LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


OFICIO DE ESCRITOR

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Escribir es convertirse en otra cosa. Cualquier otra cosa menos la de escritor.

El nombre antecede al oficio: al que oficia se le reconoce cuando escribe. Los dadores de nombres determinan cualquier oficio. Por eso el escritor convencional --agente acreditado--  está al servicio de los mecanismos de represión, de los espacios de reclusión: respectivamente dentro --para justificar la lógica de la represión--  o fuera --para justificar la lógica de la exclusión--  de/en la planicie del interés generalizado o generalizable. Es decir, el interés del Estado.

Se dice --aunque no es cierto--  que uno escribe para liberarse del discurso del poder en todas sus manifestaciones y circunstancias: desde la Academia --espacio reglado de formación al servicio del Estado--  hasta cualquier sofisticada forma de adoctrinamiento por la palabra --espacio reglado de represión, asimismo al servicio del Estado--.

Formación y represión son, sin embargo, manifestaciones puntuales de un idéntico interés: el sistema  --todo sistema--  reprime formando y forma reprimiendo.

Al actor de este programa --ese agente, antes por acreditar que acreditado--  le importan mucho más las formas externas de dominio, le atraen, en suma, los mecanismos de poder. Se adelanta, por ello, a cada uno de los dos y sucesivos momentos, simulando legitimar esa represión hablando de/sobre cosas de poca importancia, lo cotidiano que el ámbito de lo profano acota. Simulando también legitimar esa formación hablando de acontecimientos nobles, precisamente de aquellos que no bajo otro espacio caen que bajo el control de lo sagrado.

Es posible que la vieja excusa yo escribo para no morir siga siendo aquí válida. Sobrevivir más allá de la palabra se reduce, en definitiva, a la escritura, el discurso que se consume, el utilizado. Es la acción que de antemano se propone un objetivo pretendidamente útil, porque simula hacer coincidir el interés particular con el interés del que, manteniéndolos caprichosamente vigentes, dicta esos discursos.

La escritura del heterodoxo --jamás formal, por maldita--  se cierra sobre sí misma: esa escritura que tan sólo genera (pseudo) discursos sobre lo que no ha sido, sobre lo que se desea sucede. O simplemente, discursos sobre lo existente para saturar con la palabra lo que otros estiman que sea/deba ser lo existente.

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