El miedo, motor de la historia individual y colectiva
[Angel Rodríguez Kauth]

CAPÍTULO.9 | Los temores a la inseguridad callejera o domiciliaria

 
Desde que el mundo es mundo,
existe una empresa organizada
de asesinatos, cuyas víctimas
son siempre los más pobres.
[T.F. CÉLINE]
 

Las diferentes asociaciones humanas que se formaron -desde los comienzos del proceso de hominización- han ido buscando los mecanismos que les permitan vencer su fragilidad ante las fuerzas de la naturaleza y así poder derrotar a los temores que ésta le provocaba el estado de inestabilidad -tanto natural como social- así como la certeza de la muerte que pareciera que desde antaño ha atemorizado a los humanos. De tal suerte, se ha pasado de las técnicas más primitivas e "irracionales" para combatir los temores a la formación de Estados que le facilitaron a la humanidad salir del "estado de naturaleza" (Hobbes, 1651) para -una vez integrado en comunidad- protegerse mutuamente; aunque esto no signifique que vivir en comunidad no tenga sus riesgos, como se verá en próximos párrafos. Gracias a la creación de los Estados, anteriores inclusive a la polis griega, se pudo responder a las agresiones naturales y sociales con dos instrumentos: a) el desarrollo de la ciencia y b) el aparato jurídico estatal que protege a los sujetos "sujetados a una cultura". El primero de esos instrumentos fue posible gracias a los desarrollos del pensamiento libre -sin ataduras a creencias sin fundamentación- especialmente los de orden filosófico que tuvieron lugar en la Grecia clásica, mientras que los segundos fueron producto de la necesidad de afinar los instrumentos jurídicos que protegieran los derechos de los individuos, lo cual trajo aparejadps un sistema de obligaciones por parte de éstos y, en este punto, la República y el Imperio romano dejaron una impronta que permanece hasta nuestros días.

Los avances científicos lograron prolongar las espectativas de vida como así también disminuir los dolores físicos y psicológicos que provocan las enfermedades y los accidentes (Rodriguez Kauth y Falcón, 1997) y, sobre todo, un "supuesto" acceso masivo a los alimentos. Lamentablemente, si bien es cierto que ya no es necesario vivir compitiendo con la fuerza bruta por el alimento cotidiano, el sistema político capitalista impide que todo el mundo tenga acceso libre a la comida; como tampoco facilita la provisión de las medicinas que alivian los dolores y prolongan la vida, es decir, tales avances científicos han sido elogiables, aunque se han visto desmerecidos por la falta de una auténtica justicia social que permita que los individuos puedan acceder a los mismos para satisfacer sus necesidades más imperiosas.

Mientras que -a su vez- el desarrollo de los avances políticos y sociales han permitido que se vayan creando y desarrollando diversas instituciones de socialización masiva, con el sentido de prevenir las disidencias y rupturas entre los miembros de una comunidad y de comunidades diferentes y, para el caso de que este proceso de socialización fracasara, se pusieron en funcionamiento instituciones de "control social", que -en sus orígenes- tuvieron un sentido punitivo (cárceles, exilio, etc.), aunque modernamente se intente adjudicarles una intención socializadora que se queda solamente en eso: una expresión de buenas intenciones. La experiencia demuestra que la mayoría de quiénes entran a las cárceles -por diferentes razones- a su egreso de las mismas vuelven a delinquir debido, entre otras causas, a que la institución carcelaria ha sido incapaz de resocializarlos o, al menos educarlos en algunas de las tantas falencias con las que ingresaron y por las que delinquieron.

Un testimonio elocuente de lo afirmado en el párrafo anterior está dado por los temores que se expresan -por parte de los habitantes- en un "clima" de falta de seguridad personal en que se está viviendo. Es un lugar común, en gran parte del orbe, que el Estado ha tenido que resignar parte de su poder de policía en favor de empresas privadas que cumplen con esa función para proteger las vidas y bienes ... de quienes pueden pagar tales servicios. Esto ocurre como consecuencia directa de que la riqueza -o la pobreza- están perversamente distruibuídas, es decir, sin seguir un criterio de justicia distributiva y, las minorías que disponen de medios como para pagar un servicio de seguridad privada así lo hace, como una forma de proteger sus bienes vitales y patrimoniales ante el aumento considerable -estadísticas dixit- de una violencia indiscriminada y azarosa (Rodriguez Kauth, 2000) que no sabe distinguir al enemigo de clase del que es compañero de infortunios. De este modo, amplios sectores poblacionales -los más pobres- quedan desprotegidos de la atención de su seguridad y, de tal suerte, hay sectores de la población que quedan desprotegidos de la atención de su seguridad e ingenuamente solicitan la utilización del tenebroso "gatillo fácil", que generalmente se vuelve contra ellos.

Este es uno de los temas a los que actualmente apelan en sus metarrelatos los discursos instrumentados por la extrema derecha internacional, que también se los encuentra en la propaganda xenófoba que intenta su inserción en el sentir y pensar de la gente común. Se trata del tan remanido acudir a los problemas que generan las condiciones de inseguridad que se viven en las calles de aquellas cosmopolitas ciudades pletóricas de historias arquitectónicas y anécdotas ilustrativas del desarrollo de la cultura y la civilización. Y este no es un argumento menor, se trata de un problema verdadero, de auténtica preocupación para las personas de a pie y para las autoridades, sin dudas de mucho peso para la vida cotidiana del ciudadano que en ellas habita, que cualquiera puede comprobar sin necesidad de ser un experto en criminología. Ocurre que la expresión de la criminalidad -la de tipo grosero, callejero, para distinguirla de la de "cuello blanco" (Sutherland, 1949)- no solamente se encuentra estadísticamente en un crecimiento considerable durante los últimos tiempos, sino que los principales grupos étnicos responsables de los asaltos -tanto callejeros como domiciliarios- con fines de robo o hurto, de las violaciones sexuales (1) que se producen en las comunidades donde ocurren estos episodios y en relación con las relaciones políticas en que se insertan. Evidentemente que el conocimiento de estos hechos aberrantes a la consideración moral y ética ponen en juego el desborde de la capacidad de contención de lo que eufemísticamente ha dado en llamarse "la gente". La primera reacción que se produce en las comunidades donde ocurren estos hechos está en relación directa con las relaciones políticas que se viven y, cuando se descubren aquellos hechos delictivos la reacción es el escándalo colectivo, con el consecuente intento de agresiones físicas y hasta de linchamiento para con los responsables de los mismos. Es el momento que aprovechan los cavernícolas defensores de la "pena de muerte" para sacar mágicamente de una galera todas sus argumentaciones en favor de la aplicación de la misma para con los "degenerados" que realizan el infamante comercio. Estos episodios se asocian -rápida y alegremente- con los hechos de lo que se conoce como violaciones sexuales (Rodríguez Kauth, 1997). No puede dejar de reconocerse que para el imaginario que atraviesa un colectivo, cualquier episodio que connote algo de sexual aberrante es inmediatamente puesto en una misma categoría y no se hacen distingos para pedir la máxima sanción penal que pueda soportar el responsable de uno u otro acto. Es que se trata de actos que golpean duro a la sensibilidad individual y colectiva, a la par que despiertan todo lo de morboso con que se puedan manejar las instancias no conscientes de las personas. Lo que se descubre por arriba de todas las declaraciones y escenas periodísticas de cualquier expresión que puedan tener los mass media, es un violento rechazo a estas prácticas (2), como de las vejaciones físicas, etc., son cometidos por miembros que rápidamente pueden ser identificados como pertenecientes a comunidades de inmigrantes o de desclasados, ya se trate que los primeros hayan ingresado legal o ilegalmente en el lugar donde ocurrieron los hechos, para el caso tal condición es absolutamente irrelevante; o bien se trata de nativos que gracias a los perversos e injuriosos "planes de ajuste económico" -que son impuestos a los gobiernos títeres por los mandantes de las grandes corporaciones transnacionales a través de sus intermediarios, como son el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial- se ven impelidos a delinquir para mantener su subsistencia dentro del orden injusto ya señalado. Es que los medios de comunicación masiva -por un lado- tienen la obligación de hacer entendible lo que es inentendible, creando un orden ficticio a partir de la situación caótica, mientras que -por otro lado- generalmente responden a los intereses ideológicos de la clase dominante y en ella no están ni los desclasados, ni los inmigrantes ni nada que se le parezca por sus conductas categorizadas como anómicas.

A. Maalouf (1999), estudioso francófono -nacido en El Líbano- ha investigado acerca de aquello que Zaffaroni (1989) -en otro contexto histórico y político- llamó "la criminalización" de los diversos grupos culturales inmigrantes, o nativos, por parte de las poblaciones autóctonas; es decir, sin suficientes pruebas judiciales se les adjudican condiciones delictivas tanto a los extranjeros como a los que aparecen en su presentación con rasgos de pobres. Existen evidencias del probable carácter "letal" -le llama así el propio Maalouf- o, por lo menos, de características agresivas y hasta beligerantes, por parte de los miembros de las diferentes identidades, ya sean éstas étnicas, lingüísticas, culturales o religiosas, tal como se puede comprobar observando el mapa de los múltiples y complejos conflictos nacionales e internacionales que están teniendo lugar en buena parte del mundo. Esta argumentación prende rápidamente en el gran público, ya que, por ejemplo, de un balcánico se va a afirmar que "cómo no va a ser una persona agresiva y violenta si proviene de una región en dónde buena parte de su vida la transcurrió en medio de conflictos y guerras". Quizás, con un poco de benevolencia, se le adjudique la condición de "traumatizado de guerra", pero eso no lo hace menos peligroso para un imaginario colectivo que está puesto en alerta a buscar -y encontrar- responsables a sus problemas de violencia cotidiana. Algo semejante ocurre con los marginados -algunos también inmigrantes- aunque sean connacionales, portar ropas y modales -y hasta rostro- de excluído social- sirve para que rápidamente el individuo sea criminalizado por algo que no cometió, pero que la policía -en su afán por hallar al culpable para no quedar tan mal parada ante la opinión pública- se lo lleve preso y, con un poco de suerte, luego de unos meses en prisión podrá demostrar su inocencia, pero nadie le devuelve el tiempo pasado como prisionero ni le quieta los aprendizajes delictivos que ahí pueda haber hecho (Rodriguez Kauth y otro, 1971).

Sucede que se ofrecen a la percepción de los miembros de la sociedad -la percepción ingenua, no alertada en separar la paja del trigo- varios supuestos simultáneos que dan lugar para que los marginales sean criminalizados por el imaginario social que recorre a la minoría enriquecida -o la de los que por falsa conciencia (Marx, 1847) se identifican con ella, que no son pocos- aquellos grupos de identidades étnicas o sociales diferentes al prototipo que se cree es el del nacional nativo. Esto es algo así como lo que en la sociología clásica se conoce con el nombre de "laprofecía que se cumple a sí misma" o, si se quiere una metáfora algo más gráfica y pedestre, como un perro que gira sobre sí mismo intentando morderse la cola. Tanto el inmigrante como los pobres en general transportan consigo, en su presentación cotidiana (Goffman, 1959), los rasgos distintivos de la identidad cultural en la que se crió y que no hace más que la de ser un fiel reflejo -desde una lectura comparativa- de las profundas diferencias que existen entre los miembros de una misma sociedad o, como ocurre con los inmigrantes, entre los habitantes del Norte desarrollado y los del paupérrimo Sur; las cuales se testimonian en términos de un profundo abismo económico y social. Esto también vale para los que se trasladan deambulando por el hemisferio Norte, es decir, los emigrados de lugares ubicados en el Este europeo que escapan a las hambrunas y las matanzas interétnicas que se suceden en una región de Europa que los europeos no reconocen como propias, como por ejemplo, las enormes extensiones que van desde el Este de Alemania, Austria, Suiza e Italia, si se trazase una línea imaginaria a partir de esos límites.

La injusta e inmoral deuda externa (Castro, 1985), que sobrellevan sobre sus espaldas los habitantes de los países del Tercer Mundo, los marcan a fuego con una impronta psicosocial, la cual funciona como un lápiz labial indeleble, por más que sus amantes acreedores del Norte enriquecido los besen en la boca intentando seducirlos para que paguen sus enormes acreencias -de capitales más intereses compuestos leoninos- lo único que les queda en los labios es el gusto a la pobreza y a la miseria que sufren en sus lugares de origen. Esto, sin dudas, deja marcado a fuego un sentimiento de revancha, de "bronca", en aquellos que son expoliados ante los que los explotan, que subyugan a sus pueblos con inversiones engañosas que no son más que capitales "golondrinas" que vuelan en busca de las inversiones bursátiles en los países ávidos de las mismas -para reducir el "riesgo país"-, pero que escapan raudamente cuando han hecho una buena diferencia de intereses entre lo invertido y el valor accionario del momento en que se retiran de los mercados bursátiles. No en vano se les conoce como capitales golondrinas (Rodriguez Kauth, 1997), vuelan de un lado a otro y cuando se les acaba el alimento vuelven a emprender viaje en la búsqueda de mejores horizontes para sus intereses.

Se trata de aquellas inversiones que huyen despavoridas en cuanto sienten el "olor" a una posible inestabilidad política o social en el lugar en el que tienen hechos sus depósitos, o aparentes inversiones de capital y, digo aparentes, porque las mismas no son inversiones de riesgo a largo plazo, solamente buscan ganancias rápidas y escasamente riesgosas en las bolsas de valores de los llamados "países emergentes". Esas inversiones muchas veces no son más que dineros obtenidos de la explotación del propio pueblo que luego tiene que pagar altísimos intereses por el dinero que se han llevado bajo la forma de regalías, patentes, estafas, lavado de dinero, fuga de impuestos que se debían pagar al fisco, etc., como puede ser -por ejemplo- comprar caros los insumos a la Casa Central ubicada en alguna metrópoli europea o norteamericana los insumos que necesita y luego vender a precio vil el producto terminado a la misma Casa Central, con lo cual están haciendo una diferencia de ganancia sustancial. Vale decir, ellos ganan millonadas y los que pierden son los países en los que se realiza este tipo de operaciones. Pero eso sí, ya sea en algún país de Europa o en los Estados Unidos, de vez en cuando se juntan los "propietarios" del Grupo de los siete países más ricos e industrializados del mundo para -en un gesto verdaderamente hipócrita- hacer como que se devanan los sesos imaginando cómo se puede disminuir -o hasta anular- aquella deuda externa que agobia a las economías regionales de los países empobrecidos y pauperizados por las "ayudas" financieras que han recibido. Recientemente, en marzo del 2001, luego de los trágicos terremotos ocurridos en El Salvador, aquellos "salvadores" ofrecieron "ayudas" económicas millonarias al gobierno de ese país, pero en forma de préstamos, es decir, para poder los salvadoreños superar los destrozos causados por las fuerzas naturales, se verán endeudados a punto tal de que su deuda se convertirá en astronómica. Eso sí, ante una necesidad inmediata de 1.600 millones de dólares, el gobierno norteamericano ofreció un regalo de aproximadamente 65 millones en dos años. Es como pretender tapar al sol con la mano.

Sin embargo, durante la Cumbre de Davos, a principios del 2001, el financista y multimillonario G. Soros reconoció que la pobreza extrema -temática que marcó el tono del debate en dicha reunión- era un problema serio para el mundo desarrollado, al tener que señalar la legitimidad de que estaban imbuídas las protestas que se sucedieron luego de la fracasada reunión de la Organización Mundial del Comercio, en 1999, en Seattle, diciendo: "No podemos separar la riqueza de su distribución. La riqueza no es un pastel que no cambia nunca de formato". A lo cual agregó "... en realidad, las reglas de juego internacionales son injustas e impuestas por el centro privilegiado a costa de la situación de la periferia". ¡A confesión de partes, relevo de pruebas!. A él se sumó la palabra de la Presidenta de la empresa Hewlett Packard, quien enfáticamente señaló que "Los intereses de las empresas van a ser sacrificados si no logramos que las desigualdades sociales disminuyan. No podemos ignorar las protestas".

Hasta ahora -primer semestre del 2001- los gurúes de la economía y las finanzas internacionales solamente se han comprometido a hacer pomposos anuncios, que fueran muy bien publicitados -respecto a la posibilidad de condonación de la deuda externa- pero que no van más allá de lo que se puede calificar como anuncios efectistas, rimbombantes, a los cuales la sabiduría popular los define como de "mucho ruido y pocas nueces".

Al respecto, es preciso hacer notar que en junio de 1999 se reunieron en la ciudad alemana de Colonia (3) el Grupo de los Siete para resolver una política definitiva acerca de la reducción de aquellas deudas externas, las que objetivamente son absolutamente incobrables por parte de los acreedores a los deudores morosos que no tienen ya recurso alguno con qué satisfacer las demandas de los cobradores. Por tal razón es que muy posiblemente se condonarán las deudas de países como Nicaragua o Burkina Faso, que representan una parte ínfima de dinero dentro de la masa multimillonaria de deudas. Pero jamás se lo hará con países hipotecados hasta la médula, como son los países categorizados "en vías de desarrollo", ya que si bien ellos no tienen capital en efectivo para pagar sus deudas, en cambio disponen de bienes naturales, como así también de servicios y la posibilidad de ampliarlos -para ser utilizados por una parte reducida de la población, pero que sumada deja buenos rindes empresarios- los que pueden ser adquiridos por los acreedores al precio que a ellos se les antoja en nombre de la deuda que aquellos países mantienen.

Ese enorme e insalvable hiato que se ha abierto entre los países cada vez más ricos y los países que cada día se empobrecen más y más para así enriquecer a los primeros, también es posible observarlo -a nivel microeconómico y social- en el propio espacio de los países "ricos", en la dimensión de las diferencias individuales entre los pobres y los ricos; vale decir, no desde una lectura macroeconómica a la que son tan afectos los economistas ortodoxos. La riqueza de los ricos no es la riqueza de todos los habitantes de una Nación, solamente se trata del enriquecimiento de unos pocos que hacen "engordar" los indicadores macroeconómicos con que se mide el crecimiento de un país y que señalan que el mismo "avanza", aunque en ellos también exista un enorme vacío -como un agujero lleno de nada- entre los pobladores ricos y los habitantes pobres; así los bolsones de pobreza suelen superar en diámetro a los de riqueza. Más aún, es sabido que no es lo mismo tener un ingreso mensual de 300 dólares en el Norte que en el Sur, en Gran Bretaña que en Haití. El sentimiento de "privación relativa" (Stouffer, 1949) que emerge ante la disparidad -de un mismo monto de ingreso, aunque con una sensible diferencia de poder adquisitivo- es mucho mayor para los primeros que para los segundos, ya que los que viven -o que alcanzan a sobrevivir- con esos escasos ingresos de 300 dólares mensuales que cobran en los países de la centralidad, se encuentran inmersos dentro de una parafernalia escatológica -ubicada en los escaparates de los comercios y en las marquesinas de múltiples colores de los espectáculos- de un consumismo inaccesible para los escasos recursos de sus bolsillos.

De tal forma, así como existe la deuda externa, también hay una inmoral "deuda interna", es decir, una deuda social y económica dentro de cada Nación Estado, la cual es una asignatura pendiente por parte de los gobernantes. Estas deudas internas son de magnitud diferencial según el lugar de que se trate. En los años sesenta, en Estados Unidos había un 22% de pobres; entonces el Presidente Johnson lanzó una campaña contra la pobreza y en menos de una década la redujo a la mitad. Sin embargo, con la llegada de la "popular" reaganomics, la misma ascendió al 15% y con la presidencia de B. Clinton bajó al 13%. Más, las diferencias aumentaron cuantitativamente al interior de ésa reducción. Los que más ganan aumentaron sus ingresos entre finales de los '70 y el fin del milenio a ritmo constante; en tanto que los que menos ganan mantuvieron sus ingresos, con lo cual no solamente descendieron en sus promedios, sino que han perdido puntos en su capacidad adquisitiva, si se tiene en cuenta un promedio de inflación anual de, como mínimo, el 4%.

Para un análisis comparativo paralelo, veremos que ocurre en Argentina, país que no ha sido incluido en el listado de los más pobres. Durante la década de los '90, su economía creció un 57% respecto a períodos anteriores. En este caso la situación es compleja, ya que el 10% de la población más humilde descendió durante la misma década del 2,1% al 1,5% su participación en los ingresos totales, es decir, en lo que se calcula como el Producto Bruto Interno. En cambio, si se toma al decil superior de la población, ésta creció su participación del 33,6% al 36,7% en la distribución de los ingresos totales. Mientras que en EE.UU. los pobres de solemnidad son unos 30 millones y representan menos del 10% de la población, en Argentina existen 12 millones de pobres (4) que representa al 33%, lo que triplica la cifra norteamericana. Y lo más escandaloso de estos datos, es que en Argentina para la población infantil, la cifra de pobreza supera al 40%. Asimismo, resulta interesante destacar que, objetivamente, los pobres menos empobrecidos de los EE.UU. no serían ubicados por debajo de la línea de pobreza en Argentina, mientras que los que aquí están por encima de esa línea imaginaria en algunos centiles, allá son calificados de pobres totales (5).

A su vez, mientras que la pobreza en los EE.UU. es -en general-de carácter transitoria y aumenta temporariamente por la masa de inmigrantes que llegan buscando la salvación a sus penurias, en Argentina la pobreza es una enfermedad endémica, tiene carácter estructural; ya que está ligada con los altos niveles de desempleo, la subocupación y, aunque paradojal, con la sobreocupación, es decir, personas que trabajan hasta 18 horas diarias para sobrevivir en condiciones de indignidad extrema. Asimismo, la pobreza aumenta en orden creciente a las corrientes migratorias; a principios del Siglo XX Argentina era un país poblado por inmigrantes, hoy estos son minorías y la categoría de pobres aumenta gracias a los notables aportes que le hacen la cada vez más pauperizada clase media, que, en la actualidad, se incluye en la categoría de pobres.

Planteadas así las relaciones entre crecimiento económico y desarrollo social, es el momento de hacer públicas, si de hacer denuncias se trata, acerca de la falsedad de las argumentaciones que aseguran -y que son producidas por quienes tienen grandes intereses en ese peligroso anónimo en que se ha convertido el "mercado" (Rodriguez Kauth, 1999)- que el crecimiento económico trae aparejado -de manera necesaria- el desarrollo social. Desde 1990 a 1998, en Argentina, existió un sostenido crecimiento económico, aunque el mismo fuera seguido de un profundo deterioro social. Lo cual no demuestra que el crecimiento económico no sea una herramienta para el desarrollo social, sino que sirve para demostrar que el crecimiento de la economía es razón necesaria -aunque no suficiente- para garantizar el mejoramiento de las condiciones sociales de los pueblos. Cuando en 1998 la economía argentina se estancó y entró en una etapa recesiva que dura hasta el hoy del año 2001, el resultado fue una profundización de lo que hemos llamado la "deuda interna". Y para que aparezca la relación óptima de crecimiento económico y desarrollo social es preciso poner en juego la voluntad y el talento de los dirigentes políticos, virtudes que pareciera que cada día están suendo más escasas.

Es preciso comprender que la economía nunca puede ir delante del carro, es la política la que indica los rumbos a seguir y desde la economía se apoyan dichos propósitos. Al respecto, valga una anécdota, en el Siglo XVII, el Ministro de Luis XIV, Jean B. Colbert (1619-1683) afirmaba que para tener una buena administración financiera y económica, era preciso tener por encima un excelente plan político de gobierno; lo cual significa que el caballo tiene que estar atado adelante del carro y no empujarlo; en este caso no vale el axioma matemático de que "el orden de los factores no altera el producto". Sin embargo pareciera ser que el mundo contemporáneo -a través de la influencia de los economistas y la relativa debilidad de los políticos que se han sometido a la voluntad de aquéllos que, a su vez, representan los intereses de las grandes empresas monopólicas transnacionales- ha invertido el orden de la relación: la economía dirige al carro y la política lo empuja. Sin un Estado que encauce el sentido social del gasto público para acelerar el crecimiento, no se podrá abandonar la paradójica situación perversa que se observa, en que en medio del crecimiento de los grandes números económicos, los pueblos viven cada vez en peores condiciones materiales y espirituales que cuando tales datos financieros eran más pequeños.

Cuando los pobres son los menos, entonces ganan los partidos políticos moderados y cuando los pobres son los más ... también ocurre lo mismo. Pero a no llamarse a engaño, existe un punto de inflexión a partir del cual los pobres empiezan a escuchar los cantos de sirenas del populismo y, entonces, es el momento de la demagogia y su camino fatal a las dictaduras o tiranías "populares". La primera de las citadas fue una relación que devanó los sesos del psicoanalista alemán W. Reich (1933) y que entendemos que los partidos políticos, aún los que se precien de más revolucionarios, terminan por acomodarse a las reglas del juego impuestas por el capitalismo, en una clara traición al proletariado que lo abastece de su electorado y de sus cuotas sindicales. Por eso, estimo y confío, que solamente se logrará una auténtica justicia social a través de acciones revolucionarias. Cualquier otra alternativa será, en las actuales circunstancias que vive el mundo globalizado, simplemente poner paliativos a una situación, tal como la que propusiera J. Rawls (1971), cuando sostenía que la mejora de los que están arriba en la pirámide de estratificación, debería acompañarse de mejorías en los que están por debajo. En cierta forma Rawls tiene razón, lo lamentable es que las razones no se cumplen y de razones no se alimenta el estómago, la admonición de Rawls no ha sido más que una expresión de buenos deseos.

Asimismo, en los países del Sur, la pobreza -enfermedad social que crece a pasos agigantados- presenta una correlación positiva perfecta con el incremento de la deuda externa de los mismos. Esta conclusión no la obtuvieron ideólogos "izquierdistas" en sus afanes por demostrar cuán perverso es el capitalismo, sino que ha sido fruto de múltiples reuniones de los grupos de acreedores que no dejaron de visualizar una relación indisoluble. Y ellos, los miembros de las grandes corporaciones financieras internacionales están preocupados, no porque les inquiete la pobreza de los "otros" -o debido a pruritos morales que los acomplejen- sino a causa de que sus acreencias se han convertido en incobrables. Es decir, también a ellos les llegó el miedo. Al menos así lo ha tenido que reconocer el Presidente del Banco Mundial, J. Wolfensohn, durante una reunión en 1999. Los economistas y asesores de esas organizaciones conocen perfectamente que el modelo de la "liberalización" económica no ha dado los frutos esperados -por ellos, nosotros nunca esperamos otra cosa, es decir, recesión y ajuste económico para el pueblo- en los países dependientes. Al contrario, el Fondo Monetario Internacional reconoció -durante una crisis política sufrida en su seno, en 1999- que las "recetas" y previsiones del FMI, solían ser un fracaso para sus espectativas y la de los que recibían los préstamos. Quizás, tales fracasos, se deban a que las autoridades del FMI hicieron "la vista gorda" ante los evidentes casos de corrupción en que se desviaban los dineros prestados a los necesitados del crédito. Tales desvíos se realizaban en dirección a los intereses particulares de los gobernantes de turno de los países "ayudados". Inclusive, se reconoció, durante aquella reunión de 1999, que las autoridades del Fondo sabían que muchos de aquellos "préstamos" sirvieron para corromper gobiernos que le eran "amigos", durante la época de la Guerra Fría, como así también más tarde durante "los años de plomo" en nuestra América Latina, como asimismo en el Africa y el Sudoeste asiático.

En América Latina esta situación se la sufrió gravemente durante las sangrientas dictaduras militares de las décadas de los '70 y los '80, período en el que el endeudamiento externo -e interno- de la región creció de manera gigantesca, aunque sin todavía poder reconocerse en qué se han invertido dichos préstamos, ni que con esos dineros se haya producido instalación alguna de obras de infraestructura, o de educación y de salubridad, ya que las mismas hubieran facilitado el desarrollo económico y social posterior en la región. Para Argentina, por ejemplo, la deuda externa al momento de la usurpación militar del Poder -1976- era de aproximadamente ocho mil millones de dólares, sin embargo, cuando los militares abandonaron sus sitiales -1983- la misma superaba los 45 mil millones. ¿En qué se gastó la diferencia?. Básicamente en comprar armas para que nuestros militares jugaran a los soldados con delirantes hipótesis de guerra que concluyeron dramáticamente en la desastrosa Guerra de las Malvinas; mas a ello se le deben sumar leoninas comisiones pagadas a los intermediarios en el tráfico de armas -que por lo general eran militares retirados e inclusive en actividad-, a todo lo cual hay que agregarle la perversa política económica de estatizar -sí, aunque parezca un disparate- la deuda externa contraída por empresas privadas, maniobra en la cual uno de sus mayores artífices fue el ex Ministro de Economía del menemismo y que posteriormente ocupara idéntico rango en el gobierno de De la Rúa, es decir, Domingo F. Cavallo (6). Y por si esto fuera poco, debe añadirse que al momento de contraerse tamaño monto de deuda, el interés que se pagaba era del 6% anual, aunque gracias a estrategias de la banca internacional, a partir de los '80 dicha tasa subió al 16%, teniendo un carácter retroactivo sobre el saldo de capital e intereses adeudados.

Aquellas organizaciones financieras -que sólo sirven para colocar dineros ociosos de los bancos que cubren sus espaldas detrás de alguna organización transnacional con reconocimiento oficial- poco se preocuparon del desarrollo y crecimiento de los lugares -y sobre todo de los lugareños- dónde depositaban sus créditos; en puridad, y sin esquivarle el cuerpo al bulto, las autoridades del FMI, como las del Banco Mundial, estuvieron asociadas con los grupos industriales de los países más ricos -EE.UU., Alemania, Francia, Inglaterra, Japón, Italia y Canadá, a los cuales últimamente se ha asociado España con fuertes "inversiones" en Latinoamérica, básicamente en el rubro servicios- los cuales se cobran el capital e intereses acumulados -y la refinanciación geométrica de los mismos- aunque ésta no se descuente ni un céntimo en los balances de las cuentas públicas, merced al cumplimiento de los gobiernos títeres de aceptar la propuesta involutiva de adelantar los procesos de "privatizaciones" de las empresas estatales. Tales políticas arribaron a los territorios empobrecidos y se quedaron con la propiedad de las principales y mejores industrias y servicios, como así también de los establecimientos agrícolas, ganaderos y mineros aunque, obvio es decirlo, en momento alguno abonaron el valor nominal de la cotización de tales bonos que estaba fijado en el mercado internacional de valores.

La consecuencia inevitable de esta descripción sumaria acerca de las economías paupérrimas y explotadas del Tercer Mundo, como así también de quienes habitan los bolsones de pobreza en el desarrollado Primer Mundo, es que cabe preguntarse, ¿de qué pueden vivir los pobres -inmigrantes del Sur o nativos del Norte?-; cuándo ellos no han recibido una educación medianamente útil para desenvolverse en espacios altamente desarrollados y de tecnologías sofisticadas; cuándo no sólo están impedidos para el trabajo por su escasa capacitación laboral, sino que -encima- el mismo les es negado por su condición de foráneos o pobres -lo cual funciona como una suerte de "estigma" (Goffman, 1961)- y, consecuentemente, de ser calificados como "peligrosos". Esto salvo que sean aceptados en los nuevos lugares de residencia en condiciones denigrantes para ejecutar tareas laborales. Pues bien -o, mejor dicho, mal-, solamente pueden vivir de lo que les deja el quehacer delictivo, del robo o del asalto callejero o domiciliario, del tráfico de drogas, de la prostitución, etc. Pero hay más en todo este engendro que viene mal barajado, a la hora de buscar explicaciones convincentes de lo que sucede. Cuando la "gente" se dedica a robar, a traficar con drogas prohibidas, o se prostituye, ellos reciben la parte del ratón a la hora del reparto del botín obtenido; con la parte del león se han quedado los proxenetas, quienes están amparados por la justicia amiga y corrupta; los jefes de las mafias instalados en los carteles nacionales e internacionales de la droga, que también suelen estar amparados por las fuerzas policiales y de la justicia (7); los reducidores de objetos robados -son personajes tradicionales en el mundo del hampa- que les compran a los pequeños ladrones el producto de sus fechorías por monedas y luego los venden -al contado, a crédito o con tarjetas de plástico- por mucho más grandes cantidades de dinero, etc., etc.

Pero estos quehaceres ilegales no son los que hacen aumentar la tasa de criminalidad en las grandes concentraciones urbanas, al menos así se infiere de lo publicado por Alloza Aparicio (1999), al decir que: "En lo que se refiere a las causas [del aumento de las tasas de los índices delictivos] la pobreza y la exclusión social están sin dudas en la base del problema, así como el desempleo, las drogas, la corrupción política y la incitación al consumo generalizado"; esto último puede leerse como aquello que T. Veblen (1899) llamó "el consumo conspicuo" y que se correspondía -para fines decimonónicos- con los placeres que disfrutaban las clases más adineradas, pero que se vuelve de uso obligatorio para los que menos poseen, para los excluidos, para los marginales, por aquello que fuera definido por Stouffer (op. cit.) como "privación relativa", concepto que fue ampliado luego por Merton (1949), y que se refiere a la intensidad subjetiva con que cada cual vive el mismo hecho de privación de aquello que cree necesitar, porqué así lo han convencido las estrategias publicitarias en boga que aseguran que si no se consume tal producto o tal marca serás un desclasado, o lo que es peor aún, serás más excluido y marginado todavía.

A este nivel del análisis de la situación, cabe hacer otro interrogante ¿de qué manera responden los Poderes constituidos ante el aumento relativamente constante de los índices de criminalidad callejera?. Lo hacen aplicando lo que los funcionarios policiales de la Ciudad de Nueva York -que para esto fueron paradigmáticos ante el resto de las policías del mundo, aunque en la actualidad se está poniendo seriamente en duda su pretendida eficacia- con la acción de lo que allá se conoce como la "Tolerancia Cero" y que en idioma "sudaca" se conoce con el nombre de "gatillo fácil". Es decir, quien es encontrado "in fraganti" en la posible comisión de un delito cualquiera -por más pequeño que este fuera- es remitido a la comisaría -o al cuartel de policía- e inmediatamente consignado a un Tribunal de Justicia. En América Latina, lo más probable es que los policías disparen primero y luego se pregunten -ellos mismos- juntamente con los fiscales, qué estaban haciendo esos supuestos delincuentes aunque, como bien ya lo sospechará el lector, dichas investigaciones terminen archivadas en el cajón de algún funcionario de segundo nivel. Vale aquí anotar, a título anecdótico, el caso de un comisario muy famoso por su puntería que, una madrugada, en Buenos Aires, mató de un tiro en la nuca a un individuo que estaba en el zaguán de una joyería ... cuando fue a recoger lo que quedaba del muerto, no tuvo más remedio que reconocer que aquél ¡había aprovechado la oscuridad y estaba solamente orinando en el lugar!.

La mencionada estrategia de la "tolerancia cero" habilita a que no sólo el Estado tenga el monopolio de la fuerza sobre los armamentos, también los ciudadanos comunes y corrientes puedan adquirir armas para defenderse de posibles agresores (8). Y en la tenencia, contemplación y portación de armas, existe una suerte de placer erótico, casi de naturaleza sensual, sobre todo si se trata de la adquisición y portación de pistolas, ya que simbólicamente les permiten a los hombres -no tan hombres, por cierto- tener dos pistolas para poder hacer exhibicionismo público de una de ellas, que pareciera que es esta última la que más satisfacciones les produce en sus intrincadas fantasías sexuales.

La política de la "Tolerancia Cero" es una estrategia de combatir al delito en un solo sector de los tantos en que se pone en evidencia, es decir, el de los marginados sociales. No existe tal "Tolerancia Cero" para con los grandes traficantes de drogas, para con los proxenetas que administran prostitutas de lujo que alquilan sus servicios a ejecutivos de grandes empresas en hoteles de cinco estrellas -como así también en conferencias de "negocios" como acompañantes para lucirse con ellas- como tampoco para quienes realizan los delitos financieros y económicos de aquellos que terminan por estafar a mansalva tanto al fisco como a los inversores incautos de sus ahorros que les fueran confiados. Para ellos existe una tolerancia casi total (9). Esto no es casual, ellos -los proxenetas, traficantes, etc.- son los que pagan suculentas sumas de dinero mensual o semanalmente a los policías corruptos para que no intervengan en sus maniobras dolosas y, a la vez que son los que se permiten nombrar a los funcionarios judiciales a través de legisladores que han caído en las trampas de la corrupción (Rodriguez Kauth, 2001). Son los mismos que dictan el contenido de las leyes y que cuando no les convienen las modifican a su arbitrio, ya que los parlamentos no están poblados de obreros ni de marginados, sino que sus recoletos espacios estás repletos de profesionales de la política que salen del seno mismo de la oligarquía, o que le venden sus servicios (Rodriguez Kauth, 1971).

En la relación víctima vs. victimario, la evolución humana debe reconocer que el alejamiento de las "distancias" -entre uno y otro protagonistas- merced a los sucesivos inventos acumulativos en los campos de los explosivos y la balística, han facilitado poner cada vez un mayor alejamiento entre los contrincantes. Esto ha jugado en detrimento de la víctima y en beneficio del victimario. Como ya se ha indicado en la Introducción, existen múltiples mecanismos, sobre todo verbales y gestuales, que permiten a la víctima darse a conocer y expresar sus emociones en el momento del ataque, con lo cual se intenta inhibir la conducta agresora del victimario. Sin embargo, el invento de armas a distancia -y a muy largas distancias- sirve como un facilitador para que tal inhibición no tenga lugar y, entonces, el agresor puede atacar sin "culpas" a su agredido, ya que éste no le hace llegar señales de su temor o de no ofrecer resistencia ni de sus intentos de rendición. Las modernas tecnologías, incluso, permiten matar a millares de personas gracias a la utilización de los misiles con ojiva nuclear que se trasladan por miles de kilómetros con precisión -no siempre, pero sus efectos son igualmente devastadores- al blanco elegido, lo cual los convierte en un instrumento de un auténtico genocidio (Rodriguez Kauth, 1987).

Pero, en el caso de la violencia callejera, en la actualidad, pese a ser corta la distancia entre el agresor y su víctima, a veces, hasta con armas tan primitivas como puede ser un garrote o un puñal, se interpone un desinhibidor o facilitador de la agresión, cual es el del consumo de drogas por parte del victimario, al que suelen recurrir para ganar confianza en su acción, para "envalentonarse". Merced a su uso, cada vez más frecuente, se bloquean los inhibidores corticales e hipotalámicos y, el agresor, no es capaz de responder a las súplicas de sus víctimas, aunque las tenga bien cerca suyo. Esto obedece a que normalmente las drogas "pesadas" -cocaína y heroína, por ejemplo- provocan una aceleración del ritmo cardíaco y una mayor cantidad de adrenalina en el torrente sanguíneo, lo cual conduce al ataque irreflexivo y sin reparar en sus consecuencias.

Es que la violencia, como postulan Nordstrom y Anderson (1992), es una suerte de "... idioma universal, debido a que los que están involucrados en la violencia también entienden que es violencia lo que se ejerce". Y agregan que se usa -entre otras cosas- cuando los canales de comunicación normales están rotos o son ineficaces, por tal razón, el uso de la violencia, en cualquiera de sus formas, supera "... las barreras sociales, políticas, idiomáticas y étnicas". Vale decir, la violencia se convierte en un medio de comunicación universal que es rápidamente descifrado por todos los que se encuentran bajo su campo de influencia.

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Creo prudente hacer una pequeña reflexión de tipo psicosocial sobre el tema de la crisis de la "seguridad" -o de la inseguridad, su par dialéctico necesario- que, según las estadísticas policiales y criminológicas, está atravesando al mundo (10). La percepción de la situación de inseguridad, por parte de las clases medias y medias empobrecidas, no es solamente un reflejo de la "real" existencia de aquella, sino que se ve aumentada y magnificada, en relación a la inseguridad en otros espacios sociales. Básicamente la referencia está hecha con respecto a la inseguridad laboral, a todo lo que ya hemos escrito en capítulos anteriores acerca del temor a la pérdida del trabajo, dentro de la cual se incluye a la "flexibilización laboral" que hace que cada vez menos personas tengan asegurado su lugar de trabajo, el cual pareciera que es flexible para despedir trabajadores y reducirles sus salarios, pero no para la inversa; es decir, incorporar personal y aumentarles los salarios, eso -en plena vigencia de la globalización, es inimaginable-. En este caso se trata de la inseguridad por el papel y la posición social que se desempeña y ocupa dentro de la comunidad de amigos y la sociedad toda. Al sentir la persona que la ejecución de un papel social ya no está garantizado, aumentan los temores no solamente por los posibles fracasos en la siempre dificultosa escalada del asenso social, sino fundamentalmente por el retroceso en la escala de "status" social; aparecen los temores de no poder transmitir a los descendientes los valores y posesiones simbólicas de la clase de referencia y/o pertenencia. Aún los graduados con excelentes calificaciones logradas en prestigiosas universidades del planeta, no tienen garantía absoluta alguna de conseguir "buenos" empleos que les permitan reproducir el estilo de vida -relativamente cómoda- que tuvieron sus progenitores y con que les pudieron pagar esos costosos estudios; todo lo cual conduce a un sentimiento de fracaso ante "la ley familiar", una tradición que le impone la impronta obligatoria del éxito económico y social en todo aquello que emprendiesen en el futuro.

Tal sensación de "inseguridad social" ante los "otros" -y el sí mismo- que brevemente he intentado describir, también se encuentra asociada con otras "inseguridades" propias de la época, tales como, a simple título de ejemplo, a continuación de la nombrada inseguridad laboral, la inseguridad sexual o, lo que es lo mismo, el "sexo seguro". Si bien es cierto esta práctica nunca fue una garantía absoluta para nadie -salvo en el breve período de vigencia del hippismo- en que la sífilis prácticamente había desaparecido del cuadro de enfermedades infectocontagiosas y en que las consecuencias no deseadas del coito, como ser el embarazo, podían ser prevenidas mediante diferentes artificios, entre otros con el uso del condón, de los dispositivos intrauterinos, de las píldoras anticonceptivas, etc. Sin embargo, en la contemporaneidad se observa -con alarma y estupefacción por parte de los jóvenes y de las autoridades sanitarias- que la satisfacción de las necesidades sexuales se encuentra bajo el manto de terror que ha extendido la difusión y generalización del SIDA. Esto hace que aún para las relaciones más íntimas, en las cuales es preciso depositar la mayor confianza en el otro, las mismas se vean teñidas de temores al contagio de una enfermedad que además de mortal en la mayoría de los casos en que no se tienen los dineros necesarios para pagar sus altos costos medicamentosos, es socialmente estigmatizante (Goffman, op. cit.). Lo cual no es poca cosa dentro de un cuadro febril de "inseguridad" generalizada. A esta situación casi dramática por la inestabilidad emocional que conlleva a sus protagonistas, y que -preciso es anotarlo- no solamente aqueja a los adolescentes, sino a la población toda, le facilita la sensación interna de un clima de inseguridad "globalizada".

En tercer lugar -y sin que esto signifique orden de prelación alguna- se encuentra la inseguridad que aqueja a la población que se mueve en el mundo de la navegación por Internet (11). En ese mundo enigmático que es el ciberespacio, también se han propagado los virus informáticos, los que tienen la misma capacidad destructiva del SIDA -aunque en otro nivel de compromiso yoico- lo cual está provocando el temor a abrir mensajes de correo electrónico -o de textos añadidos- cuyo remitente sea alguien desconocido o de poca confianza para el receptor. Es decir, un nuevo motivo de tener miedo objetivo a la destrucción de archivos que son de la propiedad exclusiva del cibernauta, pero que en cualquier momento pueden ser violados por algún maníaco perverso de la cibernética, o por un simple gracioso que quiso gastarle una broma de mal gusto al mundo de la informatización.

En cuarto término, es preciso hacer un mínimo comentario acerca de las marcas terroríficas que han dejado por el mundo los tránsitos de los regímenes totalitarios, en cuanto hace a la falta de seguridad que debiera ser brindada por el Estado, cuando el mismo ha tenido la posibilidad cierta de convertirse en terrorista. La experiencia traumática del terrorismo de Estado que se ha soportado hasta no hace más que tres décadas -en especial en América Latina y el Caribe- de manera intensa, ha provocado que buena parte de la gente aún sienta miedo de comentar cuestiones políticas y sociales con extraños, aún cuando ya no se viva bajo tales condiciones, pero el síndrome persecutorio ha quedado incólume. Esto, particularmente está presente en los países del Tercer Mundo, en los cuales el terrorismo implantado y ejecutado por las fuerzas de (in)seguridad gubernamentales produjo un sentimiento generalizado de desconfianza ante todo lo desconocido o extraño. A todo ello es preciso que se le sume la sucesión de episodios terroristas ejecutados por grupúsculos de pretendidos iluminados, o de fundamentalistas nacionalistas -por ejemplo ETA- o religiosos -como ejemplo el IRA irlandés que resume ambos tipos- los que llevan a las personas a temer ser sorprendidas como víctimas de un hecho luctuoso de tal naturaleza y en el cual no tienen arte ni parte.

En definitiva, todas estas percepciones teñidas de extrema subjetividad, aunque sin por ello estar desprovistas de un correlato objetivo, es magnificado -muchas veces más de lo que el lector o televidente desprevenido sospeche- por el sensacionalismo de la prensa en todas sus expresiones, como así también por algo tan antiguo como es el rumor (Allport y Postman, 1947) y terminan por provocar un desplazamiento paranoide del papel de víctima al de victimario, del de perseguido al de perseguidor. ¿Y quién ha de ser el objeto que se convierta en perseguido de las persecuciones de los paranoicos?. Muy sencillo, aquello que ofrezca flancos más débiles y que a la vez ya haya sido criminalizado por las autoridades (12) a través de los medios de prensa, es decir, los marginados, los indocumentados, los inmigrantes, etc. Todos aquellos que no tengan recursos suficientes como para defenderse de las agresiones violentas, que no sea con la utilización de otro instrumento violento. Ellos no pueden recurrir a la protección policial ni a los estrados de Justicia, no solamente porque no disponen de dinero para pagar sus tasas judiciales (13) ni los servicios de un abogado defensor que no sea de oficio y que poco se preocupará por su demanda, sino básicamente a causa de que -lo saben de antemano- jamas serán atendidos en sus reclamos: por principio ya son sospechosos de algo, están estigmatizados por el imaginario colectivo, del cual no son extraños los funcionarios policiales y judiciales que también comparten el atravesamiento de dicho imaginario, ya que ellos viven en la sociedad y comparten sus valores y creencias.

Mas, la violencia contra aquellas minorías, que ya han dejado de ser minorías porque cada vez hay más individuos y colectivos que engrosan sus filas, no necesariamente ha de ser violenta en el sentido de la agresión física. En general lo es a través de la imposición de una mayor exclusión social, lo cual desencadena un efecto retroalimentado en los pacientes de tales persecuciones y que las mismas no tienen otra forma que expresarse que con la utilización de una "violencia violenta", es decir, agresiones físicas contra los opresores y perseguidores de turno que, en general, no son sus enemigos reales, sólo son los encubiertos, son los que actúan la violencia del sistema capitalista que es el verdadero y único actor de la exclusión y marginación social.

A muchos de los inmigrantes ilegales -como asimismo de los pobres vernáculos- no les queda más remedio, para poder subsistir, que dedicarse al delito, como por ejemplo, el tráfico de drogas, en donde cumplen el papel de simples operarios de aquello que ha dado en definirse, en la jerga de los traficantes, como camellos. En otros casos, se dedican a la delincuencia común, cual es el hurto o robo, que a veces lo cometen a mano armada, con lo cual las penas de sanción previstas son mayores. En cuanto se detiene a un supuesto delincuente, la prensa recoge inmediatamente su condición de extranjero, lo que hace que la sociedad extienda la comisión de un delito -como hecho individual- a todo el colectivo de los inmigrantes a los cuales pertenece el detenido e, incluso, a todos los inmigrantes sin consideración alguna acerca de que no pertenece al grupo cultural del presunto ofensor. Este es un fenómeno que se produce en todos los países del mundo pero, en Europa, se ha reaccionado en contra de tal proceder y, al respecto, ya se han manifestado organizaciones antirracistas. En España, en concreto, existe una que es presidida por el diputado gitano Ramírez Heredia y, en Francia, la organización SOS Racisme; tales organizaciones llevan adelante fuertes campañas de esclarecimiento al respecto. Pero aquellas actividades ilícitas de algunos inmigrantes desocupados -se calcula que el 25% de los jóvenes africanos que residen en Europa están en esa condición- han provocado un extendido rechazo social entre los vecinos de los barrios afectados, lo cual ha sido aprovechado políticamente por la extrema derecha en su propaganda xenófoba.

El insolidarismo contemporáneo que se materializa -entre otras muchas manifestaciones- por el rechazo explícito hacia expresiones "raciales" diferentes tiene también otro punto de manifestación en el resurgimiento de los nacionalismos chauvinistas que, muchas veces se disfrazan de izquierdas, pero no solamente ofrecen testimonios activos de la derecha, sino que sus objetivos coinciden con ésta. Para el caso valga el ejemplo de la organización terrorista ETA, la cual a principios de los años 90 fue denunciada por un grupo de intelectuales vascos diciendo que "en Euskadi se está formando una cruz gamada". Y los acontecimientos les dan la razón. A principios de 2001, el Comisario Europeo para la protección de los Derechos Humanos señaló que el sistema educativo impuesto por el gobierno nacionalista -PNV- incita a "posiciones racistas y xenófobas"; asimismo destacó que se vive un clima generalizado de miedo y en ello observa "la responsabilidad del gobierno vasco en la falta de una protección suficiente y eficaz de los derechos fundamentales".

Sin embargo, a todo ello -y mucho más dentro del clima de violencia que ha impuesto ETA con la complicidad gubernamental de la Autonomía- se une el distanciamiento de las esferas de decisión, como son las estatales, debido a la complejidad que han adquirido los aparatos burocráticos, lo cual les sirve para argüir que "ése no es problema a solucionar por ellos", mientras centenares de personas que no piensan como los que detentan el poder de las armas quieren que lo hagan, mueren bajo sus atentados terroristas.

Esto no solamente vale para lo que ocurre con los etarras, sino para toda la población que ha perdido la protección del Estado. Las personas se encuentran como deambulantes, sin un rumbo preciso, lo cual las conduce a agruparse alrededor de los círculos que giran en la inmediatez física que les rodea, es ahí donde se encuentra apoyaturas psicológicas, sociales y morales, con aquellos con los que se siente identificado al compartir orígenes e intereses comunes.

La crisis de terror que ha despertado ETA en el país vasco, puede testimoniarse en el discurso leído por el Rector de la Universidad del País Vasco en febrero de 2001, cuando dijo tener miedo: "Miedo a que se consumen la supresión de la libertad de pensamiento, a que sucumbamos bajo la amenaza del terror; tengo miedo al silencio; a que, hartos de soportar las coacciones nos callemos ..." (Rivera, 2001). El propio Rivera autor de la nota, luego de reproducir las palabras del Rector, hace un incisivo relato de cómo se vive bajo el signo del terror, atenazados por el miedo a sufrir consecuencias nefastas para sí mismo y los suyos por parte de una organización que no para en "anotar" a los que no transitan su pensamiento único para luego agredirlos violentamente, hasta incluso la muerte.

El proceso de desideologización generalizado, devenido trás la crisis de los países del Este europeo, que formaban un bloque solidario común -aunque más no fuese en apariencia, ya que era hegemonizado por la Unión Soviética- ha traído consigo una especie de crisis axiológica, la que provoca que tanto los individuos como los colectivos, recurran a retornar férreamente a los principios culturales de su tradición; de ahí el retorno a las prácticas religiosas -la mayoría de ellas con rituales "primitivos"- y a las evocaciones nacionalistas, las cuales históricamente han venido unidas de consuno.

En el Este europeo se ha hecho presente el renacimiento de los sentimientos nacionalistas, los cuales han desembocado en el despertar de los odios atávicos entre pueblos vecinos -e incluso en pueblos que habitan un mismo espacio geográfico común- una vez desaparecida la homogeneización impuesta con mano de hierro por el régimen pretendidamente comunista. En tanto que en Occidente, se ha despertado dicha ilusión en determinadas comunidades que, amparándose en la posesión de una lengua propia o en un antiguo y remoto supuesto pasado independiente, pretenden constituirse en su propio Estado. En ambos casos, grupos ultranacionalistas, no exentos de cierta carga xenófoba aunque a veces hasta teñidos de izquierdistas, se han levantado como verdaderos paladines de la "causa nacional", lo que desata el miedo por los extraños y las agresivas reacciones xenofóbicas.

Tanto unos como otros han sacado del arcón de los recuerdos antiguos litigios vecinales por cuestiones territoriales -metros más, metros menos- y así han vuelto surgir los rechazos por las expresiones culturales "extrañas", los odios fundados en cuestiones religiosas, en fin, los problemas de una identidad nacional no consolidada en tanto y cuanto se pretende que sea homogénea y unívoca. Vale decir, una inmensa bola de nieve que puede arrastrar en su alud a todo el continente europeo. La violencia se ha iniciado con la mayor virulencia, en la última década, en la ex Yugoslavia y en algunas ex repúblicas soviéticas, a partir de encarnizadas y sangrientas guerras civiles. Varias de aquellas ex Repúblicas Socialistas Soviéticas, entre las que se cuentan Rusia, Ucrania y Bielorrusia, son las principales proveedoras de armas, debiéndose destacar la paradoja ocurrida durante la Guerra del Cuerno de Africa. Ellos proveían tanto a Eritrea como a Etiopía de armamentos sofisticados aduciendo -en el caso de los rusos y según expresiones de su Ministro de Comercio- que el problema moral ¡no es de quien hace la venta, sino de quienes les compran!.

Asimismo, frente a todos estos "resurgires" nefastos, se está poniendo de moda la desconfianza de la ciudadanía en la dirigencia política de las partidocracias democráticas. En América Latina el desencanto con todo lo que tenga que ver con la política es producto de que la gente (14), el ciudadano común y corriente, observa que las estrategias de los partidos políticos tradicionales resultan incapaces de solucionar sus problemas cotidianos, ya se trate de la desocupación -quizás lo que más angustia al ciudadano en estos momentos, según revelan diferentes encuestas realizadas en el Csubcontinente-; la recesión económica que juega como causa y efecto de lo anterior; la atribución de efectos perversos a la inmigración de ciudadanos vecinos o de otras regiones del propio país, cual es la inseguridad ciudadana y rural; la atención de los servicios públicos que ahora están privatizados pero que funcionan peor que antes, cuando eran estatales y -al menos- servían como fuente laboral (15); los sucesivos e interminables aumentos de los paquetes impositivos, bajo el pretexto de la reiteración de ajustes económicos y fiscales para cerrar las cuentas públicas y el déficit fiscal del Estado nacional y de los estados provinciales; el permanente y reiterado estado de corrupción que habita en los políticos, magistrados y policías que terminan en la malversación de fondos en sus propios beneficios y que son retirados de la circulación pública para atender las necesidades de los más desprotegidos; etc., etc.

Aunque parezca extraño y hasta ridículo, las mismas quejas se oyen en Europa en contra de la partidocracia tradicional (16), sean éstas de raigambre conservadora, liberal o socialdemócrata. Es verdad, también en Europa se cuecen habas ... y de las gruesas, como son los repetidos escándalos financieros que han involucrado a buena parte de la dirigencia política europea. De donde se desprende que tanto a uno como a otro lado del Atlántico el electorado adhiera a novedosos movimientos políticos que prometen aplicar la terrorífica "mano dura" para con los delincuentes comunes y, también, para con los delincuentes políticos. El caso de Chávez, en Venezuela, puede ser paradigmático al respecto, ya que él llegó al Poder para terminar con un reparto del mismo entre dos agrupaciones políticas que llevaba cuatro largas décadas y en que las sucesiones no eran otra cosa que "más de lo mismo", es decir, más y más corrupción en la cúpula y más y más pobreza entre la gente de a pie (Rodriguez Kauth, 2001b). La propuesta de estos mesías arribistas de la política es muy simple: poner orden en el desorden y terminar de una vez para siempre con la perversa corrupción que aqueja a la mayor parte de las sociedades contemporáneas, estén ubicadas geográficamente en el Norte o en el Sur, así como tanto en el Este o en el Oeste.

En definitiva, los temores están, el miedo a una cotidianeidad rutinaria pero que siempre esconde algo amenazante a la vuelta de cualquier esquina, provoca que las personas y los colectivos estén viviendo a la defensiva y, para muchas de ellas, la mejor defensa es un buen ataque. Así no es extraño ver cómo los ciudadanos de a pie se están proveyendo de armas de fuego para repeler posibles agresiones. Con lo cual no es raro observar casos de posibles víctimas convertidas en victimarios de sus propios familiares, simplemente por no saber utilizar un arma de fuego.

¡Y esto también mete miedo!.


N O T A S

(1) Lo que me interesa aquí es enlazar los "pánicos asociados con la sexualidad" (Weeks, 1993).

(2) Aunque leyendo por debajo de lo que aparece superficialmente es un aliento despiadado a hablar de temas que si no fuera gracias al episodio, serían intratables en una mesa familiar o en una conversación de vecinas.

(3) Valga pensar, por unos segundos, nada más, en el juego polisémico a que se presta el nombre de la ciudad alemana donde se discutió tan espinoso tema ... que precisamente afecta a las colonias.

(4) Cifra que surge de sumar las 8.400.000 personas que viven por debajo de la línea de pobreza, más las 3.600.000 que se ubican por debajo de la línea de indigencia. Vale aclarar que la línea de pobreza es la que ubica a las personas que viven con una renta menor de 150 dólares, mientras que la de indigencia se reduce a los 52 dólares mensuales. Estos datos corresponden a la encuesta publicada en marzo del 2001 por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos.

(5) El gobierno argentino ha puesto de moda los "Planes Trabajar", que no son más una forma de corrupción armada sobre las necesidades de la población. Los mismos son una limosna encubierta, ya que es imposible que una familia sobreviva con 160 o 200 dólares, cuando la canasta básica familiar es superior a los 1.250 dólares mensuales. Y lo corrupto de la situación presentada tiene otra faceta más trágica aún, cual es la del chantaje político o también conocido como "amorralamiento" electoral (Rodriguez Kauth, 1992).

(6) A seis meses de la huida del Gobierno de De la Rúa, ya han pasado tres ministros de Economía, por lo que no sería extraño que en el futuro -cuando se publique este libro- tengamos nuevamente a la figura de Cavallo ocupando aquel cargo.

(7) Así, con minúscula, ya que con mayúscula le queda demasiado grande para su pobreza jurídica.

(8) Esa es la política auspiciada por la Asociación del Rifle en los EE. UU., la cual sirve de sponsor a los candidatos políticos, sean estos republicanos o demócratas, eso es un dato menor e irrelevante para sus intereses.

(9) Alguna vez encarcelan a alguno de éstos para demostrar que la policía y la justicia, sobre todo ésta última, es "justa". Quienes caen bajo estas reglas de juego son los que en el coincidente argot policial y delictivo son denominados "perejiles".

(10) Por ejemplo, en Caracas se calcula que mueren por ataques a las personas con objeto de robo o violación, unos cincuenta individuos cada fin de semana. Asimismo, las autoridades comunales y policiales de ésa ciudad aconsejan a los jóvenes no transitar con calzado "de marca", ya que les pueden cortar los pies para apoderarse de los mismos.

(11) Que la mayor parte de las veces lo hacen como los navegantes en el Mar de los Sargazos, no pueden encontrar el puerto de destino ni de partida (Bayer, 1994).

(12) Lo cual ya fue suficientemente bien explicado por Adorno (1950) y Bettelheim (1950 y 1973), cuando se refirieron a la necesidad de contar con el aval de la autoridad para permitir al autoritario llevar adelante sus propósitos.

(13) Que en algunos lugares son exorbitantes y convierten el recurso de recurrir a la justicia en un bien solamente reservado para los privilegiados que, a su vez, la usarán para atacar a los indefensos.

(14) En Argentina se llegó al colmo de que luego de una grave crisis política económica que provocó el cambio del Ministro de Economía, más del 50% de la población -según una encuesta- ignoraba el nombre del nuevo Ministro ¡que ya integraba el Gabinete Nacional en otras funciones!.

(15) También en Argentina, luego de la privatización de los servicios ferroviarios, el déficit de los mismos ha disminuido de una manera estadísticamente insignificante merced al subsidio que el gobierno les paga a los nuevos prestadores privados: más, lo notable es que han quedado sin trabajo alrededor de 70 mil empleados ferroviarios.

(16) Los "sudacas" podemos decir -sin temor a equivocarnos- que se quejan de llenos.


NOMADAS | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730 | MONOGRAFÍAS
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

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