El miedo, motor de la historia individual y colectiva
[Angel Rodríguez Kauth | Elio Rodolfo Parisi (*)]

CAPÍTULO.6 | La discriminación racial

 
Sobre todo, sean siempre capaces
de sentir en lo más hondo cualquier
injusticia cometida contra cualquiera
 en cualquier lugar de la tierra
[CHE GUEVARA]

 

Luego de las nunca lo suficientemente largas e insistentes disquisiciones tratadas en capítulos anteriores acerca de la confusión existente entre clasismo y racismo, como sobre la ideología que está implícita en la afirmación de la existencia de las "razas humanas", respectivamente para ambos conceptos, me propongo aceptar -a regañadientes- que existen circunstancias en que el racismo es una realidad que se presenta con la auténtica caracterización del odio hacia el otro, odio que no siempre es producto de la lucha de clases -del clasismo- sino que es un odio que surge por la sencilla razón de que el otro es diferente a nosotros en cuestiones ... meramente "de piel" y que ese odio es producto del temor, del miedo.

Antes de continuar, es preciso recordar que los procesos de discriminación -de cualquier tipo que sean- son una actitud (Allport, Vernon y Lindsey, 1951; Allport, 1954; Reich y Adcock, 1978; Rodriguez Kauth, 1987; Rosenberg y Hovland, 1960) y como tal está cargada de elementos axiológicos e ideológicos, básicamente de creencias, muchas de ellas sin fundamentación empírica en que sustentarse. Es decir, tales creencias se han instalado sin pasar por el filtro de la crítica y que no solamente mueven a la acción sino que también le sirven de justificación para la misma, aún cuando se trate de agresiones violentas o solapadas. Para el caso de la discriminación, como actitud, también se van a encontrar en ella los componentes cognitivos, afectivos y reaccionales, pero siempre orientado de manera negativa hacia el "otro", el que no es como quien discrimina, el que no tiene sus características positivas. Algo interesante que aparece en el proceso psicológico de la discriminación es una suerte de contaminación de elementos; se empieza por discriminar al otro o a los otros por -un simple ejemplo- cuestiones religiosas a partir del fundamentalismo que anima a quien discrimina por algo tan baladí como puede ser que mi dios es mejor que el tuyo. Pero más tarde o más temprano, se le irán sumando otros elementos, como los "raciales", culturales que se expresan a través de las costumbres y el habla, políticas o ideológicas, etc., etc. Vale decir, quienes discriminan lo hacen en bloque contra aquellos que son objeto de su discriminación. En tal sentido, es preciso tener en cuenta que ninguna forma de discriminación es pasible de ser tolerada si lo que se pretende es vivir en un mundo en paz (Guisán, 1992; Rodriguez Kauth y Falcón, 1996) ya que tolerancia no es sinónimo de estupidez.

La discriminación racial es posible encontrarla dentro del habla cotidiana, por ejemplo, una locución común, que se encuentra por doquier sin necesidad de buscarla intensamente, es la siguiente: "Yo no soy racista, pero...", que los negros, los judíos, los moros, los sudacas, etc., etc., "me molestan sobremanera". Y, nuevamente aparece la conjunción adversativa que advirtiéramos en un capítulo anterior, la cual se encuentra flotando tenebrosamente en el ambiente psicosocial de las relaciones interpersonales. Aquel tipo de frases como la mencionada, y de las que existen muchísimas más, que son repetidas -como si fuesen muletillas- por todos lados y por muchas personas, intenta separar al locutor de las mismas de una posición racista -ya que esto de por sí es estigmatizante para quien se coloque en esa ubicación-, sin embargo, el repetido y remanido pero es una forma de justificar la creencia de que si bien todas las personas somos iguales, hay algunas personas que no son tan iguales a las otras, pareciera que esos individuos son menos iguales y, por consiguiente, son merecedores de alguna especie de castigos o de persecuciones por parte de quiénes se sienten y consideran "más iguales" que las otras.

Existe otro relato muy común: "Nunca fui antisemita, pero desde que el judío Fulano me estafó, ya no puedo confiar en los judíos". Palabras más, palabras menos, estos dichos todos los hemos escuchado alguna vez. ¿Qué pretende significar el locutor de los mismos?, ¿acaso que él no tiene prejuicios, ya que ahora puede afirmar que tiene un juicio previo que avala su conducta?. De ser esto así, estamos en presencia de un dislate cognitivo y de la racionalización de un prejuicio soterrado. En primer lugar, cabría preguntarse ¿cuántas veces ese locutor no ha sido estafado por un no judío?; seguramente que muchas veces, pero entonces el culpable es Juan Pérez, a quien no le comprará o venderá más nada, no hace una extensión o generalización a todos los Pérez de la guía telefónica ni a todos los vendedores de automóviles -si este hubiera sido el caso de la estafa-. En segundo lugar, la racionalización emocional se encuentra en lo anterior. Nunca tuvo oportunidad de ser antisemita ya que nunca un judío lo estafó, pero que bueno, ahora sí tiene la oportunidad de poner en juego su antisemitismo, por fin un judío lo dañó y ya nada le prohibe poner en descubierto sus prejuicios.

El fenómeno de la xenofobia, o del racismo sin templanzas, ha estado presente -como sentimiento emocionalmente racionalizado- más allá de las evidentes diferencias existentes entre las clases sociales, sobre todo cuando se encarama sobre una ideología enquistada en la soberbia de las ideologías nacionales o religiosas. Se trata de una soberbia que destaca y magnifica (1) las propias cualidades de "los que son míos" sobre la pobreza anímica e intelectual de aquellos que son "los otros", a la par que se produce la minimización de las virtudes de los que "no son como los míos" y, sí a esto -lo cual no es poco- se le agrega que esos "otros" no solamente tienen pocas cualidades o virtudes para destacar, sino que -en todo caso, casi siempre- son un muestrario viviente de defectos y maldades múltiples que afectan sensiblemente la dignidad y forma de vida tradicional de "los míos". Entonces se justifican -para ese tipo de sensibilidades primitivas, casi paleolíticas- las acciones del tipo de aquella que se conociera históricamente con el nazismo como la última, "la solución final" para terminar con "los otros". Es la que se aplicó durante la inspiración del gobierno autoritario alemán del nazismo, a la cual el "teórico-práctico" Alfredo Rosenberg ideara y ejecutara, cuando durante 1943, le fuera confiada por el régimen central instalado en Berlín, la administración y dirección de los territorios ocupados en la Europa Oriental por el Tercer Reich.

El racismo suele ser tratado como una expresión testimonial de tipo polimorfa, la cual se expresa en acciones o conductas que van desde el desprecio gestual, las palabras irónicas -siempre más hirientes que las directas- hasta alcanzar a las francamente agraviantes, como son los insultos, pudiendo llegar a tener una expresión violenta en ataques físicos contra miembros minoritarios de una comunidad que portan rasgos fisiognómicos o culturales "diferentes", a los cuales no solamente se les persigue psicosocialmente, sino que hasta se llega a torturar y matar alevosamente. Mas, el racismo también se puede expresar ideológicamente, esto ocurre cuando se hace una división de los miembros de la especie humana a partir de la jerarquización de los mismos como mejores o peores, ya sea desde una perspectiva física o moral; cuando con esa división en jerarquías se les niega la autonomía al grupo identitario de los "peores". Cuando se conjugan las dos formas de expresión que tiene el racismo, entonces se entra en la vertiente de la elaboración de una concepción política, la cual ya no deja librados al azar a los racistas en sus conductas agresivas, sino que los engloba y les canaliza sus inquietudes xenófobas alrededor de una organización de tal naturaleza que se expone ante la opinión pública con la intención de ganar mayores adeptos.

La historia europea de los últimos doscientos años se encuentra plagada de persecuciones y humillaciones que fueron llevadas a cabo en contra de personas consideradas como "diferentes". Solamente el pueblo judío arrastra consigo una larga -milenaria, por cierto- y dolorosa historia y anecdotario al respecto. Ya durante la época de la Rusia Imperial de los zares, de finales de] XIX y principios del XX -aquella en la cual el notable León Tolstoi escribió "La Guerra y la Paz" (1863-1869)-, la comunidad judía de Rusia fue sometida a persecuciones, matanzas y a vivir escondidos en ghettos o juderías (2) -luego de los tristemente célebres pogromos (3), los que se han expresado como atentados a la vida y a las propiedades de minorías étnicas, nacionales o religiosas por parte de masas enfervorizadas y con la anuencia de las autoridades; los mismos fueron organizados en su contra como una forma política de tenerlos bajo el control gubernamental- por su exclusiva condición de ser judíos.

En Rusia se dio una situación singular, trás cartón del asesinato del zar Alejandro II, en 1881 por un grupo revolucionario, los judíos de ésa nacionalidad se vieron perseguidos por disturbios populares antijudíos -los progromos- y muchos de ellos debieron emigrar, sobre todo eligiendo como lugar de destino a América del Norte. Pero la mayoría de ellos, que estaban obligados a vivir en la diáspora -del griego "dispersión"-, empezaron a comprender y también a imaginar que solamente estarían seguros en una patria propia, soñándola en la Palestina que había sido la Tierra Prometida según la Biblia. Estas fueron las bases del sionismo, a las que años más tarde T. Herzl (1860-1904) le diera una forma política definitiva. Este periodista austríaco, entró a pergeñar la idea cuando luego de los violentos incidentes antisemitas en Francia, a consecuencia del affaire Dreyfus -en 1894- ya que hasta entonces él creía en la sana convivencia, la asimilación gradual, entre judíos y no judíos en cualquier territorio habitado por cristianos en Europa. Al ver lo infructuoso de los esfuerzos y el alto costo de los mismos, en 1897 organiza en Basilea un Congreso Sionista, de donde surgió la Organización Sionista Mundial la que, media centuria después, daría lugar a la creación del Estado de Israel en el territorio Palestino, que en la actualidad del 2002 se debate en violentos y cruentos enfrentamientos entre fuerzas regulares israelíes y el pueblo palestino, comprometiendo la paz en la región.

Sin embargo, es preciso agregar unas palabras más que son elocuentes para comprender la creación del Estado israelí y que fueran expresadas por Holberg (2001): "Uno de los productos del imperialismo es el sionismo. Sionismo que sólo por los crímenes de los nazis contra los judíos ganó la base necesaria entre las masas para la creación del estado de Israel, fundado sobre el antisemitismo invertido. Como el antisemitismo, el sionismo sostiene que los judíos y no judíos nunca podrán convivir en pie de igualdad. Para conseguir su objetivo separatista -la fundación de un estado que práctica el apartheid en defensa de los judíos-, desde el comienzo, el sionismo buscó el apoyo de distintas fuerzas políticas en los países imperialistas, quienes siendo frecuentemente antisemitas acordaban con los sionistas en este punto. Finalmente, estas fuerzas con intereses estratégicos en el mundo árabe colonizado por ellos aceptaron recompensar a los judíos, por los crímenes cometidos por el fascismo alemán y la complicidad del "imperialismo democrático", en 1948 mediante la creación del estado gendarme de Israel sobre el territorio de los palestinos (también semitas), quienes no tuvieron nada que ver con aquellos crímenes. A cambio de ello el estado sionista, el cual no es elegido por la mayoría de los judíos del mundo como su propio país, desde ese momento sirve a los intereses coloniales del imperialismo, quien usa a Israel -principalmente los EE. UU.- con una fuerza militar eficiente en contra de los deseos de emancipación de las masas árabes".

Pero no fue solamente el zarismo imperial quien se encargaba de perseguir a personas judías en los extensos territorios rusos, arribado el triunfo de la Revolución Soviética -apoyada y aplaudida por millares de judíos, tanto de Rusia como de otras partes del mundo, que compartían su ideario revolucionario- luego de pasados unos años idílicos de paz y una vez instalado el stalinismo autoritario como doctrina de Estado (4), el mismo se hizo fuerte e irracional en la conducción política de la que menos de diez años antes fuera una revolución. Entonces también se comenzó a encontrar a los judíos culpables de algunos de los inconvenientes que atravesaba por entonces la Revolución Soviética y, a muchos de ellos, se los condenó a la muerte, a otros a la sobrevivencia en condiciones carenciadas en las estepas siberianas; en tanto que a algunos otros, aquellos que todavía seguían viviendo la ilusión del paraiso revolucionario de la Unión Soviética, se los condenó a sufrir persecuciones sociales -educativas y laborales- como también políticas, por su simple condición de judíos.

Más recientemente, en el Continente asiático, uno de los desencadenantes de la futura Guerra de Vietnam fue la intolerancia religiosa del gobierno títere impuesto por los franceses, en 1959, contra los budistas vietnamitas y su predilección por la minoría de habitantes católicos, todo esto merced a la influencia colonizadora que ejercieron los franceses durante su gobierno en la región.

Por otra parte, en la tierra donde nacieron y dieron a la luz sus más maravillosas obras literarias personajes como J. W. Goethe, R. M. Rilke, F. Kafka y B. Brecht -por nombrar algunas de las figuras de la literatura más relevantes de las letras alemanas-, el Siglo XX fue el paradigma del horror para los judíos que vivieron allí, o que lo hacían en los territorios que ocupaban los nazis en sus avances de conquistas militares. A la persecución de los judíos, debe sumársele la de los gitanos, que no por ser menor la cifra de muertos aportados al Holocausto, pueden ser olvidados fácilmente en su martirologio. Y estos episodios ocurrieron en la Alemania gobernada por los nazis durante los años treinta y cuarenta. Todavía perduran en el recuerdo -y gracias a la magia de la cinematografía y de la fotografía se las mantiene vivas- las imágenes oprobiosas de los campos de concentración -también llamados, sin eufemismo alguno, de exterminio-; como así también la del famoso ghetto de Varsovia dónde los judíos polacos vivían encerrados, cual prisioneros, sin contacto alguno con el mundo exterior. ¿Quién puede olvidar la afrenta de los números identificatorios tatuados en el cuerpo -en los antebrazos- de los prisioneros como si fueran marcas de animales y, en fin, las infinitas penurias pasadas por aquellas personas que habían cometido el "pecado" de haber nacido judíos en un territorio ario?. Toda esta obscena demostración de la cultura aria se llevó adelante solamente por ser objeto -los judíos y gitanos- de un proyecto político e ideológico de "limpieza étnica", que los consideraban razas inferiores; los mismos han quedado grabados en la historia y, sin dudas, serán episodios muy difíciles de olvidar. Si se quiere, desde la poesía y dramaturgia sacramental de Pedro Calderón de la Barca (1636), cuando le hace decir a Segismundo "que delito cometí / contra vosotros naciendo; / aunque sí nací, ya entiendo / qué delito he cometido". Estos versos muy bien podrían ser leídos como que los judíos tienen una triple culpa o delito: primero la de haber nacido, como dice el poeta: segundo, la de haberlo hecho en la judería, como sostienen el nazismo y los xenófobos antisemitas y, tercero, haber sidos prestamistas de dinero, como ya lo vimos puntualmente para el caso argentino con Rubén Beraja y otros banqueros. Y es que el préstamo de dinero siempre ha sido considerado como algo innoble, tal como tan bien lo expone W. Shakespeare, en El Mercader de Venecia (1596), entre tantas otras obras de la literatura universal que reflejan esto sin transportar sus autores ánimos racistas.

Estos escabrosos -mejor podría ser llamarlos escatológicos- episodios de los campos de exterminio, de concentración y de las cámaras de gases letales no fueron procesos azarosos dentro de la política e ideología del nazismo, eran la esencia misma del ser nazi. Merced a ellos los hombres -y las mujeres y los niños también- fueron reducidos moral y materialmente al nivel de "cosa", a la reificación de lo humano (Cosser, 1967) había cobrado cuerpo con esos hechos inhumanos sobre los cuerpos de los prisioneros (5). Curiosamente, es preciso resaltar que tales campos -de exterminio y de concentración- no tenían ni un propósito punitivo ni tampoco educativo, ya que no fueron construidos para alojar a delincuentes comunes o políticos (6). En honor a la verdad histórica, el sentido que les daban los nazis a estos lugares fue el de demostrar a toda la población, tanto alemana como no alemana, que quienes vivían bajo la ocupación nazi no eran otra cosa que rehenes de ellos y que sus pretensiones "democráticas" de respeto por sus derechos podían ser reducidas a polvo y cenizas cuando así se les antojase a los caprichos de los mandantes de turno.

La degradación de lo humano no era la consecuencia de los crímenes de lesa humanidad que significó el Holocausto, por el contrario, el asesinato en masa se convertía en el proceso secundario de una intención primigenia que anidaba en el sentir, pensar y actuar del nacionalsocialismo, cual era la de reducir la calidad de lo humano a lo inhumano, quedando reservada la exquisita calidad humana solamente al capricho y voluntad de los jerarcas y comandantes de los campos de exterminio que disponían a su albedrío quiénes sobrevivirían y quiénes morirían. Un caso paradigmático fue el de las Fosas Ardetinas, en Roma, donde fueron fusilados 10 judíos -y no judíos también- por cada soldado alemán que había caído en un atentado callejero con bombas efectuado por elementos italianos de la resistencia contra el invasor (7). La individualidad de lo esencialmente humano se había perdido en el vacío de un número con que cada confinado era tatuado para su identificación y por el que se le reconocía solamente en el expediente que -como prisionero de los nazis- había sido remitido junto con él a esos lugares de horror y muerte.

Si se comienza a descender en la lectura del mapa político, en dirección hacia el sur europeo y se retrocede en el tiempo un par de décadas, es imposible dejar de recordar lo que había ocurrido en el territorio de Armenia, con la matanza de más de un millón de personas -amén de aquellas que lograron emigrar a tiempo en dirección de lugares más seguros para sus vidas- a manos de las tropas turcas que llevaron adelante el objetivo de la matanza de armenios por la sola condición de pertenecer éstos a un pueblo diferente al de pertenencia de los nacionalistas otomanos, que fueron quienes encabezaron tal genocidio. Como se ve, la condena aparece en cualquier momento y lugar, solamente hace falta que los condenados pertenezcan a una minoría detestable para que comience la persecución y masacre de los mismos, siempre ha de existir al menos una sola culpa, la de ser "diferentes".

Pero la historia de persecuciones, matanzas, incomodidades y sufrimientos -Jorge L. Borges solía decir: "Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria"- continuó impertérrita su marcha también después de terminada la Segunda Guerra, con la derrota de los genocidas en el campo de batalla (8) y con el triunfo de quienes prometían el imperio de la "libertad" para todos. En este lugar quiero recordar las palabras del dirigente republicano español, Manuel Azaña (1880-1940) -que fuera Presidente de la Segunda República (Solano, 1999)-, cuando dijo que "La libertad no hace felices a los hombres: les hace, sencillamente, hombres", es decir, para ser hombres hay que ser libres y, aunque parezca paradójico, el propio J. P. Sartre (1943) afirmaría años después que, como humanos, estamos condenados a ser libres.

Gracias a la finalización de la Segunda Guerra, apareció la industrializada, remozada y desarrollada Alemania Federal de la posguerra -que mucho le debe al apoyo financiero y económico de los Estados Unidos, que la consideraban como la muralla de contención occidental del amenazante comunismo- y, juntamente con Francia, fueron dos de los países que importaron mano de obra barata para sus complejos industriales. Con este objetivo llevaron a sus territorios a obreros españoles, italianos, griegos y portugueses -los que oficialmente eran considerados como "trabajadores invitados"- durante los años '50 al '70 y, posteriormente, hicieron lo propio con trabajadores de origen turco y balcánico. Obvio es que esas personas -inmigrantes- podían gozar de un nivel de vida material muy superior al que llevaban en sus propios lugares de origen, pero esto lo lograban a costa de pagar una muy grande humillación social y emocional. Para los inicios de 1990 Alemania contaba con dos millones de "trabajadores invitados" extranjeros, registrándose en 1992 la poca esperable cifra -oficial- de 2.300 ataques contra aquellos por parte de la población xenófoba alemana. También es de hacer notar que no solamente los extranjeros fueron perseguidos recientemente, sino que también lo fueron las personas sin hogar -la mayoría extranjeros- y los discapacitados, por lo cual puede considerarse que a partir de ese momento se inicia una suerte de revival nazista que obliga al gobierno alemán a tomar medidas contra tales manifestaciones de la extrema derecha. Lo curioso es que las medidas culminaron en 1993, ¡con el dictado de una legislación que limitaba el acceso de extranjeros -merced a la gracia del asilo político- a ese país!.

Las restricciones impuestas llegan a un punto tal que -por ejemplo, en Alemania- un hijo de turco nacido en territorio germano no es considerado con igualdad de derechos a la de los del resto de los nativos que arrastran una "historia alemana en la sangre" (9). Tal discriminación jurídica se fundamenta en aquello que los antiguos romanos -los fundadores del derecho positivo actual- llamaban el ius sanguinis, que no es otra cosa que la condición de la ciudadanía -y de los consabidos derechos de un ciudadano- están regidos por una legislación fundada en el lugar de nacimiento familiar, de origen, de los progenitores, sin importar el lugar de nacimiento de cada individuo que reclama por sus derechos. Con el triunfo electoral del socialdemócrata G. Schröder, en 1999, se puso en debate parlamentario una nueva ley, conocida como de ciudadanía, que ofrecía a los hijos de inmigrantes la posibilidad de obtener la doble ciudadanía desde su nacimiento; la misma fue considerada como muy permisiva por los legisladores del centro-derecha, a la vez que muy limitativa o restrictiva por los ecologistas, socios en el gobierno alemán. Finalmente, se aprobó -en 1999- un texto que reconoce la doble ciudadanía a los hijos de inmigrantes hasta que cumplan los 23 años y con por lo menos ocho años de residencia efectiva en el país, a lo cual se le agrega la increíble cláusula de que no solamente deben demostrar conocimiento del idioma, sino que no deben tener antecedentes penales. ¡Esto último es un disparate jurídico, ya que no se le exige a nadie como condición de ciudadanía en el país de nacimiento!.

Asimismo, las condiciones de paro laboral a que se ven sometidos -sobre todo en lo que se refiere a los alemanes de los territorios del Este, donde en 1998 alcanzó el 21%, en tanto que en el ámbito unificado estaba en el 12% el nivel de desocupación- se ve agravada ante la presencia de falsos grupos de refugiados políticos en Alemania, lugar en donde hasta no hace más que unos años la alegación de ser perseguido político en el espacio de origen le daba al inmigrante "refugiado" la posibilidad de hacer uso del derecho constitucional que le cabía a cualquier extranjero -en aquellas excepcionales condiciones de refugiado- para ser alojado gratuitamente por el Estado, a la par que percibir una subvención diaria -como desocupado- hasta por el término de dos años.

La falta de reconocimiento oficial de la residencia, está trayendo aparejada una fuente de intensa conflictividad, particularmente con los hijos de los inmigrantes nacidos en territorio europeo y que se consideran con totales y plenos derechos ante la ley, al haber nacido en el país de recepción de sus padres. Esto se complica debido a que se debe agregar que la Comunidad ha de necesitar en un futuro cercano -y ya lo está necesitando- de la importación mano de obra barata de países del Tercer Mundo, para poder mantener la satisfacción de los niveles de vida actuales, fruto de la alta productividad de sus empresas industriales. Europa es uno de los pocos lugares del mundo en que la tasa de natalidad es regresiva y ni siquiera se cumple con el objetivo mínimo de la tasa de reposición. Lo cual está llevando no solamente a la pérdida de mano de obra, sino también al envejecimiento progresivo de la población, con lo cual los problemas asistenciales se agudizan, ya que cada vez hay menos gente en el mercado laboral que aporte con su cuota descontada del salario para el mantenimiento de los pensionados o jubilados. Hecho este que ha hecho aparecer a algunos políticos que están considerando el alcance de la jubilación o pensión actual como de edades precoces, por lo que se estima que próximamente se elevarán los niveles de edad requeridos para lograr el derecho a la jubilación (10). Para evitar el alejamiento de los hijos de inmigrantes, la Comunidad Europea ha decidido "premiar" con el derecho a la residencia permanente a aquellos "nuevos" nativos que manifiesten -de manera explícita- su "voluntad a adaptarse a los modos de vida del país de acogida". Debe tenerse en cuenta que el envejecimiento tardío es un problema mayúsculo para los países de la Comunidad Europea. La División Población de las Naciones Unidas ha informado que en los próximos cincuenta años la población española actual -de 39 millones de habitantes- se perderá en casi una cuarta parte, es decir, se verá reducida a 30 millones. Y entonces la crisis entre trabajadores activos y pasivos sufrirá un desequilibrio que repercutirá inevitablemente en aquellos que están empleados, ya que cada día deberán pagar mayores impuestos o aportes para mantener a los pensionados.

El tema de las jubilaciones se presenta poco alentador para el futuro. Según un informe de la Organización Mundial del Trabajo, publicado a inicios del año 2000, se alerta acerca de que el 90% de la población económicamente activa mundial se verá desprotegida de tales beneficios, los cuales intentan garantizar una vejez y senectud relativamente cómodas para quienes han trabajado. Las causas de este panorama poco promisorio pueden encontrarse en que: a) la mayoría de los trabajadores de países subdesarrollados o en vías de desarrollo, realizan sus labores en el sector informal o en regiones rurales, en donde se registran los menores índices de prestaciones sociales y retenciones de aportes jubilatorios y; b) la administración de los programas de jubilaciones y pensiones por parte de los gobiernos -en los pocos casos en que han quedado en manos del Estado- es por demás ineficiente y se suele producir, en el peor de los casos, el desvío de los fondos aportados para cubrir otros vacíos de la administración central. Asimismo, cuando la administración de tales fondos ha sido transferida a las manos de empresas privadas, éstas suelen cobrar altas comisiones, a más de realizar maniobras no siempre transparentes de tipo financieras y bursátiles que ponen en peligro los dineros que los trabajadores le han confiado; c) el déficit en la recaudación previsional, ya que los patronos se hacen los distraídos para no pagar la parte que les corresponde y los funcionarios oficiales no ponen mayor empeño en el cobro de las mismas, debido a los altos niveles de corrupción existentes que convierte a los administradores públicos en cómplices de la patronal.

En el año dos mil, el gobierno alemán ha propuesto la incorporación de cuatrocientos mil inmigrantes con formación académica o práctica en las áreas de la cibernética y la informática; esta decisión política ha despertado nuevamente el sentimiento xenófobo de los alemanes nativos que piensan que tal política los discrimina a ellos ... aunque los más incómodos con la medida sean los que no conocen algo de tales artificios técnicos e intelectuales. Es que en la actualidad el señorío sobre el trabajo lo tienen los talentosos, lo cual no está mal, pero tampoco se pueden dejar sin protección alguna a aquellos que no han sido dotados por la madre natura de tales capacidades, o que no han tenido la posibilidad de desarrollarla por déficit intelectual o falencias educativas. Y, para el caso alemán que venimos de comentar, el talento no solamente se demuestra a través de la utilización de aparatos cibernéticos o informáticos, sino que puede aparecer en otras órbitas laborales, aunque éstas no sean mayormente demandadas.

En España, luego de los episodios -ya harto comentados- que ocurrieran en El Ejido, el propio Ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, debió reconocer que su país no puede mantener las tasas de crecimiento económico sin la presencia de trabajadores inmigrantes. Hasta llegó a afirmar -reconociendo los problemas que al respecto afronta todo el continente- que "Nos interesa mucho que haya inmigración, pero también nos interesa aun más que esta inmigración se integre adecuadamente y no ponga en peligro la cohesión de nuestras sociedades". Pero, Señor Ministro, les reclama a los inmigrantes que se integren adecuadamente y, sin embargo, no les pide a sus conciudadanos que los respeten y que no los exploten; el ejemplo debe empezar a darse desde la propia casa. Esa es la única forma en que la integración del inmigrante se puede realizar efectiva y eficientemente. Así es como se hizo en América Latina -en su momento- con los inmigrantes españoles e italianos y es la forma de mantener una sana convivencia. Además, téngase en cuenta que los procesos de integración social y cultural suponen una estrecha relación dialéctica entre los individuos a integrar y aquellos que ya están asentados, vale decir, los primeros deben hacer el esfuerzo de asimilarse a nuevas costumbres y hábitos cotidianos, mientras que los segundos es preciso que se esfuercen por aceptar el período de transición que va de la llegada hasta la integración con las costumbres y hábitos extraños de los recién llegados. Asimismo, no es posible considerar a la integración como un proceso de asimilación plena y total de los inmigrantes, si así fuese, éstos quedarían reducidos a la condición de esclavos domesticados. La identidad de las personas viene afectada por sus compromisos más precoces con la identidad social y cultural de su pueblo nativo y, perder eso, sería algo así como convertirlos en unos autómatas sin respuestas propias y, lo que es peor, ser manejados desde afuera (Riesman, 1950). La integración no es una dádiva, es un tema que concierne tanto a los que llegan como a los que reciben a los recién llegados. Se trata de un esfuerzo mutuo de aprendizaje, los que arriban por entender y adoptar pautas para ellos extrañas; mientras que los que reciben deben aprender a tolerar pautas de comportamiento que también les resultan extrañas. Son dos extraños que tienen que empezar a reconocerse por encima de las diferencias y a partir de los muchos más elementos comunes que poseen y que los unen, que son muchos más que aquellos que los diferencian y terminan por separarlos. Y quizás, en la masa crítica de este esfuerzo, quien deba poner mayor empeño es la parte más fuerte, es decir la receptora, y no el sector más vulnerable que son los que arriban; pero pareciera que la "fuerza", el sentimiento de potencia, hace que aquéllos que son los que poseen la fortaleza la ejerzan en un sentido más amplio y se la hagan sentir duramente y con rigor a aquellos que son, de hecho, más débiles, al menos psicológica y socialmente. Estos últimos son los que han tenido que abandonar sus pertenencias y, sobre todo, sus raíces, sus amigos, sus parientes y sus muertos que han quedado enterrados en la lejanía. Y la puesta en vigencia de tales prácticas políticas no significan en modo alguno asumir modelos paternalistas que, de última, lo único que logran es que el receptor de aquéllas se sienta un sujeto despreciado, cosa que en principio era el objetivo que se pretendía evitar. Ojalá alguna vez se ponga en práctica aquella sentencia del maestro M. Gandhi: "Aprendimos a volar como los pájaros, a nadar como los peces, es hora de que aprendamos a amarnos como hermanos".

Ni qué pretender de continuar haciendo un relato pormenorizado de los violentos -y tan repetidos- episodios racistas que vienen ocurriendo a diario -durante la última década del segundo milenio- en la siempre sufrida y "balcanizada" (11) Península de los Balcanes. No es un secreto para nadie que lea los periódicos -o vea los informativos de la televisión- las matanzas que se están cometiendo entre el vecindario de un mismo poblado, solamente por pertenecer a religiones diferentes o a etnias distintas y, todo eso ocurre, bajo la mirada "vigilante" y atenta de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas. ¡Santa Hipocresía! (Rodriguez Kauth, 1993).

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En la actualidad, quienes son hostilizados y perseguidos en los territorios de la Europa occidental son los magrebíes y la gente de "color". Si esto no fuera de tinte dramático, valdría la pena observar que se utiliza el adjetivo de "color" para referirse a los negros, como si los que tienen la piel blanca, amarilla o cetrina no tuvieran colores, es decir, pigmentación de la piel.

Hecha esta salvedad de las malas pasadas que nos juega el uso de la lengua, deben contabilizarse entre los perseguidos y hostilizados a los emigrados de la América Latina que fueron hacia la progresista Europa huyendo de los regímenes totalitarios y dictatoriales que los reprimieron hasta con la tortura -y la muerte de sus parientes y amigos- en sus países; ellos fueron hacia Europa en búsqueda de un lugar de salvación. Lo han hecho del mismo modo que lo hicieron millones de españoles e italianos, entre la segunda mitad del Siglo XIX y mediados del XX, millares de alemanes y polacos, rusos y judíos y hasta franceses e ingleses que, en esos momentos, huían despavoridos de las hambrunas y de las guerras que se sucedían sin solución de continuidad en su Europa natal. Ellos viajaron a América con el objetivo de encontrar un lugar de promisión donde se aposentaron y procrearon familias.

Y la lista de humillados -y humillaciones- no termina aquí, a ella hay que agregar a la masa de los inmigrantes de origen asiático (12) y los refugiados del antiguo Este comunista europeo. Pero no todos los asiáticos son rechazados, por ejemplo, en Marbella vive un famoso traficante de armas -y de otros rubros tan deleznables como aquél- internacional: M. Al Kassar, de origen sirio que ha tenido condenas en Inglaterra y Francia, pero que en España goza de los privilegios que le corresponden a un acaudalado hombre de negocios con pasaporte argentino. Hecho éste por lo que está siendo procesado por la justicia argentina, ya que lo obtuvo de una manera no legítima, merced a la corrupción imperante en los estrados judiciales argentinos durante el período del menemismo (Rodriguez Kauth, 1999). Todos aquellos otros extranjeros que no tienen estos recursos simbólicos que procura la tenencia de dinero (Veblen, 1899), son sospechosos de algo malo, solamente por el hecho de haber ido a buscar un lugar en el cual vivir en paz. Y esa paz no la pueden encontrar fácilmente en los lugares a los que fueron a buscarla, es ahí donde son permanentemente hostilizados y perseguidos de diferentes maneras, dentro de lo que normalmente entra en la categoría jurídica de lo legítimo, aunque esto no quita que también hayan persecuciones y hostigamientos que caben -de hecho y de derecho- en el capítulo de lo ilegítimo -o directamente de lo criminal- aunque por eso las primeras no sea menos crueles; las que se testimonian de formas tales como epítetos groseros referidos al color de la piel que portan los inmigrantes, comentarios soeces acerca de la forma extraña de hablar y pronunciar el idioma que están aprendiendo y, por supuesto, hasta incluso hasta fuertes golpizas, de las cuales se encargan tanto los marginales "cabezas rapadas", como los propios agentes encargados de cuidar el "orden", es decir, los policías, los gendarmes y la Justicia, que responden a sus "mandos naturales", es decir, la oligarquía.

¿Y todos estos escándalos por qué ocurren?. ¿Acaso solamente es debido a qué son diferentes en el color de la piel, como así también diferentes en algunas otras naderías por el estilo?. No, en absoluto es creíble que sea por tan poca cosa, algo de tan escasa fundamentación. No se trata de una conducta agresiva gratuita o azarosa; algo de ella puede tener que ver con naderías, pero en todo caso es lo que hace a lo que se conoce como la burla, o la chanza que se expresa en chistes no siempre de muy "buen gusto". Todas aquellas expresiones persecutorias tienen que ver, más que nada, con otra cosa y, esa "cosa", es el miedo, miedo a la inestabilidad, miedo a la pérdida laboral, miedo a la seguridad, miedo al posible entrecruzamiento de parejas que -según algunas fantasías populares y que son alentadas por la demagogia barata- tendrían como consecuencia última el abandono de la "pureza racial" de aquellos que juegan de local y muchos etcéteras más.

Frente a las condiciones de persecución y humillación descritas -cuya verdadera dimensión solamente la conocen los que la sufren en carne propia- los que son discriminados suelen utilizar diferentes estrategias de mimetización con la población vernácula, sobre todo cuando no tienen rasgos fisonómicos externos ni prácticas culturales que los delaten. Esto se desprende, por ejemplo, del reportaje que se hiciera al actor irlandés Daniel Day-Lewis, ganador del Oscar en 1993 y candidato nuevamente en 1994, cuando refiriéndose al temor al racismo expresó: "... la gente del barrio era muy prejuiciosa. En mi caso, podrían haber elegido cualquier insulto para maltratarme, ya que yo soy irlandés y judío, y pertenecía a la clase alta. Ellos sabían todo por mi voz. En Inglaterra reconocen a cualquiera por su manera de hablar...". Para evitar ser marginado, Daniel puso a prueba su poder de mimetismo: actuó, incorporó códigos y modificó su acento hasta ser uno más de la clase trabajadora. "Mi hermana siempre cuestionó el hecho de que hablara distinto mientras me reunía con mis amigos. Para ella, eso era una postura hipócrita. Para mí el cambio era inconsciente, fundamental para mi supervivencia".

Entendemos que su táctica incluye ambos elementos; por un lado se trata de la asunción de una postura hipócrita, ya que la misma le permite disimular su origen, nacionalidad, clase social, religión; y, a la vez, simula, por medio de modificaciones en la dicción, un pasado y una pertenencia que no se corresponde con lo real. La puesta en marcha de tal estrategia de mimetización él la realiza con la clara intención de obtener un beneficio, cual es el de ser aceptado por un determinado grupo al cual pretende pertenecer. Pero, por otra parte, también se trata de una cuestión de supervivencia -como él mismo lo dice- ya que de no haber recurrido a aquel tipo de conductas, que bien pueden ser calificadas como hipócritas, corría el riesgo de ser marginado, perseguido, con todo lo que de humillación, impotencia e injusticia que tal condición de marginamiento conlleva.

Al ejemplo contemporáneo presentado, le podemos sumar otro que forma parte de la historia algo lejana en el tiempo, el del italiano Galileo Galilei (1564-1642) quién basándose en los estudios mecánicos que había realizado en su juventud, primero en Pisa y luego en Padua, se convenció de lo inadecuado de la física aristotélica vigente por entonces y que contaba con el aval del clero Vaticano. Cuando en 1610 -con la utilización de un rudimentario telescopio- encontró evidencias insoslayables en favor de la tesis heliocéntrica que él sostenía, no vaciló en protagonizar una cruzada destinada a demostrar al poder eclesiástico la necesidad de conciliar los principios de la dogmática con los de la ciencia, el texto de las Escrituras con los resultados de la investigación científica rigurosa. Así, en 1633, el Papa Urbano VIII le ordenó presentarse en Roma, donde ante un Tribunal Inquisitorial -en el que el acusado ignoraba los cargos de que era acusado, carecía de defensor y el fiscal podía mencionar pruebas de culpabilidad sin necesidad de exhibirlas- se lo encontró "vehementemente sospechoso de herejía". El 22 de Junio de 1633, Galileo Galilei se arrodilló ante el majestuoso tinglado inquisitorial y maldijo la causa a la que le había ofrecido su vida. En este punto el mito y la historia se confunden. Por un lado nos encontramos con el librepensador a quien debió torturárselo -física y psicológicamente- para arrancarle una retractación y que, luego de quemar su propio libro ante los jueces, osó afirmar -en voz queda- eppur si muove. Por otro lado, la presencia de un septuagenario tembloroso, moralmente aniquilado por lo que luego habría de llamar "... una conjura de la ignorancia, madre de la malignidad y de la envidia". Pesaban sobre él las amenazas de ser conducido a las cárceles de la Santa Inquisición "ligado con hierros si es preciso". Galileo era un individuo al cual, con sórdida unanimidad, poderosos señores a quienes había servido durante décadas a la vez que altos prelados que habían hecho ostentación de su amistad, le volvieron la espalda cuando cayó en desgracia. El nuevo Gran Duque, Fernando I, le envió una litera y le deseó un buen viaje. ¿Sería lícito pensar que el Tribunal del Santo Oficio realmente logró convencerlo de que estaba en un error intelectual?. La historia nos dice que no, pues meses después, en la Villa de Arcetri, donde permaneció recluido por orden del Tribunal del Santo Oficio, hasta su muerte (1642), donde escribió sus famosos Discursos acerca de dos nuevas Ciencias, que significaron la piedra basal de la física moderna y de la nueva cosmología que se edificaría -antes de concluir el siglo XVII- a través de la obra de Isaac Newton.

Galileo podría haberse negado a abjurar, seguro como estaba de la veracidad de sus afirmaciones y el fanatismo inquisitorial lo hubiera convertido en un mártir; pero eligió decir lo que no pensaba ni sentía, decir lo que los Inquisidores le ordenaban. Gracias a esta manera de obrar, que puede ubicarse dentro de la categoría de hipócrita, ofreció a la historia de las ideas la obra impar de sus restantes ocho años de vida.

La hipocresía de que hablamos está presente, como lo evidencian algunos de los ejemplos aquí expuestos -muchas veces- estrechamente relacionada con la propia supervivencia del actor; ésta es la motivación que origina el aprendizaje y la actuación de la conducta hipócrita.

Pero, ¿qué ocurre cuando la necesidad de asegurar la propia supervivencia está cubierta?, ¿el sujeto deja de lado la conducta hipócrita o la sigue utilizando, para obtener un beneficio distinto del que la originó?.

El politólogo florentino, N. Maquiavelo (1513), señalaba que "... el hombre tiene una naturaleza y pasiones constantes, idénticas, determinantes de su acción: la ambición, la envidia, la impaciencia, la sed de venganza...". Si el hombre tiene la naturaleza que enunciara Maquiavelo, teniendo a su alcance el recurso de la conducta hipócrita, cabe preguntarse si entonces no intentará satisfacer sus pasiones.

Hay un concepto -que se convierte en fin último- que posibilita la satisfacción de todas estas pasiones, se trata del Poder. No sólo da lugar a obtener lo que el sujeto ambiciona sino que lo lleva a ambicionar más; le permite actuar la envidia. Aquellas personas sobre las que tiene poder son los depositarios perfectos de la impaciencia y de la sed de venganza del poderoso. El poder viene normalmente asociado con el manejo de los hilos del gobierno, ya sea como protagonista del mismo, ya sea como titiritero que mueve los piolines detrás de un escenario de cartón. El propio Maquiavelo, nombrado en el párrafo anterior, aseguró que "Gobernar es más lindo que fornicar" (en fin, ¡sobre gustos hay mucho escrito!).

La hipocresía, por su característica general de ocultar una parte de la verdad, es una de las técnicas perfectas para ese fin. Y si hacemos una revisión de aquellos que han tenido "poder", veremos que -en general- se han valido de su instrumentación para obtenerlo y ejecutarlo.

Continuando con nuestro análisis podemos hacer una objeción que surge de lo dicho anteriormente; hay sujetos que utilizan la hipocresía con la clara intención de obtener el tan preciado poder, y sin embargo son tan desafortunados que no logran su objetivo. Para responder a esto tenemos, o por lo menos así lo creemos, una de las claves para su desciframiento. Nos estamos refiriendo a la eficacia de la conducta hipócrita. En 1993, decíamos con respecto a esto "Para que la conducta o el hacer hipócrita rinda los frutos previstos por el actor, tiene que ser `auténtica' en su expresión... La actuación hipócrita no debe ser descubierta como tal porque entonces el actor no ha logrado su objetivo de convencer al Otro de la autenticidad de su decir y/o sentir".

Hay quienes saben esto y llevan sus actuaciones hipócritas hasta las últimas consecuencias con tal de convencer a los Otros de su "autenticidad". Vaya como ejemplo el relato de Maquiavelo (op. cit) acerca de Cesar Borgia, quien "... conquistada la Romaña y encontrándola gobernada por señores incapaces, sembrado el territorio de ladrones, banderías y toda clase de rebeldías, determinó que era necesario darle un buen gobierno si quería reducirla al orden y hacerla obediente al poder soberano. Por eso puso al frente del país a Ramiro de Orco, hombre cruel y expeditivo, al cual dio plenos poderes. Al cabo de poco tiempo su Ministro consiguió pacificar el territorio y reducirlo a la unidad, todo lo cual trajo consigo la extraordinaria reputación del duque. Pero mas tarde juzgó el duque que ya no era necesaria tan grande autoridad, pues se corría el peligro de que resultara odiosa, e implantó un tribunal civil en el centro del territorio, presidido por un hombre excelentísimo y en el que cada ciudad tenía su propio abogado. Y como sabía que los rigores pasados le habían generado algún odio, para curar los ánimos de aquellos pueblos y ganárselos plenamente decidió mostrar que, si alguna crueldad se había ejercido, no había provenido de él, sino de la acerba naturaleza de su Ministro. Así que, cuando tuvo ocasión, lo hizo llevar una mañana a la plaza de Censura partido en dos mitades con un pedazo de madera y un cuchillo ensangrentado al lado. La ferocidad del espectáculo hizo que aquellos pueblos permanecieran durante un tiempo satisfechos y estupefactos...".

El Duque logró que su conducta hipócrita fuera efectiva y eficaz, ya que convenció al pueblo de la autenticidad de su sentir y decir, aunque esto costara la vida de su Ministro, el mismo que en otro momento le fuera de tanta utilidad. Cualquier semejanza con algunos episodios de la vida política Argentina -pasada y actual- es mera casualidad. Queda en la maldad interpretativa del lector hacer todas las analogías históricas que le vengan en gana.

Los ejemplos aquí expuestos de conductas hipócritas, nos permiten ratificar lo dicho (Rodriguez Kauth, 1994) acerca de que se trata de un comportamiento que está presente en todas las áreas sociales y en todos los aspectos de la vida humana; a lo que podríamos agregar, que se ha dado en todos los tiempos.

Los fines que tienen quienes se valen de este recurso son variados: salvarse de la muerte, de torturas, de la cárcel, de persecuciones personales y familiares, etc.; obtener el puesto de trabajo que les permita vivir o mantener una familia; ser aceptado socialmente por un determinado grupo; ganar un concurso o beca; comenzar o ascender en la carrera política; conseguir poder; mantenerse en el poder; etc.

En el caso de que la hipocresía se tratare de una "enfermedad social", como la definiera oportunamente José Ingenieros, no hay duda de que ha infectado a casi la totalidad de los seres humanos.

Para finalizar el capítulo, nada mejor que reproducir unos versos de Pertti Nieminen (2000), que dicen así:

En estos tiempos,

en estos tiempos de consenso

que enseñan

al pobre amar al rico,

al dirigido amar al director,

al golpeado amar al golpeador

y a todos nosotros humildad,

obediencia y sumisión

ante el poder, la fuerza y el horror:

en estos tiempos

hace falta un destrozador,

se necesitan miles, decenas de miles

de serios y honrados iconoclastas.

No amo al rico.

sólo amo a estos pobres míos.

Nosotros no obedecemos

al poder y la fuerza y el honor:

ni separados, ni tampoco juntos,

ni siquiera mutuamente.

No es tarea del destructor construir,

no tiene capacidad alguna para construir.

Los constructores llegan después de él,

hacen realidad nuestros sueños.

Si llegan, alguna vez.


N O T A S

(*) Doctor en Psicología, se desempeña como Jefe de Trabajos Prácticos de Psicología Política y en el equipo de Investigación de la misma y, fundamentalmente, es amigo del autor de éste libro.

(1) Maximiza, en el decir de Festinger con su Teoría de la Disonancia Cognitiva (1957).

(2) Los que fueron inicialmente inaugurados por el dictado de una Bula Papal durante 1555, en Roma, pero que fueron abolidos luego de la Revolución Francesa.

(3) Etimológicamente proviene del lenguaje ruso y significa devastación.

(4) Con su sistema eufemístico de "purgas" para todos los individuos o colectivos considerados sospechosos de ser "espías de los Servicios Secretos extranjeros". Todo comenzó con una purga de millares de integrantes de lo que se denominó el "derechismo y el trotskismo" en 1937 y continuó un año después. En 1938-9 hubo una "purga" de diplomáticos soviéticos y posteriormente de militares. Todo esto desde la paranoia de Stalin y el brazo ejecutor de la tenebrosa NKVD y su director, el tristemente célebre L. P. Beria.

(5) Valga el juego polisémico utilizado.

(6) Si así hubiese ocurrido, la población que se incorporaba a los campos no hubiera sido casi en exclusividad de origen judío; éstos no fueron condenados judicialmente por haber delinquido, simplemente se les condenaba a la reclusión en esos espacios de tormento por el solo hecho de que eran judíos y, esto, era sinónimo de maldad; aunque debe recordarse que algunos disidentes políticos fueron a parar con sus huesos a tales lugares.

(7) En las fosas Ardetinas, poco antes de la liberación romana por parte de las tropas Aliadas, fueron fusilados 335 rehenes en poder de los nazis.

(8) Esto es preciso tenerlo siempre presente. Hitler no fue derrotado ni por sus militares prusianos, los cuales eran muy felices ganando galardones -cruces de hierro que solamente tenían valor simbólico- que les servían para embellecer sus casacas. Por ello se resistían a ver que es lo que ocurría políticamente a su alrededor; ni tampoco fue derrotado por una revolución popular, solamente lo fue cuando los enemigos en combate lograron llegar al centro mismo de Berlín.

(9) ¡Cuidado quién se corte las venas, se le puede escapar la historia!, pero no solamente la suya personal, sino la historia de su cultura.

(10) Lo cual no sería descabellado, ya que las nuevas tecnologías médicas y sanitarias están prologando las espectativas de vida de la población.

(11) No es un juego polisémico retórico, esta fue la estrategia seguida por los países metropolitanos de dividir para continuar reinando en la región balcánica.

(12) No aquellos que se bajan de los buses con sus cámaras fotográficas y cinematográficas colgadas del cuello mientras las mantienen prestas para disparar ante cualquier cosa que se les ponga adelante, vale decir, se trata de los turistas que viajan a dejar sus dineros en hoteles, albergues, restaurantes y en la adquisición de souvenirs.


NOMADAS | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730 | MONOGRAFÍAS
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

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