El miedo, motor de la historia individual y colectiva
[Angel Rodríguez Kauth]

CAPÍTULO.3 | Inmigración: Los temores a la desintegración del movimiento obrero (*)

 
Lo único que han pensado los historiadores
es en cambiar al mundo;
lo que importa es interpretarlo.
 
[K.. MARX]

 

Algunas tesis originadas en el fascismo han sido postuladas -y se sostienen cada vez con más éxito- haciendo referencia sobre los peligros que acarrea la inmigración masiva para la organización del proletariado en el lugar de que se trate; ellas son levantadas, asimismo, por algunos "ingenuos" -de alguna manera no ofensiva he de llamarlos- que dicen transitar por los senderos de la izquierda gremial (1) e ideológica.

Entre los argumentos utilizados en estas pretendidas tesis, se alude a la "competencia" en el trabajo asalariado, la que sería desleal por parte de los que vienen a trabajar en condiciones de precariedad laboral y, consecuentemente, lo hacen por valores más baratos que los estipulados en los convenios colectivos laborales para la venta de la "fuerza de trabajo" (Marx, 1967). En otros casos, son más directos en las argumentaciones y aluden a una pretendida, absurda e incomprensible "división étnica del proletariado"; olvidando con ello las palabras -casi proféticas, pero que poco fueron tenidas en cuenta por el proletariado internacional en su testimonio masivo- de "Proletarios del mundo, uníos" (Marx y Engels, 1848).

Es verdad, el espacio laboral para los humanos, es como un coto de caza -cuando es un bien escaso para la especie que habita un ambiente y lo necesita para su subsistencia- que dibujan los animales con sus orines en torno a los lugares donde otros animales de menor tamaño -o de poca astucia- no pueden acercarse a comer o beber cuando el bien escasea, por culpa de factores naturales, especialmente las sequías. Desde que ronda el fantasma apocalíptico del hambre (2), asociado con la desocupación o el paro laboral -en todas partes del mundo- los humanos nos hemos comportado de una manera animal, pero esto no significa que se les pueda adjudicar rápidamente el adjetivo anatemizante de "irracionales" a tales conductas. Adviértase que es preciso tener cuidado con el uso de los adjetivos tomados a la ligera, no tiene nada de irracional cuidar el nicho ecológico -tal cual lo hacen los animales "irracionales"- como tampoco es irracional proteger el trabajo que se tiene la suerte de poseer. ¿Qué pensarían los que afirman que esta conducta humana es irracional si mañana viesen a un colega que está presto a cederle su lugar de trabajo a un inmigrante y él entra en paro dejando a su familia sin las protecciones mínimas que ofrece un buen trabajo?. Sin dudas que no dirían que es alguien a quien le funciona plenamente la capacidad de raciocinio; más bien lo calificarían -y con acierto- como un loco de atar, cuya racionalidad se ha extraviado y se le ha disparado por los siniestros vericuetos de la psicosis.

En todo caso, lo irracional de esto que se está viviendo en un mundo "globalizado" es no haber advertido los síntomas, las señales del peligro; ya que cuando lo excepcional se convierte en algo normal, entonces no escandaliza a nadie, ni siquiera llega a inquietar a los funcionarios de turno encargados de instrumentar las políticas sociales. En ese momento está cercana una forma sutil de ceguera -semejante a la de los caballos de tiro, a los que se les ponen anteojeras para que solamente vean el sendero por el cual se los conduce- cual es el acostumbramiento bien "irracional", por cierto, al paisaje desolador que rodea tanto a los observadores como a los protagonistas.

El problema a resolver no pasa por la supuesta irracionalidad de proteger lo que se ha logrado conquistar con ingentes y denodados esfuerzos -o sin muchos, a veces son sólo producto de la demagogia populista- pero que nos pertenece "por derecho adquirido" y no está disponible para regalarlo, por más necesitado que la otra persona esté. Sin dudas que la conducta de Francisco de Asís, cuando se despojó de todos sus bienes materiales -inclusive la ropa que vestía (3)- puede haber sido calificada de caritativa, aunque no por ello haya sido precisamente imitada por la mayoría -ni siquiera la minoría- de los cristianos que le rinden culto, devoción y pleitesía.

La irracionalidad -expresada en comportamientos sistemáticos- surge cuando en aras de proteger las fuentes laborales, éstas son defendidas mediante acciones violentas dirigidas contra los inmigrantes que buscan trabajo (4); más, ella es una violencia que ha equivocado sus objetivos, en los destinatarios de la misma. La violencia dirigida contra los inmigrantes que buscan un espacio laboral es irracional por parte de quienes la ejecutan, en cambio, las acciones políticamente violentas, cuyo objetivo final es lograr modificar -mediante la subversión revolucionaria- las estructuras sociales y económicas del sistema capitalista imperante, no son irracionales, aunque tengan en su interior contenidos emotivos, sentimentales (Rodriguez Kauth, 1997).

Es que se trata de un sistema político y económico que se aprovecha del enorme Ejército de Desocupados existente para así pagar bajos salarios; a la par que de esa manera está permanentemente inventando las modernas y sofisticadas tecnologías -la robótica y cibernética- que reemplazan la mano obrera de cien operarios en una planta industrial por la de un brazo robótico comandado el cual es alimentado en sus demandas energéticas por dos ingenieros -que también serán descartables en algún momento por los empresarios que ya conseguirán otros que lo hagan mejor y más barato-. Ese es el verdadero y único enemigo del proletariado, como así también de las clases medias, que día a día se están proletarizando más profundamente (Rodriguez Kauth, 1998). Recuérdese que los capitalistas saben -y eso les interesa- que los aparatos robóticos no faltan a sus lugares de trabajo por enfermedad (5), no se quedan embarazadas por culpa de los deseos sexuales de otro robot -que no posee tales deseos de consecuencias ingratas para la patronal- ni tampoco hay que pagar por ellos aportes jubilatorios ni carga impositiva alguna, como asimismo no gozan del privilegio de vacaciones ni de otras "exigencias" extras que planten los trabajadores humanos en su quehacer laboral.

Ese es el enemigo al que hay que enfrentar, pero a él no se lo combate destruyéndole con un martillazo sus maquinarias, o produciendo un cortocircuito intencional en los chips de sus aparatos robóticos; se lo combate y derrota exigiéndole a la patronal -y si es preciso de manera violenta- que pague una buena parte de los salarios caídos a los operarios despedidos y reemplazados por máquinas, el cual irá a parar a un fondo común de desempleo del que puedan disponer aquellos que han sido reemplazados, ya que la plusvalía tradicional de los empresarios se vio aumentada geométricamente, gracias a los aportes de la nueva tecnología en uso (Marx, 1865).

V. Forrester (1997) -notable analista francesa dedicada a la lectura de hechos sociales y económicos- ha tenido la extraña cualidad de pensar un poco más allá de lo que indican -y permiten- los moldes o modelos teóricos que están en vigencia -paradigmas, les llaman los académicos- o de las lealtades partidarias e ideológicas que indican los caminos del pensar correcto en economía (6). Estas últimas -las ideologías- que suelen ir asociadas al dogmatismo teórico y a su ejecución práctica en la cotidianeidad, son las responsables de esclerosar la posibilidad de pensar la realidad de una manera diferente a lo que se lo hace habitualmente, es decir, ver lo que está ahí, al alcance de nuestros ojos, pero que las anteojeras mentales -impuestas por los aparatos ideológicos del Estado y por los modernos medios de comunicación masiva, siendo estos últimos los responsables de repetir fielmente el discurso oficial en boga del capitalismo- nos impiden verlo, describirlo y corregirlo. Forrester desarrolla un preciso y ajustado diagnóstico de la situación laboral imperante en el mundo regido por el emperador del Nuevo Orden Internacional, los Estados Unidos de Norteamérica. Si bien es cierto, la autora toma sus ejemplos básicamente de lo que sucede en Francia, sin embargo los mismos pueden ser extrapolados -y sin necesidad de cometer errores de "falsa aplicación"- a otros "paraísos" capitalistas que, dicen, existen en el mundo.

Así como la celebérrima "Gorrión de París" cantaba acerca de las beldades de los puentes parisinos que cruzan sobre el Sena, Forrester se empeña en describir a los habitantes que duermen, comen y hacen otras necesidades fisiológicas bajo los puentes de París, los mismos puentes que las agencias de turismo se encargan de hacer transitar a los desprevenidos viajantes que solamente alcanzan a ver las escenas tiernamente amorosas que los empresarios del turismo quieren que sean vistas por sus clientes, ya que ése es su negocio, el del turismo (7).

Nuestra autora sostiene, con otras palabras más elegantes, que el trabajo, en la actualidad, se ha convertido en un bien devaluado o, mejor dicho, en algo desvalorizado. El famoso mercado (Rodriguez Kauth, 1999) con que engolosinan sus paladares -mientras llenan sus faltriqueras- los panegiristas del liberalismo económico, ya no está dispuesto a comprar fuerza de trabajo, como sostenía Marx (op. cit.), en otras épocas en las que -por entonces- la moderna maquinaria que había producido la Revolución Industrial resultaba una colaboración para los obreros y operarios en la realización de su trabajo físico. En la actualidad -aquella tecnología que alguna vez colaboró a hacer menos doloroso el trabajo- simplemente los está reemplazando de sus lugares laborales y convirtiendo en una mercancía obsoleta al trabajo humano. Y el mundo, el mundo de los que están bien arriba -sentados dentro de una cúpula de cristal donde el hambre no existe y no pueden entrar bacterias debido a su hermeticidad- mira impávido la secuencia de estos hechos sociales dramáticos y solamente alcanza a lamentarse públicamente en voz bien alta y a proponer medidas paliativas que no solucionan la raíz de los problemas, que no es otra que la falta de trabajo. Algo semejante a lo de Forrester ya había planteado Olivannes (1996).

Nada se gana en la lucha de clases enfrentando con golpes a los inmigrantes; de ese modo sólo se logra la fractura del proletariado -una vez más- en una suerte de atomización, disgregación o fragmentación, que le hace perder el protagonismo político y la eficacia en su combate -que supiera tener en épocas remotas, como que ya pertenecen al siglo pasado- frente a quienes los explotan y, encima de eso, que no es poca cosa, se ríen a tambor batiente en su cara de los daños que les están provocando (Rodriguez Kauth y Falcón, 1997); como si de tal forma se ufanaran de su picardía, sagacidad y capacidad. Aunque, mal que nos pese, es innegable que tienen habilidad para hacer estas maniobras y así pueden demostrar no solamente cuán astutos son, sino que además ponen en juego -y en evidencia ante los grandes medios de comunicación masiva- el placer exhibicionista que les producen las "maldades" que han cometido en perjuicio de los otros, de aquellos a los que pueden humillar y bastardear sin sentir culpas (Sade, 1795).

La consigna impuesta por el moderno capitalismo transnacional y globalizado (8), a través de la imposición de las perversas leyes de "flexibilización laboral", es que los trabajadores no deben manifestar protestas ni rebelarse contra las condiciones laborales que les escamotean las conquistas sociales que supieron lograr; caso contrario, si pretenden hacerse los díscolos, los rebeldes, serán inmediatamente reemplazados por otros trabajadores más dóciles y que cobrarán menos dinero por la enajenación de su fuerza de trabajo. Ellos están esperando la oportunidad en largas e interminables "colas" de buscadores de empleo, sea en las condiciones que sea. Estas políticas de inestabilidad laboral, de precarización del empleo merced a los bajos costes que están teniendo los despidos de trabajadores, la licuación de las pensiones o jubilaciones, etc., se hacen en nombre de la santificada "libertad de mercado". Ya hace más de un siglo el filósofo anarquista Bakunin (1855) escribía que "La explotación es la esencia del capitalismo", a lo cual agregaba que "... los obreros están forzados a vender su fuerza de trabajo", lo cuál, según él, no era una transacción libre, debido a la asimetría existente entre la demanda de fuerza de trabajo y la oferta de la misma en el mercado laboral; obvio es decir que la segunda superaba -y supera- ampliamente a la primera.

En la actualidad, las organizaciones patronales han levantado al unísono el sonsonete de la flexibilización salarial -al mejor estilo de la "flauta mágica" de Mozart, cuyo argumento rondaba alrededor del quehacer de la masonería- aduciendo que su capacidad de competitividad en los mercados internacionales está desfavorecida y distorsionada para la colocación de sus productos debido a los altos costos que implica el trabajo asalariado. Entre los que incluyen no solamente al salario, sino también las contribuciones jubilatorias, vacaciones pagas, aportes a obras sociales, antigüedad, salubridad empresaria, etc. Sin embargo, lo que no se dice, es que la competitividad de los industriales y productores de los países con bajas calificaciones otorgadas por las consultoras financieras internacionales, está afectada por el alto costo del dinero -la toma de créditos- para alimentar los nuevos emprendimientos de mejoras y desarrollo de su producción. Obsérvese que mientras en los países "de punta" de Europa, o en los Estados Unidos, las tasas de interés no superan, para esos créditos, el 5% anual con términos a 30 años para su cancelación, en cambio, por ejemplo, en Argentina o Brasil, los mismos créditos rondan un precio del 15%, es decir, triplican el costo financiero que en los países centrales. Esta es la verdadera y auténtica causa de la falta de competitividad de los empresarios que arriesgan sus capitales en la periferia de la centralidad; no es otra cosa que la especulación financiera llevada adelante por la banca internacional al aplicar intereses usurarios a la pequeña y mediana empresa de países en vías de desarrollo. Es una mentira flagrante atribuir la escasa capacidad de inserción en los mercados mundiales a los costos del trabajo, como la causante de que estén marginados de la competitividad, eso no es otra cosa que una artimaña más de la filosofía misma en que se asienta el sistema capitalista y que ingenuamente han comprado -como buenos adoradores del Sol- los empresarios periféricos que, sin dudas, se aprovechan de tales argumentaciones poco honestas para pagar bajos salarios a sus trabajadores.

Estas conculcaciones de los derechos laborales no son solamente producto de las patrañas de los dirigentes patronales, todas éstas políticas se han visto avaladas por el silencio cómplice de buena parte de la dirigencia sindical y gremial, a los cuales desde la patronal -o desde los gobiernos- se les cuelga un morral del cuello, del mismo modo que se hace con el cogote de los caballos para que, en definitiva, coman y no protesten, así se quedan mansamente quietos obedeciendo las órdenes de sus jefes y traicionando a sus representados, a los cuales no dejan de descontarle su cuota sindical mensual -a veces obligatoria y sin posibilidad de elegir la afiliación- para utilizarla en su provecho personal, mientras negocian por atrás con la patronal que les paga mejor y, que además, les hace creer que los deja participar de sus bienes simbólicos (Veblen, 1899).

Para abordar de lleno el tema de la inmigración y los temores a la seguridad laboral, debe tenerse en cuenta que de las aproximadamente 350 millones de personas que actualmente habitan en la Comunidad Europea, algo más de 8 millones de ellos son inmigrantes provenientes de países extra comunitarios; cifra esta que puede elevarse al doble si se tienen en la consideración estadística a los que moran allí en condiciones de indocumentados y en la consiguiente ilegalidad jurídica (9). Si se utiliza un cálculo matemático elemental -y hasta si se quiere exagerado- los inmigrantes no representan ni al 5% de la población total que habita en el Oeste europeo, con lo cual se desprende que poca responsabilidad les cabe por la existencia del paro laboral que también se sufre por aquellas latitudes. Recurramos a las matemáticas. Recientemente -año 2000- un grupo de estudiantes de Ciencias Económicas, en Francia, publicó un documento en el que crítica el "uso incontrolado de las matemáticas" en la enseñanza de la economía y poniendo de relieve que "... la formalización matemática, cuando no es un instrumento y se convierte en un fin en sí misma conduce a una verdadera esquizofrenia respecto al mundo real". Aquellos estudiantes luchan contra el control de los economistas de la escuela neoclásica sobre el conjunto de una enseñanza universitaria que está atravesando por una profunda crisis, ya que no llega a llenar las aspiraciones de sus alumnos y sólo está al servicio de los emprendimientos financieros y empresarios que les hacen jugosas subvenciones.

Pero, aquí vale la pena hacerse una pregunta sencilla, de sentido común, que no siempre es el más común de los sentidos. ¿Cómo es posible que ingresen inmigrantes indocumentados con los estrictos y férreos controles fronterizos -muchas veces humillantes para quienes deben atravesarlos- para todo aquel ingresante que no tenga "rasgos étnicos" que lo presenten como un "extraño"?. Muy sencillo, los controles son burlados (10) por los propios patronos -merced a ardides urdidos con la complicidad de los controladores en los ingresos, o bien fletando ellos mismos las embarcaciones que llevan a su bordo a los "ilegales"-. De tal manera los empresarios industriales o agropecuarios consiguen mano de obra mucho más barata que la que debe pagarle a un trabajador nativo contratado en el mercado laboral legítimo. Y, aunque parezca paradójico, a ambas puntas del continuo les conviene seguir alentando tan pérfido "negocio"; gracias a su utilización, se calcula que un trabajador del área de la construcción que labora en el mercado negro de Occidente puede llegar a ganar en un mes de trabajo intenso hasta diez veces más de lo que hubiera ganado en su país de origen y pudiendo disfrutar de condiciones de calidad de vida que son inigualables con las que tenía en su país. Al patrón, el trabajo de ese operario le cuesta -a veces- menos de la mitad de lo que tendría que pagarle a uno originario del lugar. Sin dudas, se trata de un negocio redondo para ambas partes.

En relación a la inmigración que ingresa a la Comunidad Europea -proveniente del norte de Africa- que en su inmensa mayoría está compuesta por magrebíes musulmanes, se calcula que casi la mitad de ellos son menores de 18 años, lo cual hace que se conviertan fácilmente y por poco dinero -y provisión de drogas ilícitas mediante- en una fuente de ingresos adicional para los explotadores. Es decir, estos chavales se constituyen -para los proxenetas- en una oferta de prostitución -masculina o femenina- que satisface las demandas pedofílicas de los individuos que se consideran a sí mismos "puros" y "cristianos", defensores ellos del orden, de la tradición y de la moral pública (¡o escondida!). Y esta que vengo de hacer no es una acusación lanzada al azar, ni caprichosa producto de febriles devaneos intelectuales; basta con recordar las redes de prostitución infantil descubiertas a finales del siglo XX en Bélgica y en Francia; como así también el llamado "caso del Bar Arny", en España, dónde quien estaba comprometido en la prostitución infantil de magrebíes -en cuanto se refiere a la oferta que se hacía de ellos, mientras él miraba para otro lado- era nada menos que el Juez de Menores de Sevilla (Rodriguez Kauth, 1999b), ¡quien se supone que debe velar por la salud y seguridad de los menores!.

A lo que vengo de mencionar, deben sumarse las preocupantes y reiteradas denuncias hechas públicas por la UNICEF, acerca de la prostitución de menores en el sudoeste asiático, en el Africa negra y arábiga y en la América Latina y el Caribe. Podría recordarse, recorriendo este triste anecdotario por tan escabrosa temática, la desarticulación de una red de perversión de menores en Bélgica, la cual recurría a la utilización de pornografía, secuestros y hasta homicidios de las víctimas -en este caso, de muchachas menores de edad- para no dejar delito gravísimo por cometer. En Argentina existen jueces -que actúan con la colaboración de la UNICEF- que se han cansado de denunciar públicamente la constante prostitución y vejación de menores de edad -tanto mujeres como varones- la que se realiza con la complicidad de las propias policías de cada lugar que, se supone, tienen la obligación de velar para que estos vergonzosos hechos no sucedan.

No puede dejar de agregarse otra gravísima denuncia formulada, también por la UNICEF, acerca de la participación de las Fuerzas de Paz -con personal militar y civil de las NN. UU.- en los territorios ocupados por la agencia multinacional para el logro de la pacificación de territorios en conflicto -internos o con vecinos-, de que las mismas se hallaban implicados en hechos de corrupción de menores y en el incremento de la prostitución adulta -femenina o masculina- al paso de la tan majestuosa fuerza "pacificadora", la cual acude a un lugar con conflictos políticos internos o externos para poner "orden" dentro del desorden general imperante que se intenta corregir pero que, en definitiva, se intensifica por otras vertientes alejadas de la sana convivencia y la moral.

Es que la prostitución infantil -y también la adulta- es un negocio "perfecto" para quienes la regentean y viven de ella, cuando a esto se lo mira con la suficiente discreción que exige la ética del capitalismo contemporáneo. Esto es debido a que los menores de edad explotados por quienes venden sus favores sexuales a adultos perversos, se ven impedidos de denunciar en público los abusos a que son sometidos por los proxenetas -muchas veces escondidos trás la máscara de una agencia de turismo, que no contaminará con sus chimeneas que lanzan anhídrido carbónico, pero que pervierten tanto o más que aquellas- en razón de que si lo hicieran se verían expulsados del país por su condición de "ilegales". Esta particular situación los lleva a cobrar cada vez menos dinero por sus "servicios" y a penetrar cada día más al interior del consumo de narcóticos -una forma de abonarles sus servicios y convertirlos en clientes de la droga- con lo cual en poco tiempo se incorporan a la categoría de adictos y, cuando sus favores sexuales no son demandados porque se sospecha que son portadores de enfermedades infectocontagiosas -en especial la del tan temido Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida- entonces no les queda otro recurso que salir a robar para conseguir su provisión diaria de cocaína o heroína. Con lo cual se cierra el círculo vicioso, dicho esto sin eufemismos.

Efectivamente, de este modo se comprueba aquello que se quiso probar: los extranjeros son peligrosos, la mayoría de ellos son drogadictos, perversos sexuales, ladrones y hasta homicidas. Entonces, solamente queda como única solución la de expulsarlos de una cultura que rinde hipócrita pleitesía a la salud moral de sus miembros y no puede alegre y generosamente dejarse contagiar, contaminar, de las enfermedades sociales -y sobre todo sexuales- de aquellos que los han "invadido", que no han sabido aprender a comportarse correctamente en el país que tan cristianamente les dio una merecida acogida.

Por todo lo expuesto -y mucho más que sería ocioso colocarlo aquí, ya que es público y notorio- es que desde hace dos largas décadas se viene aplicando -dentro del ámbito de los países de la Comunidad Europea- lo que se conoce como la política de "contención" al ingreso de inmigrantes o "turistas" que no sean tales, sobre todo cuando estos proceden de lugares calificados como peligrosos o de inmigración de alto riesgo y, por tanto, se hacen sospechables de intentar buscar refugio permanente en alguno de los países de la Comunidad. Esto significa que se han extremado las medidas de control aduanero para el ingreso de inmigrantes -los no deseados-, en cambio, los que viajan ya "contratados" por algún empresario pueden ingresar por pasos especialmente reservados a ellos.

Esta política de "contención" se efectúa merced a un férreo y pretendidamente discreto control policial en las aduanas de ingreso, como asimismo sobre la extensión y duración de las visas de visita. Esto se ha realizado a partir de la acción de la Europol, un complejo policial surgido después de la firma del Tratado de Maastricht; curiosamente, merced a lo resuelto por el Grupo de Schengen. En la actualidad puede tenerse la certeza de que el Servicio Informático "Schengen" se ha convertido en uno de los archivos policiales más completo de los existentes en el planeta.

Durante 1985, en la Comunidad Europea, se pactó la regulación de la supresión de las fronteras comunes entre los miembros de los países que originariamente fueran firmantes de la creación de la Comunidad -y al que luego adhirieron los que se incorporaron de manera paulatina- pero, simultáneamente, se endurecía la vigilancia de los pasos aduaneros externos, al que podían tener acceso quienes pretendían ingresar desde lugares riesgosos, para ello tanto las fronteras de Portugal, España, Italia y Francia son especialmente cuidadas. Esto no es óbice para que algunos mercaderes de esclavos se ocupen de contratar por monedas a jóvenes africanos -a los que les han visto algún talento futbolístico- y les consigan documentación europea para cuando crezcan poder "venderlos" a los grandes equipos de las ligas locales.

Entre tanto, en Latinoamérica, en los países pertenecientes al Cono Sur, se ha intentado imitar la política de fronteras abiertas de la Comunidad Europea para los ciudadanos del complejo económico Mercosur, pero esto no ha resultado ser impedimento alguno para que aparezcan situaciones que -por lo menos- pueden ser consideradas ridículas en los viajes a países miembros del Mercosur, cuando en realidad la aplicación de las mismas son ofensivas y vejatorias para la dignidad de los pasajeros visitantes. Brasil, el miembro más importante del grupo (11), obliga en los vuelos internacionales a las playas del sur -que tanto se preocupan de promover sus oficinas turísticas- a que los pasajeros sean literalmente rociados -poco antes del aterrizaje- con un aerosol desinfectante. Esto no es un sistema de puertas abiertas cuando se considera que los visitantes pueden traer consigo pestes. ¿Dónde quedaron aquellas intenciones de la integración y del libre tránsito?.

Al evocar a Brasil, es preciso señalar que en ese país que fuera colonizado por portugueses -quienes trajeron para sus plantaciones a grandes cantidades de esclavos negros- en la actualidad caracteriza a su sociedad por una acusada falta de prejuicios "raciales" y de discriminación social en función del color de la piel, por lo que en esta sociedad no se padecen los problemas de discriminación racial del tipo que se sufren, por ejemplo, en los Estados Unidos de Norteamérica. Allí también hubo una alta colonización con esclavos traídos del Africa, por razones que intentaremos explicar en el capítulo próximo.

Por otra parte, en el ámbito del Mercosur, la libre circulación de personas se realiza de manera marginal a través de las extensas y dilatadas fronteras terrestres y fluviales que tienen entre sí los países integrantes del acuerdo regional, lo que provoca el ingreso de inmigrantes ilegales que se mueven -como mano de obra barata y, a veces, lo hacen bajo la forma del "contrabando hormiga" (12)- de un lugar a otro en las épocas de la cosecha de determinados productos estacionales, como son la del algodón, la vendimia, o la zafra; con lo cual -al igual que en Europa- los trabajadores nativos se sienten perseguidos por una competencia desleal que es alentada por los terratenientes vernáculos que hacen trabajar a los campesinos migrantes en condiciones que -sin eufemismos- pueden ser catalogadas de esclavitud y vasallaje, ya que no solamente les pagan monedas por día trabajado de 16 horas, sino que los hacen vivir en pozos cavados en la tierra por ellos mismos y la única comida que reciben son uvas o trozos de caña de azúcar recogidos por los mismos y que les sirven para aumentar sus dosis de glucosa en sangre; con el magro salario recibido pueden comprar algo de pan y carne de vez en cuando.

Tanto las autoridades políticas de los Estados europeos, como las de los países latinoamericanas, consideran que estas auténticas avalanchas de inmigrantes ocasionales o "golondrinas" -que en ocasiones terminan siendo permanentes- provoque en un futuro no muy lejano no solamente una invasión demográfica (13), sino que también se le teme a una invasión cultural -a lo que Le Pen asocia como consecuencia ineluctable de la invasión demográfica- con lo cual se producirá una mayor tensión social y económica que la que ya se vive en el presente por aquellas y por estas tierras. Y el temor de las autoridades se centra en una secuencia de episodios -no tan esporádicos como antaño- de violencia xenófoba que se están viviendo y sufriendo, por lo que se estima que, en la medida que aumente la inmigración, estos se reproducirán como hongos después de llover merced a sus prolíficas familias. Pero el temor -que puede llegar a ser considerado como genuino- es combatido con medidas restrictivas para la libre circulación de las personas, es decir, por la vida democrática y tolerante. En lugar de ello, debieran ponerse a pensar seriamente en la aplicación de políticas sociales y económicas que permitan y faciliten la contención social y psicológica de los inmigrantes y su descendencia, a la par que en la convivencia pacífica y armoniosa de los nuevos habitantes con los nativos, sin necesidad de generar conflictos mayores.

Ya que acabo de ejemplificar con los argumentos que utiliza la extrema derecha francesa, debe tenerse en cuenta que en el sudeste francés -en la región portuaria de Marsella- se da un permanente choque cultural con la extendida cantidad de inmigrantes de origen magrebí y, consecuentemente, se trata de una región en la que moran "los moros" -valga el juego polisémico- en barrios pletóricos de hábitos y costumbres norteafricanas. No se puede olvidar que el puerto de Marsella se ha hecho famoso en la historia por su racismo, especialmente el antisemitismo cuando, a finales del siglo XIX, un oficial francés de origen judío -que fuera inmortalizado por Emilio Zola (1898), el capitán Dreyfus- fue acusado de espionaje en favor de los alemanes. Asimismo, para la década del treinta, en Marsella hubo un alcalde fascista y, en la actualidad es uno de los centros preferidos para la distribución de drogas en el resto de Europa. Buena parte de los magrebíes que allí viven ya no son inmigrantes de primera generación en Francia, sino que son hijos y nietos de los argelinos que combatieron -algunos a favor, la mayoría en contra- a los soldados franceses durante la guerra de la independencia de Argelia y que aún, pasadas más de tres décadas, continúan siendo considerandos como marginados por la población marsellesa y por las autoridades administrativas y policiales.

La urgente necesidad de la ideación de aquellas políticas sociales y económicas que señalara -en párrafos anteriores- para solucionar los acuciantes problemas sociales emergentes que provocan la falta de empleo y la inmigración, no necesariamente han de secar el cerebro de los burócratas de turno, sino que las mismas son sencillas y surgen de la aplicación -por parte de los Estados nacionales- de medidas que generen fuentes de trabajo productivo y, cuando la tecnología reemplace la mano de obra humana con un robot, entonces deben hacer su entrada en escena, como ya lo señaláramos, fuertes políticas impositivas que no permitan el aumento del margen de la plusvalía -ya por demás exagerada- que queda en poder del capitalismo empresarial. Con esa fuente de recaudación fiscal -por cierto legítima- bien se podrían pagar subsidios por desempleo a los que hayan perdido su lugar laboral reemplazados por las máquinas y, entonces, no aparecerán más las tan temidas escenas de violencia urbana que son tan desagradables a la vista de la burguesía para la sana y "cristiana" convivencia humanitaria.

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Si nos remontamos a los orígenes del nazismo -como agrupación política- durante la segunda década del siglo XX, se podrá observar que situaciones semejantes a las descriptas, se producían enmarcadas en un clima social y económico de profunda inestabilidad política y, en donde no estaban exentas las violentas represiones masivas que eran ejecutadas por los policías de la República de Weimar -socialdemócratas- contra los obreros comunistas, socialistas y anarquistas que pretendían alcanzar el poder o, al menos, desestabilizarlo con el objetivo último de la revolución proletaria internacional (14). Entonces, otra formación socialdemócrata, asumió el gobierno, con Federico Ebert a la cabeza, quien así se convirtió en el Canciller de Alemania. Su ideario consistía en mantener el régimen parlamentario como una forma de oponerse a la triunfante Revolución Soviética que tenía lugar en Rusia y que contaba ya con un buen número de adeptos y simpatizantes, tanto entre el proletariado como entre los intelectuales alemanes. A esta propuesta gubernamental se oponían los partidarios de la izquierda radicalizada, entre los que no se puede dejar de recordar los nombres de K. Liebknecht y de la combativa Rosa Luxemburgo (1919), quienes pretendían instalar de inmediato la revolución proletaria a través de una Constitución que contemplase una República de Soviets, o Consejos de Trabajadores, semejante a la que había triunfado en Rusia. De aquella lucha surgió ganadora la propuesta moderada de la socialdemocracia y el movimiento socialista se partió en dos fracciones: por un lado los reformistas -moderados que acompañaban las propuestas del Gobierno- y, por otro lado, los espartaquistas (15) que se consideraban de extrema izquierda.

De resultas de esta división se vivieron momentos de extrema tensión por el despliegue de acciones callejeras violentas, las que culminaron con sangrientas represiones policiales y militares que dejaron millares de muertos por las calles de Berlín, entre los que se encontraban K. Liebknecht y R. Luxemburgo, quienes fueron fusilados en 1919. A partir de ese momento el movimiento obrero alemán estaba dividido y la influencia de los militares, apoyados por los industriales -especialmente de la industria pesada y del acero- y por distintos sectores del clero, iba a ser decisiva -en lugar de la influencia protagónica de los trabajadores- en la Alemania del futuro inmediato.

Aquella Constitución triunfante de raigambre socialdemócrata, representaba a las constituciones de la democracia liberal -solo en su aspecto formal- esto es, en lo concerniente a la organización y sustentación del poder, el respeto por el sufragio universal y la expresión de la soberanía popular; en tanto que en lo referido a aspectos económicos y sociales, intentaba ser una Constitución de tipo socialista, ya que aseguraba "... el control de las industrias principales por parte del Estado", a la vez que afirmaba sostener un destino al futuro con una gradual socialización de los instrumentos de producción. Pero todo esto quedó en aguas de borraja, nunca se vio, quizás por la rapidez con que Hitler dio vuelta el panorama político, quizás por que nunca se tuvo la auténtica intención de implementarla.

Debe tenerse en cuenta, a la hora de interpretar el fracaso político de la República de Weimar, que aquellas instituciones propuestas, no surgieron desde las entrañas mismas del pueblo trabajador alemán, sino que ellas fueron el resultado de una concepción clasista y elitista de un sector clave de la dirigencia socialdemócrata alemana, que se sentía aterrorizada con lo que había sucedido en la Unión Soviética (16).

Como colofón de este breve relato histórico, basta decir que al movimiento obrero no lo dividen los de afuera, sino que su enemigo estaba -y continúa estándolo- ubicado puertas para adentro, con los traidores de turno. Los que en la actualidad existen en mucha mayor cantidad, especialmente entre algunos dirigentes sindicales, gremiales y políticos arribistas que solamente tienen como objetivo vivir de la política y no para una política popular.

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El tema -y el problema- que genera el paro laboral, el de la desocupación de los trabajadores, no fue algo que despertara el interés de los teóricos de la escuela económica clásica. Dicha Escuela tuvo sus orígenes en Inglaterra, entre los Siglos XVIII y XIX, siendo sus exponentes más notables A. Smith (1784) y D. Ricardo (1817) -éste introdujo el papel protagónico del progreso tecnológico y su influencia sobre el empleo de la mano de obra- además de hacer un notable hincapié en señalar la importancia económica de un papel moneda fuerte, con respaldo en oro u otro metal precioso, es decir, la aparición del monetarismo. La pretensión de éstos era la de fundamentar al incipiente sistema capitalista para su consolidación teórica y posterior éxito en la práctica política. David Ricardo tuvo la pretensión de recomendar a los grandes capitales que, para evitar la desocupación en ciernes que avizoraba, contrataran mano de obra no productiva -sirvientes o criados- en lugar de gastar sus dineros en objetos de lujo. Obvio es que escribió sobre esto mucho antes de que T. Veblen (op. cit.) pusiera en conocimiento del mundo académico su teoría sociológica de la clase ociosa, en donde destacaba el valor simbólico de los bienes para sostener aquella condición de privilegio.

Entre los precursores de la Escuela económica Clásica, caben citar los nombres de J. Locke, W. Petty y D. Hume, los que no pueden quedar en el olvido, ya que estos daban por supuesta la existencia de un equilibrio espontáneo entre la oferta y la demanda de mano de obra, por lo cual -para ellos- no tendrían lugar los problemas de las crisis laborales del desempleo. En el modelo ideal diseñado por A. Smith (op. cit.) existía un equilibrio perfecto entre el ahorro y el gasto, entre la producción y el consumo y, en consecuencia, entre la demanda y la oferta de trabajo: tal situación de balance equilibrado llegó a plantearla cuando sostuvo que los intereses egoístas de los hombres conducen a la satisfacción del interés general, ya que existe una "mano invisible" -que opera a través de la libre competencia de los mercados- y que los conduce necesariamente a la satisfacción del interés general, el interés común; pero Smith no era tan ingenuo -o perverso- como normalmente se lo considera desde la óptica de los detractores del liberalismo económico. Por el contrario, sostenía que la "armonía natural" que pretendía lograr, podía verse seriamente perturbada por las grandes desigualdades que se producirían en la distribución de la riqueza.

Carlos Marx (1867) fue un economista que tuvo sus inicios intelectuales en dicha escuela económica -de la que se constituyó en un marginal y posterior disidente, pero que, sin dudas, tuvo sus orígenes de pensamiento en aquella- que atisbó la posibilidad del paro laboral en función de los avances tecnológicos. En el decir de Sevares (2000) "Marx fue posiblemente el único de los clásicos que veía en la desocupación un fenómeno de dos caras: una de ellas funcional a los intereses de la burguesía, en la medida en que el `ejército de reserva' favorecía el control social y deprimía los salarios beneficiando la tasa de ganancia; y otra desfavorable, porque la desocupación imponía un límite a la realización de las mercancías y era uno de los motivos de la crisis estructural". Vale decir, Marx -en eso- no se equivocó un ápice en su pronóstico.

En las postrimerías del Siglo XIX, alrededor de 1885, apareció lo que se dio en llamar la Escuela de Cambridge, o neoclásica en economía, cuyo inspirador era A. Marshall y uno de sus más notables discípulos fue J. M. Keynes (17), quién en 1919 visualizó los peligros que acechaban sobre la paz mundial a partir de las agresivas políticas que aplicadas como "reparación económica" a los vencedores del conflicto bélico y a la que había sido sometida de manera humillante Alemania, por parte de los triunfadores en la conflagración. Así fue que anticipó que las indemnizaciones que Alemania debería pagar, la conducirían a un estado de inflación incontrolable, lo cual haría resurgir al nacionalismo y, consecuentemente, al tan peligros militarismo alemán que sería como un ave de presa volando sobre la débil paz mundial.

Tiempo más tarde, Keynes se aparta del neoclasicismo ortodoxo, cuando en 1936 se aleja de dicha Escuela para tener la libertad de observar, comprender y explicar una dinámica original en las relaciones que se daban entre capital y trabajo. Siendo desde ésa perspectiva que propuso la aplicación de "políticas activas" por parte del Estado para lograr nuevamente el pleno empleo, más no con el propósito de solucionar el problema del proletariado, sino con la intención de reactivar la actividad de los mercados generando de tal modo consumidores entre los trabajadores para una producción que quedaba almacenada sin salir de las fábricas por falta de poder adquisitivo en la población. Esto ocurrió durante la gran crisis económica y de los mercados bursátiles de finales de los años veinte, la que se hizo famosa con el nombre de la "gran depresión" y que se extendió sin solución de continuidad desde los Estados Unidos a todo el mundo capitalista.

El quinto momento, luego del pasaje de la Escuela clásica, del marxismo, de la Escuela neoclásica y del keynesianismo, aparece más recientemente -en la escena contemporánea- y surge con el desempleo calificado sobre la base de los extraordinarios avances tecnológicos. El mismo es la consecuencia que algunos analistas quieren observar en la actualidad, donde la mano de obra humana ha sido reemplazada por la aplicación de la tecnología robótica, dejando en el arcón de los recuerdos los aportes teóricos de los marxistas y keynesianos para la explicación y corrección del fenómeno de la desocupación.

El mundo contemporáneo observa -con justificada preocupación y alarma- cómo rápidamente se retorna a los postulados que planteara la Escuela Neoclásica frente a la desocupación estructural que tenemos ante nuestra vista. Para ellos, el paro permanente no es otra cosa que un excedente de oferta de mano de obra, lo cual indica que los salarios son superiores a los de la producción marginal del trabajo asalariado. La solución frente a este problema y, para así retornar al equilibrio deseado, es sencilla, consiste en reducir los salarios que se abona a los trabajadores. Dicho en otras palabras, la libre competencia debe reinar también en el mercado laboral, de manera que los desocupados puedan ofrecer su trabajo a menor precio que el que indican los "obsoletos" convenios laborales -que en los argumentos capitalistas en nada los benefician- para conseguir empleo; para lo cual se hace imprescindible la acción -por omisión- de los Estados colaboracionistas, los que deben dejar de regular los convenios y hasta abandonar el pago de subsidios (18). De esa manera se logrará que la oferta de mano de obra se ajuste a las demandas del mercado en cuanto éste se encuentre en condiciones de satisfacer sus demandas. Para consolidar sus argumentos, no dejan de recurrir a la ayuda que les presta la matemática económica (19), gracias a la cual pueden demostrar que a mayores niveles de salarios aumentan los precios de los productos en el mercado consumidor, con lo cual decrece la demanda de los mismos y se produce la desocupación laboral. Entre tantas cosas que se olvidan estos teóricos, hoy representados por la Escuela de Chicago, es que el pago de altos salarios no es un gasto, sino que también significa una inversión a mediano plazo, ya que esos ingresos se transforman en demandas de los bienes objeto de producción, de las mismas mercaderías producidas por los propios trabajadores que -no debe olvidarse- no solamente trabajan, sino que también son consumidores potenciales y reales de lo que producen (20).

Son estas políticas neoclásicas, que ha tomado como suyas la postmodernidad, las que conducen a la división del proletariado, a la escisión de la clase obrera en pequeños grupúsculos que luchan por sus reivindicaciones puntuales que hacen a la demanda de cada sector. Ante la desesperación por lograr mantener el empleo, o conseguir alguno, los obreros han terminado por hacer suyo el discurso reaccionario del neoclasicismo económico y, encuentran como única solución para sus problemas laborales, la de bastardear, prostituir, aquello que poseen como más valioso en el mercado y que el capital lo necesita como su par dialéctico indispensable para existir como tal: su fuerza de trabajo. De tal suerte que los trabajadores, fraccionados como colectivo, finalizan por entregar esa fuerza de trabajo por monedas, por lo que les ofrezcan ... y la solidaridad proletaria se fue al mismísimo demonio, pero no por culpa de la invasión de inmigrantes, sino por exclusiva responsabilidad de los trabajadores nativos que se han dejado meter el dedo en la boca con argumentaciones perversas y así abandonar las premisas marxistas acerca del valor de su trabajo y de su protagonismo revolucionario.


N O T A S

(*) Publicado originalmente en la Rev. Memoria, México, Nº 145, 2001. En el presente capítulo, está revisada y ampliada la versión original.

(1) Que en la actualidad, necesario es decirlo, están bastante desdibujadas, sobre todo en su inserción ideológica con el plano sindical. Curiosamente, en el caso particular de Argentina, la opinión pública tiene un muy bajo concepto de los dirigentes sindicales, en cambio, confía que una dirigencia combativa y responsable pueda representarlos dignamente en sus justos reclamos.

(2) El tercero de los Jinetes, según el último de los libros del Nuevo Testamento, que no casualmente montaba un caballo negro. La alegoría simbólica del color de los caballos tiene que ver con el quehacer de los jinetes.

(3) Lo cual podría hacerla calificar como una conducta perversa por lo exhibicionista.

(4) Que tanto pueden ser inmigrantes extranjeros al país o extranjeros a la región o localidad de que se trate.

(5) Y cuando se descompone su mecanismo, son rápidamente arreglados por aquellos ingenieros o reemplazados por otras máquinas que están de repuesto esperando su turno.

(6) Así como existe un pensar y actuar "políticamente correcto", también existe un pensar y actuar "económicamente correcto" que está grabado en los cánones de los economistas tradicionales.

(7) Es la industria que algunos países aún subdesarrollados, pero que según los eufemismos en boga están en "vías de desarrollo", consideran como una fuente no contaminante de recursos en dinero, tanto para el fisco como para los empresarios privados, ya que la han llamado "la industria sin chimeneas".

(8) Que lo único que globaliza son las comunicaciones para algunos que no están dentro de su circuito privilegiado; en tanto que lo que sí globalizan son las transferencias de dinero -la mayor parte de las veces "sucio"- sin pagar impuesto alguno en los lugares de origen o de destino.

(9) Con todo lo de riesgoso que esto conlleva, según el Acuerdo de Maastricht y su aplicación en cada uno de los países de la Comunidad Europea. Por ejemplo, lo que está sucediendo en España con la nueva ley de Extranjería y las consecuencias nefastas que ella tiene para los inmigrantes indocumentados.

(10) Utilizando el lenguaje del fútbol, se podría decir gambeteados.

(11) En consideración al número de habitantes -más de 160 millones- y a la producción de mercaderías que exporta como, asimismo, a la de insumos que importa.

(12) Lo cual significa un contrabando diario de pequeños objetos que se pueden transportar sin llamar la atención de los guardias de las aduanas de uno y otro lado.

(13) Según la expresión utilizada por Jean M. Le Pen, el líder nazi del Frente Nacional francés.

(14) O, al menos, alemana.

(15) Que tomaron su nombre de quien había sido el jefe de una rebelión de esclavos, Espartaco, en la Roma antigua -que fracasó- y bajo cuyo nombre, usado como seudónimo, Liebknecht publicó artículos y panfletos contrarios a la política del Partido Socialdemócrata de apoyar el ingreso alemán a la Primera Guerra. Para ellos esta fue una traición al proletariado, ya que se trataba de una conflagración imperialista y, por tanto se alejaba de los propósitos que los guiaban de terminar con el capitalismo internacional.

(16) La tan temida -por la burguesía- socialización de los medios de producción. Lo que llevó a exagerar la propaganda política al punto de sostener que ya nadie sería propietario ni siquiera de sus calzoncillos, ya que estarían socializados y cualquiera se los podría sacar para utilizarlos él. Sin dudas, un disparate, pero que prendió fuerte en los sectores medios que veían la posibilidad de perder lo poco que tenían y no de ganar lo mucho que les faltaba.

(17) Paradójicamente, fue un brillante egresado de la Universidad de Cambridge, lugar del cual era oriundo.

(18) A los trabajadores, nunca a los sectores empresarios que así los reclamen.

(19) Nuevamente aparecen las matemáticas como cómplices. Una hija de esta, la estadística, ha hecho afirmar a U. Eco que las estadísticas no mienten, los estadísticos sí, ya que basta con ser hábil para ordenar las variables en juego y se puede demostrar lo que se quiera. Eco lo ejemplifica diciendo que si dos personas tienen delante suyo dos pollos, teóricamente cada una de ellas se comerá un pollo, lo cual no es necesariamente verdadero, ya que uno de ellos puede comerse los dos pollos y el otro se quedará hambriento. Eso es lo que ocurre con los datos sobre el Producto Bruto Interno.

(20) En este sentido es destacable la política interna seguida por el industrial nazi norteamericano H. Ford, quién sostenía que todo empleado de sus plantas de automóviles debería tener la capacidad de ser propietario de un vehículo suyo, del color que quisiese ... ¡siempre que fuera negro!.


NOMADAS | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730 | MONOGRAFÍAS
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

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