El miedo, motor de la historia individual y colectiva
[Angel Rodríguez Kauth]

CAPÍTULO.2 | Alienación social y temor a la pérdida laboral (*)

 
Soy como aquel hombre
que llevaba consigo un ladrillo,
para decirle al mundo
cómo había sido su casa.
[B. BRECHT]

 

Algo sobre lo cual prácticamente se ha escrito poco y nada, de lo mucho que ha ocurrido durante la triste experiencia histórica que pasamos los argentinos, en el tristemente recordado período 1976-1983, es lo que se refiere a la pérdida masiva del empleo, del trabajo asalariado. Es cierto que este hecho, desde un punto de vista cualitativo como experiencia personal/social, no guarda relación de mensurabilidad alguna con los atropellos cometidos contra la dignidad humana a consecuencia de las torturas, muertes, desapariciones forzadas de personas y de cadáveres sin tumbas. También es cierto que desde el punto de vista de la jerarquización -del respeto/violación- de los Derechos Humanos el episodio al que me estoy refiriendo -la pérdida del empleo- no ocupa un lugar relevante frente a la magnitud de los hechos enumerados. Pero también es preciso que no seamos intelectualmente descuidados en aquellos aspectos que -por menos sensacionales e impactantes sobre las conciencias individuales y colectivas- dejan de ser atentatorios contra los Derechos Humanos, a la par que han abonado de secuelas a la sociedad que son tan graves como los anteriores, sobre todo en lo que se refiere al amordazamiento y sojuzgamiento poblacional que tenía miedo a perder su fuente laboral -como ya lo destacáramos en el capítulo anterior- aún en una época que -por más desgraciada que haya sido- no se tenía encima al fantasma de la desocupación con niveles de tan alta magnitud como los que existen a principios del nuevo milenio.

Entre los derechos que garantiza la Constitución Argentina, tanto la anterior como la reformada en 1995, figura el derecho al trabajo y a una retribución justa por el mismo, como así también la protección del salario mínimo y la del recurso gremial contra los despidos arbitrarios. Estos derechos sociales fueron oportunamente incorporados en la Constitución de 1949 y mantuvieron su vigencia en las sucesivas Reformas de 1957 y 1995. Sobre este tema/problema nada se ha escrito respecto a la violación de tales derechos y garantías y que alcanzan a cubrir a toda la población que habita en Argentina y, en particular, a los asalariados en relación de dependencia, que son la inmensa masa de los trabajadores, sean estos argentinos o extranjeros.

Sin embargo es posible rescatar un informe producido por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA (1980), en el cual se dice, en la página 22, lo siguiente: "La inhabilitación para el ejercicio de cargos públicos y para el desempeño de cargos honoríficos, la prohibición para ejercer la profesión para la que se está legalmente facultado, y la prohibición de administrar y disponer de bienes por actos entre vivos, así como la interdicción de los mismos o su confiscación transfiriéndolos al patrimonio del Estado, son, entre otras, catalogaciones que en la práctica pueden traducirse en serias violaciones de los derechos humanos, por cuanto en algunos casos, dan lugar a la creación y funcionamiento de organismos especiales no preexistentes con facultades jurisdiccionales, a la aplicación de la ley con carácter retroactivo y a una ostensible transgresión del derecho al debido proceso legal, invocándose, a tenor del Acta referida".

Más adelante, dicho informe reserva el Capítulo VIII a la consideración de los "Derechos laborales" y su respeto por aquella época en Argentina. Curiosamente, en dicho Capítulo se hacen tratamientos de tipo superficiales acerca de las garantías constitucionales previstas y la posición de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, para más adelante extenderse sobre la "restricción de los derechos sindicales y gremiales"; pero a todo esto sin hacer mención explícita alguna a la situación laboral que atravesaban cientos de miles de trabajadores -por entonces desocupados- que perdieron sus empleos por aplicación de una legislación especial represiva de fundamento político o ideológico, como fueran las cesantías y aquellas concomitantes que se sucedieron para aplicárselas a quienes eran sospechados de pensar "feo". Esta situación, que se vivió en todos los ámbitos laborales -fábricas, oficinas, claustros educativos, etc.- recrudeció y se hizo evidente a los ojos del mundo en el espacio educacional y, fundamentalmente, en el ámbito del quehacer universitario. Aún se desconoce fehacientemente el número de docentes e investigadores universitarios que fueron expulsados, cesantes o que simplemente fueron "invitados" a renunciar a sus cargos, so pena de castigos formales e informales de mayor envergadura y con el riesgo cierto para la vida y seguridad de los implicados.

Sin pretender ser nominalmente exquisito en la categorización que a continuación se presentará, ni humanamente mecánico, entendiendo que el episodio de la violación de los derechos humanos en nuestro país -como en cualquier otro del mundo que haya atravesado por dictaduras militares o civiles como los que aquí sufrimos- engloba una jerarquía de magnitudes de dolor, leídas éstas en términos de intensidad e irreparabilidad, como así también de daño directo a terceros, que puede seguir una secuencia objetiva aproximada a la siguiente:

1. Desaparición de las personas -una o varias- contra su voluntad, sin ofrecerse información sobre el paradero en que se encuentran a familiar alguno, hasta la posterior notificación -formal o informal-a algún pariente de la muerte del o de los implicados, sin aportar datos certeros acerca del lugar en que fue o fueron enterrado/s (1).

2. Semejante al anterior, pero incluyendo información acerca del lugar donde se encuentra la tumba, o bien con la entrega del cadáver a los deudos.

3. La muerte -anunciada como cierta- en un enfrentamiento armado con las "fuerzas del orden" y con la posibilidad de alguna de las dos opciones jerárquicas anteriores acerca del cadáver.

4. La desaparición de la persona seguida de detención formal, es decir, puesto a disposición de la Justicia, aunque todo esto con las consiguientes torturas físicas y psicológicas y la posterior aparición con vida del implicado. Para el detenido esto significa la incertidumbre de cuándo y cómo va a ser dejado en libertad ... siempre que no haya muerto antes.

5. Detención con conocimiento del paradero por parte del implicado y de los familiares del mismo, pero con la consiguiente tortura física y psicológica de rigor.

6. Detención -diferente a desaparición, ya que se seguían pasos formales- en "averiguación de antecedentes", con la consiguiente tortura psicológica que tal hecho implica y, eventualmente, con tortura física para obtener algún dato que pudiese aportar.

7. La pérdida de la seguridad y estabilidad laboral de la persona, con el concomitante desamparo social y económico de los actores primario (el despedido) y secundarios (la familia).

8. El amordazamiento de la libertad de expresión para toda la población, por miedo a verse involucrada en alguno de los puntos anteriores.

9. El sometimiento hipócrita -necesario para salvaguardarse de la agresión ante alguno de los puntos anteriores- a los dictados de la dictadura en una posición de aquiescencia pasiva, llenándose de telas de araña el cerebro de la población y, particularmente, el de la juventud trabajadora y estudiosa.

Estimo necesario insistir en que la secuenciación jerárquica presentada no pretende ser perfecta ni totalizadora. En este punto es preciso insertar una disgreción epistemológica, introducida por G. Klimovsky (1984), acerca de que en nuestro quehacer de científicos sociales es necesario "... producir a la vez ciencia objetiva y al mismo tiempo no ser indiferente a los valores que están involucrados en el conocimiento". Por lo tanto, objetivamente algo tan subjetivo como lo es el dolor, puede ser jerarquizado en función de las reacciones "normales" previsibles ante el daño producido; y, evidentemente el daño no es tan grave para quién se ubica en un punto 7, como para quienes debieron soportar -él o sus familias- la ubicación en los puntos 1 o 2. Todas las situaciones sintetizadas anteriormente provocan dolor, "bronca" e impotencia, en mayor o menor grado, por parte de quienes las sufren o han sufrido. Obviamente no ha de ser la misma la reacomodación psicológica y la resonancia emocional de quién retorna después de 8 años de martirio en un campo de concentración, que la de quién tiene que reorganizar su vida laboral. Pero, de todas formas, entiendo que se ha escrito bastante -aunque nunca ha de ser suficiente lo que se escriba y denuncie para esclarecer la historia de aquellos años sombríos- sobre las muertes, desapariciones, confinamientos y torturas; mientras que poca atención se le ha prestado al episodio de la pérdida laboral y, es entonces que pretendo salir a abrir una punta al respecto, ya que respetando las distancias que lo separan a este fenómeno de los 6 que se pueden ubicar por encima de él, creo que es un punto que merece ser considerado por las implicaciones políticas, económicas, sociales y psicológicas que de su padecimiento pueden devenir en el futuro.

La pérdida del empleo se produjo durante la dictadura militar del mal llamado "Proceso de Reorganización Nacional" con un doble objetivo, por parte de quienes aplicaron esta metodología "suave" de enseñar merced al uso del terror y el escarmiento. En primer lugar apuntaban a deshacerse laboralmente de aquellos que intelectualmente pudieran ser enemigos del "Proceso", o los que simplemente pudieran entorpecer el normal desarrollo del mismo. En segundo lugar la metodología apuntaba a deshacerse de los dirigentes sindicales u obreros que también pudiesen molestar o tuviesen antecedentes políticos levantiscos. en tercer término tal estrategia de combate apuntaba a acallar e inmovilizar a aquellos compañeros de trabajo que debían tomar el ejemplo de lo que les ocurría a quienes resultaban peligrosos para el régimen, de tal manera que entraba a ponerse en juego la ejemplificación aterradora y paralizante. Ambas variantes no eran contradictorias entre sí, sino complementarias y apuntaban a un mismo fin: castrar intelectualmente a la población, a que se abandonase el hábito de pensar.

Evidentemente que quienes fueron dejados cesantes -u obligados a renunciar bajo amenazas de represalias, a veces sutiles y otras directas- no eran individuos directamente peligrosos para el régimen genocida impuesto en el país. Pero sí, en cambio, eran un peligro potencial. También el periodista Rodolfo Walsh fue un peligro potencial durante 1976, pero recién después de que envía su famosa carta pública al Presidente Videla -en 1977- se convirtió en un peligro real y, entonces, fue "chupado" (2) y posteriormente muerto. En el caso particular de este periodista, un peligro potencial se transformó en activo a partir de la denuncia que realizaba sobre lo que estaba ocurriendo en el país y, por lo tanto, debía ser acallado de manera rápida, drástica y total; con él ya no valía la aplicación de metodologías "blandas", hubo que aplicarle un castigo más severo, no solamente para reprimir su conducta díscola y denunciante, sino también para que sirviese de escarmiento a otros periodistas y literatos e intelectuales "peligrosos". Así fue como se consiguió una prensa obsecuente y generosa en calificativos laudatorios para con régimen del "Proceso" y para con sus personeros. De tal manera el periodismo presentaba a Videla, Massera y Agosti -los tres comandantes que formaban la Junta Militar- como individuos que habían venido a "salvar los valores occidentales y democráticos de la patria", a la vez que como personas de bien y generosas. Es que, como escribía Maquiavelo (1513), "Los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las manos, dado que cada uno tiene la oportunidad de ver, pero muy pocos la de tocar. todo el mundo ve bien lo que pareces por fuera, pero muy pocos tienen el sentimiento de lo que hay adentro; y esos pocos no se atreven a contradecir la opinión de la mayoría [...] El hombre vulgo no juzga sino lo que ve". ¡Y eso que en la época de Maquiavelo no existía la televisión!.

La estrategia de silenciamiento de los medios de comunicación no tuvo solamente el objetivo narcisista de verse los adalides del genocidio "bien" reflejados por aquella, sino que fundamentalmente se estaba apuntando a la concreción de un viejo adagio: "lo que no se conoce, no existe". De tal manera, con el ocultamiento de la verdad de lo que estaba ocurriendo en el país -en términos de torturas, desapariciones forzadas y muertes- solamente podía conocerse a través de comentarios que circulaban en circuitos limitados, mientras que, para la mayoría de la población, no es creíble aquello que no es difundido por los medios. Más aún, dentro de la cultura mediática en que estamos insertos, en que solamente existe lo que aparece en las pantallas del televisor, en las páginas de los periódicos o que se divulga por las radioemisoras (Schettini, 2000). En síntesis, en Argentina para poder saber que es lo que ocurría era necesario leer la prensa extranjera -en aquella época no había acceso a canales televisivos del exterior por cuestiones técnicas- y, la misma, generalmente sí solamente se la recibía en forma particular, ya que si aquellos periódicos o revistas trataban algún tema que le desagradaba a los gobernantes, entonces secuestraban la edición y prohibían su ingreso y venta. Al respecto, vale recordar lo que ocurrió con una edición del Times de Londres dónde, luego de consagrarse Argentina Campeón Mundial de Fútbol en 1978, publicaron en primera plan que también éramos los campeones mundiales de la corrupción (Rodriguez Kauth, 1999), pero ése número fue prohibido bajo el argumento de que el titular era mentiroso, ya que se arguyó que no éramos los campeones mundiales en ése rubro, dado que ¡habían dos o tres países árabes que nos ganaban!.

En los ámbitos universitarios, con la utilización de la metodología de las cesantías se logró sacar de encima a quienes sin ser suficientemente activos en la lucha contra el régimen, tenían en cambio posibilidades de actuar sobre las conciencias de un sector tradicionalmente rebelde y librepensante, como es el de los estudiantes. Aquellos profesores que pensaban "feo" eran un peligro potencial -en cuanto a las posibilidades de sensibilizar al estudiantado- para los intereses del sistema y era preciso desembarazarse rápidamente de ellos. Que nadie se llame a engaños y crea ingenuamente que el régimen tenía capacidad de convertirse en pocos instantes en una máquina asesina que podía hacer desaparecer fácilmente a doscientas o trescientas mil personas. Materialmente esto es bastante difícil de lograr (3) sin desencadenar una guerra civil, a la cual la dictadura no estaba dispuesta a apostar ni a correr los riesgos de un renacer del terrorismo (4) por parte de las organizaciones armadas de la derecha o la izquierda política e ideológica. La mejor estrategia para el régimen era que quienes molestaban se alejaran, y así fueron dejados cesantes miles de docentes e investigadores que no servían a los intereses de los usurpadores del poder y, si fuese posible, mejor era que se exiliaran en el exterior. de tal suerte es que se implementaron medidas que impedían que quienes habían sido cesanteados pudieran ingresar nuevamente a trabajar en el ámbito público por al menos cinco años. También si la persona buscaba trabajo en la esfera del quehacer privado, aquella había sido aleccionada para que antes de tomar un nuevo empleado pidiese sus antecedentes a los organismos de informaciones oficiales.

Entonces, a quien había quedado desocupado por causas políticas o ideológicas le quedaban dos alternativas: a) exiliarse en el exterior, para lo cual se recurría a contactos amistosos y académicos; o bien b) hacer el "exilio interior" e instalarse como cuentapropista o ejercer de manera liberal la profesión, esto siempre que se consiguiera superar los trámites burocráticos para obtener la licencia profesional habilitante (5). Así se llegó a ver a sociólogos vendiendo vino en damajuanas, a bioquímicos trabajando de verduleros, a ingenieros laborando como cerrajeros, a psicólogos vendiendo libros por la calle -cual fue mi caso- como así también a arquitectos o ingenieros haciendo de peones de taxímetros. Poco importaba a los gobernantes de turno que intelectualmente el país perdiese una "masa crítica" valiosa, lo que sí interesaba era que no "molestaran" más en lugares considerados estratégicos para el desarrollo del pensamiento libre y autónomo y que éste pudiera ser "contagiado" a la juventud.

Gracias a esta política terrorífica -de un auténtico Terrorismo de Estado- y altamente perversa en sus consecuencias individuales y colectivas, se llegó a crear un clima de horror generalizado en el espacio de la población civil, donde solamente se sabía que se debían obedecer a pies juntillas las órdenes emanadas del poder militar. Al respecto es más que elocuente aquello que señala Galli (1984): "... obedecer es una permanente y reiterada formulación. ¿Obedecer a qué?. Aún la gente que entró en la variable acatamiento-sometimiento no sabía muy bien a que tenía que obedecer. Entonces la obediencia se transforma en algo que es solamente obediencia a no discutir, obediencia a no discurrir de una manera distinta y conflictiva que pueda significar algún tipo de angustia".

La obediencia no deja lugar a la crítica. Con ella se alcanza el ideal decisionista (Schmitt, 1932; Negretto, 1994) ya que se obedece y punto. Nada se discute, se acatan las decisiones e instrucciones que se deriven de aquellas y que son impartidas desde las cúpulas del poder, sin lugar a crítica alguna que pueda echar alguna sombra sobre la legitimidad de las mismas. Era necesario terminar con la mentalidad crítica y creativa, el proyecto era doblegar, domeñar, domesticar a los rebeldes que, quizás algún día pudiera llegar a servir a los objetivos del régimen. Personalmente estoy en condiciones de contar una anécdota al respecto. Cuando el Comandante del Area de Defensa bajo la cual estuve detenido me informó que si bien no se me pudo comprobar vinculación alguna con la subversión pero, sin embargo, no iba a poder continuar con mi trabajo como docente universitario, me aclaró que esto era algo transitorio, ya que cuando el Estado -personificado en los usurpadores del poder- me necesitara y estimase que ya estaba en condiciones de volver a reintegrarme, es decir, me hubiese "regenerado" entonces muy posiblemente me llamarían a ocupar mi lugar. La técnica era clarísima. Si hacía "buena letra" durante un tiempo y demostraba públicamente que habían logrado quebrarme en mi manera de pensar, entonces me moverían como una pieza más -uno de los peones- dentro de los escaques del gran tablero de ajedrez con que estaban jugando.

Vale decir, los hombres no éramos considerados como tales sino que funcionábamos en el papel de simples piezas que eran articuladas y movilizadas desde arriba como títeres, según el arbitrio y conveniencia de quienes manejaban los piolines. Esta metodología dio sus frutos sobre algunos por las experiencias propias y, sobre otros, -la mayoría- por las experiencias ajenas, de los amigos, vecino o compañeros de trabajo; así se los logró doblar, quebrar y hasta domeñar a buena parte de la población. Los genocidas obtuvieron su fin: que los lugares por donde circulaba el pensamiento libre dejaran de ser tales y consiguieron que toda una generación de jóvenes se preocupara -anestesiara- solamente por las alternativas del Campeonato Mundial de Fútbol de 1978 -en el que Argentina alcanzó la coronación merced a la utilización de trampas deportivas, como fue "comprar" el resultado de un partido clasificador- como asimismo que también estuviera embobada con la música disco, la moda en el vestir y cualquier otro pasatiempo que ocultase la verdadera senda por la cual marchaba el país real.

Esta táctica de la quiebra de la voluntad, a partir de expresiones contraactitudinales, por temor a represalias sobre uno mismo o algún miembro de la familia, se ajustó como un reloj de precisión, de manera adecuada a los desarrollos de la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger (1957) y continuadores. Con ella se pudo alcanzar el propósito de alienar a los individuos, no ya con respecto al trabajo como lo estableciera Marx, sino en su relación con los otros hombres, con la sociedad, es decir, nos convirtieron en personajes extrañados de nosotros mismos, inclusive de nuestra propia condición humana como tan bien lo puntualizara H. Arendt (1958).

Es posible considerar otra consecuencia más interesante y poco atendida como resultado de la utilización de las cesantías, en el proceso alienante. Quienes tenían el privilegio de conservar sus lugares de trabajo no solamente iban a hacer "buena letra" y pensar "lindo" -a sabiendas de lo que les podría ocurrir si así no lo hacían- sino que se lograba -en muchos casos- la aparición de una corte de alcahuetes, los que se ocupaban y preocupaban por denunciar a las autoridades laborales -que funcionaban como gendarmes del régimen- a compañeros de labor por razones ideológicas y, también, se aprovechaban las mismas razones para denunciar a aquellos que no les resultaban simpáticos o simplemente por cuestiones de animadversión personal. Así se implantó -en las conciencias individuales y colectivas- una situación anómala y perversa de miedo y terror respecto al compañero o al amigo de toda una vida. Cualquiera podía ser un alcahuete, se perdió la confianza en el vecino y en el pariente.

El proceso de falsa identificación se convirtió en un procedimiento cotidiano para las personalidades alienadas. Aparecieron las falsas identificaciones alentadas desde el poder usurpador que planteaban casos como el siguiente: "Echado igual peligroso", o lo que es peor aún, "Echado igual a subversivo"; con toda la carga de connotación lingüística que tiene este último adjetivo, más la carga resultante a nivel de participación social que remataba en el aislamiento y marginación de quién había sido dejado cesante en su trabajo. Es decir, no convenía mantener relaciones con ese o esos individuos, ya que las mismas se convertían en lo que -en la cinematografía se hizo famoso por una película con tal título- se dio en llamar "relaciones peligrosas".

Pero adviértase, esto no funcionó siempre como el autoritarismo lo había previsto, con un mecanismo tan bien aceitado por los artífices del Poder. El autor de estas páginas puede volver a ejemplificar situaciones consigo mismo. No siempre el poder cosificante logró sus objetivos de alienación sobre todos y cada uno de los miembros de la comunidad. Particularmente tuve la oportunidad de observar como algunos amigos, conocidos y ex compañeros de trabajo cayeron en la trampa ideológica tendida, mientras que otros fueron capaces de esquivar la trampa tendida aceptando y alentando la continuidad de la relación amistosa. Los primeros me usaron como una parte del fenómeno de reificación alienada (Lukács, 1922; Cosser, 1967) con el cual demostraban al mundo exterior oprimente -y al interior que los angustiaba sobremanera- que se sometían al mismo, a la vez que interiormente sentían alivio por haber encontrado un mecanismo que les permitiera manejar -conscientemente a través de una falsa identificación- una situación que les resultaba altamente conflictiva. Para los segundos, aquellos que aceptaron continuar la relación personal, fui usado como un objeto que les permitió preservar, de alguna manera, su salud mental que estaba siendo agredida desde el exterior, pensándome como un modelo que podía servirles para no entregarse definitivamente al opresor que invadía masivamente sus intimidades. Tal estrategia se inserta en el marco del apoyo social para la integración social y la mejora de la salud mental de los individuos y colectivos (Sánchez Moreno, 1998). Ellos, los que se resistían a la opresión, necesitaban de nosotros en una suerte de rebeldía saludable, que les facilitaba la independencia de pensamiento y de sentimiento que generaba -para sí mismos- una acción coherente y no contradictoria con todo lo que habían vivido hasta ese momento. No nos consideraban como una mercancía más (Marx, 1867).

De lo que vengo de relatar se desprende una ley tan vieja como el tiempo de presencia del hombre sobre el mundo, pero que pocas veces se la recuerda, para caer en generalizaciones rápidas (o fáciles) e ideologizadas acerca de la personalidad de los individuos. No existen leyes mecánicas que permitan prever con un cien por ciento de seguridad cuál ha de ser la conducta de los humanos puestos en situaciones de compromiso yoico elevado. Algunos, pienso que la mayoría, respondió como el Poder creyó que lo iban a hacer. Otros, una valiosa minoría, lo hicieron en sentido contrario al previsto y deseado por los déspotas. Son los que sabían -por aprendizajes anteriores- que la salud mental se protege contra las agresiones de la ideología dominante manteniendo niveles de identificación auténticos y analizando las situaciones particulares en que se dan las relaciones, sin caer en las rápidas generalizaciones de naturaleza maniquea, que son instrumentadas desde arriba, por los que manejan los piolines creyendo que todos somos sus títeres.

Estos procesos de falsas identificaciones que he reseñado, dan lugar a la emergencia de la falsa conciencia y al pensamiento no dialéctico -o adialéctico como gusta de llamarle Gabel (1973)- cuya realización extrema sería el espíritu totalitario. Ese espíritu totalitario que tan rápidamente prendió en inmensas masas de argentinos durante los negros años vividos como pesadilla durante la dictadura militar. Espíritu totalitario que hizo ignorar, perfectamente, a gran parte de la población fenómenos que ocurrían a su lado, con vecinos de sus viviendas, de violación de derechos humanos y que recién, en diciembre de 1983, con el advenimiento del gobierno democrático, los llevó a admirarse por las atrocidades ocurridas y que entonces leían en las revistas de actualidad, pero que habían sucedido en el país bajo sus propias narices y su desatenta mirada. Se sentaban en una silla del comedor y veían pasar delante suyo los horrores de la "guerra sucia" -como pretendieron definirla los militares para justificar la suciedad con que actuaron- en las revistas o en el televisor, del mismo modo como si estuvieran sentados en la butaca de un cine viendo una película del desembarco de las fuerzas aliadas durante el dominio de la Alemania nazi en Europa. Eran simples espectadores, ellos no habían sido protagonistas de nada de lo ocurrido, se asombraban y decían gansadas como que "... si uno hubiera sabido ...". Es claro, si hubieran sabido entonces si hubiesen salido a manifestar junto a las Madres de Plaza de Mayo, pero como no sabían lo que ocurría, entonces sólo creyeron que esas viejas que andaban paseando por la Plaza de Mayo, u otras plazas del interior del país, eran unas pobres viejas locas que se ataban un pañuelo blanco en la cabeza porque reclamaban mejoras salariales para las amas de casa, para ocultar sus canas, o alguna otra estupidez por el estilo.

De tal manera se llegó a instalar un estado de alienación social donde la falsa identificación cumplió un papel preponderante en cuanto simplificó, merced al uso de identificaciones ideológicas falsas, realidades que en sí mismas no tenían nada que ver, pero que servían para mantener la comodidad intelectual o, al menos, la de la rutina cotidiana. Desde las cúpulas se hacía detestar algo -el echado o cesanteado en el caso particular de este análisis- a partir de algo detestado previamente -los actos reprochables de la subversión terrorista- y, de esa manera, no había necesidad de armar nuevos cuadros de pensamiento y conocimiento que pudieran obligarnos, por su complejidad, a realizar esfuerzos de originales adaptaciones dialécticas, en cuanto se refiere a su permanente reacomodamiento y cambio.

Sin embargo, debe tenerse algún cuidado en la lectura de estos episodios; las falsas identificaciones no fueron patrimonio exclusivo de quienes detentaban el Poder y las imponían masivamente a través de los medios de comunicación a una población alienada -por la sucesiva seguidilla de gobiernos militares autoritarios y gobiernos civiles que oscilaban, cual un péndulo, entre el autoritarismo y la pasividad del no hacer- que no necesitaba mucha estimulación para caer en la tentación facilista y oportunista que se le ofrecía servida en bandeja. También del otro lado, del lado de los que combatían contra el régimen, del lado de los que resistían pasiva o activamente las agresiones de la prensa y la represión, se cayó en la trampa de las falsas identificaciones. Así fue muy común oir hablar que la Junta de Comandantes -o el Gobierno en un todo- eran nazis y se insistía permanentemente en tal argumentación falaz. Dicha identificación masiva, tomada como bloque, no resiste el más mínimo análisis político-ideológico serio sin que sea destruída inmediatamente. ¿Qué hacía en un gobierno nazi la presencia del Ministro de Economía -José A. Martínez de Hoz- implementando la más cruda política liberal monetarista de la historia argentina, ideada por Milton Friedman y sus Chicago boys?. Fue un absurdo intelectual y político pensar que en la Argentina había un Gobierno plenamente nazi, en todo caso se puede afirmar que se estaba frente a una política entreguista y liberal -capitalista- en lo económico, pero que se sustentaba por el apoyo de una metodología nazifascista en lo político-militar, lo cual es muy distinto a lo que señala la afirmación original, que es de tipo reduccionista, simplista y, sobre todo, muy efectista para engañar incautos.

En el caso de la agrupación Madres de Plaza de Mayo, Cronehed (1998) explica la actividad de las mismas de la siguiente manera: "Las Madres de la Plaza de Mayo creen que el material y las actividades que ellas producen (periódicos, conferencias, libros, documentales, marchas, ruedas de prensa, manifestaciones y su ritual simbólico de las marchas en los jueves por la tarde alrededor de la Plaza de Mayo) son para resistir al terror y la injusticia e impedir que la historia se repita. El trabajo de ellas sirve para recordar a `los desaparecidos' y lograr la justicia social. El objetivo de Las Madres incluye el poder llevar a juicio a todos los responsables de ese acto de salvajismo, publicar material que atestigua sobre la naturaleza de esas maldades y su alcance, llevado a cabo durante esos años de pesadilla y ademas obtener la liberación de los presos políticos". Sin dudas que su labor ha sido encomiable aunque, lamentablemente en los últimos años -desde 1995, aproximadamente, hasta la fecha- entraron en una confusión notable de ideas y han llegado a felicitar y aplaudir las acciones terroristas de la agrupación secesionista -y terrorista- vasca ETA, con lo cual se ganaron el reproche y desaprobación de aquellos que no participan de las metodologías perversas utilizadas por los terroristas, sean del signo que sean y protejan los intereses que fuesen.

Ahora bien, desde una lectura hecha por la psicología social crítica, la política del terror implementada por el régimen militar buscaba a través de las falsas identificaciones un proceso de reificación social y personal -el cual se trasuntaría en las relaciones laborales de explotación y exclusión, que es el propósito último del capitalismo- que garantizase el silencio cómplice de la masa poblacional. El silencio es acatamiento y sumisión. Consideraban que los humanos no debía ser tales, simplemente debían ser una "cosa", una mercancía inerte, que aceptaba las directivas impuestas autoritariamente desde arriba sin atreverse a expresar opiniones ni sentimientos críticos para con las mismas. Si se deseaba conservar la vida primero -y el trabajo después- no se podían abrir juicios críticos acerca de lo que sucedía en el país. El extrañamiento es una constante a la que no se debe eludir, salvo cuando desde el Poder -el gran Leviatán- le pasa la pelota al pueblo para que éste juegue al juego que desde los cenáculos del Poder se indica y cuyas reglas ellos pautan. Por ejemplo, inclusive se llegó a trasladar la responsabilidad de lo que sucedía a la ciudadanía como una forma, no solo de limpiarse las culpas los responsables políticos, sino como una manera de hacer participar a la ciudadanía de un proyecto que no era el suyo. Así recordamos una célebre publicidad televisiva y gráfica en la cual se advertía a las amas de casa que ellas eran las responsables de la carestía de la vida y la inflación, porque no sabían ordenar sus compras en el mercado, cuando en realidad el único responsable del fenómeno inflacionario era la política financiera monetarista arbitrada desde los Estados Unidos de Norteamérica por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y que era implementada a pies juntillas por el Ministerio de Economía de nuestro país.

De tal modo fue como se consiguió que el terror institucionalizado desde las más altas jerarquías del Estado se transfiriera al pueblo trabajador, que todos los días veía la posibilidad de perder su fuente laboral por cometer el vil pecado de pensar con sus propias células grises. Se rompió uno de los principios básicos de toda trama social, como es la solidaridad, al generarse la desconfianza mutua y colectiva como ya se señaló. "Sálvese quién pueda" fue la filosofía adscrita al pueblo, el destino de cada uno era independiente del destino de los demás. Así es como en la actualidad tenemos una amplia gama de la población animada por principios individualistas y egoístas, para quienes la participación social sólo significa usar al otro como objeto redituable sin importar el otro como individualidad propia e indivisible. Obviamente este proceso de cosificación exterior conlleva dialécticamente el simultáneo proceso de cosificación interior, consecuente del anterior, por el cual el Yo también se convierte en cosa u objeto, en sentido peyorativo.

En este punto es donde la labor de los psicólogos -y especialmente de los psicólogos sociales y de la psicopolítica- debe jugar un papel protagónico en el proceso de desalienación, en la búsqueda de la identidad social de nuestro pueblo que, como señala Castells (1999) solamente se lograra con la identificación rebelde. La primera medida que debemos tomar es ser conscientes de qué nos ha pasado y qué nos esta pasando a cada uno de nosotros, para poder llegar a superar los estados parciales o totales de falsa conciencia a que hayamos sido conducidos. Recién entonces estaremos en condiciones de participar activa y eficazmente en este proceso que es un desafío a nuestros conocimientos y, fundamentalmente, a nuestra imaginación, para así poder estructurar una sociedad distinta donde por lo menos se haya perdido el miedo a tener miedo y solamente se tema a tener miedo.

Sobre el tema de la pérdida laboral, de la desocupación y el paro, los mismos ya volverán a ser tratados en capítulos posteriores, particularmente el siguiente, donde se lo aborda de una manera más general y amplia, ya que es uno de los temores que más comprometen la realidad individual en un mundo altamente competitivo y "globalizado", dónde cada día los humanos somos numéricamente más y los lugares de trabajo se reducen, merced, entre otras cosas, a la robótica y a los afanes de lucro de las patronales por aumentar sus ganancias, apelando para ello a la reducción del número de trabajadores en sus plantas fabriles o en cualquier emprendimiento de capital.

A modo de colofón -algo irónico- de este capítulo, vale recordar al lector olvidadizo que los militares se hicieron cargo del poder político con el objetivo explícito de poner orden dentro del caos que reinaba en el país. El primer slogan que utilizaron fue: "El Proceso no tiene tiempos, sino objetivos a cumplir", algo así como un Tercer Reich redivivo. De tal suerte fue que muchos habitantes los recibieron con buenos ojos, más aún, se los estaba esperando, ya que las luchas sin cuartel entre los grupos armados de la izquierda y la derecha habían creado un clima de inestabilidad e inseguridad tal que hacían imposible la sana convivencia (6). Salir a la calle antes de la asunción de los militares era un riesgo para la vida ... y cuando llegaron ellos se convirtió en un peligro mayor todavía. En definitiva, que el terror provoca un antiterror que, como toda expresión terrorífica, suele ser peor que la anterior. Con ello, por reflejo, se entra en la vorágine de un campo psicosocial de violencia constante y de larga duración y, el pueblo de a pie queda atrapado entre dos fuegos, siendo la víctima inocente de los dos bandos en pugna.


N O T A S

(*) Publicado originalmente en la Rev. Psicología, Caracas, Nº 1/2, 1986. Esta versión ha sufrido correcciones de actualización.

(1) Esto significaba que los parientes no tenían la posibilidad de elaborar -psicológicamente hablando- el duelo de alguien que falta, pero que no ha dejado rastros. En esto es interesante anotar que los mismos secuestradores ponían en marcha la aplicación de otra estrategia cruel y perversa, ya que al escuchar los reclamos de algún pariente, siempre dejaban alguna pista de que el desaparecido bien podía haberse ido del país, como por ejemplo "Ud. sabe, muchos de los que estaban con la subversión hoy están viviendo en otros países o combatiendo contra el gobierno con nombres falsos".

(2) Término que en la jerga de los Servicios de Seguridad de entonces -Fuerzas Armadas y policiales- significaba la desaparición forzada de una persona.

(3) Recuérdense todos los "experimentos" que se llevaron a cabo en los campos de exterminio nazis para acelerar la muerte de los judíos internados, hasta que se descubrió -por azar- la efectividad del gas de cianuro para "terminar" más rápidamente con ellos.

(4) En un régimen de terror de Estado, el terrorismo de la oposición prácticamente no tiene lugar, ya que sus posibles actores y organizaciones han sido desarticulados. Sin dudas de que para que exista una acción terrorista contra el Estado, es necesario que se viva bajo condiciones democráticas o que se le parezcan. Los regímenes "duros" no los permiten.

(5) En mi caso particular, nunca pude lograr que un trámite burocrático tan sencillo como ése, me permitiese alcanzar la matrícula de psicólogo para ejercer como tal; sin dudas que existían órdenes superiores para que no me fuese otorgada.

(6) A título de ejemplo, valga la paradoja sucedida con el periodista Jacobo Timmerman (1981). En un principio les prestó su apoyo a los usurpadores del poder facilitándoles -previo al Golpe de Estado- listas de personajes comprometidos con la Triple A; luego, ante la evidencia incontrastable de los excesos y "celo" por ordenar al país entró a criticarlos para, finalmente, convertirse en su víctima. Fue secuestrado y torturado salvajemente por las fuerzas de la represión, entre otras causas, no solamente por ser un crítico de su accionar, sino por su condición de judío.


NOMADAS | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730 | MONOGRAFÍAS
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

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