LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


SOBRE LA DIFERENCIA

<<< anterior

A uno le molesta que le llamen por su nombre, si un coyuntural lector habla desde espacios competitivos. El nombre no da cuenta de lo que es, sino de lo que debe o aparenta ser.

Así mi nombre, en definitiva, no es otra cosa que la expresión última del deseo de los demás. Nombrar es, por ello, llamar a las cosas por su nombre: el nombre de los hablantes con respecto a mí y no el de esas cosas que, por mostrencas, son innombrables.

Pero los nombres ordenan lo real. Y sólo es real aquello que soporte un discurso. La propia entidad se verifica/legitima, incluso, desde y en función del discurso del sistema.

Rechazar este análisis es aceptar que renunciamos al derecho a la mostración competitiva. Sin embargo, estas situaciones reciben también nombres, porque la palabra fue originariamente pronunciada desde una atalaya tal que barre cualquier espacio acotado o por acotar: las condiciones y posiblidades de mostración competitiva e intercambio psico-social.

Así --viejo y constatado análisis--  la marginación --proceso y resultado--  lejos de negar/destruir el sistema, lo legitima. El margen es, por ello y lo fue siempre, parte esencial del propio sistema.

Aceptamos que el principio de distinción tenga una fuerte apoyatura en los nombres. Admitimos, aún más, que ese principio venga determinadao por el uso que de esos nombres hagan quienes, paradójicamente, actúen en virtud de un nombre, de la virtualidad de su propio nombre.

Verificamos que uno ni siquiera elige lo que considera su propio nombre, la función que uno cree específica e intercambiable, principio, una vez más de distinción. Sin embargo, termina uno identificándose con el nombre que le asignaran: es lo más cómodo, lo menos arriesgado.

Más acá del propio nombre queda el olvido, la indiferencia. Más allá de ese nombre se sitúa el reino del interés.

Y uno se arriesga, competitivo, a verificar lo inverificable: en los espacios del intercambio uno es tan sólo un soporte. Importa el uso que de la función encomendada --de rol hablan otros--  los demás estimen que yo haga.

Los estados de ánimo dependen de la estimación --más ajena que propia--  que del acople máscara-soporte se haga.

El nombre no es, por ello, una determinación inútil. El nombre cierra la estructura y acota la función. La utilidad cataloga la función y legitima la estructura.

Lo útil es aquello que, habiéndolo sido para los demás, termina por sernos también útil para nosotros-mismos. Aunque sólo sea a nivel de (auto)complacencia en la función desempeñada.

siguiente >>>

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

<<< HOME