Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Nación / Nacionalismo
Fernando Ariel del Val
Universidad Complutense de Madrid

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Si el nacionalismo actual no fuese "más que violencia disfrazada de historia", como ha escrito Enzensberger, -y vemos que la violencia puede adoptar otras guisas, religiosas, raciales, culturales, todas ellas intercambiables-, podríamos concluir con el escritor alemán en no creer "en la estabilidad de este nacionalismo".

Pero ciertamente, el fenómeno de constitución de nuevas naciones y la expansión de las ideologías nacionalistas, está adquiriendo unas dimensiones extraordinariamente significativas: entre 1945 y 1968 surgieron 66 nuevas naciones , y ahora entre 1990 y 1993, otras 24 han obtenido, por las buenas o entre el ruido y la furia, su carta de identidad internacional. Pero, como vemos, los problemas no acaban ahí. Pequeñas naciones, como la República de Moldova, emparedada entre Ucrania y Rumania, con un territorio que alcanza poco más que el de nuestra Galicia (33.700 Km2), y una población de 4.435.000 habitantes, se ha encontrado, en el momento de constituirse en un Estado independiente el 27 de agosto de 1991, dividida en tres entidades políticas diferenciadas. La denominada República de Transnistria, o República del Dniester, se había autoproclamado el 2 de septiembre de 1990, con su capital Tiraspol y una extensión de 5.000 Km2 y 800.000 habitantes, rusófonos, que temían y temen convertirse en una minoría oprimida, en una Moldova independiente y rumano parlante. Y en el sur de este pequeño país, la República de Gagauzia se había, asimismo, autoproclamado el 19 de agosto de 1990, con 1.800 Km2 de territorio y 150.000 habitantes, con Komrat como capital.

Este cuadro de divisiones y subdivisiones, tiene sus razones históricas, unas remotas, otras no tanto. Los habitantes de Gagauzia, son turcómanos y siguen hablando una variedad del turco, pero se convirtieron al cristianismo ortodoxo. Vivían en la Dobroudja, este de la actual Rumania y emigraron a Rusia durante las guerras austro-turcas y ruso-turcas, entre 1750 y 1846. De estas tres entidades políticas únicamente la República de Moldova es reconocida internacionalmente en la ONU. De hecho el problema de Gagauzia ha encontrado un acomodo constitucional, y gozando de una significativa autonomía, ha reconocido la autoridad de Chisinau, capital de Moldova. No así, la Transnistria donde se encuentra el XIV Ejército Ruso, lo que constituye una amenaza para Moldova y la propia Ucrania. A esto habría que añadir que la composición étnica y lingüística de la teórica población de la República de Moldova se compone de un 64% de rumanos, un 13,8% de ucranianos, un 13% de rusos, 3,5 de gagauzos, 2% de búlgaros y un 3,2% de otras procedencias. Este variado origen da lugar a los actuales problemas, que tienen como causa más próxima el Pacto Soviético-Alemán de no agresión de 23 de agosto de 1939, pacto firmado por Ribbentrop y Molotov, al que se añadió un protocolo adicional secreto mediante el cual la URSS y la Alemania nazi se dividían la Europa del Este en zonas de influencia, violando las normas del derecho internacional y decidiendo así el destino de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Rumania, y dentro de ésta de la Besarabia, núcleo de la actual Moldova y de la Bucovina del norte. Sin entrar en los detalles, el sur de la antigua Besarabia quedaba incorporado a Ucrania, y una zona al otro lado del Dniester, históricamente ucraniana, se vinculaba a Moldova. De este modo, nos encontramos con los problemas de la actual situación, Moldova carece de una salida practicable al Mar Negro, y la Transnistria no se siente unida a Moldova y pretende seguir vinculada a la C.E.I., de modo independiente frente a Chisinau. Todo ello provocó una guerra en la primavera de 1992 de la que el mundo europeo occidental tuvo escasa noticia. Pero los problemas siguen vivos, y me he fijado en este caso particular como paradigmático en lo referente a la eclosión de ese conjunto de nuevas naciones que pugnan por sobrevivir en condiciones muy difíciles. Los casos de Bosnia o Chechenia son mucho más conocidos, pero en todos ellos se apunta la complejidad de eso que denominamos las identidades colectivas o nacionales y que revelan que las raíces del nacionalismo son algo más que violencia disfrazada de historia.

Tzvetan Todorov ha escrito que: "Todos tenemos necesidad de ver confirmado el sentimiento de nuestra existencia. El medio más fácil para hacerlo es el de reconocerse en una identidad colectiva". Ahora bien, la identidad de los individuos en una colectividad, no es un simple dato natural, por el contrario es producto de la historia de la comunidad donde los individuos viven y se socializan.

Refiriéndose al caso de Italia, Cerroni ha señalado que "la unificación de los italianos en un sólo Estado laico unitario no fue posible y provocó el divorcio objetivo entre las instituciones políticas y la cultura nacional, de donde nace nuestro mal profundo, complejo y obscuro, hecho de restricciones políticas y manierismo intelectual". Lo que le lleva a afirmar que la identidad nacional italiana fue precoz intelectualmente y que esa precocidad hace sentirse al italiano sin raíces, porque éstas se encuentran en un remoto pasado, diluidas en experiencias políticas negativas en el curso de la historia, lo que produce que las vivencias de los italianos, son las vivencias dramáticas de una gran nación incompleta que durante siglos ha desarrollado su talento en la vida privada individual, sin conseguir organizarlo en una comunidad pública.

Pero podemos observar basándonos en la historia europea que la identidad de los europeos se ha formado en el conflicto continuo de unas naciones frente a otras, en lucha y afirmación, y en ese crisol ha surgido esta perspectiva actual de superación de esas identidades colectivas nacionales basadas en el conflicto y la irracionalidad. Y ciertamente la fuerza o el apego a esos caracteres, muchas veces supuestamente distintos, es grande y se resiste a desaparecer. De aquí el hecho de entender a las naciones como ?comunidades imaginadas?, que se presentan como símbolo de una colectividad constituida en comunidad y que va englobando formas precedentes de agrupación más localista. Ahora bien, si entendemos en esta perspectiva histórica el problema de la nación y del nacionalismo actual, podemos percibir que esta forma de vida colectiva es un momento, largo y complejo como vemos, pero que dará paso a nuevas formas de organización y de identificación social. No pienso que eso sea fácil, puesto que los caracteres irracionales y aleatorios que conforman las identidades personales y colectivas, tienen su fuerza y arraigo precisamente en su irracionalidad. Por ello, diluir parte de la aparente fijeza de dichas características exige convivencia con los otros y un ejercicio permanente de racionalidad y de conveniencia. La unión de Europa, por ejemplo, es producto de una necesidad y de un cálculo frente a otras entidades poderosas, como USA, o el Japón, y su afirmación política ha de pasar por nuevas y complejas vicisitudes. Se trata de que los ciudadanos europeos vivan y convivan en mejores condiciones, tanto en términos materiales como emocionales, pero esto exige esa reflexión colectiva y personal, sobre las raíces y los caracteres distintivos.

Puesto que las naciones han pretendido simbolizar lo coherente, lo homogéneo y lo que se mantenía inalterable en el curso del tiempo, hoy vemos que esa pretensión es quimérica, pues la permeabilidad de las fronteras, la ósmosis cultural y étnica entre distintos grupos es un fenómeno patente, pero no de hoy, sino que se ha producido desde los orígenes de la especie humana. Así, el carácter de dicha especie es migratorio como una vez más confirman los recientes descubrimientos paleontológicos que se han producido, entre otros lugares, en España (hombre de Orce, Atapuerca, etc). A partir de un centro, el rift africano, la hominización se va extendiendo por el planeta en sucesivas oleadas migratorias, de homínidos cada vez más complejos y mejor adaptados a los ecosistemas. Y continuamente este proceso migratorio se ha reproducido en el curso del tiempo: las migraciones asiáticas hacia América, las invasiones bárbaras en Europa, la expansión del Islam, el descubrimiento e invasión y migración hacia las Américas... Ello provoca que las culturas y las colectividades estén en continua transformación, y eso es lo que sucede con extraordinaria intensidad en la actualidad, en esta tardía modernidad cultural.

Los problemas radicales surgen cuando en este lento proceso de universalidad cultural, los valores de una ética universalista, como la recogida en la declaración de derechos del hombre y del ciudadano, se enfrentan al particularismo que se manifiesta en la condena a muerte de un escritor como Rushdie, por parte de una nación o de un grupo fundamentalista, porque entienden que ha violado unos principios religiosos, y se afirma que esa condena a muerte, sin juicio previo y contradictorio, es "eterna e inmutable". Aquí se plantea un conflicto, no simplemente jurídico o político, sino cultural, entre esa ética universal y las creencias particulares de un cierto modo de entender la religiosidad, en este caso islámica, que supone un desprecio radical por la vida humana anteponiendo a ésta ciertos valores religiosos. Esto no es privativo del fundamentalismo islámico, la Iglesia Católica ha hecho gala del mismo dogmatismo, y de igual desprecio por la vida, y no hay más que recordar los autos de fe de la Inquisición.

Conviene en este punto observar que los conflictos culturales y político-económicos actuales se remontan a períodos históricos precedentes en los que ciertas particularidades civilizatorias se han ido afirmando, y hoy reaparecen con inusitada fuerza, pero en posición defensiva. Si se intenta dar marcha atrás a la historia, y reescribirla en términos de agravios comparativos, y se pretende actuar políticamente en la actualidad en función de esos agravios, el resultado que se nos ofrece es el preocupante panorama presente. En esta perspectiva mal se puede hablar de fin de la historia, sino más bien de todo lo contrario, de regreso al pasado, con toda la carga irracional que eso conlleva. Y sobre todo, ese injerto de religiosidad fundamentalista e ideologías nacionalistas se presenta como eclosión de un ciclo de rechazo a lo que hay de más valioso en la modernidad: la autonomía del sujeto y la racionalidad como instrumento de las relaciones sociales.

Pero ateniéndonos al tópico que aquí nos ocupa, nación y nacionalismo, hay que decir que este término se refiere a la ideología del estado nacional en sentido contemporáneo, pero también a los planteamientos ideológicos más agresivos que provienen de movimientos étnico-nacionales que se sienten históricamente postergados. Hoy, como comunidad étnica, la nación tal como se la entendió en la Edad Media, es decir, un grupo humano al que se atribuye un origen común, es una entidad cada vez más rara. Las naciones actuales son producto del cambio histórico y de la diversidad, por eso, a través de las sucesivas oleadas que han dado origen a su constitución, tanto a escala europea como mundial, vemos que la decadencia de los imperios, español, portugués, otomano, austrohúngaro, francés, inglés y actualmente soviético, tiene un peso determinante en su eclosión. Y en concreto, el paso de las Naciones Unidas de 51 miembros en 1945, a 60 en 1950, 100 en 1960, 118 en 1965, 127 en 1970 y ciento setenta y tantos en la actualidad, y aún quedan varios por llegar, Saharauis, kurdos ... muestra la vitalidad de la realidad nacional, pero también sus límites. Estamos ante el doble movimiento de afirmación nacional y de reorganización de la realidad internacional mediante sistemas de conciliación y reestructuración de los conflictos presentes, entre los cuales los económicos, culturales y nacionales son expresión de las radicales desigualdades existentes.

De aquí justamente la ambigüedad del nacionalismo como ideología, que históricamente se ha presentado como elemento identificador de una comunidad desposeída de su identidad y que pretende trascender su situación y recuperar dicha identidad, con una plenitud de derechos políticos y con un reconocimiento internacional para constituirse en estado-nación, ideología, por tanto, de resistencia; pero también el nacionalismo se presenta como ideología de dominación, en donde un sedicente grupo étnico pretende afirmarse frente a otros: los serbios a costa de los bosnios, los marroquíes fagocitando a los saharauis, etc...

El nacionalismo como ideología es portador de una intensa carga de falsa conciencia (veáse el artículo de referencia), a través de la cual, al socaire de trascender la situación real, de dominado o de dominante, se pretende la realización de un ideal mitificado, como puede ser liberarse o dominar aún más, y que hoy se revela como históricamente periclitado, puesto que la independencia de las naciones es algo ficticio en el moderno sistema mundial de interdependencia. Los perfiles utópicos o ideológicos de estos nacionalismos de resistencia o de dominación tienen cada vez caracteres más anacrónicos. Anacrónicos desde una perspectiva universalista, globalizadora. Pero es cierto que esa perspectiva, como realidad histórica, aún ha de dar muchos pasos para afirmarse. Caeríamos en el mismo utopismo, como expresión de falsa conciencia, si afirmásemos que el presente es ya una radiante perspectiva de universal reconciliación. Como vemos es todo lo contrario, más bien una potencial "guerra civil mundial" en expresión de Enzensberger. Pero cuando se nos quiere convencer que el papel principal del drama cósmico universal es el grupo étnico-nacional, o étnico-religioso, o étnico-cultural, o cualquier otra identidad colectiva en lucha por recuperar, desarrollar o inventar su propia identidad, perdida, hallada, extraviada, o desvencijada, debemos distanciarnos y desconfiar. En la crisis europea de los años 20-30, los fascismos los totalitarismos asestaron una espeluznante ración de esa medicina a la humanidad. Hoy conviene estar en guardia. El actor del drama es el sujeto individual enfrentado a esas instancias colectivas que pretenden protegerlo para mejor reducirlo y dominarlo.

En esta situación el caso del marxismo es paradigmático: ideología de pretensión universalista, faústica, heredero de la Ilustración, con todos los títulos de nobleza por su planteamiento liberador y defensor de la igualdad, su realización histórica como "colectivismo burocrático realmente existente", no ha podido ser más contraria a sus ideales germinales y fundadores. Y su injerto en el nacionalismo, por eso lo traigo a colación aquí, ha revelado la común ambigüedad de nacionalismo y marxismo. Los trabajos de Otto Bauer sobre Die nationalitätenfrage und die socialdemokratie, de 1907 de Karl Renner, o del propio Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, 1913, son intentos de integrar el factor nacionalista, en la ideología universalista del marxismo. A un tiempo, guerras de liberación nacional como las de Vietnam, Angola, Mozambique, han expresado esa misma tentativa de simbiosis entre nacionalismo y marxismo, identificando objetivos de liberación nacional y de emancipación universal, teniendo como argumento central la búsqueda de la identidad como elemento esencial de la historia, superando un estrecho nacionalismo y reivindicando un positivo sentido nacionalista en sus luchas.

Pero poco después, hemos visto como Vietnam invadía Camboya, y como las revoluciones africanas en Etiopía o Somalia entraban en la espiral burocrática en que el marxismo cayó. El universalismo fáustico se diluye entre la construcción burocrática y la subsunción del sujeto al mundo social dominado por las jerarquías del partido. La respuesta a ese fallido intento de conciliación del universalismo marxista y el nacionalismo "bien entendido" la ofrece la eclosión de un nacionalismo exasperado en Chechenia o en Serbia y muestra los límites de ese sincretismo insostenible.

En el caso moldavo, al que me referí al inicio, vemos los límites de una convivencia nacional en un país pequeño dividido en tres entidades: Moldova, Transnistria y Gagauzia, en donde la nostalgia del pasado comunista que se quiere repristinar y el miedo a ser anegados en el medio rumanolatino, hace que los habitantes del Transniester no acepten la autoridad de Chisinau, mientras que los turcomanos de Gagauzia se avienen a un arreglo que tenga en cuenta su pasado cultural y étnico. Pero esa improbable entidad moldava, como estado nacional, con su territorio histórico amputado por el pacto Ribbentrop-Molotov, es el paradigma de naciones cuyo destino, como el nuestro, es el de crear identidades post-nacionales, en las que el universalismo sea algo más que una retórica inconsciente, algo, como escribía Habermas que "relativiza la propia forma de existencia atendiendo a las pretensiones legítimas de las demás formas de vida, (donde) se reconocen iguales derechos a los otros, a los extraños, con todas sus idiosincrasias" y donde no se trata de imponer la propia identidad pretendiendo su universalización.

Si algo así no se abre camino, como principio de reconstrucción de las relaciones interpersonales, interétnicas, e internacionales, nos encontraremos con que nos sumergimos en el elemento destructor de que hablaba Conrad, y parafraseando a Marx veremos "que todo lo sólido se esfuma en el aire". Y lo único sólido y valioso, que hay que conservar, es lo más frágil: la vida de la gente.


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