos que transcurren frente a sus ojos y otro poco que no les interesa saber qué es lo que ocurrió en el país durante aquellos años. Sin dudas que el conocimiento es peligroso, ya que con el saber se reabren heridas familiares que -en muchos casos- es preferible mantener cerradas, aunque esto signifique vivir en la ignorancia. Es que el silencio obligado de aquel entonces es el desconocimiento de lo que ocurrió y, aunque paradójico, también es la ignorancia de lo que sucede en la actualidad. Según una encuesta de mayo del 2001 realizada por Gallup Argentina, solamente el 20% de la población se interesa por los temas políticos, aún cuando se están viviendo situaciones extremas como son el encarcelamiento del ex Presidente Menem -y algunos de sus ministros por el delito de asociación ilícita- como asimismo los cambios permanentes de miembros del Gabinete nacional a consecuencia de la severa crisis social y económica que atravesamos.

3-LOS MIEDOS DE LA TRANSICION.

Hoy -a casi dos décadas de finalizada tan horrorosa experiencia social -la que fuera tan magníficamente denunciada por el Fiscal Strassera en su alegato ante la Cámara Federal Nacional que juzgó a las tres primeras juntas militares que gobernaron durante el Proceso- los argentinos ya nos podemos horrorizar en alta voz sobre la triste experiencia que nos tocara transitar. En la actualidad nos asombramos -y el mundo entero nos acompaña en su asombro- ante el descubrimiento y denuncia pública de las torturas, matanzas y sadismo con que se instaló y llevó adelante la "Doctrina de la Seguridad Nacional" -aprendida por nuestros militares en Panamá, en el ámbito de la tenebrosa Escuela de las Américas dirigida por los servicios de contrainsurgencia norteamericanos para luchar contra el comunismo y todo aquello que se le pareciese (Rodriguez Kauth, 1998)- con que se nos reprimió y silenció por largo tiempo.

Pero también hubo un período posterior a la democracia, durante el gobierno constitucional de Raúl Alfonsín, donde el slogan de batalla de éste fue: "Con la democracia se come, se educa y se cura", aunque tales auspiciosas propuestas estuvieron lejos de verse concretadas. Más, entonces los argentinos tuvimos también un miedo secreto -pese a vivir en un momento de absolutas libertades y garantías- que se expresaba en voz muy baja y solamente entre los íntimos, tal temor decía algo más o menos así: "Si la democracia vuelve a perder el gobierno, si retornan los militares, ¿qué es lo que nos va a pasar?, ¿qué me va a suceder a mí?". Este miedo sentido y expresado frente al mito del eterno retorno, tampoco es un temor que pueda ser considerado paranoide o delirante. El mismo entra en el cálculo de probabilidades que se hace cualquier persona más o menos sensata que observa la realidad a partir de su experiencia y la de sus vecinos. Pero no se vaya a creer que esas expresiones reflejaban una expresión de deseos que se mantenían en la fantasía; simplemente era una posibilidad que, quién más o quién menos, se la planteaba y especulaba alrededor de ella.

Frente a tales especulaciones hechas en voz alta reaccionó la soberbia enquistada en el poder civil enseñándonos -con expresión adusta y admonitoria- que tales cosas no se dicen, ni siquiera se piensan, porque en definitiva podían ser "desestabilizadoras" del sistema político que habíamos logrado reconquistar. Pareciera que quienes pretendían programar su futuro en función de algunas de las contingencias posibles eran desestabilizadores de aquello por lo que habíamos luchado y que queríamos que se mantuviese estable, esto es, el gobierno y el poder civil bajo la forma democrática y republicana que establece nuestra Constitución. Y este sentimiento era a tal punto compartido que inclusive transitaba aún por parte de aquellos que votaron en las elecciones legislativas de octubre de 1987 contra las autoridades políticas del radicalismo gobernante.

No seamos ni ingenuos ni soberbios -variables ambas que normalmente van asociadas- en nuestra conducta política. En la Argentina contemporánea -en la de los gobiernos de Alfonsín, de Menem o de De la Rúa- ningún civil tiene capacidad suficiente para "desestabilizar" a los gobiernos democráticos. Y esto no es consecuencia de que algunos civiles no hayan deseado hacerlo, sino simplemente porque no tenemos la capacidad necesaria para llevarlo adelante. Solamente quienes tienen el poder de las armas pueden desestabilizar y, como históricamente lo han demostrado, son los que desestabilizan con pequeños intentos de "golpe" previos y fallidos hasta que finalmente provocan -en una embestida final- la caída de los gobiernos constitucionales. Es cierto que siempre las proclamas golpistas aducen algo referido a un malestar general de la población, la que no se siente representada por ese gobierno civil que ellos vienen a reemplazar y que, en consecuencia, ellos -los militares "salvadores de la patria" (Rodriguez Kauth, 2000)- como fieles intérpretes del pueblo están obligados a salir a la calle con sus tanques y aviones a dar respuestas válidas a esas justificadas inquietudes de un pueblo incomprendido por el gobierno civil y democrático. Esto fue lo ocurrido con el golpe institucional de 1976, por entonces existía un descontento generalizado en la población en contra del gobierno y los sindicatos justicialistas y "... que el partido militar liderado por Videla supo capitalizar muy bien" (Seoane y Muleiro, 2001).

Pero tampoco en esto seamos ingenuos, es harto sabido que las proclamas golpistas no son más que palabras huecas y altisonantes (2) que no responden a la realidad que vive el pueblo. Lo cierto es que ningún golpe militar en la Argentina se preocupó seriamente de los reclamos de la población, particularmente de los excluidos o marginados. Haya, o no haya malestar popular, los militares golpistas van a salir igual a romper el orden constitucional, respondiendo así a sus intereses sectoriales y al de sus mandantes de la metrópoli imperial, es decir, los Estados Unidos de Norteamérica que representan los intereses económicos y financieros de las transnacionales. Entonces sobre este tema también es preciso que perdamos el miedo, digamos la realidad de nuestros temores en voz alta, no temamos a ser acusados de desestabilizadores o de ser inocentes cómplices de un complot militar futuro. Ella es nuestra mejor arma de defensa contra la corrupción, la impunidad, los abusos de poder y las limitaciones que todos los gobernantes pretenden poner a la libre circulación de las ideas, aunque para ello no utilicen las armas de guerra, pero sí haciendo uso de las armas psicológicas de recurrir al miedo a un retorno de situaciones no deseadas.

La verdad es que quien esto escribe -como así también una inmensa mayoría de los argentinos que pasaron por situaciones semejantes a mi sentir y pensar- tuvo mucho miedo, durante el gobierno de Alfonsín, a un próximo golpe militar que reeditase la triste experiencia del ya superado "Proceso". Y no solamente tenía miedo solidario para con el resto de mi pueblo, sino que fundamentalmente estaba atravesado por un miedo esencialmente egoísta. Terror de que me pudiera pasar a mí y a mis hijos por haber participado políticamente -en forma activa- de aquella aventura democrática que estábamos viviendo. No es posible olvidar, ni negar maníacamente, los hechos del pasado, las experiencias terroríficas vividas, las muertes, desapariciones y torturas que como fantasmas recorren nuestra Patria recordándonos su martirologio y un pasado relativamente reciente que NUNCA MAS debiera volver a representarse en la escena nacional. Pero ese NUNCA MAS no es otra cosa que una expresión de deseos, una esperanza que guardamos en lo más recóndito de nuestras entrañas, pero no es prudente engañarse y creer que no haya una posibilidad fáctica de que se repita. Posibilidad que deberemos alejar hasta reducirla a su mínima expresión de significación en un cálculo estadístico de probabilidades, pero teniendo en cuenta que es una posibilidad al fin de cuentas.

Tuve miedo -lo teníamos la inmensa mayoría y aclaro que no pretendo esconderme en el anonimato de la masividad- por aquel entonces de que se repitiera la misma conducta militar de los últimos cincuenta años. A nivel personal me preguntaba qué iba a hacer yo para salvar mi vida y mi lugar de trabajo. Por las calles se comentaba que los famosos "servicios" seguían actuando impunemente amparados desde las sombras por sus antiguos jefes, que no habían sido desactivados totalmente, y que recorrían nuestras calles, fábricas, aulas y demás lugares de reunión buscando "zurdos" para hacer un relevamiento de ellos e inscribirlos en su agenda para cuando llegue el momento de la venganza por las humillaciones que se les hizo soportar no solamente en los juicios a las Juntas Militares, sino también en el desdén y desprecio cotidiano con que se los trataba. Asimismo se decía que no solamente buscaban "zurdos" con ese objetivo, simplemente recogían los datos de todos aquellos que "pensaban feo" y que eran potenciales adversarios del golpe que les quitaba el sueño con las añoranzas de un pasado autoritario y glorioso donde eran los temidos personajes de la película. Tuve un amigo, compañero de trabajo, en el cual estas afirmaciones se habían instalado como un delirio paranoide: detrás de cada árbol veía a un parapolicial que lo estaba persiguiendo. Otros han preferido negar la realidad y sostenían que esos individuos de anteojos negros y gruesos bigotes que venían a nuestros domicilios a averiguar donde trabajábamos, con el pretexto de vendernos una aspiradora eléctrica o un seguro de vida, no eran más que inocentes vendedores ambulantes que se ganaban la vida en esos menesteres y que solamente, por mera casualidad, se movilizaban en automóviles Ford Falcon que eran propiedad de la empresa para la que trabajaban, aunque la experiencia nos enseñó que eran los vehículos terroríficos en que realizaban sus "operativos" las fuerzas parapoliciales.

Pero la cruel y cruda realidad de lo cotidiano es trascendente a las fantasías persecutorias y a las negaciones y renegaciones maníacas o psicóticas. Lo cierto es que aquellos "servicios" seguían actuando dentro de los aparatos represores que aún no habían sido desmontados, o bien lo hacían al amparo de la clandestinidad o, lo que es peor aún, vendían sus servicios a algunos funcionarios de la democracia. Más, simplemente estaban ahí: esperando -como buenos perros de presa que son- el momento oportuno para pegar el zarpazo y recomenzar con la lúgubre y terrorífica historia de aquellos fatídicos ocho años, aunque corregida y aumentada por la sed de venganza frente a una justicia independiente -que ellos le negaron a sus víctimas- que había pretendido imponer sus reales.

4-LA ESTRATEGIA DEL MIEDO PARA ATERRORIZAR.

Las estrategias del terror son múltiples, sus métodos e idiomas pueden encontrarse tanto en los ámbitos familiares -un padre, una madre o un hijo que mantienen aterrorizados al resto de la familia con golpes, o bajo la presión de abandonarlos a su suerte si no hacen la voluntad de quien aterroriza- como así también en un barrio -los conocidos "dueños de la calle", que hasta cobran peaje por transitar sobre una vereda- y, asimismo, se los encuentra en una localidad rural o en las llamadas zonas "calientes", en donde ha estallado la guerra civil entre compatriotas o la guerra entre países vecinos.

La realidad es que en vísperas de las elecciones parlamentarias que se celebrarían en Octubre de 1985, aparecieron en todo el país los ataques terroristas (3) con un notable ensañamiento sobre cualquier ciudadano. Estos hechos se concretaron con bombas reales -que costaron una víctima fatal en la ciudad de Córdoba- o con anuncios anónimos de la colocación de explosivos en lugares públicos, especialmente en instituciones de enseñanza -ahí para hacer cundir el pánico entre los padres de los niños- que es el objetivo último que pretende la acción del terrorista (Alonso Fernández, 1994; Reich, 1992; Rodriguez Kauth, 1995). El terrorismo generalizado, implantado en Argentina desde la cúpula del Estado autoritario -1976 hasta 1983- volvía a aparecer desde las sombras bajo la forma de "terror ilustrado", utilizando básicamente lo que en términos militares se conoce como las "maniobras de camuflaje", con el único objetivo de lograr efectos psicológicos y sociales de desestabilización política y de disuasión sobre las decisiones personales que se fueran a tomar.

Estas metodologías de trabajo, que utilizan el miedo y el terror como instrumentos mediadores de sus fines, es probable que dejen huellas imperecederas en los individuos que vivieron sometidos a tales condiciones. Recuerdo el caso de un amigo judío -que fue el único miembro de una familia extensa que sobrevivió a los horrores del campo de concentración de Auschwitz- que me dijo que "las cicatrices del cuerpo cierran y es muy raro que vuelvan a doler, pero las cicatrices del alma no cierran jamás y siempre tironean y producen intensos dolores, aún cuando uno crea que ya las ha superado, hay un momento en que resurgen con sus recuerdos" (Fuchs, 1995). Al respecto, el cineasta y comediante Woody Allen, con la perspicacia que lo caracteriza, anotó alguna vez: "Y me preguntaba si un recuerdo es algo que tienes o algo que has perdido".

Estas heridas "del alma" que ha provocado la vivencia del terror y del horror, no solamente no se curan, sino que tampoco son terapéuticas -como puede serlo una cicatriz dejada por una cirugía necesaria- y, una de las medidas que reparan parcialmente tales cicatrices es la capacidad de ponerle palabras a los hechos sucedidos. Hablarlos. Y eso es lo que hemos hecho algunos, mientras que otros optaron por hundir en el inconsciente aquellos recuerdos trágicos -a veces tragicómicos, como me ocurrió con un jefe militar, a cuyas órdenes estaba detenido, que sentía tal asco por las cosas que yo había escrito que repasaba las hojas de una publicación mía con un cuchillo, mientras me insultaba por ser un comunista hijo de puta; eso de pasar las hojas de la revista con un cuchillo lo hacía para no ensuciarse las manos con las porquerías que estaban impresas en el papel- sin tener en cuenta que el inconsciente siempre hace aflorar sus contenidos por alguna parte, bajo algún síntoma ha de presentar una renguera.

6-¿QUE HACER ANTE EL TERROR?.

Frente a dicha situación ¿qué quedaba por hacer a la civilidad que quería fehacientemente que el NUNCA MAS no fuera solamente un slogan o una expresión de deseos?. Entendíamos que todavía no estaba dicha la última palabra al respecto y la historia nos confirmó que teníamos razón. Pese a los intentos frustrados de golpes de Estado de algunos grupos militares, la democracia pudo y supo sobreponerse a los mismos. Sin embargo, todavía sigue siendo una incógnita qué mecanismos se pueden utilizar para defender el sistema democrático de vida, cuando se la está viviendo bajo el sino amenazante del latiguillo de la "transición democrática" (Rodriguez Kauth, 2000a). La llamada ley de defensa de la democracia -sancionada durante el gobierno de Alfonsín- no es más que un instrumento jurídico que tiene valor mientras esté plenamente conformado el sistema institucional de derecho, pero que en sí misma es incapaz de evitar nuevos golpes de Estado.

Por tal razón, lo que se hizo, desde abajo, desde las bases mismas de la población, fue poner en marcha contactos entre los diversos organismos de derechos humanos, entre las organizaciones obreras, los colegios profesionales, las organizaciones estudiantiles y, en fin, entre todas aquellas instituciones que tienen que ver con la vida activa -y también pasiva, ya que participan inclusive los jubilados y pensionados- del país, para concertar estrategias comunes de lucha, a fin de organizar las metodologías de resistencia pasiva ante la presencia potencial de una nueva intentona militar que tenga interés en retornar para alterar el sistema constitucional que hemos logrado construir y que estamos gozando entre peripecias económicas y políticas que desde el año 2001 nos han precipitado al borde de un abismo que no sabemos lo que tendrá en su fondo.

Es que el terrorismo -especialmente el psicológico- requiere de poca infraestructura logística por parte del terrorista, solamente algo de imaginación y mucha perversidad. Con sólo levantar un tubo telefónico se puede sembrar el terror en una escuela, o en un estadio de fútbol o en cualquier lugar donde haya un conglomerado de personas congregadas. Es suficiente que cuando del otro lado se contesta al llamado, decirle al escucha que en ese lugar está colocada una bomba que estallará dentro de una hora. Así se logra crear un clima momentáneo de terror y pánico, a la vez que se extiende un sentimiento generalizado de inseguridad. El objetivo psicosocial de la organización terrorista se ha visto cumplimentado de una manera sencilla, la bomba no existió, pero el pánico y el terror sí, se logró que se instalara el caos dentro de la rutina cotidiana. Con tres o cuatro ardides como el señalado, hechos de manera consecutiva a diferentes lugares en una misma población, entonces ya está instalado el propósito de desestabilización emocional. Vale decir, un pequeño grupo delirante puede influir de manera decisoria sobre una estructura dominate en número y en capacidad operativa.

Quienes tenemos responsabilidades intelectuales -o quienes las tienen desde la conducción política- debemos demostrar nuestro abierto y franco rechazo por cualquier forma autoritaria de conducta, tanto individual como política. Hace muchos años, más de un cuarto de siglo, los argentinos que entran en la categoría de la pacatería de la banalidad, se ofendieron mucho porque una periodista italiana -Oriana Falacci- nos dijo que llevábamos un "enano fascista" adentro nuestro. Ese enano al que hacía referencia la periodista es un extraño misterio de la biología, ya que se trata de un enano que -a contrapelo de lo que dicen los manuales sobre "enanismo"- crece y crece cada vez más, que cada día se está haciendo más grande y fornido, ya que se alimenta con las contradicciones y frustraciones en que navegamos y que no se las puede tolerar más, por eso aumenta su tamaño. Se trata de un enano que pretende obtenerlo todo ya, en el aquí y ahora, que no quiere pagar sacrificio alguno por un futuro mejor de paz y libertad.

Pareciera que los argentinos arrastramos una larga tradición de ser individuos incapaces de tolerar frustraciones de menor cuantía. No podemos tolerar las fallas de un gobierno democrático, que también tiene sus aciertos, aunque cueste encontrarlos. Frente a los aciertos de los gobernantes utilizamos el mecanismo de la minimización y aprovechamos para señalar que en definitiva no hace otra cosa que cumplir con su obligación. Ante los errores o desaciertos inmediatamente los maximizamos, protestamos, nos quejamos y lo repudiamos. Esto de la protesta y la queja en sí mismo no es un defecto ni es necesariamente reprochable, precisamente la protesta y el contestarismo son útiles para preservar el sistema democrático en su esencia no formal. ¿De qué valen las formas democráticas si no se puede expresar el disenso, que no sea para otra cosa que guardar formas acartonadas de vida?. En cambio, es preciso destacar que lo inadecuado de nuestras quejas y protestas es que normalmente vienen asociadas de manera inmediata con añoranzas nostálgicas como "que antes -con los milicos- estábamos mejor". Este tipo de reacciones nos hacen pensar que a veces los argentinos tenemos la memoria de un mosquito, hasta no hace más de veinte años quienes esto sostenían, eran los mismos que decían que con el régimen militar anterior no se podía seguir viviendo, ya que ésas autoridades no sabían gobernar y habían sido sobrepasadas por una realidad socioeconómica que los había destruido. En la actualidad, frente a los desaciertos y falta de rumbo del actual gobierno, ya se oyen voces que reclaman por el retorno a la mano dura, como si no la hubieran conocido y padecido. Tendemos a utilizar una suerte de mecanismo maniqueo, donde o todo es bueno o todo es malo, todo es negro o todo es blanco, sin poder reconocer que la realidad no se presenta con los dos extremos de la gama de colores, sino que lo hace con tonos intermedios, inclusive el gris.

Señalé anteriormente que, durante el proceso de transición de la dictadura a la débil democracia que significó el gobierno de Alfonsín, los argentinos no podíamos tolerar frustraciones menores debido a que las mayores, las de profundidad y que son las que condicionan a las superficiales, preferíamos ignorarlas o negarlas maníacamente. En este punto quiero hacer una rápida referencia a la frustración mayor de la dependencia que significa recibir el trato de neocolonia (Rodriguez Kauth, 1994) en el mundo contemporáneo. Frente a la situación de dependencia económica, social y cultural que nos mantiene sojuzgados a los poderes imperiocapitalistas, son pocas las voces de protesta que se levantan y son mucho menos las acciones efectivas que tomamos para superar la situación y alcanzar la liberación proclamada de palabra, pero no comprometida en las acciones políticas cotidianas. Cada vez que se habla de liberación la gran mayoría de los argentinos coincidimos en que es necesario lograrla, pero simultáneamente no estamos dispuestos a pagar el mínimo rédito en nuestro confort personal por llevar adelante un proyecto que implique sacrificios a través de los cuales alcancemos romper con la dependencia. Nos interesa la soberanía y la libertad como entelequias de un mundo ideal, pero más nos interesa nuestra comodidad individual y egoísta de la realidad en que vivimos. La solidaridad es un concepto útil para que los otros sean solidarios conmigo o, en el mejor de los casos, seré solidario con otros siempre que no me vaya a costar -personalmente- algún sacrificio significativo.

7-EL MIEDO AL MIEDO.

Pero retornemos a nuestro tema del miedo, que es un fenómeno común a la especie humana a la vez que generalizado y compartido con todas las culturas que han pasado sobre la tierra, al cual la arrastramos desde nuestros ancestros biológicos más remotos en la evolución, hasta el punto que la ameba tiene reacciones temerosas ante estímulos desconocidos. El miedo -juntamente con su hermano mayor el terror y su hermana menor la angustia- es un componente más de las características naturales y sociales del hombre, tanto del contemporáneo de nuestra sociedad industrial moderna, como de aquél que algunos antropólogos definieron, con buena carga ideológica y mucha irresponsabilidad intelectual, bajo el nombre peyorativo de "primitivo", como así también aparece con mayúsculas en aquellos modelos societales que se encuentran transitando la etapa del postindustrialismo, es decir, la del trabajo precario y la inestabilidad laboral.

Y aquí vale hacerse algunos interrogantes: ¿Cómo no se va a tener miedo a ser torturado?; ¿cómo no aterrorizarse ante la perspectiva de tener que lamentar la muerte de un hijo porque lo hicieron o podrían hacerlo desaparecer? (Kordon, 1984); ¿cómo no tener miedo a perder el empleo con la desocupación que nos tiene a mal traer y que sube sus índices hasta el infinito?; ¿cómo no horrorizarse de terror de sólo imaginar que somos volados por una bomba puesta en la entrada de nuestra casa a nuestro nombre o adentro de un bar anónimamente?. Si no tuviéramos estos miedos no seríamos humanos, ni siquiera seríamos miembros de alguna especie viviente -animal o vegetal- solamente seríamos robots con alguna inteligencia, pero sin sentimientos ni emociones. En modo alguno pretendemos que se pierdan estos miedos que son los que van a permitirnos hacer aparecer un miedo que desconocemos y que es, quizás, por el que pasa el meollo de nuestros desvelos institucionales desde hace mas de cincuenta años.

Me estoy refiriendo a lo que el Presidente norteamericano F. D. Roosevelt llamó el miedo al miedo, es decir, de temerle al temor que pueda embargarnos. Así, en el discurso inaugural de su primer mandato, en 1933, Roosevelt señaló textualmente "... déjenme que les reafirme la creencia de que lo único que tenemos que temer es el propio miedo en sí. Ese terror sin nombre, sin causa y sin justificación alguna, que paraliza los esfuerzos que se realizan para convertir el retroceso en progreso". Es de hacer notar que Roosevelt no fue muy original en su llamamiento a la población, una propuesta semejante había sido hecha por Hobbes (1651) tres centurias antes de la proclama de aquél, cuando proponía -ante el temor político imperante en la población británica para su época- una teoría del poder que tuviese su fundamento en la necesidad de vivir sin miedos.

La sensación de miedo, a diferencia de la que provoca la angustia, es una realidad vivencial que proviene de diferentes objetos o sujetos que asumen caracteres de persecutorios, que son reales, materiales y tangibles; pero el temor a tales objetos puede ser disminuido y reubicado en su magnitud cuando somos capaces de aprender a tenerle miedo al miedo, o dicho en otras palabras, a sentir miedo por el miedo que sentimos cuando éste nos empieza a acorralar. La estrategia del terrorismo de Estado es -en todos los sistemas autoritarios conocidos donde imperó- provocar el terror generalizado en la población, con ello se pretende que el sujeto del terror caiga en la trampa tendida para que se aterrorice, que tenga desconfianza de todo y de todos; para, de esa forma, alcanzar la aquiescencia pasiva de los súbditos a los dictados del Poder institucionalizado en el Estado. Con tales estrategias, lo que se quiere es asustar al sujeto del terror para que éste, a partir de la experiencia terrorífica vivida por los otros y que le sirve de ejemplo para no caer en las mismas conductas que puedan provocar o irritar a los mandamases; todo eso con el objetivo celosamente guardado de que el individuo se amilane y viva temeroso de quienes lo sojuzgan, sin intentar tipo alguno de reacción. Los estrategas del terrorismo saben que es muy difícil poder convivir por un tiempo prolongado con el miedo en las espaldas, entonces el terror va cambiando, trocándose por una aceptación pasiva de lo que está sucediendo y así se comienza a acatar, a obedecer y hasta a admirar a quien venía ejerciendo el terror (Goldhagen, 1997). De tal manera se van constituyendo las amplias cortes de obsecuentes y alcahuetes, las cuales sirven de sostén popular a las políticas antipopulares que se implementan desde la cúpula del poder usurpado o, a veces, legítimo.

En Argentina, algunos ciudadanos han demostrado, durante la última dictadura militar, que han tenido aquel tipo de miedo "sano" como es tenerle miedo al miedo, y son ellos quienes han logrado con sus conductas verbales y motoras el oportuno repliegue de los terroristas de Estado. En este quehacer las mujeres han demostrado que podían romper con los mitos machistas y, valga para ello como ejemplo y homenaje, la campaña emprendida por las "Madres de Plaza de Mayo" en la búsqueda de sus hijos desaparecidos; a las mismas despreciativamente -desde los cenáculos del Poder Militar- se las llamó eufemísticamente las "Locas de Plaza de Mayo". Ellas, en su "locura", fueron capaces de trazarse una estrategia de resistencia pasiva contra el régimen y abrieron la punta para los movimientos de oposición que surgieron posteriormente. Y solamente lo pudieron hacer porque dejaron de tener miedo a las sombras de las fantasías y solamente temieron a una realidad que le había quitado sus hijos. En su pretendida "locura" no cometieron acciones locas. La audacia heroica del enfrentamiento directo con las fuerzas de la represión no tiene valor alguno más que un recuerdo acongojado y admirativo en el futuro. Solamente acciones solidarias y mancomunadas pueden llevar adelante una tarea efectiva que alcance las metas propuestas de derrocar a los terroristas de Estado. Y ahora, al igual que ayer, debemos reforzar este tipo de conductas, no sólo con el aplauso y el elogio sino también con la participación comprometida en las mismas. El lema de las Madres para su momento, en la actualidad tiene plena vigencia: "que lo que pasó una vez, nunca más vuelva a pasar".

La estrategia a seguir es simple: tengamos miedo a sentir vergüenza cuando nos miramos al espejo, que nunca más tengamos que bajar los brazos y entregarnos mansamente al dominador, seamos prudentes pero no timoratos o hipócritas y, entonces, vamos a sentirnos hombres erguidos sobre nuestros pies y no esclavos arrodillados ante los poderes usurpadores que acostumbran asolar estas tierras.

Pero el terror tiene una vertiente dual, que no es tenida en cuenta por los terroristas -ya sean de Estado o los que luchan contra el Estado- todos ellos tienen un común denominador: "... el baño de sangre con uso sutil de los métodos y argucias de la inteligencia" (Pastor Petit, 1996) (4)- cual es que también se generan relaciones solidarias de acercamiento entre quienes sufren los mismos efectos o, sin padecerlos directamente, se identifican con aquellos que lo atraviesan. Un ejemplo ilustrativo que me tocó vivir -como así también a otros colegas en igual situación-: no todos los docentes e investigadores de la Universidad donde yo había estado durante 15 años fueron dejados cesantes por la dictadura y, los que se quedaron, fueron solidarios con los echados, ya que nos venían a comprar lo que nosotros vendíamos o hacíamos en la actividad privada. Es decir, no le tuvieron miedo al miedo y se arriesgaron a mantener contactos con nosotros, so pena de ser descubiertos y consecuentemente considerados cómplices de aquellos que éramos sospechosos de "andar por el mal camino ideológico".

8-LOS MIEDOS ACTUALES.

Pero la historia del miedo no se terminó en la Argentina -ni en los otros países latinoamericanos castigados la mayoría de ellos por idéntico flagelo- con el advenimiento de las democracias formales en la década de los '80. El miedo continuó presente con otras manifestaciones y dimensiones. Ya no fue el miedo a perder la vida, al secuestro, a la tortura -Innes (1998), describe la historia de la práctica política de la tortura desde la Antigua Grecia hasta nuestros días-; así aparecieron otros miedos: los del tipo socioeconómico, como fueron el miedo a perder los ahorros por una política económica que condujo al país -y en general a todos los de la región- a un desastre en el cual se llegó a tener -en Argentina- una inflación del cinco mil por ciento anual en 1989, en las postrimerías del gobierno de Alfonsín. Era el miedo a la sobrevivencia que compartía la mayoría, al cual se le unía el miedo al retorno de los tenebrosos militares que pudieran intentar volver como "los salvadores de la Patria", lo cual se conjugaba en un estado psicosocial que finalizó en una manifestación colectiva de un estado de anomia (Marín, 1993) y con la cual se terminó por dar contra la tierra con el gobierno del Presidente Raúl Alfonsín, que poco hizo -desde una lectura política- para resistir los embates de lo que se dio en llamar "la patria financiera", que no era más que otra máscara cómplice de los dictadores anteriores, los personeros eran los mismos que en esos momentos se movían en el espacio de las finanzas y la especulación.

El previsible triunfo electoral de Carlos Menem -anticipado en seis meses por el desgobierno anterior- vino cargado con cuotas contradictorias de esperanzas y temores. Esperanzas de que la situación económica mejorara -su muletilla electoral fue "Vamos a hacer la revolución productiva"- la que aún estamos esperando en medio de una fuerte recesión que viene de arrastre desde los últimos años de su gobierno. Pese a las seguridades que pretendía transmitirnos, tuvimos temores ante el pasado histórico del peronismo en sus alianzas ideológicas y sus prácticas políticas con el nazismo y el fascismo. Menem era visto como un peligro potencial para los miembros de la comunidad judía local -la más numerosa de América Latina- como así también por la gente que sin ser judía pretendía el mantenimiento del Estado de Derecho y el fiel cumplimiento de los respetos y garantías por los derechos individuales y colectivos.

Y durante los diez años del gobierno menemista, se produjeron los atentados a la Embajada de Israel y a la Asociación Mutual Israelita en Argentina que, además de dejar un lamentable saldo de víctimas mortales y heridos varios, demostró la impunidad total con que se movían los grupos terroristas en el país.

El miedo se apoderó nuevamente de los habitantes -especialmente en Buenos Aires- ante la posibilidad de otro atentado, por lo que a título ejemplificador reitero lo ya expresado en otro lugar respecto al último de los episodios mencionados: "También fue posible observar aquella característica del miedo que es la representada por la separación entre probos y réprobos, cuando los miembros de un instituto católico de enseñanza de la zona de Once sugirieron que la comunidad judía abandonara la zona. Esto, además de significar una vuelta a los ghettos nazis y zaristas, refleja el estado de indefensión en que se encuentran sus miembros, los cuales -teóricamente desde un punto de vista eminentemente religioso- no pueden hacer ese tipo de sugerencias, y menos luego del Concilio Vaticano II y de los acercamientos papales con Israel. Sin embargo, el miedo pudo más que el dogma y la razón. El dogma prohibe hacer una afirmación de tal naturaleza, mientras que la razón nos indica que si los judíos se van del Once, eso se convertiría en una zona casi deshabitada. La imagen que se me presenta es la de aquellos pueblos del Lejano Oeste -que tan bien presentan los westerns- que están arrasados por el viento y donde solo ha quedado el saloon abierto. En todo caso la razón -pura- aconsejaría que se solicite la salida de los habitantes árabes (5), aunque, no por eso dejaría de ser una conducta fascista e irracional. Este ejemplo que venimos de relatar nos muestra no solamente a los excesos a que puede llevar el miedo, sino también a como el miedo puede tornarse hostil y hasta agresivo para quien pasa por situaciones semejantes a las nuestras" (Rodriguez Kauth, 1997).

Asimismo, el peronismo desde el primer gobierno de Perón en 1946, fue percibido por los sectores democráticos y progresistas de la población como un movimiento que tomaba sus ejemplos prácticos en el fascismo y en el nazismo. Eso aterraba a la oposición política, que veía en el menemismo la posibilidad de nuevos ataques políticos contra el sistema republicano y democrático de vida. No podía olvidarse que durante el primer gobierno de Perón -1946 a 1952- fueron encarcelados inconstitucionalmente varios diputados radicales y socialistas, los que gozaban de fueros parlamentarios que impedían tal atropello. Durante su segundo gobierno -1952 a 1955- la persecución a los opositores fue implacable y era realizada no solamente por organismos de la Policía Federal, sino que el propio Perón azuzaba -desde los balcones de la Casa Rosada o desde los micrófonos radiales y televisivos en cadena con todo el país- a las masas enfervorizadas para realizar quemas y desmanes de lugares opositores, al mejor estilo del utilizado por los nazis. Así, no se puede dejar de recordar que en 1953 se prendió fuego a la Casa Radical y a la Casa del Pueblo -del Partido Socialista- y que en esta última se perdieron archivos y documentación histórica imposible de recuperar. De manera curiosa, los bomberos que acudieron a apagar el incendio en lugar de arrojar por sus mangueras agua, echaban combustibles inflamables que alimentaban el fuego. Tampoco se pueden olvidar las quemas de templos católicos, cuando la Iglesia rompió abiertamente las cordiales relaciones que mantenía con el peronismo al observar que a éste no le interesaba la "patria católica", sino solamente la concreción de la "patria peronista" (Roitenburd, 1994).

Asimismo, durante el breve tercer gobierno de Perón -1973 a 1975- nadie ignora que desde sus propios despachos se organizó la temible Alianza Anticomunista Argentina -la tristemente célebre "Triple A"- que sirvió de prolegómeno a los episodios salvajes que dos años después continuarían realizando los militares que usurparon el poder (6). Estos hechos aberrantes -como muchos otros que no vale anotar aquí- dijeron presente en la memoria de los argentinos cuando Menem arribó al gobierno. Pero los mismos fueron desvirtuados por una realidad política que indicaba que el menemismo no tenía nada que ver con el viejo tronco peronista del que había surgido, al menos en lo que hacía a sus tradicionales prácticas de estilo nazi.

Sin embargo, tiempo más tarde retornaron los anteriores miedos de tipo socioeconómico, cuando merced a una política económica que satisfacía las demandas de los más fuertes grupos de presión extranjeros -de inversores bursátiles con capitales "golondrinas"- y agentes representantes de la banca internacional que veían en Argentina un paraíso para el lavado de narcodólares, los cuales estaban asociados con la oligarquía vernácula; entonces fue que se elevó el índice de desocupación al alarmante nivel del 18% de la población económicamente activa. Ese fue el momento en que comenzaron a perderse -romperse- los lazos de solidaridad gremial y sindical entre los asalariados; el proletariado había caído bajo el control de una Confederación General del Trabajo que protegía los intereses personales de sus dirigentes y no el de los trabajadores a los que decía servir y lo cual era su obligación hacerlo. Gracias a tales políticas económicas nefastas, cada quién veía en cada otro a un potencial ladrón -un enemigo- de su puesto de trabajo.

Y el menemismo se fue, agotado en sí mismo y bajo el acoso implacable de los fantasmas -estos sí con nombre y apellido- de la corrupción, la impunidad, los negociados, la desocupación y la recesión. Se fue para ser reemplazado por un gobierno de coalición sobre el cuál los argentinos volvimos a depositar las esperanzas de que algo cambiaría. Así fue, algo cambió, pero para peor, fue más de lo mismo aunque corregido y aumentado en sus perversidades. No solamente la inestabilidad económica ha vuelto a sembrar sus miedos en los pequeños ahorristas, en los trabajadores y hasta en las grandes empresas (7), sino que también han resurgido los miedos políticos. Cuando una persona de a pie se entera, como ha sido denunciado públicamente en diferentes oportunidades, que los teléfonos de un funcionario están "pinchados" por agentes de los Servicios de Inteligencia -eufemismo irónico para referirse a los personajes más idiotas que circulan por las calles del país ¡identificándose como tales!- entonces ya no le queda garantía alguna para la protección de sus derechos inalienables.

Con el gobierno del Presidente Fernando -hubo quienes le llamaban "Frenando"- De la Rúa los miedos económicos han resurgido como hongos después de la lluvia, pese a que su slogan de campaña fue "Vamos a combatir la corrupción y la desocupación", dos flagelos a los que la ciudadanía reconocía como los más acuciantes pero, poco y nada se hizo en tal sentido para reparar dichas lacras sociales. Es que en su andar bamboleante (8), propio de aquél que no tiene un rumbo político claro, ha llegado al colmo de nombrar a un Ministro de Economía -Ricardo López Murphy (9)- que representaba la más fiel ortodoxia fundamentalista en los aspectos fiscales de la política económica. Sus medidas, han sido excelentemente reflejadas por un párrafo que paso a transcribir y que fuera publicado el 18 de marzo en el matutino La Nación: "Miedo a más desempleados en la calle, miedo a que la convertibilidad naufrague entre las nuevas medidas (10), a la caída del consumo, a que el quiebre de la Alianza (11) ponga en jaque la gobernabilidad del país y a que el ajuste no llegue a la clase dirigente, sino que sólo se haga sentir entre los ciudadanos".

Es decir, no se tiene la necesidad de ser un inversor en Wall Street, o en cualquier otra Bolsa de Comercio, para ser inundado por el pánico y el miedo a perder lo poco que se tiene. Y, al recordar a Wall Street, no se puede menos que evocar al famoso crack que se produjo allí en 1929, el cual dejó a millones de pequeños inversores norteamericanos -y también de quienes tomaban créditos bancarios para invertir en la Bolsa- prácticamente en la calle y, encima de eso, endeudados. Desde el "jueves negro" -fecha en que se inició la espectacular debacle financiera- hasta el "martes negro" siguiente, el pánico invadió no solamente a los operadores bursátiles, algunos de los cuales se suicidaron, sino también a los ahorristas y al público en general, que advertía las señales de una recesión económica inconmensurable que traería despidos de trabajadores e inestabilidad social.

Algo semejante sucedió el llamado "lunes negro" de octubre de 1987; aunque el mismo afectara a las principales Bolsas de Valores de todo el mundo, no por eso dejó de provocar un estado "normalizado" de pánico y espanto entre los inversionistas y el público en general, especialmente los trabajadores que es por donde habitualmente se corta el hilo, es decir, por lo más delgado.

Tales "corridas" bursátiles y bancarias, en Argentina, son algo casi "normal" en su vida económica y financiera, aunque no por eso deja de provocar el señalado horror la posibilidad de la aplicación -por parte de la autoridad política- de medidas que alienten las "corridas" bancarias, las fugas hacia el refugio del dólar -como única forma de mantener estable el poder adquisitivo del dinero- y la profundización en la recesión con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo y de recaudación fiscal, lo cual reduce las posibilidades laborales de los empleados del Estado que, en los últimos diez años, han sido tomados como el eje por donde pasan los ajustes fiscales y sociales.

A todos estos miedos hay que sumarles el miedo generalizado a la inseguridad personal, ya no de tipo político, sino de la delincuencia común. Si bien es cierto, este es el rédito que se debe pagar por vivir en sociedad (Hobbes, 1651) y no hacerlo como un anacoreta arriba de un árbol en medio de algún campo, también es verdadero que las condiciones socioeconómicas han hecho aparecer una forma de delincuencia -llamada común- extremadamente violenta, la cual se expresa con atracos a mano armada, secuestros extorsivos y toma de rehenes. Esto tiene una única solución, la creación de empleo y la modificación de la política económica vigente, que protege los intereses de una minúscula minoría asociada al Poder, mientras deja desprotegidos los intereses de la mayoría poblacional (Rodriguez Kauth, 2000b).

Estimo que es suficiente este pequeño racconto para tener una idea de los miedos que atravesamos -y que asimismo hemos recorrido a lo largo de nuestro pasado como pueblo colonizado por los españoles y otros inmigrantes que arribaron más tarde- los argentinos en nuestra historia de los últimos cincuenta años. Pero no dude el lector que en próximos capítulos volveremos sobre ellos, como así también sobre otros que se me quedaron por ahora en el ordenador, ya que se trata de la realidad que mejor conozco, por la sencilla razón de tener que padecerla cotidianamente.


N O T A S

(*) Publicado originalmente en la Revista Idea, San Luis, N° 1, 1986. Esta versión ha sufrido correcciones de actualización.

(1) Durante la Edad Media, las mujeres que regenteaban prostíbulos eran llamadas alcahuetas o proxenetas, pero el primer término, con el paso del tiempo, adquirió el sentido de "soplón". Esto es debido a que tales personajes eran una fuente invalorable de información para las autoridades del momento, cualquiera éstas fuesen (Díaz, 1993).

(2) "Venimos a reparar el caos e imponer el orden", pareciera que no hubieran leído a Balandier (1988) o a Luxemburgo (1919). "Queremos reestablecer los valores cristianos de vida", etc.

(3) También ocurrió algo semejante para las elecciones parlamentarias de 1991.

(4) Esto lo entendió muy bien el dictador Jorge R. Videla, cuando a más de 25 años del Golpe de Estado reconoció que "Estoy seguro que en este momento en alguna comisaría se debe estar torturando, porque cuando se quiere llevar una investigación en serio..." (Seoane y Muleiro, 2001).

(5) Presuntos autores materiales del atentado, por aquella costumbre primitiva de poner las culpas afuera y sin reflexionar en la posibilidad de la existencia de responsables locales.

(6) La Junta Militar asumió -usurpó- los atributos del gobierno merced a una previa lucha fratricida entre los grupos radicalizados y terroristas, tanto de la izquierda como de la derecha (esta última amparada bajo el manto protector del gobierno peronista, básicamente en la figura de su Ministro de Bienestar Social, José López Rega). Estos grupúsculos de supuestos esclarecidos ideólogos y políticos utilizaron tácticas del terror semejantes a las que luego serían implementadas por los militares cuando instalan la dictadura.

(7) Según cálculos estimativos, aunque confiables, una cifra idéntica a la exorbitante deuda externa argentina, está depositada por capitales argentinos en empresas y bancos del extranjero.

(8) Que recuerda al de la poesía de aquel tango -"Los mareados"- cuando dice "Hoy, vas a entrar en mi pasado".

(9) El que en marzo de 2001, a solamente una semana de acceder al Gabinete Nacional como Ministro de Economía -lo venía haciendo en la cartera de Defensa- propuso una serie de modificaciones económicas que significaban más ajuste sobre el ajuste que sufre el pueblo. Debe hacerse notar que este individuo no tiene parentesco alguno con las "Leyes de Murphy", que suelen ser risueñas; las de nuestro transitorio funcionario fueron tétricas.

(10) Lo cual no estaría nada mal, ya que la convertibilidad fue un instrumento necesario en su momento para combatir la hiperinflación, aunque en la actualidad se ha convertido en un freno al crecimiento económico del país, ya que no se es competitivo para exportar a los mercados externos, debilita la industria nacional en cuánto es mucho más barato importar un producto que producirlo la industria local y alienta el contrabando. Pero "la gente" piensa en pequeño, en su cuotas en dólares y huye despavorida ante la posibilidad de devaluación, ya que sus deudas serían mayores, pero sin pensar que sus ingresos aumentarían en función de un mayor consumo y del aumento generalizado de las fuentes de trabajo que esto provocaría.

(11) Engendro que gobernó al país desde 1989 hasta diciembre de 2001 en que fue derribado por el protagonismo popular cansado de sus debilidades políticas y desaciertos económicos -el "corralito" financiero le puso punto final a tantos desatinos. Dicha Alianza se fue debilitando progresivamente. Primero con la renuncia del Vicepresidente Alvarez (Rodriguez Kauth, 2001) antes de cumplirse los 12 meses de gobierno y luego con la crisis política que hizo estallar López Murphy, la que alejó a todos los miembros del Frepaso del gabinete nacional.


NOMADAS | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730 | MONOGRAFÍAS
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

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