LOS PAPELES DEL SILENCIO
Román Reyes, 1994


LA MEMORIA DE LAS COSAS

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Porque la soledad es sólo un nombre y en ese nombre/océano tantos se ahogan, la vivencia no soporta nombre alguno.

Hemos aprendido demasiados nombres, tantos como para responder con otros nombres --nombres en la recámara--  a los nombres en curso de la penuria.

En este macabro intercambio de nombres se queda uno sin palabras: las palabras no articulades ni articulables que registren el sufrimiento.

Porque la soledad es sólo un nombre, queda al final la mirada difusa de un rostro asimismo difuso que, por no decir algo, lo relata tan nítida y trágicamente todo.

Ni el olvido es norma. Porque el olvido es reconocimiento de memoria previa. La memoria de las cosas que se pierden --o que uno cree perder--  porque la memoria jamás se pierde:

La memoria se oculta tras la ficción del olvido. Y el olvido termina por objetivarse en cosas re-encontradas. Lo mismo vuelve a instalarse bajo la máscara de lo otro.

Las cosas son de uno y puede perderlas --es cierto--, en la medida que alguna vez se supone las hubiera ganado. Pero la memoria de/sobre las cosas es/pertenece a las cosas mismas --ganadas o perdidas--.

El registro de esa memoria permanece entonces, como final-principio garante de procesos alternativos posibles. Aunque esas cosas hayan dejado de ser nuestras cosas.

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