El miedo, motor de la historia individual y colectiva
[Angel Rodríguez Kauth]

CAPÍTULO.4 | Inmigración: Los temores a la invasión cultural (*)

 
Los privilegiados del
"mundo libre" no deberían
descansar en cadáveres de otros lados.
 
[N. CHOMSKY]

Uno de los tantos miedos que circulan, invadiendo las sociedades contemporáneas, y que frecuentemente se expresan en alta voz, cuando se produce el arribo de personas foráneas -sobre todo cuando se trata de inmigrantes pobres que vienen de países más pobres aún- está referido a que éstos pueden "contaminar" la cultura del lugar de acogida y hasta -el colmo- llegar a "pervertir" su pureza. Obvio es que tal miedo no se testimonia con la llegada de turistas, que aunque vengan de países pobres -en todos lados hay pequeños bolsones de riqueza que permiten ese divertimento, como es el turismo- ya que ellos llegan con dinero fresco -o en tarjetas de plástico- con lo que favorecen los negocios de los que ejercen el comercio en las economías que los reciben.

No debe olvidarse -tal como lo señaláramos en el capítulo anterior- que desde hace casi una centuria y, sobre todo en los últimos tres decenios, el turismo es algo así como "la industria sin chimeneas"; se afirma que no contamina con humo, ni con el anhídrido carbónico de los gases industriales, ni con lluvias ácidas ni con desechos de las fábricas a los habitantes, como tampoco lo hacen con el medio ambiente. Estos no son más que cuentos chinos -y no precisamente de turistas de Taiwan- ya que la actividad turística también contamina, no sólo al nicho ecológico con depredaciones que realizan los incontrolables turistas, que creen tener vía libre para tirar sus envases descartables, pañales usados de bebé y otras cosas semejantes en cualquier lugar, sino que -algunos de ellos, no todos, es preciso no caer en generalizaciones banales- pueden contaminar a la población vernácula con "vicios" tales como la prostitución, la droga y la comercialización de objetos considerados prohibidos por las autoridades locales, que los adquieren a comerciantes inescrupulosos y llevándose -a escondidas- "recuerdos" que son patrimonio arqueológico o antropológico del lugar. Pero no nos llamemos a engaño, no son precisamente los recién llegados quienes generan temores -y hasta pánico- en la mayoría de la población nativa, solamente lo provocan en algunos funcionarios preocupados por el cuidado del medio ambiente y en los ecologistas que se ocupan de la protección del ecosistema. Sobre esto, preciso es anotarlo, pareciera que algunos ecologistas son lo que Mario Bunge (1989), con mucha ironía, llamó verdes/verdes, y a los que Montoya (1992) denominó ambientalistos ya que para ellos la pobreza no está instalada en el ecosistema y prefieren dedicar sus esfuerzos a salvar una ballena encallada en alguna remota playa del Pacífico, en lugar de llevar al hospital a un niño infectado de las enfermedades que trae consigo la pobreza.

Los que verdaderamente crean un estado de miedo generalizado son los inmigrantes, que inclusive hasta pueden desatar contenidos delirantes de persecución de tipo paranoides. Son aquellos que arriban con sus atavíos y costumbres extrañas -y hasta encontradas, por lo "siniestras" (Freud, 1919) de las mismas- con respecto a las del lugar de acogida y que se teme perviertan al folklore local, a la tradición respetuosa de rendir pleitesía por las manifestaciones culturales asentadas en el lugar.

A partir de la definición de "cultura", ofrecida por Tylor (1871), ésta es "... aquel todo complejo que incluye conocimiento, creencias, arte, ley, moral, costumbres y cualesquier otra capacidad y hábito adquirido por el hombre como miembro de la sociedad". Si se tiene en cuenta tal definición, entonces se comprenderá el celo indómito que ponen los sectores más conservadores y retrógrados de una sociedad para convertir a la cultura -"su" cultura- en algo inalterable, intocable e inmansillable, en lo que respecta a los contenidos ideacionales y simbólicos que transitan por el sistema de representaciones e imaginarios colectivos, a lo que consideran como su patrimonio cultural e histórico. Por otra parte, también se entenderá a los sectores más progresistas de la misma sociedad que tenderán a tratar de enriquecer aquel patrimonio cultural heredado con la incorporación de nuevas adquisiciones -y las consiguientes modificaciones- a las pautas culturales existentes.

Es preciso recordar que Tylor asimilaba el concepto de cultura con el de civilización, criterio que en la actualidad ha sido superado con amplitud por los antropólogos e historiadores, dado que con el primero de los términos se está tratando de un universal categórico, a la vez que con el segundo solamente se hace referencia a los estados de evolución y desarrollo cultural que se consideran particularmente elevados, casi sublimes, aunque esta consideración de tipo académica no invalida la definición de cultura ofrecida por Tylor hace más de una centuria.

Desde una lectura etimológica, el término cultura hace referencia a "suelo cultivado" y, con el paso del tiempo, se le dio un alcance mayor, metafórico, de aplicación al desarrollo -tanto en lo material, espiritual como simbólico- en el ámbito de las colectividades humanas. De tal modo, al hablar de "desarrollo" se está haciendo referencia -necesariamente- a crecimientos, cambios y evoluciones y, ninguna de estas condiciones supuestas se provocan por mera generación espontánea. Para que aquello suceda se precisa la intervención de agentes externos a la propia cultura, a fin de que le provean una perspectiva dinámica progresista original -o al menos distinta, que no se repita a sí misma- frente a la visión estática de tipo conservadora -o reaccionaria- en que suelen enquistarse las culturas. Las culturas no son más que un proceso múltiple, constante y permanente de adaptaciones y asimilaciones recíprocas entre personas y colectivos que comparten una misma raigambre histórica en cuanto a usos y costumbres, todo lo cual se va construyendo de consuno con los extraños a ella, pero que le aportan sus propios usos y costumbres, los que son útiles para el enriquecimiento mutuo.

Los pueblos, todos los pueblos conocidos sin exclusión, portan la característica común de ser -en mayor o en menor medida- celosos guardianes de sus tradiciones culturales, tienden a ser conservadores del patrimonio cultural heredado. Este es un hecho histórico y sociológico evidente y por demás innegable, sobre el que es necesario trabajar arduamente -y tenerlo siempre en cuenta a la hora de proyectar políticas sociales- si se pretende combatir al flagelo que supone la xenofobia para, en su lugar, instalar un espacio de tolerancia recíproca y de sana convivencia pacífica entre los individuos y los colectivos de caracteres "diferentes" en cuanto al cúmulo de los patrimonios culturales que traen consigo. Significa que la integración de personas de distintas culturas ha de provocar necesariamente roces -y hasta conflictos de mayor o menor intensidad, según las situaciones particulares que se estén viviendo- con los habitantes nativos. Sin embargo, lo que se pretende desde este escrito -quizás de un modo ingenuamente utópico, sin que por esto utopía sea sinónimo de estupidez (Rodriguez Kauth, 1997)- es que tales roces y conflictos tengan los efectos menos traumáticos posible para los "diferentes" y que, rápidamente, esos conflictos sean superados en beneficio de una integración plena, vale decir, que facilite la salud mental, la integración social y la integridad física, tanto individual como colectiva, de toda la población en su conjunto, sin privilegios ni exclusiones.

Las culturas que se mantienen en las condiciones "primitivas" de reproducción biológica y simbólica de naturaleza endogámica -sin contacto alguno, o con relaciones solo esporádicas y superfluas, con el mundo exterior- son formaciones sociales que tienden a anquilosarse y a repetirse sobre sí mismas y esta repetición la hacen más en los defectos que en las virtudes, con lo cual se dirigen -tanto biológica como culturalmente- a desaparecer. Los procesos sociales dinámicos de aculturación e intercambio de costumbres, hábitos y demás expresiones culturales entre diferentes formaciones sociales son, precisamente, la causa del crecimiento y desarrollo de cada una de ellas; caso contrario, si tales formaciones sociales se mantienen en el aislamiento de no sostener relaciones externas a ellas, entonces son fácilmente presa del estancamiento -entran en una suerte de lo que gráficamente se puede describir como la superficie de una meseta- y posteriormente en involución -el sector del declive de la meseta- hasta su desaparición, extinción o sometimiento a la fuerza por un invasor. Y en este caso, sin ofrecer resistencias en sus impolutos territorios en que se ha sostenido -de un modo irracional- el imperio de una tradición esclerosante y paralizante. Como ejemplo elocuente de lo dicho, valga el caso histórico de los habitantes de la Tierras Altas de Escocia, quienes con su respeto fanático por la organización social en clanes no supieron abrirse a la llegada de los ingleses -no de manera necesaria al sometimiento- y, en la actualidad, solamente cumplen un papel destacado dentro del Ejército británico que los ha hecho una suerte de emblema de su poderío en cuanta guerra han participado, merced a permitirles el uso de sus vestimentas originales -las que estuvieron prohibidas, hasta que debieron jurar fidelidad a la corona inglesa- y de la gaita como instrumento musical. Pero, en realidad, fueron avasallados y subsumidos por los ingleses, tras cruentas batallas, quedándoles en la actualidad sólo la gloria de pretéritas épocas "gloriosas".

Lo expresado en el párrafo anterior no es producto de una divagación caprichosa o de un ideologismo internacionalista que me invada; téngase en cuenta que todos los pueblos tienen la necesidad "natural" de conocer objetos, ideas, cosas originales e ignoradas por ellos que existen en otros lados; a la par que algunos de sus miembros sienten el deseo y la curiosidad de cuestionarse los supuestos básicos sobre los que se asientan sus culturas. Si no fuera de esta forma, aún estaríamos los humanos viviendo como cavernícolas prehomínidos y, el largo proceso de hominización de la especie -que siempre continúa, no se mantiene estático en un punto de culminación- nunca hubiera tenido lugar del modo en que se ha venido desarrollando -bien o mal, sin adjudicarle calificaciones éticas- durante los últimos treinta mil años.

Piénsese sólo qué hubiera sido de Europa si no hubiese tenido la posibilidad de entrar en contacto con las antiquísimas civilizaciones del Lejano o Medio Oriente, como fueran los intercambios comerciales -que se acompañaron de relaciones culturales- con asirios, babilónicos, y norafricanos, como egipcios, cartagineses, etc. (1). Ni que decir de lo que significó el enriquecimiento -especialmente material- para Europa el "descubrimiento" de América que, en realidad, fue solamente el "encuentro" de nuevos territorios (Rodriguez Kauth, 1994a). Pero, pareciera ser que para los imaginarios sociales atravesados de altas dosis de racismo y exclusivismo, aquellas ventajas obtenidas en su momento hoy han sido olvidadas en el viejo arcón de los recuerdos. Ahora nos aplican la Ley de Extranjería, cuando los españoles nunca fueron considerados extranjeros en América.

Téngase presente que C. Colón, un ferviente católico -ya que los Reyes castellanos de entonces le pagaron los costos de la excursión hacia lo desconocido- no llegó a entender a los "salvajes" que -por obra de la casualidad náutica y no de sus habilidades marineras- encontró viajando hacia las Indias. De tal suerte, llegó a describir a los aborígenes como caníbales y, pese a ello, propuso que sería un buen negocio -en todas las épocas, business are business- vender a esos nativos en el mercado de esclavos de Sevilla para engrosar las arcas reales. Obsérvese hasta qué punto el etnocentrismo puede llegar a entorpecer la lucidez mental: debido a que él no entendía lo que decían los aborígenes, no tuvo mejor ocurrencia que declararlos mudos, tal como le escribiera en una misiva a la Reina Isabel. Sí, la misma reina a quien -en 1951- el sanguinario dictador Francisco Franco exaltara, frente a las mujeres de Castilla, como un paradigma de mujer y estadista a tener en cuenta para imitar.

Mas, volviendo al "descubrimiento", los dislates intelectuales de un Almirante -de quien no se puede esperar otra cosa más que conduzca un navío en altamar en dirección a "buen puerto"- no quedaron solamente en la obnubilación de sus entendederas. Las mismas trascendieron a punto tal que en la actualidad, los niños argentinos estudian -en sus manuales de historia- que cuando el "descubrimiento", los "indios" -así se les llamó a los aborígenes- no eran otra cosa más que un elemento, es decir, algo así como las vicuñas o los papagayos que correteaban o volaban por estos ignotos territorios. Y los historiadores vernáculos no ponen en ese punto límite alguno a los disparates del "conocimiento" que pretenden enseñar; ellos mismos afirman -y están convencidos- que los españoles arribaron a un "territorio desconocido", ignorando que el terreno ya estaba habitado por individuos que habían llegado desde el Asia oriental hace aproximadamente unos 30 mil años. Entonces cabe preguntarse ¿para quién era desconocida América?. Solamente lo era para los "descubridores" de 1492. Pero esto no hace admisible que un historiador latinoamericano repita el sonsonete que nos han hecho oír los colonizadores durante años, salvo que se interprete que él también ha sido intelectual y emocionalmente colonizado por los conquistadores (Memmi, 1969).

Y, respecto al "descubrimiento", ni fue Colón ni tampoco Américo Vespusio, quienes hicieron la descripción cartográfica del "Nuevo Continente". El primero que realizó tal tarea fue el navegante y cartógrafo cántabro Juan de la Cosa, quién fue capaz de advertir con bastante certeza el contorno de las tierras avistadas durante los seis primeros viajes a América (Casado Soto, 2000). Si se me permite una anotación humorística, añadiré que, cómo Colon no iba a considerar a los nativos como un elemento, si en realidad fue "la Cosa" -hagamos un juego polisémico- el que advirtió la novedosa situación.

De más está decir que también aquellas culturas indígenas -que se ubicaban en la lejana geografía de la metrópoli imperial- se beneficiaron con el arribo de los europeos. Es verdad, suele recordarse, con bastante mala fe (2), las perversiones y epidemias que llevó -o trajo- consigo el colonizador, además que es innegable que no llegó en son de paz, sino que lo hizo en afán de conquista, en búsqueda de tesoros quiméricos, esgrimiendo la espada y la cruz como los instrumentos guerreros y evangélicos -que normalmente van asociados- de sometimiento a utilizar con los aborígenes; pero también es preciso recordar que el "hombre blanco" traía consigo nuevas perspectivas de pensamiento, de costumbres y tecnologías, que facilitaron recuperar el tiempo perdido a pueblos que vivían con dos o tres mil años de atraso tecnológico, sobre todo en lo que se refiere a los preciosos cuidados de la salud física.

En la actualidad el ciudadano europeo medio vive inserto en "el aquí y ahora", de tal modo que ha olvidado la historia remota, como así también la historia cercana de la que han sido protagonistas sus familiares, cuando millones de ellos huyeron hacia América, especialmente, o a otros remotos confines del planeta buscando refugio y consuelo a las penurias económicas -hambrunas- que debían soportar en sus territorios. En esa falta de memoria por lo ocurrido (3), ése mismo ciudadano medio -¿mediocre?- condena social y políticamente a aquellos que recorren el camino inverso, a los que buscan en Europa un lugar de refugio a las persecuciones y penurias de que son objeto en sus países de residencia. Estos "olvidos" hablan por sí solos de la poca "humanidad", de la escasa "caridad cristiana" que anima a los europeos actuales medios -siempre tan proclives a padecer el síntoma del etnocéntrico del "europeísmo"- que, por fortuna, no se trata de una enfermedad contagiosa, pero que socialmente provoca "contagios" peligrosos para la convivencia pacífica. No debe dejar de anotarse que los norteamericanos, durante la última centuria, han creado una versión propia de tal patología de pensamiento y sentimiento ante el sufrimiento que padecen los desvalidos de otras latitudes. Para enfrentar esa situación es que se han constituído en los patrones del Nuevo Orden Mundial y así se puede hablar de un nuevo síntoma psicosocial, el "norteamicanocentrismo", como un término que empieza siendo un barbarismo, continuará por los sinuosos senderos de los neologismos y acabará por ser aceptado por todos, del mismo modo en que a ellos se los acepta como los nuevos patrones de la civilización occidental en tanto son los defensores de los derechos humanos. Aunque solamente de aquellos derechos humanos que les convienen a sus mezquinos intereses, inclusive de los que no son ni derechos ni humanos -como ocurrió en los '70 con sus apoyos a tantos dictadores y tiranuelos deambulantes por el orbe, especialmente en nuestra América- pero que les servían de cómplices, o de imbéciles útiles, a los propósitos de sus políticas imperiales.

Como ejemplo ilustrativo acerca del modo en que influyeron los viajes de los aventureros de hace cuatro siglos, tómese al caso de la ciudad holandesa de Amsterdam, también conocida como "la ciudad del comercio", gracias a lo cual mantuvieron contactos con poblaciones de diferentes partes del mundo, las que tenían las costumbres más exóticas y menos imaginables para los holandeses. Sin embargo, dichos contactos facilitaron la apertura mental, la ruptura de los prejuicios y los estereotipos hacia los "extraños" por parte de sus habitantes y de los modos de pensar originales de su tradición cultural. Esto dio lugar a que hoy sea una de las ciudades en las cuales se desconoce el sentido del vocablo escándalo; en sus calles son aceptadas muchas de las actividades y conductas que en otros lados están censuradas o directamente prohibidas y que escandalizan a la pacatería emocional e intelectual de la mediocridad (Ingenieros, 1913) como, por ejemplo, el ejercicio público de la prostitución, la exhibición homosexual, la pornografía y el consumo de drogas que está aceptado legalmente ... siempre que pague impuestos al fisco, etc.

Retomando el tema de los viajes en diferentes direcciones, estimo conveniente transcribir unas líneas escritas -hace casi 100 años- que son por demás elocuentes acerca de lo que acabo de afirmar sobre la inmigración europea hacia América. El catalán Santiago Rusiñol i Prats (1910) -pintor y escritor modernista- hizo una descripción esclarecedora -a la vez que teñida de elementos emocionales- de la relación entre americanos y europeos durante los viajes transoceánicos a principios del siglo XX, cuando dice: "Y cuando, allá en el mar, se cruzan de noche dos grandes barcos, el que viene brilla de ambición y el otro sonríe de alegría. En uno vienen los inmigrantes a hacer dinero, cueste lo que cueste, y en el otro van los emigrantes a gastárselo, sea como sea. Uno lleva lágrimas de Europa y el otro sonrisas de Argentina". Ha pasado mucho tiempo -casi una centuria- y la relación descripta se ha invertido en su dirección original; ya no son los barcos que se cruzan en altamar, ahora son los aviones que se divisan a la distancia en el firmamento celeste (cuando no está nublado), pero las lágrimas van a Europa con la secreta esperanza de convertirlas en sonrisas; mientras que la alegría de venir a gastar sus dineros se encuentra dibujada en los rostros de los pasajeros europeos que vuelan a mostrar, a exhibir de manera parafernálica, frente a la parentela que oportunamente emigrara a América, lo bien que están viviendo en sus terruños con sus pequeñas granjas -o grandes industrias- que despreciaron aquellos antepasados para viajar en la búsqueda de lo que llamaban "hacerse la América" y que, justo es decirlo, la mayoría de ellos logró sus propósitos originarios de éxito económico y social en la aventura emprendida por estas tierras.

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Hechas estas consideraciones -quizás demasiado extensas- es preciso adentrarnos en explorar lo que se conoce como el "análisis del discurso", es decir, el texto de lo que se dice -y lo que se deja de decir, el análisis de lo no dicho explícitamente- en los discursos racistas, en la retórica expresada con una profunda carga de xenofobia. Esa será una de las tantas formas de comprender la desubicación de los mismos ante un mundo que -imperio de la globalización mediante, nos guste o nos disguste- apunta inexorablemente a los contactos interculturales y a la asimilación de los extraños o, al menos, al acomodamiento a las pautas de costumbres ajenas, de las conductas de los "otros".

El espacio de la cultura -entendiendo a ésta de manera restringida- como manifestación artística folklórica, es el lugar donde los grupos xenófobos depositaron lo que suponen es el reservorio a proteger de lo legado por sus ancestros. Sin embargo, ni la música, ni las letras, ni las expresiones plásticas pueden ser culpadas de tal dislate intelectual y de las conductas aberrantes consecuentes o resultantes, que se han sucedido sin solución de continuidad a lo largo de la historia de la humanidad y en diferentes ámbitos geográficos.

Si bien es cierto, para considerar un caso emblemático, el músico R. Wagner ha sido considerado -con justicia histórica y epistémica- como el precursor "musical" del nazismo, no se puede ignorar que el testimonio de aquél músico genial, de principios decimonónicos, no fue más que el reflejo de una ideología de base que transitaba el imaginario colectivo alemán de la época en que vivió. Los potentes sonidos que se dejan escuchar en las arias y oberturas de sus óperas -acompañadas de la percusión de timbales como fondo sonoro y de la estridencia de los instrumentos de viento- estaban poblados de personajes heroicos del folklore germano, dotados con caracteres casi místicos. Sin dudas, Wagner llevaba consigo todo el peso de los prejuicios raciales -antisemitas- que imperaban en el siglo XIX y que los alemanes venían incubando desde hacía tiempo contra los judíos.

Esa animadversión de los teutones arios -cuya presunta pureza todavía no se sabe de dónde les viene- hacia los judíos, no fue un hecho casual o azaroso; se produjo como consecuencia del llamado proceso de Emancipación Judía. El mismo se inicia luego de la Revolución Francesa y se instaló en los principados germánicos después de las invasiones napoleónicas, lo que facilitó la salida de los judíos de los ghettos en que vivían recluidos, a la par que gozaban, aunque más no fuese hipotéticamente, de igualdad de derechos y obligaciones con el resto de los alemanes "puros". Sin dudas que la nueva situación social y psicológica generó brotes de racismo antisemita en los habitantes de los principados alemanes y que Wagner fue uno de los que los interpretó con mayor odio y virulencia, según se trasunta en sus cartas, ensayos y otros escritos, que son un testimonio por demás elocuente del profundo odio racial que lo embargaba.

Los principios son abstractos -como afirmaba Wagner- en tanto que lo concreto es lo que nos condiciona. De tal suerte que, como lo señalara años más tarde la filósofa política -judía ella- H. Arendt (1951), existen judíos que no merecen la pena que uno los apoye en sus demandas políticas, como también existen ese tipo de individuos entre los no judíos. Las causas políticas que ocupan el pensar ideológico son abstractas, en cambio, los hechos particulares, que afectan a un individuo o colectivo directamente, no son causas de devaneos ideológicos o de luchas políticas, en todo caso lo serán en cuanto se encuadran en un marco más amplio que los contempla desde el pensar político e ideológico. Por otra parte, para considerar a Wagner como ideólogo del racismo antisemita, agregaré que él consideraba que el judaísmo era la mala conciencia de la modernidad y que sólo existía un método para conjurar la maldición judía: el aniquilamiento (Kohan, 2000). Como se ve, un músico tan sublime en su expresión sonora, se adelantó en varios años a la propuesta de la "solución final al problema judío" que presentara Hitler y que fuera ejecutado por sus sicarios en las cámaras de gases. La xenofobia de Wagner alcanzaba no solamente a los judíos, llegaba a los franceses -a los que definió como latinos semitizados- a los negros y también a los eslavos.

Sin carga de prejuicio ideológico alguno, es posible considerar a Wagner -y a su música- como uno de los inspiradores de lo que más de un siglo más tarde sería el Holocausto. El propio Hitler, antes de dividir a los hombres entre arios y no arios, entre elegidos y réprobos (4), ya primero los separaba entre wagnerianos y los "que no tienen nombre". La música de Wagner -muchas veces cercana a lo sublime- tuvo un valor emblemático para la gesta demencial del racismo hitlerista. La carga de marcialidad musical y la tragedia temática de sus óperas, facilitaban al nazismo una fuente en la cual abrevar en la búsqueda de una ilusoria mitología germánica, vale decir, la salida al encuentro de las perdidas Walkirias. A éstas las utilizaban los agentes de la propaganda nazi como prototipo divino de personajes del folklore popular -escandinavo, por cierto- que alentaban a los soldados antes de ir a la lucha para la victoria y que, a la vez elegían a los que debían morir en combate en aras de la santa cruzada emprendida. El uso de este estilo musical -por las agencias de propaganda nacional socialistas- servía como cortina de fondo para la puesta en marcha de una escenificación parafernálica, durante las que se arengaba enérgicamente a la población -tanto a la que concurría, como a la que no podía hacerlo a través de la radio- para insuflarle el "patriotismo" necesario y así poder cumplir con los designios de la valiente y heroica lucha emprendida en contra de los enemigos históricos y "naturales" de la nación alemana.

Asimismo, como todo movimiento político y social, con pretensión de subordinar a las masas a sus designios caprichosos y advenedizos, el nazismo intentó la búsqueda de antecedentes ideológicos -no solamente en la leyenda y mitología, sino también en algunos textos clásicos de la literatura germánica- que justificasen sus devaneos intelectuales racistas. Así encontraron a J. G. Fichte (1808), quién con sus catorce discursos a la Nación Alemana, pronunciados entre 1807 y 1808 durante la ocupación napoleónica, encendía los ánimos de los príncipes germánicos para resistir la invasión de los ejércitos franceses, especialmente en los de la región de Prusia. Fichte interpretaba el sentido de la identidad del "yo" consigo mismo y se le puede considerar un personaje de transición, una suerte de bisagra, entre los pensamientos de Kant y de Hegel pero, al traspolar tales argumentos a lo político y social, mezcló en una misma olla elementos del liberalismo, del socialismo y del nacionalismo. Habiendo sido un apasionado de la Revolución Francesa, se desencantó de ella luego de la ejecución en la guillotina de Luis XVI y, el entusiasmo inicial que le provocó esa gesta de "libertad, igualdad y fraternidad", se convirtió en oposición radical a la misma. Tal desilusión partió -básicamente- a raíz de los sucesos revolucionarios que -amparados en la libertad (5) declamada en la consigna revolucionaria- coartaban la posibilidad de pensar y actuar libremente. Esto, para un kantiano como él, resultaba ser como un revulsivo estomacal. Más, el sentido profundamente crítico y revolucionario que lo acompañaba fue trastocándose hasta que llegó a imaginarla en su fantasía como una "revolución mental".

En Fichte, sus "Discursos", son una apelación a la captura del hombre alemán original -algo así como la llamada a la búsqueda del "ser nacional" que en la actualidad está tan en boga en algunos pensadores nacionalistas latinoamericanos- de aquél hombre que no huyó de sus tierras hacia el sur, aquéllos que aún poseían una unidad lingüística para expresarse: la alemana. Estos elementos suscintamente relatados, son los que a más de cien años de distancia fueran retomados por Hitler y sus acólitos para construir un glosario de demandas y reivindicaciones nacionalistas, sobre todo fundándose en la extrema importancia que Fichte daba a la educación ... pero entendida ésta a la manera que la concebía el nazismo. Es decir, educar para servir al amo, para ser utilizados por el Führer cuando éste lo dispusiese, para ofrendarle su vida al líder.

Pero no nos engañemos, no fue una simple restauración de las ideas e instituciones de base antiliberal lo que dio lugar a la doctrina y política ejecutada por el nazismo. Fichte fue, en política, un liberal en el mejor sentido del término (6) vale decir, creía en las libertades del individuo. Del mismo modo en que los filósofos políticos del romanticismo alemán reaccionaron dura y enérgicamente contra el racionalismo a ultranza del positivismo posterior a la época del Iluminismo, de igual manera hicieron los ideólogos del nazismo -aunque con violencia muchas veces expresada físicamente- llegando incluso a acusar a Sócrates de ser el "primer socialdemócrata de Europa", debido a que el célebre filósofo griego postulaba la necesidad de hacer el intento de encontrar soluciones a los problemas mediante el debate de argumentaciones y la discusión de las mismas. Esto se oponía al principio "decisionista", postulado por Schmitt (Schmitt, 1932; Dotti, 1989; Negretto, 1994), quien, como ideólogo del nazismo, sostenía que el parlamentarismo era una expresión de la política decadente de su tiempo y que solamente las decisiones tomadas por aquellos que condujeran los destinos de la Nación iba a hacer lo que facilitaría un actuar político ágil y eficaz: de ahí a la dictadura del autoritarismo de Estado hay un paso muy pequeño.

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Por otra parte, en lo que se refiere a las relaciones del nazismo con las religiones -como expresiones culturales- debe anotarse que aquél rechazaba de manera absoluta -no solamente al judaísmo- sino también al cristianismo y sus diversos testimonios hierofánicos. Así se llegó a calificar a las diferentes iglesias cristianas como una forma diabólica instrumentada por los judíos (¿?), que servía únicamente para debilitar la valentía de los alemanes a partir de los preceptos sostenidos -aunque tan poco tenidos en cuenta por éstos y también por las Iglesias- de caridad, misericordia y perdón.

Saliendo del nazismo, debo anotar dos casos recientes -en Argentina- que ejemplifican el sentido misericordioso de algunos católicos. Se trata de dos monseñores, el primero Obispo de Lomas de Zamora y el otro Vicario General de la diócesis de Mercedes, ambas ubicadas en la Provincia de Buenos Aires. El primero deseó a los periodistas que hablan mal de la Iglesia que tengan cáncer de pulmón, en clara alusión a un periodista de la TV que fuma muchísimo en cámaras y que es un crítico acérrimo del quehacer pastoral del Obispo en cuestión. El segundo, sugirió que algunos periodistas tendrían que ser sometidos a una lobotomía. Ambas declaraciones ocurrieron en mayo del 2000, ¡en un año santo y en que el mismo Papa predica el perdón a los cuatro vientos!.

Retornando al punto focal de las relaciones entre nazismo y religiones, en realidad, no es atrevido sospechar que las instituciones religiosas fuesen despreciadas, temidas y combatidas por el nazismo, ya que eran un competidor peligroso para el único dios existente dentro del estrecho marco que servía de sustento a su incipiente ideología: A. Hitler, el Führer (7). Para encubrir estos disparates intelectuales con barniz ideológico, se recurrió a los argumentos de F. Nietzsche (1881), del que se tomó la idea del superhombre -como objetivo al que debía arribar la evolución humana en general y la alemana en particular- a partir de sus propuestas del hombre apolíneo y dionisíaco que aparecía en la mitología griega. Pero en Nietzsche, el superhombre no era -Bréhier (1962)- "... la consumación del modelo humano; Nietzsche veía al último hombre... como al que lo ha organizado todo para eludir riesgos y que se encuentra satisfecho con su vulgar felicidad". Lo que el nazismo tomó del superhombre propuesto por Nietzsche, para sus campañas publicitarias, fue el amor al riesgo y al peligro que éste ponía en sus emprendimientos, en los que estaba en juego la voluntad de vivir. Asimismo, el nazismo echó mano a los contenidos temáticos e ideológicos que utilizara Shopenhauer -quien influyó de modo notorio en Wagner- para el que la voluntad del individuo era la esencia de todas las cosas y ella -los propósitos que le ha impreso la voluntad- se encuentra ubicada muy por encima de la fría y esquemática racionalidad ... que tiene la triste virtud de hacer pensar más allá de lo permitido.

Sin dudas que la contemporaneidad transcurre por múltiples crisis, pero esto de las crisis no es original de la actualidad, siempre se ha atravesado por esas condiciones, aún en aquel período obscuro que se cree que fue el medioevo, pero en el cual también se vivían momentos críticos (8).

El vocablo crisis, en su sentido originario -proviene del sánscrito- significa limpiar, purificar aquello que está sucio o impuro; de ahí deriva el sustantivo crisol, que es un instrumento que se utiliza -en los laboratorios de análisis químicos- para purificar los metales, especialmente el oro que está "sucio", contaminado con otros minerales que le hacen perder valor económico debido a los costos de la extracción. Acrisolar significa depurar, decantar lo impuro en beneficio de lo auténtico, de lo valioso. Todo proceso de purificación, ya sea leído desde las religiones, tanto las monoteístas como las politeístas, o desde la fisicoquímica, conlleva la desaparición de elementos -por ejemplo, la muerte de seres vivos, orgánicos o inorgánicos- y la recuperación de otros novedosos. Esto es lo que significa "renacimiento", aunque las formas que el renacer asuma nunca han de ser idénticas al original de aquel pasado que se ha tomado como paradigmático.

En tal sentido, el científico -y eminente filósofo del presente- I. Prygogine se encargó de enseñar -con sus sencillos experimentos fisicoquímicos que pueden realizarse con un poco de imaginación y la ayuda de lápiz y papel- sobre la segura irreversibilidad de cualquier proceso que se trate, ya sean estos químicos, físicos, históricos, artísticos, sociales, etc.; todos ellos son irreversibles, aún cuando puedan replicárselos de manera idéntica (Prygogine y Stengers, 1987). Sin embargo, las condiciones en que se darán nunca serán las mismas, con lo cual la réplica tampoco lo ha de ser, ya que aquellas se han visto tamizadas por el inexorable paso del tiempo que todo lo arrolla y modifica. Al respecto, vale recordar que ya Heráclito -hace unos 2500 años- afirmaba que una persona no podía bañarse dos veces en el mismo río.

Un ejemplo para estos momentos históricos "de cambios" intensos en lo político y geográfico, es el referido a los conflictos lingüísticos, como así también a las fusiones y desapariciones de lenguas en el Oriente europeo, luego de los sucesos políticos del 9 de noviembre de 1989, con lo que se llamó "la caída del Muro de Berlín" (9), la que -vale anotarlo para no caer en las confusiones tramposas que se nos tienden- no fue una "caída" en el sentido que le da la física en cuanto "caen" los cuerpos en la gravedad del espacio, sino que se trató de una "volteada", donde el pueblo alemán -tanto orientales como occidentales- se convirtieron en los protagonistas de su propia historicidad (Rodriguez Kauth, 1994b). Pero ésa es otra historia, está referida a cómo los modernos medios de comunicación falsifican los hechos -aún los de la contemporaneidad que todos vivimos- a fin de mantener y profundizar el engaño sobre nuestras conciencias y evitando, de esa forma, que nos convirtamos en los auténticos protagonistas de la historia.

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A continuación dedicaré algún espacio a desarrollar otro factor que habitualmente impide la comunicación e integración entre pueblos con características "diferentes", como es el de la religión y los discursos hierofánicos que se bajan desde las Iglesias, que en muchas oportunidades más de las esperables operan como limitadores -en lugar de facilitadores, según sus pretensiones de protagonismo ecuménico- de la aceptación e integración de los "otros". Pareciera que las grandes religiones tradicionales de Occidente se han olvidado de actuar con el criterio ecuménico de paz y concordia entre los hombres y los pueblos, que ellas mismas declaman. Gran cantidad de guerras, matanzas, actos de vandalismo y represiones de todo tipo de las que habitualmente se piensa, en el largo decurso de la historia de la humanidad, han sido cometidas por cuestiones religiosas, por la "santa y noble" intención de imponer unos sobre otros sus verdades acerca de la divinidad y de las bondades divinas; algo así como que mi dios es mejor que el tuyo. Es decir, se ha matado, se mata y se continuará matando, solamente en función de demostrar cuál dios es mejor y más bueno. Lo cual no deja de ser una linda paradoja retórica, aunque en la vida real sea bastante lastimosa y deje mucho que desear.

Para Durkheim (1912) "Una religión es un sistema solidario de creencias y de prácticas relativas a las cosas sagradas". En la definición de Durkheim está implícito lo que afirmara en el párrafo anterior, cuando afirma que es "un sistema solidario de creencias". Sin embargo, tal solidaridad está relacionada solamente con respecto a los de "adentro"; generalmente, para con los de "afuera", con los "otros", no existe tal testimonio de solidaridad. Por el contrario, normalmente se pone en juego la insolidaridad y hasta el odio por los "otros", los que no son de nuestra religión.

En todas las manifestaciones religiosas se encuentra un denominador común, cual es el de la "salvación", que sólo se alcanza merced a la voluntad divina, la cual se expresa en las conductas individuales que acompañan a las de la comunidad religiosa de pertenencia. Todas las religiones llevan implícita la fe en una creencia dogmática (10), que es indiscutible (Geffré, 1985; Puente Ojea, 2000); existe la exigencia de obedecer un código moral -el de la religión y no cualquier otro (Guisán, 1993; Ingenieros, 1917) y a participar -individual y colectivamente- en los rituales que el culto demanda como obligatorios. Asimismo, retomando la definición durkheimniana, ella es desafiante, ya que invita a explorar -por parte de los eruditos o de los interesados en el tema- esas creencias y prácticas como realidades que evolucionan o involucionan en el decurso del devenir histórico.

Las religiones tienen la paradójica costumbre de dividir a los pueblos -pese a su pretensión explícita de vincularlos- y el eurocentrismo (Dussel, 1992) dijo presente en las manifestaciones señaladas, aún en las religiosas. También aquella influencia se encuentra en las investigaciones sobre las conductas de los pueblos "primitivos" -o no tanto- cuando los investigadores adjudican la presencia de prácticas religiosas a sus habitantes. Esta posición se adoptó al considerar a la religión como una forma de relacionarse las personas con el Universo, o con uno o más dioses que lo habitan y dirigen, según sus creencias y que no se admitía que estuviese ausente en aquellos pueblos.

A la vez, hay que atender al aspecto ideológico con que se introdujeron las religiones en todas partes: ellas son necesarias para los pueblos, los mantienen unidos. Estas dos consideraciones han llevado a los antropólogos -y otros científicos sociales- que realizaron sus estudios en comunidades no europeas, a que adjudicaran a algunas conductas de los nativos el carácter de religiosas; vale decir, no se concebía que en otros lares no hubieran prácticas semejantes a las cristianas, judías o islámicas. En definitiva, se les atribuyó a las prácticas de los ritos tribales un papel semejante al que cumple la religión en Occidente, sin importar si las mismas eran precisamente prácticas religiosas. Esto puede explicarse a partir de que los científicos sociales contemporáneos acostumbran aplicar la premisa -errónea- de que los pueblos primitivos son fieles representantes de los pasos seguidos en la evolución de la humanidad en su proceso civilizador, cuando también es esperable y posible que hayan recorrido caminos paralelos y que no necesariamente confluyan tales senderos en su recorrido -por generación espontánea o por determinismo biológico- con los del resto de la especie humana, es decir, a la parte más conocida y que se toma como referente: la occidental. En tal sentido, el evolucionismo, planteó una impronta difícil de superar, aunque bien valga la pena hacer el esfuerzo de trascenderla para comprender mejor las diferencias existentes entre las religiones, como así también entre las prácticas ritualistas.

Desde los tiempos homéricos, que se pueden considerar la prehistoria de la concepción religiosa en la civilización de occidente, se recitaban poemas épicos de los cuales se podía inferir a los dioses como figuras cercanas y hasta semejantes a los hombres. Pero luego de Homero, los propios griegos se dieron cuenta que los hombres de distintas regiones tenían concepciones diferentes acerca de lo que se definía como sagrado. También es interesante anotar que ya en esas remotas épocas había algunas personas muy religiosas, otras poco religiosas y algunas que no lo eran en absoluto, más aún que renegaban de la religión. Estos últimos, gozaron de espacio en momentos y lugares en que existió libertad de pensamiento, pero no se puede considerar de manera semejante cuando la religión, o las prácticas religiosas, estuvieron prohibidas, momentos en que la tónica general de la actitud hacia la devoción y práctica religiosa estaba oculta o desaparecía por imperio de una fuerza que la prohibía. No se puede hablar de irreligiosidad cuando el quehacer religioso está censurado por las autoridades gobernantes. En la antigüedad griega fue Heráclito el que cuestionó las prácticas religiosas populares, a partir de que él estimaba que no se podía influir sobre los dioses para obtener ventajas, ya que al concepto de ser agregó el de devenir, con lo cual inauguró el tiempo del pensamiento dialéctico.

Más tarde, durante el Imperio Romano, la idea de religiosidad toma un sentido más cercano a lo que hoy se llama "el Occidente democrático y cristiano" (11), consolidándose alrededor de prácticas expresivas devotas, es decir, en torno a rituales parafernálicos que bordean el exhibicionismo, como se suele testimoniar la actitud religiosa superficial y que es fácilmente observable en las prácticas cotidianas. En la antigüedad romana, la religión se convirtió en una condición imprescindible para la vida en comunidad, sobre todo luego de la crisis de la República y la asunción de Julio César con plenos poderes políticos en lo que sería el inicio del Imperio. Cicerón -el más elocuente orador romano- llegó a afirmar que no habría respeto posible entre los hombres, ni paz en las ciudades, si no existiese la religión, ya que él era un devoto religioso. Como se puede observar, esta concepción ha perdurado hasta nuestros tiempos y ha impregnado el pensamiento científico y no científico de la "gente". Aquél respeto por lo religioso, según el propio Cicerón, se encontrará únicamente en el esmero con que se participa de las ceremonias rituales del culto.

Sin embargo, para la misma época, el poeta romano Tito Lucrecio -heredero intelectual de los filósofos griegos Demócrito y Epicuro- fue quién medio siglo antes de la aparición del cristianismo llamó la atención acerca de que la religión era un sistema de pensamientos y sentimientos constituido sobre la base de amenazas y promesas, fundamentadas en el miedo. Lucrecio afirmó que la base temerosa de la naturaleza humana es la que hace a la mayoría de las personas creer en la divinidad y practicar rituales con los que rinden culto a lo sobrenatural, para protegerse de situaciones desgraciadas que puedan sobrevenir. Lucrecio fue un adelantado para su época, ya que una de sus propuestas era liberar a los hombres de los dos temores que siempre los atenazaron: la muerte y la divinidad. Ambos temores están fuertemente enraizados en una característica universal y común a lo humano: la finitud del hombre. Condición que lo condena a no permitirle concebir -ni siquiera intelectualmente- la posibilidad de la existencia del infinito. Hasta qué punto esto será verdadero que en pleno esplendor de la ciencia -como es la contemporaneidad- hay científicos que tratan de explicar el sentido infinito del Universo, afirmando -a principios del Siglo XXI-, que éste no es redondo, sino que tiende a ser plano (12). Más allá de lo que puedan decirles sus sofisticados telescopios gigantes, tal afirmación -como cualquier otra respecto a la "forma" del Universo- es un dislate intelectual, ya que significa no haber comprendido el sentido de la infinitud, que no tiene forma ni límites. Sin embargo, esto ya lo había visto Lucrecio, cuando afirmaba que el Universo es un conjunto fortuito de átomos que se mueven en el vacío. ¡Y él no sabía cosa alguna de astronomía ni contaba con instrumental que fuese más allá de sus propios sentidos!.

A su vez, la muerte puede ser la representación del infinito, al igual que la vida -desde donde se viene para morir, como un tránsito- a la vez que la divinidad es la que mejor representa al infinito; ella permitirá al ser humano trascender después de la muerte, es decir, continuar vivo, aunque no corporalmente, pero creyendo que después de muerto algo de él seguirá vivo y que no todo será alimento para los gusanos o las alimañas. Para la genialidad de Lucrecio, los hechos terrestres -sean éstos catastróficos o beneficiosos- no dependen de voluntad externa alguna, son solamente fenómenos naturales y, en consecuencia, los temores a lo sobrenatural, a lo divino, son creencias sin fundamentación empírica alguna. Sin embargo, no se atrevió a negar la existencia de los dioses, solamente les restó el protagonismo que se les otorgaba, a la vez que les quitó la responsabilidad que les cupiera sobre los hechos de los seres humanos que, justo es decirlo, más de una vez dejan mal parados a los dioses.

Con sumo cuidado literario, Levi (1958) señala que "Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta. Los momentos que se oponen a la realización de uno y otro estado límite son de la misma naturaleza: se derivan de nuestra condición humana, que es enemiga de cualquier infinitud. Se opone a ello nuestro eternamente insuficiente conocimiento del futuro; y ello se llama, en un caso, esperanza y en el otro, incertidumbre del mañana. Se opone a ello la seguridad de la muerte, que pone límite a cualquier gozo, pero también a cualquier dolor. Se oponen a ello las inevitables preocupaciones materiales que, así como emponzoñan cualquier felicidad duradera, de la misma manera apartan nuestra atención continuamente de la desgracia que nos oprime y convierten en fragmentaria, y por lo mismo en soportable, su conciencia".

Por otra parte, en los estudios realizados sobre las "religiones primitivas", no se ha encontrado una frontera nítida entre el espacio de lo natural y el de lo espiritual, se trata de algo como una suerte de comunión inseparable entre el organismo y aquello que lo circunda. Fue una forma de adelantarse a la moderna ecología, donde lo que impera es un ecosistema integrado e interdependiente. Dentro de estas religiones "primitivas" puede ser incluida el sintoísmo, ya que no posee un sistema formal de dogmas ni de credos explícitamente formulados en libro sagrado alguno. Cada objeto del ambiente tiene su "espíritu" y, los sintoístas admiran, respetan o temen a todo lo existente. Resulta paradójico que el sintoísmo sea la religión de la mayoría en una comunidad con avances por excelencia en la tecnología contemporánea, es decir, el Japón. Lo que muestra el error de las clasificaciones rápidas que son producto de la mentalidad rígida desde donde se las examina y se llega a conclusiones ... la mayoría de las veces falsas por vicios de desviacionismo ideológico.

Asimismo, una expresión que se ha confundido con frecuencia es la correspondiente al papel que desempeñan los sacerdotes de las religiones monoteístas con las del chamán, o las de los hechiceros en las "primitivas". Mientras que en las religiones occidentales el sacerdocio es una institución, en las "primitivas", tanto el chamanismo como la hechicería, son el producto de los hallazgos del propio individuo, chamán o hechicero -durante sus reflexiones en soledad- a partir de su capacidad para interpretar el sentido de las vivencias oníricas, por el oscuro camino de los sueños; aquellos sueños que -retomando la poesía de Calderón de la Barca (1636)- con sencillez y simpleza nos dicen que "toda la vida es sueño, y los sueños sueños son".

Al margen de estos comentarios, retornando al propósito inicial de páginas atrás, de comentar los episodios de intolerancia religiosa, es preciso destacar algunos de ellos como ilustrativos de que las religiones no cumplen con su objetivo de reunir (religión = religar, unir). Obviando antecedentes remotos, tales como la persecución de los hebreos de Egipto en el Cercano Oriente, ya se puede hablar de intolerancia religiosa. Más propiamente con estos hechos, se ubica a uno de los indicadores iniciales de las guerras religiosas en la mitología griega, con la diosa Afrodita -de la belleza y del amor- como causante de la Guerra de Troya, la cual tiene su inicio en una disputa entre tres diosas por un único trono.

En la Edad Media, en el Siglo XVI -y habiendo ocurrido muchos enfrentamientos militares en el interregno por esas causas- los hugonotes -calvinistas franceses- fueron perseguidos en sangrientos combates por los católicos de Francia que, alarmados, veían crecer las iglesias protestantes en su tierra. Pero, debe anotarse que el odio religioso era alentado por los reyes de Francia -Casa de Valois- y su competidora, la Casa de Guisa, la que en varias oportunidades protegió a los hugonotes y hasta los lanzó a luchar contra sus enemigos religiosos, que eran los enemigos de su aspiración monárquica. Asimismo, estos últimos estuvieron apoyados por fuerzas militares inglesas, suizas y alemanas, en tanto que los católicos fueron asistidos por la Corona de España. Estos episodios culminaron la tristemente célebre "Noche de San Bartolomé", en la cual se provocó la muerte de entre dos mil y 100 mil personas, según cálculos no muy precisos sobre los que no se ponen de acuerdo los historiadores. Esta falta de datos objetivos, surge -básicamente- por las simpatías que los mismos depositaban en uno u otro de los bandos contendientes.

En el siglo XI, se iniciaron las famosas "cruzadas", que no eran otra cosa que guerras inspiradas en una profunda fe religiosa que devotos caballeros europeos llevaron adelante contra los herejes, los pueblos paganos y en defensa política del papado (13), de quien resultaron ser su brazo armado. Las primeras cruzadas tuvieron lugar como consecuencia del temor despertado en la Iglesia de Roma por el avance de pueblos árabes sobre territorios del Imperio Bizantino, lo cual a su vez sirvió de pretexto para que se emprendiera la matanza de paganos en la búsqueda de aventuras y, sobre todo, de riquezas.

Ya en los finales de la Edad Media, en España, la intolerancia religiosa hizo estragos entre la población judía e, incluso, la católica, cuando alguno de ellos era sospechoso de herejía, bigamia, brujería o usura (14). El caso del Tribunal de la Santa Inquisición es demasiado conocido para que lo comentemos aquí. Solo agregaré que, según los historiadores de la economía, aquél fue el período en que, gracias a los inquisidores Peña y Torquemada, hubo mayor consumo de leña para realizar las consecuencias humeantes de -las previas- actuaciones humillantes conocidas como los "autos de fe", cuya recolección produjo buenas ganancias a los amigos y cómplices católicos de los santos inquisidores. Vale la pena acotar que entonces se comenzó a hablar de la "pureza de la sangre", en alusión a los judíos conversos (15).

La Inquisición trajo más consecuencias nefandas para la Iglesia Católica -además de quedar mal parada por su escaso espíritu misericordioso y caritativo- que beneficios, cual fue la Reforma encabezada por Lutero en Alemania y profundizada filosóficamente por Calvino en Ginebra. La Reforma no solamente fue una rebelión religiosa contra las potestades vaticanas; si bien es cierto que el proceso de la Reforma religiosa empezó por ahí, la verdad es que ella fue la que desembocó en el final del oscurantismo del pensamiento medieval, eliminando las restricciones que el catolicismo imponía a la libertad de pensamiento, a la razón, con lo cual se facilitaba el comercio con otros pueblos. Suplantar el latín como lengua sagrada por los lenguajes vernáculos, condujo a un notable avance en la literatura por el acceso a la misma -el invento de la imprenta mucho colaboró en esto- como el apoyo a la educación generalizada que dieron los protestantes y que hasta entonces estaba restringida a sectores limitados de la nobleza.

Inclusive, existieron un par de conflictos bélicos sucesivos conocidos como las "guerras de los Obispos" -inconcebibles, pero históricamente auténticas- en el territorio escocés, durante la primera mitad del Siglo XVII. La misma tuvo lugar por el temor suscitado en los presbiterianos escoceses de que se impusiera oficialmente la Iglesia Anglicana como era la propuesta de Londres.

Asimismo, en el "nuevo" territorio de los EE.UU., tampoco fueron libres del flagelo de las persecuciones e intolerancias religiosas sobre los herejes, o contra quienes profesaban cultos distintos a los del lugar que se tratase. La primera de ellas ocurrió en la ciudad de Salem -inmortalizada por el proceso de Las Brujas de Salem, del dramaturgo A. Miller- donde, bajo un estricto control ejercido por los puritanos, se persiguió, encarceló, desterró y mató a los creyentes cuáqueros; amén de las múltiples matanzas de indígenas que se llevaron a cabo en el territorio norteamericano, partiendo desde esa ciudad.

Un caso interesante de persecución religiosa -por la expresión irónica- fue el que sufrió el conocido novelista Daniel Defoe, quién en oportunidad anterior a su célebre libro de aventuras sobre las desventuras de un náufrago, en un escrito satírico se burló de las "virtudes" del ser nacional inglés: en 1703 publicó un libelo, con pretensiones de anonimato -aunque no lo pudo mantener- en el que se mofaba de la intolerancia visceral de los anglicanos en contra de los disidentes. Cuando se descubrió a su autor, éste fue condenado a una pena de cárcel.

Asimismo, deben tenerse presentes en la memoria los progromos instalados en Rusia, después del asesinato del Zar Alejandro II a manos de terroristas ácratas. Dichos progromos continuaron a partir de 1903 y, luego de la Revolución de 1905, también se produjeron atentados contra la vida y las propiedades judías en más de 600 ciudades, los que arrojaron miles de muertos; esto bajo el supuesto sostenido por los cristianos ortodoxos rusos de que los judíos asesinaban niños cristianos -en lugar de sacrificar al cordero- para celebrar su Pascua. Tales creencias fueron alentadas por los zares para desviar el descontento social y político contra su administración, desplazando -de tal forma- el descontento social hacia el odio racial y la intolerancia religiosa. Para contribuir con ello se recurrió a difundir un panfleto apócrifo atribuido a Los Sabios de Sión, en el cual, supuestamente, se revelaba una conspiración judía para dominar al mundo (16). Después de triunfar la Revolución Soviética, el rebelde Ejército Blanco armó interminables batidas que finalizaron con la vida de miles de judíos. Al termino de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno stalinista organizó una persecución -esta vez silenciosa- de ciudadanos judíos, deportándolos a la Siberia, prohibiendo la prensa en lengua yidish y la emigración de judíos hacia el exterior, a la par que se limitaban las posibilidades educativas de los jóvenes judíos en los centros culturales soviéticos.

A modo anecdótico, vale traer a cuento que durante algún tiempo circuló la fantasía de que los judíos tenían "algo" en ellos que los llevaba a ser los futuros dominadores del mundo. Jesús revolucionó las creencias religiosas; C. Marx no solamente produjo una revolución en el pensamiento político, económico y social, sino que fue el germen "maligno" de una revolución exitosa; S. Freud produjo, con sus hallazgos en el psiquismo humano, una revolución en las concepciones evolutivas del crecimiento y la moral, al adjudicarle a los niños la tenencia de impulsos sexuales y, por último, A. Einstein, provocó una revolución en el ámbito recoleto de la ciencia "pura", al modificar las certezas físicas y matemáticas vigentes con una nueva concepción acerca de la organización del Universo y de la materia. Todo esto fue "muy fuerte" -e intolerable- para quienes no mantenían opiniones favorables acerca de la "raza" judía.

Esta política para con los judíos -en la esfera de los países de la órbita soviética- no fue casual ni producto de delirios antisemitas como en los nazis. El Partido Comunista de la U.R.S.S. veía en ellos a los representantes vernáculas del capitalismo internacional con origen en EE.UU., el que estaba compuesto por riquísimas familias judías y, por eso, se los consideraba en el territorio soviético como traidores a la revolución. Esta absurda sospecha se fortaleció cuando tuvo lugar la formación del Estado de Israel (1948), en medio de una guerra fría que se podría "calentar" en cualquier momento y los judíos soviéticos comenzaron a ser considerados no solamente traidores, sino también posibles "espías" de las potencias occidentales, ya que el nuevo Estado de Israel se alió -tanto en lo político como en lo económico- a los intereses de los EE.UU., con lo que se convertía en enemigo mortal de los soviéticos. De tal suerte se sucedieron las "purgas" -incluso dentro del Partido Comunista Soviético- durante los años 60 y 70, en las que cayeron en desgracia muchos judíos acusados -injustamente- de ser "agentes del imperialismo".

En Alemania, a más de todo lo escabroso conocido por lo sucedido en el aniquilamiento masivo de los judíos, debe recordarse como un episodio de persecución y matanza a la movilización provocada el 9 de noviembre de 1939, conocida como "La noche de los cristales", en que hordas de nazis desaforados destruyeron los ventanales y escaparates de comercios -y también sinagogas- cuyos propietarios eran judíos, a los cuales, si se los encontraba en las calles, se los castigaba corporalmente de un modo salvaje y, si no se los hallaba, se pintaban los frentes de sus domicilios, con las tenebrosas cruces gamadas y la siniestra -más tarde famosa- leyenda de juden.

Con buen criterio, A. Holberg (2001) sostiene que "Mientras los fascistas alemanes definieron a los judíos como a una raza, la cuestión de qué es un judío permanece irresuelta hasta el día de la fecha. Sin ninguna duda los judíos dispersos por todo el mundo no constituyeron un único pueblo con común ascendencia y lenguaje, pero al menos en América y en Europa ellos son algo más que una comunidad religiosa". Cabe acotar que durante las persecuciones nazis, poco y nada hicieron los jerarcas de las curias alemanas -católicas o luteranas- en defensa de quienes eran avasallados en su intimidad individual y colectiva.

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Hecho este largo -e incompleto- relato de algunas persecuciones religiosas en la historia por defender las identidades culturales, no nos quepan dudas de que todo lo viviente, necesaria e inexorablemente, ha de morir; está destinado a desaparecer, ya sea que se trate de personas, de vegetales, de minerales o hasta de planetas y, entonces, por qué no pensar -usando alguna vez la sensatez que nos proveen nuestras células grises- que las culturas también están destinadas a desaparecer. Y, lo peor de ello, muchas culturas lo harán -como ya lo han hecho- sin pena ni gloria en su tránsito por la historia, sin haber dejado una pequeña huella de su paso por el mundo, como ocurre con la mayoría de las personas. ¿Si acaso no sabemos que el sistema solar en que habitamos está destinado a fenecer, quién puede ser tan optimista -o ingenuo- de creer que los sistemas sociales y culturales no dejarán espacio a otras formas de estructuras y de sistemas sociales sobre la tierra, mucho antes de que nuestro sistema solar sea tragado por un agujero negro, ávido de alimentarse con él o del sistema que fuere?.

Llegará el momento en que nuestro sistema solar, dentro del infinito universo cósmico, que se convertirá de a poco en una mancha blanca para transformarse finalmente en alimento de un agujero negro más en la infinita e inabarcable constelación de lo inmensurable que contiene el espacio interestelar. Frente a esto, ¿quién puede tener la arrogancia de sospechar que eso no ocurra también con los humanos y sus construcciones, es decir, los sistemas sociales, las pretendidamente rígidas estructuras sociales y las culturas que los acompañan?. Que nadie dude que los cementerios están llenos de personas consideradas imprescindibles por sus coetáneos; en tanto que las bibliotecas de historia universal están repletas de relatos de culturas preexistentes de las que tan sólo queda un recuerdo impreso en los textos, o en la prodigiosa memoria de los diletantes, a quienes les es útil para demostrar ante otros, los ignorantes, su versación en algo que normalmente es desconocido por el resto de los mortales.

Todo lo relatado suscintamente, ha venido sucediendo por los siglos de los siglos en el espacio cósmico, a despecho de los deseos -y sus expresiones- de quienes portan delirios fundamentalistas, ya sean de tipo religioso o político. Véase el caso reciente de la Revolución Iraní que no hace más de dos décadas se presentó al mundo como el paradigma universal de una religión cerrada y fanática a ultranza, cuyos adherentes jamás se apartarían de sus férreas consideraciones rayanas con el puritanismo más ortodoxo y reaccionario. Sin embargo, en la actualidad, aquella revolución está tomando un giro político y social impredecible para los años '80; aunque estén vigentes disposiciones atrabiliarias, como la condena a muerte a quienes escriban o editen libros evaluados por los censores como blasfemos. Valga el caso del escritor S. Rushdie y de un editor iraní exiliado en Alemania que fue condenado a muerte por la fatwa, una suerte de decreto religioso. Ni qué decir de aquel delirante dirigente austríaco-alemán que en los años '30 se presentó al mundo para instaurar un Reich que perduraría un milenio ... y el delirio megalómano duró menos de lo que sobrevive un niño abandonado en la nieve, mientras era acompañado por un minúsculo grupo de súbditos creyentes en sus dogmas y con sus delirios de grandeza universal enterrados bajo un feroz bombardeo de la artillería soviética en un bunker berlinés.

Pese a estas consideraciones y reflexiones, los vernáculas de cada territorio, las gentes de a pie, continúan temiendo la llegada de aquellos que van a venir a "invadirlos culturalmente". Para ellos no resulta emocionalmente aceptable el bagaje original, novedoso y conveniente que traen consigo; solamente su estrechez de miras les permite alcanzar a observar -desde una percepción sentimentalmente distorsionada- los daños que pueden causar a una tradición perimida, o que necesita "sangre nueva" para sobrevivir. Ese temor los conduce a tomar conductas defensivas que, en el mejor de los casos se testimonian como una discreta ignorancia hacia la presencia de los recién llegados, en tanto que -en el peor de los casos- el testimonio del rechazo es la violencia de los pandilleros barriales, los cuales no operan con dinámica propia, sino que lo hacen alentados, promovidos y sostenidos económicamente -desde las profundidades de las sombras en que se movilizan- por siniestros personajes políticos que en múltiples oportunidades no se atreven a dar la cara, debido a que temen también la consiguiente repulsa de los librepensadores, al rechazo social de los que están varios pasos adelante en el desarrollo genotípico de sus lóbulos frontales, aunque no se trate de librepensadores, ni tampoco de exquisitos intelectuales "iluminados".


N O T A S

(*) Publicado originalmente en la Rev. Nómadas, Madrid, Nº 3, 2001. En el presente capítulo, está revisada y ampliada la versión original.

(1) A título humorístico recordaré que todavía estaríamos escribiendo interminables cifras con "letras" romanas y, a título informativo añado que los "números arábigos" no fueron invetados por los árabes, sino que un par de siglos antes lo hicieron en la India y los árabes los introdujeron al mundo occidental.

(2) Se habla de una "leyenda negra", construida para descalificar a la Monarquía Española. Tal calificativo se puso en boga a partir de 1914, si bien se venía utilizando de antaño.

(3) Que no los condena a tener que pagar deudas del pasado, pero sí al menos tenerlo en consideración para tener respuestas de reciprocidad para con aquellos que les abrieron sus puertas y los recibieron sin prejuicios ni impedimento alguno.

(4) Vaya paradoja, para la Biblia, el pueblo judío es el "elegido".

(5) El dramaturgo irlandés G. B. Shaw decía que la libertad implica responsabilidad, por eso le teme la mayoría.

(6) No en su acepción actual, en la que se lo prostituyó sistemáticamente desde el clericalismo, ya que el liberalismo fue en los últimos 300 años su principal enemigo.

(7) Téngase presente que Hitler nació de un matrimonio entre primos, lo cual estaba prohibido por la Iglesia Vaticana y para poder consumar el matrimonio sus padres debieron recurrir a una dispensa especial. Concurrió a una escuela católica y allí conoció las cruces gamadas que utilizaba el abad de la parroquia, como que también quiso ser sacerdote, pero se desilusionó de la religión cuando un sacerdote lo encontró -a los nueve años- fumando un cigarrillo. ¡Nunca se olvidó del episodio y tampoco fumó más en su vida!.

(8) Narbona Vizcaíno (1992) hace un excelente recorrido sobre la existencia de prostíbulos en Valencia y las ordalías en que se convertían los casamientos religiosos durante el medioevo, cosa que provocó severas crisis en el ámbito eclesial.

(9) Curiosamente, la proclamada unión fraternal entre los berlineses, a más de 10 años, solamente está produciendo un matrimonio, o pareja de hecho, de cada treinta que se realizan entre alemanes, vale decir, la unión pareciera que no afectara mayormente a los afectos, ya que la proporción de estos vínculos debiera ser diez veces mayor en relación a la densidad poblacional de cada uno de los territorios separados artificiosamente en su momento.

(10) A partir del concilio de Trento, el término dogma -de raíz griega: disciplina- designa "... una regla fija, una verdad segura en el orden de la fe" (Geffré, 1985).

(11) O, como le gustaba llamarle a ése notable psicólogo social y jesuita que fue Ignacio Martín-Baró, "accidental y cretino".

(12) Hace más de una década, el célebre físico británico Hawking (1988) propuso una teoría, basada en sus observaciones astronómicas, del inicio del Universo. Con la misma no hizo más que demostrar la veracidad de lo que venimos afirmando. Su lectura es semejante a la del Génesis, aunque sin atribuirlo a una creación divina, propone instantes en que aparecieron distintas formaciones -geológicas y biológicas- lo cual supone darle un comienzo a algo que por sí mismo no tiene comienzo ni fin. Simplemente está.

(13) Más modernamente, durante la Guerra Civil Española, los alzados contra la República se llamaron a sí mismo "cruzados", ya que combatían el ateísmo de los republicanos.

(14) ¡Cuántos banqueros y financistas hoy deberían estar ardiendo en la hoguera, sobre todo por lo de la usura!

(15) Tampoco Hitler fue un innovador respecto a perseguir a aquellos que cambiaban de religión.

(16) Como puede observarse, tampoco en esto Hitler fue original en la utilización de estrategias y argumentaciones antisemitas para levantar al pueblo contra los judíos.


NOMADAS | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730 | MONOGRAFÍAS
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

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