LOS PAPELES DEL SILENCIO

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(PSEUDO)MANIFIESTO DE LA IMPOTENCIA

Redactaría el manifiesto de la impotencia si no supiera que redactar es un acto de poder, si ignorara que cualquier discurso con pretensión de publicidad es la legitimación de esos actos.

Queda, sin embargo, la impotencia. Y queda, especialmente, la huella que en mí deja ese sentimiento. Queda, en definitiva, el desencanto con rostro humano en su versión más cruda del acabamiento físico y mental.

A vueltas con la ordenación de lo real, a vueltas con los modelos de equilibrio --algo en lo que no he terminado de creer y por eso insisto--, uno constata que la reducción que padezco o que se me asigna termina por legitimar al reductor, en la acepción más policial del término..

Cuando era niño me hicieron creer que era bueno tener vocación de adulto, aspirar a la prepotencia anunciada --que no ejercida--  de los mayores.

Cuando era joven quise ir más allá: reproché esa prepotencia por demasiado teórica y decidí ejercerla sin más. Creí estar en posesión de mecanismos de poder sobre los que aún no era tiempo de hablar. Tal vez, porque los predicadores de cualquier signo siempre me resultaron aburridos. Tal vez, porque me aterraba que alguien se atreviera a poner nombre a mi acción y dejara, en consecuencia, de seguir actuando, de ejercer simplemente mi propia representación.

Cuando se es adulto uno vuelve a la niñez. No para retomar camino alguno: más elemental aún, para vivir la vida sin filtros, sabiendo que me los vendieron/impusieron como excluyentes; para vivir la vida sin filtros, es decir, para soñar sin guiones satandrs.

Más allá del bien y del mal ajenos, uno prefiere, al atardecer, ascender a esa amenazante montaña de barro y miseria que lleva por nombre experiencia. Para, con un soporte tan valioso y desde una no menos privilegiada atalaya, borrar la historia. La historia que otros cuentan y que todos repiten, que no es otra cosa que el relato cursi de narradores que nada saben sobre lo que cuentan más allá del interés político-académico que con ello generan.

Este texto no va dirigido a alguien que cultive y fomente la voluntad de poder. El poder no es otra cosa que la máscara que encubre/oculta lo débil. Porque poderoso es aquel que ha aprendido a llevar con dignidad esa máscara, es decir, a hacerse reconocer e imponerse como tal.

Los que se dejan impresionar por las máscaras, por el simulacro del poder, refuerzan su originaria voluntad de inacción aceptando un teatro que no les compromete más allá del papel de dóciles espectadores.

Ellos pueden llamarse a sí mismos ciudadanos libres, optimistas y alegres ... porque han decidido ignorar la génesis y estructura de la libertad, del optimismo y del placer.

Quienes osen hurgar en los espacios/entresijos de lo vital, quien opte por el compromiso alternativo, por el riesgo, está cuestionando las raíces mismas de lo sagrado, la estructura oportunista del sistema de relaciones e intercambio que hegemónicamente los poderes imponen.

Y esos disidentes recibirán un castigo acorde con la magnitud de su osadía: se les niega el uso de lo vital, aún en sus formas más recónditas y que la Academia ha convenido en llamar privacidad.

Es mentira que un ordenamiento legal regule lo público. Es cierto que toda ley se viola a sí misma porque viola el principio originario --constitucional, se dice ahora--  de la inviolabilidad misma.

Reivindicar ese derecho en un espacio (mal)regulado es reivindicar lo imposible.

Al hablar de la impotencia uno termina siendo osceno, ya que pone de manifiesto sentimientos que --por su crudeza, por su candente realidad--  debería silenciar: con la palabra y el cuerpo, es decir, con la (in)acción. Y debería hacerlo hasta más allá de su propio tiempo cualquier otro ciudadano que de ello se precie. Pero guardar silencio no sería precisamente ahora un acto de rebeldía.

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