EL MATERIALISMO HISTORICO | PROYECTO DE INVESTIGACIÓN

LEON TROTSKI (LEV DAVIDOVICH BRONSTEIN)
Pablo Huerga Melcón | IES ROASIO DE ACUÑA DE GIJÓN, ESPAÑA

 

León Trotski ha sido, sin duda, una de las figuras más representativas de la historia del siglo XX. Su importancia se debe, por supuesto, a haber ocupado uno de los principales papeles en el acontecimiento histórico más importante del siglo: La Revolución Socialista Rusa. No es la primera vez que se dice que el siglo XX tiene sus fronteras históricas más significativas en esta revolución y en la descomposición de la URSS producida en agosto de 1991.

León Trotski nació el 26 de octubre (7 de noviembre, según el calendario actual, que no regía entonces en Rusia y que coincide con el día señalado para la revolución de octubre) de 1879 en la granja Yanovka (esta granja había sido comprada por el padre de Trotski, David Leontievich Bronstein, a un coronel llamado Yanovsky de donde proviene el nombre de la granja) cerca de Bobrinetz, en la provincia de Jersón, al sur de Ucrania. Su familia era judía, pero casi completamente desjudaizada, salvo la madre, Ana, criada en Odessa. Fue el más pequeño de una familia de cinco hijos (por cierto que su hermana Olga casó con Kámenev). Después de asistir a la escuela de Gromokla, colonia judío-alemana situada a tres kilómetros de Yanovka, salió para Odessa en el otoño de 1888, gracias al ofrecimiento de Moisei Filípovich Spentzer, sobrino de Ana Bronstein, algo afectado por las ideas liberales, quien se encargó de su educación. Durante siete años asistió al Realschule de San Pablo de Odessa (fundada por la parroquia luterana alemana de Odessa), donde aprendió francés y alemán y empezó a interesarse por la literatura y el arte. En 1896 abandona Odessa para completar sus estudios secundarios en la ciudad de Nicolaiev. Allí, alojado con una familia cuyos hijos habían recibido ya influencia de las ideas socialistas, León Bronstein comienza su compromiso político, aunque aún no conocía el marxismo. En Nicolaiev precisamente escuchó por vez primera los argumentos marxistas que Alexandra Sokolóvskaya proponía en el círculo clandestino en el que participaba Trotski como populista. Comienza ya por entonces su actividad política fundando la Unión Obrera del Sur de Rusia en 1897, que ya se definía como socialdemócrata, y a la que se había alistado la propia Sokolóvskaya. Parece que entonces se sentía poderosamente seducido por la figura de Ferdinand Lassalle a quien pretendía emular. A primeros de 1898 el grupo fue encarcelado. Pasa por las cárceles de Nicolaiev, Jerson y Odessa, donde permanecería hasta fines de 1899. Antes de cumplir con la condena de destierro por cuatro años a Siberia, fue llevado a Moscú. Allí, en la primavera o el verano de 1900 se casa con Alexandra Skolóvskaia. En la cárcel su compromiso político se hace netamente marxista, abandonando definitivamente el populismo revolucionario de los primeros momentos. Durante el verano de 1902 huye de Siberia. Es el momento en que para rellenar su pasaporte falso adopta el nombre de Trotski, (nombre de un carcelero de Odessa). En Samara entra en contacto con la organización de Iskra (La Chispa, recién fundada por Lenin, Mártov y otros). Fue recibido por Krischisjanovsky llamado Claire (amigo de Lenin y posteriormente jefe del Gosplan, quien le puso el pseudónimo de Piero (la Pluma), en relación con la reputación literaria que ya por entonces había alcanzado en Siberia. Inmediatamente, Lenin pidió que se presentara lo antes posible en la sede extranjera de Iskra. Trotski llegó a Londres “una mañana temprano” del mes de octubre de 1902, y fue directamente a la casa de Lenin y Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya, el 10 de Holford Square, cerca de King´s Cross. Allí conoció a Mártov, a Vera Zasúlich y a Plejanov. En 1903 conoce en París a Natalia Sedova, su compañera hasta el fin de sus días, con quien tendría dos hijos, León y Sergei, aunque la Sokólovskaia seguiría siendo su esposa legal. Con ella había tenido ya dos hijas, Zinaida y Nina.

En julio de 1903 tuvo lugar el segundo Congreso del Partido Socialdemócrata en Bruselas aunque en realidad este congreso habría de ser la asamblea constituyente del partido. Trotski representaba allí a la Organización Socialdemócrata Siberiana. En este famoso congreso se produjo la escisión entre Lenin y Mártov, aquel apoyado por Plejanov, y éste, por Trotski, quien acusó a Lenin de intentar formar una cerrada organización  de conspiradores, más que un partido de la clase obrera. Lenin trató de “rescatarlo”, pero la hostilidad de Trotski iba en aumento. Cuando se llegó a la votación de la reorganización del personal de Iskra, Lenin obtuvo mayoría de sólo dos votos, con la oposición de Trotski. Con la misma mayoría Lenin consiguió imponer sus candidatos al Comité Central. De esta manera, los partidarios de Lenin fueron llamados los bolsheviki, o mayoritarios, y sus adversarios los mensheviki o minoritarios. Esta divergencia, aparentemente irrelevante, pues partía de una misma visión de los problemas políticos, sin embargo adquirió con el tiempo un profundo significado filosófico y político.  Fue entonces, en el Informe a la delegación Siberiana donde Trotski identificó a Lenin con Robespierre, por su excesivo centralismo, puntualizando que Lenin se parece a Robespierre “como una farsa vulgar se parece a una tragedia histórica”.  Trotski dejó de participar en Iskra. Plejanov consiguió posteriormente que los mencheviques volvieran a Iskra  y Trotksi con ellos. De entonces proviene el enfrentamiento de Trotski con Plejanov, que alejó definitivamente a Trotski de Iskra (abril de 1904) e inició el distanciamiento de Trotski con respecto a los mencheviques. Las críticas a Lenin continuaron fundamentalmente en el folleto publicado en agosto de 1904 en Ginebra, Nuestras tareas políticas. Allí argumentó la diferencia entre jacobinismo y socialdemocracia frente a la posición de Lenin, cuyos métodos, dice Trostki, “conducen a esto: la organización del partido sustituye al partido en general; a continuación el Comité Central sustituye a la organización; y finalmente un solo “dictador” sustituye al Comité Central”.  Este trabajo se caracteriza también por la sarta de insultos que injustificadamente dedica a su antiguo mentor.

El mismo año viajó a Munich, donde conoció a Parvus (A. L. Helfand). De esta unión proviene el desarrollo de la teoría de la revolución permanente que Trotski formularía definitivamente en 1906, pues Parvus fue precisamente su inspirador y maestro en esta teoría. En septiembre de 1904 en una “carta abierta a los camaradas”, Trotski rompía con los mencheviques. La carta, enviada a Iskra, nunca fue publicada. En ella, Trotski se oponía a la inclinación liberal que estaban tomando. El 9 de enero de 1905, (23 de enero), tuvo lugar la marcha pacífica de los obreros de San Petersburgo hacia el Palacio de Invierno del zar. El “santificado” zar ordenó a las tropas que custodiaban el Palacio que hicieran fuego. Trotski comienza a escribir una serie de ensayos (Después de la Insurrección de San Petersburgo) en enero de 1905 tratando de dar respuesta a las expectativas creadas por la insurrección popular en Rusia y augurando la efectiva llegada de la revolución socialista. En febrero de 1905, emprendió su regreso a Rusia para participar en lo que sería el “ensayo general” de la revolución de1917. La huelga general preparada para el 17 de octubre dio lugar a la creación del primer Soviet, o consejo de Delegados de los Obreros, reunido por primera vez el 13 de octubre. Trotski se presentó en el Soviet el 15 de octubre (el soviet tenía lugar en el Instituto Politécnico). Aunque los mencheviques y los social revolucionarios habían ya ingresado en el Soviet, los bolcheviques no lo habían reconocido, siendo Trotski quien instó al Comité Central a incorporarse al Soviet sin condiciones previas. El día 17 de octubre, dio Trotski su primer discurso público ante una multitud de ciudadanos en el patio de la Universidad de San Petersburgo. Trotski participó como representante de la facción menchevique en el Comité Ejecutivo del Soviet elegido el mismo día 17 de octubre. Su participación le valió la rivalidad del propio presidente Jrustaliov-Nosar, a quien sustituyó cuando éste fue arrestado. Dirigía varios periódicos, participaba en las reuniones e insuflaba un radicalismo dominante durante los cincuenta días de la revolución. Finalmente, el día 3 de diciembre el soviet fue disuelto por la policía y Trotski arrestado junto con todos los demás participantes.

Recluido en la fortaleza de Pedro y Pablo, elaboró una serie de trabajos, de los cuales el más importante resulta ser sin duda su Balance y perspectivas, las fuerzas motrices de la revolución, en donde ofreció una reformulación de la teoría de la revolución permanente, que sería objeto de discusión en los años veinte, y que prácticamente guiará toda su vida revolucionaria. Deutscher dice de este trabajo que “pudo haber sido para el Partido ruso lo que el Manifiesto Comunista había sido, desde 1848, para el socialismo europeo”, pero sin embargo, fue confiscado por la policía. (El trabajo llegó a conocerse sólo después de una reedición publicada en 1919.) El 2 de diciembre de 1906 recibieron como sentencia, Trotski y otros catorce reos, la deportación de por vida en Siberia y la pérdida de todos sus derechos ciudadanos. El 5 de enero emprendieron el viaje. Trotski consiguió evadirse enseguida y se reunió muy pronto con Lenin y Mártov en Helsinki (un relato apasionado de esta evasión aparecen en Mi vida). A finales de abril ya participaba en Londres en un Congreso del Partido que se celebraba en una iglesia de Londres. Para entonces, Trotski era ya una celebridad en la elite intelectual del socialismo europeo. Después de una breve estancia en Berlín donde conoció a Kautsky, Bebel, etc., se estableció en Viena durante siete años, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. Colaboraba en varios periódicos. Allí empezó a dirigir la llamada “Pravda vienesa”, periódico hasta entonces insignificante, que publicaba desde 1905 la Spilka, un pequeño grupo menchevique ucraniano. Una vez que Trotski se hizo con el periódico empezó a contar entre sus colaboradores a figuras como el famoso erudito, fundador del Instituto Marx-Engels, Riazánov, así como Adolf Yoffe, Uritski, etc.

Durante estos años, Trotski abogó por recuperar la unidad en el partido, a partir de la Conferencia de París de 1910, pero finalmente la ruptura se produjo a principios de 1912, cuando Lenin proclamó que la facción bolchevique era el Partido, en una conferencia celebrada en Praga. Trotski, a través de Pravda, atacó con vehemencia, nuevamente, a Lenin. Fue entonces cuando Josef Dzhugashvili (posteriormente Stalin) organizó animado por el propio Lenin, un periódico en San Petersburgo titulado también Pravda, que es el que actualmente se conoce como tal. A pesar de las quejas, Trotski dejó de publicar su Pravda. Colaboraba por entonces con la revista El pensamiento de Kíev, a instancias de la cual viajó por los Balcanes como corresponsal de guerra. A fines de enero o inicios de febrero de 1913, Trotski se encontró casualmente con Stalin, con quien no intercambió más que un balbuciente saludo. Stalin ya le había definido como “bella superfluidad” en 1907, y más tarde, en 1912, como “un ruidoso campeón de la falsa musculatura”.

Con la llegada de la Primera Guerra Mundial en 1914, y ante el descalabro de la segunda internacional en la que muchos socialdemócratas y los partidos socialistas habían desembocado en el apoyo a la guerra, como Plejanov, etc., Trotski se hizo eco de la idea de Lenin de organizar la Tercera Internacional. Comenzó a acercarse ahora al bolchevismo, rompiendo con Mártov, y con Parvus, que se había solidarizado con el partido socialista alemán que apoyaba la guerra, a pesar de haber sido anteriormente defensor del internacionalismo y de la idea de la decadencia del Estado nacional, etc. El 29 de enero de 1915 comienza a publicarse la revista Nashe Slovo en París, de la que sería codirector junto con Mártov. Esta revista había sido organizada por Antónov-Ovseienko y entre sus colaboradores hay que contar a Lunacharski, a Riazánov, Lozovski, Manuilski, Anguelina Balabánov, Sokólnikov, Pokrovksi, etc. A través de los debates generados en torno a esta publicación, Trotski comenzó a acercar posiciones hacia Lenin. El 5 de septiembre de 1915 se reunió en Zimmerwald, cerca de Berna, una conferencia internacional de socialistas a iniciativa de los socialistas italianos. Treinta y ocho delegados de once países asistieron. Trotski, con Martov y Manuilsky, fueron los delegados rusos. Trotski redactó entonces el llamado Manifiesto de Zimmerwald en donde aún las tesis de Lenin, en minoría en la conferencia, no fueron tomadas en cuenta, aunque en ellas se proponía la organización de una nueva internacional. Finalmente, en la segunda conferencia del movimiento de Zimmerwald, reunida a fines de abril de 1916 en Kienthal, triunfaron las tesis de Lenin, y Trotski, que no pudo asistir, anunció su solidaridad con las resoluciones de Kienthal en las páginas de Nashe slovo. Nacía así, la Tercera Internacional.

Dos años estuvo Trotski en París, hasta que el 15 de septiembre de 1916 la policía francesa clausuró la revista y Trotski recibió órdenes de abandonar Francia.  El 30 de octubre fue deportado a la frontera española. En España pasó por San Sebastián, Madrid, Cádiz y Barcelona, desde donde partió para Nueva York. Una vez allí (13 de enero de 1917) entró en contacto con Bujarin, Kolontai y Volodarsky, con quienes colaboró en su periódico Novi Mir. Dos meses después, en marzo de 1917, comenzaron a llegar noticias de disturbios en San Petersburgo. El 27 de marzo zarpó hacia Rusia, a donde llegaría el 4 de mayo (según el calendario ruso de entonces) después de haber sido retenido un mes por la policía naval británica en Amherst. Trotski fue recibido con bastante tibieza en la sesión del Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado. Los bolcheviques pidieron para él un puesto en el Ejecutivo actual, aceptándose que se le admitiera como miembro adjunto sin derecho a voto. Esta fría actitud le molestó. El 5 de mayo dio su primer discurso ante el Soviet proponiendo no participar en el gobierno, contra la guerra, contra el “social-patriotismo”, y pidiendo, como Lenin, todo el poder para los soviets. Cuando el 10 de mayo se reunió con los bolcheviques, supo que Lenin había sido acusado por los propios bolcheviques de haber asumido la teoría de la revolución permanente y de haberse hecho trotskista. Trotski alegó que sólo quienes habían roto completamente con el social-patriotismo debían unirse bajo la bandera de una nueva internacional. Lenin y Trotski confluían plenamente en la perspectiva política de la revolución. La revolución rusa debía desembocar en la “dictadura proletaria” y convertirse en la vanguardia de la revolución socialista internacional.  Lenin le ofreció la incorporación al partido bolchevique, pero Trotski se negó por el momento. Fundó el periódico Vperiod (Adelante), que sería el órgano de la Organización Interdistrital a la que él pertenecía, y a fines de mayo estableció su tribuna en el Circo Moderno, donde casi todas las noches se dirigía a la multitud.

La participación de Trotski, tanto en la revolución de octubre, como en todo el proceso que desembocó en ella, fue absolutamente decisivo. Vemos a Trotski presente en los acontecimientos de julio, recluido en la fortaleza de Pedro y Pablo a donde los soldados de Kronstand se acercaban para pedirle consejo en los momentos decisivos de su acción política contra la korniloviada, en los acontecimientos que tuvieron lugar durante los meses de septiembre y octubre, en los discursos en la Conferencia Democrática del 14 de septiembre, etc.. Durante estos meses, Trotski ingresó junto con su Organización interdistrital en las filas bolcheviques, siendo elegido miembro del Comité Central. El 23 de septiembre fue elegido presidente del Soviet de Petrogrado, desde donde hizo un llamamiento a la segunda revolución, pero prometía respeto para todas las organizaciones minoritarias. En estos momentos, por ejemplo, Jacques Sadoul escribió: ”Trotsky domina la insurrección, siendo su alma de acero, mientras Lenin queda más bien como su teórico” (Citado en Deutscher, El profeta armado, p. 268.) De la misma manera, durante los días críticos de septiembre, cuando Lenin instaba ya a la insurrección armada y Zinoviev y Kámenev se oponían, Trotski compartía las tesis de Lenin, aunque diferían en cuanto al método, pues Lenin pretendía que la insurrección fuera llevada a cabo sólo por el partido, mientras que Trotski esperaba que fuera el propio Soviet quien la dirigiera. El desarrollo de los acontecimientos y la propia amenaza que suponía la guerra llevó a la creación del Comité Militar Revolucionario, siendo Trotski el encargado de dirigirlo. Durante este período, Trotski estaba organizando la  insurrección que daría la  victoria final. El día 10 de octubre tuvo lugar la histórica sesión  del Comité Central en la que se decidió llevar a cabo la insurrección y se eligió el primer Buró Político compuesto por Lenin, Zinoviev, Kámenev, Trotski, Stalin, Sokólnikov y Bubnov, aunque su capacidad política era  aún escasa. Trotski seguía organizando la insurrección. El 13 de octubre, pasando por encima del Comité Central Ejecutivo, instó a todos los soviets, y al ejército, por radio, para que enviaran delegados al Segundo Congreso de los Sóviets, que debía celebrarse a partir del 20 de octubre. En estos días, sin duda, mientras Lenin se refugiaba de nuevo en Finlandia, Trotski era el héroe principal y su influencia en las masas y en los dirigentes era abrumadora. Trotski comenzó a armar a los Guardias Rojos, mientras Zinoviev y Kámenev se oponían vigorosamente a la insurrección. Trotski consiguió organizar un plan detallado de operaciones a través del Comité Militar Revolucionario. Sólo un lugar estratégico de la ciudad podría plantear problemas, la fortaleza de Pedro y Pablo, pero él mismo se dirigió allí el día 23 para hablar directamente a la guarnición que ganó para la causa inmediatamente. Ante la amenaza de Kerenski de arrestar el Comité Militar Revolucionario, Trotski dictó su famosa Orden Número 1 por la que instaba fidelidad y cumplimiento de las órdenes dictadas por el Soviet. En la noche del 24 al 25, los Guardias Rojos toman por asalto una serie importante de puntos estratégicos. En las primeras horas de la noche del 24 Lenin se presentó en el Smolny observando que el paso había sido dado con éxito. La noche siguiente, mientras se inauguraba el Congreso de los Soviets, era tomado el Palacio de Invierno. Fue entonces cuando, hablando con Lenin, Trotski propuso el nombre de Comisarios del pueblo para los nuevos representantes del poder. Fue en este congreso en el que Trotski envió a Mártov, junto con la facción menchevique, “al basurero de la historia”.

Trotski había dirigido, conforme a su propia estrategia, la insurrección armada final, por lo que parece que el propio Lenin propuso que fuera él el presidente del Consejo de Comisarios del pueblo, a lo que aquél se opuso en favor de Lenin. Finalmente, pasaría a ocupar el Comisariado de Relaciones Exteriores de la Revolución, pero sin abandonar su función como jefe del Comité Militar Revolucionario. En la tarea posterior, Trotski reafirmó su bolchevismo contra los conciliadores, al igual que Lenin. La guerra civil imponía medidas represivas como la clausuración de periódicos y firmeza en el gobierno, medidas que Trotski apoyó sin vacilar.  Después de la insurrección, el anterior Politburó fue sustituido por un pequeño Comité Ejecutivo en sesión permanente compuesto por Lenin, Trotski, Stalin y Svérdlov.

La actividad más importante que Trotski llevó a cabo después de la revolución consistió en la negociación de la llamada “Paz de Brest-Litovsk” con Alemania, actuando como Comisario de Relaciones Exteriores. Hubo, en estas negociaciones de paz iniciadas en diciembre de 1917, un profundo e interesantísimo debate acerca de la autodeterminación de las naciones en el marco representado tanto por los países en litigio y con voluntad anexionista, así como por la filosofía de la revolución rusa, que predicaba el internacionalismo y la  oposición a la guerra imperialista. La posición que Trotski defendería en el Comité Central fue, como se sabe, la fórmula “ni guerra ni paz”, frente a los llamados comunistas de izquierda entre los que se encontraba Bujarin entonces, que apoyaban la extensión de la guerra revolucionaria, mientras que Lenin, Stalin, Zinoviev, etc., estaban a favor de la paz. Fue entonces cuando esbozó lo que después habría de ser su famosa Historia de la revolución rusa. La invasión alemana mostró cuán irresponsable fue la postura de Trotski, “ni guerra ni paz”, que le costó a la revolución, en ese momento, la pérdida de Letonia, Estonia, Ucrania y Finlandia. Finalmente, estas negociaciones serían firmadas por Sokólnikov, el 3 de marzo, mientras Trotski sufría una importante crisis por su sensación de fracaso.

La amenaza que padecía Rusia entonces, acosada por los ejércitos alemanes, austro-húngaros, japoneses, británicos y franceses, checos y turcos, llevó a la organización de la guerra y de un nuevo ejército. Trotski fue nombrado Comisario de la Guerra y Presidente del Supremo Consejo de Guerra  a mediados de marzo de 1918. Inició entonces la heroica organización del famoso Ejército Rojo a partir de las Guardias Rojas que no sumaban más de ocho mil hombres y pocos destacamentos más. Hizo ver que era necesaria una centralización y disciplina férrea para esta tarea, contra las propias tesis que antes se habían esgrimido, lo cual causó también bastantes críticas. En dos años y medio este ejército estaría formado por unos cinco millones de soldados. El recurso a antiguos oficiales zaristas fue otro de los motivos serios de disputa en el partido, una disputa que no era más que un aspecto de la cuestión más general del papel de los antiguos “especialistas” burgueses en la nueva sociedad soviética. El recurso a oficiales zaristas llevó a Trotski a ejercer una disciplina férrea y a castigar severamente cualquier traición. La pena capital y la amenaza de tomar como rehenes a los familiares, medidas tomadas por Trotski, hicieron mella en la indisciplina. Fue a raíz de la ofensiva de la legión Checa y de las Guardias Blancas de Kolchack, cuando Trotski puso en marcha su famoso tren del Comisario de la Guerra, el día 8 de agosto de 1918. Su primera hazaña fue la toma de la región del Volga, concluida a primeros de octubre.

Según Víctor Serge, se formó entonces una especie de “oposición contra Trotski”. La “oposición”, a favor de la descentralización y en contra del reclutamiento de “especialistas”, se concentraba en el ejército del Volga que defendía Zaritsin (posteriormente Stalingrado), su jefe era Voroshilov (tornero de Lugansk) y en él Stalin, miembro del Comité Central, participaba en la defensa de la ciudad. La presión de esta “oposición” en muchas de sus actividades, así como el memorandum con que Stalin denunció ante el Comité Central la “dirección de la guerra”, llevó a Trotski a presentar su dimisión que fue rechazada por el comité central (incluido Stalin) el 5 de julio de 1919. Las fricciones con Stalin aparecieron también en otras ocasiones, por ejemplo en la derrota del Ejército Rojo en Polonia, en parte, provocada por la falta de disciplina de Stalin y Voroshilov, así como en la ocupación de Georgia, etc.

Debe recordarse el extraordinario éxito que obtuvo Trotski en la defensa de Petrogrado frente a Yudénich en octubre de 1919 (sus apuntes sobre la defensa de Petrogrado tienen bastante parecido con lo que efectivamente tuvo lugar en la defensa de Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial). Y, en general, debe recordarse la exactitud de su plan ofensivo, que no fue secundado más que en los momentos más críticos. Con la victoria final del Ejército Rojo, Trotski fue aclamado como padre de la victoria y condecorado con la Orden de la Bandera Roja en la sesión de aniversario de la revolución del Ejecutivo de los Sóviets. Stalin también recibió esta condecoración.

Fue en 1920 cuando, tanto su propuesta de la militarización del trabajo, como sus ideas acerca de algo parecido a lo que en 1921 inauguraría Lenin como la NEP, resultaron rechazadas por la mayoría del Comité Central. Su énfasis en la militarización llevó también a la reorganización del sistema de transportes, como responsable de la Comisión Central de Transportes, que le fue encomendada por el Politburó. Cuando quiso aplicar sus métodos contra los sindicatos, fueron criticados como expresión de “centralismo degenerado” y por su abandono de la democracia proletaria, Lenin mismo le privó de su apoyo. En marzo de1921, Trotski asumió, por otra parte, la represión del alzamiento de la marina de Kronstadt, que había sido durante la revolución del 17, en palabras de Trotski, “el orgullo y la gloria de la revolución”. Fue también en este mes, en el X Congreso del Partido, cuando Lenin propuso la NEP. El programa propuesto por Trotski en 1920 fue abandonado, aunque, como dice Deutscher, “apenas hay un solo punto del programa de Trotski de 1920 que Stalin no utilizara durante la revolución industrial de los años treinta” (Op. cit. 471). En aquel programa, Trotski había abogado por la “emulación socialista”, por la dirección del trabajo, por la disolución de los sindicatos en el engranaje del estado, el “Taylorismo soviético”, etc., en definitiva, por el control estatal completo sobre las clases trabajadoras.

Estos años fueron para Trotski años de extraordinarias iniciativas políticas que se adelantaban a los acontecimientos y que la lenta marcha del partido hizo fracasar inicialmente, pero que, sin embargo, sirvieron como líneas de acción en el futuro de la URSS. Entre esas ideas, no fue menos importante la decisión de Lenin de prohibir toda oposición organizada dentro de los Sóviets, en 1921. Esta decisión, apoyada por Trotski, fue tomada en principio temporalmente, pero se convirtió en la coartada para el desarrollo de los acontecimientos que dieron lugar al ostracismo de Trotski.

El 11 de abril de 1922, en una sesión del Politburó, Lenin propuso el nombramiento de Trotski como presidente suplente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Trotski rechazó la propuesta de forma altanera e ingrata. Un error táctico imperdonable, desde luego. Una semana antes, sin embargo, Stalin había sido elegido Secretario General del Partido. Esta quizás fuera la primera, de una importante serie de ocasiones, en la que Trotski fue evidentemente renunciando al poder y segando la hierba bajo sus propios pies. Puede que lo hiciera, como dice Serge, consciente de las veleidades que el poder traería consigo necesariamente, pero esto no justifica su acción. Lenin reiteró su proposición en varias ocasiones, sin resultado. Durante estos años, Trotski insistió en la necesidad de una planificación general de la economía, al mismo tiempo que entraba en nuevos enfrentamientos con Stalin en relación con el Comisariado para las Nacionalidades, a las que Stalin estaba dando un sesgo demasiado centralista. De este enfrentamiento provendría la posterior unión de Lenin con Trotski al enterarse de la política llevada a cabo por Stalin y Ordzhonikidze en Georgia. Stalin, entre tanto, consiguió transformar la antigua Federación establecida en la Constitución de 1918, en la definitiva Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a principios de 1923. En este año ya se había organizado el Triunvirato de Stalin con Zinoviev y Kámenev. Stalin reconoció la existencia del mismo en el XII Congreso del Partido, celebrado en abril de 1923. Allí fue donde Trotski propuso su concepción económica a favor de la planificación industrial en el marco de la NEP, para superarla. Este mismo año, el 15 de octubre, se produce la famosa Declaración de 46 miembros del partido contra la burocratización y por la planificación económica en los términos defendidos por Trotski. Trotski abogó por esta propuesta en una serie de artículos que criticaban la posición de los triunviros, y que fueron publicados en Pravda con el título de Nuevo Rumbo o Nuevo Curso. Este panfleto abriría el camino para un debate importantísimo relacionado directamente con la teoría de Trotski de la Revolución permanente, y que se desarrollaría a lo largo de 1924. El panfleto fue completado con su trabajo Lecciones de Octubre, publicado en octubre de 1924, y en donde criticaba la actitud de Zinoviev y Kámenev en el inicio de la revolución, pasando por alto la recomendación que Lenin había hecho en su testamento político. Kámenev contesta en noviembre de 1924, Stalin responde también con su Trotskismo o leninismo, y Zinoviev se defiende en Pravda, también Bujarin ataca a Trotski. El desarrollo del debate (llamado el “debate literario”) termina con la separación de Trotski de la Presidencia del Consejo Militar Revolucionario el 17 de enero de 1925. Pasó entonces a dirigir el Comité de Concesiones, la Comisión de desarrollo electrotécnico y el Comité de Industria y tecnología, en cuanto miembro del Supremo Consejo de la Economía Nacional, en donde también hizo una brillantísima labor. Una labor que afinaría aún más sus análisis y estrategias sobre la planificación. Fue entonces cuando recibió la influencia de la Dialéctica de la Naturaleza de Engels, que acababa de ser editada en Moscú en 1925.

En el año 1925 arrecia el debate acerca del socialismo en un sólo país, tesis expuesta por primera vez por Stalin en octubre de 1924 en Pravda y posteriormente reproducida en Cuestiones del leninismo. Esta tesis fue criticada por Zinoviev en 1925 en su libro Leninismo. Bujarin recibió con alborozo la teoría de Stalin, mientras éste se situaba en una posición centrista moderada. Una vez más, Trotski no supo aprovechar la ocasión para aliarse con Zinoviev contra Stalin, y en el debate organizado para el XIV Congreso del partido a finales de 1925 estuvo totalmente ausente y no habló ni una sola vez, a pesar del clamor popular que se extendía en el congreso a su favor. Otra oportunidad perdida. Trotski por entonces ya contaba con un grupo importante de seguidores que constituían la llamada Oposición, entre cuyos jefes figuraban Rakovski, Rádek, Preobrazhensky, A. Yoffe, Antónov-Ovseienko, Piatakov, Serebriakov, Krestinski, Iván Smirnov, Muralov, Mrachkovsky y Sosnovski. Pero sólo en 1926 se decidió a enfrentarse abiertamente a Stalin formando la llamada Nueva Oposición Conjunta, a la que se habían unido Zinoviev, Kámenev y sus seguidores y que utilizaba la sede de la Comintern, de la que era presidente por entonces Zinoviev, para organizarse. La Nueva Oposición se presentó oficalmente en la sesión conjunta del Comité Central y de la Comisión Central de Control celebrada entre el 14 y el 23 de julio de 1926. Las propuestas que aquí hizo la Nueva Oposición relacionadas con la revolución permanente, la industrialización y la planificación, fueron rechazadas por el Comité Central, aunque luego serían aplicadas casi literalmente por Stalin en los años de la planificación. Allí abogaba Trotski por la consolidación de los Estados Unidos Socialistas de Europa, una idea que Lenin y Trotski habían acariciado desde los inicios de la Guerra Mundial. La ofensiva contra Stalin incluía la publicación del testamento de Lenin en el New York Times, realizada por Max Eastman el 18 de octubre de 1926. Fue también entonces cuando, el 23 de octubre, en la reunión del Comité Central previa a la XV Conferencia del partido, dijo Trotski a Stalin: “El primer secretario presenta su candidatura para el puesto de sepulturero de la revolución”. Trotski fue expulsado del Politburó y Zinoviev expulsado de la presidencia la Comintern. La caída de Trotski en esta conferencia fue seguida de actos patéticos y repugnantes a cargo de personajes como Bujarin, que hacía gala de toda su irresponsabilidad y era entonces aliado de Stalin con su teoría del socialismo en un solo país y la política de derechas que entonces se aplicaba siguiendo la NEP. Con todo, Trotski siempre consideró necesario, aún entonces, apoyar antes a Stalin que a Bujarin y nunca pactar con él por lo que suponía su política.

Durante la primavera de 1927 tuvo lugar el primer conato de la Revolución China. De la incoherente actitud de la Comintern, entonces presidida por Bujarin, se generó un debate que terminará con la deportación de toda la Oposición. Trotski se opone a la política seguida por Bujarin y Stalin, que trataban en todo momento de reprimir las aspiraciones socialistas y habían pactado con el Kuomintang invitándolo a participar en la Comintern. Esta nefasta política, que acabó con la matanza de Shangai, dio nuevamente la razón a Trotski, y hubiera sido un argumento radical en el XV Congreso del Partido, que habría de tener lugar a finales de año. La Oposición Conjunta preparó en mayo un documento firmado por 86 miembros en el que se solidarizaban con las tesis de Trotski. Los firmantes fueron duramente reprimidos y deportados, a consecuencia de lo cual tuvo lugar, a mediados de junio, la manifestación en la estación Yaroslav en la que Trotski tomó la palabra contra las deportaciones. A finales de junio, Trotski es acusado, junto con Zinoviev, ante el Comité Central de Control, por Yaroslavsky y Shkiriátov. La “declaración Clemenceau” de Trotski, en la que anunciaba que en caso de guerra la Oposición seguiría manteniendo sus posturas, el documento titulado La Plataforma, que luego publicaría en el exilio con el título de La verdadera situación de Rusia, la decisión de publicar clandestinamente este documento, así como los acontecimientos producidos durante la celebración del décimo aniversario de la revolución de octubre, llevaron definitivamente a la expulsión de Trotski y Zinoviev del partido, en decisión tomada por el Comité Central y la Comisión Central de Control el día 14 de noviembre de 1927, por incitación a manifestaciones contrarrevolucionarias y a la insurrección. El 16 de noviembre se suicida Adolf Yoffe, amigo de Trotski, indignado por su expulsión. En su entierro, el 19 de noviembre, Trotski, Rakovski y Smirnov dirigen la manfiestación. Trotski pronuncia su último discurso público en la Unión Soviética. El día 12 de enero, Trotski es  condenado a la deportación a Alma Ata por el Consejo de Seguridad Política, en aplicación del artículo 58 del Código Penal, referente a “actividades contrarrevolucionaras”. La deportación tuvo lugar realmente el 17 de enero. La fecha oficial, el 16, se había producido una enorme manifestación en la estación donde debía embarcar Trotski. La editorial del estado suspendió la publicación de las obras completas de Trotski de la que habían salido ya 13 volúmenes en 1928.

Durante el año que pasó en Alma Ata, sus contactos con los demás oposicionistas deportados eran constantes, y su actividad política no declinó en absoluto, añadiendo a ello la elaboración de su obra Mi vida, así como la realización de traducciones de Marx, para el Instituto Marx-Lenin, a instancias de Riazánov, etc. Ese año se produjo el “viraje izquierdista” de Stalin que consiguió minar la moral de muchos oposicionistas, Preobrazhenski, Radek, etc. El VI Congreso de la Comintern preparado para el verano de 1928 fue sacudido por la circulación de su obra La tercera internacional después de Lenin, en donde criticaba el programa de Bujarin. Mientras tanto, Stalin se apropiaba de muchas ideas de la Oposición aumentando la confusión. Trotski contactó con Bujarin en lo que parecía la búsqueda de una alianza, desconcertando aún más a sus seguidores, mientras que Stalin convertía en consignas para la celebración del aniversario de la revolución, las propuestas que el año anterior había hecho la oposición y que habían sido reprimidas policialmente. De hecho, según Deutscher, Trotski “fue el auténtico inspirador e incitador de la segunda revolución [se refiere a la colectivización], cuyo administrador práctico en la década siguiente habría de ser Stalin” (El profeta desarmado, p. 425). Pese a todo, los seguidores de la oposición aumentan ostensiblemente. Ese año, el día 9 de junio muere su hija Nina en Moscú.

Stalin propone al Politburó la expulsión de Trotski, a lo que se opone Bujarin, Tomski y Rikov, pero finalmente la mayoría votó a favor y el 22 de enero de 1929 inicia su viaje hacia Turquía. Trotski se instala en las islas Prinkipo, en la aldea de Büyük Ada, en marzo. Permanecerá allí durante cuatro años. Ya en julio de 1929 pone en marcha el Boletín de la Oposición, un periódico que con ayuda de su hijo Liova marcará todo el desarrollo ideológico de la Oposición y servirá de eco a las ideas de Trotski por todo el mundo incluido Rusia, a donde entrará clandestinamente de mil maneras distintas (salieron 87 números). Estos años fueron años de producción literaria: Mi vida, La verdadera situación de Rusia, La escuela stalinista de falsificación, La tercera internacional después de Lenin, La revolución permanente, La historia de la revolución rusa, junto a un sinnúmero de artículos, cartas, etc.

Durante 1929 otros muchos oposicionistas capitularon ante Stalin, Smirnov, Rakovski, etc. Rakovski había preparado una declaración para ser readmitido él y su grupo en el partido y se la ofreció a Trotski para que la firmara, pero, nuevamente, se negó. Stalin, de hecho, temía a los capituladores, y entre los propios stalinistas comenzaron las simpatías por Trotski, a quien no podían dejar de ver como inspirador de gran parte de la nueva política de Stalin. De hecho, muchos de ellos fueron deportados. Pero Trotski ya se alejaba también de la nueva política, denunciando los métodos salvajes y la falta de racionalidad económica que suponían el aislamiento y la falta de coordinación en la colectivizacion.

Durante los años 1930-1933 la principal labor de Trotski fue la denuncia de la amenaza que se cernía sobre Alemania con el ascenso del nazismo, y la acertada recomendación al partido comunista de aliarse con los socialdemócratas, frente a las tesis que entonces defendía la Comintern, opuesta a pactar con lo que ellos llamaban los “social-fascistas”, lo que favoreció el ascenso de Hitler (como reconocieron entre otros, Smirnov, o Radek). Entretanto, el 20 de febrero de 1932, Trotski pierde definitivamente la ciudadanía soviética y el derecho de volver a Rusia en toda su vida. Esto le hizo perder casi completamente sus contactos con los restos de la oposición en Rusia, a pesar de lo cual, cuando se desató el proceso contra los mencheviques en Moscú, Trotski aceptó las acusaciones, aunque todas eran falsas. De hecho, en general, a lo largo de estos años, no podrá dejar de apoyar de un modo u otro a la Unión Soviética como el único “estado obrero” y las propias decisiones políticas de Stalin en muchos aspectos. En la carta abierta que dirigió entonces al Presidium del Comité Central Ejecutivo, no abogaba por “deponer a Stalin”, por los riesgos “termidorianos” que ello podría traer consigo. Lo mismo manifestó en la famosa conferencia que dio en Copenhague en noviembre de 1932: “la politique ne connaît ni le ressentiment personnel ni l´esprit de vengeance. La politique ne connaît que l´éfficacité”, dijo entonces.  El 5 de enero de 1933 se suicida en Berlín su hija Zina de 30 años de edad.

El 30 de enero asciende Hitler al poder, y Trotski rompe entonces con la tercera internacional proclamando la necesidad de una cuarta internacional y la elaboración de un nuevo partido político de la oposición en la URSS, algo que hasta el momento había rechazado contra muchos de sus partidarios. Estos cambios manifiestan también su clara orientación hacia los países de Europa occidental como único lugar posible para la revolución proletaria, y su abandono definitivo de la Unión Soviética como plataforma política para el triunfo de la revolución mundial. Es decir, su pensamiento comenzó a flotar en un proceloso mar sin rumbo, con una idea fija en la mente, pero sin contexto material para ponerla en marcha. En adelante su pensamiento comienza a sutilizarse y a idealizarse inevitablemente. De hecho, el verdadero leitmotiv de la cuarta internacional era precisamente la idea de que los nuevos impulsos para la revolución vendrían de occidente, no de la Unión Soviética.

El 17 de julio de 1933 sale definitivamente de Prinkipo en dirección a Francia, en donde comenzó a elaborar su Lenin, una obra que nunca terminaría. Allí propuso a los troskistas el llamado “viraje francés” que daría la pauta para muchos partidos troskistas en Europa y España hasta la actualidad. Trotski propuso a sus seguidores que ingresaran como grupo definido en los partidos socialdemócratas, y esta sería la consigna general a seguir. Esta estrategia se llamó “entrismo”. Todo lo cual no podía más que favorecer las difamaciones por traidor y el aborrecimiento general de los comunistas europeos. Después de un año desgraciado en Francia, recibió asilo político en Noruega, donde comenzó a escribir su libro La revolución traicionada, su testamento político, terminado a mediados de 1936. Era, entre otras cosas, una condena radical de la burocracia, pero sin llegar a negar el carácter socialista de la URSS.

Estaba aún en Noruega cuando comenzaron los procesos de Moscú en agosto de 1936, en los cuales Trotski y su hijo Liova fueron considerados “convictos de haber preparado directamente y dirigido personalmente la organización de actos terroristas en la URSS... sujetos en caso de ser descubiertos en territorio  de la URSS a inmediato arresto y proceso por el Colegio Militar de la Suprema Corte de la URSS” (Deutscher, El profeta desterrado, p. 307) A partir de entonces, todos sus esfuerzos estuvieron dirigidos a contrarrestar estos procesos. Trotski recibe asilo político en México, invitado por el presidente Cárdenas, y hacia allí se dirige el 9 de diciembre de 1936. Llega al puerto de Tampico el 9 de enero de 1937. Fue recibido en la casa de Diego Ribera y Frida Kalo, con quienes vivieron él y su esposa Natalia Sedova durante algún tiempo, hasta que compraron una casa también en Coyoacán.

Organiza entonces el famoso contraproceso de la comisión Dewey que se reunió para los interrogatorios del día 10 al 17 de abril 1937. Aún allí señaló la sutil diferencia entre Stalin y Hitler a favor del primero y ensalzando la Unión Soviética, por encima de las purgas. Ignaz Reiss, jefe de una red del servicio secreto soviético en Europa renunció a su puesto en repulsa contra las purgas. Entonces relató a Liova, y a Trotski, que muchos jóvenes comunistas que se negaban a someterse, cuando eran fusilados gritaban “¡Viva Trotski!” antes de morir. Reiss apareció muerto seis semanas después acribillado a balazos (Deutscher, Op. cit., p. 352) En septiembre de 1937 la Comisión Dewey anunció el veredicto según el cual los procesos de agosto de 1936 y de enero de 1937 eran fraudes judiciales, declarando a Trotski y a Liova inocentes. El día 16 de febrero de 1938, el hijo de Trotski, Liova, que había colaborado estrechamente con él durante todo su exilio, fue asesinado por agentes de la GPU en París a la edad de 32 años. Su hijo Sergei también fue ejecutado en Moscú aunque no se conocen bien los detalles. Sólo un nieto, Seva, hijo de Zina, sobrevivió. Durante aquellos años, miles de trotskistas fueron encarcelados en campos de concentración y eliminados.

Estos últimos años de la vida de Trotski se vieron agitados por las disensiones internas dentro de las filas de los trotskistas europeos y americanos con los que Trotski mantenía constante debate. Eastman, Serge, Souvarine o Ciliga plantearon la actitud de Trotski en términos éticos, en el proceso de la revolución de octubre y la represión de Kronstadt. Trotski respondió con el interesante ensayo, Su moral y la nuestra, publicado en 1938. El debate siguió por sendas gnoseológicas acerca del carácter científico del marxismo, en el que participó el propio Dewey, Eastman, etc. Uno de los últimos debates fue el generado por el libro de Bruno Rizzi, Boreaucratisation du Monde, elaborado a partir de La revolución traicionada. Ante la tesis de que la URSS no era un estado obrero sino un estado burocrático, Trotski respondió en su ensayo “La URSS en guerra” (1939). Este debate es seguramente el más interesante desde el punto de vista filosófico puesto que en él Trotski se ve llevado a conclusiones irreconciliables con su fe en el marxismo, concretamente sobre el papel o la propia existencia de una “clase obrera revolucionaria internacional”, aunque no se atrevió a pasar este particular “Rubicón”. Por otra parte, el ensayo de Rizzi no llegaba tampoco a conclusiones semejantes, por supuesto. Rizzi fue secundado por trotskistas norteamericanos como Burnham, Schatman, etc. Los textos más importantes, incluido el ensayo de “La URSS en guerra”, están recogidos en su obra En defensa del marxismo. El pacto germano-soviético vino a aumentar la confusión dentro de este debate, y el mismo Trotski justificó la ocupación de Finlandia por Stalin como estrategia para defender sus fronteras frente a Hitler. La polémica con Rizzi continuó hasta mayo de 1940, cuando se produjo el asalto armado a la casa de Coyoacán perpetrado por Siqueiros. Durante este tiempo, Trotski estaba trabajando en su Stalin, que quedaría definitivamente inacabado. Después de los sucesos de mayo, un grupo de amigos norteamericanos le pidió que se introdujera de incógnito en EEUU y que viviera oculto, a lo que se negó.

El 28 de mayo Ramón Mercader, barcelonés, agente de la GPU, disfrazado de Jacques Mornard, rico y disoluto hijo de un diplomático belga y amante de Silvia Aggelov, trotskista, conoce personalmente a Trotski. El 29 de julio es invitado a tomar el té con Silvia en la casa de Coyoacán. El martes 20 de agosto, con la excusa de comentar un texto que había escrito dentro del debate que se estaba desarrollando entre los trotskistas,  Mercader visitó a Trotski, quien le hizo pasar a su despacho. Allí, sentado frente a su mesa, Ramón Mercader eligió entre la pistola el cuchillo y el piolet que llevaba escondido en su abrigo, para finalmente asestarle un golpe mortal en la cabeza con este último. León Davidovich Bronstein, Trotski, “el viejo”, murió el día 21 de agosto de 1940 a las 7 y veinticinco de la tarde, cuando tenía 61 años de edad.

En el pensamiento político de Trotski destaca con luz propia su teoría de la Revolución permanente, formulada por primera vez en su obra Balance y perspectivas escrita en 1906, mientras permanecía recluido en la fortaleza de Pedro y Pablo. Esta teoría había sido desarrollada en colaboración con Parvus, que fue su verdadero inspirador. Esta obra, que podría haber sido el nuevo Manifiesto Comunista según Deutscher, fue confiscada por la policía y sólo reeditada en 1919. Durante el año 1924 provocó un intenso debate político (“debate literario)  con sus principales adversarios de entonces, un debate que bajo la aparente discusión de principios teóricos, buscaba principalmente el deterioro de la figura política de Trotski, algo que sin duda consiguió a base de tergiversar con simplicidades populistas muchas de sus ideas. La teoría de la revolución permanente fue criticada en 1928 por Radek en un texto inédito titulado Razvitie i Znachenie Lozunga Proletarskoi Diktatury, lo que instó a Trotski a elaborar una contestación que daría lugar a su libro, La revolución permanente, escrito entre Alma Atá  y Prinkipo. Los ecos de esta teoría resonarían una y otra vez en las obras de Trotski, tanto en sus propuestas políticas en Rusia, como en sus obras posteriores.

La idea de la revolución permanente había sido asumida plenamente por Lenin en 1917 cuando fue acusado entonces precisamente de trotskismo, de la misma forma que Zinoviev la utilizó sin citarla prácticamente en sus críticas a la teoría del socialismo en un sólo país de Stalin, en su El leninismo, escrito entre 1924 y 1925. En esencia, la teoría de la revolución permanente defendía, contra las tesis marxistas al uso, que la clase obrera rusa habría de llevar adelante la revolución rusa desde su fase burguesa a la fase socialista aun antes de que la revolución se hubiera iniciado en occidente. Así, el proceso revolucionario no podría “pararse” en los límites burgueses. La causa estaba en el nuevo alineamiento de las clases sociales, provocado por la industrialización rusa que, por ser más tardía que en otros países, había aplicado las formas de organización más avanzadas, de modo que las pocas fábricas modernas de Rusia eran más grandes y estaban más concentradas, lo que aumentaba la fuerza política del proletariado. El fracaso de la revolución de 1905 puso de manifiesto la debilidad de la burguesía, y las potencialidades que le cabían precisamente al proletariado. Sin embargo, el proletariado seguía siendo minoritario en Rusia. La propuesta de Trotski es que el proletariado habría de ejercer la función de “libertador del campesinado”, por cuanto sus propuestas se dirigían al reparto de la tierra. Sin embargo, la función política de la clase campesina ha de ser, de hecho, mucho menor que la del proletariado. El papel de las clases sociales modernas no está determinado por la cantidad sino por la función social. Estos argumentos fueron los que después se usaron contra él, acusándole de menospreciar al campesinado, como hizo Stalin, o Bujarin. En esto también contradecía uno de los principios implícitos del marxismo que suponía que la revolución sólo podría realizarse cuando la clase obrera industrial  se hubiera convertido en mayoritaria.

Pero esta misma situación minoritaria de la clase obrera pondría a la revolución rusa en clara dependencia del proletariado internacional. El colectivismo y el internacionalismo son rasgos capitales de la política proletaria que provocarían irremediablemente la oposición campesina. “Sin el apoyo estatal directo del proletariado europeo, la case obrera de Rusia no podría sostenerse en el poder y transformar su régimen provisional en una dictadura socialista estable y prolongada”. Cuántas veces fue citado este texto para desprestigiar a Trotski por Zinoviev, Bujarin, o Stalin. El peligro que veía Trotski en la reacción feudal y burguesa le llevaba a esperar la salvación en Europa y a pronosticar con gran acierto lo que habría de significar para Europa la amenaza del levantamiento proletario, o lo que efectivamente fue la amenaza de la Unión Soviética: “Será precisamente el temor al levantamiento proletario, escribe Trotski en 1906,  lo que obligará a los partidos burgueses, que votan en favor de asignar sumas prodigiosas a los gastos de guerra, a manifestarse solemnemente por la paz, a soñar con organismos internacionales de conciliación y aun con la organización de los Estados Unidos de Europa”. Con todo, nunca creyó que la Revolución Rusa podría sobrevivir aisladamente durante décadas, y ello precisamente por el fenómeno de la “división internacional del trabajo” que ahora denominamos globalización y que era, para Trotski, siguiendo el pensamiento marxista, una pura obviedad histórica. La división internacional del trabajo obligaba a la universalización de la revolución si esta debía seguir coherentemente la perspectiva marxista. El proletariado ruso forma parte del proletariado internacional y este no es una mera clase entre otras, sino la clase universal, el sujeto que la historia ha dispuesto para el tránsito a la nueva sociedad. Si ese tránsito no se cumpliera, todos los análisis marxistas habrían sido errados. El siguiente paso en la revolución proletaria, sería la formación de los Estados Unidos Socialistas de Europa, idea o quimera acariciada una y otra vez por Trotski.

En términos generales, las ideas expuestas en aquel folleto de unas ochenta páginas, se convirtieron en el credo común de los bolcheviques en los años cruciales de la revolución de 1917 hasta 1924, pese a las reticencias iniciales tanto de los mencheviques que vieron cómo se alejaba de ellos, como de los bolcheviques que por entonces no podían tener consideración con nada de lo que dijera el jefe de los mencheviques. A pesar de sus críticas posteriores, tanto en el “debate literario”, como en el debate sobre el socialismo en un sólo país, fueron estas teorías las que dieron cuerpo político y confianza a la revolución de octubre, perfilando los fines que ésta efectivamente perseguiría entonces. De ellas derivaron, de hecho, todas las propuestas posteriores, realizadas por Trotski, sobre la planificación y la industrialización, en la confianza de que sólo esta estrategia podría hacer frente al éxito de la NEP y al crecimiento en la URSS de la nueva burguesía que ésta había promocionado. El crecimiento del proletariado ruso sería el único frente contra esta nueva burguesía, así como contra la burocratización y la ausencia de democracia dentro del Partido.

Debe mencionarse también la concepción del arte, la literatura y la cultura que Trotski desarrolló en uno de sus libros más influyentes, Literatura y revolución, publicado en 1923. En ellos arremetía contra la actitud iconoclasta y la intolerancia patentes entre los miembros del partido contra toda manifestación artística no específicamente revolucionaria, y principalmente contra el movimiento del Proletkult, patrocinado incluso por Bujarin, que era por entonces director de Pravda, y Lunacharski, Comisario de Educación, aunque repudiado por Lenin. La parte central de esta obra está dedicada a la refutación de la idea de “cultura proletaria”. Su argumento se basa en que el régimen proletario debe ser provisional y transitorio, pues su función es la construcción de una sociedad sin clases y, por lo tanto, de una “cultura verdaderamente universal”. Para alcanzarla es necesario “adquirir los elementos más importantes de la vieja civilización”.

Entonces define la cultura como “la suma total de los conocimientos y las capacidades que caracterizan a la sociedad en su conjunto, o cuando menos a su clase gobernante”. Esta concepción subjetivista de la cultura queda patente en la siguiente afirmación: “La burguesía asumió el poder cuando estaba plenamente armada con la cultura de su tiempo. El proletariado asume el poder cuando está plenamente armado sólo con su aguda necesidad de ganar acceso a la cultura”. Como se ve, también aquí resuenan los ecos de su teoría de la revolución permanente. En cualquier caso, su defensa de la incompetencia del Partido en la dirección de los asuntos relacionados con el arte (así como con la ciencia), revelan un cierto pluralismo ontológico práctico ajeno a las tendencias uniformistas que desataba el proletkult. Es necesario constatar, por otra parte, aquellas visiones proféticas de la sociedad socialista del futuro que Trotski estableció en este libro, contemplando la perfecta armonización entre el arte y la técnica, contra las tesis de Rousseau. Su postura es la de la esperanza entusiasta en los frutos de la tecnología, organizados y controlados socialmente: “El hombre hará un nuevo inventario de montañas y ríos. Enmendará la naturaleza seriamente y más de una vez. A la larga reconstruirá la Tierra a su gusto”. Otros párrafos memorables son: “[El hombre] deseará dominar los procesos semiconscientes e inconscientes de su organismo: la respiración, la circulación de la sangre, la digestión, la reproducción; y tratará, dentro de los límites inevitables, de subordinarlos al control de la razón y la voluntad”; “El homo sapiens [...] se tratará a sí mismo como el objeto de los más complejos métodos de selección artificial y de adiestramiento psicofísico”; “El hombre se esforzará por dominar sus propios sentimientos, por elevar sus instintos a la altura de su mente consciente y por hacer claridad en ellos, por canalizar su fuerza de voluntad hasta sus profundidades inconscientes; y en esta forma se elevará él mismo a una nueva eminencia, se desarrollará hasta convertirse en un tipo biológico  y social superior: en el superhombre, si os parece.” Deutscher sugiere que estas predicciones de Trotski habían sido hechas poco antes por Jefferson, aunque ciertamente, estas previsiones estaban ya contenidas en gran parte del pensamiento puritano y latitudinario inglés del siglo XVII.

Este trabajo también sufrió las críticas de Bujarin o Lunacharski, etc., por liberalismo burgués, por menospreciar la etapa revolucionaria, o –más acertadamente-, por considerar que la etapa de transición habría de ser breve, como le reprochó Bujarin. Trotski, como siempre, partía del principio de que su lucha revolucionaria acababa de empezar. La Comintern representaba toda la autoridad moral revolucionaria, pero la transición se hizo demasiado larga.

A medida que la revolución rusa se estabilizó y se hizo patente la errática política internacional encabezada entonces por Bujarin ante los acontecimientos de China, antes en los acontecimientos de Polonia, así como el fracaso en Alemania y el posterior ascenso de Hitler al poder, Trotski comenzó a concluir sus tesis sobre La revolución traicionada (1935-36). En ella hace una condena de la burocracia en la que se había asentado el stalinismo. Sin embargo, no considera a la burocracia como una nueva clase social. Contra las acusaciones de capitalismo de Estado, Trotski argumenta que en la URSS no hay una clase capitalista. Sin embargo suponía que la URSS sufría un equilibrio inestable en el que, o las fuerzas burguesas, o proletarias, marcarían el futuro. Hizo una interesante acomodación teórica al fenómeno de la URSS aduciendo que del mismo modo que el orden burgués había desarrollado diversas formas de gobierno, monárquico, republicano, constitucional y autocrático, también el Estado Obrero podía existir bajo diversas formas políticas, que iban desde el absolutismo burocrático hasta el gobierno de los Soviets democráticos. Sin embargo, estos ajustes ponen en entredicho la legitimación política del Estado Obrero, pues, ¿en qué medida puede ser mejor un Estado Obrero con una burocracia absolutista, que una democracia parlamentaria burguesa?, etc. Este tipo de cuestiones no eran planteables en el análisis marxista clásico. Con todo, la verdadera traición de la revolución consistía principalmente en la renuncia a la lucha obrera internacional aprovechando la coyuntura de la inminente Segunda Guerra Mundial, y el pacto con los países burgueses contra Hitler, pues este pacto ataría  a la Unión Soviética de pies y manos en su perspectiva internacional.

La huella de La revolución traicionada puede verse en 1984 de Orwell, en Burnham, en Ignazio Silone, Arthur Koestler, etc. A su sombra surgió la disputa que Bruno Rizzi generó con su libro La burocratización del mundo. Al margen de su limitada perspectiva, conviene señalar este debate porque puso a Trotski en los límites mismos de todo su pensamiento político. En su En defensa del marxismo, Trotski plantea cuestiones interesantísimas. Ante los fracasos que el historial de la clase obrera ha sufrido, se plantea si la causa está en la dirección o en la propia clase obrera. Si la responsabilidad recae en la dirección, obviamente la solución consiste en el cambio de dirección, pero si la responsabilidad es de la clase obrera, sería necesario admitir que la concepción marxista de la sociedad capitalista y del socialismo había sido errónea, pues el marxismo había proclamado que sólo la clase obrera podía realizar el socialismo. De hecho, si los fracasos continúan, toda la perspectiva histórica trazada por el marxismo quedaría efectivamente en entredicho. La prueba final habría de ser el resultado de la Segunda Guerra Mundial. En cualquier caso, antes de reflexionar sobre el papel de la clase obrera y su futuro político que correspondía a las previsiones marxistas, Trotski asumió plenamente la veracidad de esta idea y siguió atribuyendo a sus dirigentes toda la responsabilidad de los fracasos, lo que por otra parte era bastante cierto, si recordamos la nefasta política de la Comintern en aquellos años. Pero es necesario hacer constar que, por un momento, siquiera teóricamente, se le planteó a Trotski la cuestión del papel universal de la clase obrera, una de las verdaderas ruinas del marxismo actual.

Sin embargo, sería más acertado decir que fue su propia lectura del marxismo y su adaptación circunstancial a la Rusia zarista lo que estaba siendo absolutamente desacreditado por la política soviética, y quizás también lo que impidió a Trotski entender cabalmente el desarrollo de la política soviética posterior a escala internacional, por más que en la política interna, gran parte de los más importantes proyectos stalinistas habían sido perfilados con escrupulosa pulcritud por la profunda capacidad proléptica de las ideas trotskistas que produjo a borbotones desde el comienzo mismo de su actividad política. Y por más que, a la larga, aquella burocracia amenazante diera en convertirse, como él mismo pronosticó, en una nueva clase poseedora, dando al traste con todo, y haciendo realidad, finalmente, el temido Termidor soviético.

Con todo, la pregunta clave sigue sin respuesta. ¿Por qué fracasó Trotski? Giulano Procacci recurre a su carácter impetuoso, y recuerda las palabras de Maquiavelo cuando dice que un “impetuoso no puede tener éxito sino cuando es tiempo de ir al ímpetu”, pero esto no nos da la respuesta. Trotski fue un hombre de acción, pero ante todo, fue la encarnación material de una teoría que él mismo había elaborado a partir del marxismo y que otros compartieron con él. Las peculiaridades de su carácter, su egocentrismo, han sido también aducidas por Eduard H. Carr. Pero el psicologismo que las envuelve no puede servirnos. Ni siquiera su origen judío, apuntado por Deutscher, como razón de su fracaso, alivia la dificultad de la pregunta. Cuando Victor Serge propone que Trotski renunció en previsión de las turbias tareas que la historia habría de imponer, está dando por sentada la necesidad de esas mismas tareas realizadas efectivamente por Stalin. Por otra parte, Trotski no dejó de recurrir a medidas radicales, cuando fueron necesarias. El propio Trotski hizo alarde de psicologismo para explicar la furia de Stalin. Ciertamente, es inevitable preguntarse si Trotski no se habría comportado exactamente igual que Stalin llegado el caso. Él mismo abogó por la dictadura en momentos decisivos, aunque luego reivindicara la democracia dentro del partido, etc. Sin embargo, parece que los rasgos psicológicos del individuo en la historia disminuyen su presencia cuanto más universal es la tarea realizada, y a la inversa, aumentan a medida que su tarea queda más cerca del “basurero de la historia”. La perspectiva actual, después del estrepitoso fracaso del proyecto universal de la Unión Soviética, nos lleva inevitablemente a minimizar las causas psicológicas del destino de Trotski, y nos incita, indudablemente, a profundizar en los rasgos psicológicos de Stalin.

En abstracto, como decía Espinosa, la “condición humana” no sirve para dar cuenta de los fenómenos históricos, puesto que aquella es siempre la misma. Pero ciertamente, observando con atención el desarrollo de la vida de Trotski, encontramos a un hombre que orienta su vida a través de un proyecto teórico coherente, sin que ello signifique la estúpida obcecación de la “idea fija”, ni siquiera la “certeza de poseer la verdad”, a pesar de lo que dice Víctor Serge. Pues vemos a Trotski poniendo a punto constantemente el instrumental de su teoría, modificando y reorientándose una y otra vez a través de todos los acontecimientos, y lo que prevaleció en él perfectamente engrasado fue precisamente el engranaje estructural de sus teorías políticas. De la misma manera, encontramos a Stalin, de quien siempre se ha elogiado su carácter práctico, nada llevado por las veleidades de la teoría, azotado precisamente por la marea del marxismo en marcha, y empujado a seguir un legado político y filosófico en el que no creía más que tácticamente, es decir, en la medida en que le ayudaba a perseverar en su puesto. Ese legado era tan impetuoso que ninguno de sus fatales errores políticos y tácticos, por no mencionar su falta absoluta de fe en el proyecto marxista, pudo hacerlo fracasar. Cuando, en los pasillos del Politburó o del Comité Central se oía clandestinamente la pregunta “¿qué pensará el viejo de esto, o de aquello?”, sólo se mostraba la falta estructural de perspectiva, no política, sino revolucionaria. Los bandazos de la Comintern con Bujarin y Stalin, la sangrienta aplicación de la colectivización y sus desastrosas secuelas que aun hoy sobreviven, la política de las nacionalidades que nunca tuvo solución, como se puede observar, y la absolutamente desastrosa decapitación política del país durante los años de las purgas, en definitiva, la construcción de un edificio irracional y ruinoso, pese a los asombrosos éxitos en parcelas particulares (éxitos debidos en todo caso al esfuerzo suicida del enorme pueblo soviético), nos obligan a indagar fundamentalmente en el aspecto psicológico de un hombre que arruinó el último sueño de la razón, que fue a la postre, ciertamente, el “sepulturero de la revolución”.

Curiosamente, Stalin aplicó en los años treinta de manera literal muchas de las ideas que Trotski había propuesto durante los avatares de los años veinte para poner en marcha el nuevo estado. Al mismo tiempo, encontramos a Trotski, disciplinadamente, renunciando a la creación de un partido político, a la elaboración de una cuarta internacional (hasta que los acontecimientos lo hicieron inevitable), mostrando una lealtad absoluta con la URSS, y una dedicación y lealtad genuinas con su país, durante todo el exilio, y apoyando, en muchas ocasiones la política de Stalin, con todas las salvedades y las críticas que al tiempo hacía en cuanto a los procedimientos, etc. Stalin se convirtió, como dice Deutscher, en el único administrador de la política de Trotski. Sin embargo, no creía en los fines que Lenin y Trotski, así como toda la vieja guardia bolchevique habían programado para la Unión Soviética.

Y así, cuando la URSS comenzó de pronto a tomar rumbo hacia el socialismo, Trotski realmente se tomó la cicuta de la historia y se autoinmoló ceremonialmente como ejemplo radical de lo que debía ser y no era la URSS, con la esperanza de que su aguijón ahora sí despertaría al coloso. Es el Sócrates de la Unión Soviética, valeroso en la batalla, inflexible, vencido por mezquinos intereses, denunciado por personajes mediocres y serviles. Su juicio fue al menos, tan pintoresco como el juicio de Sócrates; su fin fue al menos tan elocuente como la muerte de Sócrates.

Los errores de Trotski no se derivaron de sus peculiaridades psicológicas, sino de una táctica equivocada, y fundamentalmente, podríamos decir, de la muerte prematura de Lenin, que es la verdadera razón por la que el proyecto de la revolución de octubre se vino abajo. Quizás porque sus propuestas hubieran necesitado el apoyo táctico de Lenin. La evidencia de que Stalin se alejaba de los planes de la revolución nos la dan, por un lado, la implacable persecución a que Stalin lo sometío hasta que pudo finalmente asesinarlo y quitárselo de en medio. Por otra parte, las propias circunstancias de Trotski en el extranjero, o las declaraciones de Austen Chamberlain cuando, en respuesta a la petición de asilo por Trotski en Gran Bretaña, afirmó que “Gran Bretaña y Rusia normalizarían relaciones cuando Trotski fuera enviado al paredón”, como evidentemente sucedió. Churchill, el inspirador de la derrotada “cruzada de catorce naciones” contra el bolchevismo, llamó a Trotski en una ocasión “fardo de trapos viejos”, opinión que modificó a favor de este: “un odre de maldad”. Cuando fue expulsado de la URSS el mundo fue para Trotski “un planeta sin visado”. Ningún país podía dar cobijo al inspirador de la Revolución internacional del proletariado, en un mundo, y en un momento en el que las circunstancias la hubieran podido hacer tan posible, como la propia división internacional del trabajo. De hecho, la política de Stalin no hizo más que fortalecer al capitalismo occidental, y proporcionarle, con la debacle de 1991, el mejor argumento histórico para su definitiva confirmación como “el fin de la historia”.

¿Cómo debe abordar la Revolución de Octubre el pensamiento marxista? ¿Significa su fracaso el fracaso de la teoría marxista, o habrá que interpretarlo más bien dentro de sus categorías como el fracaso del trotskismo, y a la postre, la confirmación de la posición menchevique según la cual, lo único que debía hacer en Rusia el Partido Socialdemócrata era ayudar a la realización de la revolución burguesa? ¿Fueron los ajustes de Trotski una pura componenda entusiasta e irresponsable del marxismo? ¿O acaso el legado de la Unión Soviética y del trotskismo nos ha llevado más allá de la era capitalista, en la medida en que el mismo desarrollo del capitalismo catalizado por la presión de la URSS ha disuelto efectivamente la lucha de clases tal y como la conocieron Marx, Engels, Lenin o Trotski? Quizás la dificultad más importante a la hora de resolver estos problemas esté en el final propuesto por el Materialismo Histórico para la lucha de clases: La creencia misma de un final.


THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - FUNDACIÓN DE INVESTIGACIONES MARXISTAS
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