LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


EL LENGUAJE DE LOS VENCEDORES

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Se ha convertido tristemente en norma aquello de que quien controla el discurso tiene el poder y lo ejerce.

Las formas de dominación cambian, es cierto, en función del nivel de modernización que asuman o para sí reivindiquen los dominadores.

La lógica sigue siendo la misma: el obligado reconocimiento del discurso del poder legitima al poderoso como tal, al tiempo que atribuye una función social a sus súbditos, cuando hablan una lengua cultural/estatalmente desarrollada y en ella o a través de ella se reconocen.

A la segundo los sociólogos han convenido en llamar integración/ adaptación, resultado de traumatismos y sucesivos procesos de socialización.

En tanto que formas consensuadas de convivencia/supervivencia, el Estado del Bien-estar --que se diseña, no se olvide, desde el poder--  se convierte en meta. Vale cualquier medio, incluída cualquier forma de violación, si fuese necesario, de los derechos más fundamentales del hombre.

Es cierto que a los cambios bruscos, revoluciones o revueltas, si nos referimos a acontecimientos registrables en nuestro ámbito cultural más inmediato precede un periodo de crisis en el que, se dice, se somete a un proceso de credibilidad --es decir, se cuestiona--  el modelo hasta entonces vigente. En teoría puede suceder cualquier cosa, aunque lo más probable sea constatar que un nuevo modelo termina por reemplazar al antiguo.

De demostrar los valores del sustituto se encargarán los guardianes del nuevo orden que se instaúra, guardianes que se explicitan a través de los poderes que el Estado Moderno ha sancionado, pero que se diluyen/solapan a través de múltiples y sofisticadas formas de represión vía educación ciudadana.

Todo proceso de normalización social supone una alteración de la vida cotidiana en sus más amplias manifestaciones.

De ser actor/espectador pasivo de/en un orden social establecido, el ciudadano que vive en el cambio se convierte en protagonista y sufre las consecuencias psico-sociales que la adaptación al nuevo orden exige. Este protagonismo se vive con más o menos traumatismo cuanto respectivamente mayor o menor haya sido el coste de adaptación al viejo orden --los habituales procesos de socialización--  que ahora se pretende sustituir.

Es decir, teóricamente es más fácil cuanto más joven se sea, cuanto, por razones de edad, menor haya sido la contribución --crítica o entusiasta--  a la consolidación del modelo a reemplazar.

El caso español puede interpretarse apoyándose en el esquema teórico que precede. Ello es, desde mi punto de vista, empíricamente verificable si comparamos los usos y costumbres de entonces con aquellos otros usos y costumbres que a lo largo de la transición han venido progresivamente reemplazando en España a los primeros.

El modelo de cambio al que hemos hecho referencia no vale, sin embargo, en el caso del llamado Descubrimiento de América, entre los múltiples argumentos que se han dado, porque, simplemente, en este caso no hubo un periodo de crisis previo. Sencillamente sucedió que un modelo --que no cuestionaban los que lo diseñaran o aceptaban--  fue brutalmente sustituído por otro radicalmente opuesto, importado no precisamente por los que habitaban esas tierras.

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