Teoría de los Colores: 2.El Orden de los Objetos
Las huellas de la palabra, Huerga & Fierro Ed., Madrid 1999, pp. 121 ss
ROMÁN REYES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID


2.Movimiento

Una combinación de circunstancias hacen que a un acontecimiento le corresponda el resto de la escala cromática: el beso que yo espero no ha de ser verde, ni rojo, ni amarillo ... Los besos que no comparto, que recibo en exclusiva tienen un color particular que los otros no pueden siquiera imaginarse: ese azul pertenece al orden de lo concreto. El otro azul, como el del cielo o el del mar, lo atribuímos a estados de cosas que se proyectan en espacios difusos que invitan a la complicidad.

A uno, anónimo observador en/hacia un campo visual complejo, objeto singularizable acoplado a otros múltiples en un conjunto saturado de objetos --y de (inter)re-laciones de objetos--, le gustaría encontrarse, desde el comienzo del juego, al otro lado del discurso. No importa que le de-(trans)formen su propia máscara --que in-viertan el color, los filtros de su mirada, el tiempo, la ocasión de su interés--, si ello significa que el discurso ya le ha atrapado. Pero ese azaroso orden del discurso le empuja a dar el primer paso y conectar la máquina, hacer que fluya y hacer, al mismo tiempo, que otras máquinas activen un tipo determinado de fluído a un ritmo asimismo conveniente.

Porque el discurso, una vez activado, es selectivo: prohíbe, ex-cluye mucho más que permite. Sólo son nombrables los objetos que ese orden aisla, reduce: la totalidad de significado queda restringida por la parcialidad hegemónica del significante. Desde la parcialidad que nos corresponde hacemos, sin embargo, proyecciones que describen la totalidad posible de la escala de significantes. Aunque la totalidad del orden del discurso ni siquiera nos sea permitido pensarla.

Al regular, el discurso diseña también los márgenes, la reserva, el vacío, los espacios oscuros. Y ordena a su vez la fluidez circundante, envolvente, el intercambio (im)posible: aquello de lo que no se puede hablar. La sexualidad y la política han sido los habituales ocupantes de esos compartimentos negros. Esto es: prohibido nombrar la estructura secreta de la privacidad, el tejido oculto de lo público. Como si el discurso, lejos de ese elemento trasparente y neutro en el que la sexualidad se desarma y la política se pacifica fuese más bien uno de esos lugares en que se ejercen, de manera privilegiada, algunos de sus más temibles poderes (Michel Foucault).

El discurso del loco no puede, en consecuencia, circular. No es testimonial. Porque es de una solidez tal que no admite trans-formación alguna, re-ducción a los estados de la moldeabilidad. El discurso del loco no es solvente. Sin embargo, se le reconoce extraños poderes, como el de enunciar una verdad oculta --como si existieran verdades manifiestas--, predecir el después y los objetos que lo ocupen, ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de los otros no puede percibir.

Al loco se le concede la palabra sólo en el teatro, reducto de/para representaciones simbólicas. Allí puede jugar el papel de verdad enmascarada. En el teatro las máscaras son rituales, nombran lo que es, tal como es, pero que no debe decirse. Es una verdad que circula por espacios y en tiempos no convencionales. En el otro escenario, el histórico, el de la cotidianidad, la máscara es la personalidad. Remite a, nombra lo que debe ser, tal como debe mostrarse y es preciso decirlo, hacer que circule. En el primer caso nos referimos a contenidos, significados: los objetos del deseo, que el deseo objetiva, que son, pero que no están. En el segundo, se trata de continentes, sinificantes: (diseños de) objetos (interesadamente)deseados, objetos que simulan el deseo, que están, pero que no son, que se a-nuncian, para que todos los pro-nuncien.

La voz traiciona la palabra. La escucha de esa palabra del loco --bajo cualquier forma de minus-valía--  tiene un doble registro, que se corresponde con dos niveles de compromiso: rechazo público de un discurso des-estructurado o asimilación privada --elemento de re-acción y turbulencia--  de un discurso (re)estructurante. Posiciones de escucha de un discurso genuinamente autónomo --libre de filtros que el orden del discurso impone--  que se sabe investido por el deseo y que se supone cargado de terribles poderes. Se impone el silencio para neutralizar los monstruos que semejante palabra genera. Es preciso saber dónde y cuándo hay que cortar, fijar la frontera, la línea que separe lo verdadero de lo falso. Cuándo hay que des-conectar/acoplar las máquinas. No una dicotomía lógica, institucional, sino la forma general del tipo de separación que rige nuestra voluntad de saber en tanto que sistema de exclusión.

Tres son los sistemas clásicos de exclusión discursiva: palabras prohibidas, reservadas a un uso selectivamente restringido; separación de la locura  --actos y entorno--, que supone una de-finición consensuada de "normalidad" y "patología". Y cualquier sistema de terapia alternativa que persiga una voluntad de verdad. Porque lo que está en juego es nada menos que el deseo y el poder se insiste menos en esta tercera variante: no está ciertamente en juego la veracidad del discurso que excluye la voluntad de decir, la voluntad de verdad, la voluntad de saber sino el discurso-respuesta al/del deseo y el discurso-acción al/del poder. Voluntad de trans-acción y/o voluntad de re-acción.

El discurso asumido como verdadero adquiere una forma de una rigidez tal que exime del deseo y libera del poder. Forma no in-formante, porque se ha excluído cualquier acercamiento a la materia, cualquier posibilidad de diálogo entre los usuarios de las formas y los objetos a con-formar. Esta es la razón por la que el discurso ordenado no puede reconocer la voluntad de verdad en la que se fundamenta. No le queda, entonces, otra alternativa que enmascararla.

Justificar la locura, definir lo prohibido, la voluntad de verdad frente al discurso que es la verdad. A ello se han arriesgado los pensadores del fragmento, los escritores malditos, como han podido ser catalogados Nietzsche, Bataille o Artaud. Tal vez convendría, por ello, (re)leerlos más a menudo. Es decir, de-volverlos al caótico origen de sus discursos.

Tres son también --o pueden ser--  los tipos de discursos y otras tantas variantes adquieren los (con)textos en los que se objetivan: discursos de consumo generalizado y de vigencia limitada a la secuencia o escena de su uso. Desaparecen una vez dichos. Hay otros que permanencen, que se esfuman con el instante de su formulación y uso, que prolongan su efecto diseño, que trans-portan su dictado más allá de la pronunciación originaria o que admiten sucesivos pro-nunciamientos posteriores en textos más complejos, como los religiosos o jurídicos, o los considerados literarios o científicos. Los discursos del deseo, sin embargo, recuperan su novedad e inocencia cada vez que se pronuncien. Permiten decir por vez primera, cada vez que se re-producen, aquello que hubiera podido haberse dicho con antelación. Cargan de frescura los (con)textos sobre un plano en el que se con-funden cosas y sentimientos con las imágenes que los describen.

Porque lo nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno, el discurso del deseo ha de luchar contra esa nuestra voluntad de verdad, sometiéndola a un riguroso proceso de credibilidad. Pero, al mismo tiempo, habrá de recuperar en el discurso su dimesión de acontecimiento, cuestionando esa férrea soberanía del significante.

Sin embargo, el ojo gracioso de una violeta mira el cielo azulado hasta que su color se vuelve semejante a lo que mira (Mary Shelley). Porque, aunque no se reciban besos azules, siempre habrá una excepcional combinación de circunstancias que hacen que a un acontecimiento no le corresponda el resto de la escala cromática.

 
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - GRUPO DE INVESTIGACION UCM
Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit - A la Época su Arte, al Arte su Libertad